Domingo, 26 Noviembre 2017 02:11

Ser un poeta joven mexicano en el siglo 21 / José Ernesto Alonso /

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ser un poeta joven mexicano en el siglo 2.1

José Ernesto Alonso

 

 

1. Un cuento positivista para niños, en cuatro actos 

 

Un día, según nos cuentan, lo que hoy llamamos poesía sirvió para mostrar el camino a los hombres, para darles un sentido de identidad en un mundo cerrado sobre sí mismo, homogéneo pero articulado y coherente con sus necesidades básicas. Por entonces, nos siguen contando, cada joven tenía un Aquiles y un Ulises en la mente, un ansia en la planta de los pies por pisar tierras lejanas y una codicia crepitante en las yemas de los dedos, ávidos de poseer artefactos maravillosos. La sintonía era perfecta, los relatos funcionaban para todos; los dioses, uno o varios según el sistema personal, con sus respectivos héroes, estaban ahí, para vigilarnos. poco a poco la burbuja se fue abriendo, el círculo delimitado en que se aglutinaban los hombres se convirtió en una línea por donde desfilaban solitarios. El mundo dejó de ser homogéneo y se convirtió en algo inabarcable; pero no había escape, marchar sobre la línea era todo lo que podía hacerse. No cabía ya siquiera encomendarse a los dioses, habían sido suplantados por máquinas, por el vapor y por el escrutinio de los microscopios. Sin embargo, hubo quienes comenzaron a distanciarse de ese mundo. La intuición, el éxtasis, el respeto por los ideales; el anhelo por lo infinito, por la imaginación desbordada, por lo místico y lo mágico fueron sus motores; hicieron de la ética, la estética y la metafísica las directrices de sus vidas, que se convirtieron en obras de arte. Con la poesía intentaron que el hombre volviera a la totalidad, que cerrara de nuevo la burbuja y que recorriera los abismos hasta alcanzar una espiritualidad idealizada que reemplazara aquella, perdida para siempre. No lo lograron; pero sus ecos, sus obras y un mote que hoy suena cursi perduran.

III

Había algo que era imparable, la pérdida inminente o la transformación incesante de las cosas. Aparecieron artefactos capaces de crear arte para las masas y de ensanchar y revolucionar los medios de producción artística; el precio, denunció Walter Benjamín, fue el aura de las obras, la pérdida de su esencia monolítica y divina. Los que formaron el batallón de Primera Línea en esa guerra de modificaciones, combatieron —manifiestos y poemas en mano— por devolver el arte a la experiencia de la vida cotidiana de un ser humano que estaba ya inmerso en un proceso de alienación imparable. Libraron una gran batalla contra la institución burguesa del arte a través de reformas radicales, antes de terminar institucionalizados, al mismo nivel de aquella otra que tanto pelearon por derrocar. Al mismo tiempo se libraron otras dos guerras, las Grandes Guerras, que desembocaron en el cambio del centro cultural y económico del viejo al nuevo continente, que absorbió en su sistema salvaje el espíritu innovador. Los soldados de Primera Línea y lo volatilizó, hasta hacernos entrar en un mundo de fantasías y diamantinas, un mundo light, liviano y cómodo. Un campo poco apto para impulsos líricos, pero ávido de relatos y narraciones que indagaran los mecanismos de la trampa en que se había convertido todo.

 

IV

 

