De la quema de brujas a la quema de libros.

Adán Echeverría.

“Yo nunca me equivoco en mis actos,

pasa que no tienes la capacidad de entenderlos.

 

Todos los libros nos dejan algo, incluso el decir: “¡Qué libro tan malo, jamás vuelvo a leer a este autor!” Y en esta diversidad lectora es en donde ponen sus cimientos las ferias del libro, las bibliotecas, las librerías, la historia del libro, y el poder de la lectura.

Volver a ver a jóvenes mexicanos quemar libros, en esta ocasión afuera de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco, es de una total pena. ¿Qué pobre educación permea sobre las personas que presentan su odio sobre los objetos? Ya alguna vez Beatriz Preciado había dicho: “Todo lo que causa placer es un dildo, incluso el pene”. Y desde esa objetualización del placer sexual es cuando se da por terminado el Falocentrismo. Nos hace falta leer tanto.

Quemar un libro habla de Censura. La Censura es un signo de violencia. La violencia es lo que las sociedades buscamos erradicar del imaginario colectivo, de la educación de los niños y de los jóvenes. No podemos seguir pensando en la necesidad de resarcir todo el daño que se ha causado a la mujer, a los homosexuales, a los migrantes, a los pueblos originarios, cargando la violencia como estandarte, porque nos convertimos justo en aquello que nos ha causado tanto daño.

La quema de libros es algo que no podemos permitirnos como sociedad. Ellas queman libros que hablan de “Como curar la homosexualidad”. Un tema tan estúpido. En qué te convierte pelear con un estúpido.

Ya en 1564, la iglesia católica publicó el “Index librorum prohibitorum” que, en español se refiera al “Índice de libros prohibidos”: una lista de aquellas publicaciones que la Iglesia católica catalogó como libros perniciosos para la fe y que los católicos no estaban autorizados a leer. ¡En 1564!, hace apenas un poco más de cuatro siglos. En una época en que la Santa Inquisición torturaba y mataba mujeres acusándolas de brujas, gracias al manual conocido como: “Malleus Maleficarum”, escrito por los monjes Kramer y Sprenger; y de pronto, hoy volvemos a esas épocas, al tiempo en que lo que no nos gusta hay que quemarlo. ¿Acaso no podemos darnos cuenta, que los que se sienten afectados van a reaccionar en nuestra contra? ¿Acaso creemos que aquel que consideramos El Monstruo, se va a poner a llorar por nuestras marchas y cantos, y dejará de hacer maldades? Estamos nalgueando al toro, en marabunta, en jauría, esperando vencerlo por la fuerza, pero el toro ante el acecho igual reaccionará.

¿Qué se ha logrado con el simbolismo de la quema de esos libros? ¿El autor de aquellos libros lo entendió y sacará sus libros del mercado?

Los que están contra de quienes quemaron el libro, y jamás hubieran leído tales conceptos, ahora irán a leer ese libro. Triste sería que, por este acto, las ventas de aquel libro, cuyo tema es “Curar la homesexualidad”, aumentara, porque ahora muchos corran a comprarlo, y el libro comience a tener un número tal de ventas que ni el autor ni los editores hubieran esperado. Ergo, el autor escribirá más y más textos sobre lo mismo.

Los libros no son más que un mercado también. La sana crítica lectora pudo hacer que aquellos libros se quedaran en el olvido.

En una época del fácil acceso a cualquier tipo de tema en el internet, en verdad creemos que la quema de libros ¿cambiará el concepto de quienes creen en dichos temas? La censura es un arma de doble filo. Cada vez que yo Censuro al Otro, siento las bases para que un día, las autoridades de un pueblo tengan las herramientas para censurarnos a nosotros. Tienes que pensar que Tú eres el Otro para los demás. Y los demás un día podrán censurarte a ti.

Apréndete este Mantra: “Podré no estar de acuerdo con tu forma de pensar y lo que dices o escribes; pero defenderé hasta la muerte tu derecho a pensarlo, decirlo y escribirlo”.

Publicado en La pluma sobre el ojo

 

 

El vendedor de silencio*, acá entre hombres.

Por Fernando Reyes Trinid**

 

Es bueno, Enrique, que los hombres hablemos de machismo y misoginia. Muchas lacras tiene este país que, sin importar el tamaño o lo acendrado, han ido resquebrajando política y moralmente esta sociedad. De la corrupción e impunidad al chayote y las fake news, del tráfico de influencias y nepotismo al narcomenudeo y la extorsión. Sobre la complicidad gubernamental, el soborno y el embute periodísticos trata tu más reciente novela, Enrique Serna, aunque el tema que aquí me interesa es la mancuerna del poder político con la misoginia en todo su esplendor. Van de la mano, desafortunadamente. Enrique Dussel dice que una “extorsión sexual es una de las tantas consecuencias de la corrupción”.

