Viernes, 28 Julio 2017 02:16

La combustión más íntima del alma / Diego José /

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La combustión más íntima del alma

Diego José

 

 

 

Durante muchos años, la poesía de Ramsés Salanueva Rodríguez (1972 – 2016) permaneció inédita, otorgándole esa aura de misterio que le fascinaba y que contribuyó a delinear su propio mito —con esa carga de malditismo— que también obstaculizó su trayectoria literaria. Ramsés gozó y padeció desde muy joven el interés de sus contemporáneos en la región, quienes lo revistieron con la toga del escritor promisorio. Lo cierto es que su idea marginal del poeta, sus batallas personales, las afrentas del mundo, el recelo ante la incomprensión, las exigencias del periodismo y las dificultades estilísticas fueron postergando la posibilidad de publicar formalmente su trabajo. La diversidad de sus poemas obligaron a Ramsés a realizar un permanente ejercicio de revisión autocrítica que le llevó a agrupar varios conjuntos poéticos, los cuales, debieron sufrir interminables acomodos, ajustes, cortes y movimientos. Al final, Ramsés diferenciaba la parte de su obra en proceso —cambiante, indefinida e inconclusa— de dos títulos concretos y definitivos en su calidad de inéditos: Poemas y sonetos de extremaunción y Libro de agua. Por esta razón, su obra se mantuvo bajo el encantamiento de una promesa apenas vislumbrada entre revistas, páginas digitales, conversaciones, lecturas, coloquios y una tardía plaquette: La conjetura de la tarde (Pachuco Press, 2011) que abrió finalmente el tremendo acorazado de sus archivos para prepararnos a lo que fue su único libro publicado en vida: Cuaderno para estudiar el viaje (CECULTAH, 2014), el cual tuve el privilegio de acompañar durante su proceso de edición.

 

El viaje que sugiere dicho cuaderno —inspirado inicialmente en su periplo por Noruega— nos convida a recorrer distintas estaciones de ese itinerario que implica sondear la condición trashumante del ser. Poesía cifrada, tanto por los símbolos a que alude como por el lenguaje que la estructura. Su enigma y su riqueza consisten en apropiarse de referentes míticos y religiosos provenientes de distintas tradiciones como la Biblia, el Corán, los mitos griegos, junto a la otra tradición que fundaron Baudelaire, Verlaine y Rimbaud. En más de un sentido, el sujeto poético implícito en Cuaderno para estudiar el viaje se reconoce como un dandi decimonónico, un flâneur, un excluido del planeta McDonald’s. Si la realidad escuece con su frivolidad intrascendente; el poeta, en su viaje, se reivindica con el misterio, sabe que no es evadiendo el mundo sino atravesando la porosa realidad de nuestro tiempo como podrá descubrir el verdadero significado del viaje. Ese poeta desgarrado de modernidad que fue Ramsés Salanueva alcanzó a emitir su llanto de cisne negro en «Último poema para la Monstrua», que concluye su único libro impreso: esta imagen de la Musa siniestra es un interesante hallazgo: «alguna vez te tuve, como se tiene en el pecho un tigre». La evolución de una poética sirve para clarificar las intenciones, búsquedas y extravíos de un autor a través de sus distintas etapas creativas. Lo común es realizar un comparativo de las piezas fundamentales que delinean la trayectoria del escritor; sin embargo, abordar una estructura cuyos cimientos solo pueden analizarse de forma fragmentaria dificulta la posibilidad de su comprensión, incrementando su permanencia en la sombras, es decir, el lector y el crítico carecen de los elementos esenciales para obtener una panorámica de los trabajos de Ramsés Salanueva, en cierto sentido, por el misterio que encierra una obra abiertamente inconclusa, tanto por su repentino fallecimiento como por su condición inédita.

 

