BARES Y ESCRITURA

(la nostalgia del tape y el uso desmedido de las pilas doble A)

Edgardo Mantra

 

A LETTER TO ELISE es un libro nostálgico, que bien puede parecer tener más de un hilo conductor como menciona Iván García. Podríamos completarlo en un plano metafórico con una banda magnética reproduciendo lírica. Música para los ojos. Que ayuda a dilucidar el factor olvido. Una época quedó atrás. ¿Qué época?

Si bien cabe mencionar que Israel es uno de esos tipos que amas u odias (en su libro se refleja esto que estoy asegurando). ¿Qué le pasa a esa ave oscura que se ha prestado a versos irreverentes y polémicos  en sus anteriores libros entre los poetas de hoy en día?

¿Se ha mesurado nuestra ave kamikaze? La respuesta es: no.

Puede ser la experiencia que regala el tiempo y las adversidades, sus más de 8 libros conocidos, su trabajo en compilaciones, 32 tomos imprescindibles DE ESTOS DEME 2, más de 20 talleres literarios y centenares de postulantes a poetas. ¿Será eso? …

Ya dándole play al libro, poemas como:

Beber Solo / Pendulando & El Trago del Desencanto / nos muestran otra voz en el libro, el lado C /// Pues tiene razón al decir Sara Ayala que el libro tiene un lado B y un lado A.

El lado C es la poesía misma que reclama su andar errante con la compañía del Cuervo de Bar, ambos nos dan lecciones con sonidos de sus arrastrados pasos de pista: Que a la Norman Mailer te detienen con la seguridad de que los tipos duros no bailan.

Este libro es un paso por lo no eterno, la vida que recorre nuestro inevitable placer por manifestarnos. Que te atrae magnéticamente desde el inicio hasta el final, de manera completa.

La casa Editorial Mantra Edixxxiones, su comité de revisión, diseño y selección, y su Director. Nos encontramos honrados por tener en nuestro acervo el presente libro de Israel Miranda, quien es también mi amigo, a quien admiro por su trabajo, constancia y trayectoria, quién me ha dicho que la inspiración existe, pero que te debe agarrar trabajando (como también me lo enseñó José Luis Colín), y que nuestra actividad, por absurdo que parezca es un trabajo, y que posiblemente este trabajo no tiene sentido, pero que es de las pocas cosas con significado.

Acción directa, verdaderamente importante.

Doy testimonio de un libro redondo como los agujeros por donde se introduce una pluma bic amarilla, para rebobinar una y otra vez nuestro poema favorito, apropiándonos de su fondo para resignificarlo, y luego atesorarlo en un librero en espera de las nuevas publicaciones / E-Book / PDF / & de más maravillas que nos provee nuestra era digital. Infinitamente hasta ser un recuerdo por compartir. ¿A quién le tocará escribirlo?

Gracias, y dejo pauta a la critica a quienes realmente merecen crédito en esta celebración: los lectores.

Edgardo Mantra /// San Jerónimo “El Grande” Guerrero a 19 de junio de 2017.

 

 

 

El Gen poético en tres creadoras mexicanas

Por Víctor Hugo Díaz

Santiago, Chile, agosto de 2014

 

 

Recuerdo haber oído una vez al gran poeta chileno Gonzalo Millán, decir “el don en poesía es lograr que no se te vea la tinta al leer el poema”. Es decir, sobrepasar ese filtro encarnado en la letra, cuando lo que importa es la intensidad, el misterio de lo cotidiano, la experiencia vital y la lupa subjetiva.

Otra posibilidad o mirada, es abordar el “género” poético, como un nicho o profesionalismo de las teclas, como una decisión racional, decisión de escritura, un plan productivo centrado en lo “textual” y en una búsqueda experimental de originalidad.

Quisiera comenzar dejando claro que a mi parecer; tocando con los ojos, profundizando en lo superficial, yendo al hueso y a la piel e intuyendo a través del microscopio; se trata en estos tiempos tanto de un “don” como de un Gen. Ese Gen, ese virus, significante que está sin duda presente en estas tres poetas mexicanas, ese virus (1) que se inocula o contagia por vía poética al lector.

La poesía escrita por mujeres en México y en toda América, es una fuerza creativa importante y presente desde siempre en la literatura, pero silenciada por épocas, mediante estrategias de ocultamiento. De forma autónoma, hoy la poesía femenina se ha consolidado y adquirido visibilidad cultural desde sus propios espacios creados.

Como ejemplo sólido desde la primera mirada o lupa subjetiva, intentaré visualizar eso inasible de las cosas sucediendo en estos tres libros de poesía (2):  Material peligroso de Gabriela Cantú, Apuntes de viaje de Isolda Dosamantes y Los días heridos de Leticia Luna.

Tres miradas, tres voces que hablan claro desde lo femenino, en su diversidad, pero de modo universal, privado y público, no desde una plataforma sistémica, desde la cual generalmente, los resultados no guardan relación o cercanía a lo erótico liberador, lo experiencial y lo estético; como si se tratara de cualquier otro discurso de poder, “ismo” o militancia. En otras palabras, estas poetas no basan o engendran su escritura en discursos o definiciones acotadas, previas a su poesía (G. Deleuze: La poesía no tiene anterioridad).

Al abrir el libro Material peligroso de Gabriela Cantú, México, Universidad Autónoma de Zacatecas, 2013, se oprime el ON de una corriente viva o flujo que se mueve por todo el texto, deslizándose a distintas velocidades, en continuidad, pero siguiendo los pasos de un baile, que ya no requiere necesariamente del verso; poesía intensa y transparente, que tiene como uno de sus ejes de gravedad la "geografía del cuerpo". Recordemos que una buena biografía, se escribe con el cuerpo.

A lo largo del desplazamiento de este libro, la mirada adquiere protagonismo, al mixturar la belleza de su lenguaje con situaciones vivibles-visibles, descubriendo con lupa o microscopio: No es lo mismo mirar   que mirar. o Te pensé en una pequeña imagen como/ esos negativos que vendían hace mucho/ tiempo en los circos; asomé mi ojo por esa/ pequeña cámara contra la luz para verte.

Aquí, además sucede otra fricción, lo que parece narrativa, a veces disfrazada de linealidad, contiene densidad atmosférica autónoma, hace intuir eso otro que pesa, que pasa, que sucede y acompaña a los objetos, que es casi de cristal pero al rojo en la fundición de lo aparente; tensa, intrigante, siempre a punto de la ebullición: Te he visto reflejado en la taza de café de la/ mañana, también en el parabrisas del auto/ cuando estoy detenida// …ciertas cosas deben cumplirse …como detenerse a pensar en/  una imagen que nos da placer…

En Cantú el tiempo es otro de los pilares o ejes que lubrican y permiten el funcionamiento de este libro: Se había establecido una fecha pero los/ acontecimientos del día siguieron su propia/ forma de hacerte sentir como una nave encallada/ y ves el agua que sigue corriendo… sin tomarte en cuenta. o … los cubos que salen del congelador… El agua detenida ahí… Se trata de una suspensión de/ movimiento, de una especie de muerte/ limpia y transparente.

Para Gabriela las acciones, las extremidades (…olvidarse de que/ tienes piernas y dolor de pantorrillas y de que/ tienes vejiga acumulando orina, olvidarse/ también de que existe un mundo allá fuera/ abriendo y cerrando su hocico) o las posturas corporales, son Materiales peligrosos: Algunos materiales pueden ser/ peligrosos, el exceso de luz –por ejemplo-// … puede provocar ceguera temporal o… clarividencia, que si fuera el caso, también/ es temporal.

Frente a esta peligrosidad, la única y la peor, la de no sentir la vida, la de la no oscilación ni el viento; este hablante desarrolla ojos y oídos atentos, es austero, pero depredador y recolector de lo que está pasando. Así nos habla desde este sólido libro, de frente, sin truculencias discursivas y con el Gen poético indispensable. A veces incluso hablando sólo o dormido. Tal vez cuando todo lo observable a plena luz ya no es suficiente. Como buscando: Como si no hablara lo suficiente durante el día, / dicen/ que hablo mientras duermo y creo que dicen verdad/ Anoche me despertó mi propia voz…

Apuntes de viaje de Isolda Dosamantes, México, DF, Editorial Praxis, 2012, se presenta ante el lector como un pasaporte, un salvoconducto que lleva al desplazamiento permanente, tanto en ritmo, imágenes y viaje. De una ciudad a otra, de una estación a otra, cosiendo ese espacio entre los lugares, los días y los años (los recuerdos). Aquí la voz y la mirada se entrelazan en un hilo que se enhebra en una aguja de tiempo, que va bordando el texto, con la suavidad y agudeza del acero industrial: Se escuchan sus pequeñas patas sobre la tierra,/ Inician el viaje de su piel por las esquinas,/Descansan un momento frente al agua… El viento flota espeso y no vez nada,/ sólo tus pies uno tras otro disfrutan su aventura,/ descubren el silencio de la noche.

En ciertos pliegues del libro los objetos adquieren personalidad, ya no sólo es materia, forma y nombre, sino también un tú, un él: Los hombres se abrazan a su árbol,/ lo abrazan como un niño ante su madre,/ lloran en él… se acarician en las ramas y descansan,/ … como si árbol les hablara,/ …Los hombres se golpean contra el árbol,/ le pegan con firmeza en la coraza/ y la fortaleza del árbol se hace suya,/ la sombra de los hombres son sus ramas.

Llama favorablemente la atención en Isolda, el contrapunto generador, un A v/s B = C, es decir, el paso” en un mismo poema o un mismo paisaje escritural, desde un elemento cargado de suavidad cultural en un instante; a otro en que se transforma el sentido, hasta terminar en la dureza áspera del desarrollo urbano moderno, afiches del hoy, tajadas de ahora; cuando caminar es ser un pez y donde lo que flota es espeso: … la ciudad vive las flores,/ las crece, las corta, las cultiva,/ las hace de cartón,/ de masa, de madera … En China todo gira,/ las voces danzan en círculos precisos,/ los albañiles construyen edificios en semanas, o donde sólo se tiene el trajín diario… el edificio,/ el jardín y una barranca de cemento.

Por momentos la enumeración de lugares, tiendas, objetos y comidas, adquieren en sí su ritmo propio: al final compré tortillas/ y cigarrillos baratos,/ cigarrillos de los indígenas,/ cigarrillos piratas. Ritmo tanto en respiración como en sucesión de imágenes, o mejor dicho, en ese gesto móvil en que las siluetas y las situaciones se exponen ante el ojo. Por ejemplo esa voz que viaja desde la ciudad más contaminada, Las calles de Beijing son agridulces/ el cielo es bruma/ neblina oscura que te ciega;/ sin embargo, sus luces arcoíris son caricias, hasta luego aparecer en el punto más alto de Norteamérica; porque es el cuerpo, su significado y su memoria lo que se desplaza en este libro ágil y potente, como mirarse a los ojos  Mírame de frente, escúchame,/ déjame escuchar tu piel,/ vengo de lejos como muchos,/vengo del norte y hablo inglés.// Montaña de Mont Royal,/ ciudad de los sueños del artista.

En el título del último fragmento de Apuntes de viaje, Barro en movimiento, Dosamantes sintetiza quizá de modo categórico el resultado de este libro, metaforiza con limpieza y tacto esta mezcla de tierra bajo los pies y agua discursiva, privada y pública, en vivo movimiento, este barro de situaciones, territorios y momentos… esos momentos, esos, en que a veces somos.

Al tocar la puertas de Los días heridos, Leticia Luna, Ed. 400 Elefantes, Managua, Nicaragua, 2007, (Con prólogo de Raúl Zurita) ya desde la primera página se nos viene una voz a advertir, sale hablando desde la oscuridad, con una antorcha y nos cuenta que Esta noche hay un olor fétido en el aire/ sin duda es el olor de un país que muere.

