Viernes, 13 Abril 2018 05:45

Arturo González Cosío, el cuarto poeticista o el samurái del haikú dialéctico / Por Andrés Cisneros de la Cruz /

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Arturo González Cosío, el cuarto poeticista

o el samurái del haikú dialéctico

 

Por Andrés Cisneros de la Cruz

 

Arturo González Cosío (1930-2016), “sociólogo, político, filósofo, poeta y samurái”, en palabras de Álvaro Arreola Ayala. Perteneciente a una generación “intelectualmente soberbia”, es un poeta de la naturaleza, o dicho de otro modo, un guerrero que reconoce que la paz es el acto bélico por antonomasia. Entre las armas de los árboles y los animales del bosque esgrime la metáfora perfecta para entender el arrojo del ser a una dimensión que le exige parsimonia. Porque no hay pasividad en su vida, ni liberación de la controversia. Fue un poeta ermitaño, en tanto al medio poético se refiere, en parte por su actividad política, y por otro lado, por su tendencia al silencio: lo breve.       

González Cosío, “animador violento del poeticismo, movimiento fundado por Enrique González Rojo. En este grupo confirmó propósitos y tomas de conciencia” (Montes de Oca), es el cuarto elemento de esta revuelta de mitad de siglo. En su juventud fue militante de izquierda, al igual que los demás poeticistas; su identificación fue con las causas de empoderamiento social y la ecualización del bien común. Más tarde militó en el PRI, junto a personajes como Manuel Camacho Solís o Porfirio Muñoz Ledo. Curiosamente la gran lista de poetas nacionales mexicanos, fueron parte del proceso de la Revolución Institucional, incluido Jaime Sabines, o los Contemporáneos con sus diversos puestos diplomáticos, y no se diga la generación de Mitad de Siglo. Sin embargo, a González Cosío esta adhesión le ha costado ser borrado del mapa poético. ¿Por el hecho de ser poeticista, y devenir de un movimiento de emancipación social?

El poeticismo, como bien se ha empezado a estudiar, en su impulso primero es un dolor ante el mundo descubierto: un arrojo a querer cambiar el curso de lo que en un golpe de realidad, se contempla trágico; la devastación de la conciencia como un acto atroz sobre el gran mal que representa la ignorancia de los sometidos y la filosofía (de la mano, y también del pie, de la poesía) como una posible salvadora “unívoca”. En Poemas de Europa, escribe González Cosío: “Los charcos son peces inmóviles, / cuelgan del anzuelo de la tierra / como aves caídas / o lentos arroyos, / reflejan un dolor en esta tarde / en  la que veo caer una por una / las hojas del árbol de la lluvia / que insensiblemente golpean / con música repetida / el horizonte de la calle.”

Los poeticistas son descendientes dialogantes de Juan José Arreola, en su hermosa colección Los presentes, punto que los vincula con diversas perspectivas de la literatura nacional, sin embargo, al avocarnos en la lectura de los primeros poemas de los cuatro integrantes, encontramos evidentes coincidencias de un plan de trabajo común. Guillermo Tell, Pulgarcito, Pinocho y Kierkergaard (que recuerda mucho el ludismo de Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger, de Mario Santiago Papasquiaro) el sangrar de las piedras, Narciso, Shakespeare, y la integración premeditada del cotidiano de frases hechas o lugares comunes, vueltos metáforas sorpresivas, mezclado con personajes clásicos y fabulescos; también la filosofía y la fauna como un ejército en favor de hacer con un navajazo un cierre para abrir los ojos a las clases bajas, aunque al final, resultaron ser los propios poetas los que despegaron los párpados.

Bien se sabe que nada se pondera en su tiempo, si no es por su propia imposición. Los prejuicios históricos, de partido, de condición de cuna, sea en lo proletario o en lo burgués, tiende a encontrar aversiones declaradas. La crisis de identidad de los artistas es el campo minado de la construcción social. Y justo ahí donde uno no elige, sino que es dado, literalmente, en las manos de los padres, el nacimiento, es la cuna que redondea una vida. El origen y su devenir. Sin determinar un destino, pero con una dirección contextuado.

