Martes, 29 Mayo 2018 07:03

Al maldito que corresponda. Annia Bautista.

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Al maldito que corresponda.

Annia Bautista.

 

 

He escrito y enviado esta carta hacia algunas de las direcciones que se me han ocurrido, o al menos eso creo, esperando que en realidad existan, y también, con un poco de intención, si es que usted atreviéndose a contestarme, me hiciera suponer que hemos escuchado al destino. Me encantaría interesarle en mi historia, y si le hablo de esta manera, es porque nunca le encontré sentido a esa cursilería del lenguaje: lo o la, él o ella, para mí usted con suerte será mi lector, y con esperanza, seré yo también el suyo.

Agosto 013

El maestro había decidido decapitar a sus alumnos. La forma era corriente, sin ingenio, yo le había convencido de darme tiempo para idear algo mejor; la verdad, él ni siquiera había pedido mi participación; pero ¡lo vi tan triste!, hablando de algo que seguramente quiso hacer durante tanto tiempo, que no soporté verle tanto olvido de sí en el rostro.

Decidí ayudar, y quizá sólo eran expectativas mías, pero me parecía natural que el demonio disfrutara desde el momento en que concebía la perversidad de sus planes; cosa que en él no veía. Tal vez aquí había algo más que yo me estaba perdiendo; asumí que si no lograba mejorar su plan, al menos entendería lo que se me hubiese escapado entre líneas.

 

Agosto 013

Una tarde de tormenta decidió quedarse en casa a pesar de que nunca había detenido sus cátedras por ningún motivo, ni siquiera cuando su padre muriera. Dijo que antes lo miraba poco, que las visitas se habían reducido a nada, y la nada, nada importa.

Se helaba toda la casa, le acerqué hasta su lugar una manta, pero me retiró la mano, como si con ese gesto me dijera que necesitaba de ese frío. Largo rato se quedó viendo por la ventana, y en un momento creo que hasta sonrió. Pensé que ya no les cortaría la cabeza; ahora había decidido ahogarlos. Y me alegré de que hubiera recobrado el gozo de su maldad.

Siempre cenábamos juntos; pero al oscurecer quise dejarlo a solas con su malicia, o lo que fuera que hubiera recuperado. Me fingí con dolor de cabeza y me acosté; claro que no pude dormir, sólo pensaba en ayudarlo, un plan B, por si acaso le volvía la inconformidad, la tristeza.

 

Agosto 013

Me di cuenta de que su mitad seguía intacta, y es que era imposible que se hubiera levantando temprano y la hubiese tendido; pues aunque nuestro lecho estaba separado, le gustaba que yo tendiera sus cobijas y arreglara su cama. Decía que mis manos tenían el aroma de la ternura, y que cuando por las noches se acostaba, sentía que era el paso que había dejado mi tacto, y no el de las telas, lo que lo hacía dormir tan tranquilamente. A veces, sólo por molestar, no encuentro otra excusa, le pedía a algún criado o pariente que tendiera la cama por mí, él siempre lo notaba; decía: ¡tus manos no están aquí! Incluso se ofendía, como si ese día no hubiera querido amarlo, y en lugar de eso lo hubiera dejado encargado con alguien más; entonces prefería dormir en la sala, sin arroparse con nada, aunque temblara.

Molestar…, sólo por molestar, ¿por qué no me bastaba que mi demonio dijera cosas tan lindas, fueran o no verdad? ¿Es reconocer sobre las cosas el tacto de quien lo ama tanto, tan difícil de creer? ¿Por qué no pude quedarme con sus palabras suaves, por qué, para qué indagar? Tuve suerte de que fueran verdad, porque un detalle así que parece juego, pudo haberme ahogado en melancolía si alguna vez hubiese atinado mal.

Al ver su pedazo vacío me sentí orgullosa; algo le había arrebatado el sueño, y aunque yo sólo pude dormitar, atravesé el insomnio en busca de la misión, de esa que podría volver a ser su alegría.

 

Y es que, verá, yo tengo este tic, pero nunca se lo he confesado. Ella me cree un demonio porque cuando digo algo la sonrisa se me va de lado, y ella cree que hay un plan maldito detrás de lo que digo, pero habla tanto del amor que siente, por mi forma de ser y cómo engaño a la gente, como si se tratara de una complicidad única entre los dos. He callado tantos años para no herirla, ¿cómo decirle que soy un agradecido con la vida, y no estoy tramando nada? Menos ahora que he encontrado que guardaba un diario.

Después de las heridas, ella se había empeñado en ayudarme a decapitar a unos niños; yo se lo dije porque sus ojos preguntaban, tenían hambre de alguna maldita novedad; dije que odiaba, que guardaba rencor, y que sólo asesinando podría saciarme; sus ojos brillaron tan horribles, que sentí tristeza: mi incapacidad de ser monstruo la había deformado a ella.

