Miércoles, 26 Julio 2017 22:19

DE LA FORMA VISUAL AL PENTAGRAMA DE LA VOZ EN LA POESÍA DE AD LIBITUM DE MARIZELA RÍOS TOLEDO / Víctor Argüelles /

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DE LA FORMA VISUAL AL PENTAGRAMA DE LA VOZ

EN LA POESÍA DE AD LIBITUM DE MARIZELA RÍOS TOLEDO[1]

 

Víctor Argüelles

 

 

Y desde entonces soy ciudad

sin olvidar mis territorios.

PABLO NERUDA[2]

 

 

El poema como la vida misma busca situarse, emerger para estar, y en su intento de configuración encuentra en la forma lo concreto, así, extendido en el espacio (el blanco de la página) será manifestación o reiteración de la voz –que decide ser poesía– en términos femeninos, pues quien lo genera sabe que un acontecer de vida y de amor por la tierra, le carcome las entrañas del lenguaje, por eso se decide, y se decanta en las palabras que, como ríos fluyen hacia la noción de lo eterno. Se decide incluso a ser en el pentagrama, la vía para ser codificado. Así lo reitera la poeta juchiteca Marizela Ríos Toledo, a lo largo y ancho de Ad libitum, su tercer poemario editado por Praxis, libro dividido en cinco partes que tratan tópicos diversos que se van hilando uno a uno: el deseo, el amor, la soledad, acontecidos en la trasposición de la urbe donde sobrevienen las miradas y los pensamientos, por eso la transparencia de lo erótico se anuncia sucesiva e insistentemente. El origen va más allá de lo previsto con la forma visual del círculo (que es cómo empieza el transitar por este poemario), y este círculo (abierto para ser cerrado por el propio lector) es también símbolo del nacimiento, del óvulo fecundado, el punto y el inicio. “El comienzo despega con el inconveniente de extraviarse en los colores. Arcoíris se entrecruzan. […] Suena la hora. Un vistazo. Un vistazo”[3]. Ya en la parte intermedia del libro el placer dialoga con los ritmos y las imágenes, hasta llegar de forma extenuada hasta el fin con el poema que da nombre al libro.

 

En Ad libitum; se advierte ya una estructura concisa que va de lo visual a lo sonoro, pasa por la raigambre de la metáfora de los lugares que proporciona el viaje, pues en estos espacios se transparenta Santiago de Cuba, Cusco, Perú y tantas urbanidades anónimas entre coordenadas de voces y movimientos, México de norte a sur.

A todo esto añadiría que hay en el poemario distintas formas, siendo lo visual lo predominante, aunque lo exquisito se advierta en lo sonoro. Con este libro como “pentagrama de la voz” la poeta refiere al tiempo y su nostalgia con un acento de protesta: “Lanzo al destino por la ventana/ hecho aviones de papel/ y ahuyento la conciencia./ como MALDICIÓN TERRIBLE!// Y/ como no soy color de rosa/ sé que son peligrosos los amantes/ cuando se creen ¡imprescindibles!”. (Ríos Toledo; p. 61). Se trata del poema “Extenuada”, pertenece a la tercera parte de las cinco anunciadas con epígrafes concisos donde confluyen las voces de Neruda, Pavese, Sor Juan Inés de la Cruz, Efraín Huerta y Séneca. El trasfondo intuido aquí, en estas voces refractan la ciudad y el cuerpo, lo máximo y lo mínimo; el cuerpo inmerso en la ciudad.

El mayor acierto de la propuesta –a mí parecer– radica no tanto en la forma visual sino en la exacta sonoridad transmitida in situ, pues en esta poesía la presencia es imprescindible, ya que la emoción que va del verso al cuerpo se vuelve legible y aporta la mayoría de deleites que el humano frecuenta, que el lector del texto –en este caso–, de poesía, frecuenta, y esa organicidad emocional como las pasiones precisan las posturas del cuerpo, las posturas en la instrumentación del tiempo que contrapuntean las intenciones del texto.

La poeta reconstruye en su lenguaje lúdico las palabras, estas conformadas a una red visual sustentan las preocupaciones esenciales de la vida, del episodio en que transcurren los eventos con toda su carga de luz y oscuridad que preocupa y genera acciones: lo visual y lo sonoro como estructura interna del poema son llevados al acto del performance, y es aquí donde radica la originalidad de la propuesta. A decir de Samuel Gordon, principal crítico de la poesía visual en México, la palabra, el verso y la imagen se apoyan en un sentido mucho más amplio, y enfatiza en cuanto a la claridad del concepto de visualidad en la poesía llamada así: (caligramas, grafismos, escritura en libertad o poesía experimental, visual).

