Novelas por entrega

Novelas por entrega (5)

Novelas por entrega

 

UNA HORA DE ETERNIDAD

 

Matías Mateus

2da Parte

 

 

 

 

Minuto 13

 

Le devuelvo las manos a los bolsillos y continúo mi marcha mirando al piso. Cuando no está el café frente a uno, se hace difícil buscar un tema de conversación. Las hebras del humo son buenas escuchando, hasta que se cansan y desaparecen, pero durante la danza sobre la taza son fieles aliadas.

Los bolsillos son buenos también, aunque no son muy partidarios de la dialéctica. Ellos básicamente contienen con calidez y entusiasmo. Lo arropan a uno con total desinterés; como todas las cosas, eso tiene su lado negativo. El problema de los bolsillos es que no saben decir que no, solo cuando un agujero se forma en el fondo, ahí sí varía el mapa. Salvando ese peñasco, son muy dóciles y eso se torna peligroso. Porque del mismo modo que calientan las manos y brindan contención, sirven para guardar elementos que un hombre con mis características no debería llevar consigo bajo ningún concepto.

 

Minuto 14

 

Al abrir la puerta me choqué con la foto que me saqué con Beatriz el día de nuestro casamiento y la insulté entre dientes, como quien se hace la cruz cuando pasa frente a una iglesia. Prendí la televisión con toda intención de molestarla y fui al baño a darme una ducha.

Qué ganas de darle una patada en el orto y hacerla desaparecer. Aunque prefiero soportarla en casa antes de comprarme un problema, si inicio el trámite de divorcio va a hacer todo lo posible para sacarme lo poco que tengo, como si alguna vez en su mísera vida hubiese contribuido en algo.

Prendí la luz del dormitorio y observé cómo la muy puta finge estar dormida mientras termino de secarme.

Buenas noches, amor —dije y me fui a buscar una cerveza a la heladera.

Subí el volumen de la televisión asegurándome que perturbara su descanso y me recosté sobre el sofá.

 

 

 

Minuto 15

 

 

Gordo cornudo —dije ahogando las palabras en la almohada—. Siempre hace lo mismo. Entra al cuarto y deja las luces prendidas.

Aproveché para ir a la cocina a tomar un vaso con agua y lo vi con su típica y asquerosa pose sobre el sofá.

¿Cómo te fue? —le pregunté como si me importara y seguí caminando.

Serví en el vaso y escuché un sonido gutural que fui incapaz de discernir si se trataba de un insulto, una respuesta decente o qué.

Me quité la bata para volver al dormitorio y con maliciosa intención pasé delante de él exhibiéndole el culo, que a pesar de los años sigue firme y apetitoso. No creo que se le pueda parar al gordo, pero si llega a lograrlo que se haga una paja.

Me encerré en el cuarto riéndome por la maldad y me tiré en la cama llevándome una mano a la entrepierna que empezó a humedecerse al recordar la visita de Santiago.

 

Minuto 16

 

Si tuviera a Ramiro delante, le daría toda la razón con un abrazo incluido.

Esa vieja te va a traer terrible quilombo, Santi. No seas pelotudo.

Ramiro siempre me cantó la justa, no se guardó nada por más que le haya puesto cara de ojete una que otra vez. Pero siempre fue de frente y jamás con mala leche.

No ves que la vieja te usa para que le hagas el service —me reía del modo en que se expresaba. Esa posesión que lo caracterizaba cuando se ponía a hablar en serio me causaba cierta gracia, le quedaban los ojos desorbitados y la cara como un tomate—. Como el gordo no puede, te usa a vos, pero tené mucho cuidado, es un tipo jodido.

Se terminaba calentando él en el lugar de uno, más cuando te reías de las ocurrencias que le saltaban por los poros durante sus aconsejadores discursos.

Dame bola, pelotudo —terminaba diciéndome y me plantaba un cachetazo en la nuca. Siempre me trató como a un hermano menor y la vieja no dudó nunca en agradecérselo. 

 

 

Minuto 17

 

 

¿Ya son las siete de la mañana?, me dije cuando escuché que vibraba el celular sobre la madera de la mesa de luz.

Arrancarme del inconsciente de forma abrupta me hizo confundir el sonido del despertador con el de llamada.

¿Quién será? Abrí un ojo solo ya que me encandilaba la brillante luz de la pantalla del teléfono

¿Olga? —contesté sobresaltado.

Era difícil que una llamada a esa hora trajera buenas nuevas, mucho menos si provenía de la madre de un amigo. El susurro inaudible que provenía del otro lado me impedía entenderla. Es una mujer muy castigada por los achaques de la edad, las obligadas ausencias del marido recrudecían su estado y los permanentes vaivenes anímicos del hijo no colaboraban en absoluto.  

En diez minutos estoy por ahí —dije aún sin entender qué ocurría.

 

 

Minuto 18

 

 

No alcanzaba a ver nada por la ventana. Solo oía el gemido de dolor al otro lado de la pared y algunas sirenas que se acercaban.

Estas puntadas no me dan tregua —dije susurrando.

Afuera el gemido se había apagado y las sirenas sonaban mucho más cerca. Adentro de mi cabeza parecía que un taladro perforaba mi cerebro.

Algunas luces brillaron en la acera de enfrente y tras ellas varias personas empezaron a asomarse en la vereda. Los rostros de desconcierto que distinguía desde mi ventana provocaron una palpitación más aguda en mis sienes. El sonido a metal golpeó más fuerte y con mayor frecuencia.

Olga, Olga ¿Está ahí? —La puerta empezó a sacudirse con algunos golpes—. Olga —volvieron a llamar con insistencia.

Arrastré los pies hasta la puerta y abrí.

 

 

Minuto 19

 

 

¿Dónde se metió esta mina? —volví a revisar los bolsillos y solo encontré el fierro, que a esa altura me estaba quemando las manos.

Tomé un par de pasos de carrera y le di una patada fuerte al pestillo, apenas se movió, intenté con el hombro y nada. Medité la estúpida idea de romper la cerradura con un disparo y la hice a un lado de inmediato.

Tengo que encanutarme ya —dije con desesperación—. No puedo seguir pelotudeando acá afuera.

Arremetí nuevamente con todas mis fuerzas y la puerta cedió. Caminé tropezando con el desorden que había en el living, encendí la luz del dormitorio y encontré los cajones de la cómoda tirados en el suelo.

¡Qué hija de mil putas! —grité y descargué el puño contra una pared—. Esta zorra se voló y me robó toda la guita.

 

 

Minuto 20

 

Abrí los ojos al escuchar pasos acercándose por el corredor. No era la primera vez que me sobresaltaba con el sordo sonido de los pies. La llave giró y el chirrido de la puerta antecedió la entrada de un haz de luz. El olor era inconfundible, era el mismo que me quitaba el sueño y me erizaba de pies a cabeza.

Cayó sobre el colchón intensificando el asfixiante hedor a alcohol, se giró ruidosamente poniéndome una mano sobre el pecho. Procuré minimizar la contractura que me generó el contacto con su asquerosa mano.

Descendió con brusquedad hasta la entrepierna e intentó con torpeza correrme la ropa interior, ladeé el cuerpo con intención de eludirlo y me clavó las uñas, lastimándome las piernas. Volví a moverme para zafar de su presión, que aumentó al sentir la resistencia, inmovilizándome, con la mano libre cayó sobre mi cuello ejerciendo la misma presión.

El metal produjo un agudo sonido al asomarse bajo la almohada.

 

 

 

Minuto 21

 

 

Escupí al piso y noté que sangraba. Me limpié la boca con la manga de la remera y procuré caminar lo más rápido que el dolor me permitía.

Revisé los bolsillos y noté que aún tenía los paquetitos con la guita que había encontrado. Debe estar como loco, pensé, la paliza que recién me dieron se había esfumado de mi mente con la misma velocidad que la recibí. Mi vida en este momento dependía del humor de otra persona y principalmente del tiempo que demore en encontrarme.

Seguramente ya habrá notado que algo extraño pasó en su casa y sospechará indudablemente que fui la responsable.

Me aterraba caminar los últimos metros que me quedaban, un sentimiento persecutorio se apoderó de mí, haciéndome dudar. Quizás estuviese esperándome en la entrada de la casa de mi madre.

Miré hacia todos lados y me acerqué a la puerta procurando no hacer ruido alguno.

 

 

Minuto 22    

 

 

¡Por qué tengo que estar pasando por esto! —grité con impotencia. Le di una trompada a la puerta del baño y me largué a llorar por la rabia contenida.

Es imposible pensar con lucidez, cuando el agobio es tan grande y las posibilidades de encontrarle una vuelta al problema se tornan esquivas.

Tampoco podés hacerte cargo de la culpa —me dijo una amiga.

Sí, tenés razón —contesté sin convicción— ¿Pero, de qué modo me deslindo de esto sin perder el trabajo?

Otra sería la historia si se tratara de un enfermito común y corriente, pero al ser el protegido del directorio, con ínfulas de todo poderoso e incapaz de poner a funcionar el raciocinio, todo se torna más duro.

Me enfrenté al espejo y lo golpeé con fuerza. Mi rostro envuelto en lágrimas quedó surcado por las grietas del cristal quebrado.

 

 

 

Minuto 23

 

Desde la enfermería escuché un estruendo e inmediatamente me dirigí hacia el baño.

¿Patri, estás bien? —grité al verla inmóvil frente al espejo roto.

Tenía las manos llenas de sangre apoyadas sobre la mesada, con su mirada perdida en lo que quedaba del espejo.

Patri, mi amor ¿Qué pasó? —volví a preguntar extrañada por lo que estaba viendo.

Con un dejo de temor, apoyé mis manos sobre sus hombros y lentamente la conduje hacia una pileta limpia.

¿Qué pasó? —dijo Silvia al asomar la cabeza por la puerta.

Anda a preparar las cosas para curarla —le ordené sin mirarla.

Patricia permitía conducirse dócilmente, pero estaba completamente extraviada sin emitir ningún sonido. Comprobé que no tuviese rastros de vidrios en las manos, terminé de curarla y le di un beso en su mejilla empapada por las lágrimas.

 

 

Minuto 24

 

¿Y ahora? Ya estás viejo, Juancito. Me dije buscándome en el retrovisor del auto. Mirá esas canas asomando, no sos ni la sombra de lo que eras hace dos años. No es para menos, jamás estamos preparados para una pérdida así y de forma tan repentina. Pero hay vida por delante y lo único que me queda es seguir, seguir lo mejor posible.

Volví la vista hacia la casa. La luz en la ventana me dio la pista que aún seguía por allí, merodeando la puerta.

No es fácil, Juan, claro que no es fácil. Pero qué pensás hacer. ¿Manejar este tacho hasta que te jubiles y dedicarte a escuchar la radio hasta que venga la huesuda a buscarte?

Aunque nos cueste, aunque nos aterre, es necesario patear el tablero de vez en cuando y sacudir el amodorrado transcurrir. Sino, a santo de qué sigo arriba del taxi, para pagar las cuentas, comer algo a la pasada y sestear cuando no levanto pasaje. 

Le di una palmadita al volante como si fuera un talismán y me bajé con decisión.

 

 

 

 

EL CORREDOR DE LAS NINFAS / novela, tercer entrega /

Adán Echeverría

 

 

 

5.

 

 

"¿Quién?", preguntó Enrique poniéndose detrás de la puerta de su departamento, y cogiendo la pistola como un acto reflejo.

-- Rilma. Vengo por ti para ir a la estación.

-- ¿Qué haces acá tan temprano?,-- preguntó Enrique quitando los cerrojos y abriendo la puerta.

-- El sospechoso ha despertado y tenemos que hablar con él, ya son más de las 10 de la mañana. --Enrique cubría la puerta con su cuerpo. Rilma estaba de pie mirando el hermoso cuerpo de su compañero enfundado únicamente en una toalla blanca. --Estás herido--, miraba cada una de las quemaduras sobre el cuerpo de su compañero.

-- Entra no te quedes en la puerta. Voy a vestirme.

-- ¿Quieres que te lleve al hospital antes?, --pero Enrique ya se estaba exprimiendo un tubo de pasta dental en las quemaduras de los brazos, el rostro, el muslo, y le acercó el tubo a Rilma para que le pusiera la pasta en las quemaduras de la espalda.

-- No tienes que fingir que no te duele.-- Enrique la miró sin ánimo.

-- Gracias. No tienes idea de cómo me ayuda la pasta en este momento.

-- Es un tipo extraño, el sospechoso; --comentó Rilma mientras manejaba.-- Cuando lo encontramos en la camioneta pensamos que estaba muerto, no se movía. Los paramédicos nos dijeron que seguía vivo pero inconsciente. La camioneta esta limpia, no encontraron mas huellas que las suyas.

--¿Ya supieron cuántos muertos hay?

-- Más de 40. Casi todos son jovencitos. El expediente nos espera en la estación.

