Viernes, 21 Julio 2017 23:15

MARIO SANTIAGO: UN ZAPATISTA DISFRAZADO DE PACHUCO / Tulio Mora /

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MARIO SANTIAGO:

UN ZAPATISTA DISFRAZADO DE PACHUCO

Tulio Mora

 

 

 

Tengo a la mano dos entrevistas de Mario Santiago Papasquiaro (México, 1953-1998) que me envió su esposa Rebeca López García. Las dos corresponden a las fechas en que Mario publicó los dos únicos libros que dejó antes de morir: Beso eterno (1995) y Aullido de cisne (1996). En las dos hace referencia a la poesía peruana y específicamente a Hora Zero o a varios de sus integrantes. Cuando menciona a Hora Zero expresa “es el movimiento más radical de la poesía latinoamericana” del siglo XX y muy en su estilo lo define como “la reata (el lazo) que me soltó del muelle”. Se declara también “un poeta peruano nacido en México” y cuenta que Elías Durand, uno de los miembros de HZ, le enseñó a apreciar la música de Miles Davis mientras recorrían París una y otra vez, quizá en una inútil búsqueda de las huellas de los toscos zapatos de Rimbaud o más certeramente porque no había otra forma de olvidar el hambre que caminando un sendero que en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, había empezado en 1973 en México y proseguido por Francia, España, Israel y Austria. Uno de los personajes de esa novela, Ulises Lima, es Mario Santiago. Lima por el gordo Lezama y por la ciudad donde nació HZ. Descubrir la trompeta de Miles Davis ya es algo que nos vincula a una voluntad detectivesca, pero lo es sobre todo para quienes además son fugitivos, como de hecho lo eran Mario y Elías en aquel París de fines de los años 70, expropiadores de casetes en las grandes cadenas de supermercados y de lo que necesitaran, sudacas al fin, tercermundistas sin mucha vergüenza. Mario cuenta en una de esas entrevistas que regresó a su país con 40 kilos y hambriento, pero nos advierte que estaba más saludable que nunca. No nos dice en cambio qué casetes memorables además de los de Davis pasaron por sus bolsillos o mochila o maleta de vagabundo y qué lo desilusionó del endemoniado París, ciudad que recorrió a pie íntegramente seis veces, según me contó en una oportunidad.

