Sábado, 10 Marzo 2018 04:55

UNA HORA DE ETERNIDAD / Matías Mateus 4ta Parte /

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UNA HORA DE ETERNIDAD

 Matías Mateus 4ta Parte

 

 

 

Minuto 37

 

El arma puede convertirse en la llave que termine de cerrar las heridas que provocan el movimiento del velo.

Se torna la opción más digna al corroborar en el repaso de los esfuerzos realizados, que dentro del amor expresado lo único genuino que contenía era el deseo de ser celebrado y aceptado por los demás. Una vez que consentimos el fracaso de dicha empresa, el orgullo se fisura, redundando en una constante negativa que cimenta la idealización de una perpetua contradicción en la que termina depositándote tu vida. 

La sangre gotea minuto a minuto, y es allí donde el arma toma un rol preponderante, para ponerle fin a la hemorragia.

Un revólver calibre treinta y ocho, con una sola bala en su tambor, requiere tres elementos. Determinación al momento del disparo, precisión en la ejecución. Y fundamentalmente, ser efectuado a tiempo. Cuando llegue la hora exacta.

 

Minuto 38

 

No sé dónde ni en qué lugar escondía esta veta sádica, pensé mientras volvía a meterme en la ducha. Hacía años no experimentaba una excitación tan grande al poseerla sobre mis dominios.

Qué complejas y laxas son las decisiones que adoptan la consciencia humana, reflexioné, cómo la cólera puede transformarse en placer y retomar las sendas del odio nuevamente, sin mayores sobresaltos, sin culpa. 

—Ya no te contiene lo suficiente, el nene que mantenés —le dije cuando bajé de la cama y di los primeros pasos rumbo al baño.

Refunfuñó entre dientes causándome una sonora carcajada.

Volví al living luego de agarrar otra cerveza. Me vestí mientras bebía, sin ocultar la satisfacción. Terminé de aprontarme y salí a la calle.

La noche seguía allí, con la escenografía dispuesta y esperando. 

 

Minuto 39

 

Dejé pasar un tiempo prudente antes de salir del dormitorio. Para mi suerte ya se había ido, deseé con el alma que esa fuera la última vez que volviera a pisar la casa. No quería volver a ver esa inmunda cara de morsa.

El asco que me produjo ese momento, me dejó llena de náuseas. Entré al baño y no me reconocí cuando me miré en el espejo. Las lágrimas desfiguraban mi rostro, me sentí una basura, la peor mujer del mundo.

Había sido vejada, humillada completamente por la persona que en algún momento amé y no fui capaz de ofrecer ningún tipo de resistencia.

Quise gritar para liberarme del sentimiento que oprimía mi pecho, pero ni siquiera ese desahogo era posible.

Volví al dormitorio con la firme idea de llamar a Santiago e irme de esta casa.

 

Minuto 40

 

Y ahora qué tendré que hacer, me pregunté. Del otro lado todo seguía igual.

Ya no sentía dolor, solo una pequeña picazón que me dejaba algo confundido. Había pasado realmente, sí. Estaba muerto. Estaba tirado en la vereda, luego de que una bala me entrara por la espalda.

Esto es la muerte, me dije. No podía ver nada, solo oía las voces que hablaban cerca de mi cuerpo. Mamá había estado llorando con desconsuelo, los milicos daban vueltas, iban y venían haciendo mil conjeturas del posible autor del disparo. Me había parecido escuchar a Ramiro cuando llegó, él es el que sabe todo, a él deben preguntarle. Pero claro, yo estaba bajo esa tela, sin posibilidades de declarar.

Qué sería de mí, una vez que me enterraran, una vez que los gusanos se apoderaran de mi carne. Quise gritar, sacudirme, golpear las manos, pero nada de eso fue útil, ya era demasiado tarde. En este mundo no había más tiempo para mí. Se me terminó la hora.

 

Minuto 41

 

Olga había recogido del suelo el teléfono celular de Santiago luego que su hijo dejara de respirar. El sonido del mismo al recibir una llamada hizo que los policías pusieran atención en las manos de la mujer.

De inmediato me lo tendió y quedé con el aparato sonando en mis manos.

