Martes, 30 Octubre 2018 05:51

CUENTARIO BREVE E INOCENTE / por Agustín Monsreal /

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CUENTARIO BREVE E INOCENTE

por Agustín Monsreal

 

 

 

 

DESTINOS CELESTES

 

 

Era lo más parecido a Dios que yo había visto. Se parecían tanto. Como una estrella y otra estrella. Como un sol y otro sol. Eran idénticos; si acaso, Dios un poco más alto. Y un poco más serio, quizá. Ellos mismos, cuando estuvieron frente a frente, no sabían si creerlo. Pero sí, era evidente que sí. Hasta los propios ángeles estaban sorprendidos, confusos. De no haber sido por sus ropajes -Dios vestía un traje muy elegante-, la perplejidad hubiese resultado definitiva. Yo, sin embargo, conocía cómo distinguirlos: uno de los dos era infinitamente más viejo; uno de los dos olía a eso: a vejez. De ahí que cuando me preguntaron (nadie sino yo podía aclarar las cosas) quién era el impostor, lo señalé sin la menor duda. Sé que mentí, pero no tengo ningún arrepentimiento. Uno de ellos estaba de más en el mundo.

 

 

VIDA DE FRONTERA

 

 

Un hombre es detenido por la policía acusado de robar un sueño. Lo someten a un juicio que dura varios años. Lo despojan de su familia y de todos sus bienes. Con el tiempo, su esposa deja de lado la tristeza y se vuelve a casar; sus hijos crecen y lo olvidan para siempre. Durante los interrogatorios el hombre, con firmeza invariable, se declara inocente. Posee algunos sueños, en efecto, pero ninguno es mal habido ni puede calificarse de ilegítimo. Aunque nadie ratifica la acusación ni existe evidencia alguna en su contra, el juez lo encuentra culpable y lo condena. El robo de un sueño se castiga con cadena perpetua. Se trata de un delito mayor y, una vez dictada la

sentencia, no existe ninguna posibilidad de perdón. Nadie puede aspirar siquiera a una reducción de la pena.

El hombre todavía vive y a veces, a espaldas de sí mismo, sueña.

 

 

DESTINO QUE NO SE APARTA DE SÍ MISMO

 

 

Según me dijeron se trataba de una chica de alterne. O lo que es lo mismo, una tarifeña. O sea, una puta. A pesar de eso me enamoré de ella. O precisamente por eso. A mi edad un hombre enloquece sin mayores trámites por una mujer. Basta que se desnude un par de ocasiones frente a uno y ya estuvo. Por supuesto, uno es el que embrolla las cosas; ella lo único que hace es cumplir con absoluta lealtad los deberes de su oficio. En esto no había engaño, lo supe desde la primera vez que me ceñí en sus ingles. Yo pagaba un precio por el alquiler de su cuerpo y ella se esforzaba y me ayudaba a desquitar hasta el último centavo. Quizá debido a ese rasgo de entusiasmo me equivoqué, y confundí sentimientos con desempeño profesional. De cualquier manera -no quería apartarla de mi vida-, le pedí que se casara conmigo. Ella aceptó, con la única condición de que la dejara continuar ejerciendo aquella ocupación que era su dignidad y su destino. La dejé, por no llevarle la contra al orden cotidiano del universo. Y hemos sido, hasta hoy, la pareja perfecta, además de que vivimos de lo mejor gracias a los dulces frutos de su trabajo.