 

En la actualidad, algunos poetas y críticos consideran a la poesía visual una forma de las artes gráficas ya que emplea tanto grafemas como selecciones y composiciones tipográficas para crear sus morfemas, palabra o frases; otros, más apegados a su antigua tradición, la contemplan a la manera clásica como “poemas figurados” –nótese–: grafemas ante que o más que fonemas. Su disposición dibuja en la página el objeto aproximado que le sirve de base referencial y es, por tanto, un poema para ser visto antes que leído[4]

 

En Ríos Toledo la consistencia del poema visual no queda en este hecho, en la lectura visual sino que se explaya a la ritualidad escénica del instante, al convocar los ritmos y el acto del performance.

En cuanto a lo visual, cabría aquí la pregunta ¿de dónde viene la tradición visual por la poesía? El mismo crítico determina el antecedente en los poetas bucólicos griegos del siglo IV a. C., pero determina en la poesía moderna de Mallarmé con un “Tiro de dados”, la importancia a la página y a la configuración del texto-imagen en la misma, y refiere que el poeta francés propone por primera vez en lo teórico la explicación.

 

 

El papel interviene cada vez que una imagen, por sí misma, cesa, o reingresa, admitiendo la sucesión de otras y, dado que no se trata, como de costumbre, de trazos sonoros regulares versos –sino más bien de subdivisiones prismáticas de una idea, en el instante de su aparición, que dura lo que su convergencia, en cierta puesta en escena espiritual exacta–, es en sitios variables, cerca o lejos del hilo conductor latente, en razón de la practicabilidad, que se impone el texto[5]

 

Posteriormente estas ideas se extienden con los surrealistas con Apollinaire y en las vanguardias latinoamericanas encabezadas por Brasil en la poesía concretista, pasando por Vicente Huidobro y hasta la vanguardia de los estridentistas en México, sin olvidar un primer acercamiento con José Juan Tablada, y ya en el México contemporáneo con Octavio Paz, Jesús Arellano, Raúl Renán, Víctor Toledo, entre otros. No ahondando en estos detalles me avoco a la poesía que ahora me ocupa; es así que vemos en Ríos Toledo, un río de sentidos que convergen también en una propuesta: protesta en contra del silencio, así lo precisa la maestra Maricruz Patiño en el prólogo: “Todo lenguaje es código muerto cuando se emite, la intención es tomar por asalto a la palabra, signo y sonido en el momento de su surgimiento […] Lograr en un instante lo absoluto, síntesis de la imagen apostando a su máximo significado”.[6]

A su vez la imagen en el texto poético funge como la ilustración de consistencia figurativa que se desdobla para multiplicar sentidos. Así, la forma que, como diría D. A. Dondis en su emblemática Sintaxis de la imagen. Introducción al alfabeto visual, contiene la parte elemental del universo de las formas, y pueden modelarse con la grafía que se construye en la palabra. En los poemas de Ríos Toledo caben los contrastes, la saturación, la tonalidad y el estallido de los colores y las formas. Los elementos punto, línea, plano, y los subsiguientes frutos de las mezclas de los mismos derivan texturas, tonos, acentos en el gran universo de las formas visuales, plásticas a fin de cuentas pues se disparan con sus sonoridades sobre el soporte físico del papel.

Siempre que se diseña algo, o se hace, boceta y pinta, dibuja, garabatea, construye, esculpe, o gesticula, la sustancia visual de la obra se extrae de una lista básica de elementos. […]. Los elementos visuales constituyen la sustancia básica de lo que vemos y su número es reducido: punto, línea, contorno, dirección, tono, color, textura, dimensión, escala y movimiento. Aunque sean pocos, son la materia prima de toda información visual que está formada por elecciones y combinaciones selectivas[7]


 

Las distintas combinaciones que intervienen en Ad libitum, dejan claro que la forma es atendida en virtud de la poética, aunque en algunos instante la rebase. Se trata a fin de cuentas de la poética visual y sonora lo que obliga a ser mirado como un conjunto. La forma se resuelve a partir de un contenido amplio que en Ríos Toledo se pronuncia, pues el sonido, protagonista también de la propuesta se ve enriquecido de una presentación del poema, especie de show, performance, interpretación, a la manera del mejor slam poetry[8]; actitud que se expresa con las manos, con el rasgueo de cuerdas provenientes de la forma femenina dibujada en “Guitarristas” como espacio positivo: “Los dedos se deslizan, indagan, oscilan, tocan impecable su insomnio. Se incrustan en la encordadura” (Ríos Toledo; p. 107).

En el poema que abre la parte tres del poemario, es quizá el punto de mayor clímax, me refiero a “Mujeres” la poeta anuncia: “En el único instante del ahora/ en el nunca de todos los instantes” lo que suele ser la emotividad de pertenecer y reconocerse como entidad femenina, así ella denomina a su género como ”las cachorras”, “hijas”,  “tramperas”, “devoradoras” y un sinfín de adjetivos para entonar la reconciliación con la vida y la muerte a través del elemento femenino por antonomasia, la luna.  

