Jueves, 16 Marzo 2017 07:11

] 4 [ El mundo ideal o el canon imaginario

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Andrés Cisneros de la Cruz

Las revoluciones invisibles

] 4 [ El mundo ideal o el canon imaginario

 

 

Aunque la mayoría de la población no determina la realidad, la mayoría sí determina cómo la realidad puede ser percibida. El humano como ser social necesita sentirse parte de algo, y aunque sea de un modo artificial se integra, aunque en términos tangibles sea una fantasía. Baste el ejemplo de que el núcleo elemental de la vida, la familia, pocas ocasiones llega a cumplir esta función. Porque vivimos en un mundo de familias disfuncionales (que no sólo incluye a las parejas separadas), y que no logran desarrollar una lógica interna y se fracturan porque están unidas por un ideal genérico, antes que por un proyecto común, especifico; de tal forma obedecen a intereses ajenos a los integrantes del foco emocional. Así los hijos, siendo reflejo de los mismos padres, no tienen respuestas claras sobre qué hacen en el mundo, o en qué son buenos, respuesta que sería fuente de su futuro bienestar. El desatino vocacional es fruto de la desorientación familiar, porque por principio, los integrantes trabajan para el imaginario de “una familia ideal”, un cuadro que conocieron en el cine, en la televisión, en revistas de moda; para un debería que las gobierna sin que lo perciban, y que por el contrario, al empujarlas a recrear estructuras lejanas a su contexto, limita exponencialmente las posibilidades de vida que verdaderamente tienen al alcance.

            Es importante traer a colación, que lo que se ve, no es sino un reflejo, una escena imaginaria a la que damos verisimilitud sólo en la medida que la aceptamos como realidad. Vale la pena la acotación, porque la familia es igual. Inventamos la forma en que vivimos y asumimos esa forma como una verdad. La ilusión de su realidad nos hace pensar que nuestra familia es el “deber ser” del mundo. Y de ahí se deriva toda una gama de emociones, que van desde las frustrantes hasta las gloriosas. También de ahí se derivan los incentivos simbólicos y la sensación esperada de “éxito”, donde la expectativa de desarrollo para ser aceptado en el grupo, se nutre de figuras tutelares que representan valores ambiguos o contradictorios.

            Entre ser Pedro Infante y James Dean, el mexicano se vuelve un hibrido. Lo mismo el poeta, con una mezcla de ídolos se le imponen los héroes poéticos del mundo, especialmente las imágenes rebeldes de poetas deidificados, lo que provoca que los bardos en su primer etapa desarrollen un ansia, que podemos denominar como el síndrome de Rimbaud, porque se les impone el “deber ser” un ídolo, para ser aceptados como poetas de una buena vez. Viven bajo el peso de la figura divina del efebo prodigio y el debería del poeta joven es que si no es Rimbaud, será un fracaso, y a su edad es normal que no tengan tolerancia a la frustración.

También están los poetas Bukowskis, que aprenden a empinar el codo antes que a hacer versos, o se ajustan a una idea Dadá o Infra: y antes de escribir el poema, lo rompen, o se comen la hoja como acto performático; en pocas palabras, buscan volverse personajes míticos antes que poetas. Y con esa ansiedad, es a la poesía a la que le cobran la factura. Una vez pasada la juventud primera, el aprendiz de poeta se coloca ante el pináculo del suicidio. De la renuncia. Descontextualizados, los escrituradores de versos con síndrome de Rimbaud, hacen equipo con los poetas Verlaine, y se guarecen en el omerta para ser incluidos, al fin, en los círculos que pagan bien por el silencio; y de esta forma se cumple la forma de reconocimiento que mamaron desde el hogar. La complicidad enferma de tomar todo para sí. Y otra vez, a la poesía se le cobra la factura.