     Tu novela aborda distintas etapas en la vida de Carlos Denegri, el “mejor y el más vil de los reporteros”, en palabras de Scherer; un “mercenario de la información” durante la segunda mitad del siglo XX, años de gobiernos priistas. Hasta el gobierno de Peña Nieto continúa ese modus vivendi, pues, tú mismo lo has dicho, de 2012 a 2018 “se gastó millones en periodistas” (Sin embargo, 13/09/19). Es pertinente señalar la vigencia de estos vicios, pues las conductas machistas –descaradas o invisibilizadas- y la misoginia, como ideología dominante, dentro de la política siguen imperando en nuestros días, como lo constatan las frases cosificantes  de Vicente Fox o las conductas violentas de Peña Nieto hacia sus propias mujeres, y en niveles de menor jerarquía como las recientes declaraciones del subdelegado del ISSSTE en Michoacán, Mireles, “Todo mi respeto a las pirujas, nalguitas y niñas”; la desafortunada expresión del gobernador de Puebla, Miguel Barbosa “Ninguna mujer será encarcelada por abortar”; o el diputado en Morelos, Pepe Casas, a quien le molesta que las mujeres se alejen de la cocina; en este Estado de la República, por cierto, gobierna un fulano que ha ostentado como trofeos a varias de “sus mujeres”. En todo el país ya hemos visto y oído manifestaciones y conductas por parte de políticos y funcionarios que atentan contra la integridad y derechos de la mujer. En El vendedor de silencio, tú le das un buen espacio al hermano del otrora presidente Manuel Ávila Camacho, Maximino, “violador y asesino”, “parásito de su libido”, que lo mismo encamaba, por la buena o por la mala, a “rumberas, cantantes de boleros, las coristas del Teatro Lírico, las secretarias, las amas de  casa y las colegialas vírgenes” (p. 215).

    Pero tú vas más allá de las anécdotas misóginas, gracias a tu buen manejo de las voces y focos narrativos. En primera, en segunda o tercera persona, el deseo machista y el rencor hacia las mujeres están presentes de principio a fin. Del mismo modo que Federico Gamboa relata cómo el alcohol va entrando al cuerpo cual Demonio, así tú, Enrique, te vas introduciendo al alma de tu personaje. Quienes conocemos tu prosa sabemos que la narración, empiernada a la descripción etopéyica, irá in crescendo sin titubeos ni prolepsis gratuitas porque siempre suceden cosas en las historias que inventas, recreas o reproduces. Pudiste bien hacer lo que Yourcenar hizo con Adriano, García Márquez con Bolívar o Del Paso con Carlota, pues tú mismo ya habías experimentado monólogos y fluir de la conciencia con Santa Ana; sin embargo, decidiste utilizar la vasta información –que te llevó años investigar- para contextualizar a tu personaje, y retratar varios sexenios en que el crathos político se cimentaba, se escudaba y se propagaba en contubernio con el poder periodístico, uno no existía sin el otro y viceversa.

     Denegri fue conociendo y deleitándose con las mieles del poder desde muy joven, cuando, como hijo de diplomático, vivió en varios países y muy pronto aprendió a la perfección inglés, francés y alemán, los cuales lo hacían sobresalir en el mundillo de políticos y periodistas monolingües. Blanco y ojiclaro, descubrió la importancia del buen vestir y del buen hablar. Aspirante a poeta, se codeaba con escritores del país y extranjeros, podía entrevistar a André Malraux, hablar de lo engreído que era Luis Spota o de las “joterías” de Salvador Novo. Poco a poco supo que el dominio de la escritura, la diplomacia, el conocimiento de la psique y la cultura en todas sus manifestaciones lo elevaban por encima de los demás. “¿Quién era Lord Byron?, se animó a preguntar Luis Echeverría”. Galante, de sonrisa implacable, Denegri podía adular y comprar a todo mundo: bellas mujeres, monjas, trabajadores, policías, matones, políticos, empresarios, periodistas, directores y dueños de periódicos. “El sentido poético de la vida consiste en derrochar el amor y el dinero”, era parte de su filosofía. En poco tiempo hablaban de él como “el periodista más brillante de México y uno de los más respetados de mundo entero” (p. 28).

     Poseía un abanico de poder que ostentaba en cualquier lugar, circunstancia y momento: dentro de su casa con su familia o en la calle donde transgredía reglas sabiéndose siempre protegido por alguien poderoso, en su programa de radio, en sus columnas, artículos y reportajes periodísticos, entre sus colegas del ramo, con funcionarios de poca monta y presidentes, entre empresarios, escritores, actrices, pero sobre todo con las mujeres, amantes, secretarias, esposas en turno o las ex, con quienes seguía manteniendo vínculos de dominio. Y es que tú, Serna, que una de tus obsesiones literarias es la relación hombre-mujer, tú, -que en casi todos tus libros (recuerdo a bote pronto los cuentos de El orgasmógrafo, Amores de segunda mano y Ternura caníbal, y, sobre todo, en Fruta verde) abordas el laberinto del amor, el deseo, la conveniencia, la lucha, el orgullo, el placer entre parejas- sabes contextualizar con una oración muy bien los convenios conyugales de la época: “El matrimonio de entonces se parecía demasiado a un contrato de compraventa en el que una mujer aportaba el capital de su virginidad a cambio de tener un proveedor para toda la vida”. (p. 100) A lo largo de toda la novela muestras la lucha de poder que establece Denegri con el sexo opuesto. No escatimas en escenas que narran lo peor del alma misógina de tu periodista: golpear y engañar a su esposa (p. 37), arranques de agresividad (p. 106), incendiar el calzón y quemar a una edecán (p. 55), llevarse a jalones a su mujer de una reunión cualquiera y romperle la madre a todo aquel que le provocara celos (p. 157), alquilar prostitutas, comprar el perdón con joyas, abrigos y costosos regalos, empleando una retahíla de frases de la más baja calaña: “pinches viejas, putas mujeres, impedidas neurológicamente, pinches chismosas, zorras, parían como conejas, aves carroñeras, gineceo hostil” y un largo etcétera exhibido en todas tus estrategias narrativas, Enrique, valientes, desmitificadoras, con la mera intención de visibilizar tales lacras que rebasan lo lingüístico, vicios tristemente arraigados. Y los ejemplos abundan, se desparraman en toda la novela. La voz magíster más misógina de la narrativa mexicana, la narratio machista más descarada de nuestras letras: “¿De modo que esa mechuda se negaba en redondo a salir con él? Imbécil, debería estar orgullosa de tenerlo rendido a sus pies” (p. 32). “Como siempre, las malditas viejas hacían causa común para defenderse. Adoraban el papel de víctimas, en especial cuando se trataba de ordeñar las chequeras de sus maridos” (p. 46). “Para serte franco, no creo en la amistad entre hombre y mujer. Sólo un maricón como Novo puede ser amigo de señoras guapas sin querer desnudarlas” (p. 136). “Que lloraran los perdedores, los arrastrados que se les hincaban a las viejas y deshonraban al género masculino” (p. 148).

