Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

escritor

Miércoles, 29 Noviembre 2017 03:01

Predrag / Ramiro Padilla Atondo /

 

Predrag

Ramiro Padilla Atondo

 

En la vida hay que atreverse. Se dice que por lo general el escritor tiende a supeditarse a la experiencia propia, un streaptease invertido en el cual el autor empieza desnudo, para terminar cubriéndose de ropajes que lo hacen irreconocible. También hay aquellos a los que la historia les interesa. Dibujar una novela sobre un acontecimiento histórico, explicarse ese acontecimiento, reconfigurarlo por medio de la ficción.

Tal es el caso de el libro Predrag, Angel del exterminio del escritor regio-tijuanense Daniel Salinas Basave. Una novela netamente balcánica de un mexicano.

 Los humanos somos gregarios, requerimos sentido de la identidad. Escogemos amigos, colores, ropa, empezamos a fumar muchas veces por imitación, dependemos de un contexto histórico que nos moldea.  Y ese es el ejemplo de Predrag. Está allí, intentando darle sentido al mundo. Y este mundo empieza y termina en Belgrado. Su religión es el Estrella Roja. Es un tipo mediocre sin otro afán en la vida, un hombre masa, sin mucha inteligencia que recuerda un poco al Eichmann de Arednt. Eichmann es un burócrata, sella papeles que deciden la suerte de miles sin cargo de conciencia. Es un eslabón más en una cadena de violencia.

Predrag se convierte a  su vez en otro tipo de eslabón en un mundo en el que la falta de religión transmuta en los colores de un equipo de futbol, colores que se pueden defender hasta con la vida. Un hombre al que la marea de la historia lo ha dejado del lado equivocado del mar sin tener plena conciencia:

“El botellazo reventó sobre tu cabeza, entre la mollera y la nuca, cuando ya habías dejado fuera de combate al perro sepulturero”.

Más que un inicio de novela es una declaración de principios. La velocidad de la narrativa no se detendrá. El narrador, cercano, cercanísimo, le respira en la nuca al personaje principal. Estudia sus gestos, actitudes, lo acompaña como un camarógrafo que lo graba desde ángulos imposibles:

“Te llamas Predrag, Predrag Jerkovic, y al momento de comenzar esta historia tienes 18 años, vives en Belgrado y suponiendo que alguien preguntara por tu ocupación o proyecto de vida, la respuesta sería que eres seguidor del Estrella Roja”

Eichmann es pasivo en su maldad, Predrag activo.  La novela hace que me pregunte por los mecanismos de la violencia. ¿Hay algún tipo de proclividad a ella? ¿El ser humano es violento de manera inherente? Quizá. Philip Zimbardo lo explica en su libro el Efecto Lucifer en su apartado sobre el lado oscuro:

“Los niños no nacen malos, sino con plantillas mentales para hacer cosas tanto buenas como malas, dependiendo de la influencia del entorno, de los contextos de comportamiento en los que viven juegan y trabajan”

No podemos juzgar a Predrag. Está allí buscando ser parte de algo. El mundo avanza a su autodestrucción mientras otro tipo de batallas se dirimen en un campo de futbol. Batallas ideológicas, raciales, que prefiguran un baño de sangre entre antiguos vecinos y familiares que de repente se descubren enemigos en base a la religión o el lugar de nacimiento.

Predrag no es un caso aislado. Predrag está presente en el deep south norteamericano. Ha transmutado en alguien con la necesidad de odiar, por eso es tan actual.

Predrag es de editorial Artificios. Vale la pena comprarla.

 

 

Ayotzinapa y el dolor

Ramiro Padilla Atondo

 

En un país lleno de desaparecidos los duelos son largos. Quien no halla un familiar vive esa lenta agonía, la agonía de la incertidumbre. En los países sajones los funerales ocurren una semana después del fallecimiento. De manera pragmática, se prepara todo para que ese mismo funeral no interfiera con otras actividades. En nuestro país todo sucede en un parpadeo. Mueres hoy y mañana al medio día te entierran. Quien no te ha visto en una semana imaginará que estás en tus actividades normales si no se entera a tiempo.

¿Qué pasa por la mente de un familiar cuando ha recorrido cientos o miles de kilómetros buscando a alguien con la muy remota esperanza de encontrarlo? ¿Cuáles serían las etapas de ese duelo? La normalización de la desaparición en México tiene consecuencias a nivel social. Ya no sorprende que haya quienes justifiquen la desaparición de 43 estudiantes. Son parte de esa nueva vileza que ha adquirido carta de naturalización en nuestro país. Porque al final la violencia a todos los niveles, llámese violencia del narco, del ejército o de la policía, tiene como elemento común la objetivación del otro.

