Domingo, 16 Abril 2017 06:58

ESTAFADOR / AGUSTIN MONSREAL /

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ESTAFADOR

AGUSTIN MONSREAL

 

Infeliz Ulises, lo esperé más de veinte años de noches en doliente duermevela, de mañanas desiertas, sin oasis, de crepúsculos de retraída fidelidad. Por eso, en cuanto supe que regresaba, pensé dejar de lado la modestia conyugal y entregarme sin freno a las opulencias amatorias: imaginé un encuentro frenético, insensato, tempestuoso. Así que cuando llegó me puse ante sus ojos: resplandeciente, combativa, enardecida, incapaz de disimular mi júbilo: mírame, soy tuya. Pero no lo conmovió la audacia de mi vestido, la delicadeza de mi perfume, el resplandor de mis adornos y joyas. Me arrojé en sus brazos y lo besé toda yo transformada en una cuenca ansiosa de vaciarse. Respondió con titubeos, con evasivas, con secas sonrisas forzadas. Falto de disposición, de energía, desalentadoramente fatigado y precario, prefirió las palabras a las caricias: qué guapa estás, y qué bien que te conservas, tan lozana, tan bella. Me he conservado para ti, le expresé. Él sonrió penosamente y me esquivó preguntando cómo está todo, la casa, los muchachos, musitando vengo rendido, muy cansado, tantas fatigas en el mar, tantas batallas. Reprimí una imprevista necesidad de llorar y, en vez de sentirme humillada, me llené de ternura y compasión por él. Pasaron los días y yo ofreciéndole la fiebre de mi desnudez, y él rehusaba, repetía qué guapa, qué lozana, qué bella, pero no respondía a mis insinuaciones ni a mis acometidas francas. Mi obstinación resultaba contraproducente: lo fastidiaba y lo ponía de mal humor: en su mirada hacia mí había despecho, hurañez, hostilidad: parecía como si el corazón se le hubiese endurecido y trajera en su interior una epidemia de tristeza, de soledad. Un impedimento absoluto que no lo dejaba reconocer en mis brazos su refugio, el consuelo para sus agobios. Me sentí responsable de su desesperación y redoblé los esfuerzos, los mimos, los cuidados. Mi sola presencia, sin embargo, le provocaba un suplicio que desalentaba cada vez más mi entusiasmo, reducía mis ensueños, defraudaba mis esperanzas. Y yo, herida, atormentándome en silencio con oscuras sospechas, examinaba los contornos de mi cuerpo frente al espejo buscando los motivos del rechazo, de la decepción. Y, aunque su desagrado me ofendía, opté por hacerme la desentendida, dándole oportunidad de recuperarse y recuperarme. Él se pasaba las tardes enteras dirigiendo sus pupilas al cielo con nostalgia, con honda melancolía. Inexperta en el rechazo, me volví más humilde, más sumisa, más alerta a las señales para conocer cómo derribar las murallas entre su piel y mi piel, cómo terminar con las horas de oprobio que desquiciaban mi orgullo, y lo herrumbraban. Acabé experimentando una sincera lástima por él, tan destemplado, tan abatido, tan sombrío. Un día, no sé si con rabia o con resignación, fingí dignidad y le dije que lo dejaba en paz. Él, entonces, me confesó: fueron muchos años de vivir entre varones, la soledad en los barcos, las noches de frío en las playas, los terrores antes de cada combate, y yo sin poderlo creer, mi Ulises, mi hombre, ahora me salía con que ya no lo era, que su timón había virado de rumbo, que sí me amaba aunque su apetencia estaba en otra parte, y mencionó un nombre, y acabó yéndose otra vez, con él, le puso un terrible punto final a mis ilusiones, me soltó de sus manos y me quedé sola de nuevo, hundida en la vergüenza, humillada, expuesta a las murmuraciones, a la maledicencia, y lo peor: culpándome, martirizándome en el infierno de mi propio resentimiento, en la duda inagotable, en la incertidumbre perpetua: ah, en qué fallé, Dios mío, en qué fallé.