Nuestros padres y abuelos, nos recuerdan cada que pueden, vivieron épocas duras, de privaciones y represiones. Nuestros padres y abuelos nos restriegan en la cara su revolución sexual, sus recuerdos miserables de asambleas y partidos abortados, nuestra libertad de expresión y los nombres de sus muertos que nos cargan sobre la espalda. Nuestros padres y abuelos nos miran orgullosos a la cara y aprietan nuestros cachetes al tiempo que nos llaman los frutos, regados con la sangre de sus ideales. Quieren mantener en nosotros vivo el recuerdo de sus utopías, de sus beligerancias contra Estados que ya no tienen el mismo rostro, que sigamos tiñendo de rojo el color de sus camisetas deslavadas por el tiempo y que tengamos en alto sus efigies: los rostros de sus héroes que ahora son marca registrada. Es natural, supongo. Pero el medio es diferente, tenemos videojuegos y muros invisibles. Nací poco antes del derrumbe de una estructura simbólica: el Muro. Esa pared que, ahora entiendo, dejaba de dividir para encerrar, que dejaba de ser diámetro para comenzar a ser una circunferencia opresiva e inasible. Era todavía un niño cuando, posteriormente, presencié a través de la magia de la TV el derrumbe de dos edificios idénticos. Y entonces comenzaron los gritos, pero por más que gritábamos parecía que nuestros gritos no eran gritos, que no se articulaban como debían, que al parecer, aunque compartíamos la edad y algunos intereses no sabíamos comunicarnos entre nosotros. Sordos a los demás queríamos ser escuchados, pero cada quien estaba sintonizado en una frecuencia diferente. Y aunque nos conectábamos en red, los muros invisibles que se cernían alrededor de cada uno de nosotros, —como trojanos malditos, virus en los sistemas de comunicación— impedían todo posible contacto. El tablero de juego había cambiado radicalmente, pero ahí seguían nuestros padres y abuelos con su eterna cantaleta sobre nuestra falta de acción. Únanse, parecían decir, sin darse cuenta de que sus tácticas, -que fueron fallidas, por cierto- no nos servirían de nada con las nuevas reglas del juego; en este siglo que nos dejaron con la cabeza adolorida y las tripas revueltas, presto a regurgitar lo de la noche anterior, la resaca y el desencanto es lo que nos dieron por herencia. 2. Equis equis uno Si ser joven en México en el siglo 21 es de por sí ya todo un reto, que requiere sortear obstáculos aparentemente infranqueables, y si ser poeta en un  mundo donde pareciera no haber cabida para la experiencia estética de lo poético es algo casi estéril, ser un poeta joven en México es hablar de palabras mayores. Somos un sector de la población atrapado en medio de dos épocas, tuvimos nuestra infancia en los últimos años del siglo pasado y nuestra adolescencia y despertar creativo en los primeros de este. Somos una generación de transición, hemos visto el declive y muerte de tecnologías que hasta hace algunos años habían sido imprescindibles, y su inminente sustitución (el rollo fotográfico, soportes físicos para la música y el video, la aparición y auge de internet y teléfonos móviles, por mencionar algunos, pero incluyendo toda la gama de transferencias de formatos analógicos a digitales, sin olvidar el que se perfila en los próximos años hacia el libro virtual), esto crea un amasijo más o menos polarizado de intereses, y posiciones hacia la actualidad; entre el muro y las torres, como han apuntado varios críticos, algunos estamos más de este lado, otros más de aquel. Así, pensemos por un momento lo que significa ser herederos de estos sucesos, la inminente caída de las utopías y el ascenso imparable del mercado volátil y las políticas-simulacro, que en nuestro país repercutieron también en el cierre de las fronteras y el rebote de la droga que nunca llegó a su destino y tuvo que ser comercializada aquí. A los que somos jóvenes, es decir menores de 30 años, nos tocó la época de estímulos sensoriales más agudos en la historia humana, nos encontramos sitiados por información, computadoras, aparatos eléctricos, pornografía, publicidad. En un mundo como éste, pareciera que la prosa es el único formato válido para expresar las preocupaciones sociales y,  con optimismo, espirituales de la actualidad; la única con la que el lector promedio puede hacer sinapsis inmediata, debido tal vez a su familiaridad con correlatos análogos en otros medios, como la televisión y el cine, en los que ha sido alfabetizado audiovisualmente. Quizá por eso sea la novela y no la poesía el género literario predilecto de estos tiempos. Pero a pesar de la pequeña parcela que le ha quedado a la poesía, en este huerto donde se han sembrado otros formatos, hay algo más. La columna vertebral del arte es lo que se ha llamado experiencia estética, o sea, cuando encontramos algo