Aleqs Garrigóz

Aleqs Garrigóz

Jueves, 16 Noviembre 2017 07:02

DOS POEMAS SOBRE SEXO ORAL / Aleqs Garrigóz /

 

 

 

DOS POEMAS SOBRE SEXO ORAL

Aleqs Garrigóz

 

 

 

REY

Un azul encerrado en el pecho,
metálico, fuerte,
como escudo donde el conquistado debe mirarse:
un azul rey. Eso serías
frente a mí, mientras me hinco;

y doblegado, no tanto por vocación
como por la voluntad de honrar,
tus calzoncillos bajaran hasta los tobillos
(la camisa de futbol siempre puesta):
el rey premia a veces.
Y no da órdenes, no exige,
cuando quien lo sirve
conoce el quehacer; y se entrega
con la cabeza baja a lamer el cetro
y besar con delicadeza la cifra de ese poderío
(el escroto guarda algo mejor que al cerebro genial).
Así es como en principio sabe sacrificarse
(el orgullo henchido,
el amor patriótico ondeando en el cielo),
hasta el último de los estertores
que ha reconocido inmediatamente;
y apura la última gota
y limpia con la lengua y agradece, en sí, al otro
(no medió la palabra:
sólo la docilidad que se perfecciona al momento
y corona, con la boca, el glande sin prepucio),
todavía frente al sillón, en que ambos,
por una vez en la vida,
habrían de realizar el mito atávico
de la majestad
y sus complicidades.

 

17 CENTIMETROS

 

En el carnaval de la vida,
la perfección pendular que liberas de tus trusas:
¡tu pene es para la gula!.
Y en cada degustación suena mi campanilla
anunciando en momento en que endureces más
y extravías la mirada como poseso.
Así la vacuidad no existe. No existe Dios,
porque tú lo has remplazado.

Tu pene es la fortaleza donde me escodo;
sus venas atrabancan
linfas que doblegan al siervo ejemplar,
hincado ante la majestad de la carne en su punto:
el músculo pulsátil y absorto
que colma el galardón de la bebida.

Renunciaría al mundo en el segundo preciso
en que, como ola que revienta, tu juguete de hombre
regresara a su tersura igualmente amada
sin poder volver a educar
mi sumisión a tu placer del día.

Y no pienso
en cuántos penes me habré perdido
sólo por vivir (ninguno como el tuyo).

Por ti toda trayectoria posible se inclina a tu centro,
medida que absuelve esta codicia;
único bastón de mando.
Maravilla de forma y función.

 

Viernes, 17 Marzo 2017 08:38

LOS HERMOSOS AUSENTES / Aleqs Garrigóz /

 

LOS HERMOSOS AUSENTES: CINCO POEMAS

Aleqs Garrigóz

 

 

 

 

 

 

 

AMULETO PARA LA MUERTE

A Olga Orozco

Si la vida no fuera otro misterio

cortándose las venas en una celda delirante,

felonía rapaz, mortandad en el frío,

no podríamos ser nuevamente dos en el miasma

atestiguando la implacable desdicha del animal errante.

Dos hijos de la mano izquierda y la sombra de Dios.

Te nombra entonces mi soledad

en el polvo de aquellas invasiones,

sobre el caldo pestilente que derramaste

en cada pliegue de mi herida profunda,

a cada paso errado por este mundo de quebranto y duda.

Hierves ahora tu corazón en lava, lo sé, lo aguijoneas,

mientras la oscura marea te reclama sin dificultad.

Pero, ¿por qué habrías de ser otra vez

como una rata cruel carcomiendo el cartón de su silueta,

las falanges inútiles de un sueño?

¿Por qué habrías de borrar el sol por costumbre

y dejar que la noche engulla otra vez al universo?

Dentro de tu muerte está la hoz del olvido;

abstente entonces de maleficios, hasta la última glaciación.

Lejanías te engullen, mientras un ojo insomne

flota sobre el limbo vigilándolo,

alud de estruendos o fosa de donde extraes el fin del mundo

para que podamos sufrirlo para siempre.

Nada basta a tu sed: tu corazón no tiene fondo.

