Lunes, 19 Junio 2017 14:50

El asesinato del conspirador / José Manuel Vacah / 

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

 

 

El asesinato del conspirador

José Manuel Vacah 

 

Cuando revises tu Whats-App y escuches esta grabación, tal vez mi cuerpo ya estará en la morgue. Este es el último día. Debo dejar un registro de cómo inició todo —antes de que vengan a matarme.

Discúlpame por elegirte a ti, pero no sé a quién más podría dejar este mensaje. Hice todo lo posible para evitar el crimen, nada ni nadie podrá salvarme. Nomás me queda esperar.

La oficina luce como un cementerio, todos han salido a comer. Oigo a los cuervos graznar del otro lado de la fotocopiadora. No es mi imaginación, es la muerte acechándome.

El principio del fin comenzó con el peor augurio de todos: una llamada telefónica. “Doña Fonseca se ha colgado en el cuarto de intendencia. ¡La conspiración ha sido descubierta!”, la voz de Armando era un chillido que me erizó hasta los pelos del pubis. Tal vez a esta hora, en que recuerdo todo, Armando ya fue asesinado.

Armando es… debo decir era… mi mero bro-dínez y mi huevo izquierdo —como me gusta decir— porque aquí en la oficina todos somos los testículos de otros, siempre trabajando pegados, aunque nos divida una pared, como un tejido delgado y blando.

Por ejemplo, yo soy el huevo izquierdo de Bernardo y él es para mí mi huevo derecho. Así está la cosa en esto de las caballerizas, estos pinches cubos donde uno se pasa lamiendo los memorándums del jefe, aguantando órdenes, tundiendo teclas, archivando los sueños propios en gavetas llenas de mierda, aplastando el culo aunque duelan las almorranas, día tras día.

Resistir a todo, en fin, perseguir la maldita chuleta, o, para decirlo con una expresión más cabrona: cambiar la vida por lana.

Pero mi vida no valía la cantidad que recibía en la quincena. Valía más, mucho más que ese miserable salario, por eso decidí aceptar cuando me propusieron entrar a la conspiración contra la empresa. Todo hubiera salido bien, salvo por un detalle insignificante: alguien nos había delatado.

A doña Fonseca me la tiré en el cuarto de intendencia, el único lugar donde no había cámaras. Sino imagínate. ¡Uf, pinche cogidota que nos aventamos!, capaz que si la veían los de seguridad la suben a Youporn, y hasta me hago estrella porno. Lástima, no a todos se nos hace.

Bien cogelona la ruca, según ella porque su marido no tenía potencia viril, pero puro choro. Era una ninfómana insaciable.

Nunca supe cuántos años tenía, calculo que andaba por los cincuenta, pero se conservaba entera. Dicen que a esa edad el orgasmo en una mujer es más difícil de conseguir, que se necesita más estimulación, más punch, mucho más, más, más y más, pero yo la hice vibrar, entre gemido y gemido descifré el enigma de toda hembra.

¡Qué nalgas!, aguantaban un piano, como que la vieja se daba sus sentones bien seguido, por eso mantenía firmes sus carnes… Todavía recuerdo el golpe de aquellas chuletas sobre mi pelvis. Mientras te platico todo esto, he tenido una erección. ¿Sabías que antes de morir, en el último suspiro, el cerebro lanza estímulos al pito, como si se tratara de un orgasmo?

La doña ya se la sabía, seguramente se habrá cogido a todo el personal. Aquella tarde me dijo, con una voz que parecía el maullido de una gata en celo: Oiga joven, ¿me ayuda a retrancar un mueble? Ese día fui el único en quedarme a comer en la oficina porque llevé mi tóper.

No hay que negarle el favor a nadie.

Ahí fui de ofrecido. Dentro del cuarto, que se me empina, y pus órale, no me lo esperaba. Se la metí sin pensarlo; claro, es mi instinto de macho alfa. Y mientras le empujaba el mueble que me dice, méteme el dedo en el culo, méteme el dedo, papacito, me pedía a gritos —por un momento fantaseé con la idea de que toda la oficina nos estaba escuchando, y no sólo la oficina: el mundo entero.

Terminé metiéndole una botella de vidrio de Coca cola, a petición suya, era verdaderamente insaciable. No mames, al final tuve que romper el envase porque se le había quedado atorado. No sabía qué hacer, pero ella sí, como que ya tenía bastante experiencia, pinche ruca, y todavía quería más.

Ahora sé, después de reflexionar con demasiada profundidad, que aquel acto sexual fue una especie de iniciación, una forma perversa de sellar un pacto, porque el sexo y la muerte son el mismo chorro de semen negro, lo comprendo en este momento, a escasas horas de mi muerte.

A partir de aquella súper cogida —te digo, todavía se me pone tiesa, nomás de recordarlo— en el cuarto de intendencia sellé mi destino, ya era un conspirador.

Todos los miembros de la conspiración habían pasado por las nalgas de doña Fonseca.

La llamada de Armando me provocó unos retortijones espantosos. Corrí a los baños y desalojé el vientre. Hice una caca muy pequeña, en contraste con el pinche dolor que me trenzaba las tripas. En esa minúscula porción saqué todo el miedo que me devoraba por dentro. Mientras me limpiaba alguien me tiró un papel.

Salí rápido del excusado, con los pantalones en los tobillos, pero apenas vi una sombra correr por la puerta.

En el papel estaba escrita mi sentencia, la hora precisa en que vendrán a matarme. Le tomé foto al mensaje, como prueba. Te enviaré la imagen, aunque ya nada importa, salvo dejar un registro de todo. Es la hora de la comida, soy el único ser en la oficina, y falta un par de horas para que me maten. Hasta los policías que están investigando el deceso de doña Fonseca salieron a comer.

