Lunes, 12 Junio 2017 01:09

Caprichos / Carlos Martín Briceño /

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Caprichos

 Carlos Martín Briceño

                                                                                                                                      Para Ana García Bergua

 

Observas tus bostonianos; el mismo modelo de siempre. Sólidos, chatos, las agujetas bien amarradas. ¿Empolvados? “A un hombre con clase se le reconoce por el calzado”, de nuevo la voz de tu madre, carajo, y luego las explicaciones a la sirvienta por el interfón: sé que éstas no son horas, soy el vecino de atrás, necesito hablar unos minutos con su patrona.

       Estás incómodo en el sillón de mimbre de esta casa ajena: juguetes desperdigados, tenis de niño en la sala, ropa por doquier y un penetrante olor a gato. Te gustaría ponerte de pie y salir, pero la idea de enfrentar a Laura sin una solución te obliga a quedarte. Años viviendo en esta colonia y nunca habías tenido problemas. Muros altos, rejas eléctricas, plantas trepadoras. Un barrio distinguido, silencioso, donde nadie está dispuesto a compartir su intimidad.

       Y de pronto, de la noche a la mañana, canciones de Timbiriche, música para idiotas. Y este hedor...

       Ni hijos ni mascotas, en eso sí estuvieron de acuerdo: una buena residencia, automóviles del año, viajes al extranjero, esas fueron sus prioridades. Laura. Ya no era la misma. Diez años y quedaba poco de aquella muchacha libre con quien te divertías tanto, con la que recorrías cada miércoles los bares del centro histórico hasta la madrugada, bebiendo cervezas y mojitos al dos por uno para terminar desayunando tortas de lechón al horno en el mercado, entre perros callejeros, mendigos y trasnochados. Entonces los unía algo más que la apariencia.

       “El matrimonio es un organismo criminal: despierta las ganas de matar en los cónyuges”, solía decir tu madre. Cuánta razón tuvo, y la abandonó tu padre.

       Por eso no te sorprendió encontrar a tu mujer esta noche frente al televisor, con una copa de vino en la mano, mientras desde la cocina llegaba el tufo del pargo que en el horno se consumía sin remedio.

       —¿Qué pasa?

      Laura te miró y movió la cabeza de un lado a otro. —¿No oyes?

      —¿Qué?

      —¡Coño! ¡Haz algo o llamo a la policía!

       Volvió a ocuparse de su copa, la mirada fija en la pantalla, en sus admiradas mujeres de Sex and the city.

       Era cierto. Las mismas melodías idiotas que, desde el fondo de esta casa, vuelven más incómoda tu espera en el sillón de mimbre.

       Sientes ganas de orinar, hambre. Cruzas una pierna sobre la otra. ¿Por qué dejó quemar el pescado? Hace mucho no sentías arder tan intenso tu estómago. Y eso que tratas de seguir las órdenes del gastroenterólogo.

       —Nada de alcohol ni picante y procure respetar los horarios de cada comida.

       ¡Si fuera tan sencillo!

       ¿Y si te marcharas sin más? ¿Qué pensaría la vecina? A Laura tendrías que inventarle algo convincente.

       —Por gente como tú el mundo está de cabeza.

       Así te lo echa en cara tu mujer cuando no reclamas el mal servicio de algún restaurante, el descuido con que planchan tus camisas de lino en la tintorería, las reiteradas ausencias del mozo-jardinero.

       Y aunque en este caso su queja sería justa, dudas si vale la pena. La vecina apenas lleva tres semanas en la colonia. No es una manera agradable de conocerse. ¿Será madre soltera? O divorciada, como dijo el mozo. Tu mirada busca alguna clave, algún retrato de familia, pero desde aquí, adonde han pedido que esperes, sólo alcanzas a ver una serie de reproducciones de pinturas de Van Gogh.

Soy un desastre y sin ti yo estoy perdido

Tus vacaciones estropean mis sentidos

Soy un desastre y me siento confundido

Quiero decirte que ya basta de caprichos

  Soy un desastre, soy un desastre, soy un desastre sin ti

    

       Con más fuerza llega el estribillo imbécil. Han abierto alguna puerta. Timbiriche, otra vez Timbiriche. ¿Por qué le gustará tanto a la gente? Escuchas pasos y el ardor en tu estómago recrudece.

       Delgada, pelirroja, pecosa, plana de pecho, pero con nalgas que desdicen su edad, le calculas más o menos los mismos años que Laura. Aunque, admítelo, está en mejor forma. Trae el pelo lacio, húmedo, como recién salida de la regadera. Te parece que huele a flores, a bosque, Green Wood de Victoria Secrets, qué casualidad, la misma crema que usaba Laura. El aroma se esparce y suaviza el hedor a orines de gato. Te la imaginas desnuda: pechos duros, talle adolescente, piernas largas, suaves. ¿Será rojo el pubis? Te levantas y extiendes una mano.