El imaginario entonces, se vuelve en contra del mismo poeta, que en teoría es un reformador natural, no sólo de la lengua, sino de los rituales de la comunidad. Es decir, al igual que en la economía especulativa que ha acarreado la inflación al mundo, y que nos hace vivir en una irrealidad que se sustenta en la deuda, así también, el poeta compra un sueño que terminará de pagar cuando sea un adulto entrado en lo senil, y sin saberlo, el éxito del hombre, será la semilla de su ruina.

Por ejemplo, los aprendices o aspirantes a ejercer este oficio, piensan que el hecho de escribir líneas (con las lecturas que tienen, que regularmente son pocas, o nulas) es ya, por un supuesto acto de honestidad desbocada, la concreción de un poema libre de todo el esnobismo culterano, que por colmo no conocen. Todos saben que sumar y restar —o hacer una ecuación— no te hace matemático. Así como tampoco saber dibujar una elipse o  un cubo, te vuelven un arquitecto. O saber que el paracetamol baja la temperatura, te da la autoridad de un médico. Sin embargo, decir lo que sientes, y darle un toque cantadito, ya te hace poeta.

Uno de los factores por lo que sucede este fenómeno, es que la figura del cuicapique mexica, equivalente a la del ollave irlandés —ambos poetas profesionales, con un estudio de más trece años, sólo para tener el derecho a escribir un poema de su propio cuño— en México fue aniquilada. Los cuicapiques, quizá como la referencia más cercana que tenemos a una tradición de canto profesional que represente una identidad, y mantenga un vínculo de sabiduría entre una generación y otra, ha sido relegado, o sólo se mantiene latente en ciertos grupos hablantes de otras lenguas, que no el español. Es decir, viven proscritos de la “lengua oficial” de México. En español la figura que tenemos más cerca de una tradición milenaria, es naturalmente la del juglar (invento de los lingüistas visionarios de las cruzadas y conquistas que vendrían después del siglo XII): juglar, además, con una chapa de Quijote, por no decir de Sancho9— y que obedece a ciertas necesidades históricas ajenas a la contextualidad mexicana. Es decir, lo más cercano que se tiene en el México españolizado o global, es a Joaquín Sabina o Leonard Cohen, antes que a Rockrigo González y Jaime López. Lo que nos hace entender que la tradición milenaria de cantores profesionales del pueblo, en español, está acuñada en una marginalidad que es expuesta como un subdominio, y no como lo que es, un canon en formación.

El poeta que canta, que traza la percusión, el ritmo, la dinámica de la danza, el sentido de ritual de su pueblo, en el México turístico, no existe (porque cuando existe es excluido, ninguneado y marginado). Y pese a la marcada distancia con la tradición irlandesa, sin embargo, de un modo global —como la economía— se canta el hado de los rituales irlandeses. Se danza bajo el ritmo sefardí. Se piensa con la estructura política de los cantores de Wagner. La biblia de los poetas mexicanos es la Diosa Blanca. Los qawalis son el espíritu de una libertad mística, y en cambio, los rituales de las lenguas nacionales indígenas, por decir lo menos, son vistas como folclore.

México presume ante el turista de tener una riqueza histórica para su identidad. Pero al momento de escribir, el poeta mexicano no se piensa como un “legislador” de la palabra y la idea —enfoquémonos otra vez en política y economía: en la ley del hogar— sino como un obediente o súbdito, que debe responder a una tradición, regulada no por poetas, sino por políticos y economistas globales que obedecen a una identidad que no tiene que ver con la sociedad mexicana, sino con el cosmopolita rico que gobierna aquí y en Roma. Y en el caso de los juglares, se asumen como bufones bajo la sombra del rey, antes que bardos en busca de un lenguaje que ritualice sus sociedades minoritarias en formación. Por lo dicho, estamos ante un reto mayúsculo, ante un plan generacional —lo que puede llevar al menos unos cien cyberaños (porque la velocidad de las transformaciones con la aparición del internet es diez veces mayor que en otros siglos—.