     Sin embargo, Denegri teme reiteradamente perder todo lo que él relaciona con el poder: su virilidad con las mujeres, su dinero, los privilegios de su carrera y sus contactos, sus dones para desenvolverse socialmente pues cada vez va quedándose más solo, con menos gente que lo legitime y favorezca. “Esos miedos nunca lo hubieran asaltado en tiempos de Miguel Alemán, cuando era el favorito de la corte. Dichosos tiempos aquellos en los que podía soltar balazos en un cabaret, manejar a velocidad de ambulancia escoltado por policías de tránsito, ligarse a mujeres casadas en las narices de sus maridos o vociferar en el mostrador del aeropuerto cuando algún vuelo venía lleno: baje a quien sea, tengo que tomar ese avión por órdenes del señor presidente” (p. 57). Aprovecho estos ejemplos, Enrique, que supiste seleccionar para referirte a esas actitudes que muchos hombres de la política, empresarios, judiciales o simples hombres prepotentes con ínfulas de influyentes hemos visto y padecido durante décadas los mexicanos de a pie. Hoy, que comienzan a señalarse el comportamiento avieso de algunos políticos, hoy que incluso se están juzgando a altos funcionarios por enriquecimiento ilícito, extorsión o corrupción, hoy que existen más denuncias por esta clase de atropellos y que las videocámaras y redes sociales pueden evidenciar estas prepotentes actitudes no sólo por parte de los hombres, hoy, en estos tiempos, a punto de iniciar la segunda década del siglo XXI, El vendedor de silencio debe coadyuvar a erradicar conductas machistas fomentadas otrora por el poder político y solapadas por las autoridades judiciales, por las cúpulas eclesiásticas, los programas y métodos de estudio, por los mass media, televisión, prensa, radio, publicidad e incluso por los padres, por las madres.

     Desde el principio de tu novela se plantea la lucha de poder entre tu personaje y las mujeres. Las féminas poco a poco se van abriendo camino y van pidiendo igualdad. Ya no se dejan tan fácilmente. Recordemos que, aunque un poco tardío, está llegando a México la ola de luchas libertarias sesenteras. Sus tres esposas lo han abandonado. Su madre y la amiga de su madre son mujeres muy liberales. Natalia, la mujer que corteja exige respeto y no cae a la primera. Ante su primera escena celotípica se aleja tajantemente de él. De ahí va surgiendo su conflicto, él tan acostumbrado a mandar a lograr, como en el mundo de la política, lo que se propone, a como dé lugar.

                ¿Por qué las mujeres no se rendían del todo? ¿Era preciso conquistarlas una y otra vez, recomenzar a partir de cero cada vez que algo les molestaba? Engolosinadas en su poder, querían ver al hombre postrado a sus pies para sentirse fuertes. Un tipo del montón quizá podía aceptar ese indigno papel, no un hombre tan cercano a los detentadores del verdadero poder, el poder de dictar leyes, de levantar imperios, de conducir a enormes masas hacia un objetivo común. ¿A qué estás jugando, preciosa? Se preguntó resentido. (p. 144)

     En las líneas arriba podemos vislumbrar, además de su acendrado machismo, el meollo de su ser: megalomanía, soberbia, orgullo, egolatría, poderío. “Se cortaba un huevo y la mitad del otro si ese asedio no terminaba en la cama”. Aunque éstas conductas, en el fondo, ocultan el otro lado de su alma, vulnerable, débil, infantil. “Porque él no odiaba las mujeres como creían sus antagonistas: las amaba más que nada en el mundo…” (p. 59). Progresivamente, nuestro personaje se va distanciando de la realidad, ya por mecanismo de defensa, por su alcoholismo o por la dicotomía culpa-temor. Finalmente él se siente víctima de las mujeres. La psicología del personaje se va disgregando en su propio laberinto de hechos, daños, sentimientos, mentiras y autoengaños. “Lo quería todo: ser poeta y hombre de acción, millonario y líder bolchevique, vivir cientos de existencias simultáneas y gozar los placeres del alma y del cuerpo con una sublime hiperestesia humana” (p. 96). Entre tanta actividad y regodeo en el poder, Denegri no tenía tiempo “siquiera de digerir sus emociones”, y a eso le agregamos que “su verdadero yo siempre tenía una copa en la mano”. “¿Ya ves, pendejo, lo que te ganas por tu altanería por sentirte la divina garza con dos tragos encima?” (p.23) Denegri “llevaba dentro un Míster Hyde que se apoderaba de su albedrío en momentos de ofuscación etílica” (p.58). Aunque confundido, sentía en su cuerpo y en las consecuencias de sus actos que se iba consumiendo poco a poco. “Ignoraba de dónde diablos surgían esos malditos miedos, más intensos cuanto más imprecisos”. Algo le decía que debía parar. Por eso luchaba en los dos extremos de “domar a una yegua tan bronca” como era Natalia, o sucumbir a ella y “ofrecerle en holocausto su cansado rebenque de macho dominador” (p. 126). “Necesitaba esa purificación espiritual para volver al punto de inflexión en el que se había torcido su existencia y recomenzarla con ilusiones restauradas, lejos de la sordidez y desenfreno que le corroían el alma” (p. 138). Ya era tiempo de doblegarse, pensaba mientras continuaba con actitudes y acciones que exaltaban su poderío y egolatría.

