Martes, 14 Agosto 2018 04:38

Vacía de dioses "espero la noche para volverme polvo" reseña de Adriana Tafoya

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Vacía de dioses

espero la noche para volverme polvo

 

Primer libro de Alejandra Estrada Velásquez

 

 

Por Adriana Tafoya

 

Nada cura el dolor de descubrirnos solos, "Dios ha muerto" nos anunció Nietzsche y, con ese dios, los hombres que lo crearon y le daban su fe. Ahora, en este poemario reflexivo Vacía de dioses, Alejandra Estrada nos confirma lo que en el fondo muchos sabemos: "La memoria es una procesión de tumbas", "Nos han mentido. Nos han hecho creer en la permanencia, en la perpetuidad, en lo intangible", "Nacemos para mentirnos, para decirnos que la vida es un propósito o un fin. Ni siquiera hay medio, no hay camino". 

La poeta acentúa con estos versos lo difícil de aceptar, lo que conmueve hasta los huesos, lo que los pone en ansiedad a la hora de dormir; la muerte de un dios “actual”, la muerte en sí, sin más. Pone su dedo en la llaga y, a pesar de que lo han dicho otros pensadores, el mencionarlo, el escribirlo, sigue haciendo estremecer a muchos al grado del dolor, incluso al grado del más profundo odio. Es aflicción tremenda el saber que hasta los dioses mueren.

 

Así, al saber esto, mencionemos por ejemplo, que la tumba de Zeus el gran dios de Grecia, la enseñaban a los visitantes en Creta todavía a los comienzos de nuestra era. Que el cuerpo de Dionisos estaba enterrado en Delfos, junto a la dorada estatua de Apolo, y su tumba tenía la inscripción: "Aquí yace muerto Dionisos, hijo de Semele". Según un relato, el mismo Apolo estaba enterrado en Delfos; se dice que Pitágoras grabó en su tumba una inscripción explicando cómo había sido muerto el dios por Pitón y enterrado bajo el trípode. El antiguo dios Cronos fue enterrado en Sicilia, y los sepulcros de Hermes, Afrodita y Ares fueron descubiertos respectivamente en Hermópolis, Chipre y Tracia. Los mismos grandes dioses de Egipto no son excepciones al destino común. Llegaban a viejos y morían, pues al igual que los hombres, estaban compuestos de cuerpo y alma, y, como aquéllos, sujetos a todas las pasiones y debilidades de la carne. Su cuerpo, es cierto, estaba formado según un molde más etéreo, y duraba más que el nuestro; sin embargo, no podían conservarlo para siempre contra el asedio del tiempo. La vejez convertía sus huesos en plata, su carne en oro y sus bucles cerúleos en lapislázuli. Alrededor de 1886, los groelandeses creían que un viento podía matar a su más poderoso dios y que moriría también seguramente si tocara a un perro. Cuando oyeron del dios cristiano, preguntaron si nunca murió y habiéndoseles dicho que no, quedaron muy sorprendidos y dijeron que debía de ser en verdad un grandísimo dios*.

La muerte de los dioses ha sido común a través de los tiempos, así sabemos de la caída también de Thamus, Pan, Adonis, etc.

Los dioses mueren y nacen otros, ya sea por necesidades ideológicas o políticas, o por la necesidad del capital; vemos en México como los templos religiosos forman parte del mapa turístico de cada pueblo o ciudad.  

 

Los dioses mueren, insisto, pero eso no quita que en la entraña de muchos, este duelo provoque enfrentamientos tanto con los demás, como con ellos mismos. Pues estas deidades a imagen y semejanza nuestra, están conectadas directamente con nuestros temores, con nuestras dudas e incertidumbres. Es terrible enfrentarse a la nada, al "sin sentido", al "aquí y ahora". Y de esto nos habla la poesía en "prosa poética" de Alejandra Estrada, del descubrimiento, el desencanto, el primer vistazo a la asimilación de que "no todo tiene que tener una meta u objetivo, un sentido o una razón", pues en el pluriverso, existen todo tipo de posibilidades o perspectivas o laberintos de comprensión para las existencias.

