Lunes, 13 Noviembre 2017 03:54

EL CORREDOR DE LAS NINFAS / novela, última entrega / Adán Echeverría

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EL CORREDOR DE LAS NINFAS / novela, última entrega /

Adán Echeverría

 

 

 

12

 

 

-- ¡Momento, momento!, antes de entrar muéstrame si firmaste el convenio... Perfecto... clarísimo: si se deja entrar el amor, las cosas dejan de ser divertidas. Le había dicho Jill a Óscar Garfias, la tarde en que éste se armó de valor y fue a La Casa del Honor a entrevistarse con Luisa. El olor era agrio, mezcla de marihuana, alcohol, orinas y sangre. Habían pintado todos los vidrios de negro, les gustaba la oscuridad.

Jill seguía en su trono, a sus pies se encontraban desnudos, como en una postal del imperio romano, Audomaro y Alí, a quienes había adoptado como sus bufones, sus taburetes, sus esclavos, sus troles bajo el arco de sus muslos. Encadenados del cuello, y el otro extremo en las manos de Jill, que los atraía hacia ella cuando así lo quería. Un pequeño juego sexual de dominación en que ella continuamente le gustaba divertirse, y en el que aquellos participaban gustosos. ¿Un juego? ¿Gustosos? La presencia ficticia de aquella princesa Leia Organa atada a Jabba the Hut era solo un simulacro. ¿Por qué atar siempre a las mujeres? Una es mujer para tener a los hombres domesticados, sometidos, detenidos ante nuestros caprichos. Esther Vilar siempre tuvo la razón, y por décadas no quisieron escucharla. Yo la he escuchado muy bien, y mírame profesor, mírame bien; ellos creen que es un juego, pero no saben que el castigo apenas comienza.

-- Déjame decirte profesor, que Luisa es mía, y hace lo que yo quiero solamente. Y como la amo, le concedo ciertos caprichos. Y uno de sus caprichos es no verte más. ¿Quién soy yo para no consentirla? Si la amo, luego entonces cumplo sus caprichos. Lo siento. Ahora lárgate, y mucho cuidado con dónde te apareces y con quién hablas. Yo me entero de todo lo que haces; hay muchos cachorros que me traen siempre noticias de todo lo que quiero enterarme. El convenio que has firmado te libera de todo, lo sabes; pero si rompes las reglas establecidas… mejor no rompas el convenio. Tu firma es suficiente para mí.

-- ¿Lo es? entonces, ¿por qué vigilarme?-- Salí de la Casa del Honor con la cola entre las patas, sintiéndome más cobarde que en toda mi vida. Aquellas escenas de las chicas del instituto colgadas de mi hombría cuando caminaba por los corredores y la plaza de la escuela, ¿qué cosa eran ahora? Entraba y salía de la Casa del Honor, del bastión de las Dead Planters, y todas aquellas juventudes, se reían de mí cobardía. Todos eran prisioneros de aquel íncubo de Victoria Lamas, y mientras siguieran metidos en aquel lugar, las cosas no podrían cambiar; al contrario, la magia de su fuerza y dominio iba en aumento. Sabía que tenía que denunciarlas. Pero igual sabía que sus perros: Audomaro, Alí, Marco, cualquiera de las Dead Planters: Irlanda, Irma Suelí, Mariana, o alguno de sus troles, sus zorras, me seguirían, podrían matarme si ella daba la orden. Si la policía se paseaba por acá, me culparían. Y me habían perdonado la vida, solo por Luisa. Jill había ido a la casa a matarme. Me había enviado a Patricia para poder llegar sin pudor hasta mí. Entonces me di cuenta que ver a Paty era precisamente la única puerta, porque Patricia se movía sola.

-- Tira la ropa donde quieras, quédate bien desnudito... ¿qué más puedes hacer corazón? ¿qué se va a hacer con el corazón?; ¡carajo!, al respeto, ése tirano, tíralo a la basura y luego súbete a mi cama.

Había dicho Patricia Cáceres a Óscar Garfias cuando accedió a tener relaciones con ella sí le decía donde tenían escondida a Luisa. Y ahora, una vez que Luisa había vuelto a la Casa del Honor, donde Jill y las Dead Planters habían montado su guarida, volvía a ser su prisionera disfrazada de musa, de amor platónico, de mujer amada. Óscar quería entrevistarse con Jill, y tuvo que ceder a la enfermedad de Patricia Cáceres, volver a tener sexo con ella, aunque la vez anterior tuvo que ir a declarar por abuso de menores.