       —Buenas noches, perdón por la hora. Augusto Isunza, su vecino. Nuestros patios colindan.

       Un débil apretón.

       —¿Qué desea?

       Titubeas. Ni siquiera dice su nombre. Y atenderte ahí, de pie, sin invitarte a pasar a la sala te parece una manera elocuente de decir: vaya al grano, no tengo su tiempo.

       —Es un poco embarazoso —dices al fin. El resto de tus palabras se atora en tu garganta.

       La mujer sonríe un poco. Una sonrisa fingida, burlona. ¿Se habrá percatado de tu nerviosismo? Está cruzada de brazos, pero mantiene las manos como si pretendiera darse calor a sí misma. Observas las uñas carcomidas, la cutícula rosácea, los pellejos que afean sus dedos. “Deja de comerte las uñas”, has vuelto a tu infancia. “Mira nada más cómo tienes las manos”. Mamá. ¿Desde cuándo no la visitas? “Siéntate bien”. Sólo ella era perfecta. “No suenes la boca”. Invariablemente vestida con sus almidonados vestidos de lino, el pelo recogido en una coleta, maquillaje discreto, olorosa a Yves Saint Laurent. “Saliste a la familia de tu padre, qué remedio”. Tanto tiempo testigo de sus desplantes no te volvió inmune, pero alguien tenía que costear tus estudios con los Legionarios de Cristo. Aún no puedes recordarla sin sentir una rabia profunda que cobra forma en este ardor estomacal.

       —¿Sí? ¿Qué desea? —repite tu vecina, impaciente.

       Se trata de esa música para tarados que a diario ponen aquí a todo volumen, qué otra cosa iba a ser, desearías contestar, pero tu atención se desvía hacia el pasillo: obeso, vestido con ropa brillante y una capa pringada de lentejuelas, se acerca un niño mongoloide. Nerviosa, la mujer abandona su hostilidad.

       —Saluda al señor, Nico. Es nuestro vecino.

       —Buenas noches —voz gangosa como si tuviera gripa.

       Con razón. Entiendes todo. ¿Qué debes hacer? ¿Sonreírle? ¿Acariciarle el pelo? ¿Decir algo cursi? Su mirada acuosa te desconcierta.

       —¿Quieres ver mi show?

       La pregunta te confunde. ¿Escuchaste bien?

       Vine a pedirle a tu chingada madre que baje el volumen a tu jodida música, deberías decir, pero en lugar de eso contestas con parquedad.

       —Sólo vine a hablar un momento con tu mami.

       El niño insiste:

       —¿Vas a ver mi show?

       ¿Qué se imagina? ¡Vamos, dibújame un cordero! Aquel pasaje de El principito siempre te desesperó. Segundo año de primaria, examen selectivo y te tocó leer en voz alta. Ojos y oídos del salón puestos en ti. Y se te tuvo que trabar la lengua en aquella parte. ¿Cómo podía el aviador aguantar a ese niño malcriado en medio del desierto? Ahora, otro Principito te mira delante de la madre cómplice. Coño.

       —Nico, ve a tu cuarto, no molestes.

       —¿No quiere ver mi show?

       Muerdes tus labios. La gastritis empeora. Sonríes con nerviosismo.

       —¡Dios mío, Nico! El señor tiene prisa —el tono de la madre ha perdido por completo el desdén del principio. —¡Por favor, por favor, es rapidito! —el chamaco insiste, busca tus pupilas con su mirada, se acerca hasta a ti, toca las mangas de tu camisa: ¿verdad que si quieres ver mi show?

       Sientes en tu mano derecha la presión de sus dedos regordetes. ¿Cómo negarse? Ellos esperan. Entonces una voz diferente a la tuya, pero que sale de ti, de tu culpabilidad ficticia, se deja oír:

       —Por mí adelante.

       Sorprendes a tu vecina, quien se queda mirándote, extrañada. El niño da media vuelta y corre emocionado hasta el cuarto del fondo. El volumen de la música aumenta.

Quiero decirte que ya basta de caprichos

Soy un desastre, soy un desastre, soy un desastre sin ti

       —No tiene porqué, de veras —dice ella, recobrando su tono inicial.

       Encoges los hombros por respuesta.

