Martes, 26 Marzo 2019 23:14

Raico y el llanto de la luna / Felipe Díaz /

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Raico y el llanto de la luna

Felipe Díaz

 

Cuando vamos al Parque Nacional, Raico abanica la cola con fuerza, brinca y da impacientes vueltas alrededor de mis pies. Estoy convencido de que se conecta conmigo, que lee mi mente y sabe cuándo y a dónde saldremos.

 

El sábado que desapareció, no hubo instinto que presintiera lo que iba a ocurrir. Brincó a los asientos traseros del auto y durante el viaje asomó alegre su cara en la ventanilla. En cuanto me estacioné, saltó y corrió con grandes zancadas para luego derrapar en las hojas secas.

 

Lo perdí de vista unos instantes, para luego escuchar su ladrido incesante. Pensé que se habría encontrado una ardilla o un conejo. Cuando llegué al lugar donde provenía el sonido, lo vi con sus patas bien afianzadas a la tierra y ladrando con vigor frente a un árbol de tamaño descomunal. –¡Raico, Raico, ven acá!– grité varias veces mientras me acercaba. Estando a unos pocos metros, el árbol se ensanchó y un gran hueco se abrió en el tronco y Raico fue succionado en él, lo devoró. Me pasmé por un segundo para luego correr y patear con fuerza la corteza. –¡Regrésame mi perro, maldito, regrésalo!– gritaba inútilmente sin dejar de arañar y pegar en la ruda piel del árbol. Busqué ramas para golpear la madera. Fue inútil, parecía estar hecho de piedra.

 

Frustrado y triste me senté en la hierba y escuché el ladrido apagado de mi querido amigo. –Se ve que lo quieres mucho.– dijo el árbol con voz áspera– Si quieres volverlo a ver, deberás cumplir un deseo. Ustedes se pueden mover, ir a donde quieran, pero yo, estoy condenado a vivir fijo a este lugar. Para recuperar a tu compañero, deberás conseguir llanto de luna y regar mis raíces con él– Luego el silencio volvió a invadir el parque. Tampoco escuchaba más a Raico.

 

No podía apartarme del lugar, no quería dejarlo encerrado dentro de ese cruel monstruo. Esperé a que anocheciera para pedirle a la luna el agua de sus sollozos, pero las ramas del árbol me impedían verla. Para tener mejor vista, trepé entonces a una piedra que tenía el tamaño de un elefante.

 

La luna resplandecía ante mí y comencé a gritarle: –luna, luna brillante, por favor regálame tus lágrimas para poder rescatar a mi amigo que está encerrado bajo la corteza de un árbol–. Grité desesperadamente hasta que comencé a perder mi voz. Cansado, me senté en la roca y escondí la cabeza entre mis rodillas. Jamás había estado tan triste como en esa noche.

 

–¿Qué te aflige, hombre? ¿por qué estás tan triste?– me dijo una voz maternal que resonaba en la tierra. Volteé rápido hacia la luna, pensando que por fin me respondía. Nada, seguía tan distante e indiferente como lo estaba antes. –Soy yo, querido, la piedra donde estás sentado, cuéntame, ¿qué te ocurre?–. Agaché nuevamente la cabeza y le contesté: –Ay piedra, he perdido a mi perro y tengo miedo que sea para siempre. Él es todo lo que tengo en mi vida. Siendo apenas un cachorro, llegó a mi casa muerto de frío y de hambre. Al principio yo no quería tener la responsabilidad de cuidarlo, alimentarlo y limpiarlo, además los perros destrozan muebles y zapatos. Yo solía alejar a los perros callejeros a pedradas, cuando llegaban a buscar comida en el bote de basura. Como aullaba triste frente a mi puerta, me compadecí de él y le di un poco de leche y pan para que se callara. Una vez saciada su hambre, volvió a chillar de frío. Sin poder dormir por tanto ruido, abrí la puerta y lo arrastré a mi baño. Ahí también continuaron sus aullidos, ahora de soledad. Fastidiado, abrí la puerta y le puse un cartón en el piso para que se echara sobre él. Cuando amaneció, estaba subido en mi cama, acurrucado en mis piernas y durmiendo con mucha tranquilidad. Ya no me molestaba su presencia, al contrario, sentí mucha calma. Desde entonces somos amigos inseparables. Él sabe cuando estoy triste o enfermo, cuando algo me preocupa o me molesta, y su simple presencia me llena de paz. Nunca me guarda rencor aunque yo lo castigue con firmeza, siempre espera mi regreso y nunca me exige nada. Aun cuando sólo duerme a mi lado, me comunica su amor–.

 

Estaba tan absorto en expresarle mis sentimientos a la roca, que no me di cuenta que el parque estaba ahora brillante, iluminado por una luz más blanca que la del sol. Cuando mis ojos se acostumbraron a la claridad, percibí la cara de la luna cubriendo todo el cielo. Estaba tan cerca que quizás hubiera podido tocarla. Me miraba con ternura. Sin decir una palabra, comenzó a llorar. Sus llanto era abundante y de plata, y formaba ríos que atravesaban el parque.

 

“¡Gracias!”, grité con fuerza y salté de la piedra. Corrí con toda la energía que tenía. Mis latidos iban aún más apresurados que mis zancadas. Todo cuanto era tocado por ese torrente, se volvía resplandeciente. Cuando llegué al árbol, las raíces comenzaban a cobrar vida en cuanto eran tocadas por la plata. El robusto tronco se abrió en dos y en el centro, agitando su cuerpo serpenteante, estaba Raico, gimiendo de felicidad. Al verme saltó hacia mi empapándome a lengüetazos.

 

El árbol hizo un ruido portentoso al quebrarse. Ramas, hojas y raíces se convirtieron en fulgurantes plumas de espectacular tamaño. Segundos después, lo que antes era madera y vegetación, ahora era una gran búho que aleteaba con vigor. Alzó el vuelo, y junto con la luna, comenzaron su trayecto hacia el manto de la noche.

 

Raico y yo observamos constantemente el cielo durante las noches claras. Ahora la luna viaja acompañada de una radiante estrella.

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Felipe Díaz Núñez

Felipe Díaz Núñez es originario de la Ciudad de México, donde nació el 28 de enero del año 1966. Realizó estudios de nivel licenciatura en la Universidad Autónoma Metropolitana, obteniendo en el año 1991 el título como Licenciado en Diseño de la Comunicación Gráfica.

 

Realizó estudios de posgrado en la Universidad Anáhuac, concluyendo la maestría en Mercadotecnia y Publicidad en el año 2004.

 

Ha participado activa y constantemente, desde el año 2013, en diversos talleres de redacción y creación literaria, bajo la guía de la Doctora en Letras Latinoamericanas Rocío García Rey.

 

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