Enrique nunca volvió a la Ciudad de México. Un amigo se quedó con el departamento que acababa de conseguir y le mandó sus cosas por paquetería. Decidió ingresar al sistema judicial de inmediato. Su físico, tanto como su intelecto y su dedicación le hicieron lograrlo en menos de dos años. Quería estar cerca de la investigación sobre el asesinato de Elena, pero estaba entrampado; el o los asesinos se habían borrado del mapa. El capitán Lorenzo Segura lo recibió al instante en su departamento, los casos rebosaban los archiveros, se dedicaría a "todos los casos relacionados con violencia contra la mujer, violaciones, asesinatos, robos, discusiones domésticas"; fue cuando comenzó a trabajar con Rilma sobre los abusos sexuales que ocurrieran en la ciudad y en el estado. Con dos meses apenas en el departamento, se metieron en la denuncia que hicieron de un profesor al que acusaban de abusar sexualmente de dos preparatorianas, y que inundó la prensa, gracias a una mamá que acudió al periódico en busca de la ayuda que según creía, ni el Instituto ni la policía le estaban brindando.

Fue un caso poco complicado. El profesor no negó ni aceptó los cargos. Sólo una muchacha acudió a las pesquisas; los familiares de la segunda no quisieron seguir con la denuncia, no se presentaron, y no quisieron hablar con la prensa ni con la policía. En cambio, la otra, Patricia Cáceres, si habló con la policía y dijo que estaba enamorada del profesor y que por supuesto que lo visitaba en su casa porque ahí tomaba asesorías para sus materias de la preparatoria. Dijo que él jamás se había propasado con ella, pero que ella insistentemente le mandaba cartas y notitas para meterlo en problemas con su esposa, la directora del plantel, para que su esposa lo dejara.

La madre de Patricia encontró las cartas sexualmente explícitas. Y la joven dijo haber escrito todas las cartas sólo como una fantasía, para que la esposa las encontrara, lo metería en problemas y terminaría por dejarlo. Pero que nada de lo que las cartas decían era cierto. Los estudios físicos en la joven, realizados a petición de la madre, mostraron que no era virgen; pero Audomaro, un muchacho –compañero de la misma preparatoria- que dijo ser su novio confirmó la versión de Patricia, de llevar meses teniendo sexo con la joven. Los padres de ambos se pusieron de acuerdo y reprimieron a los jovencitos, pidiéndoles que llevaran un noviazgo en forma. Pero los chicos ya se habían distanciado, y al no haber indicios de embarazo ni de aborto, los cargos en contra del profesor se desestimaron. Aún así la directora, y esposa del profesor, le pidió la renuncia y el divorcio, y éste accedió sin problema. Llegaron a un acuerdo, se retiró la denuncia, y el profesor y la directora se divorciaron.

--¿Sabes cómo se llama el sospechoso?

--Dime.

--Óscar Garfias.

--¿No es el profesor que habíamos investigado antes, por la denuncia de aquella mujer? ¿Al que luego protegiera la alumna? ¿Se desestimó el caso, verdad?

--Es el mismo. Lo entrevistamos porque la madre dijo a la prensa que había violado a su hija pero no pudimos probarlo porque la chica lo defendió. Sólo le pidieron su renuncia en el Instituto. Pero no sólo eso. Las víctimas, quizá la mayoría, son estudiantes de la misma escuela donde estudiaba aquella chiquilla de secundaria, ¿cómo se llamaba?, Mariana Bojórquez, que entrevistamos cuando desaparecieron tres jovencitos de una banda de delincuentes del sur.

-- O sea que este es el tercer caso en el que se involucran alumnos de ese Instituto.

-- Parece que todas las víctimas del incendio son alumnos de ese lugar.

-- Pero el profesor qué hacía ahí, ¿no que le habían pedido su renuncia?

-- Exacto. Parece que a esta excursión igual venía esa misma chica que conocía a los niños desaparecidos, a los chicos banda. Pero no me creas, hay que cotejar bien todos los datos que tenemos hasta ahora. Y no sólo eso, la excursión en la Hacienda Tabi, era organizada por el mismo plantel. Y eso no es todo, no aparecen ni la directora, ni cuatro chicas que eran estudiantes y…

-- No me digas… Una de las chicas es la misma Patricia Cáceres. ¿Acaso esta Patricia es la misma Jill Inked?

-- ¿Jill Inked?

-- La que mencionaran tanto Patricia Cáceres. ¿Recuerdas que había otra chica involucrada? Al menos que fuera solo una. Que siempre se haya tratado de solo una. Jill Inked puede ser cualquiera.

-- Cierto, eran dos las chicas que supuestamente habían sido abusadas por el profesor.

-- Pues la Mariana Bojórquez había mencionado también a Jill Inked. Hay que revisar su declaración. Pidió que se le llamara. Y vino una chica, en uniforme escolar, y con lentes de sol –jamás la voy a olvidar- acompañada de una mujer adulta que pagó la fianza de la chamaca. Ya que sólo se le había detenido porque se le vio brincar hacia dentro de una propiedad, justo cerca de la casa de uno de los chicos que habían desaparecido. Pero no teníamos de qué más acusarla. ¿Entonces la tal Mariana Bojórquez, se cuenta entre las víctimas del incendio?

-- No lo sé. Hay que identificar a esa Jill Inked y ver por dónde nos lleva. Pero espérate. Ahora mismo están entrevistando a los padres de todos los estudiantes. En total hay 45 cadáveres entre 13 y 17 años. 35 niñas y 10 muchachos. Más los cinco desaparecidos. En la camioneta del sospechoso se encontraron palas y picos, y él tenía la ropa y las uñas llenas de tierra. Pero no había más huellas. Se encontró igual el cadáver de una mujer adulta. Quizá sea la esposa del profesor, la ex esposa, la que era directora.

-- Pensaba enterrarlas. Pero a ver, dime, un día se le antojó matar a 50 personas todas juntas ¿y nadie se iba a dar cuenta? Entonces por qué enterrar a cinco. ¿Por qué desaparecer el cadáver de tan solo cinco personas?

-- No lo sé. Él no presentó quemaduras de ningún tipo. La camioneta está a su nombre. La compró con el dinero que le dieron al liquidarlo del Instituto.

--A ver, a ver, Rilma, no saquemos conclusiones apresuradas. No sabemos qué es lo que está pasando. Necesitamos citar a los padres, a los maestros, a los vecinos. Por lo pronto tenemos que volver a hablar con él. Esto es lo que creo, y si tú tienes otra idea dímela, para continuar armando la investigación. Al tipo lo deja la esposa, que es al mismo tiempo la directora del plantel, de donde lo corren. Lo dejan como hombre, lo arruinan como profesor. Porque la prensa lo había acusado de "violador de sus alumnas".

-- Al menos de acosador. Pero la prensa igual dijo que se desestimaron las pruebas.

-- Pero la duda ya está sembrada. El tipo no puede conseguir trabajo, y su vida se ha arruinado. Ahí tienes el móvil. Se entera del campamento y va a matar a su ex esposa, prende fuego –por eso no tiene quemaduras- pero se le sale de control porque estamos en secas, y todo coge fuego demasiado rápido, por lo que termina matándolos a todos.

-- Es muy probable. Te ves terrible, ¿en verdad que no quieres ir al doctor?

-- Bueno ya veré a la doctora de la estación. No es nada grave, son quemaduras leves.

-- Pues se ven terribles... ¿Pero, qué tiene que ver entonces la chica aquella… Jill Inked?

-- Aún no lo sabemos. Solo su nombre ha salido en dos casos distintos. Por ahora tenemos a un profesor, al que investigamos por segunda vez. Tenemos igual cuatro nombres, bueno tres nombres y un alias: Patricia Cáceres, Mariana Bojórquez –que sabemos que estudian en ese colegio-, tenemos a la directora ¿cuál es su nombre..?

-- Me parece que se llamaba Luisa… Luisa Sebastián, o algo por el estilo.

-- Y a este profesor que atrapamos huyendo de la escena del crimen. Creo que tenemos suficiente material para que cualquier juez nos de "bateo libre" para interrogar a todos los personajes… Ah… y el alias… la tal Jill Inked.

Antes de entrar a hablar con el sospechoso, Enrique se asomó al cuarto del video, y se percató de que dos cámaras se encontraban filmando la sala del interrogatorio, y miró al profesor Óscar Garfias, sentado, erguido, la espalda derecha, y mirando fijo hacia la puerta. Desde que lo metieron ahí se había portado por demás silencioso. Le estaban sirviendo un café y cigarrillos. Llevaba tres horas aislado en aquella habitación. Enrique y Rilma repasaron la evidencia que les habían entregado. El informe del departamento de bomberos. Al parecer el incendio se desató a las 4.45 de la mañana.

Había dos fogatas en la parte exterior del complejo de las cabañas. La hacienda de Tabi se había vuelto un parador turístico, y así como se había remodelado el casco de la hacienda para servir de hotel, de la misma forma se habían construido un pequeño complejo de cabañas. Cada cabaña podía albergar hasta 10 personas. Se contaba con tres literas y cuatro hamacas por cabaña. Las cuatro cabañas tenían un pequeño recibidor y formaban un pequeño cuadrado con un patio interior, donde se había dejado espacio para una plaza de desafíos, que había sido habilitado para levantar una tercera fogata, la mayor de las tres. La que les sirviera para el entretenimiento y no para cocinar.

Las personas se fueron a dormir, y el viento que sopló en la madrugada parece haber levantado pequeñas brasas hacia la paja de las cabañas. Eso aunado a la yesca que había en la plaza de desafíos, tanto como las hojas secas del suelo y la vegetación que había alrededor, hicieron prender las cabañas de manera inmediata. Las cabañas poseen dos puertas, una hacia el exterior y otra hacia el patio interior. Pero por meter más personas a cada cabaña, habían tapado las puertas exteriores de las cabañas acostándose en el suelo, o pegando las literas a las puertas o atravesando las hamacas, por lo que las puertas exteriores estaban todas cerradas, bloqueando las salidas.

Sólo dos adultos se encontraron muertos. Uno era una mujer joven, y el otro era un hombre que al parecer cuidaba la hacienda. Hasta acá todo parece indicar que se trató de un fatal accidente, sin embargo, en todas las cabañas los cadáveres se encontraron desnudos. En lo que se pudo rescatar de algunos cadáveres que no se carbonizaron, se pudo notar rastros vaginas, rectos y el interior de bocas, resequedades de semen. El fuego destruyó la mayor parte de la evidencia, pero esas pequeñas pistas encontradas en jóvenes de distintas cabañas y en distintos sexos, hace tomar las precauciones de los accidentes. Eran jóvenes relacionados a actos sexuales, eran jóvenes menores de edad, más de cuarenta, y sólo dos adultos, que terminaron muertos.

El profesor Óscar Garfias fue encontrado cerca de la escena del crimen, en una camioneta. El detective Enrique García dio aviso de una posible fuga al escuchar el ruido del motor que intentaba escapar, y luego se le encontró desmayado en una camioneta que chocó contra un árbol. Sin embargo existen indicios que permiten creer que el hombre se encontraba inconsciente mucho antes de que el incendio sucediera.

-- No comprendo. Qué quiere decir esto de que llevaba más tiempo desmayado.

-- Lo es. El incendio ocurrió a las 4 de la mañana, y según los rastros encontrados en la camioneta el choque pudo ocurrir desde las ocho de la noche. Hay hojas, insectos, picaduras en el cuerpo del sospechoso que parece indicar que llevaba horas desmayado.

-- Eso es imposible, Rilma, yo escuché la camioneta salir huyendo. La vi incluso y quise correr tras ella. ¿Crees que no sé lo que vi?

-- Te estoy leyendo lo que dicen los reportes y la evidencia. El sospecho demostró en su análisis de sangre y orina, todo un coctel de químicos que parece un milagro que esté vivo. Despertó hace unas horas, muy confundido y silencioso. No ha hablado con nadie.

-- Eso tiraría por la borda la teoría de que el incendió las cabañas.

-- Eso parece.


 

 

 

6.

 

 

-- Claro que no, jamás... No estoy en busca de nuevas relaciones, sino de nuevas emociones... ¡entiéndase!-- Les gritó Jill, mientras caminaba en la plaza de desafíos, dejando que toda su belleza irradiara ese mágico brillo de placer sobre el rostro de los jovencitos. La noche no quería terminar, y el aroma que manaba de las plantas de alrededor del casco de la hacienda cubría los cuerpos, aún, llenos de besos, llenos de sangre, llenos de fluidos. Las Dead Planters corrieron tras ellas, dejando que sus tetitas rebotaran en su cuerpo con la pequeña carrera que hicieron. La orgía había entrado en un receso. La juventud y la inexperiencia hacía presa de los pequeños y delgados cuerpos que rodaban por el pasto. Jill se paró justo antes de entrar a su cabaña. Gogo Flux le puso la capa roja de nuevo sobre la espalda, mientras que Irly Salpe se ponía en cuatro patas, para que Violeta Sookie se subiera en su espalda y coronara de nuevo a Jill, ante la risa y el grito de todos los presentes. Gogo se paró delante de todos.

