Miércoles, 23 Noviembre 2016 02:31

El otro apando

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El otro apando

 

 

“Estaban presos ahí los monos, nada menos que ellos,

mono y mona; bien mona y mono, los dos en su jaula[…]”

José Revueltas

 

 

 

En 1929, año de la depresión, una tal Virginia Woolf se atrevía a publicar un libro que en español se conoce como Una habitación propia. 87 años después releo el texto para comenzar un escrito  que iniciará con una pregunta conminatoria: ¿Cómo se atreve a calumniar al comandante? Conminación en el aire, mi personaje cuyo rostro recién he conocido comienza a perfilarse para algo que quiero convertir en cuento. La tal Woolf y la mujer que puede situarse en cualquier geografía latinoamericana se apoderan de mi mente. Por ello a primera hora de la mañana además del café, bebo una porción de oraciones con las cuales podré enunciar una historia de violencia sexual.

Es la mañana y debo salir a trabajar. Una cotidianidad más se adhiere a mis pasos. Cruzo el eje uno norte para entrar a la estación del metro Guerrero; aún tengo sueño, y con desgano inserto el boleto en el torniquete. Así, con Woolf, el otro personaje y mi somnolencia me enfrento a la primera representación de barricada oficial del día.

No esperaba un “Buenos días”. Me hubiera conformado con el barullo de siempre, pero a éste se une la concentración en el pasillo antes de llegar a los andenes. Quedamos inmovilizados porque el número de pasajeros aumenta conforme pasan los minutos. La gente se enoja, sacan el celular para comunicar el retraso. “No hay metro”. Silbidos. “Ya, cabrones, déjenos pasar”. Las mujeres golpean sus tacones contra el piso. Estamos atrapados en medio de dos rejas.  Estamos atrapados en medio de las rejas. Sublevación anémica. Sublevación niña.

En el minuto 10, después de mi arribo a la estación, aparece el nítido recuerdo del inicio de aquello que de adolescente leí: “Estaban presos ahí los monos, nada menos que ellos, mona y mono […]”. Presos, presos, aun no me abarca la desesperación porque obsesivamente repito mono y mona, mientras los gritos arrecian. Por fin dejan pasar al mono y mona. La prisa es una oleada de pasos con un ritmo que parece no haber sido nunca de calma. Estamos en el andén; aséptico andén en que las mujeres somos cuidadas de los hombres. “Qué se creen esos tales”. “Es para su protección señoritas”. Y entonces el andén es dividido: monos de un lado; monas del otro. Mientras tanto, la vigilancia abraza los movimientos por medio de cámaras. Otros textos, como El panóptico, pueden ser recordados. Pero estamos en un lugar en que la prisa se vuelve desesperación y entonces teorizar es una falta de respeto, porque lo debido es cuidar la bolsa, empujar a las otras con la ansiedad guardada en los puños y en las ojeras. Mira nada más, y tú que querías meditar sobre la habitación propia y la violencia sexual. Al minuto 20 puedes subir al tren, al tiempo que absurdamente crees que si contiene la respiración cabrás mejor. Mira nada más a mono y mona a quienes la nueva CDMX les espeta que los ciudadanos lo único que merecen es el hacinamiento pútrido y triste. Cansancio en el minuto llamada perdida. Rezos en el minuto 40. Indignación en el minuto 42. “Recórranse. Avance rápido”. Ruido de silbatos. Silbatos para que terminemos de despertar y de recordar que esto se llama vida.

Los minutos siguen contando, y sí, la mona se atreve a reflexionar en ese trayecto en el que ni siquiera puede sujetarse de algo; pero la mona piensa que si se atreve a pensar, construiría una caricatura de sí misma. Pensamiento oximorónico. Jajajaja habitación propia en un vagón repleto de un enojo vacío e informe. Los minutos transcurren y yo mona agotada dejo de pensar en el inicio de mi texto, y la pregunta conminatoria ¿Cómo se atreve a calumniar al comandante? La coloco en el ventilador que no funciona. Lo único que me convoca el espacio, ahora lóbrego de tantos relojes apremiantes, es respirar y tratar de sostenerme.

Mono y mona tienen un destino. Mona y mono tienen una brújula que les otorga el valor de empujar, pisar, patear, gritar. Monos ensangrentados por dentro de tanto desafío en los viajes. El periplo a la memoria no cabe. En el andar cotidiano de mono y mona sólo estará el presente  porque lo único que quieren es sobrevivir. En el andar cotidiano de mono y mona lo único que se puede es sobrevivir. Por eso se entiende que conforme avanzan los minutos, pero no los trenes, las palabras se reduzcan. La única petición colectiva es: “quiero llegar”.

