Miércoles, 12 Julio 2017 16:31

DE ESCRITORES PENDECIEROS Y BOXEO / Ramiro Padilla Atondo /

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DE ESCRITORES PENDECIEROS Y BOXEO

Ramiro Padilla Atondo

 

 

No creo que este asunto de la literatura esté necesariamente peleado con toda forma de violencia. Imagino que hay escritores que fueron todo menos entes pacífi cos que miraban al mundo de manera refl exiva. Si escribir es una forma de rebeldía, el agarrarse a madrazos puede ser divertido en algunas ocasiones. La percepción que tiene la mayoría de la gente de lo que debería ser un escritor puede que esté prejuiciada. Un tipo que es profesor universitario, que viste con corrección, habla de los más variados temas, usa gafas y nunca levanta la voz quizá sea el non plus ultra de las almas recatadas. Pero tampoco creo que todos encajemos en ese molde. Porque no hemos crecido en las mismas circunstancias. Se dice que la literatura se nutre del infortunio, que los escritores son buitres cazando la carroña y que la mejor ficción es aquella que se ha vivido. Nadie le puede negar el valor de verdad a Vargas Llosa y su exposición de la crudeza con la que se tratan los cadetes en el Leoncio Prado. O un André Malraux en prisión por andar robándose tesoros en el oriente. Ni que decir de los famosos rounds de boxeo del escritor de asuntos viriles por excelencia, Hemingway. En sus memorias, París era una fi esta, memorias de sus vivencias en el París de los años 20, el autor norteamericano hablaría de la imposibilidad de enseñarle a Ezra Pound a tirar el gancho izquierdo, o de guardar la derecha. Un caso imposible. Y eso descalifi caría al pobre poeta a los ojos del grandote. Cortázar narraría con maestría las desventuras de un boxeador en Torito, un peleador en declive. Hay quienes de entre los escritores les hubiese gustado dedicarse a alguna de estas actividades que en realidad no están tan lejos de nuestra realidad. Yo mucho tiempo soñé con ser boxeador o luchador. Uno de mis primeros intentos de escribir una historia fue sobre un luchador con cara de caballo y un caminado característico que es reconocido por dos niños saliendo de la arena sin máscara. O Norman Mailer que se convertiría en una especie de cronista de las peleas de Alí. Publica en la revista Life un artículo titulado el rey de la colina y describe con cierto placer los pormenores: “Para pelear, Alí se puso calzones de terciopelo rojo, y Frazier los llevaba verdes. Antes de que comenzara el combate, antes incluso de que el árbitro los convocara en el centro del cuadrilátero para impartirles las instrucciones, Alí recorrió bailando el perímetro y como deslizándose pasó ante Frazier, a quien dirigió una sonrisa de chiquillo, como diciéndole: Chico, vamos a jugar, y me parece que será divertido” Salvador Novo descubriría la pasión por el box en una invitación hecha por unos amigos. Aunque a él le parecía un fastidio este asunto de ver a dos hombres tundiéndose, encontró en el box el más grande de los espectáculos descubiertos. Escribiría después un ensayo llamado Algunas sugestiones sobre el boxeo donde diría que, “Todos nuestros músculos siguen el dinamismo de los contrincantes, nos sentimos capaces de aconsejarlos, de competir con ellos, y, ebrios de fuerza, retar al vencedor”. El box sería también un elemento de discordia entre dos escritores consagrados que terminaron teniéndose mala leche. En historia de un combate literario, (Letras Libres Octubre del 2003) Guillermo Niño de Guzmán relataría con pelos y señales los desencuentros de Hemingway y F.Scott Fitzgerald, donde el primero le tundiría hasta en sus novelas, gozando en humillarlo, lo cual tendría una explicación dada la competitividad del escritor de París era una fi esta: “Hemingway. Afi cionado al boxeo, acostumbraba practicar este deporte con sus colegas. Uno de sus contrincantes habituales era el escritor canadiense Morley Callaghan, a quien había conocido cuando trabajaba en Toronto. Ernest invitó a Scott al gimnasio para que controlara el tiempo, pero éste se olvidó de señalar el final de una vuelta y dejó que continuara la pelea más allá de los tres minutos estipulados. Su distracción permitió que, durante la prórroga “ilegal”, el diestro Callaghan lograra encajarle a su contendiente un fuerte golpe en la mandíbula que lo derribó con estrépito. El imbatible Hemingway montó en cólera y culpó a Scott de haber actuado con mala fe. Las cosas no terminaron allí. El chisme de la “derrota” de Hemingway circuló en los ambientes de expatriados norteamericanos de París y llegó hasta Estados Unidos”.