Tampoco sorprende la respuesta del gobierno, tardía y estúpida en todos sus niveles. La desaparición de los estudiantes fue el inicio de la tormenta perfecta para una camarilla expuesta hasta al cansancio en su corrupción. Políticos de palacios de mármol que han perdido toda conexión con la realidad.

Pregunto de nuevo ¿Habrá alguien que se preocupe por el dolor de los padres? Han sido ya treinta y seis meses de agonía y quizá falten muchos más. La corrupción en el país semeja una red neuronal, casi infinita en sus ramificaciones, hecha de apatía ciudadana y mentiras gubernamentales. El entramado político es tan elaborado que no se sabe a qué dosis de realidad podemos apelar.

Somos un país escindido por voluntad política. Una nación-tv que repite hasta la saciedad las mentiras gubernamentales y les da estatus de verdad. Columnistas que se juegan la credibilidad desde algún lugar en la condesa con tal de seguir ordeñando el presupuesto.

Ayotzinapa es una herida abierta. El ejemplo más acabado de la degradación de eso que llamamos mexicanidad. De nuestra apatía que solo se diluye ante la presencia de desastres naturales. La desnudez de los padres de los estudiantes es nuestra propia desnudez. Ocupemos su lugar por un momento. Pensemos en la impotencia que produce la pobreza, los oídos sordos, las amenazas anónimas para que dejen de buscar,  incluso el arreglo económico por parte del gobierno. ¿Cuánto cuesta en dinero la vida de tu hijo?

La dilación es un arma fortísima. Es una carrera maratónica. La dilación es el instrumento de los poderosos, que pueden sentarse a esperar por la eternidad. Usted si no trabaja hoy no come mañana ¿cierto? Su hijo era un revoltoso, se lo merece. Somos un país profundamente racista. Los estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa no se parecen a los de la Ibero, menos a los de la Anáhuac. Los estudiantes de Ayotzinapa no son mirreyes.

Y mientras tanto nos debatimos entre la verdad histérica y el olvido. Porque la tragedia mexicana es un circo de varias pistas. El surgimiento de nuevos distractores (escándalos) abulta los expedientes sin resolver de un puño de burócratas que piensan en ascender, no en hacer bien su trabajo, porque de hacerlo bien no depende ese ascenso.

Y al último, rebasadas las instancias gubernamentales, expulsados los expertos extranjeros, solo queda la soledad que produce la pobreza. La solidaridad virtual que no conduce a nada. Queda esperar, porque en el esperar está escondida la esperanza. Esperar a que uno de los peores gobiernos de la historia se vaya y llegue un relevo capaz de desatar el nudo gordiano llamado Ayotzinapa. Un nudo gordiano creado ex profeso para nunca resolverse.

Ni perdón ni olvido.

 

 

DE ESCRITORES PENDECIEROS Y BOXEO

Ramiro Padilla Atondo

 

 

