Miércoles, 07 Agosto 2019 04:21

JEAN PIERRE NEDELEC / BENEFICIO / Traducción del francés de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real

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JEAN PIERRE NEDELEC

BENEFICIO

Traducción del francés de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real

 

(Extracto de Hiroshima Cap-Sizun, Ed. La Part Commune, Rennes, Francia, 2013)

 

 

¿Recuerda a ese muchacho? ¡Sí, sí! Haga un esfuerzo, pelirrojo apenas, con el pelo tan tenso como la claridad de su mirada. Era, en aquella época, algo así como un animalillo que se había escapado de la jaula, que sorprendía por esa indolencia que oponía frente a cualquier investigación.

Un buen chico.

En cuanto se sentó es lo que me dije: un tipo al pelo. Y fue solo después de que se fuera, tras haber estrechado esa mano franca, firme sin exceso, cuando me dije: un buen chico, sin duda. Que acababa de pasar unos años a la sombra, tal y como atenúa nuestra lengua para callar la violencia o lo inadmisible. Acababa de agotarse y después de rehacerse en chirona. Casi cinco años.

-Ya basta, me dijo, y el esbozo de su sonrisa se negaba a dejarse dominar por el rencor, lo bastante como para convertirse en un profesional de los muros, de ponerse en forma inútilmente y de los colmillos que crecen.

¿Se acuerda, digo? No de su dulzura; de su lentitud sin freno, sin tropiezos. Desenvoltura no le faltaba. No se precipitaba.

-No puedo decir que tenga tiempo. Más de cuatro años, cuando no te queda más que un poco de mar interior, te tuerces un poco, normal.

Comprendí que no había que ir demasiado lejos ni demasiado deprisa. Tal vez llegaría, pero a su antojo, el momento de hablar.

El que, de algún modo, me lo había confiado, y eso ocurría por teléfono, me aseguraba que aunque el muchacho sabía comportarse con dureza, no era necesario andarse con cuidado.

 

Como un choque. No amor, no. Deseo sin duda. En modo alguno por la piel. En lo que a mí respecta, por sus ojos, por la evidencia.

No entiendo que usted pretenda no acordarse de ese muchacho. Ese olvido, o más bien, se lo concedo, una omisión. Correr un velo es extraño. Es cierto que hablaba poco. No siempre. Elegía el silencio, radical, en cuanto alguien llegaba. Hubo momentos en que, sin gesticular, yo percibía una llama que se elevaba, que cualquier pequeña contrariedad -el paso de un desconocido, una voz, unas lejanas estridencias al teléfono...- apagaba.

Terminé por hablar. Con él. Sin el más mínimo reproche. Intentarlo. Valga como ejemplo sugerir que las mujeres y los hombres que por necesidad venían a encontrarnos, merecían nuestro interés y sin duda nuestra confianza.

Él no intenta negarlo.

-Pero, dice en cuanto viene alguien, alguien que habla, necesito escuchar. Cuestión de supervivencia.

-Nada le impide tomar parte en la conversación.

-Sin duda, pero entiéndame, todo me lo impide, puesto que no sé nada.

 

No era complicado. Aquella otra mañana, en cuanto cruzó la puerta, un brillo aparente:

-¡Todo va bien! ¡Hola!

Haga un esfuerzo. No lo comprendo. Ese muchacho, ese pelirrojo; no, no realmente rojo, ¡vivo! Los ojos, siempre esos ojos, imposible de decir azules, verdes, ni simplemente glaz1, aunque uno también percibiera en ellos un mar sombrío. Para simplificar, nuestra indolente imaginación se detendría en la imagen del lobo. Pero nada menos cierto. Una pizca de zorro, o más bien de un zorrillo sorprendido al final del día, una tarde de mayo.

-¡Ocho años!

El fiscal había pedido dos meses... por caja fuerte, como si no se tratara más que de una burda historia de corsario. Incluso perdonaba algunos meses, bromeando. “Un regalo, se había mofado, con una sonrisa mala, porque a pesar de ser tan dañino, no le faltaba talento.”

Veo que asiente. ¿Debo entender que por fin recuerda ese proceso?

