Viernes, 21 Julio 2017 01:40

El palacio negro de los malditos / José Miguel Lecumberri /

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El palacio negro de los malditos

José Miguel Lecumberri

 

 

El poeta sería un tránsfuga odioso de la realidad

si en su huida no llevase consigo su desdicha

. Al contrario del místico o el sabio, no sabría escapar

a sí mismo ni evadirse del centro de su propia obsesión:

incluso sus éxtasis son incurables, y signos

premonitorios de desastres. Inepto para salvarse,

para él todo es posible, salvo su vida...

Emil Michel Cioran

 

 

E n el año de 1888 conoció la luz la edición completa y final de Les Poètes Maudits, su autor, el también poeta y maldito Paul Verlain, quien habría sido el coautor de la visionaria degradación y desarreglo sistemático de los sentidos en desmesura, del afamadísimo enfant terrible, Jean Arthur Rimbaud, quien escribiera con tono de anatema: “Una noche senté a la belleza sobre mis rodillas —Y la encontré amarga—. Y la injurié…”

¿Qué significa ser un poeta maldito? En principio, eminentemente, ser uno de los seis poetas contenidos en el famoso libro de Verlain, pero, más profunda, esencialmente, ser un maldito, como hoy se dice de casi cualquier oficio, profesión, vicio o fornicio es: “un estilo de vida”, tal vez, yendo más allá podríamos decir que es una forma de ejercer el infausto oficio de “… prostituir mi muerte y hacer de mi cadáver el último poema”, como escribiera Leopoldo María Panero.

Al pasar los años, tras la publicación de Les Poètes Maudits, tras la arremetida y desaparición de las vanguardias literarias del siglo XX y aún tras la disolución de las ideologías poéticas de colectivo y perdurando en el fenómeno del actual y “posmoderno” imperio de los poetas antigregarios, se sigue hablando de malditismo y de poetas malditos, de lánguidos entes que casi míticamente vagan como extrañas botellas con ocultos mensajes surcando anónimamente las salvajes y oscuras olas de los mares del silencio y el hastío. Más allá de lo insulso y habitualmente snobb que resulta el hecho de plantearnos si en el México de hoy existen poetas malditos, tal cual el protocolo editorial e incluso el académico, los concibe, a manera de receta para adulterar venenos, es innegable que el adjetivo de “maldito” ha sido, desde el siglo XIX una especie de mención honorífica a la vez que un derrotero publicitario sobre el trabajo de ciertos poetas. Sin embargo, para hablar formalmente de un malditismo en el México contemporáneo, debemos por fuerza referirnos a los arquetipos de poeta maldito, no sólo a los antologados por Verlaine en sus obra referente, sino más bien a aquellos que así fueron considerados por sus lectores en todo el mundo, tanto por su oficio como por su vida, entre los cuales podemos destacar a los siguientes nombres (los más obvios, por estrategia didáctica) entre muchos otros de diferentes épocas: Edgar Allan Poe, Isidore Ducasse (Comte de Lautréamont), Charles Baudelaire, Antonin Artaud, Emily Dickinson, Mário SáCarneiro, Paul Celan, Leopoldo María Panero, Jorge Cuesta y, obviamente, muchos otros cuyos nombres no alcanzaría a enumerar en el limitado espacio de este ensayo. ¿Qué nos dice la vida y obra de estos considerados “malditos” poetas? Tal vez, a fin de facilitarle las cosas al potencial lector de estas páginas, he de ofrecer un modesto pero claro, y objetivo concepto de lo que entiendo (conceptual, cunado no vievencialemnte) por “poeta maldito”, dado que es bastante cierto, que dicho término se ha venido utilizando de forma indiscriminada y, en la mayor parte de los casos, en forma por demás inapropiada también, especialmente por los académicos literatos y sociólogos. El poeta maldito, por convicción, vive al margen de la sociedad y de los movimientos culturales y literarios de su tiempo, en un constante y salvaje proceso autodestructivo que, en mayor o menor medida, utiliza para escandalizar, quebrantar, criticar y destruir los valores y convenciones socialmente aceptados en un momento y lugar determinado. Su obra generalmente versa sobre temas oscuros y contraculturales, reniega de la fama literaria, los absurdos premios y loores académicos le repugnan y, festiva, elegantemente los cambia por el abuso del alcohol, las drogas, el sexo con prostitutas, la locura, la vagancia (pues el trabajo es cosa de asco, cualquier ocupación es deleznable, “los profesionistas están hechos para el látigo” Baudelaire), por otro lado, y por absurdo que pudiera parecer, el poeta maldito reniega del vacío, no se acomoda en esa suculenta matriz invertida que da cabida a filósofos, científicos y pensadores de las más variadas clases; por el contrario, el poeta maldito denuncia la idolatría en todas sus formas. Está comprometido por igual, con toda intensidad y, en sentido trágico, tanto con la vida como con la muerte y las dos las traiciona y usa a su antojo, pues su lealtad es sólo para sí mismo y para su obra. No se toman la nada ni su náusea en serio, por ello no suelen ser suicidas, sino que arrebatan la muerte de las manos mismas del Destino. Lo más importante de todo, el poeta maldito siempre va contra las formas estéticas oficialmente aceptadas, aún siendo un cultivado. Pienso, derivado de lo anterior, que es importante no hacer un uso indiscriminado del apelativo de “poeta maldito”, ya que toda la poesía, en mayor o menor medida, aspira a la subversión, como dijera Bachelard “el poeta habla en los umbrales del ser” y no toda la poesía debe de ser estigmatizada por un supuesto malditismo que es, a fin de cuentas un adjetivo editorial, mercadotécnico y, por tanto, arbitrario. Por ello, en mi juicio no existen poetas que no sean malditos de una u otra forma., si bien con una aureola de presunta gloria inmortal, pues la poesía responde a una enorme multiplicidad de fenómenos humanos e, incluso, naturales, el malditismo es sólo un aspecto ajeno al ejercicio de la labor poética y, a decir verdad, no sólo los llamados poetas malditos están malditos, como escribiera Bataille en su agudo ensayo La Literatura y el Mal:

