Martes, 01 Agosto 2017 01:21

Tajos de palabras / Víctor García Vázquez /

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Tajos de palabras

Víctor García Vázquez

 

Nos ha tocado vivir una época que rinde culto al exceso. Nuestra megalomanía es producto de la cultura ególatra. Todos quieren ser diferentes, importantes e irrepetibles. Los siete mil millones de habitantes del planeta compartimos el sueño de cambiar el mundo, pero sólo lo intentamos desde nuestros medios personales de comunicación. Tenemos la plena certeza de que lo que hacemos es importante para la humanidad y exigimos que así sea valorado. Este es el caso de algunos poetas. Seres comunes y corrientes que se consideran semidioses y creen en su poesía como en el arca de Noé. La poesía no es más necesaria hoy que hace dos mil años. Dicho de otro modo: la necesidad por la poesía es la misma en la época de la globalización que en la Atenas de Diógenes. Sólo unos cuantos pueden y necesitan acercarse y gozar de este fenómeno. Sin embargo, los poetas actuales no dejan de repetir que los lectores se están alejando de la poesía. Cuando en realidad sucede lo contrario, los poetas viven en globos aerostáticos o tienen alas de Ícaro para no vivir a ras de suelo. Prueba de ello es que nadie quiere escribir poesía para ser leído por niños de primaria, amas de casa o conductores del transporte público, sino que escriben poemas para sorprender a sus colegas, para obtener premios, becas y demás estímulos que otorga el Estado. Redactan manifiestos para atacar a quienes no son de su círculo y para asumirse como la generación poética más trascendental. Todo lo exageran de su lado y, al mismo tiempo, todo lo minimizan en sus contrarios. A semejanza de lo que sucede con los cárteles de la droga, hay una lucha enconada entre los poetas. La disputa no es por los lectores sino por los incentivos. Las estrategias de ataque consisten en hacer antologías, selecciones, encuentros, premiaciones, etc. donde se excluye a los bandos enemigos; o bien, en un acto de soberbia mayúsculo, seleccionan poemas de sus adversarios y los etiquetan como lo peor. Han cambiado el análisis por la burla mordaz y la crítica por la franca amenaza. Son maniqueos a más no poder: sus amigos son los mejores poetas, poseen las mejores obras, los premios más importantes y son número uno en ventas; sus rivales son los peores poetas, sus poemas son ridículos y los premios obtenidos son regalos de segunda. Es una actitud tan petulante y superflua como los discursos de las campañas políticas. Es como si un panadero, en lugar de ocuparse en hacer buenos panes, se ocupara de mostrar los panes más defectuosos de sus cofrades. Imaginemos a un campesino destacando los surcos mal trazados de su vecino de parcela, no sólo es ridículo sino que además no es ético ni contribuye a la perfección de su oficio. Estas actitudes demuestran que vivimos en una sociedad de ególatras que ignoran los principios del humanismo. Sólo pensamos en nosotros mismos, en nuestros intereses, en nuestra fortuna y como consecuencia hemos creado una sociedad de profundo odio, de una violencia inhumana. No hay tanta diferencia entre la forma de acribillar de los sicarios y la pluma feroz de los poetas que atacan a los otros en su intento por “legitimar” su obra. El fin es el mismo: llenarse de poder y mostrar que existen los dominados y los dominadores. En estos tiempos, pues, ser poeta no es distinto de ser gobernante: ambos practican la corrupción y el abuso de poder.  En muchos aspectos la poesía mexicana no ha logrado despojarse del colonialismo. Muchos poetas en verdad creen que la  única poesía que existe en nuestro país es la escrita en español; se niegan a reconocer que aquí la poesía se escribe en mexicano. Nuestra diversidad lingüística y nuestra riqueza multiétnica nos permiten poseer uno de los dialectos del español más importantes y complejos; de ahí la originalidad, la diversidad y riqueza de nuestra poesía castellana; pero además existe una vasta producción en lenguas originarias: náhuatl, zapoteco, maya, mixteco, tzotzil, totonaco, etc. que en muchos casos supera a la poesía mestiza. Nuestro sistema de pensamiento es distinto de cualquier otro pueblo por el hecho de que la lengua en la que pensamos no es el español, sino una variante que no responde a la gramática convencional ni se apega a los contextos de comunicación formal. Aunque no lo reconozcamos, el verdadero diálogo de la interculturalidad se establece por medio de la poesía. En otros ámbitos, el respeto por lo intercultural  ha fracasado, pero en el aspecto literario podemos decir que sí existen los canales suficientes para reconocernos como un país que es muchos países. Sin embargo lo que piden las instituciones es una poesía monolingüe, a semejanza de los programas educativos; pero no sólo las instituciones sino también los poetas convencionales; por poetas convencionales no quiero decir académicos, sino aquéllos que se proponen que la poesía siga siendo un ejercicio retórico, malabarismo verbal, música sin sentido, lenguaje sin cultura, sin flora ni fauna, sin olor ni sabor. Estos poetas descalifican la auténtica poesía mexicana usando frases como “poesía provinciana”, “poesía rural”; para muchos de estos poetas su gran sueño es que los publiquen en España, no que los lean en San Juan Chamula.  Celebramos con mucho ímpetu el Bicentenario de la independencia, pero muchos mexicanos siguen sintiéndose españoles. El colonialismo es un asunto mental que sigue imperando en la psicología nacional; por el contrario, los pueblos originarios, y con ellos sus artistas, viven una plena época del postcolonialismo; por lo tanto, están más cerca del renacimiento que los mestizos. Los poetas “consagrados” que imparten talleres a los nuevos creadores cumplen la misma función que los misioneros del siglo XVI: no difunden una fe, imponen una sola forma de ver el mundo, descalifican lo otro, erradican la herejía e incendian el legado más antiguo de nuestras culturas. La mayoría de los poetas mexicanos actuales no sólo son más conservadores que los del siglo XIX, sino que tienen más complejos. Quieren ser cosmopolitas aun cuando no reconocen su identidad local. Es necesario descolonizar la poesía mexicana, liberarnos del yugo que ejercen los modelos extranjeros. En la medida que construyamos una genuina poesía autóctona, alcanzaremos una verdadera poesía universal. La descolonización se logrará en la medida en que dejemos de ver la poesía como un producto comercial o un producto lucrativo; es cierto que los premios han incrementado la actividad creativa en las últimas décadas, pero también es evidente que muchos poetas actuales sólo escriben para obtener premios; no tienen ningún compromiso