No creo que este asunto de la literatura esté necesariamente peleado con toda forma de violencia. Imagino que hay escritores que fueron todo menos entes pacífi cos que miraban al mundo de manera refl exiva. Si escribir es una forma de rebeldía, el agarrarse a madrazos puede ser divertido en algunas ocasiones. La percepción que tiene la mayoría de la gente de lo que debería ser un escritor puede que esté prejuiciada. Un tipo que es profesor universitario, que viste con corrección, habla de los más variados temas, usa gafas y nunca levanta la voz quizá sea el non plus ultra de las almas recatadas. Pero tampoco creo que todos encajemos en ese molde. Porque no hemos crecido en las mismas circunstancias. Se dice que la literatura se nutre del infortunio, que los escritores son buitres cazando la carroña y que la mejor ficción es aquella que se ha vivido. Nadie le puede negar el valor de verdad a Vargas Llosa y su exposición de la crudeza con la que se tratan los cadetes en el Leoncio Prado. O un André Malraux en prisión por andar robándose tesoros en el oriente. Ni que decir de los famosos rounds de boxeo del escritor de asuntos viriles por excelencia, Hemingway. En sus memorias, París era una fi esta, memorias de sus vivencias en el París de los años 20, el autor norteamericano hablaría de la imposibilidad de enseñarle a Ezra Pound a tirar el gancho izquierdo, o de guardar la derecha. Un caso imposible. Y eso descalifi caría al pobre poeta a los ojos del grandote. Cortázar narraría con maestría las desventuras de un boxeador en Torito, un peleador en declive. Hay quienes de entre los escritores les hubiese gustado dedicarse a alguna de estas actividades que en realidad no están tan lejos de nuestra realidad. Yo mucho tiempo soñé con ser boxeador o luchador. Uno de mis primeros intentos de escribir una historia fue sobre un luchador con cara de caballo y un caminado característico que es reconocido por dos niños saliendo de la arena sin máscara. O Norman Mailer que se convertiría en una especie de cronista de las peleas de Alí. Publica en la revista Life un artículo titulado el rey de la colina y describe con cierto placer los pormenores: “Para pelear, Alí se puso calzones de terciopelo rojo, y Frazier los llevaba verdes. Antes de que comenzara el combate, antes incluso de que el árbitro los convocara en el centro del cuadrilátero para impartirles las instrucciones, Alí recorrió bailando el perímetro y como deslizándose pasó ante Frazier, a quien dirigió una sonrisa de chiquillo, como diciéndole: Chico, vamos a jugar, y me parece que será divertido” Salvador Novo descubriría la pasión por el box en una invitación hecha por unos amigos. Aunque a él le parecía un fastidio este asunto de ver a dos hombres tundiéndose, encontró en el box el más grande de los espectáculos descubiertos. Escribiría después un ensayo llamado Algunas sugestiones sobre el boxeo donde diría que, “Todos nuestros músculos siguen el dinamismo de los contrincantes, nos sentimos capaces de aconsejarlos, de competir con ellos, y, ebrios de fuerza, retar al vencedor”. El box sería también un elemento de discordia entre dos escritores consagrados que terminaron teniéndose mala leche. En historia de un combate literario, (Letras Libres Octubre del 2003) Guillermo Niño de Guzmán relataría con pelos y señales los desencuentros de Hemingway y F.Scott Fitzgerald, donde el primero le tundiría hasta en sus novelas, gozando en humillarlo, lo cual tendría una explicación dada la competitividad del escritor de París era una fi esta: “Hemingway. Afi cionado al boxeo, acostumbraba practicar este deporte con sus colegas. Uno de sus contrincantes habituales era el escritor canadiense Morley Callaghan, a quien había conocido cuando trabajaba en Toronto. Ernest invitó a Scott al gimnasio para que controlara el tiempo, pero éste se olvidó de señalar el final de una vuelta y dejó que continuara la pelea más allá de los tres minutos estipulados. Su distracción permitió que, durante la prórroga “ilegal”, el diestro Callaghan lograra encajarle a su contendiente un fuerte golpe en la mandíbula que lo derribó con estrépito. El imbatible Hemingway montó en cólera y culpó a Scott de haber actuado con mala fe. Las cosas no terminaron allí. El chisme de la “derrota” de Hemingway circuló en los ambientes de expatriados norteamericanos de París y llegó hasta Estados Unidos”.

http://www.letraslibres.com/revista/convivio/historia-de-un-combate-literario

Imagino que todos los escritores por fuerza tendremos ese lado oscuro, los feudos con otros escritores como el de Vargas Llosa y García Márquez puñetazo noqueador incluido y del cual se han escrito innumerables teorías. O no necesariamente con otros escritores. Mi mujer me dice que tarde que temprano aparecerá quien me rompa el hocico (palabras mías) mientras me pregunto por mi suerte en las peleas. Los escritores no son necesariamente hermanas de la caridad. Bukowski pelearía con el público en sus presentaciones, mientras más borracho, más pendenciero. Y quizá este aspecto, sobre el que ya se ha escrito bastante, mucho tenga que ver con la prosa. Habrá escritores que tengan un estilo altamente sofi sticado (que quizá los proyecte de manera involuntaria por el tipo de temas que tratan) mientras otros se contentarán con contar una historia de manera plana. Los escritores del realismo sucio hacen de este juego verbal (reducido a su mínima expresión) el material de sus relatos, donde ni una palabra sobra, mientras los escritores más académicos disfrutan explorando las profundidades del lenguaje. El ser pendenciero y ser escritor sin duda mejora el sex appeal, un tipo que se gana la vida haciendo algo totalmente opuesto al ofi cio de escribir le puede ayudar a conquistar los favores de las féminas, una especie de rudo y cursi reloaded. Y por supuesto que la némesis de Hemingway sería Borges, un tipo recatado y dueño de una prosa sublime, sin contaminar por las veleidades de la testosterona. Aunque muchos de sus relatos hablaran de pleitos compadritos y puñales cuyo destino es matar. Y esta es la cuestión principal. La fuerza de una narración radica en su capacidad de hacernos creer que lo que nos está contando representa la realidad. Un escritor puede llegar a ser un gran afi cionado al box o las luchas, pero nunca se comparará a la mandíbula entumida por un buen madrazo, o la sangre seca que se le pega al forro de la almohada (que te tienes que quitar con agua caliente) después de una buena borrachera. Lo curioso del caso es que nosotros los mexicanos, (tan dados a exagerar nuestras proezas pugilísticas y sexuales), no tengamos una narrativa donde este tipo de lenguaje y personajes sea usado. La mayoría de los ejemplos usados provienen de los escritores norteamericanos aunque haya una tradición (no muy extensa en México) de historias que tienen que ver con el pugilismo. Ricardo Garibay y su historia sobre el Púas Olivares, escrita ya hace 35 años, o el Rayo Macoy de Rafael Ramírez Heredia por allá del 84. La nueva narrativa está enfocada en personajes cosmopolitas o norteños. Aun en su marginalidad, la nueva narrativa se pasa por alto el tipo del macho sin sentido endémica de nuestro México, y que pueda ser utilizado fuera del círculo de la violencia por las drogas. Quizá el punto más alto en este tipo de narrativa lo haya alcanzado Jack London y su Por un bistec, publicado en 1909. Un boxeador cuyos mejores años han pasado, decide una última pelea basado en la necesidad de comerse un buen fi lete. Da una gran exhibición y es noqueado en el último round. Termina sentado y llorando. La historia de un hombre, la historia de todos los hombres. Literatura y violencia, caminan de la mano pero esta misma violencia se transforma. Grandes corrientes literarias surgieron de las guerras. Algunos críticos dirán que esta falta de tragedia vuelve los textos asépticos. Que viene a ser igual que lo escrito con anterioridad. Un escritor llega a ser grande porque sus capacidades narrativas le inyectan sufi ciente realidad a lo escrito, o un escritor llega a ser lo sufi ciente grande por su capacidad de expresar sus experiencias con fi delidad en el papel. Que de allí viene el juego literario. 