     En el ir y venir narrativo, diegético y biográfico se va entretejiendo la esencia existencial de tu Carlos Denegri. Además del manejo que tienes sobre el tema de la pareja desde muchas de sus aristas, también te ha obsesionado, al más estilo flaubertiano, los vericuetos del alma femenina, como lo muestras en tus novelas Señorita México, Ángeles del abismo y La sangre erguida. Eso te permite no sólo exponer las tropelías misóginas del protagonista, sino que sabes bien establecer los vínculos que Denegri tiene con cada una de las mujeres en su vida, incluyendo la relación de amor-odio con su madre o la paciencia y ternura que veladamente profesa a sus hijas. Esto nos brinda, como en toda tu obra –incluso la ensayística- un rico espectro de posibilidades humanas para que no se quede tu novela en un panfleto, apología, panegírico, indulto o diatriba en torno a conductas morales.

    Antes de concluir, quisiera invitar a los lectores a sumergirse en una novela total y abordarla como un misterio del alma de su personaje, para tratar de descubrir las motivaciones psicológicas, sociológicas, políticas e históricas del macho mexicano. Denegri desde niño “sin saberlo, ya estaba embriagado de poder” y en cualquier situación “sacaba a relucir mis influencias”. El púber Carlos debía mostrar siempre ante amigos, ante el padre, maestros, jovencitas, sus dotes de galán, de “las puedo todas”, aunque en el fondo “era un niño asustadizo” cuyo mayor pecado era “el robo de unos dulces y haber copiado en el examen de Biología”. Un niño que se hizo hombre que se hizo viejo que se comportaba como niño. Presionado por todas partes en un principio, luego por él mismo. Pero el tiempo y su ego se lo fueron devorando, no sin justificaciones gratuitas y patadas de ahogado. “Tal vez no había sabido entregarse o no había encontrado a la mujer que supiera entenderlo, y una voz interior, la voz de un ahogado pidiendo socorro, lo incitaba a creer en una relación crepuscular, en un renacimiento erótico y afectivo que le diera un nuevo significado a su vida” (p. 26). La última y nos vamos. Yo controlo al alcohol y no él a mí. Yo sé cuándo parar. “El mejor periodista e México” no supo cuándo.

     Quiero dejar en el tintero, y para no espoilear, el tema de la madre, que aún es tabú en nuestra sociedad. La de Carlos Denegri era más bien una madre controladora, chantajista, manipuladora, con doble discurso. “Si su madre sabía de sobra cuánto aborrecía a esa vieja puta, ¿por qué se la enjaretaba en los convivios familiares?”. Ceide, como llamaba a su madre, “una mujerzuela nostágica”, era como una perene sombra, le chocaba su coquetería, que fuera extrovertida, bailara, tomara y cantara el tango “Flor de fango” que hablaba de una libertina. Sentía celos cuando los hombres la miraban, y aunque lo exasperaba y a veces quisiera gritarle y reprocharle sus rencores acumulados por más de medio siglo, la respetaba demasiado, era la única mujer a quien no le había levantado jamás la voz, “y la sola idea de lastimarla le imponía un terror sagrado. Su amor era el único puerto seguro en medio de las tempestades, el reducto de tibieza que nunca podía faltarle, y si el precio que debía pagar por conservarlo era un honor lastimado, bienvenidas fueran todas las humillaciones” (p. 45). Cuántas connotaciones tiene este último párrafo desde el punto de vista psicoanalítico. Denegri tiene un padre impostor e impositor, y una figura matriarcal que lo domina. De ahí quizá “el trauma patriarcal” del que habla Claudio Naranjo, en una civilización que ha logrado su “progreso”, desde una moral autoritaria y severa.

    Aquí no es el lugar para conjeturas psicoanalíticas. Aquí sólo planteamos la lectura de esta tu más reciente novela que toca un tema tan vigente como trascendente en la búsqueda de una verdadera igualdad de género. Y es muy bueno, Enrique, importante y necesario, que hablemos entre hombres sobre los machismos que hemos ejercido por años, por milenios.

 

*Serna, Enrique, El vendedor de silencio, ed. Alfaguara, México, 2019.

**Fernando Reyes Trinid estudió la Maestría en Literatura Mexicana y la Maestría en Psicoterapia Existencial. Publicó las novelas La filósofa, la jinetera y el Comandante (IMC, 2009), y ¿Quién mató a la maestra Rosita? (UNAM, 2010), Cuentos para incendiar la oscuridad (minificciones, VersodestierrO, 2010) y los volúmenes de cuento No somos tiernas las suripantas (IMC, 2007) y Cómo deshacerse de príncipes azules (Editorial Fridaura, 2015).

 

Haikú Aquí. Vitral de instantes de Elías Dávila Silva

Martha Lujano Valenzuela

                                                                                 

 

                                                                       “La eternidad del instante. Lo que sucede aquí y ahora”

Matsuo Bascho

 

Remontar definiciones es tarea ardua de la especialización. La palabra haikú se ha incorporado al lenguaje literario de nuestros días de una manera casi tecnificada para hablar sobre cierto tipo de poesía. Y si es sobre haikús, el lenguaje se torna escaso, frugal, como este género  que ahora inunda la producción de la poesía en español.