que consideramos bello porque eriza los sentidos y los conmueve de manera particular. A decir de Gadamer esta situación se caracteriza por darse en una comunidad de manera consensual, es decir, en una comunidad que goza de los mismos objetos u obras que causan sentimientos estéticos más o menos semejantes. Así, aunque algunos, como Jorge Esquinca a propósito de la publicación de la antología País de sombras y fuego, afirmen que la poesía nacional goza de una salud inmejorable, lo cierto es que este siglo ha sido, hasta ahora, muy desafortunado en cuanto a propuestas verdaderamente paradigmáticas. ¿Por qué? Hay un fallo, un error de comunicación, una imposibilidad de conexión entre la poesía y la comunidad. Los posibles lectores, —y esto excluye a los poetas, según el viejo tópico de que sólo nos leemos entre nosotros— son incapaces de articular sentimientos de lo bello con la mayoría de las expresiones líricas de estos años. ¿A quién echarle la culpa? ¿A los poetas, porque no estamos cumpliendo con nuestro deber creando objetos que ericen los sentidos como demanda nuestro oficio? ¿Al público, por perezoso, por flojo, por no tener hábito de lectura, por no querer abrir un libro? ¿A los mas media, a las noticieros y telenovelas, a los programas de concursos, a las series televisivas, a las novelas light que se venden a millones? ¿Al medio institucional o al sistema de educación? No sé, probablemente ninguno de estos apartados resultaría inocente. Lo cierto es que vivimos en una sociedad que no sólo no es capaz de llegar a un consenso sobre lo bello, sino que está incapacitada para consensuar casi cualquier cosa. Si actualmente no hay una poesía de amplio alcance, que mueva masas, que llene estadios, es porque no se están atendiendo las necesidades específicas de la comunidad en el sentido estético, que otras artes “menos nobles”, no sólo han detectado y atienden, sino que incluso explotan para bien o para mal. Sí, en México se hace mucha poesía, millones de jóvenes y no tan jóvenes escriben y hay una multiplicidad grandísima de estilos y tendencias, pero por cualquier razón no hay receptores, pocas personas leen poesía nacional y menos aún contemporánea. A la poesía actual le hace falta un poco más de sensibilidad y quizá de condescendencia ante un panorama como este. 3. De narcocorridos y hexámetros 0 El arte busca su camino, encuentra sus formas. Es bien cierto que la poesía es de por sí un género difícil de asimilar, de entender y, por tanto, de leer;  exige de su receptor un papel activo y poco complaciente, un bagaje cultural más o menos amplio, lo que es en sí mismo ya un problema. La poesía requiere cultura, ya sea para descifrar los hermetismos y juegos crípticos de algunos, las referencias intertextuales de otros o para descubrir los embustes líricos revestidos de cualquier ropaje y no tomar por poesía lo que no es. 1 En los últimos años se ha popularizado un término aparentemente contradictorio. Todos hemos escuchado de la llamada “narcocultura” esa mutación neofolclorista de características muy peculiares. Cabe preguntarnos a qué se debe el éxito de manifestaciones como los narcocorridos en la cultura popular, a qué se debe que un gran número de jóvenes mexicanos ya no sólo del norte, que desean más que nada engrosar las filas del narco, se sientan más cercanos a los Tigres del Norte que a López Velarde. A caso será que la experiencia estética que consensuan estos jóvenes está depositada en los valores de la moral dudosa que apologan esas narraciones; por la desazón ante de realidad idealizan otra, reflejada en las particularidades retóricas de esas canciones que les hablan de las hazañas de los “héroes” que les gustaría un día llegar a ser. Si estos jóvenes poco alfabetizados, que abandonan los estudios en pos del beneficio inmediato del crimen, no son capaces, debido a las obvias carencias de su educación y al ambiente mismo de la época, de consensuar nada con la poesía de las academias, encuentran los valores estéticos que necesitan en esas manifestaciones acordes al ancho de su cultura general. Manifestaciones simples, desde el punto de vista artístico aunque no por ello deleznables, de una épica criminal que idealizan en su civilización cerrada, esa neotribu que persigue valores pérfidos, pero en todo comparables a los que persiguieron en su tiempo los lectores de la Ilíada y la Odisea, que deseaban ser Aquiles y Ulises. Quizá estos jóvenes sueñan con ser el Chapo, pero el acto es análogo. 