Martes, 14 Noviembre 2017 22:49

El Gen poético en tres creadoras mexicanas / Por Víctor Hugo Díaz /

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El Gen poético en tres creadoras mexicanas

Por Víctor Hugo Díaz

Santiago, Chile, agosto de 2014

 

 

Recuerdo haber oído una vez al gran poeta chileno Gonzalo Millán, decir “el don en poesía es lograr que no se te vea la tinta al leer el poema”. Es decir, sobrepasar ese filtro encarnado en la letra, cuando lo que importa es la intensidad, el misterio de lo cotidiano, la experiencia vital y la lupa subjetiva.

Otra posibilidad o mirada, es abordar el “género” poético, como un nicho o profesionalismo de las teclas, como una decisión racional, decisión de escritura, un plan productivo centrado en lo “textual” y en una búsqueda experimental de originalidad.

Quisiera comenzar dejando claro que a mi parecer; tocando con los ojos, profundizando en lo superficial, yendo al hueso y a la piel e intuyendo a través del microscopio; se trata en estos tiempos tanto de un “don” como de un Gen. Ese Gen, ese virus, significante que está sin duda presente en estas tres poetas mexicanas, ese virus (1) que se inocula o contagia por vía poética al lector.

La poesía escrita por mujeres en México y en toda América, es una fuerza creativa importante y presente desde siempre en la literatura, pero silenciada por épocas, mediante estrategias de ocultamiento. De forma autónoma, hoy la poesía femenina se ha consolidado y adquirido visibilidad cultural desde sus propios espacios creados.

Como ejemplo sólido desde la primera mirada o lupa subjetiva, intentaré visualizar eso inasible de las cosas sucediendo en estos tres libros de poesía (2):  Material peligroso de Gabriela Cantú, Apuntes de viaje de Isolda Dosamantes y Los días heridos de Leticia Luna.

Tres miradas, tres voces que hablan claro desde lo femenino, en su diversidad, pero de modo universal, privado y público, no desde una plataforma sistémica, desde la cual generalmente, los resultados no guardan relación o cercanía a lo erótico liberador, lo experiencial y lo estético; como si se tratara de cualquier otro discurso de poder, “ismo” o militancia. En otras palabras, estas poetas no basan o engendran su escritura en discursos o definiciones acotadas, previas a su poesía (G. Deleuze: La poesía no tiene anterioridad).

Al abrir el libro Material peligroso de Gabriela Cantú, México, Universidad Autónoma de Zacatecas, 2013, se oprime el ON de una corriente viva o flujo que se mueve por todo el texto, deslizándose a distintas velocidades, en continuidad, pero siguiendo los pasos de un baile, que ya no requiere necesariamente del verso; poesía intensa y transparente, que tiene como uno de sus ejes de gravedad la "geografía del cuerpo". Recordemos que una buena biografía, se escribe con el cuerpo.

A lo largo del desplazamiento de este libro, la mirada adquiere protagonismo, al mixturar la belleza de su lenguaje con situaciones vivibles-visibles, descubriendo con lupa o microscopio: No es lo mismo mirar   que mirar. o Te pensé en una pequeña imagen como/ esos negativos que vendían hace mucho/ tiempo en los circos; asomé mi ojo por esa/ pequeña cámara contra la luz para verte.

Aquí, además sucede otra fricción, lo que parece narrativa, a veces disfrazada de linealidad, contiene densidad atmosférica autónoma, hace intuir eso otro que pesa, que pasa, que sucede y acompaña a los objetos, que es casi de cristal pero al rojo en la fundición de lo aparente; tensa, intrigante, siempre a punto de la ebullición: Te he visto reflejado en la taza de café de la/ mañana, también en el parabrisas del auto/ cuando estoy detenida// …ciertas cosas deben cumplirse …como detenerse a pensar en/  una imagen que nos da placer…

En Cantú el tiempo es otro de los pilares o ejes que lubrican y permiten el funcionamiento de este libro: Se había establecido una fecha pero los/ acontecimientos del día siguieron su propia/ forma de hacerte sentir como una nave encallada/ y ves el agua que sigue corriendo… sin tomarte en cuenta. o … los cubos que salen del congelador… El agua detenida ahí… Se trata de una suspensión de/ movimiento, de una especie de muerte/ limpia y transparente.

