Martes, 19 Noviembre 2019 02:23

Aurora Borealis. / Waldo Contreras López /

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Aurora Borealis.

Waldo Contreras López

 

La vi por primera vez en la puerta de entrada del bar en donde laboro como mezclador de música y técnico de audio y video; me llamó la atención su figura menuda, sus piernas largas, su tez blanca como los lirios del rio y sus ojos, sus ojos enormes y azules. Su presencia maciza y carácter explosivo me atropellaron. Tardé días en dirigirle la palabra, con esa enfermedad que a muchos nos ha aquejado: esa atracción abismal y vértigo por mujeres de vidas perdidas. Aquella tarde al fin tuve el ánimo de enfrentar ese vago temor y, decidido al fin, di mi primer paso para terminar de conocerla y durar enganchado varios meses a esta mujer.

 

-¡qué ojos tan bellos niña! ¿Son tuyos?

-sí –me contestó con su sonrisa enmarcada por sus labios gruesos de boca grande y dentadura blanquísima- me costaron quinientos pesos en la “plaza de la mujer”- agregó mientras me empujaba para abrirse paso sin apartar su mirada de la mía, con gesto coqueto; se alejó al ritmo ruidoso de sus zapatillas regalándome un adiós con su mano que parecía una mariposa agitándose bajo las luces de neón que iluminaban tenues el ámbito de la sala y dejándome envuelto en el ámbito de su perfume olor a cítricos, inundado en su risa sonora, musical y alegre; se ganó el corazón y el aprecio de todos en aquel bar con el paso de los días y a medida que se apoderaba de la pista de baile y los ánimos vespertinos ya decaídos en aquel muladar de mala muerte.

 

Esta jovencita era un prodigio de feminidad y coquetería, de dulzura y sensualidad a la vez; de cadencia, ardor y abrumadora desnudez sobre la pasarela. Se le veía corretear por aquí y por allá de un extremo a otro de la cantina, con paso danzarín y una energía incombustible; era una de esas verdaderas almas libertinas que solo existen para hacer de la vida algo digno de disfrutar sin despilfarro de ánimo ni pérdida de tiempo u oportunidad.

 

Pues bien, esta muchacha tenía talento para navegar sin daño en tugurios como este, beber cerveza como albañil y drogarse como punk. Eso y además: se ganaba el pensamiento durante varias horas o días de todos aquellos quienes la veíamos en sus convulsiones dancísticas; y se ganó el mío en especial. En la mayoría de sus ejecuciones sobre la pasarela o alrededor del brillante tubo cromado ella volteaba su rostro pálido y sudoroso hacia mi cubículo desde el cual manejaba la música y las luces multicolor; ella dirigía sus miradas brillantes hacía mí sin avistarme en medio de la oscuridad, pero sabiendo que me embelesaba y sin duda la miraba, me regalaba su mejor sonrisa y su mejor evolución sobre la pista y luego, al terminar de ejecutar su número “el momento sexy”, bajaba las escaleras, se metía en mi reducto a oscuras y me obsequiaba besos en las orejas, palabras ardientes o alguna de sus prendas perfumadas. Así era con todos, generosa con sus estallidos de terremoto.

 

Este pequeño prodigio de alegría andante, esta pequeña mujercita, nos regaló en una mala tarde, uno de sus mejores días sobre el mundo: se encontraba “copeando” con un par de clientes, dos viejos lobos de las cantinas quienes pagaban el dinero necesario para que jovencitas como ella les acompañaran; tenían al menos unas cuatro horas de tertulia cuando, en el punto más animado de la fiesta, ella se puso de pie, se quitó las enormes zapatillas de plástico para luego aventarlas con gesto teatral a un rincón sobre el templete de los músicos, se acomodó el cortísimo vestido entallado color azul rey y luego se puso a bailar como gitana: levantaba las manos y batía palmas, giraba sacudiendo las caderas. Su cabello largo y negro parecía un enorme pájaro nocturno luchando contra ella para liberarse de esa posesión demoníaca que le hacía moverse como una loca; esas evoluciones tenían a todos perplejos, sometidos por una emoción (y la esperanza de que comenzara a desnudarse) que los mantenía sembrados y temblorosos sobre las sillas.

Al fin, el más viejo de quienes le pagaban la copa, golpeó una botella contra la mesa a manera de balazos, rompiendo el encanto en el cual estábamos todos hundidos, y le gritó entre risas: “¡hey, ven acá pinche cabrona maníaca, no te estoy pagando para que le bailes a todo mundo” Ella se detuvo al instante con aires de ofendida, golpeó el suelo con su pie descalzo mientras cruzaba los brazos y sacaba las nalgas, hizo un gesto de puchero para luego tomar vuelo y dirigirse a la mesa con pasos de bailarina de ballet, agarrar una botella de cerveza y bebérsela

de tres tragos, golpearla contra la mesa emulando al viejo con voz ronca y gestos actorales: “no te estoy pagando para que le bailes a todo el mundo (“pinche viejo amargado”-agregó)” luego soltó una de sus hermosas carcajadas musicales y se dejó caer sobre los muslos del anciano.