1.1 Si bien es cierto que en la mayoría de los casos los corridos no son poesía, también lo es que para un gran sector de la juventud mexicana estos relatos líricos son lo más cercano que tendrán a una experiencia estética poética. Lo que no es tan descabellado si recordamos otras expresiones similares de la lengua castellana. En la Edad Media los romances y cantares de gesta relataban las proezas de personajes que encarnaban las virtudes deseadas por la colectividad, curiosamente los aspectos formales de éstos son idénticos a los actuales corridos: marcas orales, sencillez léxica, forma narrativa y una composición métrica en octosílabos. También es interesante que en algunos estados del país los narcocorridos se hayan prohibido, siguiendo una lógica similar al pensamiento de Platón, turbado por que la poesía fuera una mala influencia para los jóvenes de su República. Para muestra están los tweets con que Alejandro Poiré, secretario Técnico del Consejo de Seguridad Nacional, celebraba la decisión del gobernador de Sinaloa, Mario López Valdez, de prohibir los narcocorridos: “Narco-corridos [sic] son apología del delito y promueven salidas falsas. Hay que enfrentarlos con cultura de la legalidad. Bien por @malova2010” y posteriormente añadía en un segundo tweet: “especialmente entre los jóvenes. @GobSinaloa #Sinaloa” 2 Tomemos en cuenta que nos encontramos en una época donde las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular son cada vez más difusas, aunque no del todo inconfundibles; así las cosas, también las expresiones estéticas más refinadas han entrado al juego de la narcocultura, las más de las veces en forma de protesta artística, por medio de instalaciones o exposiciones plásticas que denuncian los horrores cometidos por el crimen organizado (formado en su mayoría por jóvenes menores de treinta años). La poesía, en esta modalidad es escasa y panfletaria, y prácticamente nula si ha sido creada por jóvenes de mi edad. Cosa que no denuncio ni condeno, sólo señalo. Y he de decir, lamentablemente, que en esta generación de mexicanos, los jóvenes que protagonizan este apartado, o sea los que se encuentran más cercanos a los Tigres del Norte que a cualquier poeta aprobado por los libros de texto de la SEP, son considerablemente superiores en número a los que siguen en lo restante de este ensayo. Viene de la palabra inglesa Chelem (torneo)    no del baile punk Es bien sabido que la prosperidad económica de una nación va acompañada también de un florecimiento cultural. México ha sido un país que se ha caracterizado por el talento para sobrellevar los problemas, casi siempre con un ingenio idiosincrático y la más de las veces humorístico. Es sabido también que desde que tenemos memoria México se halla en un estado de crisis continua, a diferentes niveles, no sólo económicamente. Así pues, al nivel que nos interesa, ¿cómo hace frente la poesía joven ante los problemas económicos y culturales? Una de las soluciones, —conscientes o inconscientes, no sé— que más han llamado mi atención es el auge que han tenido en años recientes los llamados slams de poesía y la poesía performance. Los slams son una especie de torneo entre poetas que echan mano de recursos como el hip hop, el humor, la oralidad, el teatro o el canto, para ornar y enriquecer sus poemas y hacerlos más amenos, con mayor estilo y contundencia. Se trata de una modalidad surgida en un club estadounidense a mediados de los ochentas como una manera de revitalizar los cansinos recitales tradicionales y de atraer públicos que originalmente no estaban muy relacionados con la poesía. Los enfrentamientos tradicionalmente duran tres minutos, no se utilizan objetos ni música y son juzgados por un jurado extraído del público. Al final quien se haya ganado el favor de los jueces se lleva el primer lugar. La poesía performance tiene su eco en los happenings y performances del siglo pasado, se trata de la recitación de un poema mientras se efectúan diversos actos que se articulan con lo expresado oralmente, es válido el uso de cualquier recurso material o musical. Estas dos modalidades se han convertido en un medio de supervivencia y espectáculo para cafés y bares literarios no institucionales, al menos en la capital, donde los asistentes pueden disfrutar de un espectáculo poético, —y en las ocasiones más audaces de cuerpos femeninos pintados, body paints, que adornan estos actos— mientras beben un café o una cerveza; es una forma atractiva de atraer clientela a los establecimientos, de acercar nuevas formas líricas a públicos que quizá no fueran muy afectos a la poesía, de experimentar otras vertientes expresivas y de crear y mantener foros para éstas. Así, a mi parecer, se mitigan un poco las crisis culturales y económicas de nuestro país a nivel poético. Pero estos fenómenos tienen también algunos puntos debatibles. Vistos desde una perspectiva más ortodoxa, fomentan la actitud-cliché y poses estereotípicas del poeta, favorecen el personajismo y son más benevolentes con las personalidades magnéticas, pues sobre el escenario importa tanto lo que se dice como la manera en que se dice. Lo que orilla en ocasiones a valorar rubros extralingüísticos y extraliterarios, cayendo a veces en el extremo de hacer del poeta un payaso. Además está el problema de que muchos trabajos slams y performance son difíciles de comprender de manera escrita, sin el acto histriónico que los complementan, y por lo tanto algunos son impublicables, pues son pensados en primera instancia para el entretenimiento y el espectáculo, no para la trascendencia. Sin embargo, como ya he dicho me parecen paliativos necesarios para generar foros y públicos interesados en las manifestaciones líricas. 