Todo escritor, en mayor o menor medida, tiende a clasificar su trabajo, organizándolo según criterios muy caprichosos que le permiten distinguir lo reutilizable de cuanto pudiera declararse terminado, ya bien para desecharlo como para otorgarle una identidad reconocible en medio de las carpetas del archivo. La diferencia entre una obra interrumpida y otra inconclusa tiene que ver con los procesos, y en este caso, al menos con tres procesos distintos: por una parte, los poemas y poemarios que Ramsés prefiguró como susceptibles unidades poéticas; por otra, el extenso material ajeno a toda organización; y por último, los poemas que, sin necesariamente escribirse, eran parte inherente de una poética futura. ¿Por qué Ramsés decidió conservar inéditos los volúmenes anteriores a Cuadernos para estudiar el viaje que, sin embargo, nunca dejó de reconocer como parte de su trayectoria? ¿Cuáles eran los conjuntos que a últimas fechas consideraba listos para publicarse, pensando en su persistente negativa a hacerlo antes de La conjetura de la tarde? ¿El hecho de no publicar era una elección propia o simplemente las condiciones para hacerlo no fueron las deseables? ¿Debemos respetar sus omisiones y silencios o entreverar suposiciones sobre su deseo para dar a conocer tal o cual trabajo? Sus familiares y amigos poetas —a quienes solicitó consejo— coinciden en que tras la aparición de Cuaderno para estudiar el viaje, Ramsés había adquirido una postura distinta respecto a la necesidad de producir poesía para publicarla, en distintas ocasiones expresó que era tiempo para imprimir y lanzar su obra reciente. Sabemos que durante esos años se concentró sobre todo en dos proyectos: Tu boca en medio de la lluvia o 25 invocaciones de amor y doce malogrados sonetos y La ciencia del alejamiento. Conjuntos que sometió a lecturas críticas, cuando menos, de Rogelio Perusquía, Daniel Fragoso, Jorge Contreras, Yuri Herrera. Lo cual confirma una idea: sin publicar demasiado siem- Diego José 14 pre fue leído y comentado por sus pares. Esta certidumbre pone en evidencia su urgente determinación por concretar ese par de libros con la intención de enviar alguno de éstos al Premio Estatal de Poesía Efrén Rebolledo. Poéticamente distintos entre sí, cada uno de los conjuntos traza un puente que une sus búsquedas estilísticas; en ambos proyectos se mantuvo fiel a uno de sus principios inspiradores: celebrar el alto nombre de la Musa. El primero de estos trabajos, todavía anclado en una versificación de difícil dicción, tendiente a una prosodia sinuosa que recuerda a sus etapas anteriores, apegadas a cierto barroquismo lingüístico y a una propensión al hermetismo, goza de momentos deslumbrantes como: «Estas ruinas tempranas / conmemoran el árbol de tu partida» o en la diafanidad de esta sentencia: «el amor es un ángel de vileza» que a mí me parece idóneo para intitular dicho libro o una futura reunión de su obra. El segundo conjunto, que ahora presentamos, posee una notoria inclinación por concretar un verso más nítido, ligero y contundente. Probablemente es el resultado de una profunda evolución poética, estilística y existencial que nos invita a pensar si Ramsés había llegado al sitio desde donde pretendía componer su obra siguiente. Me parece imposible afirmar si esta edición cumple o no con la voluntad de su autor, espero sinceramente que Ramsés se hubiere sentido satisfecho. Se trata, en todo caso de una posibilidad para leer la última etapa de su viaje poé- tico y delinear un continente con algunos archipiélagos dispersos al difuso mapa de su obra. Uno de los desafíos que presentan sus carpetas es la multiplicidad de versiones de los poemas, e incluso de los conjuntos, pues como ya he dicho, Ramsés buscaba constantemente el diálogo y el consejo con otros autores.

 

