Jueves, 16 Agosto 2018 04:58

La (oscura) noche de San Juan / Víctor Manuel Pazarín /

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La (oscura) noche de San Juan

Víctor Manuel Pazarín

 

 

 

Desaparecida la sombra en la oscuridad,

la Noche queda con dudosa percepción

de péndulo que va a apagarse y morir en sí mismo;

más lo que brilla y anada, expirando en sí, se apaga;

observa que aún lo lleva, luego de ella era, sin duda,

el latido escuchado, cuyo ruido total, agotado para siempre,

cayó en su pasado.

MALLARMÉ

 

 

 

 

 

ABANDONA LA HABITACIÓN Y SE PIERDE EN LAS ESCALERAS

Caronte no lo sabe, sin embargo, a mí —al igual que a todos—, no me es ajena la sensiblería. ¿La sensiblería justifica mi vida? Podría ser.

Justo ahora lo pienso, cuando los músicos tocan Hasta que te conocí, y los “hombres más hombres” aplauden —olvidan su hombría y su machismo y alaban la elección. Porque, ¿sabes Caronte? —en secreto lo digo—, aquí la conocí y aquí comenzó mi porvenir... Lo recuerdo ahora cuando nuestra mesa está vacía y llena de Ella. Llena de nosotros y tan vacía esta noche.

¡Qué manera de comenzar! —me digo, y la evoco—. ¡Qué grande manera de empezar a vivir!

¡Qué noche tan triste esta noche, que apenas inicia!

 

 

La noche comienza en Las Escaleras.

La noche nos da el licor para soportar la vida y justifica, magníficamente, nuestra existencia.

 

Nunca pensé jamás llegar a quererte tanto,

Nunca jamás pensé llegar a quererte así...

 

Escucho y evoco y Ella llega; llega a mí su presencia, porque, te lo digo en silencio desde aquí, deseo me acompañes esta noche...

 

 

Afuera: la mirada de esa mujer, que me mira desde dentro del camión urbano, es tu mirada.

Voy —ahora mismo— rumbo al infierno.

 

 

 

 

DIÁLOGO DE LAS MÁSCARAS

 

 

—Dame tu mano —dice tu cuerpo—. Dame tu mano que aquí se justifica. Entrega tu ser, permíteme conducirte hasta a mí. Porque en mí estarás mejor cada vez que lo desees.

Me quito el rostro de varón para ser tu mujer. Después podrás fornicarme cuantas veces quieras y puedas. Será una delicia sentir tu miembro —de macho cabrío— en mi ano. Mi ano que es sólo tuyo y únicamente tú lo sabes llenar. Me encanta llenarme de ti. Me satisface mucho que llenes mi vacío: pronto llenarás mi vacía carne, por lo pronto dame tu tibia mano que me excita, que me seduce...

Me oculto en el Máskaras para ser yo misma. Busco siempre este apartamiento (semanal) para poder besarte. Para tocarte. Ignoro que desde arriba, al través del plafón, una mirada nos busca:

—Voyuerista que nos ves desde las alturas, ¿te excita mirarnos? A nosotras también.

Espero que esta noche te masturbes...

 

 

Bailo para mí. Bailo para ti.

Es un placer estar bañado por las luces del Máskaras. Es tremendo. Te miro una vez sí y otra no, bañado por la intermitente luz. Y me muevo como en cámara lenta, como cuando hemos obtenido todo el placer al hacer el amor. Y mojados en sudor, en un colchón ajeno en el que imaginamos, siempre que vamos a ese hotel, han estado tantos como nosotros. Allí también te bailo y te muerdo y te arranco la tranca con qué placer y cuánta rabia.

Es una delicia estar acariciado por tu mirada.

 

 

Cruzo la ciudad.

Voy de la oscuridad a la luz. Me disfrazo, fascinado de mí mismo: hoy luzco bien, mi trasero es envidiable, mejor que el de esas delgadas niñas que bailan y, de algún modo, se acarician. Qué lástima no ser mujer. También qué bueno no serlo, porque si lo fuera no podría ser lo que soy: me transformo para ser lo que en el fondo soy, no en el trabajo, no. Allí soy tal vez “raro”, mas aquí logro ser. Y me gusta cómo me mira ese hombre moreno y de cabellera leonada, que está a mi lado. Me gusta su lubricidad.

Dicen sus ojos:

—Maravilloso trasero...

Y su salaz mirada me hace existir esta noche.

 

 

 

LA NOCHE DE LOS PANCHOS

La imagen reflejada en el espejo, dice ¿qué?

Cada vez que canta Shakira voy corriendo a mirarme bailar ante el espejo. Es tan de-li-cio-so.