5. Universidades, becarios, cárteles literarios y guerra de guerrillas Aunque una de las características de este siglo es la difuminación de las fronteras y no hay una separación tajante entre un sector y otro, sino más bien una tendencia más o menos identificable, podemos señalar también que hay una parcela de los poetas jóvenes que se mueve más hacia la búsqueda de una poética que apunta a lo académico o institucional. La mayoría de éstos son, como es de suponerse, estudiantes de literatura o tienen contacto directo con universidades e instancias similares.  La universidad, como todos sabemos, es una institución que preserva y transmite conocimientos e ideas; también es un epicentro enorme de sentencias dictatoriales sobre lo que debe ser o no valorado como literatura. Los jóvenes poetas universitarios tienen a su disposición un amplio bagaje cultural, teórico y formal; son hijos de la tradición, (al contrario de los no universitarios que, en su mayoría, la niegan, quizá porque no la conocen y así pueden justificar sus irresponsabilidades léxicas) y por tanto la honran la mayor parte de las veces, petrificándola y ninguneando las nuevas tendencias. Aunque no todo son extremos, mucha de la poesía de jóvenes universitarios irradia a ratos los conceptos cansinos de las universidades y tradiciones paralíticas y a ratos los fulgores más característicos e inclasificables de nuestra generación, pero la tendencia parece ser la del primer apartado. Están también quienes buscan becas y premios, apoyos monetarios institucionales que son al mismo tiempo esperanza y cáncer de las letras mexicanas. Hoy en día nadie espera vivir únicamente de ser poeta, se sabe de antemano que eso es casi imposible hasta para los autores más recurridos, ¿qué debe hacer entonces el poeta joven que quiere dedicase a la poesía de por vida? buscar incentivos monetarios para poder comer mientras crea, y formarse una carrera curricular al paso de los años. Una beca es un gran alivio, otorga una holgura más o menos cómoda que permite despreocuparse por un rato del mundo real para ocuparse del de las letras, es además una muestra de reconocimiento institucional que valida la labor del poeta que la percibe. Sin embargo el presupuesto de estos estímulos es reducido y no alcanza a cubrir la demanda de la cantidad de aspirantes a ellos. Para obtenerlos, muchas veces, los aspirantes deben hacer una serie de tretas que garanticen la inclusión de sus obras en los diferentes programas de manutención literaria; entre estas puede estar la preocupación por incluir en la obra lo que se intuye serán los rasgos a evaluar — que varían según la organización que convoque—, o sea intentar ser complaciente a los ojos de los jueces que —dicho sea de paso— premian comúnmente las obras parecidas a su propio estilo. Así, mucha de la poesía joven, que gira en torno a la obtención de un trozo de carne institucional, se acomide, como hija bien portada a la espera de una muestra de cariño paternal (por no poner un ejemplo canino), a diferentes rubros literarios que han sido establecidos de manera no escrita por organizaciones y jueces. Con el paso del tiempo estas particularidades, comienzan a petrificarse y a formar un sólido lastre que pende de las letras mexicanas impidiéndolas evolucionar, y estancando, debido a todos estos autores más ocupados en su manutención que en una poesía sincera, la renovación estética de nuestra literatura. Como sabemos, el sistema institucional nunca está exento de la posibilidad de corrupción, los rumores sobre los engranes sórdidos que accionan el funcionar de las becas y las entregas de premios han pululado desde siempre; el amiguismo, las palancas, las mafias literarias, entre otros, son sus protagonistas recurrentes. En efecto, ante un panorama de este tipo, para ser un poeta con éxito y apoyos, las más de las veces no es suficiente simplemente escribir, hace falta ser un experto en relaciones públicas, un excelente político, saber mentir, hablar y envolver; pues ahí estará la llave de las oportunidades, de las invitaciones, de las potenciales palancas, de las colaboraciones que