- Te digo solo si me la metes te diré. Soy tu salvoconducto, profe. Pero esta vez, tendrás que ser machito, y metérmela sin condón. Vamos, arriésgate. Dices que soy una puta, pero yo te quiero, siempre te he querido. No sé por qué diablos quieres ir a ver a esa pendeja lesbiana de tu ex esposa que te mandó al diablo, por decisión propia, y por una rapazuela que la tiene dominada. Si que te jodieron profesorsito. Yo puedo olvidarme de la Jill y las Dead Planters, podemos sacarle dinero a mis padres y largarnos juntos a Cancún o a cualquier lado que se te antoje.

-- No entiendes Paty. Luisa fue quien me pedido con la mirada que la rescate. Jill ha perdido la cabeza.

-- La flaca de Jill siempre ha estado loca, se cogía a todos los novios de su madre. A todas las novias de su padre, se dejaba coger por todos. Siempre los acusó de ser unos adictos al sexo, y por eso decidió dedicarse ella a lo mismo. Los mató, ¿sabías? Y dejó que unos perros los despedazaran, y luego hizo que todos se los comieran, hasta tú, ¿no te da vergüenza? Estas tan metido en esto que no sé ni cómo no te has dado un balazo, profesor, sería lo más decente que hicieras. Pero yo quiero sexo, quiero tenerte, quiero disfrutarte, te he deseado, yo si sigo encandilado de ti, porque siempre te he querido para mí. Por eso no puse resistencia cuando Jill me pidió que te abordara. Y cuando vi que tu esposa llegó a descubrirnos sentí un odio bárbaro.

-- Pero fue Luisa la que me salvó. Gracias a ella Jill no me quitó la vida.

-- ¡Qué dices profesor! He sido yo la que te salvó la vida. Mi deseo por ti te ha salvado la vida. Quien no quiere sexo, profesor, Vamos, castígame y te diré donde está tu lesbiana ex esposa. Se han ido a la Hacienda de Tabi, ahí en un ritual que las Dead Planters han montado, coronarán a Jill Inked como la Diosa del Placer, o alguna idiotez así, y harán una magna orgía con todos los chavitos del instituto, y luego lo van a subir a internet; según Jill para vengarse de los padres, de todos los adultos, de toda la pútrida moral. Es tan cagante, ésa pinche flaca está muy loca, pero ahora sí que se los jodió a todos. Está bien loca, pero tiene cierto sentido su locura. Yo apoyo lo que va a hacer, pero me parece que se le ha pasado la mano con tanta violencia. Todos somos violentos, profesor, lo sabes bien, y a veces nos hacen sacar lo peor de nosotros. Hay que saber controlarse ¿no cree?

Me acosté con Patricia, y tengo que reconocer que no fue tan violento como pensé que sería, al contrario, fue algo muy dulce y hasta tierno. Gemía con tanta dulzura, y sus besos eran un mucho de arrebato; a veces aún cruza por mi mente que ésta chamaca si que me quería.

-- Pero qué dice profesor ¡también Patricia es una menor de edad!

-- Este tipo me da asco en verdad –Enrique se dirigía a Rilma mientras se pasaba un pañuelo por la frente; yo no puedo reconocer por dónde armar este rompecabezas. El tipo me parece ahora tan patético, y no puedo ver cómo podría salvarse de esto--- Continúe por favor.