Me seduzco a mí mismo. La música —así lo siento— me transforma en ella. Soy ella mientras la escucho, después vuelvo a mi carne y soy lo que soy. Cada sábado —soy consuetudinario del (nuevo) bar Los Panchos— vengo aquí. Tan sólo pensar en ello me excita. Vengo aquí a mirarme bailar. A sentirme a mí mismo y a ignorar al tumulto. Aunque me gusta el tumulto, a pesar de que ellos me hacen sentir bien, los ignoro. Qué fastidio la gente: me gusto sólo yo. Me amo sólo yo.

En casa tengo un espejo de cuerpo entero. Y todas las noches pongo en mi estéreo el disco de Shakira y bailo para mí. Pero adoro estar aquí, con el tumulto, aunque lo detesto. Por eso lo ignoro. Lo anulo para estar sólo yo ante mí mismo.

—Me adoro.

 

 

EN EL JUVE ¿LA VIDA?

Bajamos, guiados por Caronte, rumbo a la Calzada.

—Si atravesamos encontraremos El Juve —dice.

Y cruzamos la Calzada llena de autos y de gente a esa hora. Nos viste aún lo siniestro. Pero, adentro, respiramos: volvemos a ser nosotros. A estar en un lugar simple, pero ameno. Lleno de vida, de gente normal. ¿Es el vulgo? No importa: está lleno de vida. La Calzada es el centro del mundo. Es la zona neurálgica de esta ciudad. Aquí conviven los seres terrestres y vivos. Naturaleza humana por doquier. Noctámbula masa que disfruta el fin de semana. Así, completamente de carne y hueso. Sin fingimientos. Mas no sin historias siempre que contar. A veces patéticas: en esta Calzada he escuchado y visto a los seres más tristes y más eufóricos.

La vida, siempre la vida que entristece.

—Entremos —apremia Caronte.

Vamos hasta el fondo a encontrar una mesa vacía. Las meseras bailan. Miro unas magníficas nalgas, apenas cubiertas por una diminuta falda, blanquísima. Bailan las meseras con los clientes. Y en el fondo, ya no los recordaba, los viejos músicos.

“Qué bien tocan”, pienso mientras interpretan (cantada en un deplorable inglés por Richard —“el de Puerto Vallarta”, dicen al micrófono) Escalera al cielo (y vuelvo a pensar en ti); “qué sorpresa tan vieja y tan nueva”. “¿Cómo es que se hacen llamar estos dinosaurios?: Grupo Escape.” No sólo interpretan rock, sino de todo. Pienso en eso y llega la mesera, de delicados labios (en su momento, a la hora en que bailo con ella y aprieto sus nalgas, se lo digo: y ella sonríe mostrando sus magníficos dientes blancos como su falda).

Bailo. Bailo. Bailo hasta que ella ya no quiere hacerlo, y me explica que debo invitarle una cerveza que promete tomar de un sólo trago.

El tiempo es breve en El Juve.

Hotel California, interpreta Escape.

—Ya debemos proseguir.

 

 

Caronte busca su auto.

Vuelve a guardar la calavera de papel maché en la cajuela. Y partimos a toda prisa por la Calzada Independencia, repleta a esta hora.

 

 

EL GALEÓN: EL INFIERNO

Soy un moralista, lo sé. Pero debo, también, saber del pecado. Mi lado oscuro está vivo esta noche.

Lujuria me trajo hasta aquí, ¿arrastras? Debo pecar para poder saber. Viene Lujuria a mi mesa y se me ofrece:

—Invítame una copa, mi amor —me dice—, y me sentaré en tus piernas. Invítame a sentarme en tu mesa.

Le digo que sí. Después me ruega vayamos al salón.

—Te dejaré hacerme lo que quieras.

Vamos. Y en el camino la luz del Divino me llama. Me niego a voltear a ver: hoy no soy yo: soy mi máscara, mi verdadero rostro. Permito que me mire quien no me conoce. Voy en pos del pecado. El salón es oscuro. Se miran, desde los ventanales de una sola vista, a las mujeres bailar. El animador anuncia a Valeria la “Chica Dorada”. Y detengo a la mujer que me masturba, por sobre la ropa. Valeria baila. Su cuerpo a medio vestir —el color amarillo hace que su piel luzca hermosa—. Su baile me enerva. Lujuria me acaricia de nuevo para llamar mi atención. La separo de mí. Es la hora dorada de Valeria. Me gusta la

estupenda mujer. Jadeo al ritmo de su baile. Dura una eternidad. Estoy lúbrico. Jadeo. Mi respiración ha cambiado súbitamente. Lujuria vuelve a mí y me muestra sus senos enormes. Los acarició. Los muerdo y ella grita. La castigo. La humillo.

—Maldita pecadora —le digo.