Ahora estoy tranquilo, espero, resignado, qué más puedo hacer, la muerte es el precio que paga uno por conspirar contra el amo, es el costo de morder la mano que te da de tragar. La consigna era clara, una vez adentro del sistema había que estallar. Los planes se trazaron en una serie de procesos en clave, nadie los conocía todos. Cada miembro de la conspiración era la pieza de un engranaje fantasma. Pero no quiero morir como una rata atrapada en la maquinaria.

Si tan sólo supiera quién es el delator, lo mataría con mis propias manos, lo estrangularía, le clavaría un cuchillo en las entrañas, y empalaría su cadáver, lo juro…

Pero te sigo contando, después de echar el miedo en el excremento me sentí muy mal, empecé a marearme bien cabrón, y me desmayé. Tuve una alucinación terrible.

Katy Perry se aparecía en mi cuarto. Pero estaba en la oficina, algo muy raro, como que sabía que era la oficina pero era también mi cuarto. Estaba vestida con un camisón de dormir que le transparenta todo: la aureola de sus pezones rosas y la mancha oscura de su sexo, del que emana un olor a cereza que aroma toda la habitación.

Entonces Katy, con el cabello teñido de azul eléctrico, se acercó hasta la cama, donde yo estaba acostado. Se quitó el camisón, la blancura de su piel hacía que sus chichotas se vieran más tiernas, más dulces, más necesitadas de mis labios. Mi pene se elevó tanto que tuve miedo de que ella se asustara de su inmensidad, pero se recostó a mi lado, sin darle importancia a la estatura —que le rozaba la espalda— y me pidió que chupara uno de sus pezones.

Dijo: elije uno, cada uno te mostrará una visión diferente. Pero sólo podrás elegir uno, me advirtió.

Así que escogí el izquierdo, fiel a mi posición política. Además, fue el que me gustó más, no sé, tenía algo, una belleza insoportable.

Acaricié su piel cálida, el contacto elevó aún más la altura de mi verga—que ahora le rozaba la nuca. Toqué su pezón, quería sentirlo antes de probarlo. Lo apreté entre mis dedos, era infinitamente suave como la seda, más delicado que un pétalo. Acerqué mis labios y lo chupé, instantáneamente tuve un orgasmo.

Me había venido justo en el instante de tocar el borde de su botón con mi lengua. Mi semen le mojó el pelo, y en ese momento, sucedieron una serie de acontecimientos que jamás olvidaré.

Katy se cubrió la cara con las manos y comenzó a estremecerse, pensé que la había lastimado con mi potente eyaculación. Le pedí perdón. Traté de abrazarla pero me rechazó violentamente. Al empujarme dejó al descubierto su rostro: era doña Fonseca, ¡Nos han descubierto!, chilló.

Al desmayarme me partí la frente y comenzó a salirme un chorro de sangre. Salí alarmado del baño en busca de ayuda, me había caído por correr con los pantalones en los tobillos. Temblaba, sin poderme controlar. Me quité los pantalones y corrí a la oficina del jefe, abrí la puerta, y cuando entré vi a un inmenso perro Rottweiler montado sobre una mujer.

Gemía como si le dolieran los embates de la bestia, me quedé pasmado.

La mujer se dio cuenta de que alguien había entrado, empujó al perro con las nalgas, y me miró. Era mi madre.

—¡Mamá qué chingados estás haciendo con ese perro!

—Ay, hijo, ya nada importa, descubrieron la conspiración, te van a chingar. ¿Ya ves, por qué eres tan pendejo?

—Mami, pero si yo no tuve la culpa.

—Sí hijo, tú tuviste la culpa. Los conspiradores y los asesinos siempre se delatan. La cagaste. ¡Échatelo!

El Rotwailler se lanzó sobre mí, intentó morderme los huevos pero lo esquivé. Volvió a lanzarse con más furia. Luché por mantener sus fauces lejos, pero era más fuerte y más feroz. Rodamos por el suelo trenzados en la última pelea de nuestras vidas.

A pesar de que estaba usando toda mi fuerza, sus terribles colmillos comenzaban a desgarrar mi carne. La sangre me cayó en los ojos.

Al abrirlos, la inmensa jeta del jefe me escupía. Me miraba con sus ojos de bestia iracunda, ¡malditos ojos de perro! Y me daba órdenes, ¡maldito! ¡imbécil! ¡Todavía peleando contra él me daba órdenes! “¡Godínass, tranquilícese!”, ordenaba con su aliento pútrido, y en mi cabeza las órdenes se repetían como un despreciable chirrido. Hundí el cuchillo hasta el fondo de su cuerpo, y la sangre le brotó estupendamente.

Alguien detrás gritaba “¡PUTA MADRE, PUTA MADRE!"

 

Visto 173 veces Modificado por última vez en Miércoles, 21 Junio 2017 23:35
José Manuel Vacah 

José Manuel Vacah (Estado de México, 1990) 

Vive en el peor lugar para vivir (según la prensa internacional): Ecatepec. Publica casi todos los días en el portal TerceraVía.mx. y en Súper Luchas.com. Escribe también en Conexión Manga y en LINNE Magazine. Dirigió la revista Hysterias. Ha publicado el libro de poesía Desearás irte (edición de autor, 2012). Además textos suyos están dispersos en diferentes publicaciones como Sin Embargo.mx, Círculo de Poesía, Marabunta, etc. Recibió un par de premios de poesía: segundo y tercer lugar. Organizó en 2012 el festival Poesía para la muerte de Peña Nieto en la UNAM. Es compilador de la antología Historias de sexo, conspiración y muerte (Texto e Imagen, 2017). Mantiene el blog josemanuelvacah.wordpress.com

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.