Lorena Garduño

Lorena Garduño

Lorena Garduño (Ciudad de México, 1985). Poeta y gestora cultural. Estudió en la Escuela de escritores de la SOGEM talleres de creación y crítica poética. Forma parte de la Organización del Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de México. Ha publicado el poemario Del sexo y sus sarcófagos (Diablura Ediciones, 2016).

 

 

 

 

 

 

CONEXIONES 

INTERPRETATIVAS

Lorena Garduño

 

 

Al principio el silencio, posteriormente el periodo de luz abre el microcosmos a las ideas. Porque cierto es que la imagen precede a la palabra; adviene entonces el trazo, esa copia de lo que se mira antes de atrapar siquiera la emoción que tiempo después el lenguaje moldea. Ahora el pequeño homo puede narrar la tristeza, la calidez, el descontento… Mediante un ovoide dos puntos una curva, que en carmesí o turquesa, nos conduzca al espejo, no sólo desde lo visual también en  la profundidad humana: implosión distendida capa tras capa cerebral y kinestésica.

Es por ello que escritura e ilustración símbolo y significado son hermanos siameses imposibilitados a ser el uno sin el otro.

Es, como diría Huidobro, “un pequeño Dios”. O mejor, en boca de algunos otros poetas, ser dios siendo poeta para ser dios, creador de eso que explora y arroja al mundo para que el receptor pueda verse reflejado en ello. La tarea del artista es eso, proporcionar al destinatario una interpretación del universo que él no puede describir mediante un abrazo que  trasciende y asciende más allá de toda física.

La exposición Conexiones interpretativas, muestra estos lazos que, maniatados al sentimiento y al oficio, emergen para dar unidad a los infinitos laberintos ontológicos y llevarnos a una travesía en la cual La boca del crisantemo escrita, es la boca que se abre así misma y es ola oleaje al óleo del ojo que lo traza. O bien, como explica la poeta Gabriel Cárdenas: “es muy interesante ver como dos personas –sin conocerse- pueden crear dos obras que se evocan entre sí con diferentes disciplinas”.

 

 

CANTO PARA DOMAR SERPIENTES

 

Miguel Tonhatiu Ortega, en CANTO PARA DOMAR SERPIENTES, nos obsequia un panorama que pareciera una cinta cinematográfica, pues es un libro que en sus primeros tres apartados despliega poemas de estructura sólida, donde, puede apreciarse en cada verso un estilo transparente y sutil de gran belleza, pero de fuerza abrasiva, no exclusivamente en su forma, si no el la profundidad del contenido. Es imperante recalcar, que el manejo de imágenes que el autor crea en el poemario, en general, son ejemplo de esta figura retorica, ya que al tocar al ojo lector nos envuelve en sus páginas al hacernos testigos y cómplices, al punto que es casi imposible desprenderse de su historia.

Se abre el telón, aparece en primer plano una “Ave negra”, un pájaro mortuorio que vuela en picada para nutrirse con nuestra carroña, un ave en tinta de nostalgia atrapada entre la geometría azarosa de quien danza, donde la partícula de Dios en la boca infantil, es presagio y pieza de Piazzola, sonoros vocablos en un compas que deja huellas como estrías en las sábanas. Cito al autor:

 

 

 

 

“No me incitas

a nada…

 Hueles a té y has conversado

 toda la tarde…

Arrójate a la cama destendida

sucia de vino rojo

parecerás un sueño sin relato…”

Sin embargo, es un una nada sobre la que Sartre escribió “El hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo” Sartre al distinguir entre la existencia humana y el mundo no humano, mantenía que la existencia de los hombres se caracteriza por la nada, es decir, por la capacidad para negarse y revelarse así mismo. Me perece que Miguel Tonhatiu, toma este principio para introducirnos en una confabulación  de dualidades, que van del deseo al raciocinio, de lo real a lo ilusorio, a él en su esencia subterránea como externa. La Nada también es nombre, me interesa mucho como nuestro poeta da a los títulos un peso insospechado, “La seda en el agua” se enreda en la piel, su abrazo húmedo deja al irse toda pérdida de fe, seda y agua se escapan de las manos sobre la calle Horacio, escenario que debe su presencia, porque los personajes podían mirarla y cito:

“No, nunca existió la calle y los judíos eran rastros de tus fantasmas”

No es sorpresa que Fellini aparezca, sus películas tienen la característica de penetrar en la concepción filosófica de la vida y sus relatos edifican toda una serie de dicotomías ordenadas con un hilo continuo que Miguel Tonhatiu retoma y no se sabe si el poema es obra de Fellini o si el cineasta es obra de la inventiva del autor.

 Y como en ambiente de 8 1/2, un ave cruza, se niega tres veces al amor antes del vuelo, queda un piar incrédulo apagado en la luz, una melodía instantánea de papel fotográfico apresando una onda flamenca. La vida, si es cierta, es esto:

Una radio, un cd, un poema de un romántico alemán escurriendo por la cornisa una tarde, la vida es su contradicción, parcas que no desean estío, ni otoño, ni dulce juego saciado, porque jugar a morir no siempre mata y por eso aquí nadie perece; de nuevo la nada, pero no como presencia de vacío, más bien como revolución y denuncia, uno de los quehaceres de la poesía (creo yo). Y por ello la vida es  “Música con escenas sueltas” a  cada instante.

Música como arma de sobrevivencia entre los amantes que se sincronizan con las estrofas, mezcla melancólica cerrando el telón, porque como dice el autor:

“no es necesario saber el final”

Y para concluir, en la cuarta y última parte el hábitat  del libro da un giro enigmático, plagado de elementos naturales que desarrollan una atmosfera estimulante, las letras dejan el blanco y negro para pintarse de magma y verdor… fuego, agua,  el mineral, sobre todo éste que descubre los matices puros de la metáfora al adquirir otro significado. Así mismo, los monstruos que aquí moran son símiles de las preocupaciones del autor, que con vigor  que trasciende el lenguaje para entregarnos un contraveneno para domar nuestras serpientes internas.