En estos tiempos, una personalidad confl ictiva llega a convertirse en un vehículo de promoción. Los escritores se han convertido en una mezcla de promotores, predicadores y fi guras mediáticas cuyas personalidades están por encima del valor de su obra. Que viene a ser también una consecuencia más de la sociedad del espectáculo. La trivialización de los contenidos literarios. Habríamos de preguntarnos donde está el justo medio. O quizá haga falta que los escritores se conviertan de repente en protagonistas como los de las telenovelas para que una sociedad altamente mediatizada voltee a verlos. Aparte la fi gura del escritor comprometido se ha difuminado. El nuevo profeta del neoliberalismo y ganador del premio nobel, a pesar de haberlos admirado hoy los excomulga. Y aquellos que crecimos admirando sus obras hoy nos quedamos sin referentes. Hoy casi todos los escritores son niños bien. 

 

Los medios palestinos en Estados Unidos

Ramiro Padilla Atondo

Una realidad en nuestros tiempos puede ser enmascarada de manera sencilla. Solo basta tener los suficientes recursos para que esto suceda. La opinión pública puede ser dirigida de manera poco perceptible para los no enterados. De esta manipulación nacen las percepciones del mundo que nos rodea. Algo llamado asimetría de la información.

Noam Chomsky lo planteó de manera clara: “La manera más clara de mantener a la gente pasiva y obediente, es mantener de manera estricta el espectro de opiniones aceptables, pero alentar una discusión apasionada dentro de los límites de ese espectro, inclusive alentar las visiones más críticas y radicales.”

De manera lógica y siguiendo este planteamiento, es en extremo difícil que la gente no enterada pueda profundizar estos razonamientos. El mundo es explicado de una manera sencilla con sus héroes y bandidos, deshumanizados por el otro, dependiendo del lugar en el que se encuentren. Estados Unidos es la moderna Babilonia, el medio oriente una sucursal del medievo.

De allí nace la pregunta que da título a este ensayo ¿Cuántos medios pro palestinos existen en los Estados Unidos? Esta es sin embargo una pregunta de mera retórica. La respuesta se da por de fault. No los hay. Y no los hay porque hay un interés marcado por presentar un solo lado de la historia. ¿Qué pasaría si de repente, y en los principales medios se le diese la misma cobertura a palestinos e israelitas? De manera lógica la percepción del público consumidor de noticias cambiaría de manera drástica.

Aquí es donde el asunto se pone espinoso. Este limitado espectro de opiniones tiene la virtud de empujar a este consumidor cautivo hacia un lado u otro. No puede haber posiciones neutrales porque no se indoctrina al público para eso. De siempre hemos sido gregarios, tenemos una necesidad de pertenencia, ya sea por nacionalidad, barrio o tendencia política. Esta necesidad de identificación tiene sus códigos. Las opiniones derivan en conductas aceptables. No puedes ser fanático de los Yankees y los Dodgers al mismo tiempo. Es un contra natura artificial. Pero si los Yankees reciben el 99.9 de la promoción y los Dodgers son los eternos perdedores con el 0.1, esta lógica indica que los Yankees aunque pierdan serán los ganadores.