http://www.letraslibres.com/revista/convivio/historia-de-un-combate-literario

Imagino que todos los escritores por fuerza tendremos ese lado oscuro, los feudos con otros escritores como el de Vargas Llosa y García Márquez puñetazo noqueador incluido y del cual se han escrito innumerables teorías. O no necesariamente con otros escritores. Mi mujer me dice que tarde que temprano aparecerá quien me rompa el hocico (palabras mías) mientras me pregunto por mi suerte en las peleas. Los escritores no son necesariamente hermanas de la caridad. Bukowski pelearía con el público en sus presentaciones, mientras más borracho, más pendenciero. Y quizá este aspecto, sobre el que ya se ha escrito bastante, mucho tenga que ver con la prosa. Habrá escritores que tengan un estilo altamente sofi sticado (que quizá los proyecte de manera involuntaria por el tipo de temas que tratan) mientras otros se contentarán con contar una historia de manera plana. Los escritores del realismo sucio hacen de este juego verbal (reducido a su mínima expresión) el material de sus relatos, donde ni una palabra sobra, mientras los escritores más académicos disfrutan explorando las profundidades del lenguaje. El ser pendenciero y ser escritor sin duda mejora el sex appeal, un tipo que se gana la vida haciendo algo totalmente opuesto al ofi cio de escribir le puede ayudar a conquistar los favores de las féminas, una especie de rudo y cursi reloaded. Y por supuesto que la némesis de Hemingway sería Borges, un tipo recatado y dueño de una prosa sublime, sin contaminar por las veleidades de la testosterona. Aunque muchos de sus relatos hablaran de pleitos compadritos y puñales cuyo destino es matar. Y esta es la cuestión principal. La fuerza de una narración radica en su capacidad de hacernos creer que lo que nos está contando representa la realidad. Un escritor puede llegar a ser un gran afi cionado al box o las luchas, pero nunca se comparará a la mandíbula entumida por un buen madrazo, o la sangre seca que se le pega al forro de la almohada (que te tienes que quitar con agua caliente) después de una buena borrachera. Lo curioso del caso es que nosotros los mexicanos, (tan dados a exagerar nuestras proezas pugilísticas y sexuales), no tengamos una narrativa donde este tipo de lenguaje y personajes sea usado. La mayoría de los ejemplos usados provienen de los escritores norteamericanos aunque haya una tradición (no muy extensa en México) de historias que tienen que ver con el pugilismo. Ricardo Garibay y su historia sobre el Púas Olivares, escrita ya hace 35 años, o el Rayo Macoy de Rafael Ramírez Heredia por allá del 84. La nueva narrativa está enfocada en personajes cosmopolitas o norteños. Aun en su marginalidad, la nueva narrativa se pasa por alto el tipo del macho sin sentido endémica de nuestro México, y que pueda ser utilizado fuera del círculo de la violencia por las drogas. Quizá el punto más alto en este tipo de narrativa lo haya alcanzado Jack London y su Por un bistec, publicado en 1909. Un boxeador cuyos mejores años han pasado, decide una última pelea basado en la necesidad de comerse un buen fi lete. Da una gran exhibición y es noqueado en el último round. Termina sentado y llorando. La historia de un hombre, la historia de todos los hombres. Literatura y violencia, caminan de la mano pero esta misma violencia se transforma. Grandes corrientes literarias surgieron de las guerras. Algunos críticos dirán que esta falta de tragedia vuelve los textos asépticos. Que viene a ser igual que lo escrito con anterioridad. Un escritor llega a ser grande porque sus capacidades narrativas le inyectan sufi ciente realidad a lo escrito, o un escritor llega a ser lo sufi ciente grande por su capacidad de expresar sus experiencias con fi delidad en el papel. Que de allí viene el juego literario. 

En estos tiempos, una personalidad confl ictiva llega a convertirse en un vehículo de promoción. Los escritores se han convertido en una mezcla de promotores, predicadores y fi guras mediáticas cuyas personalidades están por encima del valor de su obra. Que viene a ser también una consecuencia más de la sociedad del espectáculo. La trivialización de los contenidos literarios. Habríamos de preguntarnos donde está el justo medio. O quizá haga falta que los escritores se conviertan de repente en protagonistas como los de las telenovelas para que una sociedad altamente mediatizada voltee a verlos. Aparte la fi gura del escritor comprometido se ha difuminado. El nuevo profeta del neoliberalismo y ganador del premio nobel, a pesar de haberlos admirado hoy los excomulga. Y aquellos que crecimos admirando sus obras hoy nos quedamos sin referentes. Hoy casi todos los escritores son niños bien. 

Visto 68 veces Modificado por última vez en Jueves, 03 Agosto 2017 00:44
Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

escritor

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