 

Todos la conocíamos como Aurora Borealis, la excitante bailarina de pasarela quien a sus dieciocho años de edad recién cumplidos ya era una de las “coperas” más solicitadas en toda la zona sur de la ciudad; se llamaba en realidad Flor Jacaranda pero por mí y todos sus amigos, se dejaba acariciar con el apelativo de Yaqui, una jovencita fugada de su marido desde una ciudad del sur del país; una mujer atribulada por el miedo de morirse dormida, que le temía a los “aparecidos”, a los perros negros, a la oscuridad en los cuartos de renta y a los feroces estruendos de los rayos en noches de tormenta; una mujercita de hablar fluido y cotorro en sus explosiones químicas de drogas duras; de voz queda y tristona cuando estaba sobria; amaba las flores, las ranitas de cerámica con sus caritas femeninas y hociquitos besucones (yo soy una ranita como esta, que espera al príncipe que le robe un beso y la convierta en su reina. Decía), a los gatitos desvalidos y todos aquellos a quienes ella consideraba, según su juicio “hombres de verdad y no mamadas; que tengan muchos detalles lindos y miradas tiernas, que sean sobre todo unos buenos roba-besos”

 

Aurora Borealis fue encontrada muerta en un basurón municipal situado al norte de la ciudad.

Su cuerpo vuelto un escombro de huesos y cenizas; una apología a la maldad y a la mala índole citadina contra mujeres como ella, un tributo a una sociedad podrida hasta sus cimientos más profundos.

Flor Jacaranda, una triste y breve historia local reducida a un espacio escondido entre notas rojas de alto impacto y promocionales de productos para una mejor lubricación vaginal o una poderosa erección del pene; Yaqui en un basurero municipal, con su cuerpo garbo, blanco, con su cabellera negra otrora pájaro nocturno, con sus mordidas en las orejas, con sus

palabras sensuales y ropa de bailar… con todo su ser; su desnudez abrumadora reducida a un trozo de carne chamuscada.

Quemada viva, Aurora Borealis apenas pudo ser identificada pues el fuego no alcanzó a devorarla completo. Los verdugos no alcanzaron a borrarla por completo del mundo a pesar de triste holocausto que intentaron contra ella: en su pierna derecha tenía un tatuaje del Escorpión del Zodiaco; junto a su cadáver hallaron su bolso, sus escasas pertenencias desperdigadas entre la basura: sus abalorios de puta, sus cajitas de maquillaje “dark”, sus lápices labiales y dos estuches para lentes de contacto, uno de ellos vacío y el otro que portaba unos de color rojo-fuego.

Dos días anteriores al cual hicieron la denuncia de desaparición la vieron salir de uno de los muchos bares de la zona norte de la ciudad junto a otra bailarina y acompañadas, dicen, por al menos cuatro hombres con aspecto de sicarios.

Fue encontrada muerta junto a su amiga: “quemadas vivas”, dijo el médico forense a la madre de la otra jovencita.

El cadáver de Jacaranda nadie lo reclamó, fue depositado en la fosa común después de un mes de haber sido encontrado. No dejó ningún recuerdo en la ciudad, ningún atisbo vital que pudiera hacerle recordar cómo alguien que caminó por estas calles; su voz cantarina, su risa musical y sus aspavientos corporales ya han sido olvidados debido a la vorágine de los días cargados de nuevos espantos.

A mí solo me dejó sus mirar de ojos “azules” fija en mi rostro embelesado e invisible, tres de sus prendas de baile olor a Aurora Borealis, su luz expansiva y de colores reflejada en su piel blanca que me iluminaba los días en mi oscuro cubículo de deejay, de miércoles a domingo.

 

Flor Jacaranda fue una aurora, mi aurora.

Para todos fue en vida esa belleza hoy olvidada: Aurora Borealis.

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Waldo Contreras López

Nacido en Culiacán Sinaloa  el 21 de noviembre de 1975. Tuvo un breve paso  por la escuela de lenguas y literatura hispánica de la Universidad  Autónoma de Sinaloa. En el 2007 termina sus estudios en la Facultad de Psicología de la misma Universidad. Comienza a escribir de manera incidental desde la edad de 25 años y lo sigue haciendo hasta la fecha. Gusta de la narración y la poesía vivida. La mayoría de sus temas abordan lo festivo, trágico y sórdido de los barrios citadinos.

 

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