 El haikú consiste en la idea milenaria de un poema compuesto acaso por unos cuantos versículos en un intento de reducir una estructura poética superior a una más corta que aún pueda contener toda la información semántica necesaria. Genialidad y maestría como sólo un antiguo Haijin (poeta del haikú) puede lograr, mediando siglos y geografías, aparece editado Vitral de Instantes (Bonobos Editores/ Chimal Editores, Toluca, México, 2010) de Elías Dávila Silva, un libro que se puede considerar De Autor, crisol de sabiduría y humildad, un auténtico vitral de fragmentos poéticos luminosos, sorprendiendo que tan contundente libro pueda constituirse como un puente entre la visión ancestral de oriente y el profundo arraigo latinoamericano.

La expresión poética de  Elías Dávila procede con fuerza de su raíz mexicana, originaria,  como la cosmovisión náhuatl, primigenia, sin contaminación, únicamente con la necesaria, ejercida por la lengua española de los conquistadores. No olvida que la cultura prehispánica estudiaba el movimiento de los astros,  los cambios estacionales del año y la ciencia del cultivo, los ancestros utilizaban la  medicina herbolaria, desarrollaron arquitectura y sus formas de gobierno y educación funcionaban para la atención de la población.  Contempladores de la naturaleza, como nuestro autor, quien considera su poesía como un pequeño canto a la naturaleza que de alguna manera conecta con el pensamiento oriental.

 Se sabe que el Haiku proviene de la escisión del Haikai, específicamente del Renga, una serie de estrofas compuestas por varios autores, la estrofa inicial tenía el nombre de Hokku, y Haiku se le llama a la estrofa escrita independiente por un solo autor. Quizás proceda el Haiku del Mondoo aquel diálogo de preguntas y respuestas surgido desde el siglo VIII, un collar de Katautas (versos cuyas longitudes en “moras” o unidades fonéticas japonesas fueran combinaciones de cinco y siete) o de las Tankas que constaban de 31 moras en cinco versos, canciones de dos estrofas ya mencionadas anteriormente bajo el nombre general de Hokku (5+7+5 moras,  más dos  versos de siete moras).

 

Si proviene de Zen o Zenna  (la forma japonesa de traducir del chino la palabra meditación) o no, es cuestión filosófica por dilucidar, pues el Haiku mezcla elementos del Taoísmo fundado por Lao Tse, del Confucionismo (Kong Tse muerto en 480 A.C.  Influye y contribuye a culturalizar la poesía Japonesa) y del  Budismo (procedente de la India en el Siglo V  A.C., de ahí pasa a la tradición de la cultura Japonesa). El haiku  evolucionó de arcaico a clásico y de clásico a contemporáneo, por medio de muchos autores consagrados hasta alcanzar por medio de Yamasaki Sokan (1465-1553),Matsuo Bascho (1644-1694, Hai kai o Hoku) y Shiki Mazaoka (1867-1902) la  elevación a rango de poesía y ganar la popularidad en el Siglo XIX.

 

La poética del haikú es un arte difícil de dominar, el del asombro y la emoción que produce en el haijin, la contemplación de la naturaleza. Su estilo debe ser llano, simple, coloquial, ahí radica la estética y la emoción profunda nacida de una escena “suspendida”. No existe duda sobre su preponderancia como género durante el siglo XX por su origen religioso y místico, por su alusión a la naturaleza y a la vida contemplativa, elementos de los que adolecía en mucho la literatura occidental, demasiado preocupada por la versificación.

 

El efecto contemplativo de Vitral de Instantes delinea una poesía “sin pretensión moralizante ni filosófica” en palabras de su autor, dedicado y autodidacta que justamente practica el género desde su posición de haijin –no-oriental. Preocupado por la pureza del género, demuestra que no basta escribir haikú pensándolo desde reglas gramaticales de nuestro idioma y bajo un “desconocimiento de origen, tradición evolución y actualidad”.

Se requiere una guía auxiliar para el entendimiento del desarrollo del haikú, Elías Dávila se propone esclarecer lo que es un haikú de lo que no es, por ejemplo, nos dice: “Hay quienes escriben un terceto, versos de carácter poético libre en temática, con la medida básica del 5/7/5 y desconocen la obra poética de José Juan Tablada,  quien introdujo de manera formal el haiku en nuestro idioma y de Octavio Paz, uno de los grandes autores mexicanos, quien dedicó  estudios profundos a ello. Desconocen a escritores y poetas que escriben haiku y son nacidos en México, como Elías Nandino, José Emilio Pacheco, José Vicente Anaya, Ramón Iván Suárez Caamal. ¿Entonces cómo le debemos llamar a un poema así? Tampoco podría ser poemínimo a la manera de Efraín Huerta; que tal vez haya conocido la poesía nipona; yo encuentro en el poemínimo de Efraín Huerta que conecta con el humor inicial del origen del haiku; que era algo así como una escritura de recreación.  Tal vez al poema breve con tintes del terceto del haiku puede llamársele minipoema, micropoema o poema breve y ya, escrito bajo la pauta silábica: Pentasílabo/Heptasílabo/Pentasílabo; respetando la regla gramatical de nuestro idioma con respecto a la palabra final del verso, aguda, grave, esdrújula; pero no haiku, no me gustaría faltarle el respeto a la cultura y civilización que le dio origen a este género poético”. Paul Valery: Nos dice del haiku, “un pensamiento reducido a tan graciosa simplicidad, que puede confundirse con un temblor, un murmullo o el paso de un aroma en el aire. La emoción concentrada, la simplicidad del haiku, la belleza y su valor residen en las ideas concentradas, simbólicas e intuitivas a través de las cuales debe darse un cuadro”.  Reginald Horace Blyth: “tiene al haiku como iluminación por la que penetramos en la vida de las cosas. Captamos el significado inexpresable de alguna cosa o hecho totalmente ordinario y que hasta ahora, nos había pasado totalmente desapercibido”. Octavio Paz, considera al haiku como una anotación rápida, verdadera creación de un momento privilegiado. El haiku insinúa lo indecible y constituye un medio para atrapar directamente la sensación y ver directamente el alma del hombre. No tengo que escribir las cosas sino ofrecer ventanas a las que pueda asomarse el lector para mirar las cosas nunca antes vistas”.  Alan Watts anota lo siguiente con respecto al haiku: “Un guijarro arrojado al estanque de la mente del lector oyente, que evoca para mirar las cosas nunca antes vistas; que evoca asociaciones de su memoria”.