Aun en la muerte eres una escalera trágica

que sólo llega a la momificación,

catacumba donde el techo cae a pedazos

y mata la anestesia de la falsa palabra de amor.

Carne para ser traspasada por dagas eres y serás.

Y aún no pierdes la oportunidad de matar

a tu amante en un lecho de clavos.

Nos convocas a descender las tinieblas

llevando la enorme pequeñez del nombre sobre la espalda

como una culpa que no podemos compartir.

¿Es necesaria tanta maldad,

tanta ferocidad escrita con alfiler en nuestra carne?

(El mal era una de tus palabras favoritas,

aunque pocas veces la usaras: comodín de sombras

y espejo indecible de la mitad del universo.)

Mas algo en este mundo aún desea la miseria de la luz,

la escasa dicha del vino de la sangre compartida,

habitar ese musgo del cielo imposible que tú delataste.

Escucha, pues, a los perros de mi infortunio

y déjame vivir un poco más…

Para escribirte. Comadrona que sacrifica al nacido,

hermanastra de ritos y sacrilegios.

(La escritura es en ambos puerta condenada,

un rasguño en la tela del hombre

para exhibir la caída incesante del corazón:

la tarde que vuelve para decapitar infancias malogradas,

la visita del íncubo, más la agonía del lenguaje.)

Te venero y te maldigo, entonces, por ser como yo,

un puñado de semillas amargas cayendo sobre las fechas,

caries sobre las muelas que aún habrán de triturarnos.

EL ÁNGEL REBELDE

A Issidore Duchasse, el falso Conde de Lautreamont

Ninguna mano acaricia tu osamenta ahora

en la impiedad de los estantes

y mi locura cae de vuelta en las trampas de otros hombres

que no te aman como a su propio infierno.

Porque no podía regresar a la infancia por pervertirla,

ni obligar a los perros a comerse a sus dueños

a ti dediqué mi rabia adolescente,

deseando que fueras tú el truhan que me enseñara

en los libros la ciencia exacta de la lujuria

y la deformación del espíritu.

Soy quien buscó seguir tus pasos

en la nieve hacia el despeñadero;
más tuyo que la leyenda enigmática de tu muerte

que regresa del pasado por mortificarnos.

Quise, en ese nudo ciego inextricable de los años,

aprender tu legado de exceso y escarnio,

tu ruta suicida y frenética;

y me dolía rechazar la luz de tus ojos

que decían no a La Creación,

el brillo maldito de tus cabellos cayendo

sobre mi pecho que tenía la redondez de una copa

y la melancolía de todos los paraísos clausurados.

Has ardido ya en tu propio sol

que en verdad era una colmena de abejas voraces;

pero en la distancia de mi sueño aún resplandeces,

ascua indefinible para abrazarse con un grito

o beberse con el veneno de la tarde:

germen de toda escatología verdadera.

Claro. Eras un meteoro en plena caída,

ángel rubio rebelado con justa razón,

belleza inagotable de una pira

que ilumina la fornicación de las bestias:

misterio que llega una sola vez a la tierra

para fundar una religión de iniciados.

Pero ahora estás mil veces podrido,

ido a tumbas ávidas de ser profanadas

y tu vientre es un hueco lleno de polvo.

Y por eso lloro y me deshago

como el granizo a la intemperie;

y la lámpara de mis actos prohibidos se consuma

sin alcanzar la última página de tus destrucciones.

No merecí albergar tus gusanos en mis manos,

ni tus ojos molidos. No pude ser tu espejo trucado

y hoy me alargan la ineptitud y el duelo.

Soy otro más recorriendo los laberintos de tu orden inverso,

decapitando su propia paz,

vuelto miserable estatua de nada,

alegoría de una necrofilia sin placer.

Reíste en mi cara y la sobajaste,

pasando sin mirar, a la vez niño y monstruo malévolo.

La sobredosis precisa, ideal para tus venas 

hubiese sido la de una jeringa llenada con pus.

Pero no hay forma de que puedas volver a morir

para morir junto a mí,

que te distingo entre todas las creaciones del Diablo.

Solo podría respirar los gases malsanos de tu tumba

para así recibirte en mi interior, siempre tuyo.

