Lunes, 27 Noviembre 2017 06:37

DITA (Minificción)  /Mario García/

 

 

 

 

 

DITA

(Minificción) 

Mario García

 

Los demonios acechaban a lo lejos esperando el momento de atacar, después de días y noches de espera, baje la guardia. Ellos atacaron sin piedad, queriendo llevarse mi alma, reclamándola como pago por todo lo adeudado en el pasado. Fatigado, deje que me hicieran trizas, sus rostros se quedaron perplejos al ver que no había nada, que mi cuerpo estaba vacío, solo polvo en su interior. No lo entendían ¿Cómo un cuerpo sin alma? ¿Cómo era posible? Preguntando, queriendo saber, les dije que mi alma estaba a salvo, donde las historias viven a través del tiempo. Y desde el principio había sido así. Ella; Mi ninfa de los mil cuentos la había resguardado en medio de aquel libro que con tanto desvelo escribimos hasta el día de su partida.

Por fin mi vista se nubla ante el festín de mis enemigos. De a poco muero, mientras; un viento frio me lleva a ella.

 

-Te espere toda una vida...

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JULIO CORTÁZAR

EL PERSEGUIDOR

Marco Ornelas

 

“Sé fiel hasta la muerte”, escribió Juan de Patmos en su Apocalipsis 2, 10. Cortázar lo toma para abrir el cuento El perseguidor. ¿Qué era lo que buscaba el saxofonista drogadicto y bohemio con su fidelidad al jazz? ¿Por qué Johnny Carter, renunció a todo, hasta su vida, pero siempre le fue fiel a su música? ¿Qué encontraba este negro jazzista en su experiencia musical para no traicionarla nunca?.

Julio Cortázar, además de escribir éste portentoso cuento: El perseguidor,

elevó su narración literaria a las alturas filosóficas. El relato cortaciano además de ser en suma placentero, esta sombreado por preguntas metafísicas que se van planteando a lo largo del cuento. El formato de la narración es llevado por la visión de un crítico de jazz y a la vez biógrafo del artista. Bruno, “el amigo” Bruno, nos va contando la historia de Johnny Carter, pero su crónica es sólo eso, una narración ordenada de la vida del jazzista, una enumeración de anécdotas, de vaivenes, de peripecias de la vida del músico. El que realmente habla y hace discurso en el cuento es Cortázar, desdoblado por su protagonista. Dudo mucho que el discurso que nos despliega Julio, el nacido en Bruselas, pero argentino por vivencias sea una ficción como su cuento. Más bien creo, que su cuento es un medio para desarrollar su pensamiento por lo menos en esta obra maestra. El narrador Bruno, desaparece junto con Dédée, la marquesa, Lan y otros, cuando Cortázar, habla por voz del negro prodigio. Esta lacónica historia le sirvió al autor de Rayuela, para decir, para mostrarnos sus entrañas teoréticas sobre el ser del arte.

En éste cuento percibo, o por lo menos esa es mi mirada de contemplación de esta obra literaria, una fenomenología estética. Ahora que rememoro la lectura del El perseguidor para escribir estas líneas, recuerdo que lo que me iba atrayendo de las palabras cortacianas, no era su maestría de la técnica narrativa, sino su pensamiento expresado en éste pobre y grandioso personaje. Verdaderamente lo que me hacia más sensual y placentera esta historia, era la lectura entre líneas, las ideas por demás coloridas del pensamiento arco iris de Julio Cortázar. Su verdad, que no era la Verdad del filósofo expuesta en un sistema, se difuminaba en la asistematización de un personaje ficticio. Para hablar del arte basta con hablar de los artistas y sus obras, sobran las fórmulas abstractas. Para hablar de lo importante basta con susurrar un poema o cantar una canción. Para decir te amo, basta mirar enamoradamente.

Julio Cortázar, escribió éste cuento para discurrir sobre la experiencia artística. Para escarbar en lo más hondo de la vivencia del creador de arte. Johnny Carter, es la máscara de donde sale el pensamiento de Cortázar. El argentino encontraba en la experiencia del arte un sentido para su vida, una respuesta para sus preguntas más intimas de ser humano. Las búsquedas de Carter, son las búsquedas de Julio. Las preguntas que se planteaba el saxofonista Johnny, fueron las mismas que se planteó Cortázar. Johnny Carter, fue fiel hasta la muerte, porque en su música encontraba las respuestas metafísicas, sólo profundizando en ella se le develaban los misterios del ser. Sólo trasgrediendo los límites, abandonando todo, hasta su propia vida, encontraría el sentido último de la existencia. Sólo Carter, bañado en su creación musical cruzó a la otra orilla, abrió “la puerta” Si para llegar a Dios, o desvelar los enigmas del ser, los hombres desde tiempos remotos han elaborado escaleras,sistemas y religiones. Carter renunció a todas la vías, el quiso caminar porel sendero solitario.

“No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos, eyacular contra la puerta, mear un día entero contra la puerta...”, se lee en El perseguidor.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

 

COMENTARIO DE “BELLA DAMA SIN PIEDAD”

Columba Moreno Rodríguez

 

 

Fue a partir del siglo XIX cuando el simbolismo se hace presente en la literatura a través de un movimiento que abrió brecha a la poesía moderna y cuyo interés se basó en resaltar las cualidades de la realidad cotidiana para colocarla por encima del ideal. El poeta francés precursor de este movimiento fue Charles Baudelaire, para quien el uso de la sinestesia resulta esencial para distinguir la otra realidad no presente en el texto. Confiere que la poesía se crece cuando esta se acompaña no sólo de palabras precisas o de frases bien eslabonadas, sino que es al agregar un componente fortificante cuando la poesía adquiere un atractivo más consistente y enriquecedor: el símbolo; y en el poema “Bella dama sin piedad” dicho elemento destaca al instaurarse una dicotomía entre Cisne y Muerte.