Desde el principio del libro, Luna nos habla desde un paisaje humano desolador, desde el lugar de la última batalla antes de rendirse o contraatacar, un lugar desde donde nos mira el enemigo y nos apunta con su mira, su cristal, a través de la ceguera del pez y la gula del cerdo/ hermanados por la traición.

Es una lucha diaria donde otros deciden, donde una voz invisible  obliga a la venta/ del huerto/ más preciado, o donde la sociedad del espectáculo o de los matinales, nos hace creer importante ver al tonto más tonto/ triunfando en la televisión.

En Los días heridos el hablante realiza un acto moderno, crítico, atrincherado en el soporte de la poesía, sí, pero logrando llevar la atención del lector a espacios sociales, esto más allá de la postura poética que se acoge a lo situado, digamos el poema y su entorno, sino también en el exteriorismo ciudadano, es decir una voz que actúa en el mundo histórico y social que nos constituye, siendo parte de un proceso, visibilizando la fractura y la injusta hegemonía en nuestro continente. Al contrario de las promesas públicas aquí se insiste en vientos que soplarán  Hoy no llueve y la ciudad maquillada de smog/ muestra el signo del mal presagio/ que sigue esclavizando el tiempo venidero.

Por momentos y poemas, las fotos o “tomas” que saltan al ojo que lee, hacen ver que el conflicto que se pone en escena es el mismo, los métodos son los mismos en todos los conflictos; pasar por encima: Oaxaca, la Araucanía, Palestina, Ya no hay pecho para plañir el duelo/ y la penumbra de lo que nunca ha sido/ me desangra.// Hay días en que amanecemos en un pozo tan hondo   tan hondo//  Días en que aún dando palos de ciego/ caminamos hacia la ubre de su despeñadero falso.

Pero frente al muro, el de cemento, el fronterizo y los otros, permanece una voz plural que se resiste a la genuflexión ante el metal frío del poder Si miraba piedras aparecían cactus/ llegábamos con el vendaval/ a la cicatriz del invierno.// Somos un brote de espinas/ sobre las ruinas/ de la ciudad.//  Un holograma nace de mis ojos/ para mirar el mundo/ con la gracia del ángel que despierta,

Desde la escritura poética el acercamiento, la visibilidad y la textura-táctil de lo real serán siempre pre-textos. Prueba de esto es la permanente presencia de algo como una brisa, algo antiguo en esa mirada clara, justa y ceremonial, digamos ese pasado permanente que se puede olfatear en forma reiterada y sutil: las piedras, los cactus, el atardecer en el desierto, el amanecer de sus animales. Así también, dentro de esta estética fundamentalmente exteriorista, el hablante apela a lo íntimo Si tan sólo estuviera aquí esta noche/ como cuando veías en mis ojos/ vapores de barco que regresa.

En este claro, terrible, transparente y trágico libro, Leticia nos muestra una obra cruda, polisémica y en movimiento, que apunta a muchos puntos cardinales, parada en medio como advierte al principio de del libro, de un país que muere, de un hoy social, de un hoy México, de un hoy Chile, de un hoy Latinoamérica, un hoy que abre sus cloacas/ y hiede   hiede   hiede…

Para finalizar dejo claro que este texto (tejido) es la lectura archi subjetiva de tres libros que leo y en los que yo me leo. Puedo decir sí, que en estas tres poetas mexicanas no existe la evasión, que en lo que a poesía concierne es ponerse de pie en su propia voz o suelas, sin respaldarse en discursos signados ni en militancias de género.

En esta cadena de ADN ellas viajan a distintas velocidades por las calles, parques y carreteras del sentido, incluso por escaleras mecánicas, en cualquier país, son vehículos que dicen; algo que sucede, un semáforo  y ya todo es pasado. A veces en cuarta, primera, otras en reversa. Infectadas del Gen, del virus. Síntomas: “La loca de la casa”. Sufriendo los efectos del vicio y la adicción que es la poesía.

1: Cita a palabras del poeta Gonzalo Millán y referencia a su libro Virus, Ed. Sin Fronteras, Santiago, Chile, 1987.

2: Referencia al concepto crítico “es lo inasible de las cosas sucediendo, lo que se viene a los ojos…”, del poeta chileno Carlos Henrickson.

 

 

 

 

 

GAbriela Cantú Westendarp

 

IX

 

Estamos sentados en un restorán comiendo

pescado frito. Aquí nadie nos conoce y así

está mejor —así podemos vernos mucho tiempo

sin decir nada hasta que uno de los dos no se resista

y asalte al otro de manera un tanto intensa y alguien

llame a la autoridad del puerto y nos detengan por

escándalo en la vía pública, y entonces vayamos a un

lugar más privado (digamos una cueva o una gruta) y

ahí, mitad vestidos, mitad desnudos, nos amemos por

largas horas—. Por lo pronto estamos comiendo pescado

frito en un restorán del puerto pero creo que tarde o

temprano llegarán las autoridades.

 

I

 

Dos personas se dicen adiós como si intuyeran

que no volverán a verse pronto. Prolongan el

momento para no enfrentar el vacío. Podrán

encontrarse en algún sueño, en el rostro de un

extraño en la calle, o en el libro que están por

comenzar a leer. Esto no es un cuento, es más

que una imagen que se trabaja para un texto; es

un hecho de la vida real como dirían en los

programas de televisión.

Desde entonces, hace apenas unas veinticuatro

horas, te estoy buscando y, en “la vida real”, no

te he visto.  

 

I

 

Cuando uno piensa que está escribiendo de

alguien más resulta que la verdad es otra y

que uno solo puede escribir de sí mismo.

Presumo que se debe a lo altamente egoístas que

somos. Supe de un hombre que estaba muy

triste porque tenía una mujer que había perdido la

cabeza por algún vicio. El hombre difícilmente

veía la luz del día, no probaba bocado, dejó de

ver a sus amistades, perdió su trabajo, se enfermó

de pulmonía y casi pierde la vida. Todavía no sé

la causa que une mi vida a la de este hombre del

que estoy escribiendo, pero estoy segura que en

algún momento encontraré un hilo que nos

una. Quizá, pero no estoy segura, yo también

tenga un vicio y mi vida corra peligro.

 

Gabriela Cantú Westendarp (Mty, N.L. 1972) Poeta y promotora cultural. Tiene una Licenciatura en Estudios Internacionales por la UDEM y una Maestría en Ciencias con Especialidad en Lengua y Literatura por la UANL. Es Directora de Difusión Cultural de la Universidad Metropolitana de Monterrey. Imparte talleres de lectura y creación poética en diversas instituciones. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2012 y Mención Honorífica en el Premio Regional Carmen Alardín 2011. Recibió la beca, en el área de poesía, del Centro de Escritores de Nuevo León en 2006. Es miembro del Consejo Editorial de la sección Vida del periódico EL NORTE del Grupo Reforma. Tiene cinco libros publicados, Material peligroso (UAZ, 2013) Segunda Edición Hiperión España, 2015, Naturaleza muerta (UANL, 2011) El filo de la playa (Mantis editores 2007) El efecto (CONARTE, 2006) y Poemas del árbol (UANL, 2009). Fue co-fundadora de la revista de arte y literatura Otra orilla. Su obra se ha publicado en antologías, periódicos y revistas de México y del extranjero.

 

 

 

 

 

 

 

Isolda Dosamantes  

 

 

Las hojas del ciruelo han terminado de caer,

son una alfombra sobre la calle;

afuera de las casas guantes, gorras, orejeras,

todos caminan con prisa hacia algún sitio.

En el invierno los rostros no existen,

las personas no salen de sus casas;

parecen sombras que deambulan,

voces sin rostro;

tú misma eres tu sombra

y te vas a tus cuatro paredes

a soñar con el viento,

con las flores,

y te miras en ellos, en tu espejo;

entonces retornas a la calle

en busca de tus huellas.

Respiradero

                                                            

 

                                                                        A Edgardo, Pilar y Sebastián

 

 

Las calles de Beijing son agridulces,

el cielo es bruma,

neblina oscura que te ciega;

sin embargo, sus luces arcoiris son caricias;

caminas sin el miedo de asalto en occidente,

andas con la confianza del pueblo de la abuela,

con el canto en la boca de una sílaba extraña,

con la certeza de llegar al puerto;

tus pasos son libres unas horas.

En cada pensamiento que te aleja

una flor de la vida en el oriente,

callejones con sus puestos de fruta

repletos de alegres gritos guturales.

Caminar en Beijing es ser el pez,

el alma de sí mismo.

El viento flota espeso y no ves nada,

sólo tus pies uno tras otro disfrutan su aventura,

descubren el silencio de la noche,

el canto de los grillos,

las flores del verano que terminan

adornando los pasos del transeúnte.

Anduve paso a paso sin destino,

tropezando con bicis y tenderos;

en cada recuerdo una vivencia que cambia de rumbo al pensamiento.

Beijing es siempre gente, noche condensada

en la que te abres paso como selva;

es un disturbio de mente entre los hombres del Tai chi

y el trajín diario, cotidiano;

es el huton y el edificio,

el jardín y una barranca de cemento.

Ensamble

El hombre está lleno de ausencias;

cada mañana se desprende de un abrazo,

de un sueño, de un saludo;

cada mañana regresa más solo del metro;

su mano, líneas de historias repetidas;

sus ojos han sido deshabitados por la luz;

hoy es menos hombre que ayer, más bestia;

a veces, lobo, tigre; otras, gusano.

Ese hombre está lleno de ausencias,

ese hombre se despertó esta mañana

con la certeza de ser un maniquí,

ése del cabello oscuro busca en sí mismo

y se recuerda en el abuelo de la fábrica,

en las calles repletas de luz y globos de colores en la infancia.

Ése que camina cabizbajo

se recuerda y comienza a tejerse,

a ensamblar sus piezas,

a encontrarse.

 

Isolda Dosamantes (Tlaxcala, México 1969). Poeta y Académica. Es maestra en Creación y Apreciación Literaria (Casa LAMM), Especialista en Literatura Mexicana (UAM) y tiene el diplomado en Creación Literaria de (SOGEM). Fue becaria de la Fundación Alberti, del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Tlaxcala y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en su programa de Apoyo a Proyectos. Entre sus libros publicados destacan Apuntes de viaje, Praxis, 2012, Paisaje sobre la seda, Verso destierro, 2008, Altura Lustral. Fundación Navachiste, 2000., Después del hambre, Lágrimas de Circe, 
Mar del Plata, Argentina, 2017. Desde 1997 se ha dedicado a la docencia en el Centro Cultural la Libertad, la Universidad Autónoma de México (Ciudad universitaria, Taxco y Canadá), las universidades chinas de Hunan y Pekin, la Escuela de Escritores de la SOGEM, actualmente es directora de la Galería Casa de la Nube en el estado de Tlaxcala, donde además imparte su taller de poesía.