Arturo González Cosío, el menos conocido de los poeticistas, excluido de las lecturas realizadas por los pocos críticos que han dedicado tiempo a estudiar tal movimiento, es una pieza fundamental para entender la complejidad neutral que tomó este movimiento en el siglo XX, con miras al siglo XXI. Justo en ese proceso de des-automatización de la escritura que representa el poeticismo, en tanto la conciencia de un estado de conocimiento constante, interno y externo, es donde recae el gran peso de su aportación, más allá del poeticismo inglés, que busca la continuidad de la tradición de una identidad ya conformada en tanto nación imperial dominante. Contrario a ello, el poeticismo mexica se da en una economía colonia, y su sentido empuje espontáneo es descolonial, lo que genera un choque frontal con la percepción europea.

            En la obra de Arturo González Cosío hay una lógica de la masa, del cúmulo, del insecto, de lo pequeño, que termina por integrar toda obra que se perciba grande, toda columna. Es una especie de Viaje a la semilla, al modo de Alejo Carpentier: de manera sintética, compacta, mínima, con la que el cuatro vate poeticista, el converso podría decirse, principia con los Poemas de Europa (1954-1956), con la experiencia de vivir en la Alemania de posguerra, a trabajar detenidamente los  elementos judiciales que ayudarán a enfrentar batallas imperceptibles detrás de los juzgados, ante el constante juicio de la realidad, y por tanto, la injusticia institucionalizada, el debate constante de si la muerte de alguien fue útil a una causa, o le fue vana. Vanidad del resultado. Banalidad del esfuerzo por obtener un fin. El mal, es, esa ignorancia práctica (Hannah Arendt), ese ser que sin importar el otro, obedece el designio del que gobierna, del que ostenta el poder (desde su propia impotencia), en tanto el que tiene el poder y lo ejerce sin ostentación alguna.

            La variable de la obra de González Cosío, respecto a su grupo de juventud, es, que desde el haikú, forma un corpus para desarrollar una lógica, “poética”, diría González Rojo, que desde una óptica inamovible, concibe el acto de lucha: de existir en contra de lo que le rodea, leamos: “Hay que desvanecer las conjugaciones / desnudar lo entretejido / revisar la trama hasta encontrar la libertad / que gira en cada cosa / en cada trino / en las raíces del mundo”.

Y por ejemplo, en términos poeticistas, se pronuncia respecto a la piedra: “Mi dolor es más grande que yo / pensé que sólo vivía en mí / pero ayer frente a piedras / humilladas frente al sol / achicadas y pulidas en el camino / supe que mi ser era / sólo una parte suya”.  Y en el poema Mi muerte es un reloj de arena: “Serpientes cascabelean / un lenguaje de polvo / sus huellas son piel abandonada / sueños en larva inútil”.   

            Sus primeros poemas, como he apuntado antes, son francamente poeticistas, muy cercanos a los bosquejos de Eduardo Lizalde, en la Mala hora o las Décimas de Guillermo Tell, y con Enrique González Rojo en Dimensión imaginaria y el proyecto ya en formación de Para deletrear el infinito, así como con Ruina de la infame babilonia, de Marco Antonio Montes de Oca. Esta etapa que González Rojo denominara prepoeticista, en su libro Reflexiones sobre la poesía (ayer y hoy) (El Aduanero, Verso Destierro, 2007), es el evidente andamio de un titiritero que todavía no sabe disimular los hilos, aunque estos terminen por cumplir una función estética parecida al teatro sobrexpuesto del cine dogma de Lars von Trier en la puesta de Dogville, sólo que cincuenta años antes de dicha producción cinematográfica. O, con cierta similitud con el absurdo de Ramón del Valle Inclán, con su esperpento, o con August Strindberg, con su naturalismo, o al pre-poeticismo de Josué Mirlo.