Pero la fusión del sujeto y el objeto, del hombre y el mundo

no puede ser fingida: podemos no intentarlo, pero la comedia

no sería justificable. Ahora bien, al parecer, ¡es imposible!

Imposibilidad que Sartre representa con razón, al decir que la

indigencia del poeta está en el deseo insensato de unir

objetivamente el ser y la existencia. Ya lo he dicho más arriba,

este deseo, según Sartre, es o bien el de Baudelaire individualmente

considerado, o el de “todo poeta”, pero de todas

formas la síntesis de lo inmutable y lo perecedero,

del ser y de la existencia, del objeto y el sujeto, que la poesía busca,

la define sin escapatoria, la limita, la convierte en el reino

de lo imposible, de la insaciabilidad.

 

Por otra parte, hay que considerar que la esencia del poeta, cuando no de la poesía, es la mentira: “Los poetas mienten demasiado”, denuncia Zaratustra, que también es un poeta, y Pessoa lo reconoce bellamente poetizando:

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que hasta finge que es dolor

El dolor que de veras siente

 

Ahora bien, en el caso de la poesía mexicana existe, evidentemente, una serie de particularidades que deben de ser tomadas en cuenta para analizar siquiera si este fenómeno literario que llamamos “poetas malditos” encuentran su hábitat también en nuestras tierras. Como todo hombre positivista, científico, metódico y pragmático, fiel al ideal de Razón que funge como paradigma en nuestra sociedad llamada “posmoderna”, recurriré irremediablemente a la herramental historicista para debatir el punto del malditismo en nuestro país, pese a que no conciba del todo como adecuada para esta labor, la tarea de recurrir a publicaciones oficiales [ya sea en editoriales de las camarillas de poder cultural, como en editoriales independientes], catálogos de editoriales, bases de datos de sociedades de gestión cultural o asociaciones de escritores, pienso que, siendo fiel a lo expuesto en las primeras páginas de este ensayo resultará difícil encontrar a un maldito entre tanto glamour poético y editorial, sin embargo, el deber me compele. Para justificar un poco la argumentación vertida en el párrafo anterior, he de decir en mi favor que tengo muy claro que todos los grupos literarios operan más o menos de la misma forma, sean oficiales/ controlados o marginales/independientes, todos establecen ciertos criterios, muchas veces carentes de toda elocuencia ya no literaria sino ética y política, y logran hacer a un lado la labor de la creación y la difusión de obras de calidad, para hacerse de poderosos amigos que, en el caso de los marginados puedan ayudarlos a lograr ser lo que más detestan: oficiales y, en el caso de estos últimos, se apegan al canon cumplen las labores de perros pastores en esta posmoderna, civilizada y antropocéntrica sociedad, que sigue siendo un rebaño de borregos. Aclarado el punto, es posible movernos entre los anegados y fangosos manglares de la historia literaria de México a efecto de encontrar aquello que, parafraseando a José Carlos Becerra podrían ser “las lámparas de sombras que guíen nuestros pasos entre tanta luz”. Definitivamente ser un maldito no se trata de las cantidades de alcohol o psicotrópicos que circulan por el torrente sanguíneo de un determinado bardo, no es tampoco su indigencia, su locura ni mucho menos su pose de estrella marchita, ni de hijo de las sombrías tinieblas, pues