Pero los ídolos, los íconos, las estrellas, son los que gobiernan el imaginario poético. El poeta, cualquier poeta, al menos si se quiere pensar en una poesía con identidad, se tendrá que deshacer de estas medallas de chocolate.

El imago, que puede ser el último estado de desarrollo de un insecto, desde el punto de vista entomológico; o si se ve desde la perspectiva de C.G. Jung, es el proceso de conformación de la personalidad de acuerdo a su identificación con el inconsciente colectivo. Imago, que es la representación, la imagen, la idealización que persiste de nosotros en nuestra mente: está más sujeta al cuerpo de nuestro lenguaje, que a la materia de nuestro cuerpo; una perspectiva de Lacan. En pocas palabras. Lo que queremos ser está más ligado con la programación de nuestras palabras, que con la lógica de nuestro cuerpo. Y aunque el cuerpo determina lo que somos. El lenguaje determina lo que seremos. Por eso las batallas por dominar el predio de los significados, son tan cruciales para los gobernantes y administradores de la riqueza global. Porque lenguaje es destino; es poder.

¿Qué imagen tiene el poeta de sí mismo, entonces? ¿Qué imago lo gobierna? ¿Si el poeta tiene la capacidad de representar en el lenguaje, no sólo la imagen que tiene de sí mismo, sino por consiguiente, de los que entren en contacto con él, no es su poder equiparable al de cualquier empresa internacional con un aparato agresivo de publicidad? No un poder de la misma fuerza, pero sí equiparable. Si atendemos bien a estas preguntas, podemos también saber que sería ingenuo pensar que el poder de la palabra, pueda ser entregado a alguien adverso a los imperios invisibles del capital. Sin embargo, también es claro que hay poetas que pueden desarrollar su método, su propio camino para desarrollar dicho poder, sin la necesidad de comprarlo en ninguna tienda-escuela de patente, o ni siquiera, en los talleres-genéricos u otras formas de reproducción del modelo ocupado en la última actualización de software poético de los “que gobiernan”.

El imago no es uno. Aunque un solo imago —y sus variables maniqueas— sea el que se impone desde los aparatos globales. Pero entre lo dialéctico y lo maniqueo, hay una tremenda fuerza de oposición, y al mismo tiempo de indiferencia entre el uno y el otro, que para el que entiende la magnitud de lo dialéctico, fácilmente podrá diluir lo maniqueo. Por supuesto, este es un trabajo que el poeta en su propia obra, entregará para su imago, que no de un golpe evolucionará, sino a través de la experiencia y el conocimiento, y sobre todo en concordancia con su origen, que de algún modo será (inconsciente e invariablemente) su episteme para trazar su mundo. Esa discusión sobre el ser converso de clase, la tuvo Engels y Marx. El burgués que se torna obrero. O en nuestros tiempo, el pobre que llega a rico. Tratamiento de los conversos que representa la lucha en favor de un ideal u otro; en favor de la “emancipación y la equidad”, o de la “gobernabilidad inevitable”. Es claro que no tiene nada dialéctico oponer tales términos, puesto que cada uno se reproduce y genera de acuerdo a su propia inercia, y no son opuestos, sino disímbolos. Dicho de otro modo; sólo representan caminos distintos. Sólo al vector que quiere acumular más fuerzas, le conviene ideologizar con la percepción maniquea de opuestos, porque eso garantiza la “atracción” requerida en el caso de que la fuerza que quiere cooptar, se enganche.