ALGO QUE CAE ADENTRO DE SÍ MISMO

A Alejandra Pizarnik

Cáscara sombría que se cierra

sobre el desvelo de la tartamudez,

gota que perfora la piedra de la ausencia,

aullido voraz del perro que reconoce a la oscuridad como amo,

has trepanado la noche

inaugurando un museo de horror con un acceso de tos.

Todo es añicos ya: se vende tan barato

en cajones en los que sufre cada cosa a cada instante.

Y la muerte se suicidó contigo, agujero negro

que no quiere volver a ver nunca este mundo de maniquís

y vergüenza tullida: solo comezón

y un haz de pelos arrancados y puestos al fuego:

decrepitud que se viste de infancia,

narciso negro que bebe el espejo hasta las heces

y eructa un poema soez que afrenta a la vida.

Porque eras una bomba de tiempo

en los amados corredores de la muerte,

te invadieron los trituradores, las navajas y el pantano.

Te cercó el fondo amargo de las copas

llenadas con la soledad del circo,

te cantó una palabra de amor funesto el cuervo

y te sentiste un momento amada,

envuelta en una túnica funeraria, hermosa

como la bóveda de una catacumba de poemas.

Pero bailas, desnuda, por ser ultrajada

por lobos en un bosque de cuchillos

más aciago por antiguo y propio,

sobre las ascuas de la última oportunidad.

Y caes sobre el ataúd de mejores irresponsabilidades,

hincada de arrepentimiento. Balbuceas. Fumas.

Te odias y crees merecerlo.

No tiene final para ti el laberinto,

ni tienen pies tus muñecas vagando en irrealidad.

Las cadenas en tu cuello pesan

como tétricos frutos de acero.

Y sigue cayendo el destino sobre ti que aún sufres

de aquel lado del jardín prohibido,

donde te has recluido a contar migajas.

Sigue cayendo tu palabra por siempre mendiga

como cae el olvido sobre todos los calendarios.

Porque la noche es tu guarida por excelencia

y todavía es posible sufrir una gota de sangre más.

No tienes perdón.

Estás separada desde siempre del mundo;

has sido borrada del poema falso de la vida,

marcada con un signo terrible en los cuadernos

por llegar a la orilla de ti misma

sólo para explotar en mil pedazos:

raquítico aborto del ser, aberración de la naturaleza.

¡Cómo has desfigurado mi juventud!

¡Cómo me has hecho llorar por el crimen de nacer!

No tienes perdón, he dicho.

Tu adefesios, estrujados por una espiral de demoliciones,

deben ser eliminados cuanto antes.

Más hoy estaba tan solo, tan desamparado

bajo los ramajes lóbregos del día,

que necesitaba pensar en ti

como piensa el universo en su final.

Que quise escribirte esta carta trunca

que nunca ha de llegarte.

DESMAYO EN INVIERNO

A George Bacovia

Estás enfermo. Tu palidez se descose

como rosas caducas: piano malsonante

y trigo desgranado ante el espejo de la muerte.

Te entregaste al lago congelado que te mantuvo al fondo

con una piedra al cuello: anatomía del horror,

museo de un patetismo socavado.

Estrecha sala de disecciones,

tu voz nos llega aún desde el borde más alejado

para roer las escasas provisiones y defecarlas.

Toses, rata maldita, y repartes la infección

de la melancolía en las estancias ruinosas.

Después de ti, la vida no tuvo color.

Acuarelas tenebrosas te dibujaron

mientras el murciélago robaba la luz de las ventanas.

En este mundo que cae eternamente

fuiste sólo la apatía de inviernos bostezando

ante el dolor de estudiantes pobres,

el primer coágulo que anuncia la belleza del occiso,

todo lo que de ceniza tiene el hombre,

lo que cruje en la madera funeraria.

¡Te mató todo en la penumbra

del cataclismo de la neurosis que te habitó

como el gusano al cadáver purulento!

Aún convaleces en páginas arrugadas, por esos nervios

que eran agujas disparadas al corazón:

ese nido deshabitado, todo clausura,

donde tu poema era la impostura más bella.