hijo del diablo (sin hacer el ridículo) sólo Poe, aunque las revistas, la industria cinematográfica norteamericana, el snobismo undergound de la “escena oscura” en su idiotizada imitación de los hombres del subsuelo, que piensas que las desgarradoramente cursis letras de las canciones de sus bandas “satánicas” repletas de lugares comunes ad nauseam son poemas, ni mucho menos las pseudoacademicas guacamayas de los cafés literarios de las colonias alternativas del Distrito Federal. Tampoco se trata de los neopracticantes de las Scènes de la Vie de Bohème, tristemente, no sabemos que hace a un maldito, hasta que lo presenciamos, lo experimentas y “sentimos en nuestras venas el fluir de sus lágrimas”, parafraseando a Cioran. La sociedad mexicana es evidentemente tradicional y, en su mayoría, conservadora, los presuntos liberales mexicanos que, generosamente podríamos llamar: idealistas, se cuentan con los de dos de la mano, y hay otros cuyas intenciones son siempre macabras y por demás egocéntricas. En este contexto hemos de urdir la mentira fatal del malditismo mexicano, como el dedo que se deja ir al fondo de la yaga sin reparo alguno. La historia oficial de la literatura nos dice que entre los contemporáneos hubieron malditos: Cuesta y Owen; también nos habla de un supuesto heredero/ plagiario de Baudelaire, de cuyo nombre el recato no me permite acordarme y, finalmente nos habla de una figura peculiar, apenas discernible en el opaco devenir de los estudios literarios: Mario Santiago Papasquiaro. En 1953 nace en la Ciudad de México José Alfredo Zendejas Pineda, quién posteriormente cambiará su nombre por el de Mario Santiago Papasquiaro después de afirmar que: “José Alfredo sólo hay uno” (a saber, el cantante y compositor de música folclórica mexicana: José Alfredo Jiménez). De Mario Santiago se puede decir que era un poeta profundamente politizado y, por tanto, no sólo interesado sino también inmerso en el quehacer de la sociedad y sus normas. Para ser un maldito a Mario Santiago le sobraba el interés político y le faltaba apatía y desdén por los problemas de la humanidad, le faltaba la exquisita soberbia del maldito:

 

Me he enfrentado con “(José Emilio) Pacheco, con (Carlos) Monsiváis,

a todos los conozco. Nadie me quiere dar trabajo (...) Sergio Mondragón

me ha negado trabajo porque soy infrarrealista. Dicen que yo saboteo recitales.

Dicen que los infrarrealistas golpeamos a la gente. Y los imbéciles alegan

que yo no sé escribir. Puta madre. Yo soy l’ecrivain. Pero eso no importa.MSP

 

No acepta pues, como muchos otros grandes poetas, la vocación maldita y se toma su oficio y la vida demasiado en serio, le importan lo suficiente como para cargar con un estandarte y con ideales, revoluciones, hablar en nombre de otros, ejercer la lucha política, construir proyectos ideológicos y doctrinas, lleva en sí y en su obra el fardo del sentido. Le interesa denunciar las asquerosas corruptelas de las camarillas del poder académico y cultural de México, las mafias Conaculta, Fonca, Vuelta, Sogem, y todos los nombres y antifaces de los Señores de las Falsificaciones, como los llamara un verdadero maldito “de cuyo nombre no quiero acordarme”. Mario Santiago no es un maldito sino un contestatario. Sin embargo, en la poesía de Mario Santiago se leen pasajes de una fina, lóbrega hechura que bien valen la pena conocerse a profundidad y citarse:

 