 

 

ENTRE CUERVOS TE VEAS

 

Rafael Sotero Rafael fue, a lo largo de su breve existencia, un autodidacta de la desdicha. Engendrado sin amor, aunque con un soberbio deseo, recibió cordiales reconvenciones por parte de sus padres para no nacer; él, sin embargo, persistió en su intención de venir al mundo y, en castigo, su madre no se resolvió a darlo a luz sino hasta el sexto mes de embarazo. No obstante su terquedad, y pese a su fealdad de mendrugo, sus progenitores le profesaron desde el primer momento un rencor espontáneo, inobjetable, definitivo. Sentimiento que él aprovechó para, precozmente, exiliarse en una incubadora. Cuando por fin lo reintegraron al seno familiar, evidenció una extraña tendencia hacia la crueldad: ineludiblemente, acompañaba los cantos y arrullos que le propinaba la autora de sus días, con una indecorosa música de labios traseros; asimismo, inventaba cólicos, infecciones, fiebres, vómitos, estreñimientos; una tarde, llegó al extremo de reventarse un oído para manchar de pus un ropón viejo que le había regalado una vecina. Así, hasta que cierto inopinado amanecer, llevado por su afán perverso y explotando a su favor un feliz descuido de sus padres, se plantó bocabajo en la cuna sin el menor remordimiento y se sacó de encima la vida por asfixia.

 

 

DIBUJOS A TINTA DEL CORAZÓN

 

 

No es cierto que todo sería igual. Si en este momento tuviese la oportunidad de volver el tiempo atrás, todo sería diferente. Si ahora, de pronto, en vez de tener 62 años tuviese sólo 20, mi vida y la manera de vivirla sería algo seguramente muy distinto de lo que es. Tendría otros intereses, otra visión de las cosas, otros motivos para permanecer de pie en el mundo, ya que la época -cualquier época- no es la misma para un hombre que principia que para un hombre que declina. Ningún hombre volvería a ser idéntico a lo que ha sido; nadie se repetiría a sí mismo

sencillamente porque las circunstancias a su alrededor tampoco serían las mismas. Y la gente, toda esa gente con la que crecí, con la que fui envejeciendo, con la que hice lo más entrañable de mi existencia, estaría de golpe tan distante de mí, que sería yo un extranjero total para ellos, no tendríamos ya un solo sentimiento en común. Imagínate qué desamparo, qué desolación, qué soledad sin límites esa soledad. ¿Y mi dotación de experiencias, mis alegrías, mis amores, mis sufrimientos? ¿Todo a la basura? ¿Todo a cambio de volver a empezar? No, gracias. El sueño de volver el tiempo atrás está bien como eso, como un sueño, pero nada más. Aunque, la verdad, nunca se sueña nomás así porque sí.

 

 

 

DEL CUADERNO DE PEPETINO

 

 

¿Cómo se las arregla Dios sin mujer? ¿Cómo le hace para andar sin nadie, sin hablar, sin unas manos donde calentar los huesos? ¿Quién le ayuda si se le mete una basurita en el ojo? ¿Quién lo cura con saliva si se raspa una rodilla? ¿Quién le unta besos en la frente cuando tiene fiebre? ¿A quién le echa la culpa de todo lo que le pasa? ¿Se enoja mucho si el domingo no lo dejan levantarse tarde? ¿Cuándo cumple años? ¿Piensa alguna vez que si se porta mal se puede ir al infierno? ¿En qué espejo observa su cara? ¿Se pone de genio cuando tiene hambre y sed, o es de los que se aguantan? ¿Qué opina de los alquimistas? ¿Tiene a María Callas para cantarle a El solito? ¿Dónde pasa las vacaciones de Semana Santa? ¿A quién quiere Dios, a quién necesita? ¿Hay alguien que realmente le haga falta? ¿Mantuvo los pies en la tierra después de que se hizo famoso? ¿No se aburre de su vida de nunca acabar? ¿Cuántas de azúcar le pone a su café? ¿Qué miedos se le ocurren cuando se va la luz? ¿Se

acuerda de todas las novias que tuvo? ¿Le ha pasado por la cabeza escribir sus memorias? ¿Qué va a decir en su favor el Día del Juicio Final? ¿Como qué cosas imagina cuando se queda en la luna? ¿Dios, que lo sabe todo, sabe todo lo que decimos de El? Y si nos está oyendo, ¿crees que me quiera contestar?