Una tumba cargaste en la espalda,

sin ver la invasión de espinas

desequilibrando al espíritu,

la nevada sobre el barranco de tu sueño oscuro:

allí donde la soledad alza su catedral

y el estrago es de ancianidad prematura,

hogueras apagadas y una estalactita

que atraviesa el cuerpo del que escribe.

Tu heredad al mundo es sólo materia gris

lamentándose y sufriendo,

sepultada por las aguas del miedo, donde corro

por escapar de tu maldición y me sofoca el humo

de tu boca estéril para el beso de amor:

la materia gris del cerebro romántico

amante de la morbidez.

Estás enfermo en el limbo de los poetas,

como enfermos estaban los años

que te miraron crecer inútilmente

y en cuya cueva te atrincheraste a sollozar,

gastando un ademán de sombras de mazmorras

y lodo para cubrir estatuas:

germinación de la cólera, convulsión de gargantas

que expulsan la imagen de un mundo perfecto.

Pero, por eso, te convoco a viajar como fantasma

en los parques devastados de los versos juveniles

donde imité tu fatiga,

tus años de otoños e inviernos solamente.

Y te ruego: instálate, una vez siquiera, ahora,

en estos dedos que pronto sufrirán la artritis.

Sé mi fortaleza si me arroja la patria del cadalso

en la marginalidad del rito suicida,

si el hospital se abre para abrigar mis crisis.

Apadríname.

EL ADOLESCENTE LASCIVO

A Arthur Rimbaud

No finjas más, hierro sudado

en apóstata bravura: tu pudor es inútil.

Quisiste desmayarte, abandonado al vaivén

de la inseguridad del acto. Pero tu carne latía

aferrada a amadas voluntades,

al deslumbramiento del caldero de la palabra bárbara;

y así enfrentaste el abuso de la historia más gastada.

No te entiendo. En el ruido de las ciudades

tu clamor y el mío no se encontraron.

No eres como yo. Eres bravío como sol condenado.

Miraste los poblados con frente opuesta

y huiste de ellos en rebeldía incandescente.

Yo aún me derrumbo en las alfombras

a la hora de las visitas, para ser mirado.

Viajaste buscando el sabotaje de licores metálicos:

yo me pudro en la misma habitación,

con ilusoria soga al cuello.

Pero, lumbre de las vagancias,

mitad demonio y ángel sin culpa,

besaría tu pie desnudo (y el trigo de tu mano)

ante ciclos sin sentido, sin dudarlo

mientras tu semen se expulsa libremente sobre los días.

Algo como la indigestión se mueve aquí

cuando repaso las letras que fueron mi leche;

y quizá sólo amé tu mito mejor que las verdades,

llamándome a no claudicar: eso como un potro

idolatrando al ocio, ese chulo fornicador,

eco de gloriosos paganismos.

Y vuelvo a tu relámpago para entender la clave,

sin hallar oscuridad de tierra dónde empezar.

Refrena pues, tus carruajes y voltea.

No vayas por otros mundos repartiendo devociones.

Permíteme tu vino arrobado

y enredar mi serpiente de escándalo a tu oído,

para sentarme en un tu pecho sobre la arena

y que juegues a abofetearme: nostalgia, sí,

de tus flatulencias inocentes,

esa moneda en saco ajeno que conservaste.

Mi lenguaje se adelgaza para hablarte.

Metería mi lengua a tu boca

por mondar las sobras del almuerzo en tus dientes.

No te leo bien. Tu fuerza eléctrica es tan vital,

que tengo miedo de tenerla.

Mas eres el muchacho que amaría en desparpajo

si pudiera amar sinceramente algo.

¿Qué más puedo decir, sin paramnesia,

sin la necesidad de alabar todo infierno

con estos pelos tan disímiles de los tuyos?

Quizá sólo me he dejado impresionar otra vez

por el encanto de los niños: los que destaza,

a la menor provocación, la ley inexorable de Dios.

 

 

 

Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, 1986), poeta. Algunos de sus libros más importantes: Abyección (2003), La promesa de un poeta (2005), Páginas que caen (2008, 2013) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). Ha publicado una gran cantidad de poemas en medios impresos electrónicos de México, España y varios países latinoamericanos. Figura en una decena de antologías mexicanas. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, neerlandés e italiano.