 

 

Leticia LuNa

 

LOS DÍAS HERIDOS

(fragmento)

 

i

Esta noche hay un olor fétido en el aire

sin duda es el olor de un país que muere

como en aquellos años de la corrupción

cuando mi infancia era una parvada de golondrinas

y mi padre enfermo    

ya nunca fue el mismo

Hoy persiste ese olor tan fétido en el aire

y mi padre      

no está aquí       

para limpiarlo

 

 

NIÑA CACTUS                         

 

A Yazmín

Hermana:

Tú y yo sabemos que mañana la línea fronteriza

atravesará nuestras vidas

que por ti cruzaré el Desierto con sus llagas de sol

la migra con sus amenazas de bala

y el río de rocas amarillas

Seré Niña Cactus       

     Mezquite ardiente          Vaho                 

Ojo   Vientre de Luna

    Mujer Cascabel

                     Mujer Río

                        Mujer

                        Guar-

                  día-

                  na

                       

Hermana:

Tú sabes que cruzaré el Desierto

tan sólo para mirar las estrellas de Phoenix

en tus ojos

 

 

RÍOS DE SANGRE

 

 

Para Ollin Alexis Benhumea (†), quien murió días después

de que le golpeara un petardo de gas lacrimógeno

en la cabeza durante una de las Batallas de Atenco

i

Al amanecer la policía sitió al pueblo

Un joven bailarín expiró en la pureza de su lucha más preciada

Cada vez que alguien muere en manos de sus perseguidores

el mundo se pudre de rabia y de blasfemia

ii

Hoy tu recuerdo no es la rabia     es la soledad

es tu familia mirando en el hospital tu cuerpo silenciado

son los separos de la policía poblados de crímenes impunes

las mujeres secuestradas en una ráfaga de violentas sombras

la cobija de los campesinos       quienes piden justicia

y reciben palos y más palos

en la habitación vacía de este país

cuyo viento helado recorre los caminos

con sus ríos de sangre

iii

Ayer la violencia recorrió la ciudad

—dormíamos—

sólo unos cuántos despiertos

alcanzaron el llanto

iv

Dios    mira cómo me visten de sangre

Dios    mira cómo me rechinan los dientes

v

Hace más de cinco siglos blandieron los machetes

El aire vino con su vendaval de lamentos

cuando los brazos del joven bailarín

se enlazaron en el duelo que llora el eucalipto

de pie frente a su abismo

Con machetes y flores sobrevivirá Atenco.

 

Leticia Luna. México, 1965. Libros de poesía: Hora lunar (1999), Desde el oasis (2000), El amante y la espiga (2005), Los días heridos (400 Elefantes, Nicaragua, 2007/ Premio Internacional Caza de Poesía “Moradalsur”, L.A. California, 2008), Wounded days and other poems (Unopress, University New Orleans, 2010), Espiral de Água (español-portugués, Sur-Granada, España, 2013) y Fuego Azul. Poemas 1999-2014 (Índole Editores, El Salvador, 2014).

Obra suya traducida al inglés, portugués, polaco y catalán. Dirige el grupo Fuego Azul (Poesía, Música y Danza) y la editorial La Cuadrilla de la Langosta. Ha compilado las antologías: Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica (pícaras, místicas y rebeldes, 2004) y Cinco siglos de poesía femenina en México (2011). Se ha presentado en foros y publicado en antologías y revistas de diversos países de América Latina, E.U.,  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La criminalidad es un perro que camina por todos lados moviendo su cola”

Reseña del libro: Gumeta, Chary (2016). Poemas muy violetas

Jorge Arzate Salgado

 

 

 

Reseña del libro: Gumeta, Chary (2016). Poemas muy violetas. Quetzaltenango, Guatemala: Metáfora editores. ISBN: 978-9929-40-845-6, pp.86.

 

Jorge Arzate Salgado

Universidad Autónoma del Estado de México

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Poesía y saber crítico: la humanidad y el mal

 

Mucho se ha dicho sobre el sentido social de la poesía, tanto que en ocasiones resulta en un eslogan vacío (“poesía para cambiar el mundo”, “revolucionaria”), pero, pensándolo bien, y luego de repasar lo mucho que ha producido la poesía contemporánea sobre la invención del mundo a través de la palabra siempre de manera “crítica” (los mundos subterráneos del inconsciente de los sueños, las oblicuidades de las narrativas no lineales, los múltiples intentos de producir la poesía no “convencional”, o aquella hecha para “subvertir la realidad”) es de vital importancia una poesía combativa basada en la reflexión y denuncia de un mundo caótico, impredecible y profundamente inhumano. Un digno antecedente de está combatividad-plástica incrustada en el poema es quizá la obra de Jesús Arellano, poeta de Jalisco.

En este sentido la poesía crítica resulta de utilidad en medio de un bosque cultural plastificado, desechable, imaginariamente pulcro, insensible e insensato ante lo importante, y que en su anverso y profundo ser está marcado por el mal como complemento de lo que denominamos como el bien. Quizá este mundo, siguiendo a Baudrillard, de la hiperrealidad (en donde el bien y el mal son una mal divisa que bebemos todos los días como agua imantada de silencio) debe ser renombrado por el poeta con urgencia ante tiempos tan obscuros.

Más allá del título de poesía política o revolucionaria, que tuvo su sentido en América Latina en los peores momentos de las dictaduras militares o en los momentos esperanzadores de las revoluciones socialistas, una poesía crítica hoy en día tiene una enorme responsabilidad en la medida que debe deslindarse de, primero, los clichés superficiales fincados en extremos ideológicos, y, segundo, de generar una sensibilidad alterna frente a lo inhumano y a el mal como cultura, es decir, debe desmarcarse de las éticas y los valores que asumen el mal como cultura no democrática o cultura del estigma. Esto último se refiere, no al sentido decorativo de la cultura e incluso de la Kultur, sino de su sentido como reglas de acción que nos hacen pensar/sentir/normativamente el mundo (¿no acaso toda estética es al final de cuentas un código de interacción social?).

Por supuesto que estas tareas no son nada fáciles porque suponen la generación de una nueva politicidad; una renovada distancia, mirada y diálogo con el poder y sus formas desde el arte y el lenguaje. Esta nueva politicidad supone, a su vez, una ética radical que asuma como valor central el asunto de la preservación (más allá de lo biológico) de la condición humana sobre todas las cosas (recordad a Hannah Arendt y su discurso contra el fascismo y sus formas así como su discurso poliédrico sobre la condición humana como realización intensa, finalmente, de la esfera de la labor). Desde esta perspectiva una poesía combativa es una poesía que al retumbar en las cavidades de la conciencia produce sonoridades normativas a favor de la no/dominación humana, es decir, a favor del sujeto con posibilidades de autonomía política. De esta forma una poesía combativa, desmarcada del cliché ideológico y colocado como dardo de lo auténtico no es más que una sonoridad democrática, que al sonar/tañer/vibrar, como palabra-música (tambor) funda una esfera pública virtuosa signada por el (día)logo democrático. Esta poesía es ya, en sí misma, una arena democrática por su resonancia dialógica.

En este sentido, ¿no acaso esta poesía es un acto de redención por la enunciación?, de ser así, entonces, la poesía es creación profunda que renueva y descubre con pavoroso asombro el abismo de lo humano: abismo-telúrico: ¿nueva política de la autonomía social?

Pero no acaso, desde la Ilíada de Homero, ¿toda poesía no es más que una narrativa que enumera los males humanos, las fatalidades y el mal producido humanamente ante la fatalidad del mundo y la veleidaes de los dioses?, ¿no es más que el recordatorio de lo que somos como seres productores de sentido reducidos a nuestra pequeña carne? Por esto, también, la poesía es más que una mera forma de inteligencia de la historia y lo social; así cuando la voz es auténtica su criticidad es una realidad nueva de la conciencia moderna. Cuando la poesía decide ser crítica en medio del caos, y la represión, no hace más que demostrarnos ese otro lado obscuro de lo humano en donde el mal no es más que, como diría el sociólogo Michel Maffesoli, el complemento inherente a lo humano y lo moderno, pero que obliga a una lectura molecular de su fondo y forma. Por ello la poesía crítica, más no revolucionaria, es y ha sido la más moderna de todas. No la poesía que grita y vocifera, sino la que al cantar sin miedo puede conmover nuestros registros normativo-políticos a favor de una humanización necesaria y democrática.

 

La poesía de la memoria, la rabia y la razón de Chary Gumeta

 

En México llevamos miles y miles de muertos, desaparecidos y desplazados producto de la guerra contra los carteles de la droga, además de que la violencia en todas sus formas se ha convertido en una fuerza omnipresente en nuestra sociedad e instituciones. Y como nos dice Chary en su libro, “También en el sur se matan palomas”: 70,00 mil desaparecidos en la frontera Sur de México con Guatemala, la mayoría de ellos mujeres.

Poemas muy violetas de Chary Gumeta (Chiapas, México, 1962) es un libro rebelde, es decir, pleno en su voz de tambor. En este caso el conjunto de poemas funcionan como grito, como un “ya  basta”, como un “No se dan cuenta”. Y ¿saben qué? Creo que la voz de Poemas muy violetas es auténtica: radical: radicalísima como forma de pensar y golpear nuestra conciencia política o nuestra in-consciencia. En este sentido cada poema invita a la construcción de una nueva realidad: un no a lo autoritario, un no a la muerte, y un sí a la vida como libertad humana radical. Esto significa que cada uno de sus poemas instruye una rebeldía necesaria ante el mal como hiperrealidad, como banalidad.

Poesía del malestar, en contra de la violencia, esa que, por desgracia nos ha cercado los últimos 10  años en México, Chiapas y Guatemala, que ha tomado el territorio de norte a sur, que ha sembrado muerte, desaparecidos, desplazados, que ha prostituido a las personas como sicarios. Entonces, en medio de un océano de silencio, Poemas muy violetas es un libro valiente y comprometido; no es un libro de lectura fácil, en él hay dolor, sangre, desesperación, un respirar agitado; aparecen una serie de personajes desgarrados en su humanidad y colocados en los bordes del dolor.

 

A Virgilio lo levantaron una mañana

en la que se dirigía  al trabajo

su familia lo buscó en la Cruz Roja,

en el SEMEFO, en los hospitales, en la cárcel,

se perdió a la vista de todos

se fue en un viaje sin nombre y sin destino. (p.25)

Señor Sicario,

asesinaste a cuarenta y tres muchachos

destruiste cuarenta y tres sueños

cuarenta y tres educadores que eran esperados 

por niños de las comunidades

donde no existen ángeles. (p. 31)

Marcela, […]

Recordaremos los días de fiesta,

En que los demonios nos daban de beber

licores infernales (p. 60)

Cecilia, sicaria de tiempo completo […]

Esa claridad efímera nos hizo ver

que somos ángeles de muerte

somos sicarias

y eso…

eso no lo decidimos,

ni lo escogimos nosotras. (p. 71)

 

El libro comienza rindiendo tributo a los momentos emblemáticos de nuestra vida política, momentos en los que la violencia de estado actuó con impunidad: G8, Acteal, “para los autodefensas de México” la Ruana, Ayotzinapan. En este caso la poesía se convierte en testimonio a la vez que se configura en un nuevo discurso político que intenta una renovada conciencia; en este sentido, el libro a pesar de su aparente rudeza, plantea un mensaje de paz, una posibilidad necesaria que parte de una realidad para desenmascarar. En los textos hay una especie de esperanza que se enuncia como una oración.

 

México […]

Sigamos reinventado la paz

A ver si la encontramos. […]

Basta ya de envolverlo en miedo

de romperle el alma

de golpearlo hasta el cansancio. (p. 36)

Sigamos reinventado nuestras ilusiones

y a nosotros mismos. (p. 36)

Así como también, el libro es un llamado a dejar las actitudes pasivas a políticas frente a la violencia; de algún modo es un llamado estético hacia la ciudadanía y esta postura es tan sutil a la vez que contundente que eriza la piel.

Hoy he comprendido

que la cobardía me ha llevado

a una existencia triste y desganada.

Lamento haber permitido

que los soldados cortaran las ramas

de mi árbol preferido

y las rosas del jardín de mi abuela. (p. 65)

En el libro hay un hermoso y particular poema en español del sur, el poema dedicado a Gaby, que nos muestra otras sonoridades cercanas al lenguaje de la selva y el rio y ese viento más puro de la montaña que nos cosquillea la piel:

 

Chiantlequita poné tus oídos abusados

al escuchar las palabras enternecidas

que te dicen los muchá

la mayoría son mentiras

y pior es la promesa del milico

lo único que quiere es darte guaro

y llevarte al monte.