-- ¡¡Viva nuestra reina!! Viva nuestra querida Jill. Diosa del sexo, del amor, de la rebeldía. Es Jill la que nos ha regalado esta noche. Esta noche toda carne. Esta noche toda fiesta. Una noche lejos de los padres. Una noche lejos de todo aquello que nos ha causado represión. ¡¡¡Viva Jill!!

Y la multitud clamaba enardecida: Salve Valve Vulva Inculda. Salve Valve Vulva Iculda. Salve Valve Vulva Aguida. Y Jill se paraba encima de la espalda de Irly Salpe, y elevaba al cielo El Cetro del Amor que se había construido, y que representaba –como bien lo había dejado claro en el cuerpo de aquel pobre velador- representaba la Furia de la Juventud que sabía castigar la opresión.

Dentro de la cabaña, Luisa escuchaba los gritos, mientras dejaba que dos jovencitas de catorce años siguieran lamiéndole la vulva. Ella sabía que la soledad es el espejo en el que nadie quiere mirarse. Y detenida dentro del sexo, sabía muy bien que su destino se había esclarecido desde que sintió los labios de aquella pequeña desgarbada Victoria Lamas, antes de que se convirtiera en la reina Jill Inked, antes de que asumiera su destino.

Porque el destino de cada quien es único pero se deja influenciar e influencía el destino de los que te rodean. Ese donde uno se mira y puede buscar en cada gesto, en cada arruga, los retazos de recuerdos que le irán armando la experiencia. Luego del divorcio, Óscar Garfias se mudó y se llevó con ello su soledad y la esperanza de poder olvidarse un poco de lo que había vivido los últimos cinco meses. Desde que la hermosa Jill Inked había ingresado al Instituto el huracán de su presencia se había desatado. ¿Dónde aquellas palabras de amor entre Luisa y él? La tienen hipnotizada. La mantienen drogada. Ni siquiera quiso mirarme de frente cuando me hizo firmar la renuncia, y tampoco quiso verme cuando comenzamos las pesquisas del divorcio. Ellas siempre están con ella. Van en su carro las cuatro, con mi Luisa. Necesito hablar con ella, ponerme de acuerdo. La soledad es un ave extraña, come de a poco, y nunca se sacia.

-- Estoy calmado, capitán.

-- Bien, porque te necesito en este caso hasta el final. Tienes que ser inteligente para que podamos obtener lo que necesitamos.

-- Se muy bien quienes son las chicas que no aparecen.

-- Entonces usted acepta que ellas estuvieron también en la hacienda.

-- Se lo estoy diciendo detective, se que ellas estuvieron allá, se de lo que son capaces y sé muy bien dónde pueden estar ahora.

-- ¿Dónde? Díganos, sus padres están esperando noticias de sus hijos, quieren saber qué ocurrió. Nuestros forenses tienen un maldito rompecabezas que armar con tantos fragmentos de cuerpos.

-- Son tres niñas de preparatoria y una chica de la secundaria. Dos tienen 16 años, una de 15 y la otra de 13 años. Jill Inked, Gogo Flux, Irly Salpe y Violeta Sookie.

-- A ellas se refiere. ¿Así las nombra?

-- Ese es su nombre de batalla. Tiene que creerme. Darse cuenta de lo que está ocurriendo. Se tratan de Irma Suelí, Irlanda Escobedo, Mariana Bojórquez, y Victoria Lamas. Mire bien: Irma es Gogo Flux, la encargada de contactar a los clientes. Irlanda es Irly una de las guarda espaldas, es muy violenta. La más fogosa es Gogo Flux la de 15 años; Mariana Bojórquez es la chica de 13 años, hace todo lo que Jill le dice, jamás desobedece, es Violeta Sookie, y Jill, oh dios, Jill, ella es un íncubo, se llama Victoria Lamas, es una pequeña rubia bipolar diagnosticada, de dieciséis años, que ha dejado atrás todo respeto por las autoridades. Tiene tatuadas en el bajo vientre dos libélulas en pleno vuelo, y en la espina dorsal se ha tatuado una espada Excalibur, como señal de su unión, son un solo ente con cuatro cabezas. Jill es una muchacha traicionera, calculadora. No puedo negar que a mi mismo me aterra. Debí advertir a Luisa cuando Jill comenzó a actuar por su cuenta. Debimos haber desbaratado el club, pero maldita sea, se que no soy un santo, por eso aceptaré toda la culpa que quieran imponerme. Ellas tienen a mi esposa.

-- Tu esposa está acá, con nosotros, en la morgue; te hemos mostrado la foto de su cadáver.

- No es ella. ¡Lléveme a verla! Revisen la escuela, los archivos, revisen mi casa, la casa de mi ex esposa, busquen detalles, o simple, déjenme identificarla. Jill no pudo haberla matado.

-- De qué hablas, profesor. Es a ti a quien estamos por acusar del asesinato de tu esposa, y de cuatro decenas de estudiantes.

-- Ustedes no entienden. Yo fui a la Hacienda Tabi a rescatar a mi esposa. Si soy culpable de algo es de intentar matar a cuatro jóvenes menores de edad. Eso era lo que intentaba. Me descubrieron. Intenté huir y choqué. Ustedes me tienen desde que desperté.

Apenas a los dos meses de conocernos. Nos casamos. No invitamos a nadie, le pedimos a cuatro desconocidos que firmaran como nuestros testigos y nos casamos al salir del turno de la mañana. Cogimos como locos, siempre cogíamos con tal desenfreno, y luego del delicioso bañó abrazaditos, nos regresamos a la preparatoria a cubrir el turno de la tarde.

-- Pero de quiénes habla profesor, quienes son los que siguen huyendo. Hay muchas cosas que aún no entiendo. Tabi es una reserva, cómo llegaron a ella.

-- Pero detective, ¿quiénes cree que son aquellos clientes a los que servíamos en el club?

-- Capitán, esto no tiene pies ni cabeza.

-- Pues tiene que hallarlos detective, hay 45 menores de edad muertos y calcinados, y tengo que entregar a un asesino. ¿Él sospechoso ha dejado entrever que gente pegada al gobierno ha sido partícipe y quizá comience a decirnos nombres que ensucien a muchas personas del gobierno? A dios gracias, detective, es una mujer la gobernadora, quien me ha llamado personalmente para que sea ella a la única a la que se le informe de los pormenores del caso. Así que sólo usted Rilma, Enrique y yo tenemos acceso al sospechoso. Si alguien tiene que caer, pues que caiga, la gobernadora no arruinará su nombre y el del partido por proteger a unos pederastas imbéciles que salgan salpicados por lo que acá ha ocurrido.

-- No tiene tintes políticos, capitán. Eso créame que pude descartarlos.

-- Ya le estás creyendo, Enrique.

-- No se trata de creerle o no. Necesitamos que los forenses cotejen listados, con padres, con fragmentos de ropas, con…

-- Acá tengo otra pista más. Viene de los forenses… Mira… si había otro grupo de huellas de neumáticos.

-- Era una reserva que funcionaba como hotel, en el campo; claro que habrá mayor número de huellas de llantas.

-- Pero si tomas en cuenta lo que dijo el sospechoso, y lo que concluye el peritaje; parece que era otra la camioneta que escuchaste escapar, y no la camioneta que encontramos. Mandaré personal a entrevistar personas de la región, veremos si en el horario que atrapamos al sospechoso, alguien vio salir otra camioneta por las carreteras aledañas. El juego de llantas, va del casco de la hacienda, hacia entroncar con la carretera a Ticul.

-- ¿Y qué me puedes contar de Patricia Cáceres?

Qué tan mal están los pensamientos dentro de uno, que al despertar continúa furioso... Nadie debe despertar enojado. Lo importante en la vida es darse cuenta que al despertar se tiene una nueva oportunidad de mirar la vida, uno despierta y esa primera bocanada de aire debe decirte: carajo sigo vivo... qué suerte, y esa es la felicidad, saberse vivo... uno debe transcurrir el día para que esa felicidad dure hasta que llegue la hora de volver a dormirse en la noche, entonces sabrá que ha vivido bien... despertar enojado es no darse cuenta que se está vivo. Despertarse enojado es pensarse muerto. Pero no había otra forma de ver las cosas. Los intentos por recuperar a Luisa, después del divorcio habían sido en vano. Las cartas de Patricia habían sido una broma. Las cosas se salieron del control, Y Luis enloqueció cuando el buen nombre del colegio apareció dentro de un escándalo en la prensa.

-- ¿Cómo puede ser mi culpa? Yo siempre he hecho lo que tú me pides que haga. Pero desde que empezaste por hacerle más caso a Victoria que a mí las cosas no tienen llenadera. Lo sabes bien, ella controla ya todo. Las cosas se han salido de control Luisa, pero yo te sigo queriendo.

-- Esa es la diferencia, querido; Jill y yo nos amamos.

-- Victoria, dile Victoria; deja eso de Jill para las chamacas como ella. Tienes 38 años, no puedes estar jugando a las locuras de estas chamacas. Jamás serás parte de esa locura en la que andan.

-- La locura ha sido de los tres, pendejo, no te salgas más de cuentos. Si no hubiéramos hablado con el Audomaro para que dijera lo de ser amante de la Patricia, hoy estarías en la cárcel, por violador de menores.

-- ¿De qué me acusas? Los dos estamos en esto. He hecho muchas cosas para darte gusto.

Rilma miraba al profesor Oscar Garfias respirar profundo mientras iba desperdigando las palabras de la historia sobre la grabadora portátil, mientras era filmado por las cámaras de video.

-- Lo supe al mirarla de frente. Al tenerla cerca de mi, sin la continua presencia de Jill Inked. Luisa me quiere, está protegiéndome, está con ellas porque las quiere como hijas y no quiere que les pase nada. La avalancha ya no puede detenerse, Luisa tiene que entenderlo. Yo fui a buscarla justo para eso. Cuando llegué escondí la camioneta cerca de donde me encontraron. Era una fiesta sexual, pero no involucraba adultos. Era como una ordenación. Las Dead Planters empezaron a endiosar al íncubo de Jill Inked,. Victoria Lamas.

Victoria llegó al colegio a medio curso, para enero. Venía expulsada de un colegio de mucho dinero.


 

 

EL CORREDOR DE LAS NINFAS / novela segunda entrega /

Adán Echeverría

 

 

Enrique había llegado a la hacienda cuando las llamas ardían y se elevaban iluminando la poderosa oscuridad de esa noche sin luna. Quiso acercarse al escuchar algunos lacerantes gritos de desesperación a manera de aullidos pero le fue imposible. La temperatura le abrasaba la carne. Ni siquiera podía mantener la mirada hacia el incendio; el olor a carne y cabello quemado inundaba el ambiente, metiéndose en sus fosas nasales provocándole el vómito, que quiso impedir sin lograrlo. Luego de vomitar copiosamente, por radio logró comunicarse con su compañera la detective Rilma y el contingente que esperaba en la carretera estatal. El ruido al encender una camioneta lo arrancó del dolor que sentía con el estruendo del incendio y la parvada de gritos que llegaban hasta él.

Alguien escapa, cambio, me copian, cambio, alguien huye en una camioneta negra, cambio. Alguien escapa, no lo dejen ir…. Quiso correr, pero la explosión de algunas ramas, y la caída del techo de una de las cuatro cabañas, lo hizo arrojarse al suelo por el temor de ser alcanzando por alguna lengua de fuego. ¿Qué pasó con los bomberos, insistan, esto es un infierno? La camioneta se ha ido por la brecha, no puedo alcanzarla, tienen que cerrarle el paso. El quemón de las llantas traseras en el polvo de la brecha llegó hasta sus oídos. No los dejen escapar. Cambio. Necesito que vengan a ayudarme. Las cuatro cabañas están ardiendo, y hay personas ahí dentro. Escucho sus gritos, pero no puedo acercarme, el calor es demasiado, detengan la camioneta, necesito entrar. Intentaré entrar al edificio.

-- No te muevas Enrique, es una orden. No te muevas y no intentes ninguna locura. Los bomberos están en camino. Ya vimos la camioneta y estamos yendo hacia ella. No escaparán.

-- Están quemándose vivos. Tengo que entrar...

La desesperación de Enrique García continuaba agitándole los músculos, pero la elevada temperatura lo hacía mantenerse a distancia. Los ojos le ardían, el humo no le permitía respirar. Se tiró al suelo boja abajo en busca de un poco de oxígeno y se arrastró alejándose. El humo negro se le metía a los pulmones. Volvió a vomitar en busca de un poco de aire limpio, y de limpiar los pulmones. Sintió pánico, terror, odio, todo combinado y con el siguiente estruendo, logró ponerse en pie y correr a refugiarse bajo la sombra de un inmenso roble que se encontraba a poco más de quince metros.

