Miércoles, 29 Enero 2020 20:46

compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros, Tamaulipas en 2019/ parte 1/

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En el borde del país.

Adán Echeverría.

Matamoros, Tamaulipas, diciembre 2019.

 

Durante mi carrera literaria he tenido a bien combinar algunos esfuerzos más por las letras que el sólo hecho de escribir: impartir talleres literarios desde el año 2003 en el Instituto de la Juventud de Yucatán, seguir impartiéndolos en Campeche, en Morelia, Ensenada y ahora en Matamoros, Tamaulipas, y desarrollando mi labor como diseñador gráfico de algunas revistas escolares, hasta ser el diseñador y editor de la revista Navegaciones Zur, a partir de su número 31 y hasta que dejara de imprimirse en el año 2009; ser el diseñador y editor de los últimos números del suplemento cultural El Juglar de lo que entonces era el ‘Diario del Sureste’, y como editor de revistas (Esta humanidad tan llena de grietas, y luego delatripa: narrativa y algo más, del 2013 al 2018), así como de cuadernillos de poesía (de 2005 a 2014) y de libros de ciencia y de

Así mismo he desarrollado las compilaciones y antologías siguientes: Venturas, nubes y estridencias. Poetas jóvenes de Yucatán. (Instituto de Cultura de Yucatán y el Instituto de la Juventud de Yucatán, 2003), autores ganadores del Primer Premio Estatal de Poesía Jorge Lara 2002; con Ivi May, Nuevas voces en el laberinto: novísimos escritores yucatecos nacidos a partir de 1975 (Instituto de Cultura de Yucatán, 2007); con Armando Pacheco, Del silencio hacia la luz: mapa poético de México: poetas nacidos en el período 1960-1989 (Ediciones Zur y Catarsis Literaria El Drenaje, 2008); con Mario Pineda, Karst. Escritores de la península yucateca en 2016. Antología. 21 autores nacidos entre 1971 y 1996. (Catarsis Literaria El Drenaje); y ahora Justo en el borde, compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros, Tamaulipas en 2019 (Catarsis Literaria, 2019).

Este trabajo me ha permitido conocer la geografía literaria del México que me ha tocado vivir. Coincido con lo que señalara el crítico José Luis Martínez (1918-2007): “En las revistas hacen nuestros escritores sus primeras armas; allí se forman y de allí parten para más ambiciosas empresas”. Y es que, de las revistas, ya sea de mi pasión por leerlas, como en los momentos que me ha tocado armarlas, editarlas, coordinarlas, dirigirlas, he estado en contacto con las obras y con los autores. He visto nacer los primeros poemas y cuentos de autores que con el tiempo se fueron consolidando, ganando presencia en medios literarios, obteniendo becas, o ganando premios literarios. Pero, sobre todo, y a lo que más aspiro, dando a conocer su trabajo literario cada vez a un número mayor de personas.

En octubre de 2018 fui levantado en la ciudad de Matamoros, por dos malandros. Chamacos que no cumplían siquiera los 22 años. Luego de que me pasearon en el vehículo y de que me iban golpeando para que no levantara la cara, se robaron mi celular, mi notebook y mis cédulas profesionales (me dejaron el dinero en la cartera, y también me dejaron mis tarjetas bancarias), me bajaron en un terreno alejado y me dieron una estropeada; el objetivo era claro: que yo me fuera de la ciudad. Gracias a la fuerza de voluntad de mi esposa nos quedamos en Matamoros. Conté con el apoyo de muchas personas (siempre somos más los buenos, aunque no tengamos armas). Continué con el taller de apreciación y creación literaria en el Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros, lo cual me permitió conocer a los jóvenes escritores de esta región (jóvenes escritores, cuyas edades van de los casi 20 a los casi 70 años). Pude constatar que muchos de ellos han leído poco, pero tienen mucha hambre de leer más. Tienen muchas cosas que escribir y comunicar, y lo han hecho, aún desde antes de mi llegada. Logré que nos pusiéramos exigentes con los textos. Que no fuéramos condescendientes con el trabajo de los compañeros, que mirarán separada la obra que se presenta en la mesa, de la vida de los autores que las recrean. Que no entablaran diálogos a la hora de exponer sus comentarios críticos sobre la obra de los compañeros y, sobre todo: que los autores no tuvieran la necesidad de explicar el por qué de sus textos antes de leerlos.

He intentado que todo comentario crítico sea sobre los textos. Sobre nuestras creaciones literarias tenemos que ser implacables, pegarles duro, revisarlas hasta el cansancio. Pero, sobre todo, hay que leer. Leer y mucho. Leer cada día un poco más. Y son esas lecturas las que les han ido mostrando las diferentes técnicas narrativas, las diversas formas poéticas de la literatura universal. El resultado, a un año de comenzar a apretarnos el ojo crítico cada día un poco más, ha sido tener algunos textos listos para poder mostrarlos al público lector.

El resultado de este año de trabajo lleva por título “Justo en el borde, compilación”, y en él se reúnen la obra de 15 autores: Alicia Leonor (1968), Ana Ayala (1969), Arturo Martínez (1971), Beatriz M. Mérida (1980), Brissa Ochoa (1990), Édgar A. Rivera (1989), Eva Rodríguez (1971), Félix Martínez (1962), Gabriela Escobar (1968), J.R. Spinoza (1990), Martín Hernández (1965), M.G. Olvera (1971), Mónica Robles (1969), Pedro Hernández (2000), Viviana Carvajal (1952). Se presentan poemas y relatos de temas variados que van del intimismo a la fantasía; temas de una fuerza sensorial que alienta tanto el amor, el desamor, la pasión, por la familia, por la sensación de redescubrir al otro, al que nos lee, al que está presente a nuestro alrededor. Lo curioso es notar que los autores no tienen una fijación respecto de la violencia ejecutada por los grupos del crimen organizado, que en el imaginario nacional tanto permea cuando se menciona el nombre de Tamaulipas.