No cierro los ojos

aunque Luzbel me ordene

enterrar mi alma en el horno volátil

de 1 camisa de fuerza

Como quien ya sembrado exuda

delirios

serpentinea grietas

arrojando al

precipicio la mirada & la

cadencia

Hijo a retazos de la bruma

Heredero de la fórmula alquímica

tripas-corazón

Arrumbado chaneque hipnotizado

Aprieto las quijadas

me deshueso

Riego mi desmorone e

l chorro

hirviente de mi manguera rota

Hasta aquí, se empieza a dilucidar la dimensión de la verdadera dificultad que representa encontrar a los poetas malditos del México contemporáneo, ya que por un lado, los grupos oficiales de poder cultural los desprecian, los relegan y, por otro, los propios malditos no ambicionan en forma alguna el reconocimiento oficial, mas bien lo eluden, ya que para ellos el ejercicio literario es un anti-acto estético perecedero, una claudicación por el verbo una sarvakarmafalatyaga o, los síntomas de una purificada, terrible enfermedad del alma. Por ello, se mantienen ajenos al ambiente literario y gustan de pasar casi desapercibidos. Así como Lautréamont fue descubierto muchos años después de su muerte en situaciones afortunadamente fortuitas, la mayoría de los malditos se pierden para siempre en las nieblas del olvido, la Historia nunca les hará justicia, y eso a ellos les tiene sin cuidado. En México, al parece se institucionaliza todo, hasta lo contestatario encuentra ajuste y justificación oficial, de ahí que, si un autor desea a toda costa permanecer fiel a sí mismo y a su obra, no como un acto salvaje de convicción sino como un sagrado desengaños, correo el riesgo de ser absorbido, secuestrado para efectos ideológicos editado y auditado, sin el menor pudor. La siguiente pregunta sería, ¿es necesario un malditismo mexicano? Dicho de otra forma, ¿el malditismo reivindica en cierto grado el desastre literario mexicano? La respuesta es simple, un no rotundo y redondo. No hay salvadores ni salvación, como tampoco condena, es precisamente este espíritu posmoderno esta “era del vacío”, la que justifica cualquier atrocidad y a la vez delega las responsabilidades en nada. El maldito, desde los tiempos de los simbolistas franceses ha cumplido, contrario a lo que se piensa una agenda social y política importante, aún cuando sus intereses y sus motivos sean eminentemente estéticos. Definitivamente, los poetas en general y menos aún aquellos que editorialmente se ha tachados de malditos, son en modo alguno “golosinas culturales” para estómagos snobb, sino más bien píldoras de sangre o rubíes envenenados que conscientemente se eligen para despertar a realidades trascendidas, inconexas, llaves de mundos misteriosos y oscuros, de infiernos verdaderos e íntimos; de ahí, que el medio editorial mexicano suela condenar a los más oscuros malditos y ensalzar aquellos que han asumido una composición más convencional, por no decir comercial, más ideológica y menos emocional. Gaston Bachelard escribe lo siguiente: “La imagen literaria debe ser ingenua. Tiene, de este modo, la gloria de ser efímera, psicológicamente efímera. Renueva el lenguaje embelleciéndolo.” Esto sale a colación, debido a que recientemente las facciones oficiales del mundo editorial libran batallas ideológicas, cunado no estéticas, lo que han sumergido a la poesía mexicana en una especie de lóbrego iluminismo, de Pararrayos Cobarde, como el título de uno de los poemarios de José Francisco Zapata, editor de la revista Deriva, de aparición muy esporádica, por cuestiones de su alcoholismo. El título alude al Pararrayos Celeste de Rubén Darío, como una franca resistencia a la idealización posromántica del poeta, como resplandeciente heraldo del absoluto. En este contexto cobra vida la obra del poeta mexicano Ramón Martínez Ocaranza, quien de una u otra forma se vislumbra en estos días, como una lejana pero esperanzadora botella a la deriva en un oscuro mar de silencio, conteniendo un mensaje que puede ser, nos traiga cierta coherencia en el discurso estético sobre el supuesto malditismo mexicano. Por ejemplo, en su poemario Patología del Ser (México, 1981), Ocaranza canta y despotrica con sublimes tormentos, que se alejan del lugar común y se aposentan en sórdidas maravillas a las que nuestros oídos no se han acostumbrado. Con delicada, cadenciosa promiscuidad Ocaranza hilvana sus versos en un rictus de la desgarradura y nos transporta lo más telúrico del alma:

 

Mi soledad es sueño de amapola

sonámbula, con magia de piragua,

donde la muerta música del agua,

perpetuamente forma su corola.

