Miércoles, 23 Octubre 2019 04:54

Tinta del libro La rabia y sus días / Oliver Guevara /

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

 

Tinta

del libro La rabia y sus días

Oliver Guevara

 

 

Ya no puedo decir que nada existe

repoblamos el sueño y en la boca creció

de repente un pájaro el exiguo espacio

de un país”.

Alberto Raposo Pidwell Tavares

 

 

 

De la casa, recuerdo la luz tenue de una lámpara en la esquina, en una de las mesas donde debiera haber un teléfono. Un aromatizante de plástico con forma de hongo, expele de su superficie rugosa, como el interior de la jícama, un olor dulce, un tiempo elástico que hace mella cuando te sientas en la oscuridad y enciendes un cigarro. La mezcla es un aliciente para el paladar y el olfato. Mientras, Hiroshima, tu gato negro, pasea sensual entre mis piernas y ronronea. El mundo ha perdido sentido con la caída de la ceniza que dejas consumir. Me siento ansioso al ver que la televisión que está detrás de mí se enciende.

 

Quiero decir que somos otros. Ya no establecen reglas para premiar la derrota. El frío es un chico que te ofrece asear tu limpiaparabrisas, abres la ventana y listo, entra la corriente de aire que te regresa a dudar si en verdad mereces lo que tienes por lo que haces. Te preguntas en cuánto tiempo terminarían por olvidarte si de manera repentina, desapareces, quiero decir, no estar más. De inmediato. Respondes automáticamente.

 

La semana pasada llevé a Hiroshima a la casa de mis padres. Ellos viven solos desde que me casé. Amanda ha quedado embarazada y no quiere animales en la casa. La muda de pelo y esas situaciones. Mi hermana me regaló ese gato pardo con un ojo verde amarillento y otro azul. Cuando entro a la casa, mi padre duerme en el sillón individual y la televisión está encendida. Mi madre está recostada y se despierta cuando me oye entrar. Hiroshima salta al piso de mis brazos e inmediatamente va al balcón de la casa. Mis padres son desde hace dos años como los pasos silentes de ese gato con heterocromía. Desde que mi hermana desapareció pareciera como si el sueño hubiera inundado la casa y no pudieran sacudirse el sopor de la desesperanza y el dolor. Yo hace mucho tiempo que decidí no sufrir, siempre pensé que la voluntad es maleable. Por lo tanto, hoy decido no sufrir.

 

 

Después de instalar la caja de arena de Hiroshima y servirle pequeños trozos de carne que vienen en una pequeña bolsa, trato de hacer conversación con mis padres. Tras cuatro o cinco monosílabos que intercambiamos, me despido y prometo volver con más raciones y por noticias de ese gato que ahora se lame. Al bajar las escaleras, me topo con mi abuela.

-¡Hijo! ¿Cómo estás?

-Bien abuela, ¿cómo siguió de su pie?

Tarda en responder, se pone seria y luego de unos segundos sonríe pero con la mirada en otra parte.

-Ay hijo.

Cuando me doy cuenta que de esa boca que ríe y trata de hilvanar una frase ya no va a salir nada más comprensible, me agachó a la silla de ruedas y le doy un abrazo.

-Adios abuela.

-¡Que Dios te bendiga! -se despide mientras trata de aguantarse la risa. Yo salgo con prisa, el olor a orines es penetrante en la parte baja de la casa. El salitre ha acabado con el verde de la pintura en las paredes.

 

 

Cuando llegó a casa le cuento todo a Amanda, de la abuela y la sospecha que tengo que ya no se ha tomado su medicamento. De mis padres, que cada día parecen más muebles. Le digo que tal vez Hiroshima les de trabajo y algo en qué entretenerse. Luego de hacer café y regresar a la recámara, Amanda duerme abrazando su incipiente vientre. A su lado hay diversos folletos de maternidad y revistas con madres que sostienen niños rubios con relucientes ojos azules. Salgo de la habitación y voy al cuarto nuevo del bebé. La cuna vacía con los peluches y sus ojos vacíos dan un aspecto desolado, pareciera la habitación de alguien que acaba de abandonar el hogar.

En tan sólo tres meses habían encontrado los cadáveres de doce jóvenes en distintos puntos de la ciudad. Pareciera que se repoblaba el país entero. Sembraban mujeres, niñas. Todo era inútil, la tierra es infértil. Perdimos la esperanza cuando vinieron policías con una seriedad fingida y con la insinuación de que Angie se había ido con un novio. Lo que nos destrozó fue ya no tener noticia de ella.

