Viernes, 24 Noviembre 2017 16:41

El temblor de Atzompa /Víctor Hugo Valle/

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El temblor de Atzompa

Por Víctor Hugo Valle

 

…Nuria de mis bellas noches, en espigas florezco. Espirales negras de amaneceres perpetuos: entre tus piernas hay agua y entre las rocas un pozo. De ese camino he venido y en vano trato de volver. Iridiscencia de astilladas miradas apenumbradas. No somos más que huesos vestidos de piel, un vacío en forma de eco.

 

 

Arcadio escuchaba el viento corriendo en la penumbra. Las llantas cercenaban el arenal mientras el ruido del motor atravesaba el desierto. Sentía los ojos reventados debajo de la venda que le cubría el rostro, tenía las manos esposadas, la boca seca y las piernas entumidas. Llevaba quién sabe cuánto tiempo amordazado. Sentía el fresco de la noche sobre la piel, en tanto que los baches del accidentado terreno golpeaban sus costillas contra el suelo de metal de la pick-up. En cada ocasión, trataba de amortiguar el impacto con los codos, ya manchados de llagas abiertas por donde goteaba sangre. Sin aviso, la camioneta enfrenó y su espalda fue a dar contra el costado de la caja de metal. Su respiración fue un monologo en el silencio de la noche, sólo quebrantado, instantes después, por el suave aletear del motor y los pares de botas acercándose por ambos flancos de la camioneta. Abrieron la puerta de la caja y lo lanzaron al suelo cual costal de papas. Golpeó en seco la arena del desierto; aún estaba tibia por el despiadado régimen del sol. La venda que le cubría los ojos se había aflojado y en el inmenso cielo desértico pudo ver un cometa rajando el cielo con su luz. No le paso por la cabeza pedir un deseo, aunque inconscientemente sintió aquello como un presagio no pudo discernir de que se trataba. Le metieron las manos en los sobacos y lo pusieron de pie. Quitaron las esposas y la mordaza y con un cuchillo cortaron la cinta industrial con la que estaban amarrados sus tobillos. Entre balbuceos desahuciados rogó por agua. Arrojaron una cantimplora y la recogió del suelo para beber desesperadamente. Frente a él había una pala, después de beber el agua, levantó la pala y apoyándose en el mango se puso de pie, estaba débil y su cuerpo temblaba, sus piernas todavía se sentían como un manojo de trapos. Irguió la cara y pudo ver que le apuntaban con una escopeta de doble barril. El verdugo señalo un costado de la camioneta con el cañón del arma:

-Órale flaco, empiézale.

Arcadio respondió con una mirada llena de incertidumbre que se perdió en la sombra sin alcanzar el rostro de quien le daba la orden. La silueta del otro hombre se desvanecía en la tiniebla; solo podía ver el sombrero y la escopeta empuñada.

-¡¡En chinga que las pinchis tumbas no se cavan solas!!

Al escuchar estas palabras sintió vértigo y nausea; un tremendo escozor le recorrió los adentros.  Le pareció que las trémulas piernas se le hundían en la arena hasta llegar a un vacío. El viento despiadado agredía su rostro; sintió como un golpe en la sien, todo lo que pudo escuchar durante un momento fue un zumbido que le penetraba los oídos. De súbito, el rostro de su mujer se le apareció en la memoria, relampagueante e intermitente; desdibujándose bajo el fresco de los tabachines en un atardecer de abril. Empuñó maquinalmente la pala, tratando de alargar aquellos instantes taimados por la ilusión de la muerte. Arcadio dejó caer la pala sobre el arenal, estaba como ido, sabía de alguna forma que ya estaba muerto sin necesidad de habitar la tumba… Murmuraba cosas fuera de sí, palabras inconexas que no tenían sentido. Golpe tras golpe seguía impasible cavando una tumba que nadie podría visitar nunca. Estaba arreglando el camino que lo llevaría a la otra orilla. Lágrimas de muda angustia recorrieron su rostro lleno de mugre. La sal de su cuerpo convertida en agua recorría las costras de sudor y sangre que cubrían su piel. Durante un momento quiso escapar de su destino y la desesperación se apoderó de su alma en aquel solitario instante. Deseó con tantas ansias volver a pisar su tierra, besar las mejillas coloradas de su hija una sola vez más, empuñar su machete y pelar pencas de maguey, correr su caballo bajo el cielo azul de su natal Atzompa, en lugar de morir como un animal en el desierto. Sintió muy adentro un llanto tratando de escapársele del pecho, pero lo detuvo el orgullo; no podía dejar que aquellos malandros lo vieran llorar.  “Tan lejos de todo y tan cerca de nada”, se repetía resignadamente. Bajo la camisa empapada en sudor, tenía el crucifijo de plata obsequiado por su madre el día de su bautizo: “te acompañará hasta la tumba” le había dicho un día. Quemábale por dentro el alma; sentía unas ganas inmensas de gritar. Por vivir un poco más hubiera cambiado todo cuanto poseía, todo lo conseguido hasta ese momento… La vida siempre valdrá más que cualquier posesión, pero en ese instante, Arcadio no estaba tan seguro. Entonces se dio cuenta que su vida no valía nada y en medio de su resolución se supo abandonado al ver que nada podía hacer, sólo rendirse, dejarse ir como cuando se tiene que dejar ir cualquier cosa perdida. La ilusión de la posesión y el insaciable deseo son lo mismo; una forma necia de perdurar, un intento fallido por ganarle una carrera al olvido.  

 

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   Vìctor Hugo M. Valle

Vìctor Hugo M. Valle

Licenciado en Economía y escritor de cuentos cortos y micro-relatos.

27 años.


victor.hugo.p.valle@gmail.com

 

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