Apenas sos una patojita. (p. 66)

 

Después de leer “poemas muy violetas” de Chary Gumeta, hay zozobra; sí, pero queda un viento cálido de esperanza, de que todo esto, tan malo, con tanto daño, algún día sea un mal sueño, siempre, claro, todo con un dejo de paradoja.

Vivo al sur

donde el sol brilla

y el viento huele diferente

sobre hermosos campos

de amapola. (p. 72)

Por su poder estético-moral y ético-político esta poesía debe ser indeleble en nuestras letras, sin duda alguna: marea que no es ruido sino incómoda sonoridad porque en ella vive la conciencia más importante, la conciencia de lo humano como cuidado infinito, sutil y más alto. Así es: lo más alto, porque sin esta conciencia es imposible la continuidad, el latido, la voz, el canto, el tambor; en fin, la poesía como acto fundamental de lo humano y la cultura como razón.

Marcela, […]

cuando vengan por nosotras

detendremos el tiempo,

nos abrazaremos fuertemente

y por primera vez

nos diremos la verdad,

hablaremos de la lluvia sobre el pasto

y del silencio que éramos

cada vez que destruíamos las palabras. (p. 60)

Recomiendo la lectura de este libro poderoso de Chary Gumeta, además, incansable promotora de la poesía y la amistad poética.

Toluca, México; 22 de septiembre, 2017.

 

 

 

 

       

 

 

 

VERBOS POR DENTELLADAS, de Noelia Illán Conesa

Por Miguel Ángel Real

 

 

En 2016 Noelia Illán Conesa (Cartagena, España, 1983) publicó su segundo poemario: “Verbos por dentelladas (RavensWood Books, 2016).

La codirectora de la revista “La Galla Ciencia” utiliza en sus poemas un estilo claro, directo, evocador y nunca recargado, con algunos toques de los "novísimos" en los que homenajea a José María Alvarez y evoca la nostalgia de un pasado idealizado, en el que la cultura (con amplias referencias clásicas tanto en los versos como en las citas introductorias, pero igualmente en el sentido más amplio de la palabra) es un punto de referencia indispensable y vital.


Esa supuesta edad dorada se enfrenta de manera frontal a una realidad mediocre ("Imbéciles de tiro en la sien" en “Lunáticamente”) de la que no obstante la poeta intenta sacar partido a través de lo concreto (la música, el sexo, el cine, las cosas aparentemente banales en las que a pesar de todo encontramos un sentido: "La vida puede ser hermosa con esos pequeños gestos mundanos", en “Casillero del diablo”).

Porque de todos modos este libro nos muestra que Noelia Illán es una autora lúcida y nunca olvida que el presente es lo único que nos queda: en ese sentido no hay ingenuidad y lo real nunca se ve edulcorado. Y es que en este mundo que se hunde, entre sus dudas, nos aferramos a algunos fogonazos (Cf. La tercera parte del poemario, “In media res”).


Pero sea como sea, la tensión vital y poética surge de ese combate que debemos llevar a cabo para alejarnos siempre de todo aquello que sea banal, comenzando por una manera de luchar contra la decepción del aquí y ahora: el viaje, momento esencial que nos ayuda a ser otro y a respirar gracias a las imágenes que nos dejaron tantos lugares visitados, aunque la nostalgia de volver nos quite el aire. (Cf. la primera parte, “Los puntos cardinales”.) 

Entre esas luces, la poesía de Verbos por dentelladas nos ofrece aferrarnos, desde el mismo título, a una sensualidad muy palpable, cuyo objetivo es cambiar el mundo con un simple gesto. Una meta por alcanzar, ya que ese presente en el que nos apoyamos es esencialmente absurdo: ¿sirven de verdad las pequeñas cosas para reconciliarnos con el mundo? Noelia Illán no tiene la respuesta. Sólo nos queda entonces observar.


 

 

 

 

DESCONCIERTO

Hombre astuto

que erró mucho tiempo…

Homero

Reconozco a veces mi vida en algunos sitios.

El café, un cigarro, una taza agradable.

Las Mezquitas me tuvieron dentro,

me perdí en las calles del Bazar.

En Nueva York tengo ropa en la tintorería,

veo caras conocidas en el barrio de Termini,

tratos familiares en Alexander Platz.

A veces, perfecta realidad. Otras, abismo.

Otras veces, sólo soy real en Cartagena.

Y esa sensación me asfixia.

¿Y SI NO TE ENCUENTRO ?

Justo en ese minuto

cuando nos escapamos

al mejor de los mundos posibles

Gil de Biedma

Búscame en el salitre del mar sureño,

en la línea que separa de la tierra el cielo,

en los libros gastados de París

o en el ocaso rosa de Pest.

Búscame en la abstracción del tiempo,

en el merodeo de aquellas casas de oro,

en las sombras del almendro en flor.

Búscame en las manos asoladas de mi abuela,

en los sombreros de copa,

en las tumbas de un cementerio tunecino.

Búscame en las huellas de los perros

y en el relamer nocturno de Marruecos.

No me busques                                aquí.

No estoy.

CASILLERO DEL DIABLO

Y luego, en otoño, el aire seco y vibrante,

cargado de áspera electricidad estática,

que inflama el cuerpo bajo la ropa liviana.

Durrell

La vida puede ser hermosa

con esos pequeños gestos mundanos,

o cuando escuchas un disco de los Dire Straits,

o con un paseo otoñal en esa mar nuestra

que nos vio nacer y nos nace siempre.

Con una boca carente de pudor y de soberbia

cuando muerdes la manzana podrida

del deseo,

y caes torbellino abajo

al fondo más oscuro de la mente,

donde hay unas bragas

y esperma y sangre y tú luces como nunca.

O con las viejas fotografías de mi abuela,

dichosa sobre su moto azul,

donde siempre me parece estar ahí,

retratándola.

Cuando esos crepúsculos

que no son ya rojos, sino dorados y eternos,

clavados para siempre en tu retina,

a fuego en Istanbul, en Buda tatuados.

Con el blanco y negro de algunos filmes,

el grito de ¡Marcello! en la Fontana

las risas de esas chicas que se abren al mundo.

La copa de vino que empapa tus venas,

el verso que arrastra y que araña,

que embruja –oh, sí, esas lecturas

de noches adolescentes-.

Con una conversación, quizá;

una cena en Roma bajo aquellas farolas

amarillas, como las de Pérgamo,

y ese cubata agrio que nos hizo reír en Atenas.

Pero luego,

¿qué hay detrás de todo aquello?

¿comprenderemos algo al final del trecho?

Somos objetos vacíos

que alguien guarda.

AUREA MEDIOCRITAS

Evocando el pasado y los días lejanos

lloraré.

Verlaine

Mi estado es cambiante

-por qué negarlo-,

mudado en aquella o esta circunstancia,

ocasión o lugar donde me halle.

Mi estado es adverso ante una falda,

ante un cigarro mal apagado

o esa laca barata que usas los lunes.

Es catatónico si pierdo en la batalla,

nublado algunas tardes soleadas,

brillante con alcohol y noches,

fálico si la prisa apremia,

si la ley impera descarado.

Voy de lo flexible a lo volcánico,

salvaje cuando hay gente,

pacífica si me entreno.

Evitando el punto intermedio,

alejándome siempre de lo mediocre.

 

 

Noelia Illán Conesa (Cartagena, España, 1983), diplomada en Filología Clásica, es codirectora de la revista de poesía española La Galla Ciencia. Es la autora de de Calamidad y Desperfectos (Las Cosas Triviales, 2012) y Verbos por dentelladas (RavensWood Books, 2016). Ha participado en varios festivales de poesía y ha colaborado en diversas revistas como El Ciervo, El Coloquio de los Perros, Ágora o Meca. Figura en varias antologías y ha recibido diferentes premios de poesía y microrrelatos.

 

 

 

 

 

 

 

Muestra pictórica de la bestia de los pigmentos

 

Cesar Kostia conocido como la Bestia de los Pigmentos parece alejarse del expresionismo y acercarse más a un arte mestizo donde convergen símbolos, referencias e imágenes con apariencias realistas que se desdibujan de esa misma realidad al contacto con pequeños tintes surrealistas y trazos cubistas.


Su trabajo es la condensación de fuerzas estéticas sobre las que construye un puente que borra la distinción entre ellas.Su trazo decidido y firme poseen una tendencia vital y creativa en lo figurativo en el cual encontramos algunos indicios de elementos puramente metafísicos: núcleo en el que lidera sus experiencias personales forjando una relación interpersonal con el espectador.


La piraña en este nuevo número se solidariza con el autor donde el pigmento y las líneas forman un poema híbrido y bestial que perturba los sentidos de todo aquel que se atreve a mirar los abismos de su arte.

 

 

 

 

    

              

 

 

  

 

 

  

 

 

 

    

 

 

  

 

 

   

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

                   

 

 

LA MEXICANIDAD

O CIERTA FORMA DE EXTRANJERÍA

Gustavo Alatorre

 

Hace ya tiempo, mientras discurrían mis años de licenciatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en una de esas tantas borracheras con el poeta Arturo Valdez Castro, un poema suyo alumbró una arista de mi alma, hasta ese entonces oculta: la mexicanidad. Algo de ese poema, cuyo título versaba “La muerte ser al chile chilanga”, hizo un eco de voces y emociones que hasta hoy, justo cuando tengo en mis manos el libro Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (Aldus, 2016), vuelvo a sentir y a dejarme invadir por ellas.

     El poema, pese a ser de los primeros textos del autor, ya contaba con una fuerza implacable que lo mismo guiñaba un ojo con el infrarealismo en general que, específicamente, con el ritmo vertiginoso que suelen tener algunos textos de Mario Santiago Papasquiro: un golpe sonoro lleno de imágenes urbanas plagadas de una cultura general extensa, era entonces aquél poema.

     Si bien en México existe una muy buena influencia de la poesía chilena, desde Gabriela Mistral hasta Raúl Zurita, pasando por Pablo de Rokha, Neruda, Nicanor Parra, y hasta llegar a los puntos más álgidos que ofrecen Gonzalo Rojas y Vicente Huidobro; tener en mis manos un libro de poetas jóvenes chilenos que muestran un trabajo escrito en y sobre México, desde luego que se antojaba como toda una posibilidad de gozo y lectura.

      El libro se abre con Martín Cinzano (Guayaquil, Ecuador, 1977), quien curiosamente es el único de los seis poetas que no nacieron en Chile, dado al exilio de sus padres en ese país. Enfrentar la poesía de Cinzano no es fácil para un ojo tradicional. Esto lo digo porque en México la concepción que se tiene de lo que no es poesía dista bastante de lo que en otras tradiciones no contemplan como un problema: lo narrativo, el lenguaje directo, lo cotidiano, la ausencia o casi nula aparición de la imagen visual o la metáfora en sí, no representan una propuesta carente de “poesía”, sino lo contrario: se poetiza desde esas zonas y con esas herramientas; asunto que en México incluso en estos tiempos pareciera no caer del todo en gracia.