Para Gabriela las acciones, las extremidades (…olvidarse de que/ tienes piernas y dolor de pantorrillas y de que/ tienes vejiga acumulando orina, olvidarse/ también de que existe un mundo allá fuera/ abriendo y cerrando su hocico) o las posturas corporales, son Materiales peligrosos: Algunos materiales pueden ser/ peligrosos, el exceso de luz –por ejemplo-// … puede provocar ceguera temporal o… clarividencia, que si fuera el caso, también/ es temporal.

Frente a esta peligrosidad, la única y la peor, la de no sentir la vida, la de la no oscilación ni el viento; este hablante desarrolla ojos y oídos atentos, es austero, pero depredador y recolector de lo que está pasando. Así nos habla desde este sólido libro, de frente, sin truculencias discursivas y con el Gen poético indispensable. A veces incluso hablando sólo o dormido. Tal vez cuando todo lo observable a plena luz ya no es suficiente. Como buscando: Como si no hablara lo suficiente durante el día, / dicen/ que hablo mientras duermo y creo que dicen verdad/ Anoche me despertó mi propia voz…

Apuntes de viaje de Isolda Dosamantes, México, DF, Editorial Praxis, 2012, se presenta ante el lector como un pasaporte, un salvoconducto que lleva al desplazamiento permanente, tanto en ritmo, imágenes y viaje. De una ciudad a otra, de una estación a otra, cosiendo ese espacio entre los lugares, los días y los años (los recuerdos). Aquí la voz y la mirada se entrelazan en un hilo que se enhebra en una aguja de tiempo, que va bordando el texto, con la suavidad y agudeza del acero industrial: Se escuchan sus pequeñas patas sobre la tierra,/ Inician el viaje de su piel por las esquinas,/Descansan un momento frente al agua… El viento flota espeso y no vez nada,/ sólo tus pies uno tras otro disfrutan su aventura,/ descubren el silencio de la noche.

En ciertos pliegues del libro los objetos adquieren personalidad, ya no sólo es materia, forma y nombre, sino también un tú, un él: Los hombres se abrazan a su árbol,/ lo abrazan como un niño ante su madre,/ lloran en él… se acarician en las ramas y descansan,/ … como si árbol les hablara,/ …Los hombres se golpean contra el árbol,/ le pegan con firmeza en la coraza/ y la fortaleza del árbol se hace suya,/ la sombra de los hombres son sus ramas.

Llama favorablemente la atención en Isolda, el contrapunto generador, un A v/s B = C, es decir, el paso” en un mismo poema o un mismo paisaje escritural, desde un elemento cargado de suavidad cultural en un instante; a otro en que se transforma el sentido, hasta terminar en la dureza áspera del desarrollo urbano moderno, afiches del hoy, tajadas de ahora; cuando caminar es ser un pez y donde lo que flota es espeso: … la ciudad vive las flores,/ las crece, las corta, las cultiva,/ las hace de cartón,/ de masa, de madera … En China todo gira,/ las voces danzan en círculos precisos,/ los albañiles construyen edificios en semanas, o donde sólo se tiene el trajín diario… el edificio,/ el jardín y una barranca de cemento.

Por momentos la enumeración de lugares, tiendas, objetos y comidas, adquieren en sí su ritmo propio: al final compré tortillas/ y cigarrillos baratos,/ cigarrillos de los indígenas,/ cigarrillos piratas. Ritmo tanto en respiración como en sucesión de imágenes, o mejor dicho, en ese gesto móvil en que las siluetas y las situaciones se exponen ante el ojo. Por ejemplo esa voz que viaja desde la ciudad más contaminada, Las calles de Beijing son agridulces/ el cielo es bruma/ neblina oscura que te ciega;/ sin embargo, sus luces arcoíris son caricias, hasta luego aparecer en el punto más alto de Norteamérica; porque es el cuerpo, su significado y su memoria lo que se desplaza en este libro ágil y potente, como mirarse a los ojos  Mírame de frente, escúchame,/ déjame escuchar tu piel,/ vengo de lejos como muchos,/vengo del norte y hablo inglés.// Montaña de Mont Royal,/ ciudad de los sueños del artista.

