Miércoles, 23 Noviembre 2016 08:39

Las revoluciones invisibles

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Las revoluciones invisibles

] axiología de la corrupción en la poesía mexicana [

 

Una vez determinado este cielo imaginario y su respectivo infierno, podemos saber todo lo que tiene que hacer un recién ingresado para llegar a la presidencia de la poesía. Donde la figura del poeta porro, el grillero, el capataz, el supervisor, el policía (o granadero), el subdirector o secretario, y cualquier otra figura dentro de la escala de valores políticos de México, no queda exenta como una plaza, que continuamente quedará vacante; apetitosa para los mejores prospectos que sabrán atender las necesidades de los mandatarios (y sus patrocinadores). Y dentro de esa lógica la poesía se dividirá en empleados, subempleados, desempleados y auto-empleados, todos bajo la misma regla operativa de la pirámide vectorial que da peso al imaginario colectivo de la poesía y sus ciudadanos en regla, según los requerimientos para estar en el padrón.

            ¿En qué consiste esta serie de valores, mismos que promueven los paradigmas pragmáticos de la operatividad de las instituciones (incluyendo la familia) y sus fluctuaciones estadísticas? Son valores que determinan qué tan eficaz es el individuo (ciudadano económicamente activo) a partir de dos directrices: a) los intereses de altos funcionarios, b) los intereses de sus propios compañeros de grupo (sean personales o sectarios). Por supuesto en muchos casos pueden coincidir ambos.

            La lógica de una estructura de este tipo, dentro del gremio de la cultura, per se el de la poesía, obedece principalmente a valores, extraliterarios; extra-poéticos, como bien lo apunta Samuel Gordon en su Breve atisbo metodológico a la poesía mexicana de los años setenta y ochenta (página 23); pero no sólo eso, sino que esta lógica responde a valores de cúpulas privadas, antes que a valores de carácter político social como presupone una institución pública, situación que deriva en que el capital —en sus diversas facetas— se invierta en intereses particulares y manipule los visores mediáticos para sumar y mantener el poder con el partido que administra, así como sus respectivas asociaciones empresariales, que le empoderan.

            Los valores de la corrupción son “adecuaciones” de los presuntos estatutos planteados para mantener una igualdad social, y que se han creado desde las propias instituciones, problema que desarrolla de manera clara Ikram Antaki, en El manual del ciudadano contemporáneo, donde plantea esa problemática de “la irresolución” de conflictos sociales, desde el núcleo de una cultura mexicana que se pasa las leyes por el “arco del triunfo”, sea desde el rol de autoridad o desde el rol de ciudadano, y donde desarrolla también el tema del monopolio de la violencia (o de la Estética, en este caso), que presupone la idea de Estado. No está de más, recordar a Mario Vargas Llosa, con su reflexión a partir de T.S Eliot sobre la educación fincada desde la familia (que argumenta “estamos en un mundo donde le primer lugar de la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento , y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal, donde la cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura”); también es valioso el análisis de la descolonialización de lo familiar de Ramón Grosfoguel (que analiza el génesis de la opresión a partir del “patriarcado europeo cristiano; por tanto monogámico. Entonces el patriarcado europeo se organiza alrededor del concepto de familia monárquica), para entender que la familia es el primer lugar en donde se aprende a vivir, y es ahí donde se enseña la pirámide del “desclase” social: axiología de la corrupción. 

            Por eso nadie puede imaginar a un grupo de eruditos de la poética, discutiendo honestamente sobre un canon de la poesía mexicana; ¿por qué?, porque esos eruditos se ven desde el filtro del propio valor de exclusión, y competencia desleal (bajo el agua), y que en una política social se pensarían como herramientas de sabiduría, antes que de imposición del interés de un solo sector. Es decir, un funcionario intelectual, tendría por deber político, estructurar medios para el reconocimiento de todas las diferentes culturas y manifestaciones poéticas que se dan en el territorio mexicano (independientemente de su calidad, porque son manifestaciones de cultura), antes que establecer un filtro para detentar una idea cerrada de lo nacionalmente aceptable, dejando fuera del visor una mayoría abrumadora.

Lo que nos coloca antes una hipótesis: la política de Estado se ejerce desde la individualidad abstracta del interés. Y aunque en el caso de una masacre (ejemplo macro) es más visible, por ejemplo, la lógica de la omisión en lo privado (ejemplo micro), no es diferente al caso mayúsculo. E incluso es similar en la censura personal (ejemplo nano). ¿Por qué no podemos pensar en los sabios hablando de un canon para nuestro país? Porque en México no hay un solo canon, y porque hablar de un solo canon es equivalente a de-significar lo otro, en favor de lo único. Apoyar la monarquía poética, y por ende la erección del monarca.