El haiku está lejos de maniobras intelectuales y su esencia está basada en la intuición y la simplicidad. Donald Keene dice: “El haiku es la expresión del punto de intersección de lo momentáneo con lo constante y eterno”. Roland Barthes determina: “Los trazos de un haiku, diseño silogístico de tres tiempos; ascenso, suspenso, conclusión. Instante privilegiado y sobretodo de silencio”. Para Fernando Rodríguez Izquierdo y Gavala se trata de “un súbito esbozo de la naturaleza presenviado antes de que se borre de la mente”. Un arte milenaria que ha evolucionado hasta instalarse dentro de una gran tradición poética universal

En la actualidad, la voz de Vicente Haya S. es incuestionable entre los teóricos y los estudiosos del arte del haiku japonés, y para muchos, es el mayor experto en haiku de cuantos investigan este campo en lengua castellana actual, para él, el hakú es “la expresión de un silencio profundo y ancestral que es previo y posterior a nuestra existencia como criaturas”.  La adaptación del haiku a Occidente hecha por diferentes autores ha significado ciertas visiones conforme al funcionamiento de nuestro idioma, por ejemplo el haiku de Jorge Luis Borges y Jack Kerouac, o la visión que tienen autores de haiku contemporáneos como Alfredo Lavergne.

 

En la tradición Japonesa, el haiku debe poseer diferentes ingredientes como reducirse a tres versos con diecisiete moras, primer verso cinco moras, segundo verso siete moras, tercer verso cinco moras. Cuando se escribe en español se substituyen las moras por sílabas (esquema 5-7-5). No siempre es la métrica fija, el haiku debe contener una palabra que haga referencia a las estaciones: el Kigo (o tiempo), así como un Kireji, signo ortográfico, punto, coma o guion (mejor dicho una pausa traducida como éstos).  Prevalece la ausencia de rima y se privilegia el uso de licencias métricas para ajustar las moras como unidades fonéticas y permitir su flexibilidad al convertirlo al español. Además y ante todo: brevedad. En la actualidad, pueden emplearse nuevos componentes: la vida cotidiana, la naturaleza modificada y la exclusión del yo moderno, supeditarse a la contemplación es acaso el logro más educativo del haikú. La descripción cede a la belleza, tranquilidad, sosiego, fugacidad del instante, melancolía y específicamente armonía. Incluso el humorismo y la ironía, así como la realidad social tienen cabida siempre y cuando logren convertirse en poesía:

 

Banca del parque:

indigente y su perro

comparten un pan

 

“Al otro lado de la luz” y “La mirada interior” son las dos fracciones en las que se divide  Vitral de instantes, en ambas vemos recrearse el instante, emoción y sensación emanada del haijin, como propósito se fija un recorrido por su entorno próximo, un ambiente de campo, cuerpos de agua y aves migratorias ejercen el  efecto intuitivo que se imprime en esta expresión en apariencia neutra, pero que conserva aquella tácita consigna que dice que la lectura de haikú se encuentra en lo que no se ha dicho;

 

Nada de flores;

sólo un pájaro enfermo

sobre la rama

 

Lo que suceda dentro de un haiku es material e inmaterial, la estructura simple es clave para la comunicación de la emoción, aunque esta simpleza debe ser sutil y respetar los límites culturales, puesto que se puede incurrir en el error que advierte  Vicente Haya: “propagar en castellano un haikú sin corazón”, en su remedio, pueden  usarse las fuerzas del símbolo oriental y occidental como en:

 

 

El relámpago

revela un cuervo muerto

abierto de alas

 

Visual, auditiva y sensorial, son tres aproximaciones que se pueden tener ante el haiku, los artificios literarios sobran, el haijin deja por escrito lo trascendental de la existencia, hechos consumados, alejados del enigma:

 

Al boquear la trucha

se mueve

la transparencia del agua.

 

La enseñanza de la sencillez que promueve un haijin como Elías Dávila  a su  lector  (quien interpreta de manera distinta la sensibilidad japonesa dependiendo de sus límites cultuales) consiste en diferentes instrucciones: la primera resaltar el funcionamiento del poema/haikú, sin purismos,  apropiándonos de su humildad de falsa apariencia, pues su práctica es fundamentada en conceptos y entrenamiento en su aplicación. Segundo: Cada uno es el intérprete adecuado de cada haiku, lo que termina por opacar o sacrificar totalmente el “yo” del poeta. Tercero: las ambigüedades del idioma español y de su simbología pueden tendernos la trampa de buscar metáforas en el haiku, la lectura debe ser inadvertida, el haikú es algo que instala en la mente una  emoción que no se desprende hasta que se logra una valoración estética por parte del individuo.