En el título del último fragmento de Apuntes de viaje, Barro en movimiento, Dosamantes sintetiza quizá de modo categórico el resultado de este libro, metaforiza con limpieza y tacto esta mezcla de tierra bajo los pies y agua discursiva, privada y pública, en vivo movimiento, este barro de situaciones, territorios y momentos… esos momentos, esos, en que a veces somos.

Al tocar la puertas de Los días heridos, Leticia Luna, Ed. 400 Elefantes, Managua, Nicaragua, 2007, (Con prólogo de Raúl Zurita) ya desde la primera página se nos viene una voz a advertir, sale hablando desde la oscuridad, con una antorcha y nos cuenta que Esta noche hay un olor fétido en el aire/ sin duda es el olor de un país que muere.

Desde el principio del libro, Luna nos habla desde un paisaje humano desolador, desde el lugar de la última batalla antes de rendirse o contraatacar, un lugar desde donde nos mira el enemigo y nos apunta con su mira, su cristal, a través de la ceguera del pez y la gula del cerdo/ hermanados por la traición.

Es una lucha diaria donde otros deciden, donde una voz invisible  obliga a la venta/ del huerto/ más preciado, o donde la sociedad del espectáculo o de los matinales, nos hace creer importante ver al tonto más tonto/ triunfando en la televisión.

En Los días heridos el hablante realiza un acto moderno, crítico, atrincherado en el soporte de la poesía, sí, pero logrando llevar la atención del lector a espacios sociales, esto más allá de la postura poética que se acoge a lo situado, digamos el poema y su entorno, sino también en el exteriorismo ciudadano, es decir una voz que actúa en el mundo histórico y social que nos constituye, siendo parte de un proceso, visibilizando la fractura y la injusta hegemonía en nuestro continente. Al contrario de las promesas públicas aquí se insiste en vientos que soplarán  Hoy no llueve y la ciudad maquillada de smog/ muestra el signo del mal presagio/ que sigue esclavizando el tiempo venidero.

Por momentos y poemas, las fotos o “tomas” que saltan al ojo que lee, hacen ver que el conflicto que se pone en escena es el mismo, los métodos son los mismos en todos los conflictos; pasar por encima: Oaxaca, la Araucanía, Palestina, Ya no hay pecho para plañir el duelo/ y la penumbra de lo que nunca ha sido/ me desangra.// Hay días en que amanecemos en un pozo tan hondo   tan hondo//  Días en que aún dando palos de ciego/ caminamos hacia la ubre de su despeñadero falso.

Pero frente al muro, el de cemento, el fronterizo y los otros, permanece una voz plural que se resiste a la genuflexión ante el metal frío del poder Si miraba piedras aparecían cactus/ llegábamos con el vendaval/ a la cicatriz del invierno.// Somos un brote de espinas/ sobre las ruinas/ de la ciudad.//  Un holograma nace de mis ojos/ para mirar el mundo/ con la gracia del ángel que despierta,

Desde la escritura poética el acercamiento, la visibilidad y la textura-táctil de lo real serán siempre pre-textos. Prueba de esto es la permanente presencia de algo como una brisa, algo antiguo en esa mirada clara, justa y ceremonial, digamos ese pasado permanente que se puede olfatear en forma reiterada y sutil: las piedras, los cactus, el atardecer en el desierto, el amanecer de sus animales. Así también, dentro de esta estética fundamentalmente exteriorista, el hablante apela a lo íntimo Si tan sólo estuviera aquí esta noche/ como cuando veías en mis ojos/ vapores de barco que regresa.

En este claro, terrible, transparente y trágico libro, Leticia nos muestra una obra cruda, polisémica y en movimiento, que apunta a muchos puntos cardinales, parada en medio como advierte al principio de del libro, de un país que muere, de un hoy social, de un hoy México, de un hoy Chile, de un hoy Latinoamérica, un hoy que abre sus cloacas/ y hiede   hiede   hiede…

Para finalizar dejo claro que este texto (tejido) es la lectura archi subjetiva de tres libros que leo y en los que yo me leo. Puedo decir sí, que en estas tres poetas mexicanas no existe la evasión, que en lo que a poesía concierne es ponerse de pie en su propia voz o suelas, sin respaldarse en discursos signados ni en militancias de género.