Y ella ríe. Vuelvo a morderla para que me permita mirar el final del acto de Valeria.

Como surgida de quién sabe dónde, aparece Lascivia y se presenta.

—Hola papito, mi amor —jadea.

—Ella, mi amor, es mi amiga. Y va estar también contigo. Las dos te vamos a hacer que te vengas...

—No gasten la palabra amor —les digo. Y ríen.

—Ella no trae medias; toca sus piernas —dice Lujuria llevando mis manos a las carnes de Lascivia—. Ni calzones...

Y Lascivia abre increíblemente sus piernas mostrándome la vagina. Y yo pienso: “Qué asco”. Y en seguida toco la rosa de su sexo. Y ella gime, o finge hacerlo.

—Mete tu mano a mi caverna —me dice Lascivia.

Y yo pienso: “Qué repugnancia”. Y salgo del salón para lavar con empeño mis manos.

Mientras abandono El Galeón, ante mis ojos la visión del Infierno: Anos en close up. Morenas piernas tatuadas. Mujeres corriendo por doquier. Bailando. Vaginas riendo. Hombres amasando cuerpos...

Huyo, pero una bella dama me detiene:

—¿Por qué esos ojos tan abiertos? —me dice.

Y yo me detengo y la miro.

—Es que eres muy hermosa —le digo.

Y me toca las manos y me quedo con ella...

 

 

SAN JUAN EN EL ESCAPARTE

La Plaza de los Mariachis es uno de los escaparates de esta ciudad. Otros preferirán un lugar más elegante, pero yo vengo aquí. Se mezclan, en este espacio, la gente pobre y los ricos que buscan emociones fuertes. Pese a que vengo solo, no me gusta beber a solas. Por eso invito a algún sediento muchacho, tal vez consiga algo. Ahora mismo elijo a uno.

Le digo:

—¿Quieres tomar una cerveza?, yo te invito.

Y él me contesta que viene con unos amigos.

Le digo entonces:

—No, yo te invito a ti nada más. No a ellos.

Y como no acepta, desaparezco. Voy a buscar. Mientras: observo a las parejas cantar con el mariachi. Autos nuevos, del año. Mujeres hermosas con cara de ricas. Hombres apuestos, imposibles de abordar. Sólo les miro. Y vuelvo a caminar. Prostitutas. Travestis. Malvivientes. Negocios de mala muerte...

Camino sin detenerme. Busco: tal vez, justo antes de la madrugada, que ya está próxima, encuentre compañía con quien beber. O algo más. Puede ser. Por lo pronto camino hasta la Calzada a encontrarme con el mar de gente. Y de autos.

¿Despertaré con alguien este día?

Visto 1338 veces Modificado por última vez en Domingo, 19 Agosto 2018 17:43
 Víctor Manuel Pazarín

 

Víctor Manuel Pazarín

Poeta, narrador, ensayista, periodista y editor

 

Nació en Zapotlán el Grande, Jalisco, 1963; actualmente vive en el poblado de Tonalá. Tiene publicados libros de cuentos, periodismo y poesía: Puentes (relatos), editorial Mala Estrella, 1993. Construcciones (poesía), Fondo Editorial Tierra Adentro, 1994. Retrato a cuatro voces (Arreola y los talleres literarios) (entrevistas), editorial de la Universidad de Guadalajara, Divagaciones en las escaleras (cuentos), Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, 1994, Arreola, un taller continuo (periodismo), editorial Ágata, 1995, Cantar (poesía), Secretaría de Cultura de Jalisco, 1995, La medida (poesía), Unidad Editorial del Gobierno de Jalisco, colección Los Cuadernos del Jabalí, 1996, Cazadores de gallinas (novela, 2008) y Ardentía (poesía, Buenos Aires, Argentina, 2009).

Es editor del sello Mala Estrella. Fue director-editor de la revista Soberbia, Presencias, mensualidad de poesía y Éxodos, escritura de creación y pensamiento. Es columnista y corrector en La gaceta de la Universidad de Guadalajara y El Financiero de la Ciudad de México El Financiero. Trabaja en la Universidad de Guadalajara y mantiene el blog Barcos de papel. En 2010 Víctor Manuel Pazarín recibió la “Presea al Mérito Ciudadano”, que otorga el pueblo y gobierno de Zapotlán el Grande, Jalisco, “a sus hijos esclarecidos”.

Acaba de aparecer editado su libro A Zapotlán vía París (Editorial Sotevento, colección La autopista del Sur, Zapotlán el Grande, Jalisco, 2013) y la novela Miedo al vacío (Salto mortal, 2014). Están en prensa dos libros suyos: Enredo (poesía reunida 1986-2012), La vuelta a la aldea (ensayos sobre literatura mexicana) y la revista de literatura Persona, de la que es director-editor.

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