Los haikus dicen lo que dicen, y tienen ese rasgo de ser representación material de la realidad,  por eso se duda de su carácter filosófico, no así de su carácter espiritual, pues no pretenden la comprensión del mundo ni la iluminación. Hay quien afirma que el haikú no debe ejercitarse como un objeto literario pleno, sino que debe poseer características morales, no provenientes del ego de escritor, esto obliga a la modestia y a un gran respeto por el Haiku. El haijin se sujeta con su  fuerza interior ante la existencia, ante los ciclos naturales, lo que sucede en la naturaleza es abandono ante el entorno, lucha del  estar contra el  tener, las cosas son perfectas como son (taoísmo) y se deterioran según su naturaleza (budismo):

 

Hojas de otoño:

el aire también mueve

mariposas muertas

 

 

Las conexiones entre versos dentro de Vitral de instantes representan la realidad de las estaciones, casi un calendario de actividad, poseen autenticidad humana, fluyen con los ciclos de la  tierra:

 

Se abren las coles:

las manos del sembrador

aún están sucias

 

El deseo del haijin llega a ser experiencia mística, murmullo que no se reprime ,sello personal, afinando los sentidos se detecta sabor de belleza triste (“Wabi-sabi”)

 

Este es el árbol

que en tiempo de lluvias

era mi casa

 

 

 

Elías Dávila nos ayuda a aprender a reconocer las cosas que consideramos sagradas (no religiosas), y que conforman un estado de ser ante la vida,  hacia el camino de la realización única y personal, eso que anida en nuestra voluntad, con la invitación a emplear al máximo la capacidad de asombro progresivo con ayuda de la observación, del guardar  silencios,  para contemplar dimensiones  que definen un microcosmos. El poeta va recogiendo  impresiones que son suyas, como en un largo paseo y  con fidelidad las filtra por los sentidos, y las obsequia, en su tiempo justo y equilibrado, sabiendo de ciencia cierta que toda interpretación es válida :

 Al atardecer

el viento del parque

hojea un libro olvidado

 

 

 

 

Volver al inicio, encontrar la paz.

Adán Echeverría.

 

 

360 grados se denomina el libro que como ópera prima presentó la tarde-noche de este viernes 22 de noviembre el escritor Félix Martínez en el café-librería Horus. Tuve la fortuna de acompañarlo en esta presentación, a donde también concurrió el escritor Rodolfo Espinoza, que fungió como presentador del evento.

Félix se acercó desde este marzo de 2019 al taller de apreciación y creación literaria que lleva poco más de un año sesionando en las instalaciones del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Desde que comenzó a asistir, pocas han sido las semanas en las que Félix no se acerque con un poema o algún relato para leernos y ponerlo en la mesa de operaciones del taller, para que los asistentes podamos opinar sobre su trabajo, y hacer las indicaciones necesarias para que el texto vaya tomando camino, y que posteriormente el autor, en la tranquilidad de su tiempo pueda hacer los cambios que considere pertinentes luego de haber escuchado a los demás compañeros.

Ése es el actuar de nuestro taller literario (de todo taller literario), llegar con una obra de manera semanal (disciplina de escritor), presentarlo ante los ojos lectores de los compañeros (tener humildad para ponerlo a disposición de los demás), no explicar de qué va la historia, ni discutir con los compañeros, solamente leer la obra. Que el texto se defienda solo, es la sentencia, y todos juntos nos sumamos a esa idea. Ya será después, en los cafés, las charlas fuera del taller, donde los autores podemos dar luz de cómo ha sido el proceso creativo. La disciplina de Félix es bárbara, como es la de Rodolfo, como empieza a ser igual en Lupita Olvera, quienes se han propuesto presentar textos semanales, lo que habla de la disciplina de escritor, para robarle tiempo a sus actividades de todos los días y poder trabajar en su obra.

El libro que nos convocó la tarde del viernes 22 de noviembre, reúne una época del autor. Textos que fueron naciendo en su totalidad bajo la mirada y guía del maestro Ramiro Rodríguez, durante los últimos 4 años. Textos: relatos y poemas, donde Félix Martínez ha puesto una parte de sí, de sus vivencias, de sus amistades, su familia, sus amores: hijos, esposa, hermanos, padres, tíos, haciendo que cada historia, cada poema, cada relato tenga ese toque de ternura, aun cuando el tema del que se trate pueda resultar en la violencia del sinsentido, la envidia, el rencor como en el relato “El viaje”.

El autor nos regaló, mientras comentaba sobre la creación de la obra, a preguntas que el auditorio le iba haciendo, de esas anécdotas que le hacen escribir, que le hacen traer a la hoja blanca las emociones que se recorren su sangre, salpicando cada una de sus células, lo que promete en convertirlo en un autor literario hasta que las fuerzas le alcancen. Anécdotas que le impulsan a seguir en el oficio de escritor, cuando puede constatar que alguna de sus obras pudo mover la fibra de algún lector, como lo ha hecho ya en alguna ocasión. Porque eso es la literatura, ese espacio para el reconocimiento de nosotros mismos en las historias que leemos de los otros. Para, por medio del lenguaje, reconocer al otro que somos nosotros mismos, desde los personajes que se construyen.

Félix lo presiente, lo intuye, e incluso estoy seguro que lo sabe. La literatura es ese acto comunicativo, que nos permite llegar a los ojos y la vida del otro, y desde ese momento pasar a formar parte de muchas vidas. Nuestros personajes, nuestras historias, llegan a ser parte de la vida de aquellos que alguna vez nos leen. Y el objetivo se cumple, cuando aquel lector reconoce la historia que se amolda a su forma de ser, que le mueve las emociones.

En este caso, la presentación de Félix Martínez, me ha hecho sentir ternura, calma e incluso paz, esa paz que se siente al disfrutar de los textos que conforman parte del libro 360 grados (Catarsis Literaria, 2019).

 

Testamento.  / Félix Martínez.