con la poesía y menos con el lector. ¿Descolonizar la poesía mexica? Sí, aunque suene absurdo o irrelevante. Debemos crear conciencia de que la poesía es un bien común; es parte del patrimonio que nos otorga la lengua y la cultura; no debe ser, por tanto, propiedad de unos cuantos, sino que debe estar al alcance de todos. Con esto me refiero a que deben existir mejores oportunidades para que más gente pueda publicar y tener espacios para leer en público. Es frecuente ver a poetas de menos de treinta años con más de diez libros publicados, pero sin un verdadero poema; también poetas que viven de los estímulos a la creación, pero que nunca han tenido la iniciativa de ir a leer a una escuela pública. El poeta tiene, aunque no lo quiera, un compromiso social; ello no sólo porque su materia prima, la lengua, es propiedad de todos, sino porque gracias a la oralidad y al coloquialismo, la poesía sigue siendo posible en nuestros días. La originalidad no la alcanza el poeta cuando plasma en su cuaderno un poema, sino cuando recoge del sentir común los giros expresivos que con la ayuda de la retórica se convierten en literatura. Estoy convencido de que lo que necesitamos en nuestro país es suprimir las becas a los creadores y dárselas a los lectores. Esta sería una buena iniciativa para descolonizar nuestra poesía. El imperialismo de la poesía es un aspecto que se está incrementando gracias a que el Estado reparte becas y premios económicos que están en manos de ciertos cotos de poder, que no conocen la ética ni les interesa en lo más mínimo la literatura. Los imperios de la poesía son diversos grupos que operan desde distintos estados del país con estrategias mañosas y, en sentido estricto, delictivas; con el pretexto de conformar un taller, una revista electrónica, un círculo o una editorial, los seudopoetas integran auténticas mafias que se apropian de todos los recursos que las universidades públicas o las secretarías de cultura destinan para la promoción de la lectura. Por lo tanto, es urgente devolver al lector su auténtica ciudadanía poética. Descolonizar también significa erradicar los imperios de la poesía. Así como existe un instinto del lenguaje, también hay un instinto de la poesía; por eso en la diaria conversación las personas enuncian frases que son insuperables; los niños, en sus juegos, crean versos de una creatividad asombrosa; el piropo y el albur son dos expresiones no exentas de auténtica poesía. Me atrevo a aseverar que la competencia poética no requiere de la competencia comunicativa ni de la competencia lingüística. Es decir, no es necesario ser elocuente ni saber las normas de la gramática para escribir o disfrutar un buen poema. La poesía es un vestigio precivilizatorio que preservamos como un gen recesivo y a menudo lo usamos cuando queremos oponernos a la modernidad o el progreso científico. Así como no hay sociedad sin lenguaje, tampoco existe una sociedad sin poesía. Aún las tribus que viven aisladas de la civilización, poseen el don de la poesía. Más que un vehículo para la comunicación, el lenguaje lo utilizamos como un instrumento para la interpretación. Ahí donde las palabras son insuficientes para nombrar al mundo, surge la poesía para revelarnos la realidad de las cosas y los seres. El alumbramiento del poema siempre nos regresa a un estado salvaje, ya que no organizamos la experiencia de acuerdo con la lógica del pensamiento, sino a partir de la intuición que es hermana del instinto. Todo poema es glosolalia, puro significante que no quiere decir nada. El acto de poematizar una imagen o una experiencia equivale a exorcizar nuestras pasiones. De Catulo a Humberto Ak’abal, de Juan de Yepes a Derek Walcott, los poetas cumplen la misma función que el brujo: sanan con su propia enfermedad. El concepto de libro es muy posterior al surgimiento del poema; por eso es difícil aceptar como poesía los ejercicios creativos que primero diseñan un esquema y después lo rellenan con palabras. La mayoría de los poetas actuales primero sienten la necesidad de publicar un libro y después piensan en el poema. Esto, otra vez, es producto de los estímulos, que sólo sirven para prostituir a los creadores que podrían lograr mucho más escribiendo desde la mendicidad y el abandono. ¿Qué es lo que necesitamos para regresar el valor que la poesía tenía? Desde mi experiencia como lector, es urgente que le devolvamos el valor al poema y se lo arrebatemos al libro. Los mejores poetas de diversas lenguas son recordados por un buen poema, no por un buen libro de poemas. No importa qué libros hayan escrito Francisco de Quevedo, Federico García Lorca, José Asunción Silva, Antonin Artaud, Guido Cavalcanti, Walt Whitman, Georg Trakl, etc. lo importante es que son autores de algunos pocos poemas memorables que son y seguirán siendo parte de la memoria colectiva. Lo que permanece siempre es la poesía; en ese pequeño vehículo infinito que es el poema. ¿No es una exageración que los concursos de poesía exijan un libro de poemas a un autor joven? Por supuesto, pero también a un autor maduro. El poeta, si lo es de verdad, a lo largo de toda su vida podrá escribir algunas pocas decenas de poemas. No digo buenos o malos, sólo poemas. Lo demás será escritura fallida, pura verborrea, currículo de vida para mantener un puesto en la academia o en la burocracia. Creer que el poeta puede escribir varios libros de poemas a lo largo de su vida es megalomanía. La memoria a corto plazo es suficiente para enumerar los poemas de Sor Juana o Fernando Pessoa. El poema es apenas un tajo de la poesía, un trozo que se le puede arrancar al lenguaje mayor de vez en cuando si se cuenta con el estilo o el estilete y la furia suficiente. El poema no es la poesía, pero es uno de los vehículos más certeros para llegar a ella.  Muchos poetas maduros tienen la actitud de las actrices decrépitas: cuando la belleza ha cumplido su ciclo, recurren a la cirugía plástica; el resultado es nefasto, porque sólo pueden provocar dos sentimientos: burla o lástima; pero esto no es un síntoma que sólo se presente en la madurez: también hay bótox para todas las edades. Hay una expresión que se refiere a la cirugía que en verdad me fascina: “echar cuchillo”; cuando una persona ya no se siente a gusto con su cuerpo o con su rostro va al médico para que le meta cuchillo. Cuando el poeta está en pleno dominio de sus facultades poéticas, echa cuchillo a la poesía y logra,  algunas veces, cortar un tajo perfecto que se convierte en un hermoso poema; sin embargo, cuando la musa lo ha abandonado, lo mejor sería que el poeta ya no arremeta a cuchilladas contra la poesía, sino que ponga su mano sobre la página en blanco, tome con firmeza la fina hoja de metal y se corte los dedos de un solo tajo...