enriquezcan el currículo que fundamentará nuestra petición de beca. En resumen, hará falta desenvolverse en una camarilla donde hay de todo menos poesía. Aún así, a pesar de que la competencia por los pocos resquicios institucionales otorgados a los poetas para la realización de su oficio haga surgir las pasiones más bajas del gremio, la realidad es que se trata de una mecánica muy comprensible (y lamentable, pero para nada reprochable, pues los creadores no se pueden nutrir, físicamente, de sus poemas) si tenemos en cuenta la situación de la poesía en el siglo 21 y la situación económica, cultural e institucional mexicana. Sin embargo este sector institucional no es el único, al mismo tiempo, muchos de los postulantes a becarios académicos o no y poetas con tendencia marginal forman colectivos y grupos, que son en su mayoría asociaciones de poetas que pueden compartir una tendencia más o menos identificable, aunque poco homogénea. Los colectivos organizan presentaciones y editan las obras de sus integrantes, a falta de estímulos externos, ya sea en publicaciones independientes, revistas o ediciones virtuales; buscan hacer ruido, se apoyan y comentan, analizan sus obras entre ellos y en casos afortunados obras de otros grupos, para hacerse de un nombre dentro del truculento mundo de las letras nacionales. Como en todo los hay honestos y comprometidos con la literatura y la promoción literaria, y grupos que pueden hacer uso de tácticas dudosas, que crean clanes más o menos cerrados o mafias en miniatura. Si es verdad aquel tópico de que los poetas sólo nos leemos entre nosotros debemos reconocer también la existencia del ego, la envidia, y la desidia de leer a otros colegas, en pro de uno mismo. De aquí el ninguneo, se trata de no agitar el panal, no hablar de los coetáneos para que su trabajo se quede en silencio, guardado y no se convierta en competencia potencial. En un contexto tan hostil como el terreno de la poesía mexicana no es ninguna novedad. . Gutenberg en la red En los últimos años, con el apogeo de la web, los poetas jóvenes han encontrado un buen escaparate para la publicación de sus poemas, al hacer uso de una plataforma que puede ser consultada desde cualquier parte del mundo. Y no es para menos, internet es quizá el paradigma tecnológico de nuestra generación, pero conlleva varios problemas. Según un censo del año 2008 había en ese entonces más de 70 millones de blogs en el mundo. Tengamos en cuenta que el grueso de los usuarios de internet son  jóvenes y que cualquier persona puede tener un blog o espacio similar. Primero está el problema de la cantidad, hay tantos blogs que es imposible que una persona los examine todos; luego el de la calidad, pues no hay ninguna clase de filtro que la garantice; después está el problema de la ignorancia de las generaciones anteriores, que en muchos casos no se atreven, por aversión o por desconocimiento, a hacer uso de los recursos cibernéticos; también la indiferencia, pues si la crítica literaria para la poesía actual es de por sí escasa (y amañada en muchas ocasiones), para las obras publicadas únicamente en internet, de autores nóveles, es totalmente inexistente, ya que la mayoría de los críticos literarios no consideran serio el corpus informático y virtual si las obras no tienen un análogo en papel y si no son de autores más o menos reconocidos. A esto hay que sumarle la apatía de los creadores jóvenes ante sus contemporáneos. Así, en internet hay una cantidad ingente e ignorada de autores que contribuyen a la saturación del campo poético, tantas voces se ahogan, todos gritan al mismo tiempo y la voz individual de cada uno se pierde en ese inmenso mar de palabras y bits. En México, y en muchos países, la publicación de libros de poesía no es un buen negocio, a menos, y aún así con reservas, de que se traten de obras consagradas. Hay pocos lectores serios de poesía y menos aún que se aventuren a los terrenos de las literaturas emergentes; se percibe una gran desconfianza ante la poesía actual con todas sus obras pequeñas y sin distribución, ediciones pagadas por los autores y tiradas al vacio, pues las grandes editoriales publican muy poca poesía de poetas contemporáneos. En la red hay un universo inexplorado lleno de sorpresas potenciales al que habría que asomarse; y que, en un entorno como el mexicano, ante los obstáculos económicos y culturales que dificultan la publicación y circulación de libros convencionales, debería ser atendido y explotado. 