Después de 50 minutos o una hora, el mundo se vuelve asfixia y cualquier talega llena de libros para alumbrar la razón se vuelven lo más inservible para mona y mono. La crisis del 29 se desliza en el olvido, en el desconocimiento, en la pregunta y petición vuelta cliché. “¿Bajas a la que sigue?” “¿Si me das permiso de favor?” “Pinches viejas, si no van a bajar para que se quedan en la puerta”. Tal vez todas anhelemos un cuarto propio, aunque no conozcamos a la tal Virginia Woolf. Tal vez algunas lo tengan, pero a las 9 de la mañana esta mona, aun rescata su trasnochado vocabulario y dice para sí, “Vamos a vender nuestra fuerza de trabajo”. “Vamos a vender nuestra fuerza de trabajo”. Por ello mona, entiéndelo no es momento de pensar en cómo unirás dos personajes. Imposible imaginar a la escritora de Bloomsbury en estos andenes y en estos trenes del otrora tercer mundo. Y ahora, además sabes que la escena conminatoria para defender al comandante ya se ahogó por falta de aire.

Mona, por qué insistes en seguir salvando tus historias si sabes que es otro lugar el que se necesita para re-crear la fatiga del mundo. Pero ¿qué sucede? Lo comprendes. Las voces empalmadas son el absoluto cadáver exquisito de esta cárcel. Y es así que se escribe en el aire la primera participación. No es la voz de Woolf; son las palabras de una mujer rebelde. “Manden uno vacío. Manden uno vacío. Nunca vamos a poder irnos”. Olas asfixiantes detienen la marcha y es entonces que se acumulan otras oraciones, frases palabras para tu esquizofrénico cadáver exquisito. Son las voces de los otros viajantes: los vendedores ambulantes. “Ya no cabemos”. Pero esas mujeres y hombres también están vendiendo su fuerza de trabajo. El cadáver exquisito aumenta porque en el primer exhorto de compra, una voz interrumpe: “¿Por qué te fuiste atrás si y vamos a bajar?”

-Por sonsa mana, pero ahorita bajo porque bajo.

Cruce de bolsas, de cuerpos, de preguntas y también de quejas.

Toallitas con acetona/ discos compactos/ protectores de teléfonos celulares/ Esos son los versos relucientes que debes capturar, querida mona. Los versos se agolpan, muestran su ritmo. Mientras esa poesía improvisada reclama ser escuchada, hay una mujer sentada que recita los otros versos; ritual para acaso pedirle al señor dios que el metro ya no se detenga tanto. La mujer de los otros versos tiene en sus manos un rosario, y con los ojos cerrados difunde en silencio las palabras inefables de tanta longevidad.

Las demás construimos la imposibilidad de la coreografía. ¿No ven que nuestros cuerpos son casi uno? Una masa informe de mujeres atrapadas mientras llega el momento de descender para recordar que sí podemos movernos. Es el otro Apando, el que vivimos en la libre CDMX. No te espantes, mona. Mejor intenta creer que se trata de la cotidianidad, de la vida normal. Vida normal, hacinamiento. Vida normal, mona. “Disculpe, pero me está clavando su tacón”. –“Pues, si es tan delicada hubiera tomado taxi”.

“Empújese con cuidado señorita.” “Por su seguridad detrás de la raya amarilla”. Anáfora, anáfora. “Por su seguridad “. “Por su seguridad”

Es entonces que en el minuto llamado eternidad, la mona sólo quiere llegar a dar su clase, pero cómo la dará si la mujer de Bloomsbury se vuelve irrelevante ante la incredulidad de tener un cuarto propio. Mona, sábelo a las 7 o a las 9 o las 13 horas, en este espacio no cabe la reflexión, por ello más vale que vomites tu tal cuento del comandante acusado de violación. Haz trizas a la tal Woolf. ¿Te has dado cuenta? Así es como se abortan las ideas. No cabe un nuevo ser en este Apando. Ahora de lo que se trata es de sobrevivir, de ser capaz de derrotar a los cuerpos que están delante de ti y poder abrirte paso entre ellos. Alientos agazapados. “No voy a bajar, pero ahorita le doy permiso”. Luego habrá más pasillos que recorrer. A esas horas, a esas alturas, en esos transbordos, es una ofensa pensar en un texto, porque el texto lo somos todos, cadáver exquisito que por momentos claudica y por otro vuelve a tomar forma de pasaje triste, anónimo. Aciago. Aciago como el desayuno que veo que una mujer prepara para sus hijos. Abre el termo, introduce una bolsita de té. El niño mayor saca la bolsa de pan tostado. Los panes son multiplicados. En la siguiente estación bajo. No me queda duda. Es en este Apando donde se conoce la otra parte de la devastación.

 

 

Visto 649 veces Modificado por última vez en Miércoles, 23 Noviembre 2016 02:53
Rocío García Rey

 Doctora en Letras por la UNAM. Es autora de los libros "La otra mujer zurda" , Mapa del cielo en ruinas y La Caverna.

2 comentarios

  • Enlace al Comentario Roselia Rodriguez Domingo, 27 Noviembre 2016 04:49 publicado por Roselia Rodriguez

    Gracias Rocío por regalarnos tu aguda mirada de reflexión, crítica, analítica; por sacudirnos la cómoda indiferencia del individualismo. Qué fuerte compartir. Propio de una luchadora social como tú, querida maestra.

  • Enlace al Comentario Besos y Cerezas Domingo, 27 Noviembre 2016 03:39 publicado por Besos y Cerezas

    Me senti sofocada e inmrsa en una realidad que deje hace algunos anos. Estupendamente narrada y comparada con descripciones ARRANCADAS de la Literatura. Felicidades. MAESTRA... B y C

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