     La “casa” que construye Cinzano, el hábitat que le toca vivir –por decisión o arbitrariedad– es el terreno transitado por el  cuerpo de una mujer, la liviandad del mezcal, el cabello de lo cotidiano y la terrible verdad que inquieta el espíritu de quien se sabe extranjero: la soledad de una ciudad inmensa que sólo existe, terriblemente real, en el alma. Nada se queda en esa casa que ha decidido habitar el poeta. Ni él mismo, tal vez, termina por aceptar las paredes como una patria. El tedio, la desazón, el amor pasional y el sarcasmo, rigen las líneas del poeta quien da testigo de que en México –en esta “ciudad de vanguardia” – la soledad es la misma mierda que en cualquier parte del mundo:

 

Si tan sólo hubiera un cine

a donde ir a meterse ahora a las tres

de la mañana en el distrito

creo no pedir gran cosa

si tomamos en cuenta que algunos bromistas

la llaman la ciudad que nunca duerme

la ciudad de vanguardia

Como si fuera gracioso

no dormir

como si fuera vanguardista

no tener un cine a donde ir

 

Para Sebastián Figueroa (Yumbel, Chile, 1984) la observación es parte fundamental de su poesía, al menos la muestra que contiene este libro así lo hace notar. Él es el único poeta de este libro en quien noto una mirada lejana, poco arraigada a la tierra mexicana; y es precisamente esta liviandad, esta falta de apego a la ciudad, a la calle y la casa que lo contiene en esta “residencia”, lo que da valor a su poesía. Figueroa nos muestra una ciudad tal como es, sin el fastidio del sentimiento patriótico. Él sabe que la ciudad que habita es una sola donde quiera que se encuentre; en él vislumbramos con todo su poder la sentencia de Kavafis: “No hallarás otra tierra ni otro mar./ La ciudad irá en ti siempre”; y a su manera la hace suya y la muestra:

 

No hay ciudad más allá de estas piernas pegadas al polvo.

Hay calles, es cierto, pero yo no camino por ellas.

Hay casas, es cierto, pero yo no puedo entrar en ellas.

Hay hoteles, jardines, loncherías,

tiendas de abarrotes y quioscos,

pero yo soy un virus sin cápsula

controlado por las oficinas sanitarias

 

En los poemas de Figueroa todo intento de arraigo, de bienestar, parecen contener de ante mano un fracaso. Las ruinas de su ciudad interna lo persiguen. Aquí o allá parecen lo mismo, son lo mismo de ese mundo del cual, sin importar el sitio, se desprenden los recuerdos que nos forman, que nos condenan. Para fortuna o desgracia, el mundo y la vida en sí, parecen seguir siendo, para el poeta,  igual a todo “sólo que menos”.

     Con Antonio Rioseco (Los Ángeles, Chile, 1980) sucede algo extraño, cada instante que su poesía dibuja es tan particular que alcanza todo nivel de “contacto” universal. Su poesía es una bitácora de la espera, un tiempo que ha de nacer en la llegada de la mujer amada, quien redime lo cotidiano con un con un simple vestido verdeazul. Los muertos de los que habla el poeta, son también parte de un paisaje urbano que se respira en las calles de esta gran Tenochtitlán, en los andenes del metro donde convergen poetas, músicos, vendedores, el amor y la melancolía. Cada registro que el poeta versa, tiene marcado el tedio y la violencia. El amor es un asunto que ha de esperar en esta urbe o que ha de naufragar mientras se aguarda a la amada en las horas más congestionadas de las arterias de este ciudad: el subway…

 

Volvemos a la estación.

 

Vendedores ambulantes,

faquires, mancos y ciegos

abriéndose paso entre la gente.

 

Vestida de verdeazul

apareces tras media hora

entre los torniquetes,

fuera de lugar

reflejándote

en las barras

de alumino.

 

Insistes en tomarme de la mano

en confundir ese feble refugio

adolescente.

Un espacio aparecido

a la sombra del viento

 

 

Con Rioseco encontramos un rostro muy particular de la poesía que suele padecerse en las arterias de esta ciudad: la melancolía. Quien ha transitado el metro de México a ciertas horas del día, sabe del sentimiento que despiertan las estaciones amargas, los pasillos largos, la espera bajo el reloj descompuesto que nunca da la hora del día, que nunca corresponde con la noche.

     A Manuel Illanes (Santiago de Chile, 1979) lo conocí una noche de lluvia, su acento me reveló a un hombre nuevo en las alturas de la ciudad. Muy pronto, por intervención musical -Nacho Vegas- y por mi padre, cruzamos las primeras palabras. A diferencia de muchos extranjeros, y de entre ellos, muchos poetas y artistas, Illanes llegó a un barrio bravo de la ciudad. No fue para él el esnobismo de la Condesa o la Roma, colonias que cada día luchan por escapar de todo aquello que se nombre mexicano. El Campamento 2 de Octubre fue su refugio y su casa. En esta zona armó su “nueva relación de los hechos”.

     La poesía de Illanes recorre un camino que pocos poetas, incluso mexicanos, han querido surcar. Su poesía atestigua con elementos prehispánicos lo que ahora muestran los actuales habitantes de esta urbe. La violencia de todos los días, la compasión y la enajenación de un pueblo que sufre y acepta lo que sus gobernantes dictan, inundan las líneas que el poeta versa. Para hablar del infierno, hace falta vivir en éste. Illanes es quizá el poeta que más captura el devenir mexicano, la sensibilidad que rodea a la gente de esta tierra. Como un  fiel sirviente de la Historia, cada verso del poeta registra la historia confusa y menor del barrio y de la casa misma. Pero es su letra quien eleva cada insignificante acto a una altura donde el arte sublima las casas grises, los narco asesinatos, los niños difuntos, las personas  que caminan las calzadas de los nuevos tianguis en los domingos bíblicos de esta “ciudad entre lagos”:

 

Y sin que nadie las llame

esas mismas vecinas

ocuparán su lugar

de plañideras cuando

uno de los hijos de Cristina

muera súbitamente

y se vele el cadáver

del angelito en el patio

de la unidad. Fraternidades

que consagran el hastío

y el dolor. La asamblea

murmurará entonces

plegaria tras plegaria,

sus rostros iluminados

por los pabilos de largas

velas. Y el mismo sacerdote

que acude la mañana

de todos los domingos

a decir misa al Campamento

ha de bendecir al pequeño muñeco

depositado encima de la mesa

antes de pedir por enésima vez

comprensión para los designios

inescrutables del Creador

como si se confesara

por un crimen de sangre.

 

 

La poesía de Bernardo Colipán (Rahué- Osorno, Chile, 1967) muestra algo más que una simple residencia, una estadía. Hay en los versos de éste poeta un serio conocimiento de la cultura mexicana que se agradece bastante, como lector mexicano. De igual manera que los griegos al versificar sobre sus mitos, en Colipán notamos una manera tan especial de versificar, al grado de mitificar, parte de la cultura prehispánica mexicana que corresponde a la zona céntrica de México. Si bien he dicho en líneas arriba que pocos son los poetas que se animan a versar sobre las culturas prehispánicas, en Colipán no sólo tenemos un atrevimiento, sino una muestra de calidad y fuerza poética impresionantes. Pienso en el lector chileno, latinoamericano, o de cualquier parte del mundo, y sin duda encuentro en los versos de Colipán una magia mística y una expectativa irresistible sobre la tierra mexicana:

 

 

Amoxtli, joven de veintiocho años

La última guerra florida lo trajo hacia acá.

En Tlaxcala, Amoxtli, sólo quería

Aprender el comercio del incienso.

Ahora lo vemos junto a otros guerreros

Subiendo los peldaños del templo mayor.

Un sacerdote arroja su corazón

Humeante al rostro de Tláloc.

Su cuerpo cae

Rodando escaleras abajo.

Sus padres lejos del templo, como todas las tardes

Esperan a Amoxtli que regrese de la milpa.

 

Me es inevitable leer este poema y pensar en cada uno de los poetas de esta antología: ¿qué padres, hermanos, esposas o novias los esperan en su tierra natal? ¿Cuánta tristeza  abarcan sus corazones entregados ahora a esta urbe, a  otras mujeres, a otras calles, a otros alcoholes?

Cada día el “rostro humeante de Tláloc” les cobra un corazón nuevo, unos minutos menos de sus vidas, un pedazo de pan, como precio de haber pisado esta tierra, de vivir en ella, enamorarse y hastiarse en ella; son apenas seis hombres cautivos de esta gran “guerra florida”:

 

Yo vivo en la isla de México-Tenochtitlán

me rodean joyas y milagros, un metal caliente

sale de mi voz.

Soy Xipe Totec.

Hoy es un día muy caluroso.

Siempre es así

en el día de Huitzilopochtli.

Sucede en el Mázatl, día del venado.

La gente olvida muchas cosas.

Yo busco el pectoral sagrado de mis cautivos

se los abro

para que nunca me olviden.

 

Con Rodrigo Landaeta (Santiago de Chile, 1976) se cierra el libro, pero se abre la posibilidad de ver en fresco parte de la poesía chilena contemporánea con toda su energía, vitalidad y estilo muy propio; de genealogía directa con Raúl Zurita y el mago Huidobro. Con Landaeta tengo la impresión de estar ante una poesía chilena versando sobre sobre la tierra mexicana. Mediante una experiencia feroz, en el sentido de experiencias vitales por calles, barrios y avenidas “bravas” de esta urbe de hierro, el poeta nos muestra los detalles de este tierra que, para los que vivimos en ella, han pasado a ser parte de esa mancha gris que por acostumbrados no vemos. Las fiestas tradicionales decembrinas, los vagabundos de los parques o zonas como La Alameda y La Ciudadela, las fosas donde se entierran a los hombres inconformes en este país, son para él parte de este México que habita.

    Pero a Landaeta lo pervierte el recuerdo, es éste quizá el único respiro que puede darse al sentirse inmerso en esta urbe que todo lo devora. La huida a la playa, su tierra natal y los muelles de un pasado le devoran la memoria. Pero cuando el ensueño se ha ido, la realidad de esta ciudad lo despierta y muestra su lado más intenso y poético:

 

Jarlan

 

bien podría caerte una bala, como al padre Jarlan

en la Victoria

pero aquí en la Obrera, cuando el cielo se apaga

revuelto de nubes en blanco y negro

 

la bala atravesó la pared de la casa parroquial

e impactó en el cuello del sacerdote mientras leía la Biblia,

unos dicen que la frase “perdónalos señor porque no saben

lo que hacen”

otros que el salmo De profundis

 

¿oíste?

nadie desea la muerte, excepto los suicidas y algunos

rumanos

 

las palabras invocan, vaticinan, provienen de un vientre

sepultado

en centro de otra tierra, alojadas como esquirlas cuando

aullaste

en tu nacimiento”

 

 

Las palabras del poeta dan la sensación de encontrarse en todas partes y en ninguna, de igual manera que un viajero, al que el mundo lo ha hecho un peregrino, Landaeta da testimonio de esta tierra con una visión de quién ha sufrido aquí, intenta quedarse aquí, pero en el fondo desea irse, alejarse de toda ciudad que le recuerda que la soledad es una y el vacío del alma es grande como un desierto; a la vieja manera de Pessoa.

     Pero, entonces, y para cerrar estas palabras, ¿qué es la mexicanidad en este principio de siglo, en estos años? Es algo se respira y que se bebe;  a lo que se le hace el amor y también se asesina. Es un niño difundo, una fiesta de muertos, un narco asesinato y más de 43 desaparecidos; una espera muy larga en los jardines o en el subterráneo, es una “muerte chilanga”, un hastío de cines y de calles y de barrios y de urbes; o seis poetas subiendo las escaleras de un templo de una ciudad extraña en algún tiempo lejano, presos en esta guerra florida que es la ciudad de México, que es el gran devenir de este mundo, a la espera de despertar en otro cuerpo, como alguna vez lo soñó cierto de personaje de Cortazar.