 

Por mi parte, solo tuve que interesarme por este novelón (pues había una frecuencia bastante regular en las operaciones: primero cada quincena, luego, por prudencia o por necesidad de preparar mejor los golpes, cada mes) después de que hubieran abierto la quinta o sexta caja fuerte. La prensa comenzaba a mostrar su avidez. Se hablaba en los cafés, en los comercios, en la oficina. Uno sentía que las autoridades andaban alteradas, y nunca soy el último en alegrarme de los fracasos de los policías y de los gendarmes, y de las malas jugadas que esas instituciones traman entre sí. Lo reconozco, a partir de la vigésima caja fuerte, me quedé maravillado. ¡Treinta! ¡Cuarenta! Aún hoy sigo sin saber distanciarme de este relato, aunque no haya desempeñado ningún papel en él.

 


 (1) Palabra bretona que indica a la vez los colores verde y azul. 

 

Y la noche en que todo dio un vuelco. Acababa de encontrarla. Me había avisado de que no la asustara. O más bien había dicho:

-Ojo, que se las trae.

-¿Más que tú?

-Ha sufrido mucho

-¿Más que tú?

-Es una mujer...

 

Una historia de artista, si uno se fija bien. Uno de esos muchachos, salido de ninguna parte o casi, que aparecían de pronto en los talleres de Roma, de Florencia o incluso de Bassano, por el amor de los mármoles.

¡Cerrajero!

¡Ay!

En cuanto chilló “cerrajero” nos entró a los dos una carcajada...

¡Cerrajero!

-¡Ay!, dice sin aguantar la risa, me tenía que tocar a mí. El único artista que aún meten en la cárcel por su talento, al menos en este país.

 

¡Tiene usted que acordarse! Todos los artículos afirmaban que esa caja fuerte había sido perforada. El rumor lo desmintió rápidamente, hasta el punto de sospechar de antiguos colaboradores de la empresa, porque no hubo efracción. Un trabajo limpio y preciso. El segundo, por la zona de Lamballe. ¡Y luego, en Plougasnou! ¡En Porspoder! ¡Una caja fuerte en Porspoder2, se da usted cuenta!

Eso también hablaba de su firma; no atacar a las grandes sociedades, bien orondas en prósperas zonas industriales, vigiladas por múltiples servicios de seguridad; no se les esperaba en los pueblos.

La frecuencia fue disminuyendo. Había que aguardar; aguardábamos y, lo reconozco, esperábamos.

¡Y una nueva caja fuerte en  Carhaix, en Guéméné, en Pornic!2 Siempre en Bretaña.

Pasó lo de esa caja fuerte en Rezé2. Un periodista, delirando, llegó a insinuar que se trataba de una especie de manifiesto político, una manera de reivindicar el regreso del departamento del Loira-Inferior a su cuna histórica3, y estimaba que habría que esperar una próxima incursión en Machecoul, o mejor en Clisson... pero fue en Fougères.



(2)Localidades del oeste de Francia: Lamballe (13.000 habitantes), Plougasnou (2.800 h.), Porspoder (2000 h.), Carhaix, (7.000 h)y Guéméné (1000 h) están en Bretaña; Pornic (14.000 h), Rezé (40.000 h), Machecoul (6.000 h), Clisson (7.000 h) y Fougères (20.000 h) en el estuario del Loira (ver nota 3) 3Bretaña se compone de cuatro departamentos desde 1956, año en que el Loira Inferior (Actualmente “Loira Atlántico”) pasara a pertenecer a la región de “Países del Loira”. Se trata de un tema polémico puesto que ciertos movimientos políticos piden la reunificación administrativa de los cinco departamentos en una sola región Bretaña.

 

Ya ve usted que me entusiasmo  y termino yéndome por las ramas, pero creo haber guardado un recuerdo preciso de ese Tro Breizh4 del que nadie puede negar la originalidad. Pero ese muchacho, ese pelo rojo, tan breve, tan salvaje… Siento que su memoria se va despertando.

 

¡Cuarenta y ocho!

Había abierto cuarenta y ocho cajas antes… ¡Como la seda! Y la mayoría de las veces, no sólo dinero, sino también cosas embarazosas. De ahí la escasez de informaciones transmitidas por las autoridades, con el pretexto de que no se debía entorpecer la investigación.

 

En realidad, eso ocultaba sobre todo el desconcierto tanto de los investigadores, que no conseguían establecer un esquema creíble de búsqueda por falta de elementos que pudieran ser utilizados, como de las víctimas, más incómodas por la desaparición de ciertos documentos que por haber perdido dinero: un asunto de seguros.