 

 

Una noche soñé con ella. Subía una escalera. La casa estaba en penumbras,  vestía de negro y subía lentamente cada escalón. Yo la trataba de llamar pero no salía nada de mi boca. La clásica pesadilla. Pero cuando se me ocurrió seguirla, mis pies no fallaron. La alcancé y cuando toqué su hombro, ella volteó y sonrió, pero no era Angie sino mi abuela. Ahí estaba su retorcida sonrisa. Me desperté en sudor cuando empezaba a carcajearse.

 

Al paso de los días regresé a casa de mis padres para ver cómo seguía Hiroshima. Luego del pesado ritual de permanecer sentado en los sillones varios minutos sin decir nada, observando el televisor de pantalla plana que les había regalado el gobierno. Dejé un costal de comida para el gato que casualmente no se encontraba.

-Ya sabes. Sale por las noches y dormirá por ahí en los techos de día. –dijo mi madre sin despegar los ojos del televisor.

 

Cuando bajé las escaleras, pude ver que mi abuela caminaba con su bastón para llegar al baño. Esta vez se le veía más calmada y mientras la ayudaba para llegara al sanitario, me contó había dejado de tomar el medicamento porque en la noche escuchaba ruidos. Dijo que nunca los había escuchado antes. Habló de arañazos en la puerta de su cuarto y golpes secos, intermitentes, pausados. Le mentí para calmarla, le dije con los medicamentos sería mejor, que se sentiría con más energía y podría dormir mejor. Traté de explicarle que tal vez ahora necesitaba más dosis. Luego de dejarla en la puerta del baño. Me apretó la mano antes de soltarme y me sonrío como dándose cuenta que le mentía. Después di la media vuelta y me fui.

Al regresar a casa, Amanda estaba dormida en la silla de mecer del cuarto del bebé. Cerca de una mano colgante estaba un muestrario de ropa para recién nacido. Cuando la traté de mover para decirle que se fuera a acostar, se quejó amargamente y se volteó para evitarme. Fui a nuestra habitación por una cobija y se la acomodé. La lluvia comenzó luego de la humedad que asfixiaba. Tuve que insistirle para que fuera a la cama pero no pude despertarla del sueño profundo.

 

 

Lo vimos y nos pareció simpático. Aquél gato pardo temblaba a cada paso y cuando nos dimos cuenta de su peculiar característica, Angie no dudó en llevarse ese felino apretujado entre otros tantos en una caja de cartón tirada en el baldío cercano a la casa. Después de traerlo, nos enteramos que a los gatitos restantes les habían prendido fuego. Sólo por diversión. Como todo lo que ocurre últimamente en este país. Luego de imaginar las llamas, a mi hermana se le ocurrió nombrarlo Hiroshima. Angie tenía 21 años cuando entró a trabajar a la fábrica. Hace mucho que no la veíamos tan contenta. Aquella noche, cuando no regresó, mis padres recibieron una llamada telefónica. La voz al otro lado del teléfono no decía nada. Sólo escucharon una respiración. De mujer afirma mi madre. Después nada. Guardaron el número de teléfono e informaron a la policía. Nada, siempre nada. En ocasiones sorprendo a mi madre con el teléfono en el regazo y el número telefónico anotado en un papel. Sobra decir que manda a buzón de voz.

 

 

No sé si nombrar pesadilla a esa sensación. Cuando percibes un peso que se expande en el sueño poco  a poco. Como si la gravedad fuera motivo de terror. Como el volumen de un sonido grave perfecto. Sueño con un tatuaje. La aguja entra suave. Es un lápiz de punta fina que barrena milimétricamente la carne, el tejido. No hay mucha sangre. El tatuaje comienza a tomar forma. Un ave más grande, una más pequeña. Es una parvada.  En un descanso, me recuestó sobre el sillón y cierro los ojos por un momento. Después siento un peso en el pecho, me entra el pánico y pienso que me va a dar un infarto. Cuando abro los ojos me doy cuenta que Hiroshima está recostado en mi pecho y tiene plumas oscuras en el hocico. Despierto. Amanda está parada a un lado de la cama y oigo que dice mi nombre. Me levantó adormilado y mis pies dan con el líquido hemático que escurre de sus piernas. Como puedo me visto y la llevo al coche, todo parece ir en cámara lenta por más que me apuro. Al llegar a emergencias y  verla partir asistida por dos enfermeras inmutables, espero la respuesta que pronto se me da.