            El poeticismo, es su ambición denostada, es una especie de guion cinematográfico que funciona en cuadros, o escenas metafóricas: “Después orejas largas y de papel, / bonete carnavalesco que anuncia / un cerco de risa, / esa que viene de afuera y duele adentro. / Pero comenzamos / con la manzana / sobre la mesa / y el corazón / sobre el estómago; / hasta Guillermo Tell / de seguro erraría la flecha” (Mi muerte es un reloj de arena, González Cosío). Aunque William Burroughs a diferencia del Guillermo de Cosío, no erró y acertó en el corazón de la mariposa abierta. Contraposición de sentidos con los poetas beats, semejanza también. Y México por escenario. Evodio Escalante hace un análisis detenido sobre este ángulo en su libro La vanguardia extraviada (UNAM, 2003).   

            Poeta de la legalidad o del laberinto eterno, para González Cosío cada ser es una encrucijada, una guerra. Sus primeros trabajos poéticos son apuntes críticos de una sociedad enajenada, en tanto que su obra ya centrada en su trinchera vital, se vuelve de análisis desde la animalia conceptual, que en su propio misterio y simbolismo, conlleva un modo de supervivencia, pero también una poética de existencia. Desde el Pequeño Bestiario Ilustrado, pasando por Los Animales Que no Cupieron en el Pequeño Bestiario y su emblemático poema Los elementos, hasta El Códice de la Guerra Invisible, Cosío, bien lo dice la poeta Verónica Volkow, puede ser ubicado “como el heredero mexicano más poderoso de José Juan Tablada”. Y suma Montes de Oca: “La imaginación de Arturo irrumpió, como puede colegirse, desde muy joven, en que se distinguía por ser risueño, fantasioso y con espíritu libre. Era, sí, perito en hallazgos, y algunas de sus imágenes no dejaban nada qué desear, pero no se dejaba llevar por la originalidad hueca y los juguetes estrafalarios a los que éramos tan dados sus compañeros de generación”.

            Así, la metáfora de González Cosío es una maquinaria social, cual sociólogo, y al mismo tiempo, una animalización de la humanidad, y no una antropomorfización de todos los animales. El humano mirándose en un espejo con rostro de ave, de escarabajo, de insecto. De amanecer.

            Apunta Oswaldo Días Ruanova “fue Wu Yuanshan, autoridad en literatura de las dinastías Tang y Song, quien llevó a Pekín la noticia de que un poeta azteca, raramente dotado de espíritu oriental, escribía versos de novedad profunda en formas genuinamente clásicas”. Lo cual el lector confirmará al deshilar haikús tan esenciales en su sentido bucólico, en su contemplación de la sabiduría de la naturaleza y sus formas de realización.

            Verónica Volkow expone con claridad este silencio de piedra franca que hace de natura el misterio constante “algo del oficio de los antiguos arúspices, indagando por el destino en las entrañas de la bestias, o de lo sacerdotes africanos solicitando respuesta al fuego para alguna pregunta, parece haber heredado Arturo González Cosío. Sus imágenes poéticas, cuando no tienen un abierto carácter de augurio, se proponen la exploración del misterio”, y ejemplifica con el poema de Los Elementos, para más tarde rematar “son muchas veces presagios, pero a veces, deliberadamente, las convierte (las metáforas) en sugerentes consignas, en mapas cargados de sabiduría para el camino”.

El paisaje es un ser vivo. Y la línea, una metáfora del horizonte. La función de la metáfora así, en González Cosío, es la revelación de la explosión cósmica, en la piedra del poema que se concreta en el lenguaje del poema, conciencia del tiempo y el cosmos que desde lo subjetivo del que escribe, halla el tejido de su exposición. Es decir, cada humano en función de su lenguaje, es la perla, o la gota que bajo el portaobjetos da muestra del tejido del todo. Y lenguaje es el microscopio que enfoca las estrellas que cohesionan una forma.