El objetivo de este trabajo será desgajar la construcción poética que de la Bella Dama hace una de las escritoras mexicanas más importantes del siglo XX, Rosario Castellanos (1925 – 1974). Nuestro tema es: La Dama se fusiona con el simbolismo que Cisne-Muerte proyecta a través del imaginario para re-surgir a una realidad más placentera que dará como resultado una tricotomía Cisne-Muerte-Renacer.

El uso del verso es libre. Hay una agudeza de sentidos que se pronuncian por trazar, a través de sus letras, un lienzo encubierto. La intención es que el misterio vaya siendo desvelado lenta y sutilmente. El recorrido que hace la mirada a través de los versos contenidos en cada una de las ocho estrofas, simbolizan el movimiento de las manos ávidas por descorrer el telón que nos permitirá observar el interior: el escenario que Castellanos ha montado para exhibirnos su obra.

La revelación llega, se da, y con ella una atmósfera sombría que confiere la significación de un acto concebido. Las imágenes que nos devuelve el poema, plasman en el semblante un halo de nostalgia por la presencia ausente. Nos instala en medio de una ceremonia de despedida en la que el cisne se convierte en el punto focal.

El cisne estaba consagrado a Apolo como dios de la música, por la mítica creencia de que, poco antes de morir, cantaba dulcemente. La imagen también se refiere a la realización suprema de un deseo, a lo cual se alude su supuesto canto (símbolo de placer que muere en sí mismo). Este mismo sentido ambivalente del cisne había sido conocido por los alquimistas, por lo cual lo identificaban como el “mercurio filosófico”.   (Cirlot Laporta, 1992, pág. 132)

El modernismo simbólico se da también en América Latina y es el poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), considerado el mayor exponente del movimiento y escritor de múltiples poemas inspirados en la imagen del cisne, el que alude a su significado y llega a relacionarlo con la expiración de la vida, pero también emplea la contraparte del significado original e incorpora una nueva connotación vinculada con la idea de resurgir, la cual se aprecia en el poema “El Cisne”, cito: “El Cisne antes cantaba sólo para morir. / Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano / Fué en medio de una aurora, fué para revivir”.

En “Reflexión sobre la muerte de un cisne poeta”, Pedro Leonardo Talavera Ibarra nos regala la siguiente definición:

El cisne –su belleza plástica, su baudelairiana desesperación ante el progreso, su canto premonitor de la propia muerte, su gracia y su elegancia-.

Rosario Castellanos integra como parte de la tradición, la figura del cisne, y con estos elementos es como fragua su poema, el cual está hábilmente concebido para interpolar, por una parte, la historia de una mujer que se encuentra embrollada en una ambivalencia: entre una realidad que no es la suya y un imaginario al que quiere pertenecer. La desesperanza es vuelta minusvalía, lo que resulta motivo suficiente para que Ella se proponga resolver el trance de su vida, originado desde el óbito de un antepasado; y así, transigir con la muerte a través de una acción concertada, el suicidio; y por otra parte: la inclusión de una mítica figura: el cisne, la cual viene a tornear la historia con matices calibrados y precisos que dan como resultado el ensamblaje perfecto.

 

SE DESLIZABA por las galerías.

No la vi. Llegué tarde, como todos,

 y alcance nada más la lentitud

púrpura de la cauda; la atmósfera vibrante

de aria recién cantada.

 

“SE DESLIZABA por las galerías. No la vi.” Es el reproche vuelto dolor el que asesta un duro golpe a la entereza del esposo, del compañero, cuando este se hace consciente de que la semilla de la ausencia había ido germinando, sin él sospecharlo, en lo más profundo del pensamiento de su ahora inasequible esposa. La muerte rondaba, se deslizaba por las galerías, y él fue incapaz de verla, no pudo advertirla; tampoco reparó en que, Ella, se había vuelto inalcanzable mucho antes de desaparecer.

Es a través del canto, a través de esa melodía enigmática, pero espectral venida de lejos, emitida por el cisne, donde Castellanos trastoca los sentidos para inducirnos, con sonidos asistidos por la morosidad de la cauda y con un aire cimbreante de fresca aria, a un ambiente de luto y tribulación.  

Es este el comienzo que Rosario eligió para edificar el antecedente de un suceso que irá construyendo de manera magistral, y así, lentamente, exponer la atmósfera que nos revestirá de sensaciones de tristeza y melancolía, pero también, por qué no decirlo, de paz; al exhibir lúcidamente el escenario que dará lugar a un juego de poder entre Eros y Tánatos.

 

Porque no es el cisne. Porque si la señalas,

señalas una sombra en la pupila

profunda de los lagos

y del esquife sólo la estela y de la nube

el testimonio del poder del viento.

 

En el poema se alude la añoranza por la esposa que ha decretado volverse estela, volverse viento, volverse sombra; sombra pasiva, inmóvil, que ha pactado su estadía con la profundidad del lago.

“Porque no es el cisne” es aquí donde Castellanos cristaliza el entorno del poema al hacer alusión a la figura del cisne; donde todo se conjuga para significar a Tánatos, quien se magnífica desde el instante mismo en que se convierte en la alternativa viable que otorgará legitimidad a un pensamiento por demás fraguado.

“Porque si la señalas, señalas una sombra en la pupila de los lagos” momento de la revelación, hazaña que da constancia del hecho consumado. Es la realización suprema de un deseo anhelado y madurado que la muerte le concede para Ella tener el placer de realizar el viaje por demás evocado. Es ese no-ser impuesto por una realidad poco alentadora, el que la coacciona para apetecer dar el gran paso hacia la reconstrucción, hacia ese nuevo comienzo que acontecerá lejos de este mundo.

Es la comunión de la muerte esbozada en la figura de una bella dama al fusionarse con el instante prometido, invocado. Es ese momento, esa brevedad, la que saciará un vacío para terminar colocándola, a Ella, en la ruta de la eternidad.

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Viernes, 24 Noviembre 2017 22:41

El temblor de Atzompa /Víctor Hugo Valle/

 

 

 

 

El temblor de Atzompa

Por Víctor Hugo Valle

 

…Nuria de mis bellas noches, en espigas florezco. Espirales negras de amaneceres perpetuos: entre tus piernas hay agua y entre las rocas un pozo. De ese camino he venido y en vano trato de volver. Iridiscencia de astilladas miradas apenumbradas. No somos más que huesos vestidos de piel, un vacío en forma de eco.