El calor lo persiguió hasta ahí. El crepitar de las ramas, de la paja, de las maderas de las cabañas que iban cediendo, y aquellos gritos que comenzaron a apagarse poco a poco, Enrique permanecía echo un ovillo detrás del árbol, apretando los dientes (es probable que antes mueran de terror que por ahogamiento, que mueran de dolor que por las quemaduras), llorando de rabia, apretando los dientes en un alarido interno por el dolor de escuchar esas voces desquiciadas que se desgarraban por el aire para llegar hasta a él, sabiéndose impotente. Tomó aire y valor, y corrió de nuevo hacia el incendio. Entró sobre las lenguas del fuego y otra explosión ocurrió al caer el techo y las paredes de otra de las cabañas, cuyos fragmentos encendidos brincaron hacia la humanidad de Enrique quien se detuvo, y pudo retroceder.

Horas después, en su casa, Enrique García bajo la regadera estaba castigando a su cuerpo con las gotas de agua fría que caían sobre las quemaduras que presentaba en la piel. Apretaba los dientes para no gritar. La soledad de su departamento hubiera amortiguado sus quejas, pero poco necesitaba para dominar su ira, y los gritos no eran su estilo. Mordía el jabón de pastilla para poder adherirse a la calma. Con los nervios aún a tope, comenzó a repasar sus propios movimientos dentro de ese infierno del que apenas había salivo vivo. Tenía quemaduras en la cara, la espalda, ambos brazos y el muslo derecho como resultado de una viga de madera incendiada que cayó cerca, cuando Enrique intentaba entrar, y que golpeando en el piso pringó briznas encendidas justo en el muslo y lo aventó hacia fuera de las cabañas, pero el solo contacto había hecho encender la tela de su pantalón quemándolo.

El agua le lastimaba las heridas, pero la furia en todos los músculos de su cuerpo no cedía. Comenzó a golpear el cancel del baño hasta que lo despedazó. Una herida se le hizo en el antebrazo con los filos del cancel roto. Se sentó en la tapa de la tasa del baño y quiso respirar profundo. Desde hacía más de cuatro años le era imposible llorar.

Recién entraba a la maestría en ciencias en el Distrito Federal, que le había costado tanto esfuerzo, horas de estudio, vivía ilusionado pensando que en dos años cuando regresara a Mérida, podría obtener un buen empleo y por fin casarse con Elena, su novia desde hacia tres años, y mientras tomaba una de sus primeras clases le llamaron al móvil para decirle que su prometida había desaparecido al salir del trabajo. Era su hermano Rafael al otro lado de la línea, al otro lado de esa imagen nublada que destruyó de un solo golpe todos sus sueños. Dónde se destapaba la burla para sus ideas de ser un profesional si el dolor era como un ser oscuro que había viajado por la línea del teléfono atravesándole el oído.

-- Elena no aparece por ningún lado, salió del trabajo y no llegó a su casa.

El ser oscuro había viajado hasta su mente, apagando todo sueño, toda idea, y esa misma oscuridad tomó forma en la materia de los sueños desechos e inundó su mente, sumiéndola en la penumbra, haciendo que solo una luz se formara como un punto que parecía muy lejano, y que quizá tendría que correr para alcanzarlo, porque el punto se reducía, se reducía o se alejaba. Abrió los ojos al máximo. "No aparece por ningún lado."

Sintió que entraba a un túnel y que tomaba gran velocidad, que viajaba por esas oscuridades hasta alcanzar el punto de luz que al principio se veía tan lejano, y pudo atravesarlo. Pudo levantarse del asiento del salón donde se encontraba, salir del aula y caminar hacia el pasillo de la facultad, y pudo verlo, el ser oscuro estaba detenido sobre su hombro, al final de corredor, riendo con su risa color malva. Sonó el timbre que medía el tiempo para el horario de las materias. Los jóvenes universitarios salían, junto con los profesores, hacia los pasillos; eran enjambres humanos que marcaban en los colores de las ropas, los cabellos, y lo inundaban todo con aquel zumbido de sus frases, y oraciones que se decían unos a los otros, las unas a las otras, ahí, dentro de ese corredor, pensaba en Elena, mientras miraba a su Elena en cada joven mujer espigada, ahí estaba riendo, ahí hablando por el móvil, aquella otra Elena que caminaba tomada de la mano por los corredores, esos corredores tan llenos de ninfas dispuestas a la fantasía, radiantes de alegría, desbordantes de sensualidad, con la coloración de cada frase, de cada parpadeo. Ninfas por todos lados, Enrique detenido en medio del corredor, con el móvil en la mano, las miraba pasar a su alrededor, las olía, las podía escuchar, y sentir cuando golpeaban con su cuerpo, él se había vuelto un obstáculo, sembrado ahí, en ese corredor, con el móvil en la mano. Estiraba uno de sus dedos y apuntaba hacia adelante, hacia detrás de las montañas, hacia detrás del horizonte. ¡Igual tú eres un perdedor! ¡Es hora de abandonarlo todo, pedazo de idiota! Le escupía la oscuridad, se dejaba apuntar, y se apuntaba al mismo tiempo. Reacciona. Reacciona. Elena está viva, Elena te espera. Tienes que ir por ella.

-- Tengo que colgar, Enrique, porque voy a llevar a mamá a casa de Elena para saber de qué se trata, --y Rafael le colgó, dejando que su voz se perdiera en las ondas que viajan por el aire.--  Mamá está desesperada por ti.

Un destello violeta paralizó el cerebro de Enrique. Estar a dos mil kilómetros de distancia y que te digan al oído una noticia de este talante tiene que hacer estallar algo en la mente, en la garganta, en las cuencas oculares, en los lacrimales, en el estómago, en los intestinos, en los músculos de las piernas, en los muslos; debía sentir algo corriendo por su piel, pero todo era agua, una agua clarísima que iba agitándose como un oleaje bravísimo que estallaba sobre una acantilado, haciendo que el cuerpo de Enrique se balanceara sin sentido mientras caminaba rumbo a la salida de la facultad. Pero se miró inmóvil en uno de los tantos jardines de la universidad, a un lado de aquellos corredores. Los demás habían llegado a su destino, y entraban a las aulas para el inicio de una nueva clase. Enrique se miró frente a la torre de rectoría, carajo, carajo, a dónde carajo estoy yendo, y el agua le empujaba, y brincaba chispeando su frente, el ser oscuro había desaparecido con los rayos del sol que se filtraban apenas entre las nubosidades de una gris mañana.

La noticia había calado. No había sido una llamada amable para contarte que tu hermano ha conseguido trabajo, ni que le hicieron reparaciones a la casa de mamá. La noticia era un maldito cuervo, un lémur balanceándose por la corteza cerebral. Ahí picaba y picaba. Estaba de nuevo inmóvil en medio del estacionamiento. Tengo que despertar, se dijo, desde cuándo duermo, desde niño, desde que era el feto en el vientre de mi madre. Y el rostro de Elena brincaba por todas partes, manchándole el recuerdo. ¿Y si no volvía  a verla? ¿Y si la lastimaban? ¿Cómo la estaría pasando en ese momento? ¿Desde cuándo estoy dormido? Desde que soy un feto en el vientre de mi madre. Uno huye de casa, uno escapa del hogar para fundar su propia vida y dios escupe sobre nuestros ojos. ¿Desde cuándo duermo? Desde que Rafael se había herido el pie cuando saltamos la reja en el complejo Benito Juárez para poder bañarnos en la piscina. Aquel Rafael, siempre apresurado, de tan poca reflexión, y lleno de ímpetu, brincándose la reja antes que todos, y caer justo encima de ese fondo de botella que le abrió como una boca sangrienta el calcañal. ¿Desde cuándo estamos despiertos? ¿Para qué? Este mi hermanito que había que internar cuando el asma parecía un monstruo que le atrapaba los pulmones; ¿desde cuándo había que despertar, desde cuándo duermo? Mamá por favor, que no quiero que me aprietes el corbatín, la verdad es que no quiero ir vestido así a la ceremonia, lo detesto, odio esas fiestas. Sólo estarás vestido así unas horas, ya estuvo bueno que todo sea tu ropa deportiva, ni modo que vayas de futbolista a tu graduación, te ves bien guapo, había dicho mamá, y Rafa, mi hermano Rafael, ahí riéndose de mí, mientras me toma las fotografías.

-- ¿Cómo se llama tu pareja?

-- Irene, mamá, ya te había dicho.

-- Se va a molestar Janette,-- gritaba Rafael haciendo burla a su hermano.

-- Mamá no me aprietes la corbata, por favor, ah, estoy harto, y tú, deja de tomar tanta foto, por favor.

-- Exageras, una más, con tu carita de niño bueno.

-- Vas a ver chamaco apenas te alcance.

¿Desde cuándo había que despertar? ¿Para qué estamos despiertos? Este sueño es una vida hecha de recuerdos.

-- Me puedo sentar.

-- Claro, disculpa, es que estaba entretenido. Tengo examen en la última hora.

-- ¿Y este libro?

-- Es una novelita que leo mientras viajo en camión, ya sabes, la facultad está tan lejos del centro que uno aprovecha para leer.

-- Hubieras leído mejor lo que vas a presentar. ¿Examen de qué presentas?

-- Anatomía comparada, es ya uno de los exámenes finales. Si logro exentarla alcanzaré el promedio que necesito. Esta es la última materia, así que por eso estoy acá leyendo para relajarme, lo estudiado ya quedó. Es para descansar.

-- Descansar con Sabato. No lo creo.

-- ¿Te gusta Sabato?

-- Sí. Pero Abbadón es la más complicada de sus novelas, ¿no crees?; yo prefiero El túnel.

-- ¿Si?, a mi me gusta más Sobre héroes y tumbas.

¿Desde cuándo habría que despertar? El tiempo solo es un cántaro sin fondo donde van cayendo los recuerdos, perdiéndose para siempre, guardándose para la calamidad. Recordar es atarse al pasado. Es continuar mendigando volver, y hacer las cosas de forma diferente.

-- Terminé con él, quiero que lo sepas.

-- Tu novio me va a matar.

-- No le dije que salía ya contigo. ¿Crees en el destino?

La pálida luz cae sobre Enrique que sigue en el estacionamiento. Tengo que concentrarme carajo, tengo que salir adelante. Elena. No puede ser. "Elena no aparece por ningún lado".

-- Elena Irabién.

-- Elena, fue un enorme gusto. No te había visto por acá.

-- Vine a ver a mi novio; yo estudio en Letras.

-- Hasta el otro lado de la ciudad. Vas a ir a la fiesta, supongo.

-- Por eso ando por acá.

-- Bueno, Elena, cuídate.

-- Tú igual, suerte en tu examen, y que disfrutes tu novela.

Enrique abandona la cafetería, tiene que despertar y continuar los pasos para enfrentarse a la oscuridad. Vuelve los pasos hacia el aula, se ha dejado la mochila al salir a contestar el móvil. "No aparece por ningún lado".

-- Serán sólo dos años, amor. ¿Crees en el destino?

-- Serán sólo dos años, y al regresar nos casaremos. Trataré de ahorrar.

-- No te preocupes, no te andes pasando hambres. Disfruta esta etapa; nuestra relación es sólida. Y dos años pasan rapidísimo.

Como pasa el ángel exterminador encima de todos nosotros. ¿No has marcado la puerta con la sangre del cordero? El estacionamiento es amplísimo. "Elena ha desaparecido" Tengo que despertar. Ella no aparece. ¿Por qué has llamado, Rafael, hermano mío? Este ha sido tu mensaje, la calamidad. El cuervo ha vuelto por mis ojos. Necesito volver a Mérida, necesito dinero, no traje mucho. Necesito volver.

Enrique salió corriendo de la facultad de ciencias para cargarse más crédito en el móvil y llamar de vuelta y poder tener mayor información, pero no lograba que nadie contestara. La desesperación era apremiante.

-- Acá vivo, gracias por el aventón.

-- A ti por la compañía.

-- Oye, Elena, dirás que es una idiotez, pero, te puedo invitar alguna vez.

Elena callaba. Como callan los cómplices. ¿Y aquel novio? ¿Y aquella familia política, la madre del novio que te quiere tanto? ¿Y aquellos años de convivencia? Vaya, hace tanto que las cosas están estancadas. El amor, el amor es solo un universo paralelo ya. Bien lo decían los ingleses: Para qué las lágrimas, para qué las emociones descontroladas. Tenemos la frialdad para los corazones. Vengan las lluvias nuevas a inundarnos los abrigos.

-- Sé que tienes novio pero... vamos, es solo una invitación inocente.

Y Elena sabe lo que es hacerse el inocente con esa sonrisa. Con esas ganas de esconderlo todo, con ese olor que rasca en la nariz, y es que del aroma se cuelgan las intenciones, he acá mi nariz, inúndala.

-- Dame el número de tu celular, yo te llamo, ¿quieres? Y.., Enrique..., si quiero salir contigo; te hablaré.