Insisto: en las ciudades fronterizas, en Matamoros, Tamaulipas, somos mucho más los buenos, los que quieren educarse cada día más, los que quieren compartir con el mundo sus pensamientos, sensaciones, emociones, planos sensoriales, ideas e imaginación; una limpia y clarificadora imaginación.

Adán Echeverría.

Matamoros, Tamaulipas, diciembre 2019.

 

 

 

 

 

 

Alicia Leonor

 

Alicia Leonor. Tamuín, S.L.P., 1968. Radicada en Matamoros, Tamaulipas, desde 1990. Licenciada en Administración de Empresas y Contaduría Pública. Poeta, narradora. Promotora de lectura. Asiste a los talleres del Ateneo Literario José Arrese desde 2014. Participa en el Taller de Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Ha participado en diferentes recitales y festivales de escritores nacionales y del Valle de Texas U.S.A. En “Letras en el Estuario” organizado por ALJA Ediciones. En el 2do Encuentro Internacional de Poetas y Escritores llevado a cabo en San Luis Potosí y Real de Catorce. Sus textos se incluyen en las Antologías “Tengo una soledad” (ALJA 2015), Ciudad de palabras. Poemas para andar por las calles. (ALJA 2016). “Visión de un instante” (ALJA 2017). “Voces Unidas en Real de Potosí” (2019).

 

 

 

 

 


 

 

Mi voz sin palabras

Dice que soy sensible, cálida, a veces ardiente.

Me mira a los ojos, sonríe, y apoya su mano entre mis muslos,

sin peso, sin movimiento.

Hay noches en las que sus dedos

prefieren el camino más largo hacia mi cuerpo.

Y lo siento como lluvia tenaz que parte en dos la roca.

 

Soy el punto donde el tenue manantial explota y nace luego fuerte.

La noche se inunda, me quedo quieta.

Despierto, es otoño.

 

 

 

Asíntota

Camina en línea recta, avanza varias cuadras,

quiere cruzar la misma calle en ambos sentidos.

Absorta, observa el semáforo en verde, amarillo,

luego rojo, luego verde, luego rojo,

se queda quieta y de nuevo

camina las mismas cuadras avanzadas.

Regresa, pisa sus pasos, siente gotas caer.

Moja el dedo del corazón de su mano izquierda.

Los demás caminan sin rumbo.

Ahora avanza en círculo

mira el camino que ellos no eligen.

Cuelga sus pasos en el poste del semáforo.

Seca al sol las sandalias, que nunca le han gustado.

Suaviza la semana para encontrar

las siete diferencias entre lunes y domingo.

Sigue caminando, a veces en círculo,

otras en vertical   descalza  en lo que encuentra

otras sandalias otras calles otras cuadras.

 

 

 

Arranco las hojas del calendario

La vida me aprieta. Es tres o cuatro tallas menor de lo que deseo.

Limpio miserias y las convierto en letras.

Mi diafragma jadea colocando cada coma, cada signo, cada punto

y aparte.

Ardo, porque arder es intentar vivir.

Vivir es dudar y llueve. La lluvia mutila mi carne.

El dolor es un gigante que me envuelve en el desequilibrio,

así resisto los hostigazos, la mediocridad.

 Coloco el corazón en mi cabeza. Le cedo a un ciego mis ojos.

Invaden lentamente los acúfenos mis oídos.

Se convierte en cemento mi garganta.

Coloco el punto final y muero cada noche.

 

 

 

Las frases que inventas

Siempre termino en lo más oscuro del bosque

zambulléndome desnuda en el lago.

La dosis de viento me gusta, los cambios en el paisaje.

Abro los ojos, descubro la vegetación,

no tiene nada que ver con la de ayer.

Gracias al sol, y a las nacientes hojas de los árboles

tengo la certeza de que la vida comenzará de nuevo.

Mi calendario, las hojas, los números, las fechas

siguen el orden y equilibrio de la imaginación.

Sé que empiezan nuevas vidas; pero estoy de paso.

Como la intemperie, miro el cielo esperando la lluvia.

Cansa partirse en dos como la manzana de mi desayuno.

Me reivindica la noche, y elaboro la pócima secreta.

Al amanecer mi sangre se vuelve efervescente,

 mis tendones quedan cortos a esa anticipación, ese deseo.

Me doy cuenta de que nada debe depender de un día.

Ni la cordura, ni los horarios, tampoco las frases que inventas.

Lo irreal, lo imposible, son piedras para lanzar al fondo del lago

y recuperar esa imagen impresa, ese anhelo de tatuarse.

Todo es cuestión de tiempo para desaparecer el remolino.

Y volver a atrapar el verdadero reflejo de la palabra.

 

 

 

Ella

desea ser otra, no sabe correr y siempre usa zapatilla.

De viernes a jueves llora su talón derecho.

Se toma el tiempo para verse sentada frente al peinador.

para verse en todos los espejos de su casa.

Le dicen taciturna y dramática.

Algo le aprieta, la empuja, y sus sonrisas se inclinan cuesta abajo.

Le dicen que su voz suena hueca, que sus ojos solo traen niebla.

Ya no ríe, se pierde sin moverse. Se baña en vino tinto, en llanto

y otras aguas. Se escribe cartas y nunca las envía. Nadie las leerá,

acaso nunca hubo remitente. ¿Para qué escribirse otra carta

si ha olvidado la dirección de la destinataria?

