Lunes, 31 Julio 2017 12:28

Miedo al vacío (fragmento) / Víctor Manuel Pazarín /

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Miedo al vacío

(fragmento)

Víctor Manuel Pazarín

 

Ma dimmi: al tempo de’ dolci sospiri,

a che e come concedette Amore

che conoscete i dubbiosi disiri?

 

 

El Falso Chopin; la Falsa George Sand.

Aparecen al centro del escenario de la Ballena Blanca, iluminados por hachones. Quemadas por el fuego, las figuras arden. Es el ardor lo que surge, entonces, de entre las cenizas: al fondo aparece un negro piano, en donde, consumido por la enfermedad, Frédéric besa a George. Ella viste sus pantalones de montar, albeantes como una luna creciente, que los ilumina.

La silueta de un corcel se abre —detrás de una ventana de utilería— para después desaparecer.

Son diez años de vivir juntos. Frédéric ha puesto en sus trabajos, surgidos del amor hacia George, lo que los críticos, mucho tiempo después, han diferenciado: “Liszt seduce al espíritu; Chopin habla al corazón”. Agregan: las obras que ha compuesto, en el tiempo del amor hacia la intrépida dama, son las más altas. Dicen de Chopin y sus trabajos: “la emoción está en la base de su arte y la expresión sonora es su fin supremo...”; lo cual puede ser cierto si no fuera porque “el fin supremo” es George, a quien besa ahora, antes de volver a tocar sus Preludios. Es el año de 1847.

¿Todo es una figuración?

George ha vuelto a la finca hace apenas un instante. Desde la puerta escucha los acordes arpegiados de las Baladas. Ella torna del campo, a donde ha ido en busca de la soledad. Nada está bien: es el último día que estarán juntos. El rostro registra la demarcación de la tuberculosis: a su cuerpo ha llegado, igual, el tiempo de los adioses.

Por la tarde, en soledad resistiendo, Frédéric recordó sus mejores tiempos: apegado a la música desde los ocho años, toda Europa vio al niño prodigio: con agudeza y virtuosismo presentaba conciertos. Nació cerca de Varsovia, en 1810; pero ahora la muerte está cerca. El tiempo presente no es el mismo: en 1830, todo París fue sorprendido: los críticos han dispuesto en su leyenda: “reconocen en él algo más que un simple talento”; dicen: Chopin “ejecuta sus obras ante públicos restringidos...”, al igual que en este momento toca para George.

Es el tiempo de la enfermedad, y el tiempo último del amor. Es la noche final.

El beso dura una eternidad. Después George desaparece para, acto seguido, surgir de entre la oscuridad de una escalinata: baja hasta permanecer en el filo de la noche; su cuerpo desnudo es el ofrecimiento y es el adiós. Permanece entre las sombras: no hay rostro visible; está únicamente el cuerpo desnudo, como una ofrenda. Trae George el vientre desnudo, se alcanza a distinguir la rasgadura: abierta en canal la dama otorga su interior. Es una mujer rota, sin corazón, porque lo ha ofrecido a Frédéric como antes a Prosper y a Alfred. Más ahora es distinto. Es la noche: la entrega final está a punto de celebrarse.

De entre las sombras de la escalinata llama a Frédéric, quien está ante el piano. Los tísicos ojos se abren como una luz. Ella permanece inmóvil, mientras él tose antes de incorporarse e ir hacia la puerta. Entonces llega a la breve escalinata en penumbras para encontrar el cuerpo desnudo y rasgado de George. Se besan y en el beso está la enfermedad.

¿Es la enfermedad lo que ella desea para que la noche última sea una señal del amor? ¿Es la enfermedad una metáfora de la entrega? Esa noche el contagio y su peligro otorgan al amor la revelación: la vida surge del peligro, y la muerte es la nada, un camino sin rumbo exacto: sin dirección; en la vida está la dirección, mas la vida sin riesgos no existe.

¿Es el contagio lo que George espera para signarse de Chopin?

El juego está, entonces, por dar comienzo.

Es el negro corcel; la voz de George pidiendo más y la tos de Frédéric; en el escenario se perpetúa. Es tenue la luz: hace que las sombras crezcan, bajo el rigor de la oscuridad. Es una sala sola, dominada por los arpegios. Son las bocas: se besan y hacen de la enfermedad el alimento, el caldo sexual. Es la bruja y el santo; el corcel: mira con sus ojos brillantes y amarillos, iluminados apenas por la luz; surge atrás de la ventana. El escenario del amor son los cuerpos entrelazados: gimen. La tos. El semen: se prepara. La enfermedad.

¿Hay amor sin riesgos?