En esta cadena de ADN ellas viajan a distintas velocidades por las calles, parques y carreteras del sentido, incluso por escaleras mecánicas, en cualquier país, son vehículos que dicen; algo que sucede, un semáforo  y ya todo es pasado. A veces en cuarta, primera, otras en reversa. Infectadas del Gen, del virus. Síntomas: “La loca de la casa”. Sufriendo los efectos del vicio y la adicción que es la poesía.

1: Cita a palabras del poeta Gonzalo Millán y referencia a su libro Virus, Ed. Sin Fronteras, Santiago, Chile, 1987.

2: Referencia al concepto crítico “es lo inasible de las cosas sucediendo, lo que se viene a los ojos…”, del poeta chileno Carlos Henrickson.

 

 

 

 

 

GAbriela Cantú Westendarp

 

IX

 

Estamos sentados en un restorán comiendo

pescado frito. Aquí nadie nos conoce y así

está mejor —así podemos vernos mucho tiempo

sin decir nada hasta que uno de los dos no se resista

y asalte al otro de manera un tanto intensa y alguien

llame a la autoridad del puerto y nos detengan por

escándalo en la vía pública, y entonces vayamos a un

lugar más privado (digamos una cueva o una gruta) y

ahí, mitad vestidos, mitad desnudos, nos amemos por

largas horas—. Por lo pronto estamos comiendo pescado

frito en un restorán del puerto pero creo que tarde o

temprano llegarán las autoridades.

 

I

 

Dos personas se dicen adiós como si intuyeran

que no volverán a verse pronto. Prolongan el

momento para no enfrentar el vacío. Podrán

encontrarse en algún sueño, en el rostro de un

extraño en la calle, o en el libro que están por

comenzar a leer. Esto no es un cuento, es más

que una imagen que se trabaja para un texto; es

un hecho de la vida real como dirían en los

programas de televisión.

Desde entonces, hace apenas unas veinticuatro

horas, te estoy buscando y, en “la vida real”, no

te he visto.  

 

I

 

Cuando uno piensa que está escribiendo de

alguien más resulta que la verdad es otra y

que uno solo puede escribir de sí mismo.

Presumo que se debe a lo altamente egoístas que

somos. Supe de un hombre que estaba muy

triste porque tenía una mujer que había perdido la

cabeza por algún vicio. El hombre difícilmente

veía la luz del día, no probaba bocado, dejó de

ver a sus amistades, perdió su trabajo, se enfermó

de pulmonía y casi pierde la vida. Todavía no sé

la causa que une mi vida a la de este hombre del

que estoy escribiendo, pero estoy segura que en

algún momento encontraré un hilo que nos

una. Quizá, pero no estoy segura, yo también

tenga un vicio y mi vida corra peligro.

 

Gabriela Cantú Westendarp (Mty, N.L. 1972) Poeta y promotora cultural. Tiene una Licenciatura en Estudios Internacionales por la UDEM y una Maestría en Ciencias con Especialidad en Lengua y Literatura por la UANL. Es Directora de Difusión Cultural de la Universidad Metropolitana de Monterrey. Imparte talleres de lectura y creación poética en diversas instituciones. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2012 y Mención Honorífica en el Premio Regional Carmen Alardín 2011. Recibió la beca, en el área de poesía, del Centro de Escritores de Nuevo León en 2006. Es miembro del Consejo Editorial de la sección Vida del periódico EL NORTE del Grupo Reforma. Tiene cinco libros publicados, Material peligroso (UAZ, 2013) Segunda Edición Hiperión España, 2015, Naturaleza muerta (UANL, 2011) El filo de la playa (Mantis editores 2007) El efecto (CONARTE, 2006) y Poemas del árbol (UANL, 2009). Fue co-fundadora de la revista de arte y literatura Otra orilla. Su obra se ha publicado en antologías, periódicos y revistas de México y del extranjero.