El detalle es que este asunto tan obvio pasa desapercibido. Hay pocas voces que cuestionan este tipo de elementos propagandísticos, porque se han hecho tan comunes, tan mainstream, que el ir contra ellos puede parecer poco educado.

Una de las estrategias más geniales es precisamente el que se dé un anclaje de conceptos, una asociación binaria porque de esa manera se simplifica el mundo. No hay espacio para el razonamiento profundo, porque se parte de la cosificación de los demás. Coetzee lo narraría de manera genial en su novela esperando los bárbaros. Partiendo del pensamiento de Chomsky se comprende de manera inmediata que la repetición hasta la saciedad de este falso conflicto ideológico, conservadores versus liberales en la más rancia tradición latinoamericana, solo ayuda a la uniformidad de las opiniones.

Solo en los últimos meses, y gracias a los nuevos instrumentos de opinión, el público estadounidense empieza a comprender la falsedad de estas divisiones. Pero de manera clara, el lenguaje dominante que categoriza todo, indica que hay una orewelliana división que aparece con nitidez, todos los humanos son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

El moreno o musulmán siempre tenderá a ser visto como salvaje. Y la explicación más clara que he recibido del sufrimiento palestino vino de una mujer que regentea un restaurant en San Diego. Nosotros no tenemos problemas con los israelitas. Ellos no los tienen con nosotros. Una minoría radical palestina y otra Sionista determinan la suerte de todos. Perpetuar el conflicto. Pero su voz es insignificante ante la gigantesca oleada de opinión desfavorable que se ha construido en los medios.

Umberto Eco en su libro Cinco escritos morales lo explicaría. Hay una tendencia desproporcionada a la generalización de las conductas de un pueblo. Y si a este elemento se le agrega la distorsión generalizada de la información que llega al público norteamericano el círculo se cierra.

El temor es un elemento característico de las doctrinas de control social. Si hay una comunidad pacífica en Estados Unidos es la musulmana, que ha sabido adaptarse. Hay una explicación característica pero poco humana en este conflicto. Hubo guerras y las guerras determinaron las nuevas fronteras, lo cual es cierto. Pero también es cierto que la victoria en una guerra con un enemigo más débil no debería conllevar su total exterminio.

Una espiral de violencia no se detiene matando inocentes. La inmensa mayoría de los pueblos solo quieren vivir en paz de acuerdo a sus costumbres. Es ridículo condenar a todo un país por las acciones de unos pocos.

Si hubiese de verdad un deseo de construir la paz y reconocer el derecho a la autodeterminación de los palestinos, entonces los medios de comunicación en Estados Unidos deberían de incluirlos en su agenda. Las grandes cadenas informativas no son sino repetidoras de mentiras y distorsiones. Hay una realidad innegable, la mayoría de la violencia perpetrada en contra de los palestinos nace en los territorios ocupados. Los israelíes no tienen ningún derecho a estar allí, a mantenerlos en un gigantesco campo de concentración como si fuesen animales. Porque también entre los palestinos hay mucha gente valiosa que no tiene ninguna oportunidad. No hay un lugar en todo el occidente que les permita un espacio para conocerlos de verdad.

Al parecer, la vindicación de los derechos de los pueblos se ha hecho a punta de pistola. La historia de las conquistas siempre ha sido así. La capacidad de combate o armamento es la que determina como se cuenta la historia. Estas formas implícitas de violencia que se han institucionalizado. Se vende armamento con la mano en la cintura invocando el más noble de los sentimientos, el derecho a la defensa. Pero se obvia un detalle. No hay derecho a la legítima defensa cuando has invadido la casa del vecino. El asunto palestino es tan absurdo que se habla en todos los medios de la necesidad del invasor de matar al invadido en su propia casa si osa defenderse.

Y por supuesto el público lo acepta sin más. El fundamentalismo es generado por la violencia. Es hijo de ella. Un ejemplo ad hoc sería la fallida intervención militar de Estados Unidos en Irak, que ocasionó el surgimiento de muchísimos grupos terroristas.

En estados unidos es agradable para los oídos escuchar que todos los palestinos son terroristas y se lo merecen. Pero no los escuchan. El clamor del pueblo palestino es el mismo clamor de los débiles de todos los tiempos, mírenos, no somos diferentes a ustedes. La lógica de una guerra, se suscribe también a los efectos de esta. Un país que no ha sufrido sus efectos no entiende que vivir en el terror produce medidas desesperadas.