            Lo complejo de hacer una poesía despierta que sueña, y no una que es sueño de alguien que la sueña sin haber despertado, es la grieta, el abismo, entre el surrealismo y la potencia poeticista, como bien lo apunta Montes de Oca al referirse a González Cosío, que “vio en la naturaleza al habitante arquetípico del poema. Lo breve, rostro nuevo de lo infinito”, “de ahí surge un espacio que acompaña a sus fantasmas nómadas. Surge el matiz en fuga como casa de lo insólito. Tanta imagen certera, nos habla de una poesía donde, por fortuna, el ‘asunto’ que embrida y concentra a la subjetividad, no se pierde como es el caso de la interminable infantería surrealista que se salva sólo por sus excepciones”. Arturo González Cosío vuelve sus haikús, runas para el correcto ejercicio del juicio sobre las formas de vidas que alcanza a entender el humano, y se nota en la búsqueda de precisión con su versar, que cumple las tres estancias de la realidad plausible: primera: principio y fin, segunda: superficie y tercera: volumen. Así la función del poema se vuelve cuerpo, es historia de un instante que se prolonga en el tiempo hasta que desaparece la piedra en el agua y se siembra en el fondo, mientras las ondas en el epílago se propagan hasta besar la polvosa orilla, y moldear un tanto, el barro, con su boca de agua.

 

 

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Andrés Cisneros de la Cruz

Andrés Cisneros de la Cruz. Ciudad de México, 1979. Poeta, ensayista y editor. Ha publicado los libros de poesía: Vitrina de últimas cenas (VO/ Andrógino, 2007), No hay letras para escribir tu epitafio (Mezcalero Brothers, 2008), Como la nieve que dejan los muertos (Letras de Pasto Verde, 2009, Poesía sin permiso, 2010), Ópera de la tempestad (Metáfora/VO, 2011), La perra láctea (Inferno Ediciones, 2012), Fue catástrofe (Rojo Siena, 2013), Eufórica [partituras para la guerra] (Sikore, 2015), Tétrada (Taller Nuclear, 2014, Ediciones El Viaje, 2015) El viejo arte de lo nuevo. Manifiestos matéricos (Sikore, 2016), La rosa ebria y treintaitrés anforismos (La cosa escrita, 2016) y Dinamita (Cisnegro, 2016). Realizó selección y curaduría crítica del poeta Josué Mirlo, en Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara. Es segundo lugar en el Certamen Internacional Relámpago de Poesía Bernardo Ruiz, 2008, mención honorífica en el Concurso Nacional de Poesía El Laberinto, 2004, y en el Concurso Nacional de Poesía Jaime Sabines, 1999. Y segundo lugar en Premio Nacional de Poesía Temática Tinta Nueva 2011. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Comunicación Social en la UAM. Ha sido incluido en más de cuarenta antologías, entre ellas, 24 años, 24 poetas (Tianguis del Chopo / Conaculta, 2004), Descifrar el laberinto (El Laberinto, 2005), La Mujer Rota (Literalia, 2008), el Anuario de Poesía 2007 (FCE, 2008, selección de Julián Herbert), Hacedores de Palabras (Cantera Verde, 2009) y La semilla desnuda (Poetas en Construcción / Conaculta, 2010). Es organizador del Debate Abierto de Crítica Poética (en colaboración con Casa del Lago) y creador del Torneo de Poesía (Adversario en el cuadrilátero), los Miércoles Itinerantes de Poesía, el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora y compilador de 40 Barcos de Guerra, y del compendio Torneo de Poesía 2007-2010. Antología de poetas sobre el cuadrilátero (Linaje Editores / Verso Destierro, 2013). Es colaborador del programa Luces de la ciudad (en la Hora Nacional) y Radio Etiopía. Participó en el ciclo de Poesía en Voz Alta organizado por la Casa del Lago, en 2013. Ha impartido talleres de poesía en el IPN y en la Universidad Iberoamericana. Como periodista fue parte de la mesa de redacción de El Universal y El Independiente, y colaborador de la revista Bucareli 8 y Chilango, así como investigador de poesía especializada en ajedrez, para la Gran Fiesta Internacional de la UNAM 2012. Ha sido curador poético de la obra plástica de Orlando Díaz, Kenta Torii y Omar SM. También ha colaborado en suplementos y revistas de México, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Chile y España. Su poesía ha sido traducida al náhuatl y al portugués. Actualmente es editor de la versión en línea de la revista Blanco Móvil, y operador del proyecto múltiple Cisnegro. Lectores de alto riesgo

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