El ejemplo evidente de nuestro tiempo es que en México no se discute, se asesina (sea física, o simbólicamente). Y no sólo en la escena de la política nacional, sino en los distintos gremios culturales. Si no estás, no existes. Si no existes, no estás. Desaparecer o estar muerto es sinónimo en esta nación, y el asesinato simbólico se vive en la praxis cotidiana dentro de las propias familias (bajo el visor de una economía falogocéntrica, como apunta Judith Butler en Prohibición, psicoanálisis y la producción, y que si traspolamos la estructura, puede leerse desde cualquier ejercicio de dominio en el halo de la ley de la casa, plano primero para la iniciación de cierto sector de poetas varones, y desde otro ángulo, para ciertas mujeres poetas de carácter religioso: la casa como la morada); fuera de los núcleos iniciados, difícilmente encontraremos un núcleo emocional donde la gente logre organizarse para convivir y desarrollar un proceso de evolución, sin terminar peleándose, y por ende, anulándose entre sí. Por eso el idealismo mágico se inyecta en altas dosis a la población en general, para alimentar la neurosis y el alcoholismo como principales fuentes de sentido en la identificación grupal. Además de generar un mecanismo de consumo para la constante renovación de los mismos patrones, que garantizan un estancamiento, sujeto a los parámetros de realidad circundante. Es decir, no sólo los refrigeradores y los autores son desechables en esta segunda década del siglo XXI. También las relaciones personales se han vuelto desechables, y la pertenencia de grupo se da en consecuencia directa a satisfacer una necesidad específica (sintetizada en un rol). Este pragmatismo lleva a una alienación donde cada individuo busca la forma de satisfacer lo mínimo de su entorno para sobrevivir, sin percatarse que sus gustos, trabajo, etc., los determina una economía global, y no la serie de decisiones que asume tomó por sí mismo cuando navegaba en red.

El paradigma de lo posmoderno —o en busca de dar continuidad al programa de lo Contemporáneo, llamado Postemporáneo— es cabal. En las familias no existe una ley hecha a la medida de su hogar, porque los hogares responden a una ideología única —fincada desde los medios visibles (televisión, radio, internet, etc.)— y responden a una economía impuesta que no necesariamente entienden y que es dictada por diversos ejecutores (políticos y empresariales) que defienden los intereses “ganados” a lo largo de generaciones, de gente invisible que se desarrolla en “otro nivel de vida” (universidades internacionales, sectas globales) y una educación que proyecta una “nueva raza” (especulativamente intergaláctica).

Por eso el salario mínimo no se incrementa proporcionalmente a la inflación; por supuesto, el poeta mexicano no ilustrado, parte de esta misma problemática, no tiene modos de vida dignos que le den la libertad de trabajar para su propia lengua en conflicto, que sea congruente con su propia comunidad, o dé posibilidades de desarrollo e identidad a la misma [Yolanda Lastra, apunta datos cruciales sobre este tema, y detalla Joel Sherzer, en Lengua y cultura enfocadas en el discurso]5, y por el contrario, en el mejor de los casos, si el poeta, en modalidad de académico, cuando logra acceder al núcleo ilustrado, a través de la universidad, sea pública o privada, consagrará su tiempo a la investigación de los Siglos de Oro, López Velarde y su patria chica, o a las vanguardias de principios del siglo XX. Y en sus tiempos libres escribirá poemas —pero una vez ahí, no hay tiempos libres— y entre la docencia, la burocracia y la investigación, su poemario será apéndice de la misma especialización a la que dedica su tiempo entero.

Esta problemática la tienen presente muchos de los poetas que viven de lleno en esta estructura, y de la cual tampoco hay tantos medios para librarse. Su conciencia genera poéticas de resistencia desde la ironía, y en la mayoría de la veces, desde un cinismo posmoderno, muy de la mano de las clasificaciones de Peter Sloterdijck, donde el ensimismamiento arguye su propia cápsula de existencia, y desde la figura de un “Sócrates reintegrado”, que posee una “falsa conciencia ilustrada”, y de tal modo, desde esa inserción, el poeta, tendrá que ejercer jornadas triples de investigación extra oficial, para consolidar el acercamiento crítico a las realidades circundantes de la poesía. (Véase el caso del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea y su revista online de crítica Ancila, que ha trabajado con la editorial Malpaís o con Verso Destierro).