Quisiera salvar a esas criaturas que nada han hecho. El otro día quise convertirme en monstruo y me convertí en santo, y por más que intento el diablo no me sale. Por ejemplo, el día de la tormenta no pude ir a la cama. Me aterraba que ella la hubiera tendido, y rogaba porque otra vez me hubiera jugado una broma de ésas para probarme; cuando le pide a otro que arregle mi colcha, para ver si me doy cuenta del truco, pero no tenía el valor de averiguarlo.

Por el accidente, me quedé en casa, quería ganar tiempo, y ella se quedó muy callada cuando vio los lápices enterrados en mis manos. No supe qué había hecho. Pensando tanto en todo lo que podría destruir, matar, se me ocurrió convertirme en víctima; así, quizá desistiríamos de todo aquello, o, ¿debía ser ahora más demonio que nunca?

Mientras ella dormía en su mitad, yo había pasado la noche en el sillón velando la ausencia de luz, hasta no soportarlo más. La noche es peligrosa porque en la oscuridad no se ve el límite, si es que lo hay. Me clavé un lápiz en cada mano, mentí y dije que aquellos alumnos habían entrado sigilosos, y que me había despertado el dolor. Cuando me vio la sangre ya estaba seca; yo había calculado su despertar, pero no conté con que ella viendo la cama intacta se quedaría largo rato imaginando la razón. Ella en silencio. Algo me decía que si lo demoniaco no crecía en mí, pronto crecería en ella; y pensaba en la hora de ir a dormir y sus monstruosas manos de monstruosos pensamientos serían refugio para mi cabeza.

Cenamos juntos, apenas y hablando de los objetos sobre la mesa, hizo alguna pregunta sobre mis vendajes; los cambió después de cenar, no distinguí ninguna emoción en el gesto, nada tibio, nada frío, entonces supe que estaba concentrada. Avanzamos al dormitorio, y cuando destapé las almohadas, mentí: ¡tus manos no están aquí! Ella abrió grande los ojos. Al principio pareció enojarse, luego indignarse, y mientras eso ocurría no quise esperar a que me viera en la cara el espanto; y me encaminé a la sala.

 

Agosto 013

Me quedé helada. No reconoció mi ternura, o quizá se me habría terminado; tanto pensar en cómo ayudarlo con esos niños me había transformado, o quizá siempre supo adivinar, y hoy, falló.

¿Me transformé?, ¿un gesto lindo entre seres que se adoran, se ha convertido ahora en la regla que me mide?, ¿qué sabe él de ternura?, si soy yo siempre quien arregla su cama, o ¿sería sólo un pretexto para volverme su mucama, sin que yo sintiera necesario el menor reproche?

¿Cuánto importa la verdad, es lo único que se persigue en esta vida o sólo en este tiempo? Da igual, ¡es casi lo mismo! Yo quería que él me encontrara: como su mujer cuando desarreglara su cama y reconociera mis sentimientos en el gesto, o como su mucama: en la perfección del doblez en las telas, pero ¡que me encontrara!

Y quizá debiera uno estar eligiendo todo el tiempo, pero creo que hay un momento cuando uno comienza por hacerse; es decir, coserse sólo de telas que soporten el tiempo. Escoger entre verdad, o verdad. Y yo no sé qué creer ahora, porque también tengo ganas de enojarme, de indignarme, ¡me dulcificó la idea de una criada!, ¿cuántas veces habré comido de sus malditos dulces envenenados?

 

El día que comenzaron las explosiones, quise hacer algo diferente. Tal vez hasta revelar la verdad, pero es que a ella ese camino no le gusta. Así que falté al colegio; sobre todo porque no podía dejar de ver a aquellos niños, a sus cuerpos perseguidos por la muerte. Me quedé el día pensando, viendo a través de la ventana, y me esforcé por despojarme del desánimo. Entonces los vi bajo la lluvia, felices de que no hubiera clases, y los imaginé corriendo sin la menor sospecha, brincos de inocencia. Entonces, el nudo de los labios se me deshizo estirándose para sonreír.

Yo era tan bueno que sólo quería que se sintiera protegida y entonces fingía mi maldad; bueno, eso fue al principio, de ahí en adelante ella convertía todo en sentimientos duros y fríos.

 

Enero 998

“Si el mundo es malo debes lograr ser lo más preciado para el hombre más cruel, así no podrías estar más a salvo”, es lo que leí en su diario en el apartado de “Conversaciones con mamá”.

No pude más, ¡quise liberarme!, pero sin lastimar a mi mujer. Ella cree que soy un hombre despiadado, y yo la dejo creerlo porque así se siente segura, y dígame ¿quién se siente seguro en la bondad? La bondad sólo es confianza en el descuido. Ella quiere que no la quiera, y también que la quiera. Así todos los días son un reto para ella. Trabaja desde la negación, y entonces se pone creativa; si al fin accedo a besarla, ella se ve hermosa, brilla, se enaltece, como si hubiera ganado algo. Yo quisiera sorprenderla a veces, y cuando he tenido tantas ganas de besarla debo morderla, o empujarla después, y ella me mira de una manera como si me debiera todo, como si fuera su amo, con un deleite, con un asombro, que prefiere cerrar los ojos para no llorar.

