Martes, 20 Diciembre 2016 22:10

Las revoluciones invisibles

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] el acto de matar o de seguro si no lo nombro, no existe [

Por Andrés Cisneros de la Cruz

 

III

 

Pero en México ni los poetas conocidos son conocidos. Ni abundan los poetas como los poetas dicen. Ni asumiendo que en México existieran diez mil poetas llegaríamos a la cantidad suficiente para considerarse una minoría. Estamos hablando de una proporción asumida de mil poetas, por Juan Domingo Argüelles, que estima el censo de su arca desde el visor que le otorga el hombre más o menos más rico del mundo, además de contar con el reconocimiento de ser una autoridad actual en el tema de la poesía. Pero fuera de ese censor estadístico mediático, podríamos al menos pensar en el doble de poetas. O sumándole cuatro veces más, tendríamos, cuatro mil poetas que no están incluidos dentro de los aparadores de “visibilidad”.

Aún existieran cien mil bardos en México, no podríamos hablar de una sobrepoblación de poetas. El problema al que se enfrentan los poetas y los habitantes del mundo de la poesía, es otro. La problemática radica, en que todos estos “poetas” alcanzan a ver sólo una pirámide, y buscan sólo una escalera, y desean todos (por no decir la mayoría) aparecer dentro de ese triángulo en el que se hacen llamar “los mejores”. Por eso cuando miran alrededor, miran una cola enorme en la misma entrada, y asumen hay una sobrepoblación, cuando en otras entradas, en otros lugares hay espacios libres para la creación de nuevos mundos (eso presupone la poiesis) y empresas poéticas que enfoquen su fuerza en distintas geografías (conceptuales si se quiere).

Así, esos mil poetas visibles para los expertos, se pelearán, mayoritariamente, las becas, los insumos, los premios. Las migajas también. ¿Y todos los demás? La mayoría se borrará entre los papeles viejos que alguna familia dejará podrir, o lanzará al cesto de basura. Otros tantos, intentarán proponer sus obras, ilusamente, a los núcleos letrados, y por obvia falta de calidad serán selectivamente enviados al triturador o bandeja de garbage.

Gabriel Zaid atina en varios puntos de la problemática nacional, en Leer poesía (Océano, 1999), al afirmar que la población de autores ha crecido de una manera poco calculable —como la ciudad misma en los años setenta y ochenta—; pero se equivoca, cuando se espanta de esta explosión demográfica y ve que el problema ha rebasado al análisis mínimo de lo que representa la poesía a futuro. Se equivoca porque no repara en que lo plural, no se mide desde un mismo punto (un mismo punto, ojo: desde un mismo lector), y que asumir un crecimiento de la ciudad es transcender el concepto de “lo urbano” y sustituirlo con lo “conurbado”, que por ende se distancia del centro fundacional de la ciudad: pequeño y cuantificable; la comunidad también se diversifica en comunidades, y lo plural al volverse un hecho se bifurca y trasmuta del singular al plural, dando por resultado las pluralidades, de tal modo que la figura del poeta para una comunidad-emergente, es una; y en la medida que crecen las perspectivas de las comunidades, también crecen las perspectivas de los tipos de poetas que en cada una de estas sociedades derivadas se necesitarán. Es decir, la cantidad de poetas crece, pero también el tipo de sociedades que los requieren. De ese modo hay una proliferación de potenciales nodos, subsistemas, o divergencias de descentralización natural.

Por supuesto que lo “conurbado” responde naturalmente a un subsistema, hasta donde lo tenemos entendido. Sin embargo hay también una tendencia latente (en México como en América Latina, léase a Enrique Dussel, dentro del grupo latinoamericano de la “modernidad/colonialidad”) a descolonizar desde la filosofía, lo político, lo epistemológico, etc., y en sincronía a esta perspectiva, concuerda también la lógica generada por González Rojo en su Manifiesto autogestionario, que concibe las Cesinpas (Células Sin Partido) para la gestación de otro tipo de organizaciones inaugurales cuya función es conformar comunidades, y que no obedece al desbordamiento industrial de la economía global, y que por ende genera otro tipo todavía más complejo de necesidades culturales, a las cuales deberán responder, específicamente, un nuevo tipo de poetas que imaginarán lenguajes para resolverlas.