Cuando yo era pequeño mis abuelos solían decir a los callejeros “pata de perro” y no casualmente el título de un libro de poesía de Bolaño es “Los perros románticos”, cuyo primer poema recrea un viaje imaginario con Mario hacia la frontera con EEUU en una motocicleta robada. Recuerdo que mis abuelos también calificaban a los más avezados de “mataperros”, pero esta última versión implica una innecesaria vileza. En cualquier caso ya estamos entrando en la entraña de los símbolos que se repiten, cordones umbilicales invisibles, hilos de pescar que cuelgan de la noche moviendo estrellas, remordimientos, asesinatos del tiempo. Un perro es siempre un callejero aunque en París los perros van a salones de perfumería conducidos por sudacas como Mario y Elías, y mientras ellos roban casetes de Miles Davis los animales se cagan con la más absoluta concha en todas las calles. No hablo de ellos sino de perros latinoamericanos pegados a la geografía del asfalto cuarteado, versiones extremas y enternecedoras de un caminar desesperado e incandescente. Es una forma de decir que la repetición en algún momento o espejo se convierte en una desfiguración atroz. Cierto es que todas las ciudades expelen a sus disociadores erráticos, desde Sócrates (el padre de las digresiones de trayección que llamó peripatéticas) hasta Ginsberg y Kerouac. Homero vagaba por las urbes del Peloponeso, y eso que era ciego, cantando el deseo del desubicado Ulises de montarse a Helena y no al caballo de Troya; en cambio Dante dibujó un extravío demasiado simétrico que luego ha pasado a ser el mapa astral de los castigos y recompensas del amor; Tu-Fu y Li-Po eran peregrinos ilustrados, pero bebían como camioneros sin familia, y un temprano escritor peruano, Huamán Poma de Ayala, según su exagerado testimonio, se pasó 40 años dando vueltas alrededor de no más de 600 kilómetros a la redonda de algunas provincias del Perú, escribiendo un tratado de los rigores de la conquista española que ni siquiera llegó a su destino (el rey de España), sino que se perdió tres siglos y medio en una biblioteca de Dinamarca. Su libro viajó más lejos que él. Esto quiere decir que en toda civilización hay ciudades como Sodoma o el DF o Lima o Buenos Aires o Calcuta, que alguien construye para extender físicamente su jerarquía abusiva pero que otro —el poeta— escarnece fatigándola hasta encontrar la miseria que le da existencia. “Pata de perro” y “perro romántico” no coinciden por el animal, sino por el sentido del vagabundaje místico. El “detective salvaje” Pocho Ríos — imaginado por Bolaño, pero reconocido en Lima por el narrador venezolano Emilcen Rivero—, que me cedió su cuarto parisino donde hospedé a Mario Santiago, en 1977 (de donde él expropió el libro “Un par de vueltas por la realidad” que Juan Ramírez le había obsequiado al dueño del cuarto); ese mismo Pocho decía, dice cada vez que está muy borracho: “no soy más que un perro”; pero no lo dice porque lo asalta un súbito impulso suicida, sino porque quiere anunciar a todo pulmón que se siente leal a la noche, a la calle y a sus sonámbulos. En la versión perruna de Mario Santiago, esa lealtad tiene una amplitud espacial consignada en Los detectives…. Recomiendo releer la novela excluyendo a los personajes; lo que queda es la reconstrucción de un itinerario absurdo, el penoso tránsito de una iniciación irredimible, la persecución de la nada, lo que por otra parte es la poesía. En Easy rider los motociclistas contradicen a Constantino Cavafis porque no se viaja por el placer de viajar, se viaja por huir y ellos marchan a una muerte segura. Eso lo sabían muy bien Joseph Conrad en Lord Jim y Celine en El viaje al corazón de la noche. En cuanto al cuarto de París de Pocho Ríos, a quien siempre hemos identificado con el abogado que en Easy Rider personifica Jack Nicholson, fue allí donde sellé mi amistad con Mario Santiago. Era pequeño pero sarmentoso, con la misma facha del boxeador que en 1982 recogimos con Mano Ferrand, de regreso de San Diego al DF, y cuyo nombre de combate era El Torito de Guadalajara. En dos noches enteras, sentado en el suelo como un jefe sioux, Mario pasó lista a toda la poesía latinoamericana. Tenía los ojos pequeños pero brillantes de esa malicia de jugador que extrae las cartas ocultas en el momento indebido, citando por ejemplo poetas griegos, turcos e israelíes que yo nunca había leído. Llevaba el pelo largo como todos nosotros, aunque el suyo era un terreno acalaminado, y estaba forrado hasta las orejas con una bufanda que le caía sobre una casaca de cuero gastada mientras agitaba las manos embutidas en guantes que ningún latinoamericano, salvo en la Europa invernal, suele usar. Con esa facha podía ser un marginal cualquiera, menos un poeta. A decir verdad, ninguno de nosotros nunca ha tenido facha de poeta, quizá de rockero, terrorista o expendedor de drogas, pero la de Mario era definitivamente algo serio. Y en esto consistía el desconcierto cuando lo conocías: que sabía más que tú de rock o de poesía, que hablaba inglés y leía francés, que no era un chiíta gratuito en sus apreciaciones, sino que sabía agregarle a sus frases lapidarias y risa burlona un toque de lucidez asombroso. Y sin embargo no parecía un poeta. Poco después descubrí otra de sus personalidades, porque no hay poeta que no sea Pessoa, es decir un fabricador de múltiples