 

 

Arcadio escuchaba el viento corriendo en la penumbra. Las llantas cercenaban el arenal mientras el ruido del motor atravesaba el desierto. Sentía los ojos reventados debajo de la venda que le cubría el rostro, tenía las manos esposadas, la boca seca y las piernas entumidas. Llevaba quién sabe cuánto tiempo amordazado. Sentía el fresco de la noche sobre la piel, en tanto que los baches del accidentado terreno golpeaban sus costillas contra el suelo de metal de la pick-up. En cada ocasión, trataba de amortiguar el impacto con los codos, ya manchados de llagas abiertas por donde goteaba sangre. Sin aviso, la camioneta enfrenó y su espalda fue a dar contra el costado de la caja de metal. Su respiración fue un monologo en el silencio de la noche, sólo quebrantado, instantes después, por el suave aletear del motor y los pares de botas acercándose por ambos flancos de la camioneta. Abrieron la puerta de la caja y lo lanzaron al suelo cual costal de papas. Golpeó en seco la arena del desierto; aún estaba tibia por el despiadado régimen del sol. La venda que le cubría los ojos se había aflojado y en el inmenso cielo desértico pudo ver un cometa rajando el cielo con su luz. No le paso por la cabeza pedir un deseo, aunque inconscientemente sintió aquello como un presagio no pudo discernir de que se trataba. Le metieron las manos en los sobacos y lo pusieron de pie. Quitaron las esposas y la mordaza y con un cuchillo cortaron la cinta industrial con la que estaban amarrados sus tobillos. Entre balbuceos desahuciados rogó por agua. Arrojaron una cantimplora y la recogió del suelo para beber desesperadamente. Frente a él había una pala, después de beber el agua, levantó la pala y apoyándose en el mango se puso de pie, estaba débil y su cuerpo temblaba, sus piernas todavía se sentían como un manojo de trapos. Irguió la cara y pudo ver que le apuntaban con una escopeta de doble barril. El verdugo señalo un costado de la camioneta con el cañón del arma:

-Órale flaco, empiézale.

Arcadio respondió con una mirada llena de incertidumbre que se perdió en la sombra sin alcanzar el rostro de quien le daba la orden. La silueta del otro hombre se desvanecía en la tiniebla; solo podía ver el sombrero y la escopeta empuñada.

-¡¡En chinga que las pinchis tumbas no se cavan solas!!

Al escuchar estas palabras sintió vértigo y nausea; un tremendo escozor le recorrió los adentros.  Le pareció que las trémulas piernas se le hundían en la arena hasta llegar a un vacío. El viento despiadado agredía su rostro; sintió como un golpe en la sien, todo lo que pudo escuchar durante un momento fue un zumbido que le penetraba los oídos. De súbito, el rostro de su mujer se le apareció en la memoria, relampagueante e intermitente; desdibujándose bajo el fresco de los tabachines en un atardecer de abril. Empuñó maquinalmente la pala, tratando de alargar aquellos instantes taimados por la ilusión de la muerte. Arcadio dejó caer la pala sobre el arenal, estaba como ido, sabía de alguna forma que ya estaba muerto sin necesidad de habitar la tumba… Murmuraba cosas fuera de sí, palabras inconexas que no tenían sentido. Golpe tras golpe seguía impasible cavando una tumba que nadie podría visitar nunca. Estaba arreglando el camino que lo llevaría a la otra orilla. Lágrimas de muda angustia recorrieron su rostro lleno de mugre. La sal de su cuerpo convertida en agua recorría las costras de sudor y sangre que cubrían su piel. Durante un momento quiso escapar de su destino y la desesperación se apoderó de su alma en aquel solitario instante. Deseó con tantas ansias volver a pisar su tierra, besar las mejillas coloradas de su hija una sola vez más, empuñar su machete y pelar pencas de maguey, correr su caballo bajo el cielo azul de su natal Atzompa, en lugar de morir como un animal en el desierto. Sintió muy adentro un llanto tratando de escapársele del pecho, pero lo detuvo el orgullo; no podía dejar que aquellos malandros lo vieran llorar.  “Tan lejos de todo y tan cerca de nada”, se repetía resignadamente. Bajo la camisa empapada en sudor, tenía el crucifijo de plata obsequiado por su madre el día de su bautizo: “te acompañará hasta la tumba” le había dicho un día. Quemábale por dentro el alma; sentía unas ganas inmensas de gritar. Por vivir un poco más hubiera cambiado todo cuanto poseía, todo lo conseguido hasta ese momento… La vida siempre valdrá más que cualquier posesión, pero en ese instante, Arcadio no estaba tan seguro. Entonces se dio cuenta que su vida no valía nada y en medio de su resolución se supo abandonado al ver que nada podía hacer, sólo rendirse, dejarse ir como cuando se tiene que dejar ir cualquier cosa perdida. La ilusión de la posesión y el insaciable deseo son lo mismo; una forma necia de perdurar, un intento fallido por ganarle una carrera al olvido.  

 

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Viernes, 24 Noviembre 2017 22:31

Ella dice / Rocío García Rey /

 

 

Ella dice

 Rocío García Rey

 

 

“Ella dice: Yo estoy aquí delante de usted

Y usted no me ve, eso da miedo.”

Marguerite Duras

 

 

 

La tristeza y el miedo se convierten en símbolos de los que aquí habitamos. Hemos quedado mudos, pero no ciegos. Chocamos con el desastre en el momento en el que muchos desastres eran nuestra sombra. La ciudad crujió nos devolvió a la tumba de la que tal vez nunca debimos salir.

                Yo soy apátrida de la esperanza, aunque hay un cúmulo de hombres y mujeres que incluso en medio del desastre pronuncian la palabra voz.