El cambio de paradigma entonces subyacería en la capacidad del pueblo palestino para articular un discurso. Pero es imposible si le quitan los micrófonos. Por eso me pregunto de nuevo, ¿cuántos medios palestinos hay en Estados Unidos?

 

 

 

 

 

La alegoría de The Truman Show

RAMIRO PADILLA ATONDO

 

 

 

A Gabriela Torres Cuerva, detonante de este escrito

 

 

Al escribir un ensayo, se invocan mecanismos más allá de la lectura y el análisis de lo leído. Hay de cierto, asuntos como la observación aguda, que, acompañada por las lecturas, permite prefigurar un panorama más amplio. En este caso, puede ser la continuidad de otra idea, o una simple deducción que detona la escritura.

He escrito de manera extensiva acerca de los mecanismos de toma de decisiones. Estos están circunscritos a ciertos factores, que tienen que ver con la cultura del individuo. De manera general en cuanto al sistema político en el que vive y de manera particular con la educación recibida en casa.

Es en extremo inocente pensar que no hay fuerzas determinantes en el desarrollo de esta toma de decisiones. The Truman show es una alegoría de este control total de la vida humana. Truman Burbank es un hombre que ha nacido para ser estrella de un reality show del cual no sabe que es parte. La película de 1998 prefigura la era del control total de los humanos.

En la película flotan los espíritus de George Orwell con su gran hermano y Aldous Houxley y su sociedad perfecta. Por supuesto que el leivmotiv es el monitoreo de un ser humano que por pequeños accidentes va notando la falsedad en la que vive. Igual en las sociedades contemporáneas, el tema del control ha venido convirtiéndose en un tópico importante. La información es una mercancía cuyo valor depende de su capacidad de influencia.

La realidad se distorsiona a medida con la finalidad de establecer ciertos parámetros de conducta considerados aceptables. Se necesita superficialidad para aceptar la sociedad cínica y enferma tal como es. En el caso de la película el telón de fondo es la sociedad conservadora que espera que cada instante de su vida sea previsible. Se acepta ser parte de un engranaje. No hay mucho espacio para alterar el curso pues millones de personas sintonizan día a día la vida de un hombre que no sabe que es famoso. Al igual que los whistleblowers contemporáneos, una mujer corre con Truman a la playa para decirle que todo lo que ha vivido no es más que un montaje, para luego ser arrojada del set por un actor que finge ser su padre alegando demencia.

En las sociedades modernas, aquellos que hablan de las sicopatías asociadas a las sociedades industriales son acusados de locos. El candidato demócrata a la presidencia basó su plataforma en varias medidas basadas en el sentido común. Pero fue insuficiente ante la maquinaria desplegada para elegir a una candidata cuyos discursos pagados por los bancos valen la friolera de doscientos mil dólares y cuyo contenido no ha sido publicado.

La cada vez más pasmosa insanidad de nuestras sociedades tiene que ver de manera precisa con el discurso sociópata (aquel discurso que promete de siempre cosas que no está dispuesto a cumplir)  y la normalización de la violencia. Y aquellos que viven una situación parecida a la de Truman Burbank solo imaginan que viven una vida normal, cuando la realidad es que los controles gubernamentales de manera lenta pero sostenida avanzan para definir  los comportamientos de la sociedad.

El candidato demócrata Bernie Sanders sostuvo que la dictadura de los bancos había destruido el sistema republicano de los Estados Unidos. Una mayoría idiotizada por los medios de comunicación lo acusó de lunático. Primero se le ignoró, luego se le ridiculizó, para terminar siendo arrollado por el status quo. Algo parecido sucede en México. Agustín Basave diagnosticaría al mexicano como un ser esquizofrénico o bifronte, Mexijano por su alusión a Jano, la diosa de dos cabezas.

En las sociedades desarrolladas el discurso tiende a ser de hipocresía limitada. En México se premia la mentira cada elección. Desilusionado de la política el mexicano tiende a comportarse con pesimismo festivo. Como el personaje de la película no ha entendido que tiene la capacidad para escapar de la gigantesca puesta en escena que significa el negocio del gobierno. Contempla la cámara que lo manipula a él con parsimonia y pocas ganas. Porque al final de cuentas le han vendido la idea desde la sociedad paternalista que aquellos que se roban su dinero saben lo que están haciendo.