identidades: la de la concentración casi mística cuando estaba al lado de una mujer, en este caso de la escultora Margarita Caballero, entonces la mujer de un amigo común, el poeta José Rosas Ribeyro. La escuchaba extático acompañándola como si caminaran por los jardines del palacio de Versalles, unos metros delante de nosotros, que no hablábamos de nada ya que José muy pocas veces es eufórico y aquel no era uno de sus días excepcionales. que Mario estaba enamorado de ella se podía adivinar por su silencio físico, dolorosamente contenido, aunque enamorado es una frase gastada para alguien que entraba en trance al lado de una mujer. En cambio el silencio que ostentó en una tercera oportunidad era más bien de aburrimiento. Fue cuando conocimos a otro mexicano, Tocho González Rojo, y los tres nos fuimos al departamento del poeta peruano Armando Rojas, ubicado en la residencia universitaria. Lo recuerdo muy bien porque los tres han muerto. Mario en un accidente automovilístico (1998), Tocho —mi otro hermano mexicano— de una mala operación quirúrgica en una clínica del Seguro Social, a la edad de Cristo (1981), y Armando Rojas de un tumor cerebral (1986). Pienso que el silencio de Mario empezó cuando reconoció en su paisano Tocho esa diferencia de clase, color, raza que todo latinoamericano restriega a su semejante negando una sana y posible complicidad posterior. Porque Tocho era un músico purgando sus propios dolores de no haber logrado ser un gran guitarrista de concierto ya que en un ensayo descabellado, cuando tenía 20 años, se había desgarrado los tendones de la mano derecha. Por eso se fue a vagabundear un rato a París (en realidad trabajaba en la embajada mexicana en algo así como mensajería) y cuando regresó al DF se dedicó al cello formando un grupo de cuerdas que se llamaba “Los Pocamadres”. Pero creo que Mario se aburrió de las alabanzas a André Bretón de Armando Rojas, correcto hasta en su militancia surrealista. Y es que a Mario no le gustaban los trucos de mano usados y el autor de Nadja quizá le parecía uno de ellos, aunque curiosamente muchos años después Nadja fue el nombre que le puso a su hija y dio inicio a su libro Beso Eterno, como lo dice en una de las entrevistas. Cuando concluimos una jarra de sangría Mario se marchó y ya no lo vi más. Un mes más tarde regresé al Perú en un avión militar que recaló primero en Canarias, luego en Cabo Verde (Africa), luego en Brasil antes de aterrizar en Chiclayo. Eso fue en 1977. Enero o febrero de 1977. Yo me había traído Bajo el volcán de Malcolm Lowry, los Cantos de Pound y un hermosísimo libro de pintores alemanes que Mario me obsequió no sé en cuál de las tres oportunidades: se trataba de unas pinturas sobre vinilo, poemas en papel de fotografía y dibujos en papel cebolla adherido a unas páginas negras de cartulina. Expresionismo elegante, dilapidador, para tardes interminables cuando fumas un poco de hierba en tu cuarto admirando ese lujo al lado de una muchacha. El libro tenía otra característica inusual: era de formato pequeño pero pesaba como ladrillo. Siempre que lo hojeaba estaba convencido de que Mario lo había robado, imaginaba que en Berlín. Pero tal vez no fue allí, sino en Viena, donde Bolaño lo imagina huyendo de una banda fascista. Dos años después, en marzo o abril del 79, nos encontramos de nuevo, esta vez en el metro Insurgentes del DF. Me costó contactarlo. A él o a Mara Larrosa, que me había encantado por un poema y una foto suya publicados en alguna de las revistas que los infras nos habían enviado el 75 o 76. Desde que llegué a México, en enero, no de Lima sino de Buenos Aires, en pos de una beca que me concediera el Instituto de Bellas Artes, gracias a las gestiones de Celinda Zárate, mi amiga de siempre, me la pasé indagando por los dos y nadie me daba razón. Yo parecía el gordo Alfredo Portal que se sube a un taxi cuando está muy ebrio y le dice al chofer “lléveme a la casa de Mario Santiago”, nada menos que en el DF, el animal mascafierros que ya contaba con 10 millones de habitantes. Contacté primero a Mara y reafirmé mi encantamiento, aunque eso sólo significara que diéramos vueltas por Tlalpan, hojéaramos libros de pintura que ella llevaba a la bellísima casa de mi paisano Augusto Urteaga —ya un antropólogo reconocido y con una bondad intacta—, y ocasionalmente nos diéramos besos protocolares mientras yo escuchaba alarmado el balido de unas ovejas en alguna parte, creyendo que estaba sufriendo una suerte de alucinación acústica. Disfrutaba muchísimo de la compañía de Mara pero debo confesar que también me mantenía a su lado por un plan que funcionó. Y es que estaba seguro que en algún momento Mario la llamaría. Cuando lo vi avanzar hacia mí, acompañado de José Peguero, Guadalupe Ochoa y Pedro Damián, supe que había encontrado a los míos. Los perros callejeros se reconocen al toque. Inversamente, quiero decir que si Mario hubiera llegado a Lima, me habría visto avanzar hacia él con Jorge Pimentel, Eloy Jáuregui, Nené Herrera, Ana María Chagra y Miguel Burga, digamos entre quilca y Camaná. éramos la misma tribu extraviada, desafiante, caminando a trancos seguros, eludiendo trampas y malas vibras, aunque entre ellos, salvo Mario y Pedro, los demás ya estaban desandando sus pasos errantes que no conducían a ninguna parte, mientras que en Lima permanecía la obstinación. El reencuentro