 

 

 

 

 

 

 

Isolda Dosamantes  

 

 

Las hojas del ciruelo han terminado de caer,

son una alfombra sobre la calle;

afuera de las casas guantes, gorras, orejeras,

todos caminan con prisa hacia algún sitio.

En el invierno los rostros no existen,

las personas no salen de sus casas;

parecen sombras que deambulan,

voces sin rostro;

tú misma eres tu sombra

y te vas a tus cuatro paredes

a soñar con el viento,

con las flores,

y te miras en ellos, en tu espejo;

entonces retornas a la calle

en busca de tus huellas.

Respiradero

                                                            

 

                                                                        A Edgardo, Pilar y Sebastián

 

 

Las calles de Beijing son agridulces,

el cielo es bruma,

neblina oscura que te ciega;

sin embargo, sus luces arcoiris son caricias;

caminas sin el miedo de asalto en occidente,

andas con la confianza del pueblo de la abuela,

con el canto en la boca de una sílaba extraña,

con la certeza de llegar al puerto;

tus pasos son libres unas horas.

En cada pensamiento que te aleja

una flor de la vida en el oriente,

callejones con sus puestos de fruta

repletos de alegres gritos guturales.

Caminar en Beijing es ser el pez,

el alma de sí mismo.

El viento flota espeso y no ves nada,

sólo tus pies uno tras otro disfrutan su aventura,

descubren el silencio de la noche,

el canto de los grillos,

las flores del verano que terminan

adornando los pasos del transeúnte.

Anduve paso a paso sin destino,

tropezando con bicis y tenderos;

en cada recuerdo una vivencia que cambia de rumbo al pensamiento.

Beijing es siempre gente, noche condensada

en la que te abres paso como selva;

es un disturbio de mente entre los hombres del Tai chi

y el trajín diario, cotidiano;

es el huton y el edificio,

el jardín y una barranca de cemento.

Ensamble

El hombre está lleno de ausencias;

cada mañana se desprende de un abrazo,

de un sueño, de un saludo;

cada mañana regresa más solo del metro;

su mano, líneas de historias repetidas;

sus ojos han sido deshabitados por la luz;

hoy es menos hombre que ayer, más bestia;

a veces, lobo, tigre; otras, gusano.

Ese hombre está lleno de ausencias,

ese hombre se despertó esta mañana

con la certeza de ser un maniquí,

ése del cabello oscuro busca en sí mismo

y se recuerda en el abuelo de la fábrica,

en las calles repletas de luz y globos de colores en la infancia.

Ése que camina cabizbajo

se recuerda y comienza a tejerse,

a ensamblar sus piezas,

a encontrarse.

 

Isolda Dosamantes (Tlaxcala, México 1969). Poeta y Académica. Es maestra en Creación y Apreciación Literaria (Casa LAMM), Especialista en Literatura Mexicana (UAM) y tiene el diplomado en Creación Literaria de (SOGEM). Fue becaria de la Fundación Alberti, del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Tlaxcala y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en su programa de Apoyo a Proyectos. Entre sus libros publicados destacan Apuntes de viaje, Praxis, 2012, Paisaje sobre la seda, Verso destierro, 2008, Altura Lustral. Fundación Navachiste, 2000., Después del hambre, Lágrimas de Circe, 
Mar del Plata, Argentina, 2017. Desde 1997 se ha dedicado a la docencia en el Centro Cultural la Libertad, la Universidad Autónoma de México (Ciudad universitaria, Taxco y Canadá), las universidades chinas de Hunan y Pekin, la Escuela de Escritores de la SOGEM, actualmente es directora de la Galería Casa de la Nube en el estado de Tlaxcala, donde además imparte su taller de poesía.