 

 

 

Rictus

Somos tan extraños que no comprendemos la vida,

asumimos que ella es la extraña.

Y sentimos que los días de primavera son superficiales

para que los disfruten los inconscientes, los árboles,

los parques de pequeños jugando a la pelota.

Ellos que todavía no tienen el corazón rugoso.

Porque los que ya lo tenemos, soportamos el otoño

que acalla las cosas.

Dejamos que nos abrace la noche,

con su lluvia fría en la sangre.

Pasamos la vida sumidos en el desasosiego,

aprendiendo a ser imitadores,

ensayando esa mueca para que parezca risa.

No queremos despertar sospechas. Y aunque, muchas veces,

no logremos dominar ese arte y nos azota la lluvia con más fuerza,

buscamos desesperadamente la protección del paraguas.

Bajo la lluvia queda la risa congelada

al ver extrañados la vida que tan rápida,

tan velozmente se nos pasa.

 

 

Siempre

Algo de mí te reclama.

Murmura en mi oído: sé el mezcal que embriague mi lengua,

no quiero oler mis miedos.

Recorre la planicie de mi cuerpo, deseo tu templo.

Sé siempre el umbral que me espera.

Ofrezco este otoño mío al tuyo que comienza

mi sangre con su aroma y su color inconsistente,

mi ascendente en marte, mi canto y mi alarido,

mi silencio moribundo, mi callado renacimiento.

Te ofrezco la armonía de mis caderas, la cadencia de mis letras.

Y te prometo, para siempre, vivir a diario en Venus.

 

 

 

La confianza

Me enteré cómo se rompe la confianza.

Había pensado que se desplomaba como Aquiles

tropezando agónico.

Pero no es así, no.

La confianza en un momento se atomiza.

Se agrupan demonios sobre el bien alado,

y el centro del mundo se derrama en mil galopes.

Ni una espina logra penetrar algún órgano viviente.

Ni un pistilo anuncia primavera futura.

Se resquebraja el centro del tiempo y lo que queda de la flecha

es su gélido trayecto

que se diluye en cadáveres y coyunturas inconexas.

Como si la voluntad fuese una astilla desprendida del hueso

un náufrago que se desprende de su barca.

Y de ahí a nacer en otro naufragio distinto.

Otra mujer cuyos ojos son dardos apuntándole al futuro.

¿Este hueco en mi cuerpo es el futuro?

¿Esta sonrisa flotando que se burla?

Sé que no vendrá ninguna respuesta.

 

 

 

Al perderme en el torrente de las emociones

se exaltan mis sentidos, sangra mi corazón,

llueven mis ojos, no paran de llover.

El invierno hela mis huesos,

me hiela completa.

Pero siempre hay algo que me guarece

de esa desesperación concurrida.

que me acompaña en esa coyuntura;

el de turno, el que cambio tan seguido

y a quien a veces vuelvo porque me llena y satisface,

me transporta a los placeres no vividos,

que hasta la muerte me será fiel,

mi libro en turno.

 

 

 

 

 

Tiempo

Sigo viva, pero el tiempo escapa.

Mis secretos —dolores mudos— contradicen mis sueños.

El tiempo traspasa las entrañas de la noche,

me apresa,

deja huellas en mi frente,

estrías en mi cuerpo,

vacío que lastima

por la ilusión que escapó

Y me dejó un camino sin crepúsculo

sin mapas, ni brújulas que me guíen;

no hay noches febriles que celebrar,

la ley de la ironía ha fragmentado el templo.

Sigo viva sin poder distinguir

si soy real o la farsa de mí misma.

Vivo en gerundio regular —ando, yendo—

y solo uso un antifaz que esconde

ausencias.

 

 

 

En cada una de tus salvajes alboradas.

atrápame con bríos, refúgiame en el túnel de tus sueños

en la profunda raíz del almendro, en el rayo de luz.

Gózame como ese libro que atesoras.

Quiero estar en cada verso y al final, siempre al final

saborear tus letras al viento del otoño que me desnuda.

Que mis harapos caigan como hojas de árbol.

descorcha el erotismo acumulado,

tatúa tus caricias en mi carne,

tira piroclastos que enerven mis sentidos

deja correr en mis entrañas

la lava ardiente de tu sexo.

 

 

 

Te pido que no me imagines vestida.

imagíname desnuda, sin nada que estorbe tu malicia.

No quiero que la imagen se difumine,

deseo ser recuerdo, tu puta más furcia;

quiero que lleves mi nombre tatuado,

que tu boca me llame a la lujuria,

en cada cama donde duermas.

 

Quiero que me odies, me ames, me extrañes,

sin pronunciar te amo.

Quiero sentirte en travesía por mi cuerpo

que gimas conmigo, que goces conmigo.

Y si un día te sientes herido, ahí estaré para sangrar tu herida,

frotarlas en mi carne y sellar nuestros íntimos deseos.

Y si desfalleces ahí estaré, contarás con mi locura,

con mis monstruos; aprenderé a amar los tuyos.

Y cuando hagamos el amor, promete

que desharemos este maldito y profundo desamor.

 

 

 

Soy la equilibrista que flota en la cuerda,

con la oscuridad abordo. Levanto la mirada,

disfruto el hermoso globo blanco que alumbra la noche.

Mi cordura es frangible y mis sueños subjetivos.

Siento el fracaso y no he sido amada,

¿Qué importa si en el otoño caigo herida?

Reposaré mi invierno bajo lluvias sabor a óxido.

Porque soy la equilibrista. Lanzaré al vacío mi pesadumbre.