Viajé a Tabi en mi carro. Lo dejé en el pueblo más cercano, para que no me vieran acercarme; ellas tenían en su poder un convenio con mi firma. El convenio no era tal cosa, sino la descripción tácita del plan que yo les daba a ellas. No una confesión, una carta dirigida a ellas en el que Yo les iba diciendo lo que tenían que hacer, por qué tenían que hacerlo, y en la parte final mi firma encima de mi nombre, signando: Gran Maestro. Ha Jill le encantaban los juegos, e involucrarme de lleno le producía regocijo. Llegué hasta la hacienda en aventón y caminando entre el monte y los naranjales. Tuve que esperar escondido a que anocheciera. Llegué antes que ellos. Los autobuses y vehículos arribaron a eso de las 4 o 5 de la tarde. Pusieron música, hubo premiaciones, cosas de escuela, fotos, abrazos y felicidad. La ceremonia de clausura de curso, ése era el disfraz, estuvo hasta las ocho de la noche; cuando todos los adultos se fueron, y solo se quedaron, de campamento todos los estudiantes de la preparatoria y de la secundaria, empezaba el verdadero ritual. Eran muchos más chicos, pero no todos sabían de la acampada. Se había elegido sólo a 45 chicos; cada una de las Dead Planters propuso a 11 chicos, y a esos habría que sumar a Marco, el primo de Jill que volvió con ella después del fallecimiento de la madre de Jill, su tía. Cuando todo ya era oscuridad, la música sonaba, las fogatas ardían, decidí meterme a escondidas para poder dar con Luisa.

-- Pero mira a ese wey desbaratándose como quinceañero... ¿Nadie le ha dicho que el amor ha muerto? --Irly lo había dicho en voz alta al verlo entrar a escondidas. Quería que Óscar sintiera vergüenza de mirar a las cuatro ninfas disfrutando del cuerpo desnudo de Luisa. Como unas vampiras estaban encimadas sobre ella, bebiéndola, gozándola. Luisa parecía desmayada, pero gemía por momentos. Parecía tan drogada.

-- Así es como se trata a una mujer. Pobre estúpido. Y pensar que yo era una de aquellas que se detenía a mirarte sobre el barandal,-- escupía Gogo.

Alí, entre tanto intentaba soltarse de la pared donde Jill había colgado la cadena que le ataba el cuello. "Acá te quedas, mi perro hermoso, mi perro vagabundo. Al rato jugaremos al palo; ese será mi nuevo juguetito, y te lo meteré en el culo." Y le daba besos en la barbilla. El pobre chico tenía la mirada extraviada, aquello que al principio pareció un juego de dominación ya era un martirio. Las cadenas le llagaban las muñecas, el cuello. De sus ojos no salía más que tristeza, abandono, y el deseo por alcanzar la muerte que pudiera liberarlo. Estaba perdido.

-- A ver a ver; tú estás triste a este nivel, yo como seis niveles más abajo, -decía Jill caminando su flacura al frente de su esclavo, paseándose por el cuarto, mientras sus Dead Planters habían dejado el cuerpo de Luisa en el suelo, y me habían aprisionado- Cuando vos estás feliz a este nivel, yo como ocho niveles más arriba... ¿capish?; ese es el gradiente de mis emociones... sólo hay que sobrellevarlas... sí, aunque aprieten hay que saber vivir y bien; pequeño profesor, pequeño profesor, qué diablos hace usted acá. Teníamos un trato: usted asumiría los riesgos, y nosotras dejábamos libre a Luisa. Y hoy, precisamente que todo iba a terminar, se presenta acá y sin invitación. ¡Luisa es nuestra!, por decisión propia. Hay un acta de divorcio, acaso no lo sabes. Así que no tienes porque despedazarte porque ella te dejó por mí, habrías de entenderlo y ser un poca más… ¿hombre?; -las Dead Planters se carcajeaban- Mi sentimiento es único, algo como no producir dopamina, que en verdad es útil para lo que requiero. Y vamos a beber tequila.

Jill desvariaba, estaba perdida entre la droga, el sexo, la algarabía, la soberbia, el ego. Había sido declarada reina, diosa del placer. Y se había dejado coger por todos los que en aquel momento así lo desearon.

-- No temas, jamás, que la emoción puede ser una fantasía única. La gente tiene miedo de dejarse dominar, de dominar también, pero esa sutil línea que conocemos como “moral”, no tiene nada que ver con nosotros. Estamos acá, en los corredores de la mente, miramos el mundo desde estas alturas, desde el subsuelo, y ellos, todos se echan para atrás cuando ven que alguien está decidido. Yo estoy decidida, siempre lo he estado. Tenemos la vida por delante para acabar con todo, para acabar con estas sociedades violentas. No fui violada ni he permitido que nadie vaya en contra de mí. Yo lo he sabido siempre, el poder está acá en la cabeza, para eso nos dieron el pensamiento. A los seis años me di cuenta que era poderosa. Que podía lograr lo que quería. He sufrido, me ha costado, pero cada que he querido algo, lo he tomado. Así que no vengas a juzgar quién soy, ni cómo soy, porque al día siguiente seré totalmente diferente, seré como quiera en el momento. Plasticidad, querido profesor. Me mimetizaré, me esconderé, saldré siempre triunfante aunque duela. Los remordimientos son para los débiles.