 

 

Leticia LuNa

 

LOS DÍAS HERIDOS

(fragmento)

 

i

Esta noche hay un olor fétido en el aire

sin duda es el olor de un país que muere

como en aquellos años de la corrupción

cuando mi infancia era una parvada de golondrinas

y mi padre enfermo    

ya nunca fue el mismo

Hoy persiste ese olor tan fétido en el aire

y mi padre      

no está aquí       

para limpiarlo

 

 

NIÑA CACTUS                         

 

A Yazmín

Hermana:

Tú y yo sabemos que mañana la línea fronteriza

atravesará nuestras vidas

que por ti cruzaré el Desierto con sus llagas de sol

la migra con sus amenazas de bala

y el río de rocas amarillas

Seré Niña Cactus       

     Mezquite ardiente          Vaho                 

Ojo   Vientre de Luna

    Mujer Cascabel

                     Mujer Río

                        Mujer

                        Guar-

                  día-

                  na

                       

Hermana:

Tú sabes que cruzaré el Desierto

tan sólo para mirar las estrellas de Phoenix

en tus ojos

 

 

RÍOS DE SANGRE

 

 

Para Ollin Alexis Benhumea (†), quien murió días después

de que le golpeara un petardo de gas lacrimógeno

en la cabeza durante una de las Batallas de Atenco

i

Al amanecer la policía sitió al pueblo

Un joven bailarín expiró en la pureza de su lucha más preciada

Cada vez que alguien muere en manos de sus perseguidores

el mundo se pudre de rabia y de blasfemia

ii

Hoy tu recuerdo no es la rabia     es la soledad

es tu familia mirando en el hospital tu cuerpo silenciado

son los separos de la policía poblados de crímenes impunes

las mujeres secuestradas en una ráfaga de violentas sombras

la cobija de los campesinos       quienes piden justicia

y reciben palos y más palos

en la habitación vacía de este país

cuyo viento helado recorre los caminos

con sus ríos de sangre

iii

Ayer la violencia recorrió la ciudad

—dormíamos—

sólo unos cuántos despiertos

alcanzaron el llanto

iv

Dios    mira cómo me visten de sangre

Dios    mira cómo me rechinan los dientes

v

Hace más de cinco siglos blandieron los machetes

El aire vino con su vendaval de lamentos

cuando los brazos del joven bailarín

se enlazaron en el duelo que llora el eucalipto

de pie frente a su abismo

Con machetes y flores sobrevivirá Atenco.

 

Leticia Luna. México, 1965. Libros de poesía: Hora lunar (1999), Desde el oasis (2000), El amante y la espiga (2005), Los días heridos (400 Elefantes, Nicaragua, 2007/ Premio Internacional Caza de Poesía “Moradalsur”, L.A. California, 2008), Wounded days and other poems (Unopress, University New Orleans, 2010), Espiral de Água (español-portugués, Sur-Granada, España, 2013) y Fuego Azul. Poemas 1999-2014 (Índole Editores, El Salvador, 2014).

Obra suya traducida al inglés, portugués, polaco y catalán. Dirige el grupo Fuego Azul (Poesía, Música y Danza) y la editorial La Cuadrilla de la Langosta. Ha compilado las antologías: Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica (pícaras, místicas y rebeldes, 2004) y Cinco siglos de poesía femenina en México (2011). Se ha presentado en foros y publicado en antologías y revistas de diversos países de América Latina, E.U.,  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Víctor Hugo Díaz

Víctor Hugo Díaz nació en Santiago de Chile, en 1965. Ha publicado “La comarca de senos caídos” en 1987, “Doble vida” en 1989, “Lugares de uso” en 2000, “No tocar” en 2003, “Segundas intensiones” en 2007, “falta” en 2007, “Antología de baja pureza” en 2013 y 2014, México, DF, y “Hechiza, poemas anticipados”, México, 2015 y 2016. En 1988 obtuvo la primera Beca de Creación Taller Pablo Neruda; en 2002 la Beca de Creación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. En 2011, 2012, 2013 y 2014 ejecuta el Proyecto Escritos de Sur a Norte, Poesía de Chile en México; y Fronteras sin Límite 2015, Poesía de Chile en Perú y Bolivia, apoyados por el Fondo del Libro y la Lectura. El año 2004 ganó el Premio Pablo Neruda en su centenario, por trayectoria, otorgado por la fundación del mismo nombre. Sus poemas han sido publicados en diversas revistas y antologías, además cuenta con numerosos textos críticos acerca de su obra. Es reconocido como una de las voces poéticas vivas más importantes de Chile. 

 

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