Me despojare de vaciedades, de falsas poses.

La sombra de la noche me abrazara,

y juntas renaceremos al terminar el invierno.

 

 

 

Ki wuatey.

El tam tam va en un crescendo hipnótico. Baña su cuerpo la desesperación. No encuentra ninguna manera de escapar, solo distingue la punta brillante de obsidiana que se alza amenazante. En medio de la noche, un grito desgarrador. Despierta, la frente está empapada de sudor, lágrimas bañan su rostro, el cuerpo tiembla sin control.

Itala no puede desprenderse del sueño que altera su vida. Por la mañana, al estar tomando el desayuno para salir a trabajar, le cuenta a su esposo de la pesadilla recurrente. Él, le pide que deje de perder el tiempo con esa afición por los relatos fantasiosos.

Durante las juntas de trabajo, Itala de manera inconsciente comienza a garabatear su agenda, la llena de trazos incomprensibles. Manolo, su compañero, observa; y le pregunta qué significan los trazos. Ella le cuenta la pesadilla. Él se muestra interesado y le pregunta cuándo comenzó a tenerlos. Itala hace memoria. Descubre que fue a raíz de un viaje que hicieron a su pueblo natal; decidieron visitar un sitio arqueológico recién abierto al público llamado Tamtoc. Conforme se acercaron al lugar, comenzó a sentir cierto nerviosismo, su estómago se contraía, su corazón palpitaba con desasosiego, y sentía en la garganta un nudo inexplicable.

Al llegar, lo primero que observó fue la escultura de una mujer mutilada, yacente en una plancha de piedra. Surgió un llanto incontrolable.  Mientras el guía avanzaba y les narraba la historia del lugar, Itala caminaba atrás, con la sensación de reconocer el lugar, cada camino le parecía haberlo recorrido antes. Y hasta inclinarse para levantar unas piedras le pareció familiar.

Al adentrarse en la maleza, junto al rio, el guía señaló a lo alto, lo que ellos suponían era un mirador, invitándolos a subir. Ella se niega a hacerlo alegando cansancio, pero en realidad, estaba siendo presa del miedo. Mientras los demás subieron, Itala se recostó en el pasto. Recuerda haber dormido y soñar que aparecía un hombre mayor ataviado como los antiguos indígenas de ese lugar. Le dijo que era su padre, y expresaba felicidad porque estaba de vuelta en casa. Los gritos de su familia la despertaron y sin comentar nada emprendieron el viaje de regreso.

— ¿Sabes qué recuerdo?

—Dime

—Una voz profunda que gritaba ¡Ki wauatey! ¡Ki wuatey! No tengo idea que significa, pero la recuerdo con total claridad.

Al día siguiente, Manolo le comenta lo que ha investigado sobre el grito que recordaba en sueños.

—Es increíble, Itala; en Tenek la lengua de los huastecos Ki wuatey significa: “Pasen a la siguiente”.

Itala decidió buscar librarse de sus pesadillas y regresar a Tamtoc. Al llegar, siente que el viento la empuja hasta el pie del mirador, descubriendo entre la maleza, el paso hacia un desfiladero.

Sin saber qué la impulsa; replegándose a la pared, avanza paso a paso. El camino parecía estar a la medida de sus pies. Siguió avanzando sin saber a dónde. Sentía que el corazón le estallaba, como el tam tam que escuchaba en sus pesadillas. Al llegar a un hueco cubierto de hierba cavado en la pared, descubre un trono de piedra, que los antiguos habitantes construyeron, para que el monarca contemplara desde ahí la planicie, donde se ejecutaban los sacrificios humanos.

Al sentarse en él, comenzó a escuchar un rumor lejano que se fue convirtiendo en un torrente de gritos ensordecedores. Sintió que su mente se nublaba y sólo percibía una luz a lo alto, que reflejaba el brillo de un puñal alzándose sobre su cabeza.

Itala intenta gritar, levantarse, pero manos rudas la aprisionan. Durante un segundo el puñal se detiene y cae sobre ella atravesándole el corazón. Lo último que percibe mientras caen en un abismo de oscuridad, es la obsidiana que se alza sangrante y la voz del sacerdote que ordena ¡ki wuatey!

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Ana Ayala

 

 

 Ana Ayala. Originaria de Ciudad de México (1969), empresaria y escritora, radica en la Ciudad de Matamoros, Tamaulipas desde hace 25 años. Ha participado activamente en colectivos culturales, talleres y diplomados de creación literaria. Miembro benemérito del taller literario Rabindranath Tagore en Cuba. Su obra ha sido publicada en diversas antologías nacionales e internacionales.

 

 

 

 Estaciones

Llegaste cual primavera, abriendo botones yertos,

libando la miel ajena, tejiendo nidos inciertos.

Cosechaste viejos sueños; semillas que esparció el viento,

vestigios de quimeras que deja el paso del tiempo.

Más el verano llegó y junto a él, partiste, dejando atrás el amor.

Te vestiste de invierno. El frio invadió la morada y no te importaron

los ruegos; solo dejaste falacias nacidas de juramentos.

¿En qué inhóspita ladera enterraste los recuerdos

que enraizaron en la tierra y dieron frutos tan secos?

 

 

 

Otoño

Furtivo llegas y traes contigo al viento,

desplazando al verano y anticipando el invierno.

Es época de nostalgia; de aferrarse a los recuerdos,

de recoger hojas muertas, de árboles sin savia dentro.

Vislumbro ya el ocaso. Ya no está en la rama el nido,

el aire silba en mi alma; dime, ¿cómo te olvido?