Había comprendido, por otra parte, que sus cómplices reunían con esmero fotografías, películas, cintas de toda clase, informes diversos, planeando cómo negociar su devolución; lo cual no le agradaba mucho; le gustaba el trabajo limpio, claro, sin huellas, y llevarse esos elementos de los que presentía el hedor, significaba también ir almacenando huellas.

Si sólo hubiera dependido de él, habrían suspendido la serie. Pensaba además que habría bastado con desaparecer seis meses o un año, y los policías habrían archivado el informe, o al menos le habrían dedicado cada vez menos atención y medios, al tener otros asuntos que atender. Después de todo nunca mataron a nadie; ni siquiera hubo agresión alguna, exceptuando la de un perro con el que no habían contado durante los preparativos. Algo que le disgustó mucho.

Le gustaban los momentos de descanso. Un poco de pesca en un lugar tranquilo, en las rocas menos accesibles, no lejos de la Punta de la Jument5. Línea de fondo, solamente línea de fondo, para los dedos.

-¿Para los dedos?

-Por la sensibilidad. No vigilas un corcho, sino que sientes a distancia el más mínimo frote del pez en torno a tu cebo, las tentaciones, las ligeras mordeduras; los pellizcos. Se dan cuenta de que tu carnada no es ni católica ni ortodoxa, que no se presenta en condiciones normales. Hasta que la avidez se lo lleva todo. Y eso lo sientes, tu dedo obedece al impulso, y el pez muerde el anzuelo. Trabajo siempre como un reloj. Siguiendo sensaciones ínfimas. Nueve de cada diez veces, antes de que mi presa salga del agua, conozco la especie.

 


(4)Tro Breizh (Vuelta a Bretaña, en bretón), es una peregrinación catolica en torno a Breataña a través de las ciudades de los siete santos fundadores de la región. 5Nombre de diferentes promontorios en Bretaña

 

No comprendía esa relación entre el dedo y el reloj.

Todas las cajas fuertes tienen algo. Como tu abuela, o más bien su reloj, rio de buena gana. Recuérdalo. Ese suave “clic” que anunciaba la puesta en marcha del carillón. Apenas perceptible, y sin embargo notabas la diferencia cuando ibas a casa de una vecina. Apenas nada, y es esa nada lo que necesito oír… con los oídos o con la punta de los dedos.

 

Yo recordaba nuestros pecados de infancia en la Punta, o más a menudo sobre el malecón. Los anzuelos que recogíamos en bajamar, en los cabos apresados entre las rocas. Anzuelos oxidados por haber chupado el agua marina tanto tiempo. Y esa nada en la punta de los dedos, ese leve escalofrío, allá al fondo, esa curiosidad apenas perceptible sobre el cebo y ¡zas! ¡Te cogí, bonito! Casi una caricia del sedal en la yema del dedo.

Todo lo que dice le llega en violentas bocanadas, como una película en las tardes de mayo o junio. 

El oído, prosigue, pero también el tacto, como durante la pesca. Maravilloso, añade, cuando los dos sienten juntos. Sin diferencias. El dedo no se precipita. Si no, todo se va al traste. Imposible volver atrás. Imposible hallar de nuevo en un corto instante la armonía perdida. Un nivel más allá de esta unión, y es el divorcio.

Por mucho que se considerase experto en este arco mágico que unía en una red todos sus sentidos, siempre se había atascado no el cerebro sino los sesos, mi sesera en lo tocante a los hombres. Había dejado que se le acercaran dos tipos que le prometían maravillas, ya no tanto dinero, ni palacios, ni coches, ni trajes de chulos a los que veía como a magnates; había probado aquel mundo, por supuesto, no sin cierta ebriedad, pero tenía mucha prisa de volver cuanto antes a la orilla de su mar, al silencio, a ver algunos rostros familiares, o a los olores de la bajamar -violentos perfumes. También vinieron las mujeres. Las que le acompañaban en unas escapadas que él consideraba demasiado vistosas. A veces se había dejado deslumbrar, sintiéndose entonces irresistible, cuando dos años antes había vivido un martirio ante el despuntar del más mínimo deseo.

Aquello fue el principio del fin. Solo se dio cuenta de ello más tarde, durante los careos.

Una muchacha había sido castigada severamente por no haber respetado las reglas del juego. Él no sabía si era simpatía o piedad, o simplemente cansancio; ella no había fingido ser la chica cautivada por el encanto del artista de los dedos de oro. Había murmurado que estaba de servicio, que le habían pagado.