Tomó la decisión de ir a su casa. Mandó correos electrónicos, llamó a todos los números que pudo, casi a las dos horas le contestó su madre: "Tienes que calmarte, hijo, desde ahí hay poco que puedas hacer, todo está bien; no sé por qué tu hermano te llamó, le dije que solo iba a preocuparte." Pero Enrique no podía calmarse. Su pequeña Elena había desaparecido. "Díganme que está pasando".

-- Sólo sabemos que ayer en la tarde salió del trabajo. Había quedado de pasar a un bar con unas amigas, pero nunca llegó con ellas. Y tampoco regresó a dormir a su casa. Hoy en la mañana, su padre desesperado, --pobre hombre debieras verlo--, me llamó para saber cómo estaba su relación contigo. Tenía la esperanza de que hubieras venido a Mérida de improviso, y que hubieran decidido pasar la noche, juntos.

-- Ella hubiera llamado a su padre para que no se preocupara--, interrumpió Enrique, en automático, intentando explicar las buenas maneras de su Elena.

-- Pero no ha llamado, y no se tiene noticias de donde pueda estar. Sus amigos se han reportado, e intentan dar con ella. No está en los hospitales, ni detenida.

-- ¿Qué dicen en la policía?

-- Nada, hijo, en la policía no pueden buscarla hasta que hayan pasado dos días.

Enrique colgó la línea, cogió todo su dinero y se fue al aeropuerto. Compró un pasaje con todo el dinero que había ahorrado para estar los primeros tres meses mientras llegaba el dinero de su beca, y se regresó a Mérida. El avión aterrizó a las 9 de la noche. Desde el aeropuerto de la Ciudad de México, le había puesto un mensaje a su hermano para que lo recogiera. Cuando las puertas de vidrio se abrieron, lo supo en el rostro de su madre que venía por el pasillo con su hermano. Caminó tranquilo pero con decisión hacia ella, para abrazarla. Su hermano lo interceptó: ¡¡Está muerta…!!

Sentado sobre la tapa de la tasa del baño Enrique repasa las escenas que siempre vendrán a torturarlo, con el aroma de Elena, con la sonrisa de Elena dibujando en él un gesto similar, pocas veces mostrado en público. Algo le aprieta las entrañas, y el ardor de las quemaduras le indican que continúa vivo; que para su desgracia continúa vivo. Es un maldito superviviente, y siente rencor por ello; siente que ha sido un cobarde; cree que debió dar su vida para salvar a esos muchachitos, debió correr hacia los gritos, pudo haberlos salvado, se lamenta. Pudo rescatar a alguien, pero su cuerpo rechazó las altas temperaturas. Su cuerpo se detuvo, ahí, petrificado, escuchando los alaridos de todos aquellos que iban siendo abrasados por el incendio; lejos, lejísimos de esos cuerpos que se achicharraban; él debió morir y no Elena, él debió morir y no esos niños. Él es quien siempre, desde hace mucho no valora la vida. Desde los 15 a los 19 años la idea del suicidio fue su compañía más preclara... los años pasan, el día continúa moviéndose... he ahí las flores... las cenizas que deja el sol de cada amanecer. Cree que la muerte le ha abandonado. El ángel exterminador se ha burlado nuevamente de él. Tenía razón Sabato, es un dragón amarillo, verde, rojo, que sale en los estacionamientos, sale del mar, para llenarlo todo de escamas y fuego, de fuego y dolor, de humo y miseria. Su ángel exterminador pasa todas las noches tocando la flauta para no dejarlo dormir. ¿Aquel dragón, aquel fantasma constante será el incendio? Es todas las llamas devorando las pieles, ennegreciendo las formas, achicharrando las ideas. "Para matarse hace falta mucho valor y no soy más que un cobarde". Sabe que abandonó la carrera de ciencias para entrar a la policía. Aplicar el método científico para atrapar a los malditos violadores. Ninguna mujer más, no en mi turno; ni una mujer más será lastimada sin que haga pagar por ello a quien se atreva.

-- No tiene caso que veas el cadáver de Elena.

-- Era mi novia.

-- Es nuestra hija.

Y no lo dejaron acercarse. La cremaron, y ni siquiera le permitieron acercarse a la urna de las cenizas de su Elena.

-- Cuando muera, verás que me cremen, amor. Y un poco de aquellas cenizas las enterrarás en tu jardín; y luego, créeme, tendrás que seguir con tu vida.

-- ¿Qué haces hablando de muerte, ahora? A buena hora se te ocurre.-- Eran dos cuerpos, Elena y Enrique retozando en la cama, luego del sexo.

-- Me da mucha risa que mis padres te sigan odiando a pesar de los días que pasamos juntos.

-- Nunca he sido del agrado de los suegros. Ellos siguen queriendo a tu otro novio.

-- Pero ellos no deciden, ¿verdad?

Y no lo dejaron cumplir con aquel encargo de Elena. Decidió hacerse detective de homicidios. Tenía una licenciatura y eso tuvo que bastar para el cargo. Era un hombre determinado, capaz de tomar las decisiones, y con mucho valor para hacer algo contra esa misma maldad que un día le arrebatara al amor de su vida. Y todo había marchado bien, hasta ahora que no pudo evitar la muerte de aquellos jovencitos. Sabe que tuvo la oportunidad, pero no pudo proteger a Elena ni a esos jóvenes. Hoy que los gritos escalaban su cuerpo, el miedo y el dolor en su piel lo detuvieron, engarrotaron sus pasos. Se detuvo ahí, lejos de las lenguas de ese fuego que debió comérselo también. Pero su cuerpo rechazaba el calor, la temperatura era altísima y no pudo incendiarse.

Se sabe imposibilitado para llorar y ahoga un grito que le sube desde el fondo del cuerpo. Tocan a la puerta, con fuerza. Se amarra una toalla alrededor de la cintura y mientras va goteando por la casa para abrir, llegan a su cabeza las palabras de su hermano, que decía entre lágrimas y mocos: "La hallaron en un lote baldío en la salida a Kanasín; tenía la ropa desecha y el rostro desfigurado; le habían quebrado las manos, sólo por sus huellas dentales supieron que era ella, sus padres tuvieron que ir a realizar la identificación del cadáver, y decidieron de inmediato cremarla luego de la autopsia. No querían que nadie la viera así, desfigurada".

Enrique sabe que se contuvo en ese momento, el rostro desfigurado, y la sonrisa permanente de su Elena, dónde había quedado; esa pequeña nariz, sus pequeños ojos, la delgadez de sus labios, que permanentemente estaban fríos y humedecidos, dios como le encantaba quedarse pegado a esos labios: el rostro desfigurado que no tuvo ocasión de mirar.

-- Si quiero salir contigo. No dudes que te llamaré--, y lo había hecho. Tomaron algún café frío y luego le preguntó si quería ir a pasear a la playa, era aun temprano.

-- Espérame. --Cogió su móvil, se levantó de la mesa, y se alejó buscando privacidad. Regresó a la mesa.-- Vamos. El clima es delicioso. -- Elena se descalzó, brincó el muro del malecón y caminó hacia el oleaje. Un oleaje tenue. La noche era cálida, la brisa marina era agradable. Enrique podía sentir el aroma del océano pegar sobre su rostro.

Su hermano Rafael no podía creer la sangre fría con la que Enrique, luego de bajar del avión, atravesó los pasillos y el estacionamiento sin inmutarse; ayudó a su madre a subir al asiento, y luego manejar hacia su casa. Dejar a mamá y continuar con su hermanito hacia la morgue.

-- Me encanta sentir la arena-- . Enrique se había acercado a ella que miraba el horizonte oscurecido, y esas manchas blancas de la espuma que eran empujadas hacia la playa.

Llegó a la morgue cuando los padres de Elena estaban abrazados en la sala de espera. Don Rodrigo Irabién había reconocido a su hija, su madre hablaba de ese lunar en el seno derecho, ese lunar que no dejaba dudas, y que Enrique tantas veces había mordisqueado haciendo sonreír a Elena.

Enrique se quedó detenido detrás de ella, sobre la arena. Elena giró, y el aire movía sus cabellos sobre su rostro. Era, apenas unos milímetros, más alta que él, y eso que no tenía tacones. Enrique la miraba risueño. Elena se acercó a él y lo besó. Un beso húmedo cargado de costras de sal y arena. Los dos sonrieron. La pálida luz de la luna picaba sus pieles, mientras las arenas intentaban hacerse camino entre sus muslos, sus brazos, sus cuellos.

-- Me da risa la arena—dijo ella, mientras se amarraba el cabello en una coleta, para que no estorbara las caricias que Enrique imprimía en sus labios.

Enrique ignoró por unos momentos a los padres de Elena y se acercó al oficial que estaba presente en la sala: "Ya saben quién lo hizo".

-- Aún no. Pero se ha lanzado la alarma a todas las carreteras y se ha boletinado a Campeche y Quintana Roo para que no puedan escaparse, todos los vehículos serán revisados. Lo agarraremos joven, no se preocupe--, y el oficial le puso una mano sobre el hombro.

"No me toque", Enrique hizo un gesto despectivo y dando la espalda al oficial se arrodilló frente a la madre de Elena, cogiendo entre sus manos las manos de la pobre mujer que parecía a punto de colapsarse. Pero la madre de Elena retiró su mano: "¿Qué haces acá?"

-- Vete muchacho--, dijo Rodrigo Irabién--. Elena ha muerto y no eres bienvenido.

Un cubo de estiércol cayó sobre los ojos de Enrique nublándolo todo. Los padres de Elena se abrazaron, y aquel hombre lo miró con rudeza.

-- ¡Lárgate! No escuchas. No eres bienvenido.-- Las manos de la madre de Elena, eran como las manos de Elena pero envejecidas.

El beso en la playa se hizo eterno. Sin dejar de mirarse, ambos supieron que no eran necesarias las palabras. Se fueron recostando en la arena sin perder el beso; sus labios se habían cosido en bucles de saliva, se abrazaron, y al separar sus bocas ella recostó su cabeza en el pecho de Enrique. Horas más tarde, con los pies y el vestido lleno de arena la dejó en su casa. La acompañó a la puerta. "Quiero verte mañana", dijo ella. "Y pasado mañana", agregó Enrique, risueño: "Y al día siguiente".

-- ¿En verdad lo quieres?

-- No quiero nada más que eso.

-- Te llamo en la noche. No me gusta dividirme. Así que mañana terminaré con él.

 

 

 

 

 

 

 Adán Echeverría

 

 

El corredor de las ninfas.

(novela por entrega)

 

 

 

 

 

Mérida, Yucatán, México

 

-- Siempre me gustaron los niños. Mi esposa y yo sufrimos cuando el médico nos informó que no podría tener descendencia. Algo con mis espermatozoides. Ella dijo apoyarme, pero la escuché hablar emocionada de lo que significaba para ella ser madre. No quiso decirlo, pero luego que el médico dejó clara mi infertilidad, al mirarla dormir los días siguientes, su rostro me acusaba, y me hacía responsable de la sequedad de madre a la que la había conducido. Se había atado a este tipo incompleto que soy. A este imbécil incapaz de tener un espermatozoide sano, con la fuerza suficiente para poder fecundar sus óvulos. Me hice de valor y la enfrenté: Luisa, tienes que embarazarte. Búscate otro. Yo no puedo hacer que sufras conmigo. Me siento responsable. Es mi culpa que no podamos tener hijos, y quiero verte disfrutar la maravilla de la maternidad. Es injusto.

-- No venga ahora a contarnos las tristezas de su matrimonio. ¡Necesitamos respuestas de lo que le estamos preguntando! No nos va a condoler con su historia.

-- ¡Cálmese detective! Prosiga profesor, por favor.

Óscar Garfias cogió sus lentes con la mano izquierda; su mirada estaba fija en la mesa que tenía frente a él, que lo separaba de la teniente Rilma Ferrera; y sin inmutarse sentía la respiración del detective Enrique García, que le hablaba por la espalda, inclinado hacia su oreja derecha. Con lentitud, Óscar Garfias extrajo un pañuelo amarillento del bolsillo derecho de su pantalón y mecánicamente, sin apartar la vista de la mesa, fue limpiando los cristales de sus lentes, para luego volver a colocárselos.

-- ¡Qué prosiga carajo!, qué, ¿no escucha?,-- el detective García dejó caer su brazo, con la mano abierta y los dedos extendidos, sobre la mesa. Óscar Garfias ni siquiera lo miró, continuó limpiando cada uno de sus lentes con el pañuelo sostenido entre el dedo índice y el pulgar de la mano derecha.

-- Detective, tengo que pedirle que salga del cuarto. -- El Detective Enrique García echó hacia atrás el cuerpo, caminó para quedar frente al interrogado, al pasar junto a la desocupada silla, del otro lado de la mesa, se despojó de su tranquilidad, y con una patada lanzó la silla de plástico hacia el fondo de la habitación, de la que salió dando el clásico portazo de los que pierden el control y se desquitan con los objetos inanimados. Al salir no pudo ver que la mirada del profesor Óscar Garfias, continuaba sobre la mesa, al contrario, Enrique quiso sentir, que la mirada de aquel hombre que había detenido el día anterior, seguía pegada a su hombro.