En “Lejos” y “Muy lejos”, por ejemplo, predominan como continente de la forma ritmos y movimientos, que a la vez son la simulación visual de las espinas que cubren al cactus, símbolo del desierto, del norte y por ende, de lo que está más allá de uno: “… Canto cicatrices a los que son mis ojos, a los que son mi son. Canto mi vestimenta de cadenilla y nopal al margen del magnífico Cosco.” (Ríos Toledo; p.39)

En “Metrónomo” se sugiere una lectura a través de coordenadas que van subrayando el final del poema: ese “clic” final de ritmo y pulsión, en la  gravedad del péndulo. Las palabras sujetadas por hilos suenan como un móvil al ser entonadas; el poema en su totalidad funciona como mapa visual, también como partitura en la interpretación del poema: “Metrónomo. Alma mecánica. Zum. Zum.” El poema se constituye de ramificación de sonidos, onomatopeyas para decir algo, acaso elemental pero siempre cargado de la revelación, es decir, lo que a los ojos (“en el único instante del ahora”) se les presenta: “Tienes el borde de una decisión eclipsando medía sombra”. Estos sonidos-onomatopeyas que dialogan con sentidos lúdicos en el lenguaje cobran gran importancia en la página compuesta simétricamente imitando la forma del metrónomo.

En otros poemas el punto de arranque está en el sonido para situarse sólo en un verso; a la poeta le bastan versos cortos para reiterar el final del poema con sonidos, como si se tratara del sonido verdadero: plaff, clic, shhh, zzzz como en “Deseo” donde, –insisto–, la poesía se desdobla más allá de la imagen, y es cuerpo en movimiento, veamos: “Lumbre deleble clava replicas sucesivas./ Encima. Al interior de los cuerpos.// Incluso en el desconsuelo rechina indecoroso.” (Ríos Toledo; p. 36).

El contraste es señalado en “Amor perdido”; aquí se asume una postura combatiente, de protesta, de inconformidad a las imposiciones del género, ya no existe como se leería tradicionalmente en la cultura sino una denuncia de mujer a ser mujer en libertad: “¿Amor perdido? ¡no!/ Nuestra carne, ojos, imágenes en flash/ se atragantan y vacían/ para renovarse en otros placeres/ con más hambre más euforia/ en la entrega cabalgante de los cuerpos.” (Ríos Toledo; 37)

En conclusión: La poesía de Marizela Ríos Toledo, conjuntada en Ad libitum exige siempre la agilidad lectora, la actividad y el dinamismo de los instantes en que se apoya. La actitud poética en Ríos Toledo es contunde al decirnos: “…escarbar los asombros” en relación a su ars poética, pues como se menciona ya al final del libro: “En ella la poesía es un acto de fe. Cree en el poema como organismo que no deja de moverse; en la imagen que vincula el ser y el no ser y busca cautivar pequeños momentos…”, y este cautivar se refiere al acto de atrapar al lector-espectador de la poesía, pues el conjunto de elementos del poema-acción anuncia la totalidad, la reunión de la que son partícipes la palabra, la imagen y el sonido.

 

 


[1] Texto leído en la presentación de Ad libitum en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, 13 de abril de 2016.

[2] 1 de 5 epígrafes que integran las distintas partes del libro. Con ésta en específico inicia el recorrido al reconocimiento de la entidad inmersa en la urbanidad.

[3] Marizela Ríos Toledo, Ad Libitum, Editorial Praxis, México 2015, p. 14. En lo sucesivo, se anotará el número de página.

[4] Samuel Gordon, “Estudio introductorio”, La poesía visual en México, Universidad Autónoma de Estado de México, México, 2011, p. 13.

[5] Stéphen Mallarmé, prefacio a “Un tiro de dados”,  Revista Cosmopolis, en Samuel Gordon, op cit., p. 14.

[6] Maricruz Patiño, Prólogo a Ad libitum, op., cit., p. 11.

[7] D. A. Dondis, La sintaxis de la imagen, introducción al alfabeto visual, Editorial G. Gilli, México, 1992, p. 53.

[8] Experiencia sonora del recital en que un poeta recita su texto con distintos elementos que competen lo teatral y lo musical. Existe toda una tradición del slam, que valdría la pena consultar para estar informados.

 

Visto 177 veces Modificado por última vez en Jueves, 03 Agosto 2017 00:53
Víctor Argüelles

Víctor Argüelles

Víctor Argüelles (Tuxpan, Veracruz, 1973). Artista plástico y poeta. Diplomado en escritura creativa por la Universidad del Claustro de Sor Juana, diplomado en creación literaria por el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, INBA. Egresado de la especialización en literatura mexicana del siglo XX de la UAM Azcapotzalco. Ha colaborado en las revistas literarias: Sinfín, Crisálida, Opción, Timonel, El Búho y Cultura de Veracruz. Parte de su obra poética ha sido incluida en más de diez antologías de México, Chile, España e Italia.

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