La necesidad es el motor que empuja a cualquier voluntad a crear métodos para producir alimento o bienes para la supervivencia y la delimitación de identidad. La poesía es el alimento fundamental para que todas estas necesidades tengan un sentido, en la medida que son manifestadas como necesidades (emocionales, sexuales, alimenticias) que serán filtradas por una axiología que empatizará y dará unidad a una sociedad mínima. Por supuesto esta idea del poeta es potencial, dentro del ámbito conurbado, puesto que no ha sido visualizada o concientizada por los mismos poetas de las colonias, barrios o pueblos que tienden a dejarse atraer por el imán de constructo citadino.

A principio del siglo XX, a la par del surgimiento de una “poesía mexicana”, la figura del poeta, era de carácter imperial —o dictatorial, como el propio desfasado sistema político que gobierna—, porque respondía a la necesidad identitaria de los diferentes colonos de la urbe. Y la comunidad gobernante, era también la población fundadora. Aleatoriamente se fue gestando el de la urbanidad, como un poeta del segundo círculo expansivo, y el poeta popular, como un artista (artesano) alienado en las filas olvidadas de la Revolución.

       En esa distopía del mexicanismo histórico, los poetas fundadores de nuestras instituciones, los poetas que ahora son el nombre de una calle, biblioteca, plaza, etc., escribieron una poesía que concibieron mexicana a partir de un episteme teórico, donde se fundía el análisis de la conquista y el desarrollo de los gobiernos de emancipación hasta la conformación de una supuesta identidad nacional, base para construir los cimientos de lo que sería la estructura para que los mexicanos pudieran conformarse. La mexicanidad, es decir, era un piloto de identidad, antes que una identidad conformada. Así es como la poesía “mexicana”, en la segunda mitad del siglo XX, se alejó con un “purismo teórico” (un  debería, súper yo social) de la identidad tangible —que se fue desarrollando en la práctica—, y por ende, negada (el ello). ¿El resultado? Una neurosis colectiva del yo de los poetas, ansiosos por ser el estereotipo medular, afianzándose así del arquetipo, y dejando de lado el desarrollo de una personalidad. Neurosis heredada generación tras generación. Neurosis que sesga los poetas entre sí, y los empuja a desconocerse (y auto desconocerse) hasta la muerte.

De ahí que sea la pulsión de sobresalir (acumular) la que empuje regularmente al poeta, en vez de la de hacer (“tener” camino). El poeta joven —menor de veintiún años—, quiere antes de haber publicado un libro, tener ya los reflectores sobre el escenario que pisa. El poeta en formación —poetas entre veintidós y treintaicinco— en cambio, se asumen iniciados, y reproducen gestos de prepotencia para “sentir” han cruzado con éxito el umbral del poeta joven, y buscan afianzarse en un círculo que les de la seguridad de la aceptación. [La diferencia que se conforma para satisfacer la pulsión apropiativa, derivada del vínculo/desvínculo de la materia primigenia, es por la parte neurótica, el tener acumulativo: acumular. Y por la parte liberada, el hacer camino: experimentar].

Por eso el asunto de los cánones en formación en México, responde primero a una cuestión sociológica, y de ahí se deriva el problema específico del estudio estético; lo sociolingüístico, y todos los planteamientos poéticos de cada ángulo que ha derivado en un potencial canon. Y en muchos casos, en un imaginario tangible del mismo.

Por eso el fenómeno común que realizan los grupos de empoderamiento central, es buscar un modo de legitimación que emule las figuras vectoriales de poder ejercidas por los múltiples grupos del siglo XX. Tienden a alienarse de la realidad, y dentro de un cuadro sinóptico de los deberías, es decir, desde un enfoque teórico, ejecutan prácticas que aparecen en desuso, y que tienden a denotarse como emulaciones, o injertos en genealogías de poder (antes que de poesía, como se ha visto), con lo cual pierden también la objetividad del quehacer poético.