Yo quise envolverme en la capa de la fortaleza y lo único que afloró fue una palabra marchita. Quise regarla con las lágrimas que se negaban a salir de mi cuerpo.

Un sueño ensordecedor que me conducía al mutismo, al bloqueo, a la desolación, un sueño devastador me eligió como su súbdita.

                Afuera las sirenas siguen siendo el concierto de los nuevos días. En medio de remendadas palabras soy partícipe del derrumbe de la ciudad y de la posesión de la rabia, la tristeza, el azoro.

Hay gente por la que me preocupo, mientras veo parte de mi biblioteca tirada en el suelo. Como el conato de amante de Ojos azules pelo negro,  lloro y necesito que alguien acuda a hilvanar mi miedo, mi soledad con un poco de luz. Esa luz debería tener forma de palabra, pero ese a quien yo creí amigo, amante, no responde.

Me presento en el escenario de la desolación. Me presento desnuda de alegría, inepta para creer que hay un porvenir. Me envuelvo en su silencio. No sé siquiera si me escucha, si me nombra.

                La ciudad desplazada de la zona del amor. Miento porque hay cientos de herman@s que mueven escombros, mientras a mí se me baja la presión arterial y sólo, entonces, hay en mí sueño, un suelo de evasión. Moriré aun estando viva.

                El que creí podría ser mi hermano, mi amigo, enmudece. Se aleja del escenario cada vez que le nombro mi dolor por los muertos. Está ahí, en la pantalla. Nunca ha llamado. Nunca llamará.

                 En la desolación soy consciente de que trataré de revivir releyendo a Duras. Es en el momento de dolor cuando comprendo cabalmente el desamor y la soledad de los personajes. También comprendo el grito la pasión fuera de escena.

                Las sirenas aún suenan. Los jóvenes en quien muy pocos tenían esperanza se han lanzado a las calles. Los albergues se tiñen de  nuevos pasos. Mis ex alumnos y alumnos son brigadistas.

                La ciudad nos implora que la abracemos y que no olvidemos su traza.

                Durante las noches leo y trato de remendar mis clases. “Usted no me ve eso da miedo”. Yo veo la fugacidad, las lágrimas contenidas, las calles cercadas y ventanas rotas.

“Usted no me ve, eso da miedo”. Busqué en quien refugiarme el día del dolor mayor de tan abrupta sorpresa. Le escribí para hallar un monosílabo que era la constatación de mi invisibilidad ente él.

                Mayor dolor hay en mis herman@s. Mayor dolor nos dejan las avenidas que en minutos fueron transformadas..

Ciudad inmensa, ciudad madre, te reconocemos aun cuando has mutado tu escenario. “Vivo en la Roma. Vivo en la Condesa”. Eran oraciones con una carga de distinción. Ahora también hay distinción: la de la horadada vida.

 

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Bús

 

Comenzaré por decir que algunas ciudades ofrecen grandes experiencias y diversiones a bajo costo, desarrollados en máquinas diésel que comúnmente llamamos bús y que sirven para trasladar a todo aquel(lla) valiente que se atreva a subir a semejantes bestias de acero —conducidas casi siempre por otras bestias, pero humanas—. Acapulco, en su mal intento de parecerse al D.F. —lo siento, CDMX— ahora tiene su Acabús. Son unidades coloradas por fuera y coloridas por dentro, plagadas de olores, colores y sabores que se mezclan extrañamente entre asientos grises-azules y puertas que se atoran. Vistos desde el exterior parecen autobuses cargados de sentenciados que son trasladados a cumplir su condena, caras largas, aburridas, ojos indiferentes y cuerpos incómodos confirman tal sospecha.

Yo subo a uno de esos gusanos colorados al filo de las 7:30 de la mañana cuando más atascado de gente viene en su ruta periferia-centro. Es completamente normal un apachurrón, empujón, machucón, pellizco o codazo. Un martes de verano observé en el reflejo del cristal subir a una hermosa chica que apenas entró tuvo que sujetarse de mi hombro para no caerse, a cada acelerón y frenón su mano se hacía más suave y poco a poco fue bajando hasta sujetarme por la cintura en un abrazo franco a dos manos. El bús siguió su trayecto y en cada estación fue vaciando sus vagones, mi estación para bajar se acercaba y yo me volví para conocer a tan hermosa criatura, la chica se había bajado hace rato, mi sonrisa fue correspondida por una octogenaria que me seguía abrazando fuerte.

 

Cuentos de un provinciano en la ciudad

 

 

 

Todos los lunes nos veíamos en un motelito por el rumbo de Álvaro Obregón, luego me enteré de que no era soltera, tenía hijos, vivía en Iztapalapa, el marido chófer de metrobús, marihuano, tatuado y perforado. Ella no paraba de decir te amo en cada encuentro: te amo apaga la luz, te amo ponte el condón, te amo ya me tomé la pastilla. Era diez años menor que yo y creo que nos estábamos enamorando. Un lunes le llevé flores, al cine, a cenar, me la comí a besos, sin sexo. Aquella noche la traté como una princesa y no la volví a ver jamás. La verdad me entró remordimiento, eso no se hace entre cuates y a Raúl lo seguía considerando mi amigo, ¿cómo iba a saber que su esposa trabaja en la Merced? Mejor ahí la dejamos, ¿para qué complicarnos la vida con gente infiel?, además yo también corría peligro, en una de esas se podía enterar mi mujer y me deja, y pues no, el matrimonio es sagrado.