 

 

 

Soy mujer

Soy una mujer sin poses moldeada sobre la arena,

con el polvo de los siglos atrapado entre las piernas.

Tiempo que dejo su marca y por el camino rueda,

soy el vientre de la noche y quien criba lo que sueña.

Soy la braza sobre el hielo donde se esconde la culpa,

que convertida en vapor entre la niebla se oculta.

Soy cántaro que se entrega desde que sale del pozo

y a cada gota de vida, el cántaro muere un poco.

Soy el eco de la tierra ¡Soy el canto! ¡Soy el trino!

Soy el olor a madera, fuego que calienta el nido.

Soy mano que firme escribe, pluma que no se cansa,

silencio que dice todo, tinta que destila el alma.

Soy el grito y soy la sangre de la llaga de mis versos

vertidos sobre una hoja de frágiles pliegues densos.

Metáfora que se entierra en la arena de la rima,

luz revuelta de memoria ¡Soy la mujer y la niña!

Entre pecados y rezos soy la que SOY Y SERÉ…

La que perfuma sus miedos mientras desnuda su ser.

 

Lo que no ves…lo que al tacto de tu pupila es fisura.

Es que soy tú y eres yo; porque somos mujer…

¡Solo una!                         

 

 

 

En silencio

Quiero morir en silencio, desnuda sobre la hierba, sentir en mis pies la tierra y el olor a junco seco. Quedarme en la frontera de la noche, entre sus fauces, que se duerma para siempre la mañana en apenas un instante.

Quiero morir en silencio sin los cuchillos del ruido. En la turgencia del rio donde al fondo de un libro yacen mis ojos, como desiertos. Quiero sumergirla en agua, que se disuelva tu imagen y libere mi mirada.

Quiero cruzar el velo de la bestia que es la noche, si la muerte me da vida. ¡Vivir es un derroche! Quiero ventanas abiertas que la aurora me refresque y el viento apague mi vela mientras me besa la frente como lobo solitario que se detiene en la orilla, para sentir en su rostro el silencio, la caricia. Todo será en un momento y nada habrá sido cierto. Vivir después de haber muerto. Y morirme de silencio.

 

 

 

Fragilidad

Estaba aturdida, la falta de comida y agua hacían estragos en su cuerpo y en su mente; el miedo invadía cada poro, cada arteria y hacía eco en cada latido como tambor que anuncia el desenlace final.

Y lloro, lloro sin lágrimas, lloro hacia adentro sintiendo la sal que quemaba sus venas y que traspiraba, arrancando a su paso lo que le parecían pedazos de piel mientras sentía como se erizaba cada centímetro de su cuerpo.

Se arrellanó en la cama contrayéndose en posición fetal, su boca tenía un saber acre, a metal oxidado y sus labios se pegaban por la sed extrema. Se sentía impotente, vulnerable, pisoteada, denigrada…y sola, profundamente sola…y se hundía cada vez más en la inconciencia…

De donde fue arrancada por el estruendo de una patada en la puerta de entrada que estallo en pedazos…el tiempo se detuvo y los segundos pasaron en cámara lenta, las astillas de madera volaron por el aire y apenas alcanzo a incorporarse unos centímetros; su mente trastornada intentaba comprender que sucedía, cuando los vio frente a ella.

El más absoluto terror por tantos días albergado repto de su estómago a su pecho arañando su esófago a su paso y una bocanada de nauseabundo olor que saturo su boca y salió por su nariz, precedió la entrada de los 3 hombres que le apuntaban. Pero no vio sus armas, con las pupilas dilatadas su mirada estaba fija en los ojos simiescos y la sonrisa torcida de quien, ahora sabia, le apodaban “Las chanclas”. Sintió un vértigo estomacal, su onda expansiva se extendió a todo el cuerpo y una fría sensación lacero su pecho…Si, era tal como le recordaba, como tantas noches los dedos descarnados del miedo y el asco le habían dibujado en su mente; con tanta precisión que habían quedado tatuados en sus recuerdos.

Un escurrimiento frio le recorrió la columna y erizo su pelo que podría jurar que se blanqueó en ese mismo momento…le vio avanzar hacia ella y el más absoluto terror le hizo encogerse, achicarse, sus rodillas tocaron su pecho y cerró los ojos con fuerza. Un sonido estridente, como matraca, taladro sus oídos; su vista se nublo …y soltó la orilla de la conciencia dejándose caer en el abismo, el hoyo negro que tragaba todo el miedo y el dolor en la más completa fragilidad y soledad del ser.

Se sintió liviana, incorpórea, girando, girando, negro, profundo…y desapareció…

 

 

 

Cuando cae la noche

Una familia había sido encontrada muerta en el interior de su casa, las cerraduras de la propiedad permanecían intactas, sin rastros de violencia o lucha aparente, y aún se desconocía la causa.

Al llegar la noticia a sus oídos, Camila imaginó lo sucedido. Y tuvo la certeza, de que nunca descubrirían la causa del rictus de terror que, sin duda, presentaban sus rostros.  Sintió un estremecimiento ante la proximidad de la muerte.

Quería permanecer a salvo, pero no podría seguir escapando.  Y por una fracción de segundo, los dedos de su mano izquierda se movieron, como si hilos invisibles tirarán de ellos.  Sin pensarlo siquiera salió volando, en su mente tenía grabada la dirección de la casa; y algo superior a ella, le exigía comprobarlo. Necesitaba pruebas, esta vez le creerían y por primera vez le darían la razón, y tal vez ahora le ayudasen a acabar con todas. Porque no debía quedar ninguna viva, ¡ni una sola!