 

 

La rutina envilece. La cama nunca está hecha y Amanda siempre acostada, dándome la espalda. La habitación que sería el cuarto del bebé se ha convertido en la bodega de la casa. Ahora acumula las cosas inútiles, como cuerpos desmembrados que nadie reconoce y que esperan pudrirse hasta apestar y ser enterrados, descartables, olvidados. Yo también he dejado de ser lo que era, o mejor dicho, he salido realmente a flote. He vuelto a fumar y a contar compulsivamente números pares, todo lo trato de hacer par, las líneas de mis calcetines, las palabras que aparecen a la vista mientras voy manejando, las gotas de agua que resbalan por el limpiaparabrisas cuando el chico lanza el agua de su botella de plástico. -todo es plástico- me digo mientras retardo avanzar ante la luz verde del semáforo.

 

 

 

El gato no aparece. Mis padres me lo dicen como si me hubieran dejado un anuncio debajo de la puerta. Antes de ir a la casa materna, me asomó a la recámara del bebé. Amanda está recostada en la mecedora con la mirada perdida. Ya no me despido. Cierro la puerta lento en espera de que me diga algo. Sabe que estoy ahí. Comienza a mecerse más rápido entre los escombros de ropa, artilugios de crianza y regalos sin abrir con moños color rosa.

 

La televisión está encendida y hay un cigarro que se consume en el cenicero de latón en el centro de la mesa de la sala. Mis padres no fuman. Tras apagar el televisor buscó en las habitaciones rastro del felino para darles la noticia a los viejos para cuando lleguen. Luego de hacer sonar su plato de comida y esperar en el balcón por si lo veo atrás de otros gatos, nada. Vuelvo a la sala y un olor a orines envuelve el ambiente, se combina con el olor a cigarro.

-¿Estas pendejo o qué? –la anciana madre de mi padre está sentada en la oscuridad mientras sostiene un cigarro. Mueve su cabeza como queriendo ver detrás de mío. Hiroshima aparece con un pájaro que aún aletea en su hocico y después de rozar mis piernas, se dirige de un salto al regazo de mi abuela. El televisor se enciende nuevamente y la vieja queda con la cabeza de lado, esboza lentamente una sonrisa con la mirada fija en la pantalla. Antes de bajar las escaleras miró otra vez a la anciana, no se ha movido, el gato masculla con dificultad el ave que se retuerce para librarse.

Ya en casa me dirijo a la habitación del bebé. Me acuesto en la cama. No quiero ver a Amanda. La imagino recostada todavía, impasible en nuestra recámara hojeando revistas de hijos y padres. Recibo una llamada.

Bueno.

¿Señor Rodríguez? Tiene que venir, encontramos… Hay un tatuaje que queremos que vea. No contesto. Digo que sí luego de un silencio que parece disculpar la voz al otro lado del auricular.

Está bien. Lo esperamos.

 

Ya no la sigo. A pesar de que sé que esa cabellera rizada es de Angie, a pesar de que reconozco el color verde de su blusa favorita, ya no voy detrás de ella a pesar de que me llama y voltea con esa sonrisa cándida como cuando éramos niños. En el sueño me detengo, temo despertar o darme cuenta de que es otra persona. Ella corre con su falda del colegio, no la veo adulta, la veo como se manifiesta en mis tiempos de felicidad. Cuando se pierde en un punto luminoso, siento la garganta terrosa, inflamada, me duele pasar saliva y toco mi frente para medir mi temperatura. Lo que pareciera flema busca salida y comienza a moverse, siento unas extremidades que empujan las paredes de mi carne hasta sobresalir, no tengo más que abrir la boca, pero no lo hago, un aleteo que busca brotar es estrujado por mis dientes y lengua hasta que despierto. Amanda está parada frente a mí al lado de la cama y llora. Esta vez llora.

Visto 723 veces Modificado por última vez en Miércoles, 23 Octubre 2019 06:52
Oliver Guevara

(San Luis Potosí), es autor de Lagaña de perro, libro con el que obtuvo una Mención Honorífica en el Premio Nacional de cuento de Bellas Artes, San Luis Potosí 2012. En 2011 publicó el cuaderno de Poesía Sed del Alba. Estudió la licenciatura de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Durante una década se desempeñó como periodista de Nota roja. Becario del PECDA en Categoría de Jóvenes Creadores. Premio de Literatura Manuel José Othón de poesía 2014 en el estado de San Luis Potosí.

 

Lo último de Oliver Guevara

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.