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Domingo, 12 Noviembre 2017 22:22

CUMPLE /Guadalupe Ángeles/

 

Cumple

 Guadalupe Ángeles

 

¿Que hacer con esta sensación que me desequilibra en serio? ¿A qué demonio expresivo recurrir para que me perdone las diatribas o las engañosas loas que se me vienen encima como gotas de una lluvia muy tupida? Todas las palabras apretujadas entre la cabeza y el teclado. Sé que me queda fingir, hacerme la loca y empantanarme, negar que he sido atraída a este maremágnum de palabras que no me alarma elogiar porque, ¿quién de entre nosotros podría ufanarse de acertar con una manera así, alocadísima de ponernos en contacto con un mundo nada pequeño ni raro, sino no visto por nosotros, no visto por nuestros ojos extemporáneos, porque es un mundo que ya no está, sino fue, por allá por 1947, 1949? Escribir así, ahora, yo, como por encargo, desentendiéndome de mi ángel de la guarda (si es que existe y me mira), pues sé, que lo más que podría decirme es: “enjuágate la boca con agua bendita luego de leer tanta cosa salaz” o, si de plano no existe, concluir que todo sueño venidero habrá de tener esa tintura, esa textura dadora de lindezas tales como una ternura muy húmeda o una humedad muy deleitosa, en fin. En mi descargo no podría decir mucho. Sólo quizá que me emociona pensar que existe para todos esa estrella que insinúa, muy a las claras quien se puso a escribir un día y junto un buen número de palabras para decir absolutamente todo (¿será?) lo que hay que decir cuando un hombre anhela y desea (hablamos de sexo y vida, claro).

Anhelar y desear. El sexo como eje. He ahí la supuesta bipolaridad del texto. Sin embargo, algo se nos pega como un sonsonete de una canción muy hermosa escuchada acaso en sueños. Ninguna negación sería necesaria si pudiera decir simplemente que parece que alguien que está muy contento nos cuenta todo esto. Comentando todo el tiempo lo que hace. Dándonos a elegir entre varios enfoques como invitándonos a hacer la película de lo que leemos. Ver la mesa de los comensales desde éste o aquél ángulo. Considerar al solitario dejado en una sala amarilla como a una estatua que finge su inmovilidad. Enemigo de la inmovilidad precisamente quien todo esto nos cuenta. Se va de aquí para allá y no nos deja tranquilos, si a eso aspiramos, mejor cerrar el libro. Algarabía entonces, recorrer todos los caminos que se  le han ocurrido que anda el protagonista y ver de repente al hombre aprendiendo a manejar en pocas horas; saborear junto con él el clímax sexual más increíble o el tocamiento de manos más austero, meternos en sus pupilas cuando descubre un rostro y en esa nueva experiencia descubre que poco sabe de sí mismo (no lo dice nadie ahí, lo imagino ahora). Nada encontrado bajo la portada es azar. Nadie es azar aquí. Todos los personajes nos cuentan sus vidas haciéndolas. O en abrazos varios o en palabras nada vanas nunca es que se esbozan y cantan su cuento. Bendito ir de aquí para allá con un montón de dinero. Muerto sea el desencarrilarse de lo que llamamos beatitud o discreción o autoengaño. Es sólo que no piensa nuestro protagonista, cuando lo hace ve y escucha fantasmas que no existen, muertos devenidos hijos no natos. Así de loco. Así de estruendoso y sin embargo tan sencillo. Apto para el arte de embrujar con las imágenes y las palabras que podríamos tomar de la boca de cualquier ranchero del norte, de cualquier señora que se precie de ser muy correcta o de cualquier majadero deslenguado que hace gala de la más abyecta de las bocas cuando de hablar de mujeres de la vida galante se trata. O simplemente (creo) saber que ese sabor que nos queda luego de leer “Casi nunca” de Daniel Sada es el de la satisfacción por fin encontrada luego de trashumar como enloquecidos, buscando la desgracia o el final al fin masticado con denuedo desde todas las perspectivas posibles, pues siempre estuvo a flor de acción la traición, el desenganche nada más porque se le diera la gana a don Sada, pero no, cumple. Y se le agradece.

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Martes, 26 Septiembre 2017 18:52

MARA    / Viridiana Medina Talamantes./

 

 

 

Mara   

Viridiana Medina Talamantes.

(Ensenada, Baja California).

 

Dicen los ministeriales que fue el chofer. Dicen las redes sociales que fue tu novio. Dicen las feministas que fueron todos los hombres. Dicen los misóginos que fue por tantas libertades. Dicen los mojigatos que fueron tus padres, por no enseñarte a preferir un museo a un bar.  Dicen que no debiste dormir en un taxi.    

Yo no sé si tenías un novio extranjero, yo no sé si el conduce un Porsche, yo no sé si es celoso; yo no sé si extraños te fotografiaron en The Bronx; yo no sé si Ricardo N., fue huachicolero y yo no sé si robarle a Pemex sea proemio de la depredación sexual.

No sé si tu cadáver estaba envuelto en una sábana, no sé si era blanca, no sé si es del motel y no sé si también estaba la toalla; no sé si tu agresor uso preservativo, no sé si te estranguló para sodomizarte o enmudecer. 

que tengo miedo de salir de casa, de ir por la calle; sé que tengo miedo de abordar el transporte público, sé que tengo miedo de usar minifalda, beber cerveza, ir a la universidad, trabajar; sé que tengo miedo de salir de fiesta, ser sexualmente atractiva. Sé que tengo miedo a ser mujer.

 

                                  

 

 

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COMO TÚ Y YO

M a r g a r i t a    C a s t r o

 

                              

 

 

 

 

 

 

 

            La casa hablaba de ella, Mónica se podía sentir en la sala,  en la terraza,  en la cocina, para mí solo el espacio del estudio. Pero logré conservar en la pared del hall el cuadro que en mi infancia me regaló el abuelo, era un viejo con un niño en una barca pescando. «Como tú y yo»  dijo la tarde que lo descubrimos en una exposición, más tarde  lo compraría para darme una sorpresa. Así era él: adivinaba lo que yo quería.  Solíamos pescar en un barco con el motor de fuera. La felicidad se traducía en sacarlo del muelle en la madrugada  y tomar velocidad  mar adentro mientras veíamos despuntar el sol.

«Este cuadro no, es hermoso» le dije a Mónica la primera vez que trató de quitarlo, estaba sorprendido, ya  le había contado cómo me reanimaba. Me traía de vuelta la sonrisa del abuelo al tensarse de súbito mi cordel por la picadura de un pez, y a mí tan orgulloso. También los colores cálidos del amanecer  que aparecen en el  horizonte cuando la noche y el día están a punto de separarse.  Y yo adentro del paisaje percibiendo el ritmo de mi respiración.

