Domingo, 30 Julio 2017 00:57

Testimonio El ojo que todo lo ve / Sergio palma /  Desde el triángulo de las Bermudas                       

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Testimonio

El ojo que todo lo ve

Sergio palma

                       Desde el triángulo de las Bermudas                       

  Año: 2003

 

 

 

Testimonio del Ojo que todo lo ve

 

Cursaba la Preparatoria allá por el año 2003. Cierto. Hace un buen  tiempo donde aún existía el audiocassette. En  esa época  tenía un programa radiofónico llamado Spanglish que se transmitía puntualmente los martes y jueves a las cinco de la tarde en XHNAL, Digital 89 que actualmente es concesión radiofónica del Gobierno del Estado de Chiapas. En cada transmisión compartía micrófono con Melvin y Yareth. Realmente éramos jóvenes inquietos que charlábamos sobre temas juveniles novedosos e interesantes; además, lanzábamos los demos musicales que estaban en estreno de cualquier grupo de pop emergentes y bandas de rock alternativo.

       Pero un día llegamos a la estación y no teníamos tema para abordar en el programa; nada para charlar. De inmediato se nos ocurrió hablar sobre el Ántrax que era un tema de moda en diversos medios de comunicación: tanto televisiva como vía  internet (en ese entonces me acuerdo que estaba el buscador Altavista). Y bueno, nosotros inexpertos nos guiábamos por lo que escuchábamos.  Sobre el Ántrax se rumoraba una cosa; otra cosa y raudo la histeria colectiva no se hizo expresar. Decían que mandaban por aviones paquetes y sobres con polvos letales que contenían agentes patógenos propios de una guerra química y biológica. El terrorismo a la alza, vaya. Por cierto recién había sucedido lo del 11 de septiembre, pues estaba “fresquecito” el asunto. Aún recuerdo que el gerente de la estación —que era un comunicólogo cuarentón tan inquieto con alma de joven; pero eso sí, con  un ojo crítico muy agudo y hostil—  respiró profundamente y quedó meditabundo por un par de minutos mientras en su oficina se imprimían los contenidos de  la  información en  hojas de fax.

        A las cinco abrimos cortinilla, y entramos al aire como de costumbre. Me acuerdo que abrimos con la rola  “The zhephyr song” de los Red Hot Chilli Peaper. Animosos y aireados con un poco de fama  nos presentamos; enviamos saludos y atendíamos las peticiones musicales como de costumbre.  A las cinco con quince nos destapamos como acá dicen en la costa; pues empezamos a comentar y a definir qué era el Ántrax a nuestra manera y según las fuentes consultadas. De pronto —ring, ring, rig —escucho el teléfono. De inmediato me tocó recibir la llamada puesto que me situaba al lado de aquel teléfono negro ya desgastado por el uso. ¡Para mi sorpresa! Una voz masculina media “agringada” me empezó a cuestionar que de dónde habíamos sacados la información sobre el Ántrax. El sujeto robotizado y de temple frio afirmó comunicarse desde el Triángulo de las Bermudas e insistía que dejáramos de estar de hablando sobre las guerras biológicas y químicas porque eran asuntos delicados y nos estaban monitoreando vía satélite (ahora entiendo “google maps”, pues ellos tenían una tecnología más sofisticada —me imagino—).


 

       Mis compañeros notaron en mí una palidez y un desbordante nerviosismo que de inmediato mandaron a corte musical. Pero ahí no termina todo, pues les cuento el misterio.

       Durante mi comunicación con aquella voz anónima les confieso que el sujeto tras la bocina empezó a describirnos desde los rasgos físicos hasta las prendas de vestir que llevábamos puesta. Me acuerdo que me dijeron: —A tu lado está un joven moreno con camisa de cuadros color roja; también una joven de orejas amplias; tú que portas una camisa azul y el operador que tiene audífonos puestos y se sitúa  a ustedes— recuerdo que no pude más y le colgué con cierto miedo. De inmediato les comenté a mis compañeros y de manera ingenua miraban hacia el techo y a la alfombra de la cabina en búsqueda de alguna cámara. Pero… ¿cuál cámara? sino había, solamente unos cuantos huecos de los clavos de concreto que se habían retirado.

     Al culminar el programa nadie quería salir de la estación; nadie, ni un pie fuera de las instalaciones que se ubicaba en el edificio Pineda: calle Francisco I. Madero y Avenida Juárez. Y bueno. No tardamos de comentarle al jefe y luego, luego nos exhortó a ser cuidadosos con la información y contenidos que manejábamos. Recuerdo que nos subió a su coche —un Jetta color verde— y nos fue a dejar a cada uno a nuestra casa.

   Desde ese momento entendí que el Imperio nos tienen vigilados a cada segundo, a cada minuto; el ojo luciferino y la era luciferina  va tras el control, manipulación y poder.

 

Quiebracanta

 

Sobre los matorrales dormidos

ha florecido la  quiebracanta

que en su corola blanda

guarda el rocío de la mañana

Porqué siendo tan bella

nace entre escobilla y cizaña;

entre dientes de león, pápalo y verdolaga

¡Oh Quiebracanta!

Quiebra que cantas

campana abierta del alba

que a cualquier mirada encantas:

Azul místico que callas.

Las flores de los pobres

con manos honestas son cortadas

y entre todas las que crecen en el monte

eres la más agraciada

Le pido a Dios que cuando me llame a cuentas

sea en octubre cuando tus botones estallan;

que en vez de carolinas y trinitarias

sean tus campanas que cubran mi lustrosa caja.