 

 

G. A.

Septiembre 2016/ CDMX

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La combustión más íntima del alma

Diego José

 

 

 

Durante muchos años, la poesía de Ramsés Salanueva Rodríguez (1972 – 2016) permaneció inédita, otorgándole esa aura de misterio que le fascinaba y que contribuyó a delinear su propio mito —con esa carga de malditismo— que también obstaculizó su trayectoria literaria. Ramsés gozó y padeció desde muy joven el interés de sus contemporáneos en la región, quienes lo revistieron con la toga del escritor promisorio. Lo cierto es que su idea marginal del poeta, sus batallas personales, las afrentas del mundo, el recelo ante la incomprensión, las exigencias del periodismo y las dificultades estilísticas fueron postergando la posibilidad de publicar formalmente su trabajo. La diversidad de sus poemas obligaron a Ramsés a realizar un permanente ejercicio de revisión autocrítica que le llevó a agrupar varios conjuntos poéticos, los cuales, debieron sufrir interminables acomodos, ajustes, cortes y movimientos. Al final, Ramsés diferenciaba la parte de su obra en proceso —cambiante, indefinida e inconclusa— de dos títulos concretos y definitivos en su calidad de inéditos: Poemas y sonetos de extremaunción y Libro de agua. Por esta razón, su obra se mantuvo bajo el encantamiento de una promesa apenas vislumbrada entre revistas, páginas digitales, conversaciones, lecturas, coloquios y una tardía plaquette: La conjetura de la tarde (Pachuco Press, 2011) que abrió finalmente el tremendo acorazado de sus archivos para prepararnos a lo que fue su único libro publicado en vida: Cuaderno para estudiar el viaje (CECULTAH, 2014), el cual tuve el privilegio de acompañar durante su proceso de edición.

 

El viaje que sugiere dicho cuaderno —inspirado inicialmente en su periplo por Noruega— nos convida a recorrer distintas estaciones de ese itinerario que implica sondear la condición trashumante del ser. Poesía cifrada, tanto por los símbolos a que alude como por el lenguaje que la estructura. Su enigma y su riqueza consisten en apropiarse de referentes míticos y religiosos provenientes de distintas tradiciones como la Biblia, el Corán, los mitos griegos, junto a la otra tradición que fundaron Baudelaire, Verlaine y Rimbaud. En más de un sentido, el sujeto poético implícito en Cuaderno para estudiar el viaje se reconoce como un dandi decimonónico, un flâneur, un excluido del planeta McDonald’s. Si la realidad escuece con su frivolidad intrascendente; el poeta, en su viaje, se reivindica con el misterio, sabe que no es evadiendo el mundo sino atravesando la porosa realidad de nuestro tiempo como podrá descubrir el verdadero significado del viaje. Ese poeta desgarrado de modernidad que fue Ramsés Salanueva alcanzó a emitir su llanto de cisne negro en «Último poema para la Monstrua», que concluye su único libro impreso: esta imagen de la Musa siniestra es un interesante hallazgo: «alguna vez te tuve, como se tiene en el pecho un tigre». La evolución de una poética sirve para clarificar las intenciones, búsquedas y extravíos de un autor a través de sus distintas etapas creativas. Lo común es realizar un comparativo de las piezas fundamentales que delinean la trayectoria del escritor; sin embargo, abordar una estructura cuyos cimientos solo pueden analizarse de forma fragmentaria dificulta la posibilidad de su comprensión, incrementando su permanencia en la sombras, es decir, el lector y el crítico carecen de los elementos esenciales para obtener una panorámica de los trabajos de Ramsés Salanueva, en cierto sentido, por el misterio que encierra una obra abiertamente inconclusa, tanto por su repentino fallecimiento como por su condición inédita.

 

Todo escritor, en mayor o menor medida, tiende a clasificar su trabajo, organizándolo según criterios muy caprichosos que le permiten distinguir lo reutilizable de cuanto pudiera declararse terminado, ya bien para desecharlo como para otorgarle una identidad reconocible en medio de las carpetas del archivo. La diferencia entre una obra interrumpida y otra inconclusa tiene que ver con los procesos, y en este caso, al menos con tres procesos distintos: por una parte, los poemas y poemarios que Ramsés prefiguró como susceptibles unidades poéticas; por otra, el extenso material ajeno a toda organización; y por último, los poemas que, sin necesariamente escribirse, eran parte inherente de una poética futura. ¿Por qué Ramsés decidió conservar inéditos los volúmenes anteriores a Cuadernos para estudiar el viaje que, sin embargo, nunca dejó de reconocer como parte de su trayectoria? ¿Cuáles eran los conjuntos que a últimas fechas consideraba listos para publicarse, pensando en su persistente negativa a hacerlo antes de La conjetura de la tarde? ¿El hecho de no publicar era una elección propia o simplemente las condiciones para hacerlo no fueron las deseables? ¿Debemos respetar sus omisiones y silencios o entreverar suposiciones sobre su deseo para dar a conocer tal o cual trabajo? Sus familiares y amigos poetas —a quienes solicitó consejo— coinciden en que tras la aparición de Cuaderno para estudiar el viaje, Ramsés había adquirido una postura distinta respecto a la necesidad de producir poesía para publicarla, en distintas ocasiones expresó que era tiempo para imprimir y lanzar su obra reciente. Sabemos que durante esos años se concentró sobre todo en dos proyectos: Tu boca en medio de la lluvia o 25 invocaciones de amor y doce malogrados sonetos y La ciencia del alejamiento. Conjuntos que sometió a lecturas críticas, cuando menos, de Rogelio Perusquía, Daniel Fragoso, Jorge Contreras, Yuri Herrera. Lo cual confirma una idea: sin publicar demasiado siem- Diego José 14 pre fue leído y comentado por sus pares. Esta certidumbre pone en evidencia su urgente determinación por concretar ese par de libros con la intención de enviar alguno de éstos al Premio Estatal de Poesía Efrén Rebolledo. Poéticamente distintos entre sí, cada uno de los conjuntos traza un puente que une sus búsquedas estilísticas; en ambos proyectos se mantuvo fiel a uno de sus principios inspiradores: celebrar el alto nombre de la Musa. El primero de estos trabajos, todavía anclado en una versificación de difícil dicción, tendiente a una prosodia sinuosa que recuerda a sus etapas anteriores, apegadas a cierto barroquismo lingüístico y a una propensión al hermetismo, goza de momentos deslumbrantes como: «Estas ruinas tempranas / conmemoran el árbol de tu partida» o en la diafanidad de esta sentencia: «el amor es un ángel de vileza» que a mí me parece idóneo para intitular dicho libro o una futura reunión de su obra. El segundo conjunto, que ahora presentamos, posee una notoria inclinación por concretar un verso más nítido, ligero y contundente. Probablemente es el resultado de una profunda evolución poética, estilística y existencial que nos invita a pensar si Ramsés había llegado al sitio desde donde pretendía componer su obra siguiente. Me parece imposible afirmar si esta edición cumple o no con la voluntad de su autor, espero sinceramente que Ramsés se hubiere sentido satisfecho. Se trata, en todo caso de una posibilidad para leer la última etapa de su viaje poé- tico y delinear un continente con algunos archipiélagos dispersos al difuso mapa de su obra. Uno de los desafíos que presentan sus carpetas es la multiplicidad de versiones de los poemas, e incluso de los conjuntos, pues como ya he dicho, Ramsés buscaba constantemente el diálogo y el consejo con otros autores.

 

Esta edición de La ciencia del alejamiento se hizo a partir de una lectura comparada y contrastada de distintas versiones: el archivo que Radamés Salanueva, hermano del poeta y representante de la familia, proporcionó a la Secretaría de Cultura del Estado de Hidalgo, presentándolo como una última variante de La ciencia del alejamiento; y la versión que Ramsés estuvo trabajando los meses anteriores a su muerte con el poeta Rogelio Perusquía, quien hizo el grandísimo favor de facilitar el archivo semanas posteriores a su muerte. No cabe la menor duda de los beneficios que Ramsés extrajo de las conversaciones, revisión y aportes de Rogelio Perusquía. Ambos archivos son solo parcialmente distintos, el que revisé con Radamés además contemplaba la tercera sección «Hipótesis de lo que fue» que cierra el tríptico ideado por Ramsés y que no figura en el archivo que recibí con el comentario de Rogelio Perusquía. Supongo que Ramsés quiso agregar esa parte, o al menos, así nos lo comunicó su hermano. Sirva decir que coincido con las versiones que trabajaron ambos poetas en el estudio de Perusquía en Ixmiquilpan, entre octubre de 2015 y los últimos días de enero de 2016, tal como lo refiere Rogelio en el archivo. Hicimos también, por petición de la familia, una selección de poemas póstumos que ilustran algunos de los tópicos y motivos que tanto persiguieron al poeta en sus desvelos creativos. Como bien es sabido, un editor nunca estará seguro si sus correcciones son las adecuadas; pero su intención, cuando es sincera, busca entregarnos la mejor versión del escritor a través del texto que tiene entre sus manos. Recuerdo con profundo cariño la tarde que presentamos Cuaderno para estudiar el viaje en la Feria del Libro de Minería, no tanto por el evento como por el después. Cenamos en el Sanborns más próximo en compañía del poeta Eduardo Cerecedo, un viejo amigo a quien no veía desde los años noventa y que por casualidad era muy cercano a Ramsés sin que ninguno lo supiéramos: ¿quién no se sintió cercano a ese oscuro titán rebosante de ternura? Después, Ramsés y yo volvimos juntos en el autobús a Pachuca. La eternidad que suele abrirse en el trayecto de Indios Verdes a nuestra ciudad nos permitió conversar sobre los misterios que solo pueden preocupar a dos poetas en tránsito por la noche: la Musa, los arcanos y la necesidad poética; nuestros años de formación en Sogem, las veleidades y los vicios de la provincia; el error de autoexcluirse y la determinación de cosechar; Efrén Rebolledo, López Velarde, la poesía mística y un reconocimiento libre de cualquier adulación que conservaré siempre porque hay elogios que vale la dicha recordar. Siempre agradeceré el sincero respeto con que solía tratarme, no solo por el respeto sino por la sinceridad. El divino Hölderlin escribió en su poema «A las parcas» la cifra que todo verdadero poeta anhela: «si un día alcanzo lo sagrado, aquello / que es caro a mi corazón, el poema, bienvenido entonces, oh silencio del reino de las sombras». No se trata del fútil anhelo creativo porque no a cualquier conjunto de versos puede llamársele poema, sino a la aspiración más alta de cualquier poeta: rozar con el rumor de sus palabras el hondo misterio de la inspiración. Si el poema escrito puede representar la fiel vibración del alma humana, para Hölderlin es suficiente, porque al menos: «por una vez / habré vivido como un dios, y más no hace falta». Ramsés Salanueva puede descansar en paz por haber vivido como poeta, asunto nada fácil en un mundo acostumbrado a vilipendiar a la poesía. Si fuera posible se- ñalar alguna de las cualidades poéticas que cultivó con esmero fue la autenticidad: ajeno a la vanagloria del reconocimiento momentáneo, Ramsés, abrazó su vocación con una intensidad que me recuerda las ideas de Heidegger sobre «Hölderlin y la esencia de la poesía»: «Morar poéticamente significa, por otra parte, plantarse en presencia de los dioses y hacer de pararrayos a la esencial inminencia de las cosas». Sin duda, Ramsés lo sabía porque no tiembla cuando escribe estos versos luminosos: «Estaré sobre la cumbre de mi mayor abismo, esperando el rayo […] Bajo mis pies acabará el mundo conocido». Quienes lo conocimos sabemos que se mantuvo en esa cumbre. La complejidad de su estilo fue proporcional a su espíritu, siempre al acecho de la inspiración. Ramsés Salanueva, con una significativa carga de poeta maldito —no como actitud trasnochada sino como estirpe poética— recorrió el mundo contemporáneo sintiéndose una escoria que guardaba dentro de sí la combustión más íntima de su ser, aquello que para López Velarde correspondía al hondo sentido de la existencia: «Yo no creo en una poesía que no nazca de la combustión toda de mis huesos». Bien vale reconocer que hay severos versificadores, due- ños del artilugio y la llave del momento a pesar de su artificiosa voluntad como poetas; y existen otros a quienes su autenticidad les quema las venas. Ellos han descubierto, más allá de las imposturas y el bullicio fanfarrón, el sendero hacia sí mismos como una revelación que los desposa con la poesía para siempre… Ramsés Salanueva perteneció a esta categoría. El hombre apenas dura un momento, la poesía es eterna.