            Trabajé muchos años para mandar a  construir esta casa −es más grande de lo que un hombre como yo necesita−, la hice levantar en un barrio de mi agrado, en  Palmetos, avenida ancha y poco transitada.   Durante la construcción era costumbre cruzar a la acera de enfrente para imaginármela terminada: veía de antemano las ventanas verticales, el par de balcones a ambos lados de la fachada, la escalinata con balaustradas al frente de la puerta. Pintada de blanco marfil, mi color favorito.  

Mónica llegó justo después que estuvo lista. Recuerdo entusiasmarme con  la sola idea de su compañía. ¡Cómo disfruté  observarla gozar el tamaño de las habitaciones! Le agradaron los techos altos, el fresco que se respiraba. Lo supe desde el momento que echó discretas ojeadas, quizá por el lugar tan apretado en el que dijo haber crecido. Ahora que lo pienso, desde que la conocí tuve impulsos de abrigarla, era una mujer que lograba que uno se sintiera indispensable.    A veces al mirarla, todo lo que encontraba era una desconcertante fragilidad.  El único lujo era su pelo oscuro que caía sobre la  espalda. En cuanto a su conversación y gusto para vestir, tuve que resignarme.

Desde que entró en la casa, el sentimiento de soledad contra el que había luchado  desapareció.  Me entretenían sus ruidos: abriendo y cerrando cajones, repintando paredes o acomodando mi ropa una y otra vez. Ordenaba mis libros según el color o el tamaño.  Ciertas noches eran las pesadillas, se agitaba y sudaba hasta que no me quedaba otro remedio que despertarla.  En mucho tiempo no la  vi hacer  casi nada que yo entendiera.  Pero su determinación por enfrascarse en tareas innecesarias me ayudaba a olvidar las presiones y rutinas del despacho.  Era curioso espiarla y tratar de adivinar cuál era el fin de sus obsesiones.

 

            Fue a mi regreso de un viaje  cuando me dio la primera sorpresa: había cambiado el mobiliario de la sala. No dejó siquiera el tapete de la tribu de los Yürüks, el que tuve a bien cargar desde Turquía.  Tampoco se salvó el cómodo sillón para leer el   periódico. Se excusó diciendo que era necesario un cambio, que  mis cosas estarían bien en la bodega. Como no soportaba verla triste,  terminé por aceptar  sus preferencias. Sin embargo, esa noche, al sentarme a beber una copa de vino tinto, tuve la sensación de estar dentro de  una caja vacía sin circulación de aire. Deseé salir, alejarme de un olor  desagradable,  vinieron a mi mente cucarachas, gusanos, y toda clase de bichos que tanto me fastidian.

            En el tiempo que Mónica repitió la misma historia con el resto de las habitaciones parecía contenta, tarareaba nuevas melodías  mientras vaciaba algunas de mis pertenencias  a cajas,   desplazaba muebles o invadía  mis cajones.  Me acostumbré a verla marcar cada rincón,  después de todo no podía olvidar cuán solo me sentía antes de que llegara.  

            No se daba por satisfecha, cuando la novedad  desaparecía,  se  aislaba en la oscuridad de nuestra recámara. Cerraba las cortinas  y se sumergía bajo el suave espesor de la sobrecama. Entonces yo,  junto a ella, no podía leer,   apagaba la luz para que no le

molestara los ojos y evitaba  hacer cualquier ruido como toser o voltearme bruscamente (cuando la cama era solo mía, leía hasta caer dormido y el libro se desprendía de las manos). Pero una noche tuve unos infinitos deseos de continuar con la lectura en la cama, me acurruqué dándole a Mónica la espalda y encendí una linterna  para iluminar el libro. Procuré pasar con muchísimo cuidado cada  página para no despertarla. Nunca imaginé, antes de encontrarme en esta atmósfera de oscuridad, inmovilidad y silencio, cuánto puede crujir una delgada hoja al voltearse. Continué leyendo aunque la presencia de Mónica me hiciera sentir que estaba cometiendo un acto irreverente. Su voz quejumbrosa salió por debajo de las capas de sábanas y edredones.

―No puedo dormir. 

La odié. La rabia se me subió hasta sentirla en la mandíbula apretada. Cerré de un golpe el libro y salí a respirar el aire fresco de la terraza.   Esa noche soñé que la ahogaba, con mis  brazos como zarpas, la hundía en un estanque de agua verdosa y turbia  en el jardín de la casa.  Sudé frío, desperté gritando. Sintiéndome desdichado y culpable, me trasladé al estudio para olvidar la pesadilla.

 

Dos días después,  Mónica puso su intención otra vez en mi cuadro. Comenzó diciendo algo acerca de lo opaco de los colores, de lo anticuado del marco. Y que la pintura no tenía nada de especial. Luego comentó: «un viejo flaco y un niño con cara de tonto».  Repitió la misma canción una y otra vez hasta que su voz  se metió como gusano a través de  mis oídos y tomo vida propia.  Podía oír sus palabras repitiéndose dentro de mi cabeza.  Me pregunté si ella tendría razón. Sin embargo, no se atrevió a tocar mi pintura, pudo ser, ahora que lo recuerdo, por la manera de amenazarla con los ojos —como puños cerrados— cada vez que se le acercaba.

 

            Sucedió que una noche de mucho calor, desperté con fiebre y fui a la alacena por  unas pastillas. Una fuerte jaqueca  me obligaba a caminar desorientado. En los pasillos  me di cuenta  que ya no quedaba rastro de mí en la casa, la esencia de Mónica,  por todos lados. Por fortuna recordé que todavía estaba mi cuadro, mirarlo calmaría la ansiedad que entrecortaba mi respiración y la opresión que sentía en el pecho. Pero descubrí con horror que tampoco lo reconocía, era como si alguien lo hubiese  alterado. Sólo alcancé ver  un óleo común y descolorido con un  marco reseco en el que navegaban un anciano chupado por los años y un niño de semblante indiferente. El cielo había perdido sus matices, el mar su profundidad, el barco sus olores.  Cambié de posición para observarlo desde diversos ángulos. Inútil, el cuadro  estaba plano, lejano, mudo. Mónica se había metido en mis ojos.  Yo mismo  lo quité con lentitud de la pared. Entonces imaginé que el abuelo y yo nos hundimos en medio del mar en una madrugada cuando el sol estaba a punto de levantarse.