La negra tela de los destinos encontrados después de diez años de amor, en su última lucha: ¿para signarse con el contagio? Es el semen del corcel; la leche del tísico; el agua: corre hasta llenar el espacio de la Ballena Blanca, hasta encontrar, entre las mesas, el cuerpo de Jonás —levanta los ojos: los dirige a la escena. El corcel monta a George; Frédéric lame sus altos senos hasta encontrar la torre de los pezones. Los muerde, primero con dulzura, y después con ardor, hasta arrancarlos. Es la sangre: hierve ahora; en tanto George es penetrada por el negro corcel. La abre en canal, para, en seguida, volver a ser la Virgen: se entrega. Camina George a cuatro patas por el escenario: ofrece su negro orificio a quien, displicente, la mira; el que mira abre su mano y golpea las nalgas de la dama. Las acaricia y, entre las sombras, la golpea con ortigas.

George respinga de dolor, de placer —pide más.

La mano hurga en las nalgas, en la vagina, hasta adentrase en lo profundo. La fuente de agua; el chorro que mana; la intimidad de donde surge, pródigo, el ardor.

George, a cuatro patas, recorre el escenario. Se ofrece. Es tocada. Es el centro en donde se detiene. Sube al negro piano para que Frédéric le otorgue el beso negro, con fruición. Las delicadas manos, los largos dedos, entran a la rajadura hasta perderse. Entran. Salen. Entran. Se pierden en vaivén. Gime la perra:  pide luego más: entra entonces la mano al negro orificio.

Primero el dolor; luego la petición de ser desgarrada.

Amamanta George al negro corcel. El corcel es amamantado. Su enorme verga escurre. George la recorre con su lengua; su boca muerde la verga del corcel: casi en seguida, baña el rostro de la dama con su blanco semen...

Se ilumina, súbitamente, el rostro de la mujer.

A pausas se oscurece el escenario.

[Fin del primer acto.]

Es el delirio de 1849. Postrado en su cama de tuberculoso, Frédéric escupe por debajo de sí mismo. La nada es lo que pervive, mas en su memoria, las blancas piernas de la dama lo hacen renacer.

En el aire acaricia su rostro, pero el rostro no existe: es la misma figura bajando la escalinata, la noche de la despedida. Rasgado el vientre, Frédéric busca dentro, como deseando encontrar el corazón: ya todo es una fantasmagoría: sólo el delirio del moribundo existe: lejana, la dama cabalga ahora mismo por los campos de Nohant.

El cuerpo del moribundo es una isla solitaria, desierta de todo lenguaje: ya no hay acordes, no hay una brizna de luz. El cielo es un mar en donde, lentamente, Frédéric cae. Negras nubes como olas furiosas; ocultas estrellas son iguales a peces ciegos en medio del silencio. Hay un mar oscuro. El cuerpo se hunde: abre un curso aún no descubierto. Se ha perdido, entonces, hacia la nada; ha perdido su absoluta totalidad, su saber: la gracia divina: ya no hay lenguaje que se torne en espíritu. Ya no hay palabra.

¿Acaso el deseo en el que se sostiene —por un instante— sea la música?

Fue gracias a Liszt que —en 1847— supo de George y se enamoró de ella. Antes había conocido, en un viaje a Dresde, a María Wodzinska, y la pretendió en matrimonio; no se logró ese amor; en su destino estaba la recia figura de Sand, en su vuelta a París después de ir a Leipzig.

En el invierno van a las Baleares. La enfermedad ya estaba en Frédéric. Sabiduría del cuerpo: la enfermedad es una metáfora que nos descubre lo que somos: lo que dejamos de ser. La enfermedad es camino. Chopin, ahora, es Frédéric, pero la historia dirá de él: “Su obra pianística es la de un artista que sufre tanto en su ser como en su alma”; y más se dice: “...la íntima unión del artista con su instrumento predilecto: el piano...”

Durante el viaje a las Baleares —¿se ha dicho ya?— Frédéric Chopin eleva su inspiración: “...de su sensibilidad tan refinada, extrae igualmente de su amor por George Sand fuerzas creadoras que le inspiran sus obras más logradas...”: —¿sus más logradas obras?—: el recuerdo, lo que hay en  la mente de Frédéric —en este instante— está en el escenario.

Es el invierno. Es el frío y los cuerpos desnudos. Están allí ante los ojos de Jonás: es como si se mirara a sí mismo.

En 1838, Eugène Delacroix pinta a los amantes. Escucha George tocar a Frédéric el piano. Delicada, Sand cierra los ojos en actitud solemne. Chopin —en su rostro la enfermedad—, centrado y concentrado en el amor, se funde a la música compuesta para la amante. La historia de la pintura y de la música conocerá este cuadro en forma de retratos: es un misterio: todos creerán que nunca estuvieron juntos: “fueron cortados por alguna razón que se ignora”; Frédéric, entonces, “hacía furor en París”; pero ahora allí, en el escenario de la Ballena Blanca: la escena describe la pasión de las Baleares. Cuerpos desnudos ante el frío. Cuerpos alimentados por la fiebre del amor. Se penetran. Se rompen.