De vez en cuando camino al revés:

es mi modo de recordar.

Si caminara sólo hacia adelante,

te podría contar

cómo es el olvido.    

Humberto Ak´abal 

Visto 113 veces Modificado por última vez en Martes, 01 Agosto 2017 01:43
Víctor García Vázquez

Víctor García Vázquez. Ha publicado un libro de ensayo: Mujer de niebla (Premio Nacional de Ensayo 2001); dos de poesía: Raíces de tempestad (Editorial Daga, 2001) y Tejidos (Lunarena/BUAP, 2003), y cinco libros de texto sobre redacción (Bookmart) y literatura (MacGraw Hill). Ha sido antologado en Puebla, La ira de Dios (Secretaría de Cultura de Puebla, 1999), Espiral de los latidos: poesía joven de la zona centro del país (Fondo Regional para la Cultura/Conaculta, 2002), Sirenas y otros animales fabulosos. Antología poética (Poesía en el andén, Alforja, 2006), Miscelánea erótica (BUAP, 2007), La luz que va dando nombre: veinte años de la poesía última en México (Secretaría de Cultura de Puebla, 2007); y en el libro de ensayos Aristas: acercamiento a la literatura mexicana (BUAP, 2005). Publica crítica literaria en diversas revistas y periódicos nacionales

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