                       

            En la bodega, las cucarachas caminan sobre la caja polvorienta en la que he echado el cuadro. A partir de esa noche, Mónica se mira feliz. Busco recuperar algo que perdí, no sé bien lo que es,  me paso mucho tiempo en el estudio leyendo los mismos libros. Si Mónica pretende tirarlos, no se qué haría. La sigo   por donde va, miro lo que hace, me siento junto a ella. Y espero.  

 

 

 

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Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

 

Renato, triste en su madurez.

Waldo Contreras López

 

 

 

Renato es un hombre triste desde hace mucho tiempo. Un hombre perdido en el alcohol y su madurez solitaria; siempre es alguien triste aunque haga lo posible por ocultarlo. Renato maduro y triste a pesar de la cerveza en la mano y su sonrisa bobalicona; Renato trata de aparentar seguridad en sus modos de andar pero se ve a leguas el peso de su humanidad melancólica; parece a la distancia, con sus pasos arrastrados, estar atravesando un desierto, con su figura borrosa tras la reverberación de la inclemencia ardiente del sol que le acompaña desde hace años deprimiendo sus andares a cada metro que mal avanza, equivocando para siempre su sendero a causa de los miedos ante la vida, su miedo a las mujeres que son la vida misma; esas mujeres y sus abrazos, sus besos y sus piernas, con sus labios sonrientes y el guiño tramposo de sus miradas.

A Renato las mujeres le entristecen; ellas son el sol que lo mata en su desierto que atraviesa para siempre. Lo veo y me viene la idea de que morirá por una mujer, mala o buena.

Y hoy, desde la temprana de alcohol (y drogas duras de mi parte), Renato tiene aspecto de cadáver, aunque trate de disimularlo con una exagerada algarabía, el manoteo maníaco y sus gestos teatrales al charlar; hemos estado bebiendo demasiado pero el parece estar más ebrio que yo, hundido en su silencio que sé que es como un ángel anunciador de un desastre impalpable. Yo estoy muy drogado por cocaína y también acompaño su silencio con mi mandíbula trabada hasta el dolor (a mí la cocaína me templa y me silencia). Yo, callado y excitado de adrenalina, nervioso, como perro que presiente un chubasco. La cocaína es el desierto que me pierde los pasos sin mujeres y sus guiños y sonrisitas tramposas dejando huellas junto a mí (solo compañías efímeras); mi desierto blanco y decadente sin mujeres y sus perfumes de superchería, sus visiones del mundo con nubes algodonosas y montañas de colores y las lunas y no sé qué más, sin toda esa histeria y su genética bipolar. Esas piezas de carne que son como una rica droga natural.

Caminamos juntos y silenciosos esta calle nocturna con su luna de luz blanca y sus lámparas públicas y tristes; la calle húmeda de lluvia y desagües ciudadanos. Y Renato cree tener hambre, quiere comer hot-dogs en la mugrosa carpita improvisada para vender comida bajo la lluvia. Ese mal parapetado cenador que está cerca de nuestras casas.

Observo todo el largor de esta calle de mi niñez, esta calle vieja que he andado durante años, esta calle que ahora me ve perdido, perdido con mis pasos y yo no me doy bien a bien cuenta de ello. Yo me siento templado con mis pasos errados pero bajo control en medio de la perdición. Esta calle y sus semáforos con sus luces tricolor que parece dicen al mundo: “paren ya, paren, por favor”. Renato y yo nos sentimos bien a nuestro gusto y nos creemos normales aunque los perros nos ladran con un furor territorial exagerado y los gatos nos huyen raudos tras echarnos una mirada breve y juiciosa; la gente nos saluda con la gana de que no nos detengamos, desean que mejor vayamos a parar en el fin del mundo con nuestra mala facha y pestilencia y nuestra platicadera de borrachos; la gente nos evita su centro de atenciones como las grandes glorietas de los bulevares provocan que los automóviles les den rodeo. Detenemos nuestro peregrinar alcohólico en el mugroso puesto de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero”, nos sentimos de inmediato hundidos en el ambiente cálido de la mirada de esta mujer que siempre está sudando a chorros ante el calor de la plancha olorosa a manteca  y carne frita, tocino, jamón, queso y papa mal cocida; y se puede también percibir el tufo a nido de ratas y cucarachas, todo esto a través del olor penetrante (y con un dejo de no sé qué cosa, pues deja en el alma un raro sentimiento) de la lluvia que cae en algún barrio cercano a acá; llovizna con gotas tenues, apenas un rocío, y los relámpagos alumbran todo el horizonte del sur del mundo.

Hemos pedido dos hamburguesas con doble carne, papas y refresco de cola.