Está convencida de que soy un monstruo, y eso es lo que le gusta de mí. Hasta me dice Franky, como diminutivo de Frankenstein, porque claro, a ella le gusta interpretar el papel de contraparte: dulzura y bondad. No soy todo malo, a veces se me escapa alguno que otro cariño, pero ella está tan acostumbrada a mis “maltratos”, que no sé cómo, pero siempre encuentra la forma de transformar mis caricias en ofensas, mis besos en golpes, mis miradas de amor en ironía y sarcasmo. Hace poco, mi desesperación me llevó a confesarle la verdad, que soy un simple humano, enternecido por las causas más nobles, me entristece el mundo, sobre todo los niños y ancianos. ¿Sabe lo que me dijo?, que era lo peor, el más ruin y despreciable, recuerdo exacto que gritó: ¡deposité mi maldad en ti, y ahora me la regresas, me has devuelto a los opuestos!

¿No podríamos ser yo el bueno y tú la mala?, pregunté. Y ella dijo: ¡No lo creo!, no me interesa el poder, me atrae la supervivencia diaria, la esclavitud; y tú no sé por qué haz decidido liberarme. Me voy a buscar la protección, la maldad que tú no puedes darme, ¡quédate con tu deficiente crueldad!

Creo que estoy enloqueciendo de veras, y no sé si en la locura encuentre la maldad o me acerque aún más a la bondad. Pero les he pagado a aquellos niños, simulando un juego de guerra, para tomarles algunas fotos donde salen sin cabeza, y se las he hecho llegar a ella. Sabe que la quiero, sé que nos queremos; así que volvió a mí apenas recibirlas, me dijo que ahora era aún más claro que uno elige cómo zurcirse la piel. Me contó que cuando regresaba conmovida por mi maldad que significaba amor, vio a los niños de las fotos jugando en el parque, y se dio cuenta del engaño.

Yo lo hice por amor a ella, y ella ha entendido que sigo dispuesto a exagerar, a fingir. No quisiera hacerlo. Quisiera ser yo, pero sé que ya encontrará la manera de creer lo que ella quiera, de zurcirse sus verdades como dice. Ahora me ha pedido lo que yo más quería, volver a ser una sola cama; necesita volver a sentirse en riesgo.

Lo de dormir separados ella lo había decidido. Una noche de vigilia fui a la cocina por un poco de cerveza y al llegar a la habitación, la miré lindísima, acostada, con el cabello húmedo aún, el aroma de ese shampoo en su cabello eran algo para quedarse a vivir; y mire que he olido otras cabezas que dicen usar la misma marca, pero ningún aroma como el de ella. Yo mirándola embelesado, encantado; ella se despierta y al verme con aliento alcohólico sosteniendo su cabello, como era de esperarse, supo transformarlo todo, me preguntó si había intentado matarla. Entonces, mi cara se desencajó por el giro tremendo que había dado la realidad, y pensó que era mi gesto de sentirme descubierto. Se veía tan asustada; me dijo: sé que no puedes contener tu maldad, esperaba que este día llegara. Se abrazó a mí, y yo me quedé helado. Dijo que me quería, y yo le dije apenas lo mismo. Sobrevivimos la noche abrazados y bebiendo cerveza. Al día siguiente que llegué del colegio ella había partido la cama a la mitad, sobre unos libros niveló los lados, y como la vi sonriente esperando mi aprobación, o quizá mi desaprobación, no dije nada que pudiera arruinarlo. Me recosté como para probar la resistencia de los libros. Desde entonces, ella sentía todos los días como si luchara por su vida, y al recostarse sobre su mitad, la veía dormir con el rostro pleno. Había ganado un día más en que yo había desistido de matarla.

Me intriga tanto saber a qué me enfrentaré para satisfacer sus delirios ahora que volvamos a dormir uno al lado del otro. Por eso necesito encontrar mi maldad, o al menos una forma ingeniosa de conservarme a mí mismo sin sentir que finjo; por eso es que pido su respuesta, su ayuda. Mi mente se ha quedado seca, porque ella me supera. Y sólo quisiera sorprenderla, ¿me comprende? Es ésta la séptima carta que reescribo anexando las novedades. Las otras seis se me han regresado sin abrir, así que espero que esta dirección llegue a su maldito destino.

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Annia Bautista.

Annia Bautista. Ensenada, Baja California. 1984. Licenciada en Filosofía. Narradora. Participó en el Diccionario Filosófico de Tijuana (2012).

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