Viernes, 18 Octubre 2019 06:07

El mundo en tus manos / Ramiro Padilla Atondo /

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El mundo en tus manos

Ramiro Padilla Atondo

 

Eso pensaste a los 18 años. Que tenías el mundo en sus manos. Saliste del rancho   con mentiras, dijiste que ibas a Tijuana a trabajar en la maquila. Pero era mentira. Lo tuyo  era el desmadre. Te gustaba lo de ser pesado. Ya te imaginabas la troconona, las fiestas interminables con viejas bien buenas y las pacas de billetes. Pero nunca te dijeron que también había una alta posibilidad de que te murieras.

El policía que examinó tu cadáver se acordó de ti. Y no porque tuvieses algún rasgo extraordinario, sino porque aquel día que tu cartel hizo una demostración de fuerza en la revu se tuvo que esconder. Se acuerda clarito porque les hablaron por el radio. Les dijeron que se abrieran porque ustedes no se andaban con mamadas. Que se cubrieran porque eran un chingo.

 Te bajaste  emocionado porque fueron esos instantes  los que te hicieron sentirte poderoso. Eras parte de algo, de un grupo importante al que hasta las autoridades le tenían miedo. Ya habías practicado un poco con el AR15. Todavía no te acostumbrabas a su peso pero fingías que pesaba lo que pesaba una pluma para que no dijeran, mira el plebe, no sabe limpiarse el culo y ya trae cohete. El policía sabía que lo podían rafaguear. Se quitó la pistola y la camisa del uniforme, dejó todo en la patrulla y corrió a refugiarse  a una casa de cambio. Ustedes llegaron como en treinta camionetas. Ni siquiera ocultaban el rostro. Eran tan poderosos que se podían dar el lujo de mirar a la gente a la cara con toda la desfachatez del mundo. Y ese era tu rostro. El de alguien que prueba por primera vez el poder. Aunque este fuera limitado; te sentiste vivo, con el mundo en tus manos.

Y el policía te miró porque cuando saltaste de la caja del pick up no traías siquiera zapatos. Andabas en huaraches. Los sicarios en Tijuana siempre han presumido de sus gustos estrafalarios, botas de piel de avestruz, de cocodrilo. Enormes cadenas de oro. Les valía madre. Querían que se enteraran que andar en la maña es redituable.  Tú eras tan inocente que ni siquiera habías reparado en ese detalle. Tus pies estaban prietos del sol del rancho. Por eso ahora, un par de semanas después el mismo policía te reconoció. Traes los mismos huaraches.

Estás lleno de plomo. El policía salta según él entre los casquillos. En la mano izquierda traes el AR15. El brazo derecho reposa contra el  pavimento. Estás tirado en la misma posición que un cristo sangrante, con los brazos extendidos. Y mientras el policía marca el contorno de tu cuerpo con gis, la gente se acerca de a poco al lugar de la balacera. No eres el único cadáver. Otros chicos de tu edad yacen desparramados sobre la calle. Algunos más han quedado en situaciones imposibles dentro de los carros.

En la tarde te llevarán a ese lugar maloliente, el Semefo. Como no tienes ninguna identificación vas a terminar en la fosa común. Y en pocos días, alguien muy parecido a ti, tomará el camión a Tijuana, para convertirse en estadística.

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Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

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