Y recorro el local mugroso con la vista: veo las telarañas llenas de diminutos insectos y polvo en las esquinas del techo, el piso está manchado de manteca ennegrecida por la tierra en los pies de la clientela, hay pegado sobre esta cáscara lustrosa trozos pequeños de lechuga, tomate, cebolla y semillas de chile jalapeño; entonces el suelo parece una gran hamburguesa apestosa. Las patas de las sillas están manchadas hasta la mitad inferior de una mugre mal lavada; igual las patas de las mesas, hechas de perfil tubular y lámina de cartera, están mugrosas y oxidadas por una nata de comida vieja echa de cátsup, mostaza, mayonesa y grasa vegetal, estos trozos de fierro parecen estar vomitados por viejos congestionados de alcohol; la plancha crepita con su superficie oscura y caliente; los focos de colores están algo igual: están llenos de grasa, polvo y telaraña. Y a pesar de todo este aspecto de muladar miserable, el restaurante de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero” hierve de visitantes de la media noche y de toda índole callejera: putas borrachas altaneras con ínfulas de muñequitas de la mafia que piden la comida con su tronar de dedos de piruja mal pagada y su chicle envenenado de alcohol, semen, y rebaje de cocaína: “apúrate, mi amor, quiero bajar el asco y el avión”; vagabundos con la cabeza tronada por el cristal combustible de mala calidad: “regálenme un taco gente, si conocen la calle conocen a Dios y yo soy su hijo, aunque parezca lo contrario”; jóvenes mariguanos con su mirar ingenuo desde su mundo alterado y su risa desternillada y fuera de control, jóvenes mariguanos voraces: “sírveme dos hamburguesas y dos cocas para comer aquí ¡que rico huele todo esto!” hombres mandaderos cocainómanos apanicados por tanto circo incidental: “tra-tra-traigo prisa, Vero ¿me haces el favor?; parejas de enamorados que vienen a quitarse el sabor a besos, el sabor a genitales y a borrar el aroma penetrante y tedioso a sexo de su piel pegajosa del sudor seco de la refriega física con el olor a manteca rancia y el menjurje que ofrece esta mujer. Llegan también jotos esquivos o escandalosos que piden su comida en voz baja o a gritos en sus explosiones de júbilo afeminado: “¡ay!, ¡Verolis! Dos hamverguesas de milarguesa con mucha mucha mayonesa y crema, ¡crema de esa trasparentosa que usas y que parece ya sabes qué!” y también le visitan gente igual a Renato y a mí, personas  que llegan a reposar la tristeza (la penas con pan serán menores siempre) y pide la comida con timidez, con miedo de romper el encanto de este mundejo que gira y nos ignora hundido en su penar multicolor.

Y veo comer a Renato desde la distancia de mi plato. Parece que al fin su mirada le ha puesto atención al mundo, su mirada está fija al fin en algo concreto: su hamburguesa y el vigilar de su lento masticar, el trago sin prisas a su botella de coca-cola; su mirada se ve animada al fin, al fin Renato dirige sus pupilas en las mías y veo en ellas toda la intención de hablar; termina al fin de comer, observo como es que se limpia la boca y la nariz (con maneras de marica) embarrados de mostaza, traga saliva, eructa con un sonido acuoso, me mira unos instantes, tamborilea la mesa y dice: “no puedo vivir sin esa mujer que me ha poblado el mundo y luego me lo ha, de mala manera, dejado bien abandonado”

Renato está enamorado una vez más de otra mujer equivocada en un mundo de imposibles.

Conoció a Marimar en uno de sus viajes al norte del país, en la presentación de un libro de relatos cortos (“buttensmileys”, se llama el libro) escrito por un joven baja californiano. Renato en su madurez, con sus treintaisiete años mal gastados en alcoholemias y putas es malo para el amor. Renato maduro se atolondra ante el amor, se vuelca, se arrebata, se vacía. Por eso pierde siempre. Se enamora sin motivo evidente.

Marimar es una mujer vivida en las lides del amor y desamor; es una muchacha capaz de abrir las piernas para divertirse y aunque su ternura por los hombres es una cualidad que no le permite hacerles daño de forma malintencionada ella es también incapaz de sentirse obligada por compromisos serios hacia alguno de nosotros. Marimar es buena farra, buena copa, querendona, apasionada en la cama pero, como es obvio o evidente, le tiene mucho miedo a su propio corazón; Marimar pues, no es afecta a prolongar más de tres meses una relación de pareja sexual; ella es incasable, es puro cotorreo y entonces Renato es para ella puro cotorreo.

Pero Renato se arrebató desde el día en que ella le saludó con sus ojazos azules pícaros aquella tarde de tertulia literaria en los muelles de Ensenada. Renato se volcó por esos ojos de mar bravo y ella respondió con su ternura, con su vocación para la aventura color rosa mentiroso de cafés en terrazas con vista al mar, en parques cinematográficos de franquicias norteamericanas (películas cursis sobre comedias románticas). Marimar, la “princesa sideral”, rodó su película clase “b” y Renato se creyó el galán. La película no podía tener un gran final y Renato terminó derramando las dolorosas lágrimas de su madurez ingenua para las cosas del amor y sus mujeres y ellas y su entendimiento moderno y “chic” acerca del amor.

Y Renato trae arrastrando ese parque cinematográfico dese el puerto de Ensenada hasta este mugroso puesto de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero”, acá, en Culiacán Sinaloa. Renato llora sus lágrimas de la madurez desesperada para que su triste película color rosa feo jamás termine.

Y aquí estoy frente a él para escuchar otra vez su dolor hecho alcoholemia y vagancia nocturna y triste. Renato hace a un lado su plato, niega con su cabeza pesada de tontera, vapor etílico y tristeza, me mira con sus ojos a punto de derramarse como cascadas de dolor, cascadas con sonidos de historias sobre muelles, cafetines ante amaneceres brumosos, balcones que miran barcos que se despiden de la tierra con sus enormes trompetas que braman como los gigantes mounstros mitológicos de los archipiélagos griegos de Homero. Y Renato me cuenta que le es imposible vivir sin ese mar enorme color azul en este desierto enorme y con ese sol que le quema los años vividos con un ardor que lo conturba. Le replico que comprendo perfectamente, que yo sé lo que es vivir amor y luego perder para siempre; le digo que conozco el vacío pero no caigo en él. Renato me dice que es difícil vivir en una esperanza mal fundada, que es difícil padecer desesperanza, que es imposible animarse a vivir sin esos ojos de mar bravo y esas sonrisas y esas piernas aromadas, esa ternura pura y malentendida; es imposible sin ese portento de mujer sublimada por su necesidad de amor triste y madura. Un príncipe rosa sin princesa. Renato llora en su madurez y le comprendo,  como comprendo mi refugio ante el dolor.

¿Vamos por una puta? Termina preguntándome con su boca torcida y su mirar perdido en el fondo de su miseria estancada. Renato y su madurez.

 

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