Signados por Delacroix en aquel año benigno del amor de los amantes, la separación, la ruptura, el corte de las telas: el mundo sabe del desamor. La pintura signa a los amantes, como alguna vez signará a Jonás y a Leda. Las semejanzas: la separación. Leda se hundió en Jonás y trajo a la vida un retrato —una pintura— en donde desnudo permanece a la espera del abrazo.

Los cuerpos ante el frío: separados. No ahora en el escenario.

El fuego los signa.

La enfermedad es camino: ¿el amor es fijeza?

Arrecifes, islas, archipiélagos. La mar vuelta fuego. El frío vuelto pasión. Los amantes se tumban. Hacen de la utilería del escenario las coordenadas, los puntos cardinales: la historia de las Baleares, que fueron ocupación de los cartaginenses, los romanos, los vándalos, los árabes, para luego pertenecer al reino de Aragón. Ahora el territorio es ocupado por la pasión de los amantes. Respiración, jadeos, vaivenes de los cuerpos que se penetran. Abren las rasgaduras, se abren para saber de la sangre, de los sabores lúbricos y del fuego de la mar. No es la música, es la pasión de los cuerpos lo que pervive en la mente del moribundo: son las manos quemándose, el licor que brota de la rajadura; es el miembro chorreante; es George Sand cabalgada por Frédéric. La flagela, la abre, la penetra con la mayor violencia que otorga la pasión. Son los labios mordiéndose hasta la sangre. Es el juego  en donde todo está permitido, incluso el dolor, la sangre —vertida en las aguas de la mar enfurecida. Es el espectáculo de la yegua montada por el negro corcel. Abierta en canal, George gime y se levanta hasta el ardor. Su vientre sangra; su espalda signada por el látigo; sus nalgas púrpuras ahora; la boca penetrada. ¿La sangre une sus breves hilos?: corre a través del escenario hasta perderse. Lame Jonás. Disfruta Jonás. Sufre al mirarse repetido: no es Frédéric y Sand: es Leda y Jonás los que ahora siguen la escena.

Es la hora del baile de la última noche. Es Leda surgiendo para suspenderse en medio del círculo y ascender a la danza, al movimiento.

Seduce a Jonás. Excita a Jonás.

Leda es la negra yegua de las pesadillas: surge del estertor del moribundo. Baja, desnuda y rasgada, de entre las sombras: está al filo de la escalinata. Es el centro sexual. Es el amor buscado, por una eternidad. Ahora bailan —al centro del círculo—: ¿Jonás acosa a Leda, o ella lo busca? Es la última noche. Están los estertores del amor. Es la última respiración del tuberculoso.

“Después de un viaje a Inglaterra y a Escocia, Chopin vuelve a París, donde, minado por la tisis, no tarda en morir...”.

Es la noche de 1849.

[Fin del segundo acto: Final.

Visto 48 veces Modificado por última vez en Jueves, 03 Agosto 2017 00:46
 Víctor Manuel Pazarín

 

Víctor Manuel Pazarín

Poeta, narrador, ensayista, periodista y editor

 

Nació en Zapotlán el Grande, Jalisco, 1963; actualmente vive en el poblado de Tonalá. Tiene publicados libros de cuentos, periodismo y poesía: Puentes (relatos), editorial Mala Estrella, 1993. Construcciones (poesía), Fondo Editorial Tierra Adentro, 1994. Retrato a cuatro voces (Arreola y los talleres literarios) (entrevistas), editorial de la Universidad de Guadalajara, Divagaciones en las escaleras (cuentos), Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, 1994, Arreola, un taller continuo (periodismo), editorial Ágata, 1995, Cantar (poesía), Secretaría de Cultura de Jalisco, 1995, La medida (poesía), Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, colección Los Cuadernos del Jabalí, 1996, Cazadores de gallinas (novela, 2008) y Ardentía (poesía, Buenos Aires, Argentina, 2009).

Es editor del sello Mala Estrella. Fue director-editor de la revista Soberbia, Presencias, mensualidad de poesía y Éxodos, escritura de creación y pensamiento. Es columnista y corrector en La gaceta de la Universidad de Guadalajara y El Financiero de la Ciudad de México El Financiero. Trabaja en la Universidad de Guadalajara y mantiene el blog Barcos de papel. En 2010 Víctor Manuel Pazarín recibió la “Presea al Mérito Ciudadano”, que otorga el pueblo y gobierno de Zapotlán el Grande, Jalisco, “a sus hijos esclarecidos”.

Acaba de aparecer editado su libro A Zapotlán vía París (Editorial Sotevento, colección La autopista del Sur, Zapotlán el Grande, Jalisco, 2013) y la novela Miedo al vacío (Salto mortal, 2014). Están en prensa dos libros suyos: Enredo (poesía reunida 1986-2012), La vuelta a la aldea (ensayos sobre literatura mexicana) y la revista de literatura Persona, de la que es director-editor.

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