The Truman Show predijo un futuro en el cual todos podríamos ser vigilados. Lo curioso de todo es que la aceptación de esta vigilancia ha pasado por nuestro tácito consentimiento.  Un teléfono inteligente es la manera más fácil de controlar los movimientos de una persona. Hay una huella electrónica sin necesidad de montar un costoso estudio que vigile nuestros movimientos. Giovani Sartori también lo dijo en su libro Homo videns. Del homo sapiens al homo videns hemos evolucionado sin darnos cuenta. Y es ahora que el homo videns parece mutar en el homo millenial, aquel sujeto totalmente dependiente de los artefactos tecnológicos.

Vivimos en sociedades cuyo sentido común comienza a parecer un asunto extravagante, perdidos en la cultura del consumo, que crea modelos aspiracionales y una distorsión de los comportamientos éticos, donde el mayor cínico es el rey. Al igual que otro filme, Wag The Dog, el mundo evoluciona hacia una gigantesca puesta en escena donde la realidad ya no es real, sino un constructo que necesariamente pasa por el tamiz del dinero. Por eso The Truman Show es una película de espantosa realidad.

 

The Truman Show Paramount pictures

Mexicanidad y esquizofrenia Agustín Basave

Homo Videns Giovani Sartori

Wag the dog New Line cinema

Un mundo feliz Aldous Houxley

1984 George Orwell

 

 

 

 

 

Meursault o la balada por un sicario

Ramiro Padilla Atondo


Meursault es el personaje central de Albert Camus en El Extranjero, una novela corta que termina justo en 1940 cuando el mundo se sumerge en una conflagración mundial.  Y este mundo refleja de manera concisa esa pérdida de valores, cuya espantosa actualidad retrata a un protagonista como un individuo incapaz de sentir emociones.

Meursault se convierte en nuestro sicario, se multiplica por miles, esa es la lección para nuestro país. Mata a un árabe con indiferencia. La vida de la víctima no es ni más ni menos importante.

Hay un paralelismo entre los jóvenes de la posguerra y los mexicanos que deciden incorporarse a las filas del crimen organizado. Este hilo conductivo es la frustración y desesperanza de un sistema alienatorio; el de la falta de oportunidades.

Otro elemento es el hartazgo. Argel puede ser  un pueblo perdido en la sierra de Sinaloa, donde no pasa mucho. Y lo poco que pasa se toma con indiferencia. Al protagonista del extranjero le da igual que lo manden a París por cuestiones de trabajo. Al sicario también. Puede ir a matar con toda la frialdad del mundo al otro extremo del país. Aunque ambos sin caer en simplificaciones son productos de las sociedades industriales, el mayor problema de nuestro tiempo. El sujeto que a fuerza de alienarse se convierte en hombre-máquina.

Al igual que el protagonista de la novela, los sicarios son parientes próximos de los personajes kafkianos, que viven en un mundo sin razón en el que solo existen en función de la explosión de violencia a la que han sido arrojados. Aunque el mismo Camus diera una contra lectura al decir que el personaje del extranjero se condena por no jugar el juego, por su incapacidad de mentir.Los efectos del personaje en la novela y el personaje real que mata por encargo son al final los mismos. La sociedad los rechaza al sentirse amenazada. No existe lo que se llamaría “normalidad social”.

Robert Champigny en el libro dedicado al extranjero Sur un héros paien (París Gallimard 1959) describe a la sociedad que juzga a Meursault como; « una sociedad teatral, es decir, no la sociedad en tanto que se halla compuesta de seres naturales sino en cuanto ella es hipocresía consagrada»  y de esta misma hipocresía nos alimentamos. Las sociedades abominan este tipo de personajes pero no dejan de producirlos. En el extranjero el personaje principal es la excepción. En México parece que se ha convertido en la regla.

¿Qué hemos hecho mal para que un personaje incapaz de sentir empatía se multiplique a una velocidad endemoniada? Esa es una de las grandes preguntas de la literatura. Camus lo predijo de manera certera y lo plasmó en pocas palabras. A Meursault se le condena no tanto por su crimen, sino por su actitud frente a la sociedad.

Si bien es cierto que las novelas al igual que los seres vivos, nacen envejecen y mueren, hay otras que tienen una larga vida pues su base se mantiene intacta. La novela fue escrita, en el marco de una sociedad europea en plena convulsión, tal como la padecemos hoy en México. Las sociedades pueden transformarse y muchas veces puede ser de la manera equivocada. No se equivoca Albert Camus al profetizar el tipo de hombre en el que nos hemos convertido en las sociedades modernas. El asesino que mata con indiferencia pues lo considera parte de su trabajo no es diferente de su personaje principal. No es un reduccionismo verlo a la luz de los acontecimientos actuales. Más bien es un llamado a la reflexión acerca de estas estructuras sociales que permiten la proliferación de tipos anti-empáticos. Por eso se debe de releer el extranjero para entender el contexto y entendernos.