Pocas veces desde el saber (o como diría Enrique González Rojo Arthur, desde la clase intelectual) se concibe una resistencia que no termine por enajenarse en su propia ideología, y que ejerce de modo inherente el consabido saber es poder, apoyándose en la consabida frase que arguye las leyes generales sólo existen para los tontos.

Es este apretado esquema el que orilla a los poetas (y mexicanos en general) a ajustarse al modus operandi de la supervivencia, donde la pirámide axiológica de la corrupción se impone sobre cualquier política social, y desvanece la idea de ley en común, dividiendo la ley de la casa en un sistema culposo que incrimina a la cabeza de cada hogar, y que mantiene así el ejercicio de la competencia sucia —siempre bajo el agua— y el cambalache de favores. Y se vuelve a imponer el imperativo único, de los más fuertes desde el pódium de lo mediático, para mantener la idea de que existen vencedores (los visibles —incluyendo a supuestos representantes del interés popular, cual diputados—) que lograron apoderarse de los medios y estructuras de difusión, promoción, publicación, etc. (perteneciendo a los grupos que poseen dichos medios), y los vencidos (los invisibles), que son amenazas latentes, que quedaron fuera de la nómina y que no representan sino la carne de cañón que llenará el espacio de los gobernados.

 

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Andrés Cisneros de la Cruz

Andrés Cisneros de la Cruz. Ciudad de México, 1979. Poeta, ensayista y editor. Ha publicado los libros de poesía: Vitrina de últimas cenas (VO/ Andrógino, 2007), No hay letras para escribir tu epitafio (Mezcalero Brothers, 2008), Como la nieve que dejan los muertos (Letras de Pasto Verde, 2009, Poesía sin permiso, 2010), Ópera de la tempestad (Metáfora/VO, 2011), La perra láctea (Inferno Ediciones, 2012), Fue catástrofe (Rojo Siena, 2013), Eufórica [partituras para la guerra] (Sikore, 2015), Tétrada (Taller Nuclear, 2014, Ediciones El Viaje, 2015) El viejo arte de lo nuevo. Manifiestos matéricos (Sikore, 2016), La rosa ebria y treintaitrés anforismos (La cosa escrita, 2016) y Dinamita (Cisnegro, 2016). Realizó selección y curaduría crítica del poeta Josué Mirlo, en Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara. Es segundo lugar en el Certamen Internacional Relámpago de Poesía Bernardo Ruiz, 2008, mención honorífica en el Concurso Nacional de Poesía El Laberinto, 2004, y en el Concurso Nacional de Poesía Jaime Sabines, 1999. Y segundo lugar en Premio Nacional de Poesía Temática Tinta Nueva 2011. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Comunicación Social en la UAM. Ha sido incluido en más de cuarenta antologías, entre ellas, 24 años, 24 poetas (Tianguis del Chopo / Conaculta, 2004), Descifrar el laberinto (El Laberinto, 2005), La Mujer Rota (Literalia, 2008), el Anuario de Poesía 2007 (FCE, 2008, selección de Julián Herbert), Hacedores de Palabras (Cantera Verde, 2009) y La semilla desnuda (Poetas en Construcción / Conaculta, 2010). Es organizador del Debate Abierto de Crítica Poética (en colaboración con Casa del Lago) y creador del Torneo de Poesía (Adversario en el cuadrilátero), los Miércoles Itinerantes de Poesía, el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora y compilador de 40 Barcos de Guerra, y del compendio Torneo de Poesía 2007-2010. Antología de poetas sobre el cuadrilátero (Linaje Editores / Verso Destierro, 2013). Es colaborador del programa Luces de la ciudad (en la Hora Nacional) y Radio Etiopía. Participó en el ciclo de Poesía en Voz Alta organizado por la Casa del Lago, en 2013. Ha impartido talleres de poesía en el IPN y en la Universidad Iberoamericana. Como periodista fue parte de la mesa de redacción de El Universal y El Independiente, y colaborador de la revista Bucareli 8 y Chilango, así como investigador de poesía especializada en ajedrez, para la Gran Fiesta Internacional de la UNAM 2012. Ha sido curador poético de la obra plástica de Orlando Díaz, Kenta Torii y Omar SM. También ha colaborado en suplementos y revistas de México, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Chile y España. Su poesía ha sido traducida al náhuatl y al portugués. Actualmente es editor de la versión en línea de la revista Blanco Móvil, y operador del proyecto múltiple Cisnegro. Lectores de alto riesgo

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