Viernes, 11 Enero 2019 06:10

ACERCA DE LAS INFLUENCIAS LITERARIAS Ramiro Padilla Atondo

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ACERCA DE LAS INFLUENCIAS LITERARIAS

Ramiro Padilla Atondo

 

 

 

Hay algo que quizá determine la temprana vocación literaria. Esta sería en buena medida la suma de los libros que acompañan al lector precoz. Yo no imagino mi niñez sin una buena dosis de los autores del boom latinoamericano. Los setenta, tiempos revolucionarios que trajeron a un primo de regreso de la Universidad Autónoma de Sinaloa, fueron determinantes en esa primera etapa. Y lo fueron porque mi primo no llegó solo. Llegó con un puño de libros que hoy recuerdo a la perfección. Venía de un encarcelamiento por motivos políticos del cual hasta la fecha se niega a hablar. En esa primera infancia y después de la consabida transición de los libros de historietas hacia las novelas vaqueras, mis tardes concurrían entre el tedio y la desesperación por leer algo nuevo. Y esto lo resolvió el recién llegado. Esos libros que recuerdo de memoria son los Doce Cuentos Peregrinos de García Márquez, Cien años de soledad, La hojarasca entre otros del mismo autor, un par de novelas cortas de Mariano Azuela, Mala Hierba y Esa sangre, donde el protagonista regresa a México con acento argentino, Los Cachorros de Vargas Llosa y una novela ambientada en Sudáfrica llamada Tensión. Un libro que no pude leer en ese entonces y que se guardaba con celo eran Las venas abiertas de América latina de Eduardo Galeano. Siempre he dicho que después de leer Cien Años de soledad tuve reacciones encontradas. Leí la novela en un fin de semana sin parar. Cuando la terminé sentí una especie de epifanía combinada con la frustración de saber que jamás escribiría como él. Luego leí a Juan Rulfo. El descubrimiento de la muerte de los protagonistas a la mitad de la novela me hizo leerla dos o tres veces. Intenté escribir una novela después ya en mi adolescencia intentando emular las tramas de Stephen King, que mi primo devoraba con pasión doblando las páginas que más le gustaban, subrayando sus frases ingeniosas. De esa época recuerdo a Carrie y Cementerio de mascotas. Toda esta mezcolanza de autores variopintos no hizo sino orillarme en primera instancia a escribir como ellos. Recuerdo después de la presentación de mi segundo libro de relatos a un amigo mío acercándose muy compungido a decirme que me alejara inmediatamente de la sombra de Rulfo. A mí me pareció un cumplido. Si te vas a acercar a un árbol debe de darte buena sombra. De aquella primera infancia quizá quedaran recuerdos nítidos, porque a la hora de escribir ya después de los treinta años, en lo que menos pensaba era en Juan Rulfo. Según yo intentaba desarrollar mi estilo. Pero no era así. La suma de todas esas lecturas tenía un efecto muy profundo en mi forma de escribir aunque yo no fuera consciente de ello. Umberto Eco haría un ensayo genial acerca de esto en su libro Sobre Literatura, hablando de la falta de límites en cuanto a lo que la influencia literaria se refiere. William Faulkner aunque fue un descubrimiento tardío, representó para mí un asunto revolucionario. Muchos años después entendí las deudas de gratitud de muchos autores latinoamericanos para con el escritor del deep south . Mientras Agonizo fue una novela que influyó de manera directa en lo que escribo. Entendí la posibilidad de narrar una historia desde un coro de voces, como también lo entendió García Márquez al escribir La Hojarasca influenciado por el mismo autor. Cuando mi amigo me reclamó que me alejara de la sombra de Rulfo, quizá quiso decir también que me alejara de las sombras proyectadas sobre el mismo Rulfo, sobre cuya cabeza revoloteaban a su vez Knut Hamsun y Faulkner. Si a esto le extendiéramos las influencias que recibieron Hamsun y Faulkner quizá tendríamos material para un buen libro. Probablemente la  lección más grande de todo esto es la de sentirnos de manera indirecta un Pierre Menard, un negro literario cuya inconsciencia o cuya falta de gratitud para con sus autores favoritos raye en el plagio. Una repetición de las mismas ideas intentando darle un enfoque diferente. Aunque de hecho una de las técnicas para aprender a escribir en el siglo XIX fuera la de copiar los clásicos palabra por palabra. A los grandes autores habría que copiarlos palabra por palabra para desentrañar los mecanismos de sus ficciones, su influencia literaria debería terminar allí. Vargas Llosa lo escribió en cartas a un joven novelista. Después del éxito de García Márquez y Borges no tardaron en salir los imitadores queriéndose colgar de su estilo, pero estos mismos imitadores, por lo forzado de el estilo imitado terminarían por perderse en esa jungla editorial, marcada por una selección natural feroz. Borges diría que no sabía si era un buen escritor, de lo que estaba seguro era de ser un buen lector. El acto de escribir conlleva la recreación de imágenes que por fuerza nos remiten a las lecturas pasadas. Habrá quienes digan que esto no tiene que ser necesariamente cierto, pero la realidad es que estas influencias literarias se esconden en los rincones de nuestra mente y muchas veces nos juegan malas pasadas. No hay cosa más terrible para un escritor que trabajar en una novela y que después de terminada, leída releída y corregida, alguno de tus lectores te diga que esa idea ya había sido realizada por tal novelista que sucede es uno de tus autores de cabecera, que siempre citas. Las influencias literarias son un compañero en el camino. Depende de cada autor el que estas queden expuestas de manera burda o signifiquen una oportunidad de mejoramiento cuando son aprovechadas de la mejor manera. Una vez que has leído un autor influyente (ojo que los autores influyentes no son los mismos para todos) lo mejor es tratar de tomar cierta distancia de él. En una clase de literatura se les recomendaba a los estudiantes que leyeran todo Faulkner. Y que después leyeran a Hemingway para limpiar todo Faulkner. Ese sería el mejor consejo. Para matizar las influencias literarias habría que leer mucho, muchísimo. Así se repartiría el asunto entre varios, sin cargarle la mano a uno solo. Y escribir, escribir muchísimo. Es la única manera de poner distancia.

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Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

escritor

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