 

 

DE LAS BUENAS COSTUMBRES

 

 

I

 

El sol apenas tibiecito asoma su curiosidad por la ventana. Tu cara sonríe por toda tu cara. El aroma del café me llama. En un descuido, mientras preparas el desayuno, te dejo caer la humedumbre párvula de unos besos en los hombros, en el cuello, en los labios. Conforme corre el día, siento un barullo en tu sangre y en mi sangre. Y como quien se aventura por las puertas de un milagro, te espío por encima de la blusa, por debajo de la falda. Tu mirada recoge y guarda las intenciones de mi mirada. El juego se repite y mis labios se recuestan ora en las descuidadas palmas de las manos, ora en los brazos que se erizan y tu voz amorosa murmura mira cómo me pusiste chinita chinita. Y otra vez mis labios saborean la pulpa de tus labios, sazonan lo que habrá de frutecer dentro de unas horas. Salimos a comer. Caminamos un rato, platicamos, disimulamos lo que nuestros cuerpos traman. Regresamos. Cada quien se dedica a lo suyo, leemos, trabajamos, hablamos por teléfono. El cielo del atardecer adormece los párpados, y entonces una sonrisa desde el sillón de enfrente los pone en alerta y ahí están los muy adolescentes yéndose junto con mis dedos a recorrer la geografía de tu cintura, a deslizarse traviesos por uno de tus empeines, demorándose en tus rodillas, enracimándose sobre tus muslos que se inocencian igual que si asomaran al misterio por primera vez. Así se prolonga la jubilosa espera, aunque los corazones ya están locos de alegría, ya hierven de amor. Con el vino nocturno, tus labios ceden a la voluntad del beso y a partir de él inicio el adulcedumbrado recorrido de caricias al entusiasmo de tus pechos, la disposición de tus caderas, el fervor de tu santuario; las pulsaciones de mi ave hinchándome, encumbrándome en ráfagas de locura, hasta que nuestros cuerpos se encuentran por fin con el alma desnuda y estallamos de luz y de alegría y celebramos la mayoría de edad de la alta noche.

II

Despierto y veo a mi mujer salir de la cama, ponerse la bata, las zapatillas; veo sus piernas desnudas, macizas, hermosas; experimento una leve irradiación de deseo; a lo largo de la mañana, mientras estoy en la sala, leyendo, observando de cuando en cuando los acontecimientos del jardín -el follaje de los árboles mecido por el viento, los pájaros revoloteando entre las ramas y las flores, picoteando el pasto, las ardillas y las lagartijas corretear y saltar a sus anchas-, mi mujer pasa varias veces delante de mí limpiando, acomodando objetos: la contemplo, ora franca, ora disimuladamente: ha embarnecido, ahora es una mujer regordeta, un tanto espesa, pero no cabe duda: todavía atractiva, apetecible; el empuje del deseo vuelve a punzarme, acompañado de una especie de ternura; en varias ocasiones me levanto, con cualquier pretexto (o sin él), detengo su trajinar y la beso, morosamente, en los labios, en las orejas, en la nuca, en los hombros; ella, resplandeciente de cariño, responde a mi enjundia con una leve sonrisa complacida que intensifica mi vehemencia; después de la comida, mientras lava los trastes, le junto mi cuerpo a su espalda, siento cómo se estremece, palpo sus pechos, su vientre, aprieto su cintura, recorro su cuello con mi boca, lo humedezco; ella entrecierra los ojos y sonríe, sencilla, mesurada; por la tarde nos sentamos en la sala, tomamos café, vemos el jardín, platicamos; como al descuido, alguna de mis manos frota sus muslos sobre la falda; en cualquier momento, nos abrazamos y nos besamos profundamente; hundo la cara, y oprimo el tibio encanto de sus senos; volvemos a besarnos, luego se levanta y se mete al baño; yo, en tanto, camino de un lado al otro, enamorado e impaciente; cuando sale, apacible y fresca, trae puesto un camisón ligero, un olor a vainilla, los cabellos aún húmedos; mi tacto comprueba la ausencia de ropa interior; percibo cómo los vellitos de su piel se engríen con el roce de mis dedos, con la apetencia de mi carne que procura su carne; de pie nos besamos ávidamente y nos demoramos en un abrazo cadencioso que nos va empujando a la recámara; el deseo, el aroma a vainilla, la desnudez minuciosa, el amor que ya no puede más, y luego los cuerpos fatigados, suspirantes, complacidos; nos volvemos a vestir, cenamos viendo una película en televisión, nos preparamos para dormir, nos acostamos; nuestras caras se ponen frente a frente, sus ojos en mis ojos, mi sonrisa en su sonrisa, te quiero, yo también te quiero mucho, hasta mañana, que descanses, que tengas lindos sueños, apago la luz y sintiendo su cuerpo pegadito a mi cuerpo, me duermo.

 

 

Visto 3861 veces Modificado por última vez en Martes, 18 Abril 2017 04:54
 AGUSTIN MONSREAL

Agustín Monsreal es un escritorcuentista y poeta mexicano que nació en MéridaYucatán, el 25 de septiembre de 1941. Además, ha sido cofundador y también codirector junto con Ricardo Díaz Muñoz de las ediciones La vida y La Bolsa, editor de Escénica, miembro del consejo de redacción de El Cuento y coordinador de talleres tanto de cuento como de novela

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