Sábado, 08 Septiembre 2018 06:24

POLÍTICOS E INTELECTUALES / Ramiro Padilla Atondo /

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POLÍTICOS E INTELECTUALES

Ramiro Padilla Atondo

 

 

La eterna contradicción en un país como el nuestro, proclive a la simulación, a la mentira. Un país de poquísimos lectores donde el gobierno finge que promociona la lectura, muestra elaborados números que “prueban” las supuestas mejorías en los índices de la misma mientras la población se mantiene a los mismos niveles de hace muchísimos años. Esta proclividad a mostrar los avances, el gatopardismo de cambiar para que todo siga igual, solo demuestra la agenda (o falta de ella) para construir ciudadanos críticos. Es iluso creer que aquellos que detentan el poder, (y contra lo que se piensa por costumbre no son los políticos en su mayoría) permitan que haya ciudadanos informados y críticos, pues esto acarrearía una trasformación en la manera que se ejerce el poder; un cambio en la estructura social que permitiría aumentar la base de aquellos con capacidad de tomar decisiones que tengan que ver con un bienestar de la mayoría. Y esto evitaría que las escuelas se conviertan en grandes fábricas de conformistas.

 

El poder se ejerce, no se comparte. Y el poder está basado en la oralidad. La edad de oro del régimen Priista era la edad donde se ejercían aquellos discursos elaborados, los jilgueros que cantaban loas a la revolución y a la figura omnipresente del tlatoani sexenal, depositario del bien y del mal del país. Y el tlatoani invitaba a los intelectuales a compartir un trozo de ese poder. La justificación histórica de los usos y abusos de la presidencia imperial radicaba en aquellos hombres de letras. La justifi cación necesaria de aquellos actos que pervive hasta nuestros días. Los políticos basan su poder en su capacidad de simulación, las medias verdades, las medias mentiras. Esta perversión de la idea de lo que debe ser un intelectual, alguien que por su bagaje cultural desconfía del poder, lo abomina, pero se siente tentado a explicár- selo: Le atraen los hombres de poder más por afán psico-sociológico, aunque en algunas ocasiones sucumben a la tentación de la inmortalidad transexenal.

El extraño paradigma de nosotros los mexicanos, campeones mundiales de velocidad en descalificación, que creemos que nuestra clase política debería ser culta, bonita, educada, y que en cada elección renovamos nuestro compromiso con la corrupción y el statu quo. El pesimista es un optimista bien informado: el verdadero intelectual hace del pesimismo una forma de vida. La esperanza muere al último.

En  México la esperanza nació muerta, y su cadáver es contemplado con indiferencia por todos. Y esta indiferencia promocionada por las élites es la causa principal de nuestra parálisis. Los intelectuales en este país están contaminados por la vida política. Juegan a la grilla y a repartirse los presupuestos en vez de hacer lo que deben hacer, convertirse en la conciencia crítica de la sociedad. Me recuerdan a la fábula del perro gordo y el lobo fl aco. El intelectual debería de soltar la cadena y bajar de peso, convertirse en el lobo fl aco. Abominar del sistema que lo compra. Dejar de ser light. Convertirse de orgánico en inorgánico. En pocas palabras, hacer lo que hace todo intelectual, dejar la visión cortoplacista y buscar la gloria, aunque esta esté alejada del presupuesto. Las nuevas generaciones se lo agradecerán.

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Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

escritor

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