 

Ocaranza se arroga la aciaga tarea del vidente, aquél que urde las entrañas del resplandor para extraer los sagrados núcleos de lo humano, lo decaído, la carne agobiada por la soledad cósmica:

Quemaremos la luz

con testimonios;

con sombras;

con palabras.

Cuando la vida rompe los versículos

del tiempo sin amor.

Cuando las luces

llegan acribilladas de caballos. Cuando el polvo

derriba las estelas

 

El poeta hace evidente su cultivado malditismo, lo cual es por demás extraño, en tanto que la mayor parte de los malditos no escriben como malditos, simplemente lo son, un Baudelaire, un Lautreamont, un Vallejo, incluso un Owen son casos clínicos, ejemplares que, junto con Ocaranza despliegan en su poética los metodos y no solo los resultados de sus descensos y estadías en el infierno, en cambio Rimbaud, Verlaine y Mallarmé son diestros exponenetes de un malditismo científico, acabado, sus poemas son joyas pulidas, no las salvajes aguas de océanos bajo la tempestad. Así la pluma de Ocaranza se mueve en una batalla ontológica y reclama para símismo el tesoro de la nada:

Yo no quiero cantar.

Yo solo quiero que mueran los alacranes

de la muerte.

[…]

Yo vine a predicar los escombros de las palabras

que murieron adentro de las palabras.

Yo vine a predicar la última transmigración d

e las palabras.

Y para que no haya duda, alerta con justa precisión:

En el último día yo quemaré la Ley de la ceniza.

Porque no vine al mundo a restaurar la Ley.

Vine a quemarla.

 

He ahí al poema con toda su experiencia en la carne, he ahí la verdad de los malditos, la traición de los malditos que Ocaranza deja implícita en un movimiento de la mente, que puede ser una malintepretación de la realidad histórica a la vez que una sutil clarividencia espiritual.

 

En un salto radical; entrando en el agua de los vivos, Sergio Mondragón, poeta mexicano nacido en 1935, expone en su poesía, entre otras cosas, la realidad política de los movimientos culturales y contraculturales que se gestan en México, merced de una cerrada y elitista camarilla de intelectuales que pretenden hacer unívoco el discurrir poético en el país. Mondragón erige una intrincada contra-crítica hacia los medios editoriales de su tiempo, reptando desde la resplandeciente oscuridad del anonimato, José Miguel Lecumberri 159

160 Hablemos de poesía declara que a través de la poesía es posible “asomarse a la grieta de oscuridad y silencio que yace entre las palabras: allí donde hallo una vía de escape, mi fuga para burlar al tiempo”, ese tiempo que la Historia ha convertido en una cárcel sólo visible para el bate, que a manera de denuncia transforma poema, como un Tiresias de saga clásica:

[…]

El poema

ambigua criatura gestada

más allá de las ávidas bocas

de la ardiente realidad

en la que todos actuamos desesperadamente

con los labios resecos.

Mondragón esculpe desde la desesperación, una realidad paralela al trágico devenir histórico de la poesía canónica, y escribe poemas para los apócrifos, pilares de una tierra imaginaria y fecunda que diverge de la estéril realidad que nos ofrecen las instituciones culturales:

échate a volar al conjuro de mis dedos,

poema, porque así lo quiero, porque así me obliga escribirlo,

porque aunque yo no quisiera escribo y me abandono a las olas del jazz,

del idioma de San Juan, al recuerdo de México, al crujir de los dientes,

al olor a huizache quemado:

no sé por qué, pero hace un momento

tú no estabas en esta habitación, poema, y ahora

reposas sobre la mesa vestido a cuadros blancos y negros,

en esa hoja que esperaba ser resucitada por mis dedos.

Finalmente Mondragón es un poeta contemplativo, natural, que canta a la belleza en su forma más llana y, cierto, exquisita:

Magueyes afilados apuntan al cielo caluroso

entre las piedras trabaja la cigarra

mi sombra se aleja y me abandona

golondrinas como preguntas se agolpan en mi boca

el sol se detiene avanzo

de pronto al voltear la vereda

surgen paisajes inesperados

es que uno se queda en silencio contemplando la araña

que hila su tiempo suspendida entre magueyes […]