duró tres días. Estuvimos en todas partes, desde el Zócalo y Garibaldi hasta Coyoacán, desde los Dínamos hasta alguna ciudad perdida. La última noche dormimos en un bosquecillo entre la Villa Olímpica y Tlalpan, donde al amanecer vi por fin corporizadas a las benditas ovejas que alucinaba mordisqueando la dura hierba y bebiendo en el último arroyo de México. Existen, me dije, no estás loco, viendo a mi lado desparramados a mis amigos entre latas de cerveza, botellas de brandy, cajas de cigarros y otros restos de la ciudad. Entre 1979 y 1983 nos encontramos innumerables veces, con sus altas y bajas, pleitos y pactos, soledades y decepciones, sobresaltos policiales y confesiones de hombres alrededor de una botella. A menudo despierto en la noche pensando que debería escribir una novela sobre esos años, pero luego sé que me pongo una valla para esconder la tristeza. Todo lo que viví en México es como lo pintan Lowry y Buñuel: la magia y la brutalidad siamesas, indivisibles. Debo reconocer que tenía un trabajo, el más loco de cuantos he sufrido, ganaba más que decorosamente y encima estaban conmigo los infras, pero me sentía mal porque había dejado a mis hijos y a mis hermanos de HZ. Y eso para mí era impagable. Me había separado además de Ana María, con quien planeamos el viaje desde el Perú, y congeniaba mal con otras muchachas, porque definitivamente todas están locas, como escribe W.C. Fields, pero no son tontas para embarcarse con un deprimido mortal. No voy a escribir esa novela y tampoco a extenderme ahora sobre lo que hablé y pasé con Mario y su banda: la vez que estuve a punto de caer preso porque no recuerdo quién de los infras intentó secuestrar a un taxista; las tardes que fui a visitarlo, luego que un camión lo arrollara, fracturándole la cadera, llevándole libros y chatas de brandy, convenientemente camufladas para eludir la severa vigilancia de su madre; ese accidente fue en 1980 y anticipó el otro que acabó con su vida; o cuando lo expulsaron de un recital con una navaja y fue arrojado por las escaleras del Palacio de Minería (o del colegio San Ildefonso, no lo recuerdo), fracturándose la clavícula. Sólo quiero concentrarme en los últimos meses que estuve en México (1983), cuando por culpa del perverso shock neoliberal, que empezaba a ponerse de moda en Latinoamérica, perdí el trabajo y mi desolado departamento de vecindad en Coyoacán, que sólo tenía una cama y una alfombra roja donde yo y algunas muchachas rodábamos como manzanas lustrosas. Sin un peso en los bolsillos, después de vender lo último que me quedaba, un televisor y mi máquina de escribir, me fui a la casa de Mario justo el día de mi cumpleaños. Vivía a pocas cuadras del Zócalo en la azotea de un palacio del siglo XVI convertido en un conventillo de notarías, restaurantes al paso, sastrerías y otros oficios para no presumir. De cualquier modo aún delataba su perdido esplendor. La azotea, por ejemplo, que alcanzabas por una escalera de caracol sin algunos peldaños, ideal para una película de Hitchcock, estaba enchapada de madera y la puerta del ascensor, inmovilizado quizá desde la revolución de 1910, confeccionada con fierro forjado al estilo belle epoque. Pero no teníamos luz, así que debíamos organizar expediciones nocturnas para colgarnos de algún cable de la tumultuosa vecindad. A veces el plan no funcionaba y permanecíamos varios días alrededor de un mechero, como en una aldea perdida, mientras afuera la ciudad brillaba moderna, peligrosa y lasciva. Mario hospedaba a una joven oaxaqueña, muy bella, cuyo nombre nunca supe, salvo el apodo que le pusimos, la Virgen Anaranjada, por la túnica que usaba cada vez que volvía del trabajo en la secretaría de Aeronáutica. Ella tenía dos hijos de diez a doce años y un perro. Otro de los huéspedes era un cargador del mercado de Tepito, a quien llamábamos el Águila Electrónica, más o menos de 50 años de edad, pero muy fuerte. Los cinco, incluyendo al perro, dormían en un cuarto al lado de la cocina, mientras Mario y yo disponíamos cada uno de una habitación donde no había más que un colchón, bultos antes que maletas, libros y casetes de música. Aquello era la desolación absoluta pero sabíamos sacarle partida a nuestra libertad sin restricciones cuando Mario regresaba de su trabajo —editaba libros escolares en la Secretaría de Educación— y caían Pedro Damián, los hermanos Méndez y muy ocasionalmente Peguero. Mara fue sólo una vez y me parece que se espantó del lugar. Casi no comíamos porque el dinero lo disponía Mario y él regresaba con una botella de tequila o mezcal, así que durante esos meses no hice más que beber, inhalar cemento y fumar marihuana que el Águila Electrónica llevaba para la Virgen Anaranjada además de unas frutas para los chicos. No era difícil deducir que el Águila estaba enamorado de la Virgen, aunque el sentimiento no era recíproco, aparte que Mario algunas veces solía acostarse con ella. Todas las noches, como una verdadera familia, bailábamos en cualquiera de los dos cuartos o en la extensa azotea donde un pobre pinito, que nunca iba a crecer, echaba voluntariosamente raíces en un barril de madera. Recuerdo que era tal el estruendo que el perro daba vueltas enloquecido hasta rotar por las paredes como si estuviera amaestrado para actuar en un circo. Pero algunas veces Mario y yo nos dábamos serenidad para hablar de