Me armé de valor. Ver a Luisa en ese estado de agonía, verla ahí, en medio de todo aquello, era algo que no podía permitir. El olor a sexo. Los gemidos, los olores de los fluidos orgánicos, eran contagiosos para un hombre vicioso como lo soy yo. Todo aquello se me subió como una bola de fuego a la garganta:

-- Tú no decides por la vida de los demás. Ni puedes decidir por la libertad del pensamiento de otros. Si ellos han decidido tener sexo, no tienes tú que humillarlos a nivel mundial; menos juzgar a sus padres o destruirlos, como piensas hacerlo.

Las Dead Planters me lanzaron al suelo, sujetándome de los brazos por atrás. Luisa se incorporó, y la vi diferente. Ya no la ví como víctima, sino… ¿Me regala otro cigarro por favor?

Enrique estaba parado, recostando la espalda sobre la pared del cuarto. Rilma lo miró solícita, desde la silla, aún frente al profesor Garfias. Enrique sacó un cigarro de la cajetilla, caminó hacia él, le encendió el cigarro y se lo acercó. Rilma sirvió un poco de agua, y puso los codos sobre la mesa. En sus ojos Enrique pudo mirar que estaba cansada, la tarde se había hecho demasiada larga, y la historia que el profesor les contaba los mantenía en vilo. Una vez que le había entregado el cigarro, Enrique quiso volver a su pared para continuar escuchando.

-- Yo igual quiero un cigarro…- la voz de Rilma le pareció una súplica; le acercó la cajetilla y cuando ella quiso cogerla le notó un pequeño temblor en las manos. Rilma se pudo percatar de ello, y lo miró con ojos endurecidos. Enrique no quiso comentar nada. La dejó ser y el cuarto se llenó del humo que los tres dejaban escapar en cada exhalación.

--- Lástima que lo que ahora pienses, profesor, no tendrá ningún sentido; porque los videos son un hecho consumado. Audomaro ya está por lanzarlo todo. En minutos, a los padres de estos críos, les llegarán a su correo las ligas de las páginas con los videos de sus querubines gozando como dios manda. —y al decirlo, hizo un gesto, como indicando un lugar donde ocurría aquello. Al ver que Luisa estaba repuesta, pensé que las palabras que había dicho sobre la dignidad de los jóvenes, era algo a lo que aún podía aferrarme; ella me ayudaría, estaba seguro, o al menos creí estarlo. Y haciendo uso de toda mi fuerza corrí hacia donde Jill había señalado. Salí del cuarto, y logré cerrar por fuera, para impedirles perseguirme; ellas se aglutinaron y empujaban, en poco tiempo botarían la barrera y me darían alcance. Pero yo haría todo por encontrar a Audomaro, o eso intentaría. Pero me topé con Marco al bajar las escalares… desperté en el hospital, sin saber qué fue lo que ocurrió. Lo demás ustedes me lo han dicho.

13

-- Mientras más me aferro a pensarte más hondo es el vacío, ¿aprenderé a volar con la caída? ¿O acaso entrar en el sueño de la memoria será una mejor oportunidad para todos? --Luisa acariciaba el rostro de su adorada Jill Inked, mientras le hablaba como si se hablara a ella misma--. Al fin lo hemos conseguido Jill, pequeña, ser la una para la otra. Lo hemos conseguido como todo lo que desde el principio te había prometido. Fuiste tan fuerte, pequeña, tan decidida. Todo aquello que había imaginado para nosotras me lo diste. Todo aquello que te propuse desde la primera vez que te tuve para mí, lo volviste realidad. Tu esfuerzo, tu decisión, tu valor siempre será un aliciente para mí. Nadie podrá ser jamás como tú, Jill Inked, mi queridísima.

-- Ya no seré más Jill, --decía apenas como un suspiro--, seré de nuevo Victoria. Porque tú me has entregado. – el llanto se había hecho presente en esos ojos como flamas, apagados sí, pero llenos de ira, de ese odio creciente que los volvía tan negros.