 

Primavera del año 2017 en la Ciudad de Pachuca de Soto, Hidalgo.

 

 

 

La ciencia del alejamiento

POEMAS PÓSTUMOS Ramsés Salanueva Rodríguez

 

Varias voces expresaron por diferentes medios, su interés en editar el poemario La Ciencia del alejamiento, de ahí que el gobierno estatal acogiera la iniciativa como parte del homenaje póstumo a este brillante poeta, periodista y promotor cultural. Con la ayuda de Radamés Salanueva y el trabajo editorial de Diego José –quien además nos obsequia un texto introductorio que establece un acercamiento al ser humano y a la poesía de nuestro autor– se concreta esta publicación para beneplácito de quienes conocieron al autor de Cuaderno para estudiar el viaje, al tiempo de incentivar nuevos lectores de una obra que aporta a la literatura hidalguense una perspectiva estética de la condición humana. Que esta edición póstuma del trabajo de Ramsés Salanueva Rodríguez sirva para celebrar la obra y la vida de un autor entrañable para nuestra entidad. Secretaría de Cultura del Estado de Hidalgo

 

 

 

 

 

DE LA FORMA VISUAL AL PENTAGRAMA DE LA VOZ

EN LA POESÍA DE AD LIBITUM DE MARIZELA RÍOS TOLEDO[1]

 

Víctor Argüelles

 

 

Y desde entonces soy ciudad

sin olvidar mis territorios.

PABLO NERUDA[2]

 

 

El poema como la vida misma busca situarse, emerger para estar, y en su intento de configuración encuentra en la forma lo concreto, así, extendido en el espacio (el blanco de la página) será manifestación o reiteración de la voz –que decide ser poesía– en términos femeninos, pues quien lo genera sabe que un acontecer de vida y de amor por la tierra, le carcome las entrañas del lenguaje, por eso se decide, y se decanta en las palabras que, como ríos fluyen hacia la noción de lo eterno. Se decide incluso a ser en el pentagrama, la vía para ser codificado. Así lo reitera la poeta juchiteca Marizela Ríos Toledo, a lo largo y ancho de Ad libitum, su tercer poemario editado por Praxis, libro dividido en cinco partes que tratan tópicos diversos que se van hilando uno a uno: el deseo, el amor, la soledad, acontecidos en la trasposición de la urbe donde sobrevienen las miradas y los pensamientos, por eso la transparencia de lo erótico se anuncia sucesiva e insistentemente. El origen va más allá de lo previsto con la forma visual del círculo (que es cómo empieza el transitar por este poemario), y este círculo (abierto para ser cerrado por el propio lector) es también símbolo del nacimiento, del óvulo fecundado, el punto y el inicio. “El comienzo despega con el inconveniente de extraviarse en los colores. Arcoíris se entrecruzan. […] Suena la hora. Un vistazo. Un vistazo”[3]. Ya en la parte intermedia del libro el placer dialoga con los ritmos y las imágenes, hasta llegar de forma extenuada hasta el fin con el poema que da nombre al libro.

 

En Ad libitum; se advierte ya una estructura concisa que va de lo visual a lo sonoro, pasa por la raigambre de la metáfora de los lugares que proporciona el viaje, pues en estos espacios se transparenta Santiago de Cuba, Cusco, Perú y tantas urbanidades anónimas entre coordenadas de voces y movimientos, México de norte a sur.

A todo esto añadiría que hay en el poemario distintas formas, siendo lo visual lo predominante, aunque lo exquisito se advierta en lo sonoro. Con este libro como “pentagrama de la voz” la poeta refiere al tiempo y su nostalgia con un acento de protesta: “Lanzo al destino por la ventana/ hecho aviones de papel/ y ahuyento la conciencia./ como MALDICIÓN TERRIBLE!// Y/ como no soy color de rosa/ sé que son peligrosos los amantes/ cuando se creen ¡imprescindibles!”. (Ríos Toledo; p. 61). Se trata del poema “Extenuada”, pertenece a la tercera parte de las cinco anunciadas con epígrafes concisos donde confluyen las voces de Neruda, Pavese, Sor Juan Inés de la Cruz, Efraín Huerta y Séneca. El trasfondo intuido aquí, en estas voces refractan la ciudad y el cuerpo, lo máximo y lo mínimo; el cuerpo inmerso en la ciudad.

El mayor acierto de la propuesta –a mí parecer– radica no tanto en la forma visual sino en la exacta sonoridad transmitida in situ, pues en esta poesía la presencia es imprescindible, ya que la emoción que va del verso al cuerpo se vuelve legible y aporta la mayoría de deleites que el humano frecuenta, que el lector del texto –en este caso–, de poesía, frecuenta, y esa organicidad emocional como las pasiones precisan las posturas del cuerpo, las posturas en la instrumentación del tiempo que contrapuntean las intenciones del texto.

La poeta reconstruye en su lenguaje lúdico las palabras, estas conformadas a una red visual sustentan las preocupaciones esenciales de la vida, del episodio en que transcurren los eventos con toda su carga de luz y oscuridad que preocupa y genera acciones: lo visual y lo sonoro como estructura interna del poema son llevados al acto del performance, y es aquí donde radica la originalidad de la propuesta. A decir de Samuel Gordon, principal crítico de la poesía visual en México, la palabra, el verso y la imagen se apoyan en un sentido mucho más amplio, y enfatiza en cuanto a la claridad del concepto de visualidad en la poesía llamada así: (caligramas, grafismos, escritura en libertad o poesía experimental, visual).

 

En la actualidad, algunos poetas y críticos consideran a la poesía visual una forma de las artes gráficas ya que emplea tanto grafemas como selecciones y composiciones tipográficas para crear sus morfemas, palabra o frases; otros, más apegados a su antigua tradición, la contemplan a la manera clásica como “poemas figurados” –nótese–: grafemas ante que o más que fonemas. Su disposición dibuja en la página el objeto aproximado que le sirve de base referencial y es, por tanto, un poema para ser visto antes que leído[4]

 

En Ríos Toledo la consistencia del poema visual no queda en este hecho, en la lectura visual sino que se explaya a la ritualidad escénica del instante, al convocar los ritmos y el acto del performance.

En cuanto a lo visual, cabría aquí la pregunta ¿de dónde viene la tradición visual por la poesía? El mismo crítico determina el antecedente en los poetas bucólicos griegos del siglo IV a. C., pero determina en la poesía moderna de Mallarmé con un “Tiro de dados”, la importancia a la página y a la configuración del texto-imagen en la misma, y refiere que el poeta francés propone por primera vez en lo teórico la explicación.

 

 

El papel interviene cada vez que una imagen, por sí misma, cesa, o reingresa, admitiendo la sucesión de otras y, dado que no se trata, como de costumbre, de trazos sonoros regulares versos –sino más bien de subdivisiones prismáticas de una idea, en el instante de su aparición, que dura lo que su convergencia, en cierta puesta en escena espiritual exacta–, es en sitios variables, cerca o lejos del hilo conductor latente, en razón de la practicabilidad, que se impone el texto[5]

 

Posteriormente estas ideas se extienden con los surrealistas con Apollinaire y en las vanguardias latinoamericanas encabezadas por Brasil en la poesía concretista, pasando por Vicente Huidobro y hasta la vanguardia de los estridentistas en México, sin olvidar un primer acercamiento con José Juan Tablada, y ya en el México contemporáneo con Octavio Paz, Jesús Arellano, Raúl Renán, Víctor Toledo, entre otros. No ahondando en estos detalles me avoco a la poesía que ahora me ocupa; es así que vemos en Ríos Toledo, un río de sentidos que convergen también en una propuesta: protesta en contra del silencio, así lo precisa la maestra Maricruz Patiño en el prólogo: “Todo lenguaje es código muerto cuando se emite, la intención es tomar por asalto a la palabra, signo y sonido en el momento de su surgimiento […] Lograr en un instante lo absoluto, síntesis de la imagen apostando a su máximo significado”.[6]

A su vez la imagen en el texto poético funge como la ilustración de consistencia figurativa que se desdobla para multiplicar sentidos. Así, la forma que, como diría D. A. Dondis en su emblemática Sintaxis de la imagen. Introducción al alfabeto visual, contiene la parte elemental del universo de las formas, y pueden modelarse con la grafía que se construye en la palabra. En los poemas de Ríos Toledo caben los contrastes, la saturación, la tonalidad y el estallido de los colores y las formas. Los elementos punto, línea, plano, y los subsiguientes frutos de las mezclas de los mismos derivan texturas, tonos, acentos en el gran universo de las formas visuales, plásticas a fin de cuentas pues se disparan con sus sonoridades sobre el soporte físico del papel.

Siempre que se diseña algo, o se hace, boceta y pinta, dibuja, garabatea, construye, esculpe, o gesticula, la sustancia visual de la obra se extrae de una lista básica de elementos. […]. Los elementos visuales constituyen la sustancia básica de lo que vemos y su número es reducido: punto, línea, contorno, dirección, tono, color, textura, dimensión, escala y movimiento. Aunque sean pocos, son la materia prima de toda información visual que está formada por elecciones y combinaciones selectivas[7]


 

Las distintas combinaciones que intervienen en Ad libitum, dejan claro que la forma es atendida en virtud de la poética, aunque en algunos instante la rebase. Se trata a fin de cuentas de la poética visual y sonora lo que obliga a ser mirado como un conjunto. La forma se resuelve a partir de un contenido amplio que en Ríos Toledo se pronuncia, pues el sonido, protagonista también de la propuesta se ve enriquecido de una presentación del poema, especie de show, performance, interpretación, a la manera del mejor slam poetry[8]; actitud que se expresa con las manos, con el rasgueo de cuerdas provenientes de la forma femenina dibujada en “Guitarristas” como espacio positivo: “Los dedos se deslizan, indagan, oscilan, tocan impecable su insomnio. Se incrustan en la encordadura” (Ríos Toledo; p. 107).

En el poema que abre la parte tres del poemario, es quizá el punto de mayor clímax, me refiero a “Mujeres” la poeta anuncia: “En el único instante del ahora/ en el nunca de todos los instantes” lo que suele ser la emotividad de pertenecer y reconocerse como entidad femenina, así ella denomina a su género como ”las cachorras”, “hijas”,  “tramperas”, “devoradoras” y un sinfín de adjetivos para entonar la reconciliación con la vida y la muerte a través del elemento femenino por antonomasia, la luna.  

En “Lejos” y “Muy lejos”, por ejemplo, predominan como continente de la forma ritmos y movimientos, que a la vez son la simulación visual de las espinas que cubren al cactus, símbolo del desierto, del norte y por ende, de lo que está más allá de uno: “… Canto cicatrices a los que son mis ojos, a los que son mi son. Canto mi vestimenta de cadenilla y nopal al margen del magnífico Cosco.” (Ríos Toledo; p.39)

En “Metrónomo” se sugiere una lectura a través de coordenadas que van subrayando el final del poema: ese “clic” final de ritmo y pulsión, en la  gravedad del péndulo. Las palabras sujetadas por hilos suenan como un móvil al ser entonadas; el poema en su totalidad funciona como mapa visual, también como partitura en la interpretación del poema: “Metrónomo. Alma mecánica. Zum. Zum.” El poema se constituye de ramificación de sonidos, onomatopeyas para decir algo, acaso elemental pero siempre cargado de la revelación, es decir, lo que a los ojos (“en el único instante del ahora”) se les presenta: “Tienes el borde de una decisión eclipsando medía sombra”. Estos sonidos-onomatopeyas que dialogan con sentidos lúdicos en el lenguaje cobran gran importancia en la página compuesta simétricamente imitando la forma del metrónomo.

