Lunes, 11 Septiembre 2017 23:40

Ayotzinapa y el dolor / Ramiro Padilla Atondo  /

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Ayotzinapa y el dolor

Ramiro Padilla Atondo

 

En un país lleno de desaparecidos los duelos son largos. Quien no halla un familiar vive esa lenta agonía, la agonía de la incertidumbre. En los países sajones los funerales ocurren una semana después del fallecimiento. De manera pragmática, se prepara todo para que ese mismo funeral no interfiera con otras actividades. En nuestro país todo sucede en un parpadeo. Mueres hoy y mañana al medio día te entierran. Quien no te ha visto en una semana imaginará que estás en tus actividades normales si no se entera a tiempo.

¿Qué pasa por la mente de un familiar cuando ha recorrido cientos o miles de kilómetros buscando a alguien con la muy remota esperanza de encontrarlo? ¿Cuáles serían las etapas de ese duelo? La normalización de la desaparición en México tiene consecuencias a nivel social. Ya no sorprende que haya quienes justifiquen la desaparición de 43 estudiantes. Son parte de esa nueva vileza que ha adquirido carta de naturalización en nuestro país. Porque al final la violencia a todos los niveles, llámese violencia del narco, del ejército o de la policía, tiene como elemento común la objetivación del otro.

Tampoco sorprende la respuesta del gobierno, tardía y estúpida en todos sus niveles. La desaparición de los estudiantes fue el inicio de la tormenta perfecta para una camarilla expuesta hasta al cansancio en su corrupción. Políticos de palacios de mármol que han perdido toda conexión con la realidad.

Pregunto de nuevo ¿Habrá alguien que se preocupe por el dolor de los padres? Han sido ya treinta y seis meses de agonía y quizá falten muchos más. La corrupción en el país semeja una red neuronal, casi infinita en sus ramificaciones, hecha de apatía ciudadana y mentiras gubernamentales. El entramado político es tan elaborado que no se sabe a qué dosis de realidad podemos apelar.

Somos un país escindido por voluntad política. Una nación-tv que repite hasta la saciedad las mentiras gubernamentales y les da estatus de verdad. Columnistas que se juegan la credibilidad desde algún lugar en la condesa con tal de seguir ordeñando el presupuesto.

Ayotzinapa es una herida abierta. El ejemplo más acabado de la degradación de eso que llamamos mexicanidad. De nuestra apatía que solo se diluye ante la presencia de desastres naturales. La desnudez de los padres de los estudiantes es nuestra propia desnudez. Ocupemos su lugar por un momento. Pensemos en la impotencia que produce la pobreza, los oídos sordos, las amenazas anónimas para que dejen de buscar,  incluso el arreglo económico por parte del gobierno. ¿Cuánto cuesta en dinero la vida de tu hijo?

La dilación es un arma fortísima. Es una carrera maratónica. La dilación es el instrumento de los poderosos, que pueden sentarse a esperar por la eternidad. Usted si no trabaja hoy no come mañana ¿cierto? Su hijo era un revoltoso, se lo merece. Somos un país profundamente racista. Los estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa no se parecen a los de la Ibero, menos a los de la Anáhuac. Los estudiantes de Ayotzinapa no son mirreyes.

Y mientras tanto nos debatimos entre la verdad histérica y el olvido. Porque la tragedia mexicana es un circo de varias pistas. El surgimiento de nuevos distractores (escándalos) abulta los expedientes sin resolver de un puño de burócratas que piensan en ascender, no en hacer bien su trabajo, porque de hacerlo bien no depende ese ascenso.

Y al último, rebasadas las instancias gubernamentales, expulsados los expertos extranjeros, solo queda la soledad que produce la pobreza. La solidaridad virtual que no conduce a nada. Queda esperar, porque en el esperar está escondida la esperanza. Esperar a que uno de los peores gobiernos de la historia se vaya y llegue un relevo capaz de desatar el nudo gordiano llamado Ayotzinapa. Un nudo gordiano creado ex profeso para nunca resolverse.

Ni perdón ni olvido.

Visto 316 veces Modificado por última vez en Martes, 26 Septiembre 2017 14:24
Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

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