 

Este libro nos da la oportunidad de esa catarsis, de ese enfrentamiento con el desengaño y por ende, con la realidad, pero una realidad poética, una realidad con emoción y belleza conjugadas, donde deja al lector, el espacio, el silencio para la reflexión. Después de todo, cito: "Fuera de  ti soy transparente, liviana y minúscula", fuera de dios y de la deidad inspiradora en la que convertimos -en lo cotidiano-, a nuestros gobernantes, nuestros maestros, incluso a nuestros consortes, a la vez, también a nuestra imagen y semejanza.

Podríamos agregar  que aceptando la muerte de dios, -es más la no existencia de él-, somos transparentes, livianos, minúsculos y libres, llenos de dudas, maravillosas dudas que alimentarán la curiosidad del  yo científico, del  yo pensador.

 

Hay académicos y lectores que opinan que el poeta o la poeta sigue siendo un sacerdote, “el religare sigue uniéndonos con los demás”, afirmación cierta en algunos aspectos, pero también cierto es, que hay poetas ateos que también sin ser budistas (religión sin dios) nos unen a los demás, a través de su escritura y lectura, como Lucrecio, Unamuno, Edgar Allan Poe...Si bien sabemos que no son muchos, esto más que importante, es valioso y mucho más, al respecto de la parte histórica mexicana, donde quedaría situada la poesía de la joven poeta Alejandra Estrada, pues al tratar un tema que en la mente de muchos todavía es un asunto radical o de tabú, la retira del lugar común y, por lo tanto, en esa transgresión radica el aire de vanguardia en su trabajo literario. Pues el tema de “la no existencia de dioses”, en una sociedad con un sistema de valores aún conservador, le hace fresco, confrontativo y de interés. Pues esta, es una poética que apuesta por hablar de esa depresión, ese desengaño y esa crisis existencial en muchos al  ver como se desploman las ideas preconizadas, por no decir tribales de las cosas espirituales. 

También importante es mencionar unos versos de Estrada, donde aconsejo al lector tomar interés: “Allá  afuera, entre hombres que conversan y toman las palabras como si fueran suyas, amanecer es un requisito”, “Envidio al primer hombre. Anhelo su asombro. Su vida era un amanecer genuino, perpetuo. Solo, en medio de la nada, de una nada no por inerte sino por desconocida, por  nueva, dueño de la confusión y de la existencia. Dueño del orden de las cosas. Anhelo la boca del primer hombre porque pudo nombrarlo todo”. 

Las aseveraciones de estos versos, dejan lugar para el recuerdo del maestro poeta Eduardo Lizalde en “Cada cosa es Babel”. Silvia Eugenia Castillero, en un texto publicado en la Revista Luvina, desmenuza sobre esta obra;  

“Lizalde entra en el cuerpo del castellano para apuntalar sus aristas, sus bordes. Crea espacios donde los límites son los bordes de los continentes de las cosas. Y justamente en los bordes reside la sutileza, lo que les permite a los objetos ser algo y no ser lo otro. En este libro, el autor se centra en la materialidad; desde allí abre las compuertas a objetos imaginarios que se acomodan de manera más clara entre lo real, las coordenadas se amplían y el tiempo cambia. El tiempo se manifiesta en el nombrar, la cosa es el espacio donde florece el curso de ese nombre. Por eso el tiempo continúa eternamente aunque los sitios fenezcan. El nombre sobrevive al objeto, se transforma en ataúd o en cascarón para guardar el polvo o el cuerpo destrozado de la cosa vencida”.

Podemos notar la aproximación exacta y perspicaz de la ensayista al hablar, por no decir “nombrar”, el trabajo poético de Lizalde, el ser testigo textual del trabajo del maestro que “nombra”, lo que solo puede hacer un vate, un bardo, (hoy un poeta, una poeta), un ollave, desde la antigüedad; nombrar, renombrar, recrear, remitificar, mitificar lo otro, lo no nombrado, lo nombrado, lo que se podrá nombrar y omitir y silenciar.

Transcribo aquí unos versos de “Cada cosa es Babel”:

 

Y le digo a la roca:

muy bien, roca, ablándate,

despierta, desperézate,

pasa el puente del reino,

sé tú misma, sé mía,

dime tu pétreo nombre

de roca apasionada.

 

Y no sabe decirlo,

no cabe un alfiler de labios

en su cuerpo sin rostro.