poesía, revisar nuestros textos, corregirnos mutuamente. Yo no escribía mucho, ignoro por qué México me paralizó la mano o la inspiración, pero Mario sí: sentado en su sleeping echaba a borronear sus cuadernos mientras yo leía o releía en mi cuarto. Revisé muchísimos de sus cuadernos donde los poemas se alborotaban con letra muy prolija porque Mario en verdad le otorgaba a la poesía una consideración casi mística. No era coincidencia que mencionara con orgullo que había sido monaguillo y leído la Biblia entera en la infancia. Creo que la poesía era para él una suerte de unción/asunción. Yo no podía concebir que quien era expulsado de talleres y reuniones literarias por cometer tropelías reñidas con la legalidad, como dice la policía, pudiera expresarse con solemnidad del tema religioso, y eso se constata en su poesía, que está invadida de pasajes bíblicos, sin perder sin duda lo que lo ha convertido en un autor sumamente original: el apareamiento con el lenguaje popular mexicano, de los boleros y danzones, del cine de Tin Tan, un personaje que le encantaba, de Borolas y Clavillazo, y otros elementos más como el rock y la inserción impecable de citas cultas ya que poseía una erudición, como dije, envidiable. Yo revisaba intrigado sus cuadernos de letra esmerada donde hasta las barras, que ahora llaman slash (/), y las “y” comerciales (&), que usaba mucho, parecían de imprenta. No voy a hacer crítica literaria, una de mis aficiones, en este testimonio, sólo decir que hojeaba esos cuadernos incluso por el placer visual. Mario también solía usar los libros que más le gustaban para escribir en los márgenes poemas suyos y sé que Bruno Montané, el menor de los infrarrealistas, chileno como Bolaño y residente en Barcelona corrigiendo libros en una editorial y formando parte de un conjunto de jazz, ha recopilado una parte de esos libros impresos y manuscritos para publicarlos en Rioja (España), según me contó en un email. Cuando decidí abandonar México, Mario se sintió muy dolido y en las últimas borracheras no hacía otra cosa que instarme a desistir, pero yo no podía seguir viviendo sin un empleo. Ya se habían marchado la Virgen Anaranjada, sus hijos y el perro. El padre de los niños —con tanto desmadre ya se estaban convirtiendo en unos pirañitas— intentó la reconciliación otra vez y la Virgen lo había aceptado. Debo mencionar que ella tenía una fea cicatriz en uno de los pómulos, producto de sus discordias matrimoniales, y Mario me dijo confidencialmente que esa cicatriz le había costado al marido —era casi del mismo tamaño que yo, de 1.80m, pero sólido como un policía antihuelgas— un navajazo de ella en la espalda. Por eso se habían separado. Cuando él llegó a recogerlos nos miró como adivinando que alguno de los dos —o los dos— se había acostado con su mujer y durante varias noches tuvimos que dormir con algún instrumento de defensa en las manos. En cuanto al Águila Electrónica, simplemente dejó de ir a la casa. Cuando me marché a tomar mi avión, a las 6 de la madrugada, Mario dormía en su sleeping. Habíamos bebido demasiado la noche anterior. Sólo le dejé una nota prometiéndole mantener el contacto a distancia. Nunca lo hice porque en el reencuentro con mis hermanos horazerianos en Lima extravié mi agenda. Muchos años después nos llegarían Beso eterno de Mario, El último salvaje de Bolaño, y Estrella Delta-Scorpio de Pedro, además de otros poemarios de la colección Al este del paraíso. Me comuniqué con Marco Lara Klahr, el editor, ya que yo había publicado unos artículos sobre esos libros y quería que Mario lo supiera, pero nunca me respondió. Felizmente, según ahora sé por Rebeca, él recibió mis comentarios a través de Bolaño, quien desde España, mientras se hacía famoso, seguía teniendo con nosotros una relación afectiva y un trato deferente que jamás lo perdió. Eso me ha reconfortado, en la medida que siempre quise mostrarle a Mario mi gratitud, aprecio y admiración. Supe de su muerte también por España. Una noche de diciembre del 98, Yulino Dávila, desde la casa de Ana María, quien se había mudado a Barcelona después del terremoto del 85, me llamó por teléfono. Ocurre que el escritor mexicano, Carlos Chimal —llamémosle así, con desprecio borgiano—, a quien Ana María hospedaba, había dado la noticia. Este mismo Chimal fue quien expulsó a Mario del recital, navaja en mano, arrojándolo por las escalinatas del local, como ya conté. Me costó creer que fuera él quien me anunciara indirectamente su muerte. Creo que mi indignación era mayor que mi dolor. Luego me dije que era inútil porque de algún modo ya el accidente que Mario había sufrido en 1980 presuponía este otro fatal. El había escrito “voy a morirme pero viviendo al máximo” y eso fue lo que hizo. Como Jim Morrison y Janis Joplin, también dejó una limpia y volátil estela de vida que ningún poeta mexicano puede atrapar porque simplemente no forma parte de su estirpe: la de los pata de perros románticos. Mario nació con la matanza de Tlatelolco, en 1968 (como lo confirma Bolaño, quien escribió la pequeña y preciosa novela Amuleto precisamente sobre el mismo tema) y murió en los tiempos del subcomandante Marcos. El es el nuevo México que no está con el PRI ni con el PAN. Y la ternura me invade sabiendo que es un zapatista vestido de pachuco como Tin Tan bailando un danzón en los tejados de los próximos años