Rilma Ferrera permaneció callada, acariciando con los dedos la mesa que la separaba del sospechoso. Con la mirada sobre la grabadora de bolsillo que se encontraba ahí a su lado derecho frente a ella, mirando apenas al profesor Óscar Garfias. Podía sentir el frío ojo de las cámaras de video que se encontraban detrás y enfrente de ella. Intentaba mantenerse serena, no podía perder el control ante el sospechoso. Diez meses hacía que lo venían siguiendo hasta que lograron atraparlo en una brecha en el camino hacia la hacienda Tabi, donde el incendio desatado en las cabañas posteriores había dejando poco más de 45 víctimas, casi todos jovencitos de ambos sexos, cuyas edades oscilaban entre los 13 y 17 años. Los cargos del sospechoso habían subido: desde perversión de menores, estupro, violación agravada y ahora, asesinato múltiple imprudencial.

Una vez fuera del cuarto donde interrogaban al sospechoso, Enrique García caminó entre los escritorios de la comandancia hasta el garrafón del agua purificada al fondo del pasillo. Se sirvió uno tras otro, tragos de agua en varios conos de papel; uno tras otro hasta beber más de siete, pero no podía sacar de su mente las imágenes de los cadáveres de los jovencitos, el maldito olor a piel y carne quemada, permanecía en sus fosas nasales a pesar del baño. La comezón y el ardor en cada una de las quemaduras de su piel crecían con el roce de la ropa, todo para que aquel imbécil siga ahí limpiándose los lentes y contando su sufrimiento por no poder tener hijos.

-- Hijo de la gran puta--, arrugó el último cono de papel y, furioso, lo lanzó hacia dentro del bote de la basura.

-- Pensé que querían mi confesión completa. Pero si lo desean, puedo ahorrármela. Creí que nos haríamos algunos favores, detective; que juntos queríamos llegar a un acuerdo. Soy el único testigo vivo.

-- No, profesor. Usted no está acá sólo en calidad de testigo. Mientras no logremos unir todas las piezas, y tengamos su versión de los hechos, usted es nuestro principal sospechoso… Ahora, tiene que disculpar a mi compañero. Y por favor, si insiste en no querer un abogado prosiga profesor. —el profesor Garfias volvió a declinar la presencia de algún abogado, quería contarlo todo, sacarlo todo de la mente para que no siquiera destruyéndolo. Los años pasarían y el tendría aquella historia en la mente, por siempre, era necesario contagiar a alguien más de todo lo que tenía en la cabeza, y le rebosaba.

"Cuando encaré a mi mujer para pedirle que se buscara otro, pude percatarme de lo mucho que me amaba (o eso quise suponer). Se echó a mis brazos llorando. Jamás pensé que Luisa respondiera de esa forma. Estaba errado al pensar que ese ensimismamiento era algo relacionado con el dolor que le causaba la idea de estar casada con un hombre que no podría darle hijos. No era así. Jamás lo fue. Se metió en mi pecho y me llenó de besos el cuello; lloraba con una ternura tal, que hacía que yo pudiera sentir cada fragmento de su cuerpo como parte de mí. Supe que era real, que ella no mentía. Jamás pensó en echarme la culpa. Desde esa tarde que hablamos de frente, nuestra relación se volvió más fuerte. Se volvió feroz. Éramos más que una pareja, éramos cómplices para bien y para mal".

El sospechoso bajó la cabeza y un brillo líquido dibujó su sombra en aquella mirada, pedazos de algo que podría describirse como momentos agradables, espacios del recuerdo que significaran cualquier cosa, se agazaparon en sus pupilas. Fue un instante. Todo pareciera haberse borrado de un solo manotazo a la mesa. Óscar Garfias se pasó la punta del dedo meñique en la orilla del ojo izquierdo, y desde el fondo de algo que la detective pudo constatar como cinismo, extrajo una sonrisa y la llevó a sus labios.

"¡En fin!", remató. "Ella ha muerto, detective. Ha muerto y yo estoy acá sin poder siquiera contemplar su cadáver mientras las culpables siguen libres, y huyendo. Están ustedes perdiendo el tiempo conmigo, porque yo puedo aceptar todos los cargos, pero tienen que atraparlas". De súbito el sospechoso dejó de limpiar los lentes y poniendo ambas manos sobre el escritorio se acercó al rostro de la detective: "De nada servirá mi confesión… ellas no se detendrán".

2.

-- No puedo dejar de mirarte. Tu aroma desboca mis sentidos. No quiero evitar que tu aroma me penetre, que se meta y me haga completamente tuyo. No quiero ni pretendo evitar que suceda. Me gusta dejarme guiar por esas percepciones que se desbordan cuando estás cerca. Me fascinas, me tienes completamente dominado. Jamás lo dudes.

-- Los hombres dicen cualquier cosa después de cogerte, como disculpándose, pretendiendo que les creamos. Sabes bien que puedes conseguirte la mujer que quieras, sin correr el riesgo de embarazarlas, te has convertido en el hombre perfecto. Toda mujer desea un hombre así como tú, para no tener que usar pastillas, y para poder sentir ese chorro caliente de semen adentro de una, sin la maldita preocupación de tener que cuidarse de resultar embarazada. Es muy descansado no tener esa preocupación. Eso me encanta. Ahora sabes que puedes conquistarte a la chamaca que quieras. Esas tus alumnitas que me parecen tan despreciables y patéticas. Seguro te las andas cogiendo y ni me enteraré, porque no vendrán acá embarazadas de ti. Y tampoco tendrás que andar pagando abortos.

-- Pero Luisa, son igual tus alumnas. Qué cosas dices.

-- Claro que sí, sabes que siempre tengo razón. Y pienso aprovechar al máximo esta ventaja. Quiero que me llenes tanto. Lo necesito.

-- Pensé que sería duro para ti.

--- Para nada. Ha sido lo mejor. Si quería tener un niño, porque me encanta ir al parque, o a las plazas, y ver cómo te la pasas mirando a los niños jugar. Se de tu cariño por los niños. Me duele que no puedas realizarte como padre.

-- Los alumnos son como mis hijos. Siempre me han gustado los niños.

-- Sí, lo son. Los alumnos y… las alumnas también. Cabrón, que me doy cuenta cómo te miran esas malditas niñas jareosas. Eso haremos. Los chicos de la escuela serán nuestros hijos.

--Aún recuerdo cuando te presentaste a solicitar la vacante en el Instituto. Apenas llegabas de Cozumel, con la piel bronceada. Como un náufrago vuelto a la ciudad.

--¿La piel bronceada? Esas cosas no se le dicen a un hombre. Las mujeres tienen la piel bronceada. Nosotros la tenemos chamuscada o negra. Eso de que los hombres anden bronceados es tan gay e inaguantable.

-- Por eso me gustaste Óscar, porque jamás has podido desatarte ese machismo tan a ultranza que siempre te persigue.

-- No es machismo, cariño, es algo mejor, se llama cinismo. Falta de hipocresía; tan sólo no me dejo llevar por lo políticamente correcto. Para mi no existen los metro sexuales. Lo cierto es que con tanta cogedera en los hoteles, todos sus líquidos terminan saliendo hacia los mares; con las aguas negras, ríos de orina, donde viaja tanto anticonceptivo se funden con el océano. Segurísimo que todos nos estamos volviendo más amujerados, por tanto pinche estrógeno en nuestros alimentos. De ahí que esos jóvenes de hoy se crean metro sexuales para sentir seguridad en su femineidad a flor de piel; los que no son putos, claro…

"Quizá. Pero a ti lo machista nadie te lo puede arrancar. Lo supe con sólo verte, mientras leía tu curriculum, sentía como tu mirada me desnudaba. Así eres tú, caminas y vas midiendo la carne y las formas de todas las mujeres que cruzan ante tus ojos. No lo puedes evitar. Es maravilloso como brincas de la inocencia de mirar a los niños a la perversión con que miras a las mujeres, casi te las coges con la vista. Y si pudieras, te las cogerías a todas. Lo supe con solo verte, por eso no pensaba contratarte, eras muy pagado de ti mismo, y eso me enojaba. Me había costado llegar al puesto que tengo; y con la posibilidad de contratar a los profesores del Instituto, tenía que ser inteligente y perspicaz; y no me gustaba irme a la ligera. La competencia no ha sido fácil. Tuve que luchar contra muchos pendejos que creían que por ser ingeniosos y alegres, una tenía que soportarlos. Tuve muchos jefes así, y muchos compañeros. Por eso había decidido no involucrarme con profesor alguno. Más de cinco años me costó el hacer de mi rostro mi primera defensa, la vanguardia; que al mirarme se dieran cuenta de que en mi cuerpo habita una maldita perra con la que es imposible coquetear. (A ti poco te importó, cabronazo). Hacer de cada uno de mis rasgos la máscara perfecta para no dejarme atrapar por nadie. Esa máscara en la que siempre me refugio cuando tengo miedo; esa máscara me hace sentir poderosa y capaz, eso sobre todo, capaz de cualquier cosa para lograr lo que quiero. Esa siempre ha sido mi meta, lograr siempre lo que yo quiera. He escuchado cómo dicen por los pasillos del Instituto que tengo cara de encabronada; que soy una bruja; como señalan a bocajarro que soy una frígida sin sentimientos. No importa. Los alumnos me temen, y los maestros me respetan, saben que conmigo no hay medias tintas. Esta forma de ser me ayudó a convencer a los del Consorcio de Padres de Familia para que apoyaran este proyecto de escuela privada que he logrado implementar, y créeme eso no fue algo fácil. No es nada fácil brindar una educación completa y llena de libertad. Hacer a los chicos independientes, hacerlos emprendedores. Hacer que los padres confíen plenamente en ti, que te entreguen sin restricción la educación de sus hijos, eso sí es respeto, carajo. Fueron meses de trabajo continuo, horas de reuniones, de convencerlos de cada una de las propuestas, defenderlas, no aceptar cambios inocuos y, ya ves; me salí con la mía. Desde hace tres años que todo esto ha dado frutos, y puedo sentirme satisfecha. Muchos hombres han venido a mí, y me he servido de ellos para el placer, tanto de su compañía como de su sexo, y si creen que por eso pueden controlarme, jamás sucederá. Yo soy mi propia dueña, mi propia jefa, mi propia libertad. Pero tú… en este año me has doblegado. Tenías ese algo que yo necesitaba. Esa tu forma de mirarme, esa tu forma de no esperar nada de mí ni de los demás.

"Por eso me desconozco cuando estoy contigo, Óscar. Los que me conocieron antes de ti, no se lo pueden imaginar hasta que me ven, con estos mis ojos de perrita enamorada. No te pensaba contratar porque me pareciste un maldito machista ligador. Pero vi como tus alumnos reían con tus ocurrencias, y me di cuenta que dominabas sin chistar las materias que se te habían ofrecido: Matemáticas, Química, Física, Biología, Anatomía, Ecología, Estadística, eran materias las más de las veces áridas pero que tú supiste hacerte apreciar desde el primer instante, hacerlas amenas, y por eso noté en ti algo que andaba buscando, ese deseo que tenías de enseñar. Me di cuenta que lo tuyo era la enseñanza.

"Pero esas chamacas resbalosas, que apenas comienzan a reglar sienten el cosquilleo de la vanidad que las más de las veces suele convertirse en locura. Me encantaba mirarlas cuando se te quedaban viendo. Todo parecía un ritual: apenas llegabas al Instituto y ellas permanecían pegadas a los barandales observándote, como unos malditos cuervos, como unas gaviotas necesitadas de alimento, y ese alimento era que por lo menos tú les regalaras una mirada. Que esa mirada intelectual, lentes, pelo corto, ropa casual, tu forma de caminar, tus ademanes, eran seguidos por ese enjambre de miradas.

"Ahí estaban pegadas a los barandales sin discreción mientras tú te trasladabas de un aula a otra en el cambio de hora. No se cómo no te nalguearon, por momentos pensé que alguna se atrevería; pero qué podía yo decirles que no las dañara emocionalmente: regañar a una sería hacer que toda la escuela les hiciera burla, y lesionar su autoestima. Siempre he querido proteger a los jóvenes, y mucho más a las muchachas. Cuando son tan jóvenes e inexpertas, no saben del poder que pueden llegar a tener; llegan a esa edad cargadas de la culpa que desde el nacimiento les van injertando en la mente, y luego tienen que enterarse cuando sus cuerpos comienzan a cambiar, que si son lindas, se les trata de putas, si son duras, se les trata de mal cogidas, de sangronas, y claro, siempre se les trata de fatalistas, la cosa siempre será lesionarles la autoestima, si no es la familia, serán las amistades, o aquellas personas que hayan escogido como parejas

"He querido acabar con eso. Quiero que las chicas que estudian en este Instituto sepan que son capaces de ser felices, que es su derecho ir en busca de su felicidad. Cuántas veces he escuchado decir “ellas se lo buscaron por provocadoras”, “consiguió lo que tiene por puta”, “cuántos acostones le costó llegar a donde está”, “si la violaron, ella se lo buscó, por andar de resbalosa”, “mira como se viste, luego por eso las violan”, y esa sarta de estupideces."