Aquí cabe la comparación del contexto con el film El acto de matar, dirigido por Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y Anonymous, donde a modo de documental, se evidencia la frialdad de hombres que se dedicaron a torturar y asesinar en masa —durante las redadas del 68 en todo el mundo— a los jóvenes “rebeldes” en Indonesia. Estos hombres también eran parte de una idea de familia y forma de vida que se quería mantener sobre los posibles modelos que derivarían de la fusión de pensamientos dados a partir de las revoluciones ideológicas de la época. Es decir, el tema, hasta cierto punto es similar, y nos pone de nueva cuenta ante la corrupción que se ejerce desde lo íntimo: donde lo familiar se ejerce desde lo institucional. Y viceversa.

Lo común es que la violencia pasiva (o activa) se apodere del grupo familiar y lo someta al yugo de un poder de facto, en el cual sin querer de pronto todos los integrantes se encuentran enjaulados. Y esa jaula de oro —síndrome de Estocolmo [o el Síndrome de Stendhal, si seguimos El arte de matar, de Darío Argento]—, suena extraño decirlo, es a lo que suelen llamar canon, y se determina por chantajes, favoritismos; corrupción en su más pura veta. El canon antes que una figura de reproducción reflexiva es una cadena de d-efectos dominó, asumidos como realidad.

Lo anterior expone la desinformación que existe en México, la ignorancia que golpea al gremio poético. Porque cuando el mexicano piensa en “la ignorancia”, es un defecto que nota en el otro, y no en sí mismo. Si se piensa en lo malo; se piensa en el otro. Se fetichiza el mal para apartarlo —ilusoriamente— del propio organismo.

Con una apreciación estadística se puede explicar con más claridad este aspecto.   Gran parte de los miembros de este halo intangible e indefinido de “poetas mexicanos”, son jóvenes entre los 18 y 30 años, que entenderán por poesía lo que esté a su alcance; si son universitarios (de letras), lo que aprendan con las lecturas de la biblioteca central (fotocopiadas a prisa), complementada con los libros que puedan adquirir —si son pudientes— en Gandhi, FCE, Educal, El Sótano y Porrúa. Si son de provincia y no son universitarios, se reduce a la librería de “su preferencia” en la localidad, o si es en una localidad más aislada, lo que pueda leer en la biblioteca o libroclub (si los hay; asumiendo también, que gran parte de las bibliotecas o salas de lectura son surtidas con el mismo material, reducido a 80%, de lo que hallarían en alguna librería. Peor que saldo). Y si tienen acceso a internet, podrán también leer lo que hacen sus compañeros de generación. Es decir, de acuerdo a su círculo de internet, lo que leerán será lo que escriben o referencian sus mismos compañeros (sean de clase, scout, grupo étnico, universitario o allegados de religión o afición).

       Para cada uno de ellos “la poesía mexicana” (la generalización es parte de la enfermedad) se reduce a lo que alcanzan a ver e investigar. La “ignorancia” es un bien forzado que empuja a “aprehender” [enfoque epistemológico del conocimiento], si se entiende ésta como principio de búsqueda. Sin embargo, la “ignorancia” para la sociedad mexicana no es un bien por superar, sino un mal que todos buscan esconder. Por lo mismo es común que abunden las reafirmaciones opulentas cargadas de sobrestima —evidencia de una baja autoestima— que aseguran la poesía mexicana está sobre los hombros de cinco jóvenes y sus compañeros de escuela son sus Bautistas.