-- El día siempre estuvo a nuestro favor, Victoria. Has ganado. Hemos ganado. Tú, nos has dado la libertad, y hemos podido demostrar que el empoderamiento de la mujer siempre estará muchos niveles por encima de cualquier hombre. Lo has entendido muy bien. Lo has logrado. Ya no te resistas más.

-- Lo sé, Luisa, nos ha costado, pero todo ha sido tal como tú me lo has pedido; pero tú sigues y yo me tengo que detener. ¿Qué he ganado entonces? Hoy sé que te amo, a pesar de todo, con la cordura que siempre he querido amarte. No me duelen ni los huesos, ni el amor propio, ni me asusta la muerte, las cosas ocurrieron porque así tenía que ser. Si tenías que empujarme para poder escapar, ese será entonces mi sacrificio. Que mejor forma de olvidar un dolor no corporal que hacer que alguien te golpee, que un toro te embista, que te arrolle un automóvil, que te rompan los brazos que te claven las manos, que te sangren la piel con una navaja... y eso necesito, desangrarme poco a poco, hacerme líquida. Y permanecer joven, siempre.

-- Creí que nos perdías pero nos has salvado. Pero lo has hecho bien, querida Victoria.

Gogo apareció en la puerta del cuarto del hospital. Victoria la miró sorprendida apenas. Gogo se veía diferente; había cumplido ya los 17 años y le mostró a Victoria las manos sin sus guantes de siempre.

-- Igual es tiempo para renacer, querida,-- le dijo Luisa tomándola de las manos. Jill no sabía qué pensar; miró a Luisa, pero esta le acarició la frente, y le dio la espalda caminando hacia la ventana. El día era lumínico. La brisa movía los rayos del sol, haciendo arder las pieles de los transeúntes en esa ciudad del sureste de México.

-- Ese es el sol de un día clarísimo, tienes que creerlo Vicki (la verdad me cuesta nombrarte de otra manera, para mí siempre serás Jill Inked)-- sonrió divertida-; tienes que mirar el sol, y pensar en lo que hoy dejas; es el sol brillante en un día azul clarísimo, como un renacimiento, o es que estás muerta y el infierno es de este color tan azul con un ojo amarillo mirando cada uno de tus movimientos. Querida Jill ¿existes en verdad? Querida Jill, tu sacrificio nos hará libres. Ellos vendrán por ti en cualquier momento, y es hora de salir ya, hacia nuevos mundos, hacia nuevos retos. Ya no importa lo que tengas que decirle, a los demás, a la policía o a quien sea. Todos saben ya que eres tú la gran guerrera, y todos se darán por bien servidos cuando lleguen a ti.

Jill reaccionó cuando ya Gogo le estaba poniendo la inyección en el cuello, pero le fue imposible moverse; luego Gogo cogió la almohada y se la puso encima del rostro, Luisa solo la miraba, con esa sonrisa tenue de aprobación. Gogo le acercó a Luisa una maleta. Jill parecía dormida. El pulso se fue haciendo tenue, y los pitidos en la máquina se llenaban de esos silencios cada vez más largos, que indicaban la despedida. Gogo apenas la había desmayado, que el sedante hiciera el resto. Luisa entró al cuarto de baño y salió de ahí, pelirroja y con un vestido rojo escotadísimo por detrás; como aquella vez que se había disfrazado para pasar como si fuera la madre de Jill y rescatar a Mariana Bojórquez de los separos, pagando su fianza. Se montó una gabardina, se puso unos lentes para el sol y salió del cuarto, abrazando a aquella jovencita universitaria de diecisiete años, arropándola como su hija y caminaron por los pasillos del hospital, silenciosas; la joven Gogo llorando tiernamente, hasta que juntas alcanzaron el elevador.

Lo peor de una decepción es mirarse al espejo... Rilma lo sabía; es el claro reflejo de nuestra ineficiencia, para evitarlo siempre estarán las máscaras de nuestro orgullo, pero nada es tan real como cuando a solas, nos miramos en el espejo. Desde la hacienda Tabi, siguieron la otra camioneta en que las mujeres habían escapado; los patrones de huellas los llevaron hasta la carretera a Campeche. Las cámaras permitieron ver a cinco mujeres juntas cruzar la caseta de cobro. Se detuvieron en Calkiní para comer algo, comprar algo de ropa que las hiciera verse diferentes, y dividirse para tomar el autobús; las buscaban para detenerlas, pero Irly que siempre había sido la más entrona, se llevó consigo a Mariana. Luisa, Jill y Gogo huyeron por otro camino.

