Lunes, 21 Mayo 2018 03:02

Zape / Oliver Guevara /

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Zape

Oliver Guevara

 

 

 

 

Después de la cena, se preparara para dormir, su madre apaga las luces y le da un último beso, lo persigna y le dice que sueñe con los angelitos. Armando se recuesta y sube la sábana hasta su cara, se cubre mientras espera la visita de todos los viernes. Sus padres duermen en el cuarto contiguo que es separado sólo por una cortina verde y mientras aguarda la victoria del sueño, oye a las gallinas del corral inquietarse, escucha ladridos que se apagan a lo lejos, oye que la puerta principal se abre, sabe que no es su padre, él llega más tarde de la mina. Su madre corre a su lado y le cubre la cara subiéndole la camisa de su pijama.

 

-No te espantes. –Armando siente cuando su madre lo sujeta fuerte del brazo y no puede evitar que los ojos se le humedezcan.

 

Puede escuchar en pleno silencio como las sábanas son corridas, oye la voz de su madre cuando se queja, oye un rumor de hombre que se convierte en voz nítida, más fuerte y cercana. Después de unos minutos, la presencia se va, lo sabe porque siente cuando su peso se quita de la cama, su madre lo jala para sí y se escucha ahora la puerta principal cerrarse. Su madre también se va a la cama y ya acostada, le dice que se descubra, que todo ha terminado. En ocasiones, su madre no habla en todo el día, realiza las labores de casa en silencio, la mayoría de las veces, el agua que sale del grifo es su único acompañamiento y se queda ida mientras Armando se marcha a la escuela sin obtener respuesta al despedirse. Papá duerme hasta tarde para después introducirse en las entrañas de la tierra.A Armando lo molestan en la escuela después de contar que en su casa espantan, no escapa de la sorna y del insulto de los rapaces más crueles, comienza a aislarse, pasa largos minutos en el baño hasta que suena la chicharra que indica la hora de salida, hay ocasiones que escucha cuando intentan abrir la puerta del cubículo donde está recluido, alza la camisa blanca de algodón de su uniforme y se cubre la cara.

Después de asumir que los fantasmas son reales, deja de importarle demasiado, hay noches en que ya ni siquiera le importan los sollozos de su madre, el “no por favor” que a veces se le escapa mientras una respiración agitada parece bufar en la espalda, como un bisonte apunto del embiste. Ya no le importa quedarse despierto y salir a hurtadillas de su recámara para observar a su madre recostada de lado y en silencio, con la mirada en la pared, reconociendo el olor a tierra húmeda en los pantalones de su padre, colgados en una silla cercana.

Su padre es una bestia derrotada, su cuerpo llevado al límite dentro de las oscuras minas está a punto de sucumbir, su constante tos es el síndrome de la terquedad por llevar sustento a la mesa. En su casa no se habla más que de dinero y los silencios son rotos por conversaciones sobre enfermedades, doctores y remedios como toques eléctricos aplicados en las manos, para volverle la agilidad que ha perdido con los años y con los nervios.

 

-¿Dormiste bien? –Le dice en una ocasión ese hombre encorvado con más canas que ayer. Lo mira y Armando quiere contarle de espíritus, de cómo le afecta más a su madre, que el último zape que le dio en la nuca por llorar al pelear por un columpio, aún lo recuerda, que todo estará bien si se largan del polvoriento pueblo. Su madre se acerca para servir el plato a su padre que está a punto de irse, se detiene después de dejar la comida y fija la mirada en Armando, el niño no sabe interpretar si aquella mujer de ojos como piedra rugosa quiere que siga o si quiere que calle. La angustia convertida en cansancio y la boca apretada le dice que no diga más. Armando responde con un lacónico sí y después sale a ver a los animales del corral mientras lleva consigo los cubiertos que lavan en la llave de afuera, cerca de donde acumulan la leña que abunda en invierno, donde dejan los cantaros que se rompen.

Una tarde de viernes, no quiere regresar a casa, se atreve a introducirse más allá en las calles del pueblo, se asoma a los pocos aparadores y en uno de ellos, observa un vestido color azul turquesa. Imagina a su madre en él, la ve bailar en la sala de su casa mientras su padre está en un sillón con una sonrisa enorme, con los ojos cerrados, le place ver a su madre contenta, sin las noches de fin de semana en las que amanece fúnebre. Armando siente nauseas cuando ve que el sol se oculta con una velocidad inusitada, ahora imagina adquirir un gato y acariciarlo mientras duerme con él, atento a los ruidos que le avizoran presencias.

La oscuridad es un rumor que se hace voz, un aire agolpándose en las tablas de la casa, el tronido de las piedras que chocan en el río cercano, del rebuzne lejano. Oye que la puerta se abre, se cubre la cara como el ensayo forzoso en el que se ha convertido, siente a su madre recostarse en su cama, después siente una fuerza mayor que se apodera del cuerpo de su progenitora, nuevamente los gemidos y es entonces cuando se descubre, observa que un hombre yace sobre su madre que no deja de abrazarlo y decirle que todo va estar bien. Armando comienza a gritar y se apodera del tenedor que está bajo su almohada, lo hunde varias veces en la espalda del hombre que sigue en un vaivén frenético sobre su madre, después el intruso por fin se da cuenta del dolor ensimismado en el placer y es entonces que mira la figura del niño en la noche como un felino revolcándose patas arriba, decide salir y corre a la puerta, los viajes del tridente no se detienen y hacen mella en la humanidad de su progenitora quien alza las manos para tratar de evitar más heridas, rasguña el cuerpo de su hijo que no se detiene, que grita como animal nocturno hasta que siente que el tenedor ha dado con la dureza. Hace un alto, se dirige a la cama donde duermen sus papás y saca de su mochila una tela azul. Se sienta al borde la cama y espera a que papá regrese, se viste y empieza a bailar en la sala. No se detiene, oye que la puerta principal se abre nuevamente, la claridad está a punto de engullir el vacío y es entonces que huele la humedad de los pantalones de su padre, el olor a entrañas de la tierra.

 

Visto 210 veces Modificado por última vez en Jueves, 07 Junio 2018 04:00
Oliver Guevara

(San Luis Potosí), es autor de Lagaña de perro, libro con el que obtuvo una Mención Honorífica en el Premio Nacional de cuento de Bellas Artes, San Luis Potosí 2012. En 2011 publicó el cuaderno de Poesía Sed del Alba. Estudió la licenciatura de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Durante una década se desempeñó como periodista de Nota roja. Becario del PECDA en Categoría de Jóvenes Creadores. Premio de Literatura Manuel José Othón de poesía 2014 en el estado de San Luis Potosí.

 

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