Las conocía, estuvo en el lugar de donde provenían durante toda una noche.  Presenció escondida, las habilidades para agruparse y su capacidad de camuflaje para evitar ser vistas. Se preparaban para atacar…y recordarlo conmocionaba su cerebro, que, en respuesta, lanzaba descargas eléctricas a recorrer su piel, provocándole escalofríos; para regresar después por el torrente sanguíneo hasta la cabeza, abultando las arterias de la frente.

Las imágenes invadieron su mente…y regreso a aquella tarde en la casa paterna, donde todo inicio. Corría feliz junto a sus hermanos mayores, enarbolando espadas de cartón, con paliacates en la cabeza y un parche que cambiaban de ojo cuando el sudor les daba picazón.

Habían pasado la tarde exterminando invasores y reforzando barricadas, con palos y cubetas; mientras realizaban abordajes a barcos que divisaban, trepados en los árboles…desde donde podía ver de reojo, y cada vez con más miedo; el cobertizo de madera con techo de lámina, causante de muchas noches en vela, tratando de descifrar los extraños ruidos provenientes de sus entrañas, ¡porque siempre supo de donde salían!

El viejo cuarto se encontraba en el corazón, de lo que le parecía una selva circundando el patio trasero de la casa donde vivían; más allá del lavadero con su gran pileta, los rosales y gladiolas de su madre y el piso empedrado que el padre mantenía, limpiando cada domingo, a salvo de los avances de la maleza y sus habitantes. Era el límite permitido y debía traspasarlo…

Llegó la hora, y aún atemorizada estaba lista para la prueba de valentía que le habían impuesto, quería ser parte del “comando especial” creado por sus hermanos. Su misión era simple, pasar la noche sola, encerrada en el viejo cobertizo. Desearía nunca haber ido.

Después de esa noche, siempre intentó prevenirlos, y por ello la tildaron de “enferma” por mucho tiempo; pero ahora que se habían cobrado las primeras víctimas ¡ya quería ver sus caras pidiendo disculpas!

Y seguía ahí, con la obsesión que opacaba el miedo, buscando con una linterna cualquier evidencia, cualquier rastro…Pudo entrar sin problemas y le pareció raro para una casa donde se acababan de cometer asesinatos, pero no le importó.

Continúo revisando minuciosamente…Termino la planta baja y se encontraba en la recamara principal, cuando las escuchó. El sobresalto la hizo soltar la linterna que al caer se desarmó, dejándola a obscuras. El pavor la paralizó, doblando sus rodillas se dejó resbalar replegando la espalda contra la pared, el oído se le agudizó amplificando el sonido.

Permaneció expectante, mirando de un lado a otro, horadando la obscuridad…y las vio, sabía que iba a encontrarlas, pero nunca imaginó a tantas; se dirigían a ella moviéndose al unísono. Instintivamente abrazo las piernas contra su pecho, podía escuchar a su corazón latir con fuerza. Sus ojos enrojecieron a causa de diminutas arterias que reventaron y no pudo evitar el temblor que invadió todo su cuerpo, se acercaban cada vez más…

En alguna parte dentro de sí misma, surgió un grito golpeando su cerebro y desgarrando a su paso las cuerdas bucales.  El alarido provocó que los perros aullarán, los niños soltarán el llanto; y los pájaros alzarán el vuelo en un solo movimiento; opacando al sol y convirtiendo el día en noche por unos minutos…aunque ella no se enteró, ya no estaba ahí, su mente había volado junto a las aves.

Una ráfaga de aire frio partió en dos su espalda, su frente se perló de pequeñas gotas de pegajoso sudor, el temblor se hizo cada vez más intensó hasta convulsionar. Abrió los ojos de golpe y el impacto de la revelación colapso los músculos de su faringe. Las fosas nasales se cerraron cortando el flujo de oxígeno a su cerebro…

En un abrir y cerrar de ojos el pequeño cuarto se llenó de movimiento, médico y enfermeras corrían de un lado a otro acercando aparatos y maniobrando, la pequeña luz roja continuaba encendida, y el sonido que emitía la pantalla cambio de intermitente…a fijo.

El doctor salió al pasillo donde esperaba ansiosamente la familia de Camila, y al ver su semblante, comprendieron.

El coma inducido para aliviar las crisis de la paranoia que padecía desde niña no había tenido el resultado esperado.  El miedo irracional terminó con su vida.

 

 

 

 

 

El secreto

Sucedió una tarde de verano. El sol contagiado de pereza no acababa de retirarse; como cuando no abandonas una aburrida reunión, solo por no querer levantarte de tu asiento.

Igual que todos los jueves, se habían dado cita en la casa de Lolita, quien había preparado café y galletas para convidarles. Y entre mordisco, sorbo, puntada y chisme; ocurrió lo inesperado. 

—Anda tú a saber qué diablos pasó por su cabeza –le dijo esa noche la anfitriona a su nuera, mientras rellenaba de agua el pocillo del café.

Pese a haber repetido ya, varias veces el mismo estribillo; sus ojos no habían perdido el brillo de excitación de quien saborea las palabras, deleitándose al recordar la escena.

—Pues sí, en un segundo y sin decir ni “agua va”, Carito lo confesó… ¡Tengo un amante!— Concluyo Lolita.

Y era cierto, en un santiamén las cabezas incrédulas habían volteado, las bocas se abrieron, las miradas, como imanes, se encontraron; y en el grupo de mujeres que deshilaban las servilletas en la clase de costura, se instaló un silencio embarazoso, tan espeso, que hubiera podido cortarse de tajo.