Pero yo sé su nombre:

 

roca, le digo,

y comienza a ablandarse.

 

Aun la palabra roca no viene de las rocas.

La palabra es más densa que la roca,

resquebraja la roca,

es el cardillo armado, que sabe de su imagen,

el agua enternecida con lo que refleja.

Es cierto, la palabra viene del poeta.

 

La palabra roca

no es criatura del mármol

y no viene del hombre a la manera

que el pájaro aparenta ser invención del árbol.

El mundo del poeta

no concede el sufragio

ni a las más altas rocas.

Pero el mundo sin rocas del poeta

procede, en fin, del mundo de la roca.

 

 

Alejandra Estrada, la poeta dice (no sin cierta ironía),  “envidiar” al primer hombre por su cercanía al lenguaje, cuando el lenguaje está vivo y es pertenencia inherente de la humanidad, del poeta y la poeta, capacidad que tienen, he mencionado, de nombrar, renombrar, recrear, remitificar, mitificar lo otro, lo no nombrado, lo nombrado, lo que se podrá nombrar y omitir, y también silenciar. Trabajo indudable, que han hecho con belleza los y las poetas durante siglos.

La poeta, también nos conmina paradójicamente a la oscuridad, le apuesta con melancolía a la noche, con sus parajes aún no nombrados, porque bajo la luz azulina de la oscuridad hay demasiado por nombrar que no se ha nombrado y por lo tanto aún “no existente”. Recordemos que algunas cosas incluso insulsas, por el solo hecho de que se “nombran”, existen. Por eso hoy en día, aún se puede discutir “la existencia” de los “reyes magos”, de “santa clos”, del “coco” y “el señor del costal”.

No hay nada nuevo bajo el sol, pero si bajo la luna. Y vacíos de dioses, esperamos la noche para volvernos polvo, tal vez a usanza de Pita Amor, cito:

Polvo constructor del mundo,

mundo de sangre impregnado,

lo  gris por rojo has mudado,

lo estéril por lo fecundo.

Es tu poder tan profundo,

que de sangre has hecho ideas;

temo que divino seas

pareciendo terrenal,

pues te presiento inmortal

porque tú mismo te creas.

 

 

Me resta culminar nombrando que Alejandra Estrada es una poeta que en este libro Vacía de dioses, nos entrega poemas de una lírica sutil, elegante, emotiva, bella, y que en su oscuridad, sobre todo en su oscuridad, radica la fuerza de sus versos, de la propiedad de sus palabras, que traduce en poesía.

(Editores Suicidas, 2018)

*Tomado de La Rama Dorada, James George Frazer, 2011.

 

 

 

 

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Adriana Tafoya

Adriana Tafoya. Poeta y Editora. México.1974. Libros publicados: Animales Seniles (2005), Enroque de flanco indistinto (2006) -poemario sobre ajedrez- que le valió jugar contra Garry Kasparov en las simultaneas para celebridades en "La Gran fiesta Internacional del Ajedrez 2010", Sangrías (Ediciones el Aduanero,2008), El matamoscas de Lesbia y otros poemas maliciosos (Ediciones Pasto Verde, 2009 / segunda edición Bitácora 2010/ tercera edición Cátedra Miguel Escobar 2014) Diálogos con la maldad de un hombre bueno (Editorial Ultramarina Cartonera, España, 2010/ segunda edición Inferno Ediciones 2014). Malicia para niños, (Colección Mi Primer Bakunín 2012), El derrumbe de las Ofelias (selección poética, Inferno Ediciones, 2012), Viejos rituales para amar a un anciano(Casa Maya de la Poesía, Colección Rosa Náutica No. 93/Campeche México 2012) y Los cantos de la ternura,(colección poesía sin permiso, 2013), Mujer embrión (Edición Especial, 2013), Los rituales de la tristeza (Rojo Siena Editorial, 2013) y Parábolas del Equilibrio(Sikore Ediciones, 2015). Muestra de su trabajo poético, aparece en "Antología General de la Poesía Mexicana", poesía del México actual, de la segunda mitad del siglo XX a nuestros días.Selección, prólogo y notas de Juan Domingo Argüelles,(Océano/Sanborns, 2014) .

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