[Diapositiva sobre la lógica teórica de Europa sobre América]

Marx jamás se ocupó de estudiar el desarrollo del capitalismo en América Latina. La razón para esta significativa ausencia de la «cuestión latinoamericana» en la obra de Marx parece ser la influencia que ejerció sobre su pensamiento el famoso «veredicto de Hegel» sobre América (Aricó 1980:97-99; Zea 1988:225-236). En sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal Hegel consideró que América Latina se encontraba todavía «fuera de la historia» por no haber desarrollado unas instituciones políticas y un pensamiento filosófico que le permitieran insertarse en el movimiento progresivo hacia la libertad, característico de la «Historia Universal». En opinión de Hegel mientras que los Estados Unidos habían empezado a desarrollar una pujante industria y unas instituciones sociales republicanas las jóvenes repúblicas latinoamericanas continuaban aplastadas bajo el peso de una «rigurosa jerarquía» social, «el desenfreno de los clérigos seculares» y la «vanidad» de una clase dirigente cuyo único interés era «dominar y hacerse ricos» por medio de la obtención de cargos públicos, títulos y grados. Poscolonialidad explicada para niños. Véase página 16.

 

 

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Andrés Cisneros de la Cruz

Andrés Cisneros de la Cruz. Ciudad de México, 1979. Poeta, ensayista y editor. Ha publicado los libros de poesía: Vitrina de últimas cenas (VO/ Andrógino, 2007), No hay letras para escribir tu epitafio (Mezcalero Brothers, 2008), Como la nieve que dejan los muertos (Letras de Pasto Verde, 2009, Poesía sin permiso, 2010), Ópera de la tempestad (Metáfora/VO, 2011), La perra láctea (Inferno Ediciones, 2012), Fue catástrofe (Rojo Siena, 2013), Eufórica [partituras para la guerra] (Sikore, 2015), Tétrada (Taller Nuclear, 2014, Ediciones El Viaje, 2015) El viejo arte de lo nuevo. Manifiestos matéricos (Sikore, 2016), La rosa ebria y treintaitrés anforismos (La cosa escrita, 2016) y Dinamita (Cisnegro, 2016). Realizó selección y curaduría crítica del poeta Josué Mirlo, en Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara. Es segundo lugar en el Certamen Internacional Relámpago de Poesía Bernardo Ruiz, 2008, mención honorífica en el Concurso Nacional de Poesía El Laberinto, 2004, y en el Concurso Nacional de Poesía Jaime Sabines, 1999. Y segundo lugar en Premio Nacional de Poesía Temática Tinta Nueva 2011. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Comunicación Social en la UAM. Ha sido incluido en más de cuarenta antologías, entre ellas, 24 años, 24 poetas (Tianguis del Chopo / Conaculta, 2004), Descifrar el laberinto (El Laberinto, 2005), La Mujer Rota (Literalia, 2008), el Anuario de Poesía 2007 (FCE, 2008, selección de Julián Herbert), Hacedores de Palabras (Cantera Verde, 2009) y La semilla desnuda (Poetas en Construcción / Conaculta, 2010). Es organizador del Debate Abierto de Crítica Poética (en colaboración con Casa del Lago) y creador del Torneo de Poesía (Adversario en el cuadrilátero), los Miércoles Itinerantes de Poesía, el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora y compilador de 40 Barcos de Guerra, y del compendio Torneo de Poesía 2007-2010. Antología de poetas sobre el cuadrilátero (Linaje Editores / Verso Destierro, 2013). Es colaborador del programa Luces de la ciudad (en la Hora Nacional) y Radio Etiopía. Participó en el ciclo de Poesía en Voz Alta organizado por la Casa del Lago, en 2013. Ha impartido talleres de poesía en el IPN y en la Universidad Iberoamericana. Como periodista fue parte de la mesa de redacción de El Universal y El Independiente, y colaborador de la revista Bucareli 8 y Chilango, así como investigador de poesía especializada en ajedrez, para la Gran Fiesta Internacional de la UNAM 2012. Ha sido curador poético de la obra plástica de Orlando Díaz, Kenta Torii y Omar SM. También ha colaborado en suplementos y revistas de México, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Chile y España. Su poesía ha sido traducida al náhuatl y al portugués. Actualmente es editor de la versión en línea de la revista Blanco Móvil, y operador del proyecto múltiple Cisnegro. Lectores de alto riesgo

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