       Instalado en un sillón afelpado de la sala bebes un café demasiado cargado para tu gastritis. Con una voluntad asombrosa, el chamaco coordina sus pasos al ritmo de la música. Cada vez que el líquido caliente cae en tu estómago, el ardor se agudiza. Llevas casi diez minutos observando. La madre, de cuando en cuando, aplaude y lanza vivas con entusiasmo fingido. Tienes ganas de vomitar. No sabes si es por tu enfermedad o por el espectáculo. La acidez te obliga a cambiar a cada rato de posición en el asiento. Toses, carraspeas, truenas los nudillos de tus manos. Quisieras largarte, pero, ¿por qué no te levantas? ¿Será la cercanía de esas piernas prometedoras lo que te mantiene pegado al sillón? Jalas aire y el hedor a gato, mezclado con el perfume de la mujer, va directo a tus narices. Ni siquiera traje el celular para avisar, piensas, y este niñato lleva casi un cuarto de hora con sus pendejadas. Miras tu reloj: Laura debe estar furiosa. A estas alturas ya se habrá bebido la botella. Tu vejiga está punto de estallar. Lo único que deseas es salir. Por eso, cuando la música termina y el Principito hace reverencias teatrales y marcha al cuarto del fondo, te pones de inmediato de pie. También la mujer se levanta, va hasta ti, puedes sentir el aroma dulce de su piel.

       —De veras lo siento y se lo agradezco —el tono de su voz es menos áspero—. No tenía porqué.

       —No se preocupe.

       —Vino a pedir que bajáramos el volumen de la música, ¿verdad?

       Permaneces en silencio. Ella está tan cerca que casi respiras su aliento tibio. Es muy guapa, más que Laura. ¿Cómo puede ser madre de este niño?

       —Bueno, mi mujer quería llamar a la policía.

       —¿De verdad?

       —Sí.

       —Gracias por intervenir.

       —No se preocupe.

       —¿Y usted tiene hijos?

       La pregunta, a quemarropa, al principio resulta inesperada; pero con firmeza, casi en confidencia, comentas:

       —Desde que nos casamos mi esposa y yo decidimos no tenerlos. Ahora difícilmente.

       Ella abandona su pose. Se pasa la mano por el pelo un par de veces. Un brillo en el fondo de sus ojos te dice que la acabas de remontar al pasado.

        —Tampoco quería. Cuando supe lo de Nicolás quise detenerlo, pero mi marido se opuso.

      Silencio. Calladito te ves más bonito, piensas.

      —No lo pudo soportar. Se fue a los pocos meses de haber nacido Nico.

       La sientes cercana. Sigues nervioso, pero esta confesión te anima a lisonjearla.

       —Yo no hubiera dejado sola a una mujer como usted.

       Ella se ruboriza. Calla, como asimilando el comentario. ¿Fuiste demasiado lejos? Tu estómago bulle. La gastritis cobra el atrevimiento.

       —Olvide lo que dije. A veces hablo de más. Es tarde, será mejor que me vaya.

       —Le acompaño —agrega, con recuperada compostura.

Tu vejiga no da más. En el baño orinas sentado para no salpicar los bordes del inodoro. Desde aquí, sólo escuchas el susurro de la televisión encendida. Ni un ruido adicional ni un reclamo que indique la presencia de Laura.

       Laura. Laura. Habrá que ocuparse de ella.

        En el camino de regreso a casa anticipaste la escena. Y además el dolor abdominal es cada vez peor. Escuchas las campanadas del reloj de la sala. Las once. ¿Llevabas tanto tiempo fuera?

       En la cocina buscas las pastillas en las gavetas. El olor a pescado aún impregna la estancia. Al cabo, dos tabletas bastan para que el alivio llegue a tu estómago. Mueres de sueño. Si por ti fuera, irías directo a la cama, pero ella no te lo perdonaría. Sin darle más vueltas diriges tus pasos hacia el estudio, abres la puerta y la encuentras. Duerme, como siempre, sentada, boquiabierta frente al televisor encendido, la cabeza hacia a un lado, la copa vacía en el descansa-brazos del sillón. La observas.

       ¿Por qué chingados no tiene el pubis rojo? Su ronquido intermitente y la botella vacía validan la profundidad del sueño. Sin embargo, en el momento en que apagas la televisión y te acercas, despierta.

       —Vamos a la cama, es tarde –dices.

       Entonces se cuelga de tus hombros y te besa. Su lengua busca con avidez la tuya. El aliento a vino choca a tu olfato.

       —Cabrón, tardaste demasiado. Cógeme, quiero un hijo tuyo.

       Obedeces.

Visto 151 veces Modificado por última vez en Jueves, 22 Junio 2017 04:42
CARLOS MARTÍN BRICEÑO

Mérida, Yucatán, 1966. Narrador. Obtuvo el Premio Nacional de cuento Beatriz Espejo (2003), el Premio Nacional de cuento de la Universidad Autónoma de Yucatán (2004), Mención de Honor en Premio Nacional de cuento San Luis Potosí (2008) y el prestigioso Premio Internacional de cuentos Max Aub (2012). Ha publicado los libros de cuentos Al final de la vigilia (2006), Los mártires del Freeway y otras historias (2006 y 2008), Caída libre (2010), y Montezuma´s Revenge y otros deleites (2014). Cuentos suyos han sido incluidos en numerosas revistas y en más de una docena de antologías nacionales y extranjeras. Actualmente imparte talleres de narrativa en su ciudad natal.

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