—¿Quién es? —me preguntó—. ¿Quién está llamando? —descompensada completamente volvió a romper en llanto—. ¿Por qué tengo que estar pasando por esto, por Dios? ¿Por qué debo sufrir tanto?

Los gritos desesperados de la mujer llamaron la atención de todos, quienes con cierto grado de impavidez no supieron cómo reaccionar. La rodeé con mis brazos y procuré brindarle la mayor contención que pude, una señora llegó con una silla, la conduje con precaución para que pudiera sentarse y estabilizar su respiración.

El teléfono volvió a sonar. Luego de ver quién llamaba atendí.

 

Minuto 42

 

La ambulancia se llevó el saco de alcohol que había quedado desmayado al borde de la cama. Mi vieja sentía algo de alivio, pero esta vez tuvo suerte, porque en el momento que se lo quitó de arriba, pudo perder más que la suerte que la acompañó. Me quedé a esperarla hasta que llegara la policía. No existía otra opción que denunciarlo y evitar por todos los medios que volviera a acercarse.

—Mamá —dije abrazándola—. Estuve guardando un poco de plata.

Ella seguía mirando el charco de sangre que había quedado en el piso. Ya no temblaba, pero se le notaba el miedo que sentía, porque sabía que en algún momento, cuando tuviese la primera oportunidad iría por la revancha.

—Por qué no agarrás algunas de tus cosas y nos vamos de acá —la propuesta pareció no interesarle hasta que volví a hablar—. A mí también me están persiguiendo.

 

Minuto 43

 

—Arriba las manos —me gritó el cana—. Mantené las manos en alto.

Eran cuatro policías apuntándome con sus revólveres, mis posibilidades de sobrevivir eran nulas si disparaba contra alguno de ellos. Sin dejar de apuntarme, se acercaron y no demoraron en desarmarme y esposarme.

Ninguno habló, ninguno me puteó, como ya lo habían hecho en otras veladas, como solían hacerlo en las diferentes citas que tuve con los miembros de este honorable cuerpo.

—Fui un idiota en aceptar tan poca guita por este laburo —murmuré dentro del patrullero. Sabía que no era un apriete común, este gil tenía gente pesada atrás, y los milicos me daban la razón al tratarme como un reo VIP.

—Todo mal —me mandaron callar cuando grité y me di la cabeza contra la mampara. Qué gil soy, hago todo mal cuando me paso de merca, sino me hubiese mandado la cagada de disparar estaría gozando de buena salud.

 

Minuto 44

 

El escupitajo que le dio Patricia en la cara fue como pretender apagar un incendio con un bidón de nafta. Sosegar a un neurótico con una cachetada al orgullo era una estrategia poco inteligente. Llegué a interponerme entre los dos antes de que el escupitajo se convirtiera en una escena lamentable.

—Dejala en paz —le grité descargando mis depósitos de adrenalina. Se quedó serio mirándome con su típica cara petulante.

—Ya se va a arrepentir —se limpió la cara con la manga de la túnica y desapareció.

Respiré hondo durante unos segundos, Patricia también se había esfumado. Llegué a la enfermería exhausta y con nerviosismo. Ella estaba sentada con los codos sobre la mesa y las manos en la cabeza, mirando fijamente el teléfono celular. Sonó el mío y también el de los que estaban allí. Casi al unísono llevamos la atención al aparato, antes de volver la vista hacia ella, que comenzaba otro capítulo de su pesadilla.

 

Minuto 45

 

No resistí ver el vídeo hasta el final.

Dejé de sentir las piernas, las manos y me desvanecí sobre el escritorio. De forma cándida traté de encontrar un motivo razonable que justifique el accionar despiadado que ejerce un individuo sobre otro.

—Mi amor, Patri —escuché, la voz de alguien que intentaba devolverme del desmayo. Pero me negaba a responder, no sentía necesidad alguna de permanecer en el mundo de los conscientes. Por el contrario, en el único lugar donde podía sentirme a gusto en este momento era bajo tierra.