Santos óleos

 

 

Estoy tan enfermo que apenas despido el aliento

Mi Alma agoniza a ritmo lento

como agoniza el final de este verso

‹‹¡Ay de mí Astros longevos,

qué estaré pagando!››

―me pregunto en mis adentros―

Cuanto añoro marcharme al Valle de los Huesos

donde florece el lirio negro.

En mis ayeres creyéndome Dios

hice de mi soberbia coraza y yelmo

y de mi lengua una lanza afilada

que apuntaba a los Cielos.

Y es que el cartílago traicionero

en sapiensa de incauto

sala el Alma para años postreros.

Al fin. No tiene hueso y serpentea ofendiendo.

    En verdad cuanto me arrepiento.

¿Qué será de mí ahora que tengo

el embalse hasta el cuello y la muerte

lapida mi agonía por oscuros senderos?

Dios socórreme en esta travesía

que me estoy hundiendo

en un lago de fuego.

 

Arrepentimiento

 

 

Tanto que quise ser

Tanto que ambicioné

Tanto que desprecié

En fin…

Puedo decir tanto y tanto

de lo que me envenenó mi pasado

y seguir conjugando verbos dolorosos

que definieron mis motivos y actos

cuando jugaba a ser dios

y me proclama un divino santo.

¡Qué osadía la mía!

De pensar que nada somos en la Vida.

Nos inflamamos tanto de soberbia

que al caer derrotados en nuestro nicho de dolencias

nos tornamos más noble que una corola tierna

—¡Qué tarde lo entendí!—

Saeta clavada en mi alma gris

Ahora que no puedo probar bocado

que mi verbo se ha secado

y mis riquezas están en el bazar de la miseria

deseo un bálsamo sagrado que venga

de lo Alto o de un Monte Santo.

Dolor ya no te aguanto

Día a día estoy menguando y

mis ojos son dos cántaros llenos

que rebasan día y noche

en mi lecho almidonado

Oh mi Dios, ¿Hasta cuándo será levantado mi calvario?

 

 

 

Bendita miseria

 

 

¿Qué tengo?...

―Nada―

Ni la Vida comprada.

Como me ven me tratan:

perro callejero de las avenidas empolvadas.

Así me definen las almas pútridas de vanidad

que deambulan por los senderos de la Vida Sagrada.

Jamás expreso escozor. No es lo mío.

A menudo pudientes, opulentos  

y sarnosos de la burocracia

me humillan y escupen en mi cara

alegrándose de mí desgracia

Pero el Tiempo es buen amigo

y a la vuelta del destino

me encuentro a muchos de ellos lamiendo el piso

o durmiendo sobre bancos carcomidos.

En fin.

Así  son los giros inesperados de un andar calcinado.

En ocasiones me acerco a enseñarles

las tácticas de todo pordiosero

Desde buscar los desperdicios

en las ramplas de los basureros

hasta hacer un camastro modesto

con cartones a ras de suelo.

Y es que en los andenes de la miseria

he aprendido a ser noble porque se vive

de cualquier caridad.

Deambulando por  senderos grises

le he puesto color a lo poco que tengo

y que por permisión Divina me queda: Vida

Es un martirio vivir y morir al mismo tiempo

mientras el Mundo  se devana en alegría.

   

 

Náufrago

 

I

 

He aquí a la deriva

en este mar de aguas cristalinas

moribundo y con alucinaciones extintas

Olas de sueños me llevan al sol durmiente

donde no hay albatros o gaviotas que en cielo vuelen,

ni peces que a mis pies de muerte se acerquen

Ya van cinco soles y cuatro lunas menguando

más sigo envuelto en este telar argento

—¿Qué queda en mí?—

Un espíritu quebrantado

clamando socorro a llanto amargo

para que se abra la bóveda celeste

y devenga un milagro  

 

II

 

¿Alucinación o milagro?

Diviso a ras de agua

el venir de un Hombre

con rostro de relámpago

que en sus manos trae

constelaciones y astros

—¿Quién puede ser?—

No lo sé…

Solo me dijo:

«Tal como Yo puedes andar sobre el agua

A diferencia que mientras vos des un paso

Yo puedo saltar a otro océano. ¡Levantaos!

Cree y se salvó; salta al arrecife más cercano».

Visto 42 veces Modificado por última vez en Martes, 26 Septiembre 2017 14:18
Sergio Palma

Sergio Palma (Tonalá, Chiapas; 13 de febrero de 1986). Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades de la UNACH. Se graduó con la tesis titulada “La presencia del Surrealismo en el poema Piedra de sol de Octavio Paz”. Dirigió los documentales “La miseria de los pobres”, “Zanatenco”, y “Disner: el hombre que esculpió con fuego”. Ha fotografiado los escenarios de la costa chiapaneca en categoría paisaje. Fundador de “Onírica 30500”, “Moreco” (Movimiento Revolucionario de la Costa), y El Ojo Acuoso. Autor del poemario “El monstruo frente al espejo” y la novela “Antonela y el joven pastor”. Su obra fotográfica ha sido seleccionada por la revista “México desconocido” para su publicación. Actualmente radica en su ciudad natal donde permanece creando nuevos proyectos literarios, fotográficos y fílmicos. En este 2017 publica el poemario “Senderos místicos” tras el éxito alcanzado en narrativa en países como Brasil, España, Colombia y en el Norte de México.

 

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