Cuatro horas más tarde, Irly era detenida, pero antes de ello, le cortó el cuello a Mariana Bojórquez, que se lo había ofrecido decidida, como un cordero consciente de su destino: ¡La cárcel jamás será una opción! ¡Nadie tiene derecho a detener nuestros ideales! ¡La muerte es nuestra mejor salida, siempre! Era una de esas máximas que Jill siempre les decía. Ellas lo tenían muy claro. Mariana se arrodilló ante Irly, sonriendo siempre, sonriendo. Pleno el juicio y el deseo por la libertad del filo de la navaja. Cuando la policía logró someterla Irly ya había roto con las muelas una de las cápsulas que Luisa le había preparado, que dentro tenía cianuro de potasio (todo se consigue en la internet, reía Jill mientras preparaban el plan de escape). La policía no pudo hacer nada por ella.

Las otras tres lograron tomar el camión y llegaron hasta Ciudad del Carmen. Jill y Luisa tomaron una habitación, y mandaron a Gogo a otro hotel. Dos días después, Enrique García y Rilma Ferrera llegaron a Campeche, los tenían muy cerca, y esperaban prenderlas en cualquier momento. Les estaban pisando los talones. Jill junto con Luisa ya no supieron más de Gogo. Al ver por las noticias que estaban cercándolas, abandonaron todo, y quisieron salir del hotel, abordarían otro autobús para atravesar el puente, y esforzándose llegarían a Villahermosa. Justo cuando querían brincar por una ventana del segundo piso, Jill sintió una mano en sus espaldas, y se precipitó hacia la calle. Cayó de costado, rompiéndose la cadera y el brazo derecho. Se había abierto la cabeza. Luisa pidió ayuda a unos vecinos, y cuando vio que la atendían, logró escapar por la puerta del hotel.

Dos días después la puerta de la habitación del hospital de Jill se abrió para que Luisa entrara, y la tomara de las manos. Jill entendió que venía por ella, que al final no dejarían que la arrestaran. Pero Luisa y Gogo tenían otro plan. Jill ya no podría desplazarse por sí misma (¡la cárcel no será jamás una opción!, recordaba sus palabras); estaba parapléjica; morir era su mejor victoria, y ellas tenían que apresurarse.

Al abrirse el elevador, Enrique García y Rilma Ferrara se cruzaron con ellas sin reconocerlas. Luisa y Gogo entraron junto con un camillero, dos médicos y una enfermera, y el elevador se cerró protegiéndolas de las miradas de los detectives; si estos hubieran querido mirar atrás, pero Enrique ya no quería volver a los recuerdos, el atrás estaba vedado ya, en las historias que el profesor Óscar Garfias les había referido. "Son muy hábiles para utilizar aquello del "sexo débil", para utilizar todo lo que se discute en las redes, en las legislaciones, para hacer uso de lo que culturalmente se piensa acerca del machismo: todas las mujeres son víctimas, y no somos capaces de catalogarlas como victimarias".

Para Enrique atrás había quedado su noviazgo, aquella ternura en la que se sintió pleno, ahora llevaba las manos, el corazón, la mente, enlodado por aquella violencia que había sorprendido a la ciudad. La muerte de tantos niños, un ritual sexual entre chicos menores de edad. Niños asesinos, mujeres violentas. Le habían abierto las fosas nasales ante el tufo social en el que se miraba inmersa la sociedad, que tenía obligación de defender. Los padres de los chicos muertos habían llenado solicitudes para poder bajar los videos de aquel canal libre de la red, pero la gente siempre ha sido morbosa, y todo aquel sexo infantil y juvenil, que destrozaba la memoria de sus padres, familiares, instituciones, pasaba uno a uno incluso por los teléfonos móviles. La noticia se había hecho nacional, y no era para menos.