Cuántas personas en este mismo momento estarán regocijándose con este vídeo, pensé, con cuántos comentarios descalificadores me estarán apuntalando y dejando como una atorranta. Mi futuro en ese momento pendía de un hilo, la sola idea del vídeo inundando las redes sociales me dejó knock out.

 

Minuto 46

 

—Bien hecho, pibe —le dije al pendejo de la empresa de seguridad—. Soy un hombre de palabra —tomó el billete, agradeció y quedó mirándoselo como si le hubiese ofrecido una criatura fantástica.

El vídeo no demoró más de dos días en tomar dominio público, festejé mi victoria con un saque cuando me subí al auto. Luego de esto, no se olvidará jamás de que las mujeres son propiedad de sus hombres y están al servicio de quienes las poseen.

Paré el auto frente al club y bajé con la intención de saciar el hambre de una jugosa concha. Un flaco de canguro me chistó desde atrás de un árbol, interceptándome antes de que pudiera cruzar la calle.

—A dónde vas —me dijo poniéndome una mano en el pecho—. Señor machito, vas a tener que retractarte. —Le mostré todos los dientes de forma irónica, desestimando su pedido antes de sentir el frío caño del revólver en el abdomen.

 

Minuto 47

 

En mis cuarenta años de vida nunca había experimentado algo similar, jamás imaginé protagonizar una situación donde entregaba mi cuerpo completamente, despojada de cualquier tipo de prejuicios con un desconocido y vivir un instante sublime.

Lo contemplé durante unos segundos mientras observaba el techo del dormitorio con cierta incredulidad.

Me llenaba de satisfacción descubrir que detrás de esa mirada que se extraviaba en el espacio, existía un hombre sensible, amable y dulce.

Cuando regresó del taxi hasta la puerta, me sentí inmovilizada por el pánico, pero de inmediato su talante me dio motivos para confiar y recibir el amanecer de un modo inefable.

Tomamos algunos tragos, mientras desmenuzábamos nuestras vidas con total despojo, antes de coronar la velada entre las sábanas. 

 

Minuto 48

 

Elegí al azar uno de los bancos de la plaza para sentarme. Miré el reloj por primera vez a las tres de la mañana, aún no había recibido ningún mensaje. Masajeé el caño del treinta y ocho, mostrando señales de nerviosismo. Ya tendría que haber recibido las primeras novedades y aún nada.  Mi actitud pasmada y cavilosa había desaparecido.

Las dudas empezaron a adueñarse de mí, procuré alejarlas tan rápido como llegaban, con conjeturas tan disparatadas como las propias dudas. 

Una silueta cruzó el perímetro de la plaza y se dirigió hacia el lugar donde permanecía sentado. Mantuve mi actitud lo más relajada posible, hasta que logré identificar al hombre que se acercaba a mi posición.

Mi suerte quiso que fuera el mozo del bar al que acudía todas las noches.

—Maestro —lo saludé—. Qué anda haciendo por acá.

Era la primera vez que le decía otra cosa que no fuera “café” y “la cuenta”.

 

Visto 7328 veces Modificado por última vez en Martes, 05 Junio 2018 14:46
Matías Mateus

Matías Mateus (Montevideo, 1985): Narrador y poeta.

Publicó el poemario “Amores, desencuentros y pasiones” (2010) y las novelas “Paraíso y después” (2014) y “Una hora de eternidad” (2015). Antologó “Distancias del agua: Narrativa cubana y uruguaya del SXXI” (2012). Participó en diversas antologías entre las que se destacan: “El Manto de Mi Virtud: poesía cubana y uruguaya del SXII” (2011) y “XIX encuentro internacional de poetas, Zamora, Michoacán” (2015, México). “Voces de América Latina II” (2016, República Dominicana). Textos suyos formaron parte de la muestra de poesía visual “Entelequia”, que se expuso en el año 2016 en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

Obtuvo los premios: Narrativa joven de la Casa de los Escritores del Uruguay (2014) y VIII Concurso de Poesía Joven Pablo Neruda (2015). Entre las menciones que obtuvo se destacan el Premio Juan Carlos Onetti, categoría poesía (2014) y el Premio Gutemberg de Narrativa (2015).

 

 

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