En este punto vale la pena mencionar que en efecto existe un trasfondo de trabajo crítico y de reflexión no oficial sobre la obra de los poetas que menciono en esta breve disertación. Hay autores que no sólo entretejen versos con oficioso talento poético, sino que también amplían su labor en el análisis y estudio de la obra de sus contemporáneos, como ejemplo tenemos a Orlando Guillén, quien no sólo es un excelente poeta, sino que también ha realizado una importante y profunda labor de análisis poético junto a poetas del calibre de González Rojo. En su Versario Pirata, Guillén escribe con un tono satírico, burlón y, al mismo tiempo, genial y elocuente para describir la decadencia patente de los modelos ideológicos que tiñen la labor cultural, evidenciando a las decimonónicas mafias centralistas que José pretenden influenciar la forma en que se escribe, que pretenden limitar los tópicos y las voces sublevadas:

[…] Yo soy el polvo enamorado de las vírgenes

Y Luvi también soy

Yo soy Mario Santiago

Soy Roberto Bolaño

Yo soy Mara Por mi ser sólo ser recurre

Mi amor se parece al amor de los muertos

Hay lagartijas en mi amor

Estoy lleno de mí

Yo soy el hijo de Dios

Yo soy el hijo del hombre

Yo soy la sangre con la cual sueñan los cálices

Yo soy el fauno de mí

El extremo oriente de Dios

El centro delantero del espíritu

Yo soy Guillermo (aunque algunos me dicen Gueyermo) Shakespeare

Y estoy siempre representando ante la Reina

De los naipes del amanecer

Yo soy la iguana

El coyote El hijo del Quetzal

El padre de la muerte […]

En Guillén se confunde el misticismo libertario del idealista con una especie de cosmología profana del refugiado, que denota una ansiedad por rudimentos imposibles en que el poeta analiza la labor de su infausto oficio y se escupe a sí mismo la oscura sangre del verso, pues el poeta no es revolucionario, es la encarnación el espíritu subversivo, tal cual lo dice en uno de sus ensayos, sobre la fundación del infrarrealismo:

[…] La cosa no funcionó porque Roberto [Bolaño] no tenía por argumento

más que la sonoridad del vocablo; no había manifiesto ni actitudes vitales

o estéticas a compartir ni vínculos entre los supuestos convictos del movimiento

ni movimiento propiamente tal; y, vaya, ni siquiera punto de referencia o

publicación aglutinante, como se lo hice notar por mi respuesta. Fueron posteriores

los equívocos magistrales poéticos de Mario Santiago en México

(Roberto y Bruno se habían instalado en Cataluña desde 1976) los que reunieron bajo

su égida contestataria y decadente a una nueva camada de adolescentes “malditos” y

dieron cuerpo al infrarrealismo mexicano que aún vive, se agita y se conoce […]

Subversión que más adelante haría evidente con la publicación de su Estampida de los hipócritas, que carga la manifiesta extravagancia del también traductor de una generación importante de poetas catalanes.

*

Por otro lado tenemos al poeta Armando González Torres (Ciudad de México, 1964), nigromante que padece la hermosa desgracia de atesorar un jardín de flores negras, que entre sus cosechas nos trajo La Peste:

Las tardes de estos días el alma estorba

el alma es torva pues en las ciudades

sujetas a una férrea cuarentena

vagan torpes homúnculos erectos

unos sueñan al trasgo de la brisa

otros son víctimas de la modorra

languidecen sus grasosos semblantes

con el letargo de los animales.

A veces se compadece la sombra

se reaniman los rostros marchitados

las venas secas vuelven a imantarse

acude el lustre del deseo a los sexos

nuevos acontecimientos se añaden

a esa leyenda amarga y aleatoria.

El malditismo de González Torres, se lee refinado, ajeno a las plastas ideosincráticas que imperan en otros de su clase, sus poemas son estigmas profanados, como los Seda o Sacher-Masoch, camalones que lamen la pus del devenir en los pies de la Historia, a través de una sentencia ejemplar: “admito el desastre al que conduce la pasión impune por sus formas y agradezco que, para mis últimos días, me haya sido concedida la gracia de un vocabulario humilde, sencillo y vulnerable”. González Torres en consonancia con autores norteamericanos del siglo pasado como Burroughs o Cummings, concibe al lenguaje como una enfermedad deformante del sistema nervioso central que desde tiempos inmemoriales ha venido determinando la constitución neural del inconsciente colectivo, para resultar en la gran epidemia que llamamos civilización, a la que el poeta ataca con insomne sistematicidad:

Los desvelos y los amaneceres de la ira y la ebriedad

noches sordas, albas del desgano, el estrépito

y el rumor,

este presentimiento viscoso,

esta proterva duermevela

esta cavilación, este examen incesante

esta estéril inquisición en el presagio.