Doña Juana fue la primera en levantarse y balbuciendo palabras ininteligibles acerca de algo que había olvidado hacer esa mañana, se precipito hacia la puerta; lo que marco como banderín de salida, la rápida despedida y huida de la escena del crimen, de todas las mujeres, dejando a su paso sillas desordenadas; y uno que otro lienzo de tela o carrete de hilo, tirado por entre las patas de los sillones de madera, de la reducida sala.

Solo Lolita se quedó ahí, pasmada… y lo único que atino a decir antes de que saliera la susodicha, deshecha en llanto, fue:

—¡Pero muchacha! ¿En que estabas pensando? —reprochándole con la mirada. 

Acto seguido, se levantó recogiendo la bolsa del hilado que había resbalado de sus piernas y colocándola a un lado, sobre la mesa, caminó hacia el perchero de la entrada, tomó su bolsa y salió, deseosa de compartir el suculento bocado, que aún no acababa de degustar.

La noticia corrió rápidamente rellenando los huecos de la historia; y es que, ahí donde la ven, Carito Mendoza era una mujer respetada y adonde quiera que fuera, era bien recibida.

Pese a tener ya 10 años sola, nunca había dado de que hablar; regresaba siempre a casa antes del obscurecer, llevaba su largo cabello recogido sobre la nuca, usaba vestidos holgados —aunque eso no ocultaba la redondez y firmeza de sus formas— y su único maquillaje era una linda pero recatada sonrisa, que escondía con frecuencia bajando la cara.

Pero a partir de ese día, todo cambio.

Primero fue algo bochornoso pero soportable, las mujeres en la calle en cuanto la veían, desviaban la mirada fingiendo ir distraídas para no saludarla, cuchicheaban entre ellas y proferían ahogadas risitas burlonas. Y los hombres le dedicaban sonrisas maliciosas acompañadas de largas miradas libidinosas que la recorrían de arriba abajo, produciéndole una horrible vergüenza y la sensación de querer esconderse.

Y no es que la gente no supiera de su relación con Don Gregorio, pero una cosa era hacerlo discretamente y otra muy distinta, volverlo público y anunciarlo así ¡a lo descarado!  ¡Los secretos tenían su razón de ser!

Y no, definitivamente por más que se le apreciara, había formas decentes que debían ser respetadas, porque si no, como decía doña Eulalia, ¿adónde íbamos a ir a parar?  Y ella sabía muy bien de que hablaba, porque solo Dios; y doña Chole su vecina, sabían cómo había sido posible sacar adelante “decentemente”, a los 9 hijos que le había dejado su difunto —y bien encomendado a todos los santos— Justino (aunque para hacerlo se hubiera tenido que “desaparecer” muchas noches a la semana en las que la mencionada vecina cuidaba a sus hijos).

Carito, siendo huérfana, siempre se había sentido cobijada por el pueblo y más aún cuando Pedro, su marido, partió para los Estados Unidos, abandonándola. Razón por la que, azotada por los remordimientos, aquella tarde había explotado confesando su pecado, aunque casi al momento de escupir las palabras, se arrepintió por no haber guardado el secreto.

Y es que, lo que había iniciado hacia seis meses como un acto de caridad desinteresada de parte del generoso Don Goyo, treinta años mayor que ella, se convirtió en una “maldición”, cuando él decidió meter mano bajo su falda, poniéndose agresivo ante su negativa; y sometiéndola con rudeza alegando defender los “derechos” que le correspondían.

Carito aprendió en poco tiempo, todo lo que no había aprendido en dos años con su joven esposo y que nadie mencionaba en la clase de costura, “cosas” que llenaban su alma de sentimientos encontrados, confusión y culpa…

Pero cuando después de varias semanas de encierro auto infligido, salió. Y lo único que recibió fueron advertencias de esposas celosas e información completa de lo que decían y pensaban de ella en el pueblo, a través de “inocentes comentarios bien intencionados” escuchados al pasar, y recibió la humillación del padre Mateo, quien, al descubrirla entre sus feligreses, altero su sermón para dirigirle palabras denigrantes respecto al pecado capital de la lujuria; algo dentro de ella, se transformó. Y el agobio de tantos meses, se convirtió en cólera e indignación.

Esa noche se bañó lentamente y por primera vez, se miró al espejo con la cara levantada, como hacía mucho tiempo ya no la tenía, soltó su abundante cabello sobre los hombros y dejo caer la toalla que la cubría, despojándose de su pudor.

Contemplo su cuerpo desnudo, sin sentir vergüenza de su carne y le gusto lo que vio. Observo su boca y cerrando los ojos se relamió los labios recordando…sintiendo el olor y sabor agridulce hacia poco descubierto y que le parecía ahora, impregnado en ella. Abrió los ojos y dirigió la mirada a sus turgentes pechos erguidos, igual que su frente, toco sus obscuros y duros pezones, expectantes…recorrió con sus manos la curvatura de su cintura, la voluptuosa cadera; se giró ligeramente para observar mejor sus redondeados glúteos, sus fuertes y definidos muslos, su abultado pubis… y una oleada de calor recorrió su vientre, haciéndola sentir una involuntaria contracción muscular…

Cuando más tarde, escuchó los característicos golpes de su amante a la puerta, lo recibió desnuda y sonriente. Y más tarde, al despedirse, todo había cambiado. Él bajo los ojos ante ella, sin decir palabra; le entregó el dinero que le había pedido y asintió a su solicitud de hacer correr la voz entre sus amigos, pidiendo como única condición que guardaran absoluto secreto. Con el tiempo, Carito se convirtió en “Doña Carolina Mendoza”, y su nombre se encuentra escrito en la entrada del dispensario y de la biblioteca municipal, como corresponde a los hijos pródigos y bienhechores de toda respetable ciudad.