7. Parque temático Los cambios acelerados de los últimos años se han convertido en el encuadre que contiene a la poesía joven mexicana, varada entre su contexto local y la inminente globalización mundial con sus reformas audiovisuales y cibernéticas, que la han penetrado creando nuevos tópicos. Nuestro siglo 21 es como la versión 2.1 del siglo XX, después de las vanguardias, del boom y de los infrarrealistas que tanto eco hacen hoy en la poesía joven (con su par de paladines cuyos nombres no quiero mencionar), intentar escribir algo fresco es como intentar escribir una obra maestra después de una gran borrachera, con la resaca punzante todavía; es verdad, mucha de la poesía de hoy en día suena a refritos posmodernizados de autores del siglo pasado, no a un discurso orquestado desde la propia época y sus particularidades; más que comprensible si recordamos que se trata de una generación atrapada entre las dos épocas. También es verdad que la posición ante el mundo ha cambiado, al igual que los valores y las prioridades. La rebeldía juvenil está erosionada, todo está permitido y no hay más reglas que romper. La experimentación y el intento de ruptura con lo anterior después de tanto tiempo se ha vuelto tradición y no innovación. Cualquier afrenta o provocación se ha convertido en un medio obsoleto, la irreverencia ya no espanta a nadie. La energía de la ruptura, tan característica del siglo XX, se ha transformado en una broma.  En general, se perciben también sentimientos de desencanto, algo de cinismo y sarcasmo ya sea agudo o paródico, y la presencia de la cruz de las generaciones anteriores como un recuerdo al que hay que honrar o como un reproche infame y molesto. Son pocos los que entienden que ya no cabe esperar sublimidad en un poema, que eso es un error. Los tonos grandilocuentes han cedido lugar al humor e ironía y a la inclusión de referentes populares y de la cultura pop. Hay también un gran frenetismo verbal, abundan los poemas explosivos, como una especie de vómito palabril, a veces sorprendentes, a veces jitanjáforas puras. Se investiga acerca de los temas gays, del erotismo, de la cultura mediática y la cultura pop;  y se da una prioridad mayor a la parte visual del poema, correspondiendo a la educación audiovisual que esta generación ha tenido desde siempre. A decir del teórico, poeta y narrador Agustín Fernández Mallo, la poesía en español ha dejado ir una fase de la historia del arte que todas las otras disciplinas han advertido puntualmente: el referente estético de eso que llamamos posmodernidad. Esto es verdadero en una gran medida, la poesía en español y no sólo la mexicana no tiene correlatos paradigmáticos de las manifestaciones más audaces del arte contemporáneo, por diversos motivos que debido al espacio no me es posible explicar; sin embargo se perfila una cierta tendencia en la poesía joven más desprendida de los ámbitos institucionales a explorar los temas que competen al mundo que se está gestando y los problemas y particularidades de este nuevo siglo que tiene apenas poco más de una década de vida. Se echa mano de la inclusión y el apropiacionismo, de la multiculturalidad transterrenal, transtemporal y transdisciplinaria. Lamentablemente este es un sector muy reducido, quizá el más reducido de todos, las instituciones, las sentencias académicas y el fantasma de las vanguardias pesan mucho todavía. Se necesita una consciencia del presente, crítica y alerta a los cambios sociales y mediáticos. Sólo así surgirá una poesía nacional que le hable al hombre de hoy y establezca una relación estética con él, y no con los muertos del siglo pasado.

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José Ernesto Alonso

José Ernesto Alonso. Poeta y profesor de literatura. Ha publicado un par de libros colectivos de poesía. 
Andrés Cisneros de la Cruz (Ciudad de México, 1979). Poeta y editor. Ha publicado ocho libros de poesía y la selección y curaduría crítica del poeta Josué Mirlo, en Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara. Es organizador del Debate Abierto de Crítica Poética (en colaboración con Casa del Lago) y creador del Torneo de Poesía (Adversario en el cuadrilátero), los Miércoles Itinerantes de Poesía, el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora y compilador de 40 Barcos de Guerra. Es colaborador del programa Luces de la ciudad (en la Hora Nacional). Ha impartido talleres de poesía en el IPN y en la Universidad Iberoamericana. Como periodista fue parte de la mesa de redacción de El Universal y El Independiente, y colaborador de la revista Bucareli 8 y Chilango, así como investigador de poesía especializada en ajedrez, para la Gran Fiesta Internacional, UNAM 2012. También ha colaborado en suplementos y revistas de México, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Chile y España. Su poesía ha sido traducida al náhuatl y al portugués. Es editor de la versión en línea de la revista Blanco Móvil, y operador del proyecto múltiple Cisnegro. Lectores de alto riesgo

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