Si conquistado el sueño, viene el afán insomne,

si el cansancio

abruma, espeta el hastío del vientre

su discorde melodía

quién tuviera onzas de opio para la odiosa

lucidez del músculo

quién le diera dormidura a este sucio

seso enardecido.

*

De igual forma, me parece pertinente hablar de un poeta que ha construido la labor editorial como consigna de oposición franca y diligente, pero siempre subversiva, haciendo de su editorial un umbral al submundo de la cultura “oficialmente” ignorada: los marginales que casi anónimamente luchan y han luchado siempre por la causa de la poesía en sí y no del prestigio mediático ni el soso e hipócrita aplauso academicista, cosa que es bastante difícil y cuestionable. En el caso de Andrés Cisneros de la Cruz se evidencia un ejercicio a toda prueba, y rematando esto, un trabajo poético de gran calidad que se manifiesas congruente como parvada de aves nocturnas sobre el luminoso cielo de la falsa esperanza progresista. En su libro Vitrina de últimas cenas, Cisneros da muestras de una cosmovisión sacrílega e iconoclasta que bien puede catalogarse como “violencia por la palabra”, a la usanza de los antiguos guerreros del Japón que conjugan la tinta con la sangre, tal cual lo atestiguan los siguientes fragmentos del poema La gran cena de los poetas, y que me parece oportuno incluir:

Postre

Abejas negras zumban en los focos

                      el color verde oscuro

con desgarraduras amarillas

             envuelve el rojo que se derramó

en el centro de la mesa

Hermosas lámparas de seda

                                 con bordados de piel de mono

                                                    cuelgan de cornisas

La luz más clara que esplendente

Y sobre unos cojines en la esquina del cuarto

                                     una enorme y espantosa bestia dormida

                                que nadie despierta

El bailarín, como él mismo se dice: o el “poeta egoísta” —“

                                                               también pueden llamarme así”, dice—

mueve las patas sobre la mesa

sin esquivar bien las botellas

se tropieza

                                y cae sobre el poeta azul

que nos habla de su hermosa poesía del yo partidario

Los cuadros de las difamaciones cuelgan

                                   de las paredes, las torturas exquisitas

                                           de los papas sobre las doncellas

Los patriarcas que le acarician las mejillas a las niñas,

                         señores del indulto, estatuillas encadenadas

al coraje mentido

[...] Los practicantes que hablan de lo que no practican

                      —seres no distinguibles los unos de los otros—

se miran entre sí

                                       y se preguntan, “qué clase de comida

es la que hoy sirvieron

                                   que ha todos nos ha revuelto el estómago” “

                             qué clase de comida”, grita ya alguno

“quién fue el cocinero para despedirlo”, musita otro

                         “que nos den la cara”, pide

                                 uno que se muerde la mano

                                                                            para tolerar el dolor ulcerante

[…] Los sirvientes

                                       regresan a la mesa el platillo

                              y los poetas empujándose entre sí

                                                           se asoman entre los hombros

                   o cara contra cara, seno contra seno, —cachetes

                                                                            rozando barba contra barba—

                   para ver de la cena los restos

Se infla un enorme globo de silencio

                                                                                      y estalla

Manchados de saliva lo único que logran ver —todos juntos— los poetas,

limpiándose los ojos, incrédulos,

es su propio cuerpo —cada uno faltante de las piezas que masticaron—

tendido sobre la plancha

                                      adornado con los aderezos de la muerte

su cadáver, lúcido, aunque algunos

lo viesen lánguido. Discretos —como son los mejores poetas—

                                     disimulando lo que acaban de ver,

se quitan la mirada unos de otros para

no tener que soportar la vergüenza del escarnio.

Y bañados con saliva de silencio

                                                nauseabundos de poesía

condecorados con el símbolo del triunfo,

                                                        dignos, orgullosos del poder que les confiere

                              la fluidez de sus manos,

                                           se retiran con las vísceras mordidas.