 

 

 

 

 

 Arturo Martínez

 

 

Arturo Martínez. Guadalajara, Jalisco, 1971. Radica en H. Matamoros desde el año 2000. Ha sido misionero, obrero, vendedor, celador, publicista, catedrático, asesor financiero e inmobiliario, tallerista literario con Jorge Caballero, disfruta cocinar e ir al cine, estar con su familia y en silencio, es psicólogo y prepara su colección de libros. Participa en el Taller de Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 


 

 

Esenio

La presencia de Emmanuel es imponente, las blancas investiduras que cubren el cuerpo recio y flexible del hombre de 30 años anticipan la ceremonia.

—Emmanuel, bienvenido. ¿Cómo te sientes? —pregunta el anciano, mientras le abraza; igual va cubierto con ropa de ceremonia.

—Hoy me retiro y empezaré mi último viaje, Gran Maestro.

—Así sea, todo se ha preparado. Dime ¿cómo te sientes?

—Muy bien. Si ustedes están preparados, iniciaré la obra.

—Estamos preparados y sabemos que a ti ya te esperan —le dice mientras cubre de aceite los pies y manos de Emmanuel—. La virtud acompaña tus palabras y por ellas unos cambiarán, pero por ellas todos seremos juzgados el último día.

Mientras acomoda sus ropas, Emmanuel pregunta:

—Maestro, sabemos que el derramamiento de sangre al final sucederá. ¿Entienden mis hermanos que muchos no aceptarán el nuevo mensaje y que tampoco comprenderán el sacrificio final?

—Es inevitable que así suceda, aun de entre los elegidos algunos se perderán —continúa hablando el anciano—. Para que la ley se cumpla y el testamento nuevo entregue su herencia, es necesaria la muerte del testador.

—Tu vida será exaltada y se enaltecerán tus enseñanzas —mientras clama el anciano, cubre cuidadosamente con un manto hermoso los hombros de Emmanuel.

—Gran Maestro, que mi voluntad sea Su Voluntad.

—Tus santos hermanos y ángeles te acompañaremos, aun cuando no puedan vernos, siempre estaremos contigo; así sea, hasta el último momento.

—Me encontrarán con los enfermos a los que sanaremos —dice Emmanuel y es Él quien ahora unge al anciano—, viviré entre los más pobres y los despreciados, nunca tendré morada fija; quienes me acompañen serán mis amigos y testigos, caminaremos juntos, siempre acechados por sacerdotes y romanos, fanáticos y opresores, artistas de la mentira, muchos.

—Así sea. —le contesta tomando un nuevo aliento—. Hemos visto tu gracia crecer y llevas contigo el ministerio de sanidad. Tus palabras son fruto de la sabiduría y las cubres de poder singular —dice el anciano mientras se ciñe las ropas—. Permitirás que sus oídos te escuchen y sus ojos contemplen sin comprender.

—Revelarás tu destino, primero a los doce que te han mostrado; luego ellos salarán la tierra y con sangre legará el testimonio a todas las naciones.

—Ahora mismo nuestro hermano que clama en el desierto prepara el camino —dice Emmanuel.

—Sí, después de ti, otros más que enviaremos, caminarán juntos. Y acontecerá que tu nuevo nombre les será revelado, y así todo hombre, mujer y niño conocerá tu obra.

—Y quienes acepten la redención, proclamarán con fe la santidad de tu nombre, dando testimonio y frutos dignos de arrepentimiento, para que así recibamos larga y nueva vida a tu lado. —habiendo dicho esto, el anciano cae rendido sobre sus rodillas.

—¡Bendito!, Cordero de los lomos, ¡José! —exclama, mientras lo alza Emmanuel—. ¡Hosanna mi alma!

El Gran Silencio que se extiende hasta hoy, inició en ese instante.

 

 

 

 

 

Anatemas

Fría vida con los cuerpos prestados.

Malditos con prevaricación necia,

solo queda cerrar los párpados.

 

Tontos caminantes en común ausencia,

viendo como el tiempo al cuerpo engaña,

mientras compartimos cruel presencia.

 

Falsos inmortales inician la hazaña,

Viajan libres por sendero franco;

Inteligencias burlando la guadaña.

 

Todos los colores suman blanco,

todos mis pecados suman cero,

mientras veo por cristal opaco.

 

Sin expansión, el colapso es certero.

Ellos contemplan el acto final.

Ausencias vivas, en segundo cero.

 

Del estancamiento celestial,

la materia en desarrollo tardío,

retorna con inercia espacial.

 

Los dioses eliminan con hastío

rastros de la última creación,

copia fiel de su corazón impío.

1010011010 otra simulación.

 

 

 

Visto 1171 veces Modificado por última vez en Miércoles, 29 Enero 2020 21:35
Adán Echeverría

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Investigador Posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC. Doctor en Ciencias Marinas. Columnista en el Periódico impreso El Vigía, y en portal cultural La Piraña (https://piranhamx.club/) Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009), La confusión creciente de la alcantarilla (2011), En espera de la noche (2015), Trapacería y fiesta (2017); los libros de cuentos Fuga de memorias (2006) y Compañeros todos (2015) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

 

 

Nombre: Adán Echeverría

Doctor en Ciencias por el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del IPN.

Posdoctorante en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC

Dirección: Calle Isla San Pedro No 1436, entre Isla Tortuga e Isla San Lorenzo, Fraccionamiento Villas del Roble, C.P. 22842, Ensenada, Baja California

Email: adanizante@yahoo.com.mx romeodianaluz@gmail.com

Tel Cel 646 270 4993

 

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