Ni Enrique ni Rilma querían volver a mirar atrás. Pensaban que yendo hacia adelante darían con aquellas tres mujeres, y las pistas de aquellos vecinos que habían socorrido a una muchachita en un accidente, ahora los traía a este hospital. "La madre nos llamó alterada, pero luego cuando llegó la ambulancia, ya no la encontramos"

El rostro de Jill se había hecho famoso en las noticias, en los videos aquellos de su coronación sexual, en aquella sonrisa que acercaba a la cámara, lasciva y con unos ojos cargados de vida, de furia, de toda esa alegría juvenil plagado por el desenfreno, y esa capacidad de liderazgo. Del hospital igual la habían reconocido, y dado aviso a las autoridades. Enrique y Rilma habían llegado tarde –de nuevo--, y seguían empujando hacia adelante, y así se cruzaron con ellas al salir del elevador, pudieron mirar hacia atrás; pero no lo hicieron. Buscaban el cuarto, la cama donde estaba encerrada aquella Victoria Lamas, la despiadada Jill Inked de las Dead Planters, responsable de la muerte de más de 40 jovencitos.

-- Estoy tan cansado, tan harto de despertar y que al mirarme al espejo, la misma puta tristeza siga ahí en mi rostro chupándome como el parásito que es. Hoy me espera un día gris y sin mucho sentido, un día para ahogarme en mis pensamientos; una vez más, como tantas noches, sin apreciar los amaneceres... y ¿sabes?, eso es exacto lo que quiero. Olvidarme de todo, pintarlo todo de gris. Para mí se ha terminado la esperanza en esta puta humanidad. La calamidad ha hecho nido en mi vida. El sexo lo domina todo, la violencia tiene sus manteles largos, y nos acecha a todas horas. Qué bien que hemos perdido la ruta. Entré a la policía para intentar tener descanso luego de la muerte de Elena. Quise pensar que podría proteger a la sociedad. Pero no he podido conseguirlo. He fracasado.

-- Atrapamos al profesor, y ahora vemos que tres de las chicas están muertas. Cada quien tiene que asumir sus responsabilidades. Los padres, los maestros, las autoridades educativas, la misma prensa.

-- Y nosotros. Nada hicimos nosotros. El profesor confesó, pero fuimos incapaces de creer que unas chicas fueran las responsables de todo lo que ahora nos estalló en la cara. Lo culpábamos a él. Lo odiábamos a él. Porque era el macho y por eso tenía que ser el responsable de tanta maldad. El profesor Garfias despertó asqueado de sus actos y nos los escupió a la cara. Ellas nos lo entregaron para darse tiempo de escapar, y nosotros perdimos el tiempo en esa carnada. Despertó y era nuestro. Jamás pudimos entender cómo ha ocurrido. Estamos manchados para siempre. ¡Qué humanidad!, somos incapaz de proteger a los infantes. Ni las escuelas pueden estar a salvo de nuestra mugre. Los alumnos se matan entre ellos. Los padres preocupados por conseguir dinero, sexo, fama, reconocimiento, los traen al mundo y son incapaces de protegerlos, de darles un poco de felicidad.

-- ¿Viste los videos? Los chicos se ven chicos felices. Se veían decididos en sus actos. La mente humana tiene demasiados giros, Enrique. Jamás podremos saber las razones que tienen para las cosas que hacen.

-- Eso jamás me dará tranquilidad ni me sirve de consuelo.

 

 

 

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Visto 86 veces Modificado por última vez en Martes, 28 Noviembre 2017 05:55
Adán Echeverría

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Investigador Posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC. Doctor en Ciencias Marinas. Columnista en el Periódico impreso El Vigía, y en portal cultural La Piraña (https://piranhamx.club/) Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009), La confusión creciente de la alcantarilla (2011), En espera de la noche (2015), Trapacería y fiesta (2017); los libros de cuentos Fuga de memorias (2006) y Compañeros todos (2015) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

 

 

Nombre: Adán Echeverría

Doctor en Ciencias por el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del IPN.

Posdoctorante en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC

Dirección: Calle Isla San Pedro No 1436, entre Isla Tortuga e Isla San Lorenzo, Fraccionamiento Villas del Roble, C.P. 22842, Ensenada, Baja California

Email: adanizante@yahoo.com.mx romeodianaluz@gmail.com

Tel Cel 646 270 4993

 

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