       En Tabasco, en Monterrey, Guadalajara, en Ciudad Universitaria, etc., la “poesía mexicana” es un sin fin de generalizaciones, que se fundamenta en la aprensión de ser “ignorantes”, antes que en el deseo natural por buscar más y más poesía. Los poetas están más preocupados por cerrar el círculo total de los poetas existentes en México, que por mantener siempre el ánimo de encontrar “nuevos estilos” bajo las piedras. Esto puede ser percibido como una aprensión competitiva, antes que un deseo de saber si existen otros allá afuera. Otros que si conocieran, quizá tampoco entenderían. Pero que en el llano deseo de conocerlos, habría en vez de una “anulación” —la ignorancia como un asesinato conceptual—, una puerta abierta a los poetas que quedaron atrapados entre los escombros del derrumbe de todos los tiempos que se colapsan a través de un solo reloj de arena.

 

Visto 591 veces Modificado por última vez en Jueves, 16 Marzo 2017 06:22
Andrés Cisneros de la Cruz

Andrés Cisneros de la Cruz. Ciudad de México, 1979. Poeta, ensayista y editor. Ha publicado los libros de poesía: Vitrina de últimas cenas (VO/ Andrógino, 2007), No hay letras para escribir tu epitafio (Mezcalero Brothers, 2008), Como la nieve que dejan los muertos (Letras de Pasto Verde, 2009, Poesía sin permiso, 2010), Ópera de la tempestad (Metáfora/VO, 2011), La perra láctea (Inferno Ediciones, 2012), Fue catástrofe (Rojo Siena, 2013), Eufórica [partituras para la guerra] (Sikore, 2015), Tétrada (Taller Nuclear, 2014, Ediciones El Viaje, 2015) El viejo arte de lo nuevo. Manifiestos matéricos (Sikore, 2016), La rosa ebria y treintaitrés anforismos (La cosa escrita, 2016) y Dinamita (Cisnegro, 2016). Realizó selección y curaduría crítica del poeta Josué Mirlo, en Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara. Es segundo lugar en el Certamen Internacional Relámpago de Poesía Bernardo Ruiz, 2008, mención honorífica en el Concurso Nacional de Poesía El Laberinto, 2004, y en el Concurso Nacional de Poesía Jaime Sabines, 1999. Y segundo lugar en Premio Nacional de Poesía Temática Tinta Nueva 2011. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Comunicación Social en la UAM. Ha sido incluido en más de cuarenta antologías, entre ellas, 24 años, 24 poetas (Tianguis del Chopo / Conaculta, 2004), Descifrar el laberinto (El Laberinto, 2005), La Mujer Rota (Literalia, 2008), el Anuario de Poesía 2007 (FCE, 2008, selección de Julián Herbert), Hacedores de Palabras (Cantera Verde, 2009) y La semilla desnuda (Poetas en Construcción / Conaculta, 2010). Es organizador del Debate Abierto de Crítica Poética (en colaboración con Casa del Lago) y creador del Torneo de Poesía (Adversario en el cuadrilátero), los Miércoles Itinerantes de Poesía, el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora y compilador de 40 Barcos de Guerra, y del compendio Torneo de Poesía 2007-2010. Antología de poetas sobre el cuadrilátero (Linaje Editores / Verso Destierro, 2013). Es colaborador del programa Luces de la ciudad (en la Hora Nacional) y Radio Etiopía. Participó en el ciclo de Poesía en Voz Alta organizado por la Casa del Lago, en 2013. Ha impartido talleres de poesía en el IPN y en la Universidad Iberoamericana. Como periodista fue parte de la mesa de redacción de El Universal y El Independiente, y colaborador de la revista Bucareli 8 y Chilango, así como investigador de poesía especializada en ajedrez, para la Gran Fiesta Internacional de la UNAM 2012. Ha sido curador poético de la obra plástica de Orlando Díaz, Kenta Torii y Omar SM. También ha colaborado en suplementos y revistas de México, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Chile y España. Su poesía ha sido traducida al náhuatl y al portugués. Actualmente es editor de la versión en línea de la revista Blanco Móvil, y operador del proyecto múltiple Cisnegro. Lectores de alto riesgo

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