"Estoy harta de que a las jovencitas las traten así, y de que los jovencitos se les eduque para hablar y pensar de maneras similares sobre sus compañeras. Quiero chicos respetuosos, chicas capaces de cualquier cosa. Quiero que dejen de pensar con la vagina y con el pene, que lo único que los distinga sea su propio nombre, y no constructos que les han heredado. Ese es uno de los objetivos de la escuela, el que no se tomen en cuenta las cuestiones de género para la educación, pero que se tomen en cuenta las cuestiones fisiológicas; y tú, de inmediato pudiste darte cuenta de estas ideas mías, y congeniaste con ellas. Eso me pareció sorprendente; dijo mucho de ti, me pareció excelente que a pesar de tu machismo, estuvieras en el entendido de cuál era la búsqueda y el modelo educativo del Instituto. Por eso no podía regañarlas cuando se apilaban sobre los barandales a mirarte. Estaban catando tu carne –qué risa me daban-, estaban sorprendidas del tipo que eras. Hipnotizadas. Yo no podía llamarles la atención, ni regañarlas, tenían derechos a mirarte; al menos que ellas hicieran algo como nalguearte, que te faltaran al respeto o se lo faltaran a ellas mismas, pero no ocurrió. Todas ahí, detenidas sobre los barandales de los cuatro pisos del Instituto, y tú partiendo plaza. Era algo que llamó poderosamente la atención de los demás maestros que me lo comunicaron, sobre todo porque se trataba de la mayoría de las alumnas, no eran casos aislados. De todos los salones, desde las más jóvenes hasta las más mayorcitas, ahí, pegadas a los barandales, sin poder evitar mirarte, suspirando, como en un maldito ritual. Todas encandiladas por el alimento que les parecía tan necesario, con el deseo de caer sobre ti y despedazarte a mordiscos; eran unas cuscas, y eso que ninguna pasa de los 17. Yo lo entendería de las chamacas de la prepa nocturna, porque muchas ya son adultas que apenas decidieron o se animaron a terminar su preparatoria. Pero estas rapazuelas del turno matutino que van de los 14 a los 17 años sólo eran unas cuscas, tan divertidas, que no podían evitar sentirse, desesperadamente atraídas por tu personalidad. Y eso más que mal me parecía correcto. Yo las quería así, capaces de dejarse llevar por las sensaciones de su cuerpo, no reprimirse. Enseñarles a gozar de su ser mujeres."

"De milagro que los muchachos no se enemistaron contigo. Supiste ganártelos también. Cuántas veces me he asomado a tu clase para ver como ríen contigo tus alumnos todos, chicos y chicas. Tienes una forma de contagiarlos. Siempre están pendientes de tu clase, siempre tan cumplidos. Se debió a tu carácter. Supiste hacerlos tus cómplices, acercarlos a ti, con tu don de gente, tu amistad desbordante que siempre te hacía sonreír coqueto. Tu tanto cariño por las juventudes. Me gusta que los alumnos estén tranquilos, y que el tiempo que pasen en la escuela les sea agradable. Y tú lo lograbas, y al hacerlo, cumplías con lo que yo requería de ti. No sólo ser quien enseña sino ser alguien cercano a los alumnos, alguien en quien ellos pudieran confiar con plenitud. Eras precisamente lo que yo quisiera de los jovencitos; hombres que crean en sí mismos; porque eras respetuoso, me gustaba cómo ni siquiera te importaba aquel ritual de las muchachas. No perdías el piso con ello, ya de por si eras pagado de ti mismo y coqueteabas todo el tiempo. Pero no las morboseabas, como ellas lo hacían contigo. Un nuevo maestro con una currícula interesante, un experto en fauna que puede hablar a los alumnos de la naturaleza, porque ha estado en contacto con ella. Un hombre con luz y aventura en los ojos que quería un cambio completo de vida. Que quería, como yo, tener una vida dedicada a enseñar.

-- Me encantan los jóvenes, porque yo fui un joven rebelde y quisiera allanar un poco el camino para algunos muchachos. Que no tengan que darse de topes como me ocurrió a mí.

-- Me pareciste todo un soñador, un romántico. Y luego, los comentarios que me hacías en la sala de maestros, tu esperarme a la salida para acompañarme al carro, tuvieron que dar resultado. Rompiste poco a poco las barreras que había puesto. Fuiste quitándome, a solas, cada una de esas máscaras que llevo para enfrentarme a los demás, y te fui dejando entrar; respetaste mi posición ante los demás, ante ti incluso, porque dentro del Instituto me diste mi lugar. No soy la misma de antes. Desde hace poco más de un año, soy otra, mi inversa personalidad. Creo que estoy enamorada. Lo estoy, Óscar, y esta sensación hace que no me importe que no puedas embarazarme. Te tengo y me basta. Para amarnos con ferocidad, para hacer lo que queramos, para no ponernos barreras, para explorarnos cada vez con más ahínco, con mayor dedicación, sin estar pensando en precauciones. Que no puedas embarazarme se ha vuelto un regalo increíble. Quiero llenarme de ti, tenerte a cada rato. Es tan relajante.

3.

-- Profesor, le voy a mostrar algunas fotografías…

-- No quiero verlas. Conozco a cada uno de esos chicos, a sus padres. Muchas veces estuvieron en mi casa y yo en casa de ellos. No hay necesidad de que las mire, detective, aceptaré todo lo que me imputen.

Óscar se recostó de nuevo sobre el respaldo de su silla, y levantó la vista hacia el techo, guardando ambas manos en los bolsillos del pantalón. La detective Rilma había extendido en la mesa, a manera de abanico, las fotografías de los jovencitos muertos. Eran fotografías donadas por sus padres. "No me interesa verlas, detective, guárdelas por favor. No perdamos el tiempo".

-- Pero cómo se atreve este hijo de puta. Déjeme entrar de nuevo capitán. Yo haré que mire las fotografías. Nos estamos tardando con este imbécil, necesitamos que nos diga todo lo que sabe. Necesitamos que los identifique. Los padres tienen que saber si sus hijos están muertos o desaparecidos. Necesitan el consuelo de tener su cadáver. En la morgue tenemos bolsas llenas de ceniza, huesos, fragmentos, telas, pedazos irreconocibles. Necesitamos que reconozca a las chicas que faltan.

Desde afuera del cuarto, en la sala de video, Enrique García era contenido por el capitán Lorenzo Segura. "Déjeme un rato con este maldito, necesitamos arrancarle a golpes lo que sabe. Ni siquiera quiere mirar las fotos, y mire como sonríe, hijo de la…"

-- Ya basta Enrique. Tuviste tu oportunidad y la arruinaste. Rilma lo tiene donde queremos. La prensa esta sobre nosotros, y la gobernadora ha pedido resultados de este caso. Tengo sus zapatos apuntando a mi culo, y no voy a seguir permitiendo que tu carácter nos arruine más la fiesta. Es necesario tener información para poder evaluar que le daremos a la prensa para que se entretenga. Hay que arrojarles algo, antes de que comiencen a ensuciarnos la escena del crimen, antes de ser noticia todos los días, antes de que comiencen a escarbar por su cuenta y acaben por exponernos. Necesitamos todo lo que nos pueda decir. Cuatro muchachitas aun no aparecen y el tiempo corre. Él sabe de ellas, lo ha dado a entender, necesitamos ubicarlas. No sabemos nada de los cuerpos. El tipo está haciendo un trato con Rilma y si escuchar su verborrea nos hará dar con el paradero de estas chicas, vivas o muertas, es algo que tendremos que hacer. Te recomiendo que te calmes, o tendré que mandarte a tu casa por unos días.

Pero Enrique García aun sentía el olor de los cuerpos quemados. El calor de las cenizas, las amarillentas osamentas y las órbitas oscurecidas de esos pequeños cráneos de los jovencitos cuyas fotos esparcidas en la mesa los mostraban tan distintos, con esas miradas llenas de futuro, rostros alegres, limpios, cuando aun podían sonreír y mostrar las juveniles facciones sin las marcas que el fuego había ahora derretido; las fotos se han quedado ahí extendidas a manera de un abanico sobre la mesa frente al sospechoso que se ha negado a mirarlas.

-- Acá tengo otras, de los cadáveres que hemos ido recogiendo. Necesito que confirme si estos chicos estaban en la hacienda. ¿Me explico? ¡Vea las fotos! En la morgue apenas tenemos cuerpos desnudos y carbonizados, solo cenizas y fragmentos, y una montaña de denuncias de desaparecidos.

El profesor Garfias se cruzó de brazos, el brillo líquido permanecía ahí en sus ojos, detrás de los cristales de sus lentes. Su mirada escudriñaba el techo en busca de sus recuerdos, en busca de un punto perfecto para distanciarse de la voz de la detective.

-- Mire aunque sea esta. ¿Es su esposa? ¿Tampoco quiere verla? Es difícil reconocerla, pero seguro que usted lo hará. Es la única de todos los cadáveres que encontramos con ropa. Tiene un sexi vestido, verde acuamarino, de marca. Tenía un cuerpo en verdad hermoso, profesor, ¿no quiere verla? Pensé que sería algo que tal vez pudiera interesarle. ¡Carajo, era su esposa!

Rilma debió notar el estado muscular que iba tensándose en el cuerpo de Óscar Garfias mientras describía la foto de aquel cadáver que parecía su mujer, pero no lo hizo, por un momento, el cansancio la hizo descuidarse. El profesor, sin quitar la vista del techo iba rascándose la nariz, pasándose las puntas de los dedos en el vértice de cada ojo, hasta que se puso de pie y se lanzó sobre la detective, brincando encima de la mesa.

-- No quiero verlas, maldita bruja, no quiero verlas, no puede entenderlo.

La mujer se echó para atrás, pero fue apresada del cuello por el sospechoso, cayeron de espaldas y ella de inmediato logró pegarle en la garganta con el canto de la mano derecha y levantarse con rapidez dejando el cuerpo del profesor en el suelo. Rilma sacó su arma y lo apuntó.

-- Lo siento, lo siento mucho. No quise atacarla. Perdone.

-- Quédese en el suelo y cálmese.

La puerta se abrió y entraron dos guardias. Enrique García y el capitán Segura miraban desde la sala de video cuando sucedió el ataque. Todo fue tan rápido que el detective García no tuvo tiempo siquiera de salir de la habitación para socorrer a su compañera, porque ésta ya dominaba la situación.

-- Estoy bien muchachos, estoy bien. Se que me excedí, profesor, y le ofrezco una disculpa. Ahora levántese lentamente, muy despacio y regrese a su asiento. Quiero que acepte mi disculpa; esto es difícil para todos, pero tenemos que hacerlo. Necesito su cooperación. Pero eso sí, no se equivoque, si vuelve a ponerme una mano encima, le meteré un tiro en la cabeza.

El profesor Garfias seguía arrodillado de espaldas a la detective, junto a él estaba en el suelo la supuesta fotografía de su esposa muerta. Levantó las manos en señal de rendimiento, y poco a poco fue poniéndose de pie. Se dio la vuelta y miro a la joven detective, con la pistola firme entre las manos, apuntando. Se encogió de hombros y volvió a sonreír. "No es mi esposa"

-- Es un procedimiento que tiene que cumplirse, profesor. Lo voy a dejar a solas con las fotos. Tómese su tiempo. Lo que necesitamos, es que usted al verlas pueda darnos algunas ideas de dónde se encuentran las chicas desaparecidas. ¿Cómo dijo?

-- Seamos civilizados, por favor. Esto es doloroso. Sólo no quiero mirar las fotografías, entiéndalo. Estuve ahí y se exactamente lo que ocurrió. Intento decírselo, pero ustedes insisten en interrumpirme. La de la foto no es mi esposa. Y las asesinas siguen libres y huyendo. Todos los chicos de la escuela estuvieron en la hacienda. Todos están muertos… No pude hacer nada por salvarlos.

Garfias volvió a su lugar. Rilma enfundó la pistola, y fue recogiendo las fotos que habían caído al suelo. Escuchó con calma lo que dijo el profesor, volvió hacia una de las cámaras de video en complicidad con los que miraban desde el otro lado.

-- ¿Está usted seguro de lo que dice? ¿No es su esposa?

-- Ya se lo he dicho, detective, pero no me cree. Ellas están huyendo y no se detendrán. Lo han planeado todo muy bien. Yo aceptaré todos los cargos que quieran echarme encima. Puedo reconocer que si yo no hubiera sido débil nada de esto hubiera ocurrido pero tienen que alcanzarlas.