En otros poemas el punto de arranque está en el sonido para situarse sólo en un verso; a la poeta le bastan versos cortos para reiterar el final del poema con sonidos, como si se tratara del sonido verdadero: plaff, clic, shhh, zzzz como en “Deseo” donde, –insisto–, la poesía se desdobla más allá de la imagen, y es cuerpo en movimiento, veamos: “Lumbre deleble clava replicas sucesivas./ Encima. Al interior de los cuerpos.// Incluso en el desconsuelo rechina indecoroso.” (Ríos Toledo; p. 36).

El contraste es señalado en “Amor perdido”; aquí se asume una postura combatiente, de protesta, de inconformidad a las imposiciones del género, ya no existe como se leería tradicionalmente en la cultura sino una denuncia de mujer a ser mujer en libertad: “¿Amor perdido? ¡no!/ Nuestra carne, ojos, imágenes en flash/ se atragantan y vacían/ para renovarse en otros placeres/ con más hambre más euforia/ en la entrega cabalgante de los cuerpos.” (Ríos Toledo; 37)

En conclusión: La poesía de Marizela Ríos Toledo, conjuntada en Ad libitum exige siempre la agilidad lectora, la actividad y el dinamismo de los instantes en que se apoya. La actitud poética en Ríos Toledo es contunde al decirnos: “…escarbar los asombros” en relación a su ars poética, pues como se menciona ya al final del libro: “En ella la poesía es un acto de fe. Cree en el poema como organismo que no deja de moverse; en la imagen que vincula el ser y el no ser y busca cautivar pequeños momentos…”, y este cautivar se refiere al acto de atrapar al lector-espectador de la poesía, pues el conjunto de elementos del poema-acción anuncia la totalidad, la reunión de la que son partícipes la palabra, la imagen y el sonido.

 

 


[1] Texto leído en la presentación de Ad libitum en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, 13 de abril de 2016.

[2] 1 de 5 epígrafes que integran las distintas partes del libro. Con ésta en específico inicia el recorrido al reconocimiento de la entidad inmersa en la urbanidad.

[3] Marizela Ríos Toledo, Ad Libitum, Editorial Praxis, México 2015, p. 14. En lo sucesivo, se anotará el número de página.

[4] Samuel Gordon, “Estudio introductorio”, La poesía visual en México, Universidad Autónoma de Estado de México, México, 2011, p. 13.

[5] Stéphen Mallarmé, prefacio a “Un tiro de dados”,  Revista Cosmopolis, en Samuel Gordon, op cit., p. 14.

[6] Maricruz Patiño, Prólogo a Ad libitum, op., cit., p. 11.

[7] D. A. Dondis, La sintaxis de la imagen, introducción al alfabeto visual, Editorial G. Gilli, México, 1992, p. 53.

[8] Experiencia sonora del recital en que un poeta recita su texto con distintos elementos que competen lo teatral y lo musical. Existe toda una tradición del slam, que valdría la pena consultar para estar informados.

 

 

 

 

 

 

REVISTA CARACOL AZUL

CON UNA PROPAGANDA COMO NIGUNA OTRA EN MÉXICO

                                   Eduardo Cerecedo

 

 

 

He revisado con cuidado el tercer número de la revista Caracol Azul, dedicado al escritor Agustín Monsreal, plataforma literaria. Me encuentro con una gran variedad de textos. Autores de México, Colombia, Perú, entre otros. Autores jóvenes del sureste del país. El director Alejandro Ojeda Pech ha apostado por la juventud, no sólo de México, sino de todas partes de América de donde le lleguan los textos. Es algo digno de comentarios, jóvenes que en s mayoría han salido de talleres literarios, bien por ese inicio, todo corre como miel en hojuelas literarias. Hay poetas, escritores que llevan muy  bien su ficha de autor, dan los datos, lugar y fecha de nacimiento, así como su carrera literaria, bien por estos datos importantes para los estudiosos de la literatura, así como para los estudiantes universitarios, o para los investigadores encargados de realizar los diccionarios de escritores de ciertos países.

     Pero hay otros autores que se resignan a no poner en su hoja de vida, el año de nacimiento, y cabe mencionar que estos autores son los que tiene debilidades en su escritura, será  que se sonrojan de ser, con todo respeto, aguadores, repartidores de gas, profesores de primaria, contadores, abogados, que en mitad de su vida deciden dedicarse a la escritura porque tiene conocidos en tal editorial o en equis suplemento cultural. Me refiero en especial a un poeta de Perú, que en sus poemas combinan la rima, pero mal cuidada, al final del poema ya no saben si continuar con ese ritmo y deciden por la más fácil, terminarlo con versos facilones. En los jóvenes mexicanos ocurre casi lo mismo, no será que esta manera y forma de escribir se les ha enseñado de forma errónea en los talleres, o que son malos alumnos, rebeldes que creen que escribir poemas es de lo más sencillo; coscorrón a quiénes piensa que es así. No es por nada, pero sugiero al Comité Editorial de la Revista Caracol Azul tengan cierta revisión. Muy bien que se apueste por los jóvenes, pero con trabajos dignos de ser leídos por otra plataforma de lectores que son más críticos que apapachadores. Señalaba Octavio Paz, que cuando nace la crítica, nace la modernidad, no echemos en saco roto estos consejos. Por lo demás, darle los créditos al director, ya que tiene una manera de convocar, distribuir, las propagandas de sus presentaciones dentro y fuera del su Estado, con un corazón enorme para aceptar de forma masiva a los escritores insipientes. Lo hace como ninguna otra revista en México. Aplaudible. Felicitarlos por publicar a autores con trayectoria, como es el caso de Luis Armenta Malpica. Entre otros autores importantes.

En cuanto a tema central que es un homenaje a uno de sus escritores más importantes de Yucatán, Agustín Monsreal, faltó un poco de crítica a sus trabajos; reseñas, ensayo, entrevista y porque no, alguna traducción del personaje celebrado. Desde aquí va mi opinión muy personal a los amigos de Quintana  Roo. Un simple lector deseoso de continuar leyendo la Revista Caracol Azul, que en su primer número, tuvieron la gentileza de publicar poemas míos. No me queda más que desearles una larga y feliz permanencia en el panorama literario de México.

 

Publicado en Boca de río

 

Reflexiones y balanceos para entreverarse en

“El telar de la reina”

 Adriana Tafoya

                                                                                                  

 Hay que eliminar la hojarasca del tablero

José Raúl Capablanca

 

Si bien hubo increíbles leyendas, cuentos y poemas sobre el ajedrez, también han trascendido novelas sobre este antiquísimo juego originario de la India. Escritores como Stefan Zweig, Vladimir Nabókov y Fiodor Dostoievski, entre otros, nos han entregado obras maestras en homenaje a este excepcional tablero que antaño fue nombrado chaturanga.

Hoy una novela de 258 páginas, de 32 pequeños capítulos, cada uno de cuatro episodios que logran ejecutar un total de 128 movimientos, nos dan un híbrido que tiene mucho de la novela negra, también de la “de espías y suspense”, con ligeros tintes sociales y, seguramente, ¿por qué no?, de la novela realista. Y por extraño que parezca, la mezcla se sostiene gracias al aderezo que la salpica; un poco de realismo mágico.

Todo esto construido simbólicamente sobre un tablero de ajedrez, en una partida transdimencional, como lo es el concepto del juego en sí. Cuestiones que al parecer son meramente simbólicas, que al sustentarse, no dejan de convertirse en realistas por los temas que aborda, a través de personajes trazados con ingenio (Charlie McBrane, Uk de Ur, Cirxe Rakiskisis, Joe Merengues, Agarttine Brie y Freiya Ribaulth, Magnus Lásker, Amos Weinberg, Pi Ling, Yuri Gromeko, Giacín Tokkanul, Alex Hémonos, Buskan Dolos… entre otros tantos).

Temas desarrollados a través de pequeños episodios, movimientos endebles pero trascendentales en una partida de ajedrez. Temas que al entretejerse nos dan el resultado de una tela que evidencia la pelea mundial por los recursos naturales y, también por esos recursos de natura que nos dan la fantasía, la magia y la desorientación cósmica que hace olvidar por lapsos qué significa existir en un país, en un mundo como este, donde muchos de los planes, de las estrategias para el control están ya planteadas mucho antes de nuestro nacimiento.

En esta novela, editada por Telaraña Editores, Yuri Zambrano (el autor), hace gala de sus experiencias en sus múltiples viajes, echando mano también del conocimiento que le da su profesión y por supuesto sus hobbies y su amplia cultura para soltar la pluma en esta entretenida narrativa que, sinceramente, atrapa, pues logra crear esa atmosfera de suspenso donde el lector, está al pendiente del desarrollo de los movimientos hasta el final. Quizás el momento crucial donde se desarrolla con vértigo la novela es cuando Joe Merengues y sus cuatro novias, después de salir de un bar en Praga, encuentran ocho cuerpos empalados y desnudos distribuidos por parejas en cuatro árboles que eran parte del antejardín de la sinagoga de Maisel. Por supuesto terminan siendo los principales sospechosos del escandaloso suceso.

También el tono narrativo es una mezcla de algunas voces clásicas de la narrativa, al leer los capítulos notamos evocaciones de Thomas Mann, Honoré de Balzac, Anatole France, etc. Por ciertas frases rimbombantes o pomposas, por supuesto entremezcladas con coloquialismos muy del estilo mexicano-chilango, que leemos en frases como ”Magnus a la obra”, “La variante checa Mésto”, incluyendo el nombre de uno de los personajes; “Joe Merengues”, donde al autor efectivamente, dirían algunos en la misma jerga “lo delata el código postal”. Tal vez esto también explica su reiterada insistencia en las descripciones referentes a las mujeres hermosas con cierta sofisticación y de cuerpos esculturales, que encarnan infiltradas, espías, etc. Haciéndonos recordar personajes femeninos de las películas de James Bond, el agente 007.

El telar de la reina, pasto de barbarie se puede disfrutar como se disfrutaría una buena velada de partidas de ajedrez; con una buena botella de coñac mientras vamos deleitándonos en las partidas, porque si es cierto que es una novela ingeniosa, documentada y de temática bastante atractiva, también lo es que tendremos que adormecer los sentidos un poco para esperar la segunda edición donde la corrección de estilo se lleve a cabo de mejor manera, pues hay una serie de inconsistencias que hace al lector salirse un tanto de la lectura, al tratar de atar cabos con algunas frases inconexas. También para esperar un mejor diseño en una mejor edición, (pues un libro de estas dimensiones necesita estar cosido, no sólo pegado, pues no tardará mucho en desojarse). 

Pese a lo anterior, la novela en su entramado reflexivo demuestra alta calidad literaria, que se refleja al plantear “el ajedrez como una Babel del lenguaje” y, donde plantea a la dama del tablero como una pieza crucial también en la vida social y política de los países. Igual al rey, (por consiguiente un peón), que nos demuestra que consciente o inconscientemente somos piezas clave para el desarrollo histórico social. Y nos hace cómplices de ciertas frases que, aunque disfrazadas de simpleza, nos dan mensajes llenos de oscuridad y brillantez para algunos iniciados en la literatura especializada, por ejemplificar; “La Diosa Blanca” de Robert Graves y “Gargantúa y Pantagruel” de Francois Rabelais.

Aquí un fragmento que da muestra de ello, con el cual insto a la reflexión:

…mientras él confirmaba que la sobrevivencia de una especie era un juego de estrategias, de avanzar peones y de no dejarlos que avancen, de entender las hipotenusas de los alfiles y los catetos de los caballos, a veces en ángulos rectos a veces batiéndose en retirada. Un juego de verticalidad en las torres, comparándolas como instituciones, como un estado o sistema. Como la matriz celular primigenia, como el ADN de las cosas. Supieron que la reina podía tener los secretos de ese estado, develar el sistema, pero que sola no podía y menos el rey. Supieron que al fin y al cabo, todo el principio de las cosas estaba en la dualidad de la pareja, en la permanencia etérea de los abrazos sin fin.

 

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