Esta edición de La ciencia del alejamiento se hizo a partir de una lectura comparada y contrastada de distintas versiones: el archivo que Radamés Salanueva, hermano del poeta y representante de la familia, proporcionó a la Secretaría de Cultura del Estado de Hidalgo, presentándolo como una última variante de La ciencia del alejamiento; y la versión que Ramsés estuvo trabajando los meses anteriores a su muerte con el poeta Rogelio Perusquía, quien hizo el grandísimo favor de facilitar el archivo semanas posteriores a su muerte. No cabe la menor duda de los beneficios que Ramsés extrajo de las conversaciones, revisión y aportes de Rogelio Perusquía. Ambos archivos son solo parcialmente distintos, el que revisé con Radamés además contemplaba la tercera sección «Hipótesis de lo que fue» que cierra el tríptico ideado por Ramsés y que no figura en el archivo que recibí con el comentario de Rogelio Perusquía. Supongo que Ramsés quiso agregar esa parte, o al menos, así nos lo comunicó su hermano. Sirva decir que coincido con las versiones que trabajaron ambos poetas en el estudio de Perusquía en Ixmiquilpan, entre octubre de 2015 y los últimos días de enero de 2016, tal como lo refiere Rogelio en el archivo. Hicimos también, por petición de la familia, una selección de poemas póstumos que ilustran algunos de los tópicos y motivos que tanto persiguieron al poeta en sus desvelos creativos. Como bien es sabido, un editor nunca estará seguro si sus correcciones son las adecuadas; pero su intención, cuando es sincera, busca entregarnos la mejor versión del escritor a través del texto que tiene entre sus manos. Recuerdo con profundo cariño la tarde que presentamos Cuaderno para estudiar el viaje en la Feria del Libro de Minería, no tanto por el evento como por el después. Cenamos en el Sanborns más próximo en compañía del poeta Eduardo Cerecedo, un viejo amigo a quien no veía desde los años noventa y que por casualidad era muy cercano a Ramsés sin que ninguno lo supiéramos: ¿quién no se sintió cercano a ese oscuro titán rebosante de ternura? Después, Ramsés y yo volvimos juntos en el autobús a Pachuca. La eternidad que suele abrirse en el trayecto de Indios Verdes a nuestra ciudad nos permitió conversar sobre los misterios que solo pueden preocupar a dos poetas en tránsito por la noche: la Musa, los arcanos y la necesidad poética; nuestros años de formación en Sogem, las veleidades y los vicios de la provincia; el error de autoexcluirse y la determinación de cosechar; Efrén Rebolledo, López Velarde, la poesía mística y un reconocimiento libre de cualquier adulación que conservaré siempre porque hay elogios que vale la dicha recordar. Siempre agradeceré el sincero respeto con que solía tratarme, no solo por el respeto sino por la sinceridad. El divino Hölderlin escribió en su poema «A las parcas» la cifra que todo verdadero poeta anhela: «si un día alcanzo lo sagrado, aquello / que es caro a mi corazón, el poema, bienvenido entonces, oh silencio del reino de las sombras». No se trata del fútil anhelo creativo porque no a cualquier conjunto de versos puede llamársele poema, sino a la aspiración más alta de cualquier poeta: rozar con el rumor de sus palabras el hondo misterio de la inspiración. Si el poema escrito puede representar la fiel vibración del alma humana, para Hölderlin es suficiente, porque al menos: «por una vez / habré vivido como un dios, y más no hace falta». Ramsés Salanueva puede descansar en paz por haber vivido como poeta, asunto nada fácil en un mundo acostumbrado a vilipendiar a la poesía. Si fuera posible se- ñalar alguna de las cualidades poéticas que cultivó con esmero fue la autenticidad: ajeno a la vanagloria del reconocimiento momentáneo, Ramsés, abrazó su vocación con una intensidad que me recuerda las ideas de Heidegger sobre «Hölderlin y la esencia de la poesía»: «Morar poéticamente significa, por otra parte, plantarse en presencia de los dioses y hacer de pararrayos a la esencial inminencia de las cosas». Sin duda, Ramsés lo sabía porque no tiembla cuando escribe estos versos luminosos: «Estaré sobre la cumbre de mi mayor abismo, esperando el rayo […] Bajo mis pies acabará el mundo conocido». Quienes lo conocimos sabemos que se mantuvo en esa cumbre. La complejidad de su estilo fue proporcional a su espíritu, siempre al acecho de la inspiración. Ramsés Salanueva, con una significativa carga de poeta maldito —no como actitud trasnochada sino como estirpe poética— recorrió el mundo contemporáneo sintiéndose una escoria que guardaba dentro de sí la combustión más íntima de su ser, aquello que para López Velarde correspondía al hondo sentido de la existencia: «Yo no creo en una poesía que no nazca de la combustión toda de mis huesos». Bien vale reconocer que hay severos versificadores, due- ños del artilugio y la llave del momento a pesar de su artificiosa voluntad como poetas; y existen otros a quienes su autenticidad les quema las venas. Ellos han descubierto, más allá de las imposturas y el bullicio fanfarrón, el sendero hacia sí mismos como una revelación que los desposa con la poesía para siempre… Ramsés Salanueva perteneció a esta categoría. El hombre apenas dura un momento, la poesía es eterna.

 

Primavera del año 2017 en la Ciudad de Pachuca de Soto, Hidalgo.

 

 

 

La ciencia del alejamiento

POEMAS PÓSTUMOS Ramsés Salanueva Rodríguez

 

Varias voces expresaron por diferentes medios, su interés en editar el poemario La Ciencia del alejamiento, de ahí que el gobierno estatal acogiera la iniciativa como parte del homenaje póstumo a este brillante poeta, periodista y promotor cultural. Con la ayuda de Radamés Salanueva y el trabajo editorial de Diego José –quien además nos obsequia un texto introductorio que establece un acercamiento al ser humano y a la poesía de nuestro autor– se concreta esta publicación para beneplácito de quienes conocieron al autor de Cuaderno para estudiar el viaje, al tiempo de incentivar nuevos lectores de una obra que aporta a la literatura hidalguense una perspectiva estética de la condición humana. Que esta edición póstuma del trabajo de Ramsés Salanueva Rodríguez sirva para celebrar la obra y la vida de un autor entrañable para nuestra entidad. Secretaría de Cultura del Estado de Hidalgo

Visto 195 veces Modificado por última vez en Jueves, 03 Agosto 2017 00:55
Diego José

Diego José, escritor mexicano nacido en 1973 en la Ciudad de México, aunque actualmente radica en Hidalgo. Ha publicado los libros de poesía Cantos para esparcir la semilla (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000), Volverás al odio (Ediciones La Rana, 2003). y Los oficios de la transparencia. También la novela El camino del té (Random House Mondadori, 2005); y el volumen de ensayos Nuevos salvajismos: la perversión civilizada (CECUT, 2005). Su obra ha sido distinguida con el Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada, el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta (2002), el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa (2006) y el Premio Nacional de Literatura Abigael Bohórquez en el género de ensayo.

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