 

 

 

EDÉN OLVIDADO 

 

Escuché la voz de la mujer como desde otro tiempo:

"En ese hombre dejé la vida. A su lado me acabé todas mis ilusiones. Y él conmigo se enseñó a ser lo que fue. Sólo que un día hizo aquello que hizo y ya nunca volvimos a ser iguales. Ahora cada quien anda arrastrando su corazón por su lado. La sombra que le queda de corazón. Porque nos dimos completos y nos gastamos enteros uno al otro. Así era nuestro sino. Río que llega al mar ya no tiene regreso. Ahora cada quien rebota su tristeza por su rumbo. Y sus recuerdos. Porque ya no somos más que puros recuerdos. O acaso menos que eso. Vaya usted a saber."

Buscó refugio en un pedazo de silencio. Ya no podía ni con el lastre de sus piernas; ya no podía con su alma que le dolía tanto; ya no podía con esa historia de sí misma que se le iba haciendo cada vez más chiquita, como ave fugándose en la distancia. Luego agregó:

"Jamás he vuelto a verlo. Y ni para qué. Bastante tengo con mi memoria, que por una razón o por otra y sobre todo cuando estoy descuidada, me empuja a acordarme de él. A mirarlo como era antes de repartirnos la tarea inútil del olvido. Hace muchos años de aquello. Tantos como toda una vida..."

Entonces, un momento, cerró los ojos; pero yo tuve la impresión de que los cerraba para siempre.

 

 

CONFESIONARIO BREVE

 

Es muy raro que yo conteste el teléfono. Por lo general contesta mi mujer; o contesta mi hija. Aunque sea yo quien está más cerca; aunque sea yo quien lo tenga a la mano, ellas tienen que pegar la carrera para contestar. Y cuando estoy solo, y suena, detengo lo que esté haciendo, me pongo en estado de alerta, me le quedo mirando al aparato; pero no contesto. Me desespero, me angustio, me lleno de miedo; pero no contesto. Me siento el ser más desamparado del mundo. Cuento los timbrazos. A veces uno, dos, tres, y se acaba. A veces el sufrimiento se prolonga casi infinitamente. Me pregunto quién será quien llama, ¿por qué?, ¿para qué? ¿Será para mí la llamada? ¿Será algo importante, algo urgente? ¿Y si es una buena noticia? ¿Y si llaman de la escuela de la niña, por cualquier cosa? ¿Y si nada más se trata de una equivocación al marcar? ¿Y qué tal si le sucedió algo a alguien de la familia, una enfermedad, un accidente? Por el número de timbrazos trato de adivinar quién es, qué quiere. Trato de sentir si son timbrazos tristes, o ansiosos, o suplicantes, o tiernos, o desvalidos. A veces el aparato deja de sonar, y vuelve a sonar casi de inmediato, como si pidiese auxilio, como si estuviese jugándose la vida. No contesto, sin embargo. Y lo peor es que luego me quedo sin poder hacer nada largo rato. La culpa me atormenta, me acosa el arrepentimiento. Debí contestar. Pienso en algunos parientes y amigos que pudieron haber estado del otro lado de la línea. Apunto cuatro o cinco nombres y les escribo sentidas cartas ofreciéndoles disculpas por no haber podido responder a su llamada. Después de un

rato, siento que aquello es completamente ridículo y las rompo. Mas el malestar no cede. Y entonces cojo el teléfono y me pongo a hablarle a toda la gente que conozco. En ocasiones logro descubrir quién llamó, pero la mayoría de las veces me quedo con la duda y el remordimiento para siempre.

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 AGUSTIN MONSREAL

Agustín Monsreal es un escritorcuentista y poeta mexicano que nació en MéridaYucatán, el 25 de septiembre de 1941. Además, ha sido cofundador y también codirector junto con Ricardo Díaz Muñoz de las ediciones La vida y La Bolsa, editor de Escénica, miembro del consejo de redacción de El Cuento y coordinador de talleres tanto de cuento como de novela

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