-- ¿Dígame dónde guardó el cadáver de las otras chicas? ¿Su esposa murió o no murió?

-- Ellas no están muertas. No sé dónde está mi esposa. Tal vez con ellas, tal vez igual esté muerta, entre esas bolsas de cenizas que dice tener. No lo sé. Están huyendo conforme al plan que ya tenían. Tienen que ir por ellas.

-- ¿Y su esposa sabía lo que estaba ocurriendo? Tratamos de entender. ¿Usted solo condujo a todos estos chicos a la hacienda? ¿Usted les prendió fuego? ¿Usted mató a su esposa?

-- Han sido ellas cuatro. Se hacían llamar Dead Planters. Las Dead Planters. Secuestraron a mi esposa, y engañaron a todos. Yo aceptaré mi responsabilidad pero tienen que ir por ellas.

 

continuara...

Jueves, 11 Mayo 2017 01:46

Una hora de eternidad / Matías Mateus /

Escrito por

 

 

Una hora de eternidad

Matías Mateus

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             “Cuando cortejas a una bella muchacha,

una hora parece un segundo.

Pero si te sientas sobre carbón al rojo vivo,

un segundo parecerá una hora.

Eso es relatividad".

 Albert Einstein

 

 

Minuto 1

 

 

—¿Desea algo más, caballero? —repitió el mozo, al igual que en las noches anteriores.

—Así está bien —contesté con austeridad y esperé la cuenta.

Volví a la noche dentro del café, allí, inmerso en esa negrura me sentía cómodo. Seguramente el interior del líquido frío guardaba una estrecha relación con la sustancia cobijada bajo mi espesa calvicie.

Cuántas incógnitas palpitarán en el consciente del mozo, cada vez que me siento delante de él a mirar cómo se enfría el café. Sin dudas, su curiosidad deber tener dimensiones extraordinarias.

Doy fe de que se referirá a mí con un apodo ingenioso y a esta altura tenga un sinfín de conjeturas incapaces de desnudar lo que habita en mi interior, aunque yo tampoco soy idóneo para decodificar con precisión el sentimiento que hace tiempo me embarga.

Lo único inobjetable es la bondadosa propina que siempre le dejo.

 

 

Minuto 2

 

 

Pobre tipo, algo jodido debe haberle pasado, pensé. Algún día voy a sentarme a su lado y le preguntaré qué lo trae aquí noche a noche a ver cómo se le enfría el café.

Apagué las luces del boliche, cerré y caminé hasta la parada del ómnibus

—Aunque el local esté desierto, nunca lo cierres antes de la una ¿Me entendiste? —me dijo el dueño cuando me dejó de encargado.

—Usted es el jefe —respondí sin darle mayor importancia.

No tenía necesidad alguna de llegar temprano, pero tampoco me seducía quedarme dentro de esa pocilga. Me reí al recordar a uno de los personajes de Hemingway, cuando le decía a su compañero, si no temía llegar a su casa antes de lo previsto.

Se me ocurrió que luego de la resignación solo queda transcurrir. Se acercó el ómnibus y titubeé en hacerle seña o no. Finalmente me decidí, extendí el brazo y encomendé mi suerte a todos los santos para encontrarla profundamente dormida al llegar.

 

 

Minuto 3

 

 

Es imposible verse al espejo y encontrar algo limpio cuando la mentira se abre paso a trompadas. Incluso proteger esa pizca de dignidad, que te grita diciendo: Sí, tenés razón. Todo es mentira y nada cambia en lo más mínimo.

Una masa grasosa con olor a cerveza, que mea fuera del wáter; con el grito desaforado de gol los domingos por la tarde como única sensación genuina. Al menos así empecé a verlo poco tiempo después de habernos casado. 

En adelante, preferí abrirme de piernas, para que la sangre de la juventud haga revivir los placenteros años de otrora y experimentar los orgasmos que en veinte años, Cara de morsa, con su pija mal oliente, jamás me hizo sentir. Soporté esa cadena de mentiras para protegerme bajo su techo de la intemperie y de la chusma cuando un pendejo le devuelve la vida a mi desflecada vagina. Es más fácil aferrarse al amoldado prototipo que data de tiempos inmemorables, que comenzar una vida como la gente. 

 

 

Minuto 4

 

 

No es la primera vez que veo al gordo Cara de morsa a menos de una cuadra de la casa. Cada vez que lo cruzo queda mirándome mal. Estoy seguro de que sospecha lo de su mujer conmigo. Mejor no vuelvo más.

—Andá, Santiago, antes que llegue el gordo —me dio un beso y metió unos billetes en mi bolsillo—. Mañana pasá un ratito antes y convídame con lo que consigas.

—Dale, Beatriz —saludé y me fui. Aunque comprendo que con el gordo está mal, me jode el papel que me hace jugar. Agradezco que dos por tres me mata el hambre y me de algunas monedas para mis cositas, pero creo que no vale la pena arriesgarse tanto.

Entré a casa en silencio, no anda bien mamá y le cuesta descansar. Le dejé plata sobre la mesita de luz, le di un beso en la frente y salí. Hace días no hablamos con la vieja, cuando llega yo estoy durmiendo y viceversa. Para peor papá tuvo que embarcarse nuevamente. Su cabeza debe volar por mi culpa. Como si ya no tuviera suficiente.

 

 

Minuto 5

 

 

—¡Santi! —grité. El interminable ruido del goteo y los metales chocándose entre sí me aturdían—. Mi amor ¿Estás en casa? —El goteo dentro de mi cabeza se acentuó luego que llamé—. Dónde se habrá metido este chiquilín.

Bajé los pies al piso y vi algunos billetes doblados sobre la mesita. Siempre me deja algo, pero desconozco el origen del dinero.

—Vení acá, hijo de puta —escuché que alguien decía en la calle—. Te voy a matar, la concha de tu madre —corrí un poco la cortina para ver y escuché un balazo a metros de la puerta.

Volví la cortina al lugar y me dejé caer sobre la cama. El sonido en mi cabeza me enloquecía. Las goteras, los metales y ahora el gemido que provenía del otro lado de la pared.

Dejé pasar algunos segundos y volví a asomarme por la ventana.

 

 

Minuto 6

 

 

¿Dónde metí las llaves? ¿Dónde carajo dejé las llaves? Es demasiado tarde como para volver a la calle a buscarlas.

—Abrime —susurré, tratando de no llamar mucho la atención en el silencio de la madrugada—. Abrí que me mandé flor de cagada —parecía que no había nadie adentro—. Soy yo —insistí más fuerte—. Abrí, dale.

Me asomé hasta la vereda para ver si las encontraba. Era inútil buscarlas en la oscuridad.

Qué pelotudo que fui, con qué necesidad disparé, no hacía falta. Eso me pasa por encajarme de más, quedo a mil y termina jugándome en contra. Le hubiese dado un culatazo o una trompada. Si me agarran, después de esto, seguro no salgo por un buen tiempo. De las anteriores pude zafar, pero de esta difícil.

—Abrí —volví a decir pegado a la puerta cuando llegué—. Abrí que se pudrió todo.

 

 

Minuto 7

 

 

Estaba decidido. Era inadmisible una vuelta atrás. Pase lo que pase, no puedo retornar a esa casa. Toda la noche esa manga de faloperos golpeando la puerta.

Por culpa del delincuente ese, voy a terminar en cana o bajo tierra.

Si el macho de mi vieja no se empedó esta noche, debe estar dormida. Como para no estar metida en algo así, me crié con un alcohólico golpeador, con esos antecedentes no puedo pretender otro panorama. Me arrepiento no haber aceptado la invitación de mi tía de mudarme con ella y haber estudiado una carrera para ganarme la vida.

—Hola, mami —me gritó un tipo desde un auto—. ¿Estás perdida? Subí que te llevo —caminé sin mirarlo—. No tengas miedo, bebé —volvió a decir.

Tantos años cara a cara con la violencia me prepararon para estos momentos. Apagó el motor y bajó. Metí la mano en el bolsillo y de reojo calculé la distancia. Cuando estiró el brazo para alcanzarme giré el cuerpo con la navaja en el aire.

 

 

Minuto 8

 

 

La herida pudo ser peor si no levantaba el brazo con rapidez. Sin pensar en el dolor, la hice caer al suelo con la mano herida y le di una patada en sus costillas. La escupí con odio y me fui del lugar.

Los chorros de sangre ensuciaron el interior del auto, me detuve un momento, procurando hacer un torniquete con la remera para evitar una mayor pérdida de sangre.

“Quisieron robarme, estaba parado en un semáforo e intentaron bajarme del auto por la ventanilla”, empecé a delinear en mi cabeza. Busqué con la mano sana debajo del asiento, ahí estaba. Abrí la botella, tomé un largo trago de whisky. Se me nublaba la vista por el punzante dolor y la cantidad de sangre que había perdido.

—Por acá —me atajó una enfermera, cuando me vio cruzar tambaleante por la puerta de la emergencia—. Tranquilo, hombre —dijo la misma voz que me recibió, pero no alcance a entender lo que me preguntaba.

 

 

Minuto 9

 

 

Otro borrachín que viene con el cuento del asalto. Después de saturarle la herida al fulano, salí a fumar. A pesar del NN que entró con la mano envuelta en la remera, fue una noche sin mayores sobresaltos. Al menos en lo estrictamente laboral. Tiré un pucho, encendí otro y seguí mirando las estrellas que se debatían con las luces de la ciudad.

Quién me habrá mandado meterme en este rollo. Un trago de camaradería, por qué no. Ese trago se convirtió en otro al día siguiente, que vino acompañado de una línea. Nunca había probado, volví al irremediable “por qué no”. Ya no tenía vuelta atrás y me desperté desnuda en un telo.

El resto, sencillo. La nueva, una atorrantita que entró y ya quiere trepar encamándose con cuanto médico se encuentre en la vuelta, todos los lugares típicos por donde pasa el imaginario colectivo, sin tener la menor idea de nada.

—¿Tomando aire? —me dice empalmándome el culo con la mano.

 

 

Minuto 10

 

 

Primero se te abre de gambas y luego saca matrícula de princesa. Prendí un pucho y di algunos pasos con dificultad. Que pisotón me encajó la hija de mil puta. Al sacarme el zapato y la media vi que tenía tres uñas quebradas. Eso pasa cuando les viene el ataque de dignidad y justo uno anda en la vuelta. Ya se va a arrepentir la zorra. Salí a la vereda para reacomodar el andar, no podía regresar a la guardia rengueando y darle el gusto de verme disminuido. Cuando le muestre el videíto que grabé con el celular, se va a dar cuenta con quién se metió.

—Buenas noches, doctor —me saludó, Natalie. Otra perra con el complejo de doncella—. Alimentando el vicio —dice.

—Como dice el refrán, en casa de herrero cuchillo de palo —se rio como la primera vez que le hablé con la intención de levantarla—. ¿Y a usted, qué la trae por la acera? —pregunté sintiendo un palpito en el pantalón.

 

 

Minuto 11

 

 

Qué gil es el pobre. Un poquito de pie y jura que todas las minas están murta por él.

—Por suerte, yéndome a casa —lo saludé con una guiñada y una sonrisa provocadora, dejándolo con una erección a medio camino—. Hasta mañana, doc.

—Imbécil —dije para mí, detrás escuché un balbuceo con tonalidades de invitación. Seguí mi camino desestimándolo. Es extraño el sentimiento que me genera su patética estampa de lover boy, en ocasiones disfruto mofarme de esa actitud, más cuando puedo alimentarla y dejarla por el piso de inmediato; pero es tan grande el asco que me da, porque la insinuación está palmo a palmo con el acoso. Todo el día con los ojos pegados en las tetas como si acabara de salir de la cárcel.

—Buenas noches, señor —le dije al conductor cuando me subí al taxi. Después de decirle la dirección me recosté en el asiento y cerré los ojos masticando la bronca que me genera pensar en esa clase de idiota.

 

 

Minuto 12

 

 

Dejo a la muchacha y voy a buscar al relevo, pensé. Qué jornada larga, por Dios. El tránsito cada vez está más complicado y la calle más jodida, se hace insoportable la noche.

—Acá está bien —me dijo. Le mostré la tarifa— Quédese con el cambio.

Intercambiamos gracias y buenas noches y se bajó del taxi. La miré mientras recorrió los metros que la separaban de la puerta. Qué hermosa mujer.

Abrió la puerta, miró hacia la calle y saludó con una sonrisa radiante.

Despabílate, Juan, me dije. No está saludándote, es tu imaginación

Por las dudas sonreí y le devolví el saludo animosamente.

—¿Está libre? —me preguntó una parejita que pasó.

—No, muchachos. Estoy esperando a la chica —mentí y los dejé ir.

Volví a mirar hacia la casa y vi cómo se perdió detrás de la puerta. Medité un par de segundos y apagué el motor.