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Tulio Mora

Tulio Mora (Perú, 1948), miembro del movimiento Hora Zero. Escritor y comunicador social. Ha publicado Mitología (1ªedición, 1978, 2ª edición con 
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prólogo de la profesora de la universidad de Washington, Consuelo Hernández, 2001), Oración frente a un plato de col y otros poemas (1ª edición, 1985), Zoología prestada (con ilustraciones del pintor Ricardo Wiesse, 1987), Cementerio general (Premio Latinoamericano de Poesía, 1ª edición, 1989, 2ª edición, 1994, selección traducida al inglés por David Tipton y A. C. de Lomellini, bajo el título A mountain crowned by a cemetery, Inglaterra, 2000 y una 4ª edición, 2013, ediciones Lancom), País interior (Premio de Plata Copé, 1994, 2ª edición, 2009), Simulación de la máscara (2006), ángeles detrás de la lluvia (con ilustraciones del artista plástico Alfredo Márquez) y Aquí sobra la eternidad (2012), con ediciones paralelas en España y Estados Unidos (2013). Asimismo, es autor de dos antologías del movimiento Hora Zero-Infrarrealismo, del cual ha sido integrante: Hora Zero: la última vanguardia latinoamericana de poesía (Venezuela, 2000, gracias a la gestión de Roberto Bolaño) y Hora Zero: los broches mayores del sonido (2009). También ha publicado, a invitación de la Asociación Pro Derechos Humanos-Aprodeh, tres libros de género periodístico sobre violaciones a los derechos humanos durante los años de violencia política que vivió el Perú entre el 1980 y 2000, así como redactado y corregido varios volúmenes del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (2004).
 

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