¡Qué palo! Todos sus miedos de adolescente remontaron al galope.

 

No es fácil hablar de un amigo. De éste aún menos que de los otros. Esperé. Una historia de mareas. No sé si usted puede entenderlo. El tiempo no borra gran cosa. Tantos objetos perdidos que el mar devuelve...

¿Por qué reprimí esta historia durante tanto tiempo? Se quedó enterrada como una moneda de oro que ha caído del bolsillo en la tierra del jardín se abraza al barro, lo penetra, desaparece hasta el olvido, hasta ese golpe de pala que voltea un terrón siglos más tarde.

 

Acabó en la cárcel. Ciudad de los Corsarios6. En el fondo, una celda bastante tranquila, pero una celda. Una carta de ciento en viento. Las más veces procedía de una desconocida. Nunca intentó comprender por qué. Había oído hablar vagamente de redes, pero sin prestar particular atención al sistema, por otra parte más bien agradable, aunque no pudiera corresponder a lo que él habría esperado de una correspondencia; y de todos modos, no esperaba nada.

Sin embargo, las leía todas, distraídamente. Un poco por buena conciencia, por el esfuerzo de la desconocida. Respondía poco, o de una manera que no invitaba a proseguir, con esa justa distancia que la destinataria notaría, con todo, como definitiva.

De pronto, una carta llegada de quién sabe dónde, tan distinta, que no anunciaba nada del sello particular de las buenas obras.

Sin caridad:

Nos hemos visto dos veces. En el hotel y en el despacho del juez. No me asusta una tercera vez.

 

¡La muy zorra! La muy zorra le escribía que gracias a él, por fin... porque había sufrido mucho a causa de él, a pesar de los golpes, las marcas, las amenazas, había dicho lo que había visto, poca cosa en realidad, bastante sin duda para desenmascarar a algunos de los cerdos que la habían lastimado: no había pretendido hacerle daño a él. Una vez que los que la atormentaban cayeron en la trampa, hubo que establecer lazos, seguir pistas, descubrir una parte del botín robado tras la apertura de las cajas y destinado a esos chantajes que dejaban mucho más que los valores que contenían, esas fotos que habían provocado a menudo tantas imaginaciones estratégicas. En fin... A ella le quedaban aún dos semanas en una Institución -ella escribía Institución, y él comprendía que no quería decir con las monjas -, había encontrado un trabajo, un estudio, y le gustaría, si a él le apetecía, visitarle. Se había informado. Era él quien debía solicitarlo al juez. Añadía también que no quería ponerle en una situación embarazosa.Una carta de verdad. Sin compasión, sin buena conciencia, sin segundas intenciones malsanas detrás de esas líneas.Escribió al juez ese mismo día, sin intentar ocultar quién era esa mujer para quien pedía (no solicitaba) un permiso de visita.


(6)Saint Malo, en el norte de Bretaña, donde se encuentra la cárcel del relat

 

 

Y tres días más tarde se produjo lo impensable. Acababa de tragarse ese brebaje, ese supuesto café, tan desleído que apestaba a desprecio.

-El Jefe le espera.

La carta sin duda, pensó. Sin embargo, no exponía nada en ella, y tal vez fuera por eso; ni la más mínima señal, ni la menor queja sobre la vida entre aquellos muros. Nunca había manifestado su impaciencia. Sino en silencio, sin señales visibles, desde aquella carta en la que no comprendía mucho, excepto que ella no pedía nada, o tan poco, pero sin saber por qué vislumbraba en ella una luz, un punto lejano hacia donde dirigirse, como el eje que traza la mirada atenta hacia una marca en la costa.

El Jefe está de pie. Es curioso. Normalmente se acomoda en su sillón. Su manera de afirmar lo firme de su posición. Incluso creyó que se disponía a estrecharle la mano. No estaba a gusto.

-¡Vayamos al grano! Le necesito a usted, a su talento. Para abrir una caja fuerte, ¿qué necesita?

-Yo no abro cajas, ya lo sabe.

-¡Vamos! ¡Vamos! No vamos a andarnos por las ramas. Lo juzgado, juzgado; pero necesitamos su ayuda.

-Es absurdo.

-En Rennes7. Hay que abrir una caja.

-No entiendo. ¿Por qué quiere usted ponerme a prueba a tan solo unos meses de mi libertad?

-En la prisión de mujeres. Una caja cerrada en un descuido, llaves dentro, combinación perdida.