Poema con una trepidante alusión al milenario símbolo que los griegos conocían como uróboros: la serpiente que se devora a sí misma, la vida que se alimenta de la muerte para dar más vida. Es el tedio que provoca esta naturaleza cíclica lo que a decir de Cisneros de la Cruz, nos maldice; el perpetuo inacabamiento que forzosamente termina en ruina-banquete, y en el cual el poeta, puede reconocerse, si es que no da la espalda a su naturaleza tranformativa. El esteticismo agresivo y sin cuartel mostrado por el poeta, se despliega en falanges que irradian lo más neural de las ideologías poéticas tendenciosas (de espaldas a su cadáver) y prefabricadas del puritanismo editorial, igualándolo a una especie de “tenebroso ascetismo imaginario” que gira en torno a la parodia infernal que constituye la gran ciudad de México, leviatán domado, “la ingenuidad de Nietzsche —alega Cioran— viene precisamente de su aislamiento, de que nunca conoció al hombre verdaderamente, le hubiera hecho falta vivir en una gran ciudad…”; Cisneros de la Cruz, por el contrario, no sólo vive, sino que habita la ciudad, y denuncia el hacinamiento, la escasez de recursos y contacto con la naturaleza, la exacerbación cosmopolita de una decadencia irremediable, que resplandece de artificialidad en poetas de ocasión, títeres del status quo. En este mundo de obscenos banquetes interminables el poeta somete al apetito, y pone al poeta ante la prueba de comer su propio poema:

La poesía es veneno y antídoto para el hombre

pero ellos permanecen en pie porque son simples

bustos de un tiempo muerto

Que caiga sobre ellos todo el pasado del mundo

*

A manera de epílogo y post scriptum, queda decir que no es óbice de la labor editorial, la tan marcada y partidaria manía de segregación que, como fenómeno social, impacta directamente el trabajo de editoriales consideradas al margen de los gustos y las necesidades estéticas del país. Sirva el presente texto a manera de esbozo y denuncia de una realidad, una convención sin criterio ni directriz, que planea llevar al naufragio a poetas de la más alta factura y proposición, por la simple y oscura motivación del estrato socio-económico en que surgen y gestan su actividad poética, o bien, el público o subcultura hacia la que van dirigidos los poemas. Hoy en día, el malditismo ha dejado de ser un adjetivo de cierto tipo de temática en la poesía y se ha convertido en un estigma, un predicado de lo supuestamente grotesco, de lo sobrado y una forma en que la superestructura denigra y menosprecia, una herramienta léxica que degeneró en utensilio para la cultura oficial y una forma de ridiculizar los trabajos y el oficio de los poetas que no se han vendido al mejor postor, que no se embaucaron a sí mismos con idearios vacuos y burocracia mal retribuida. A diferencia de la poesía maldita europea que es, fundamentalmente, de cepa burguesa e inclusive aristocrática, en México al decir “malditismo” hablamos necesariamente de algo diferente, innominado aún, pues no se trata de una determinada postura esteticista que busca la trascendencia por virtud de la decadencia, el libertinaje, ni el modus operandi de lo que hoy conocemos como junior o yuppie intelectual, sino más bien de “promiscuas soledades” parafraseando a Paz (y nótese la ironía) que interactúan en submundos de forma heterogénea y, por demás aleatoria. Poetas que mayormente, sin quererlo, son categorizados ya por ignorancia o por mote como: “malditos”, tanto por los medios de difusión cultural como incluso, por ellos mismos, y que toman con cierto desenfado el oficio que ejercen de las letras supuestamente hermosas, deviniendo del hecho de que dichos poetas otorgan mayor importancia a sus búsquedas personales, íntimas, que a la posición social o política que les pudiese brindar el lucir un determinado paradigma o una cierta retórica, prefiriendo versificar sobre la alienación, el desengaño o “la inmundicia de ser menos que un número”, como logaritmos en una serie de fórmulas caducas y sin relevancia para el gran holograma cultural mexicano, destellos apenas de una mortecina conciencia que encuentran entre los pétalos de la oscura flor del verso, su infranqueable y negro palacio de composición.

 

Visto 89 veces Modificado por última vez en Jueves, 03 Agosto 2017 01:02
José Miguel Lecumberri

José Miguel Lecumberri. (Ciudad de México, 1981). Como escritor ejerce la poesía, el ensayo y la narrativa. Varias de sus obras se encuentran publicadas, teanto en medios impresos como electrónicos en México, España, Canadá y Perú. De igual 
 331 forma ha publicado poemas y ensayos para las siguientes revistas: Versodestierro, La Otra, Opción (ITAM), Kala, Revista Cartucho, entre otras. Como músico ha participado en diversos proyectos y ensambles sonoros, entre los que destacan: Malajim, Hybris-Muette, The Montauk Project y actualmente trabaja en un proyecto solitario llamado Mike Solo.

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