Miércoles, 08 Febrero 2017 22:38

ESCRITORES QUE NO LEEN / Ramiro Padilla Atondo /

 

 

 

ESCRITORES QUE NO LEEN

Ramiro Padilla Atondo
 
 
 
Hay quienes sienten el deseo

de escribir de súbito, como si el acto de la escritura fuera automático. No se puede descartar al genio que sin leer libros pueda construir una obra, pero esto más bien sería algo absolutamente fuera de lo común, algo así como uno en un millón. Por lo regular cuando alguien que no me conoce se entera de que soy escritor me asalta de inmediato con dos afirmaciones. 
La primera, que yo debería de escribir un libro acerca de su vida, como si esa vida en particular estuviese tan llena de matices como para que valiera la pena una biografía novelada al estilo de André Malraux, y esperan que de inmediato me enganche preguntando acerca de los detalles de tan peculiar existencia.
La segunda afirmación es que ellos (una mayoría) también tienen planeado escribir un libro, por lo que de inmediato se imaginan que me convertiré en su asesor de manera inmediata. Para este tipo de afirmaciones tengo siempre una pregunta. ¿Qué estás leyendo en este momento? Este es el primer filtro para saber si alguien está tomando con seriedad el asunto que me acaba de plantear. La mayoría de las veces me dicen que no leen lo que los descalifica de manera automática. Aunque también hay aquellos que sí leen pero no leen nada de lo necesario para convertirse en escritor.
Y aquí la pregunta sería ¿Qué se necesita leer para ser escritor? No hay una fórmula mágica para decidir exactamente que contenidos alguien debería de leer para convertirse de manera exitosa en escritor, porque hay muchísimos factores a considerar. Por lo regular los que se me acercan intentan escribir libros de aforismos o autobiografías con una fuerte carga de superación personal. Mario Vargas Llosa hablaría de eso en cartas a un joven novelista diciendo que la fama es tan veleidosa que muchos escritores de probada calidad literaria viven olvidados mientras que otros que son una
verdadera pesadilla para el oficio obtienen jugosos contratos, llegando al grado de descalificar al Ulysses de Joyce desde una posición mercadológica como la de Coehlo.
Lo que realmente determina una verdadera vocación literaria puede ser ese deseo incontinente de recrear otros mundos después de haber leído bastantes libros. La analogía en este caso podría ser aquel tipo común que sin haber jugado beisbol ha decidido convertirse en pitcher. Cree que tiene un gran brazo pero nunca lo ha utilizado. Un jugador de beisbol hará de la práctica diaria su mejor arma para competir y la repetición de ciertos patrones de entrenamiento lo hará mejorar. Quizá no llegue a las grandes ligas pero al menos se convertirá en un jugador decente.
Igual le pasa a un escritor. Pensar que sin leer puede llegar  a ser un escritor decente no deja de ser una estupidez. No hay atajos para el oficio de la escritura. A escribir se aprende escribiendo y leyendo. Se leen los libros como se lee un manual de ficciones. Se aprende a de-construir un libro para entender sus elementos. Hay escritores que solo utilizan un mismo tipo de narrador y esta limitación en su técnica se ve aún antes de abrir el libro. Gabriel Zaid reflexionó acerca de esto al escribir Los Demasiados Libros. Hay un mercado grandísimo de personas que quieren publicar, pero este mercado es inversamente proporcional al de los lectores. Aquí habríamos de preguntarnos si la profecía escrita por Ray Bradbury en su Farenheit 451 puede llegar a ser cierta. Que los demasiados libros con contenidos malísimos nos obliguen a quemarlos por ley. Creo que sería sano. Aunque en la realidad haya una selección natural atroz. Si la obra de un escritor tiene calidad literaria o calidad comercial tarde o temprano conseguirá una editorial que le publique, aunque este camino sea largo y sinuoso.
Claro está que los escritores que no leen tienen menos posibilidades que los demás. Muchísimas menos. Si por alguna fortuita razón, un escritor de los clásicos de principios del siglo XX
se topara con un neo-escritor que no lee, entendería que la muerte de la literatura está cerca. Lo miraría como un bicho rarísimo de una historia de ciencia ficción.   Y se preguntaría que está pasando en el mundo que las cosas están al revés, cuando la escritura es el paso lógico desde la lectura. En tiempos pasados, más que la calidad literaria la publicación era el premio lógico a la terquedad. A trabajar publicando aquí y allá hasta lograr hacerse de un nombre y a la depuración estilística proveniente de las infinitas horas de lectura y escritura. Quizá sea demasiado pesimista. El problema es casi todas las semanas me topo con un escritor que no lee. Por eso escribí esta reflexión.