-No es asunto mío.

-Mi colega acaba de llamarme, conoce su historial...

No es necesario extenderse sobre este instante. Mi amigo había comprendido perfectamente lo que estaba en juego. Pidió -con rudeza, recuerda- que le llevaran a su celda. Y después, antes de salir del despacho del Jefe:

-¿Quién está al tanto? Sólo quiero habar con el Juez (había dicho el JAP8). Volvió a su celda, con sus dos compañeros. No preguntaron nada. Comprendieron que pasaba algo anormal, grave tal vez. Respeto.


(7) Capital administrativa actual de Bretaña, 210.000 habitantes  (8)Juge d'Application des Peines,: Juez de Ejecución de Penas

 

Sobre las doce, vino un carcelero, uno diferente del de por la mañana.

-El Jefe quiere verle.

¡Que venga!

Jobig y Matou se retiraron, por instinto, al fondo de la celda.

Creo que tiene buenas noticias. El JAP está en su despacho.

Por poco salió corriendo, como un loco. Y ese otro en él, lo bastante fuerte como para agarrarle por el gabán.

No traicionarse. No aparentar nada.

-¡O.K.!

Conocía al Juez. Ya le había concedido algún beneficio penitenciario por buena conducta, y por un comportamiento que bien podía ser calificado de ejemplar, pero... había un pero... porque muchos de sus cómplices andaban aún sueltos, y algunos ni siquiera habían podido ser identificados. Que no contaran con él. Nunca había soltado nada.

El Juez no se anduvo con rodeos:

¡Tres meses de beneficio penitenciario si acepta ir a Rennes y abrir esa maldita caja!

Las palabras expresaban un malestar de circunstancias, pero su mirada lo desmentía.

Claramente, el Juez se reía en silencio.

Seis meses.

-No es posible.

-Carcelero, lléveme a la celda.

-Cuatro meses.

-Seis meses.

-Cinco y su silencio.

Aún no sabía cómo había podido contener esa deflagración de la cabeza a los pies, con el corazón saliéndosele del pecho: ¡su caja número cincuenta, a petición de aquéllos que le habían condenado! ¡En la cárcel! ¡Una caja! ¡En la cárcel! Y cinco meses de beneficio penitenciario, y esa chica al final, incluso antes del verano que se anunciaba.

De acuerdo. En cuanto reciba la notificación;

¡Carcelero!

 

Visto 1199 veces Modificado por última vez en Jueves, 15 Agosto 2019 06:33
Jean Pierre Nedelec

Jean Pierre Nedelec vive en Tréboul, en la bahía de Douarnenez (Bretaña, Francia)

Se dedice a escribir poesía, notas en ocasiones libertinas, relatos, ensayos...

Por lo demás, recorre Europa en bicicleta.

 

Publicaciones:

 

-Ediciones La Part commune :

Notes pour Eros, 2006

Môman, immense Môman, suivi de Douarn, poemas 2010

Hiroshima Cap Sizun, relatos 2013

Le Monde était plein de couleurs, 2018

 

- Ediciones Gros Textes :

T’occupe pas de la marque…,(eurobicipoemas), 2008 (Polder, coedición Décharge)

Partir, c’est crever un pneu, 2011 (eurobicipoemas)

Emprunts : Intérêts et Capital, 2015 (Polder, coedición Décharge)

 

-Ediciones Blanc Silex :

Danielle Collobert et la Bretagne, ensayo en la colección Bretagne, terre écrite, 2002

 

- Ediciones V. Rougier :

Petite suite avant l’après, poesía erótica, 2010

Sans précaution, rouge, suivi d’un hommage à Fanny Hill, notas libertinas.2017

 

-Además, Jean Pierre Nedelec ha creado Lectures pour Jean Vilar, de Georges Perros, del que ha escrito el prefacio. Ediciones Le Temps qu’il fait, 1999

 

-Libro de artista colectivo :Le cimetière de Tréboul, homenaje a Georges Perros, Galeria Les Stèles, 2008

-Ripou’X-èmes, obra colectiva, Ed. V. Rougier, 2016

-Colectivo :- La Bretagne des écrivains, Ed. Alexandrines, -Regards sur la Bretagne (40 autores, 40 lugares), Ed. De Montagnes noires. :

-Texto de Les Gras, libro de artista (fotografías) de Yves-Marie Quemener, (abril 2017)

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