Estos son mis bienes que heredo:

Una casa sin paredes ni techo.

Para mirar la extensión les dejaré el cielo,

donde podrán ver las nubes cambiantes

las estrellas.

Les dejo el mar con sus tesoros

la luz, el cálido sol, para que se extienda

a sus noches frías. Dejaré el albedrío, un bien

heredado de mis padres.

Podrán escoger creer en un Dios benigno,

que está en cada huella, en todos los ojos,

o asegurar que existe lo que está en el horizonte.

Dejo un cheque portador de conocimiento

háganlo efectivo en libros. Ellos abrirán

sus mentes a otros mundos distantes.

El tiempo no se rige por los días o años.

Éstos se acortan cuando pausas la vida

y reciclas el pasado.

Mi mayor riqueza

fueron momentos en familia.

Cuiden sus activos,

separen valores de las posesiones.

Les dono mis sueños y quimeras;

mantendrán despiertos sus sentidos.

Disfrútenlo todo, llénense de sol, lluvia, ríos,

caminen veredas, suban la montaña,

lean ese libro para que vean que el mundo

nunca fue cuadrado.

Este es mi legado,

tomen posesión,

es suyo el universo.

Publicado en La pluma sobre el ojo

 

 

BALAS DE PLATA DE MORDOK MALLAKO

ENTRE ISCARIOTE Y DRÁCULA

 Por J. M. Lecumberri

 

Sólo a un monstruo como Dios se le ha podido ocurrir meter todo un universo dentro de una existencia.

¿Cómo no sentirnos siempre desgarrados?

                                                   Murdok Mallako

 

 

Murdok Mallako es sólo la máscara que cubre el rostro. El apóstol de una vida apócrifa, de un evangelio maldito. En esta colección de aforismos titulada Balas de plata, con cierta ironía y, a la vez, misticismo, el autor nos muestra que se trata de la oscuridad disfrazada de oscuridad, aquello que por la escritura desvela.

 

El volumen, editado por Huerga & Fierro (editorial de culto nacida de la llamada Movida Madrileña) está plagado de bellezas furibundas y aullidos melódicos. Profundamente inspirado por los Escolios del gran Nicolás Gómez Dávila, Mallako se acerca a un continente misterosófico lleno de herejía y vacuidad.

 

El oxímoron es su escudo ante la tangencial mirada de la Medusa posmoderna: “no se elige caer en la desesperación, pero nos podemos revelar contra las humillaciones a las que conduce”, sentencia el autor en una especie de manifiesto de la ruina, de lo fragmentario del humanismo, de su hipócrita progreso que avanza en un carruaje de hierro sobre las osamentas, como lo profetizara Blake.

 

Amante de los excesos hedonistas y, paradójicamente, de la desgarradura fundamental, Balas de plata es un libro espiritual, una especie de anecdotario de la derrota y del golpe de Estado respecto de la divinidad interior. Como escribiera Cioran: “Sólo las almas agrietadas poseen aberturas al más allá”, y está claro que este libro dispara certero hacia el cráneo del ingenuo lector.

 

Lectura no sólo recomendable sino mandatario, en el mismo sentido en que lo es una borrachera o una pelea de bar, de esas a las que Kerouac era tan asiduo. Buscador de un Dharma noctívago, de una traición ejemplar, Mollako nos pone enfrente al precioso mineral que asesina al werewolf de la mitología medieval, al bohemio rebelde que se instaura como cuestionamiento incisivo de un sistema de cadente y putrefacto.

 

Mallako no nos especifica la cantidad, pero pueden ser treinta esas balas de plata, con las que al fin podremos liberarnos de la decimonónica ideología cristiana y sus abusos, sus infamias y ser libres en un mundo sórdido, tomados de la mano hacia un ocaso infinito.

 

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Publicado en ZONA DE DESASTRE

 

 

Pasos para escribir una novela.

Adán Echeverría.

 

El siguiente método fácil ha hecho a muchos de mis alumnos construir sus proyectos de novela, novelar sus historias, y obtener satisfactorios trabajos, desde que daba clases en la Escuela de Escritores, hasta ahora que doy talleres a distancia o presenciales. Espero te sirvan:

Partamos siempre de que para todo escritor se necesita talento y dedicación. La dedicación tiene que estar acompañada de la disciplina; esto implica que uno tiene que tener la disciplina para dedicarse a valorar el oficio de escritor. Hay que tener horarios para escribir y horarios para leer. Pues buscar y encontrar el tiempo para leer es lo más importante en esta carrera de escritor. Uno debe leer al día, lo menos unas 50 cuartillas, esto implica al menos un cuento largo, o un buen fragmento de novela.

Para escribir una novela puedes seguir los siguientes pasos.

1. Apunta las ideas que tengas para contar una historia. Todo lo que vives, escuchas, piensas, te cuentan, observas, te dará las ideas necesarias. Se escribe para llenar esos vacíos de lo que tú mismo gustas de leer. Por ello cuando lees, cuando alguien te cuenta algo, cuando vives algo, vienen a ti ideas que te hacen pensar: Quisiera escribir esto. Apunta la idea en un cuaderno, graba la idea como una nota de audio en tu móvil. Apunta cuantas ideas vengan a tu mente.

2. Una vez tengas la idea que quieras novelar, harás un argumento, en una sola cuartilla. Busca no pasarte de las 27 líneas que forman una cuartilla. En ella vas a desarrollar el argumento. Dirás de qué trata la novela. Te lo contarás a ti mismo. Te dirás qué pasará. (Tú aún no sabes cómo la vas a contar, pero dirás todo lo que quieres que ocurra). Lo harás para que tú mismo sepas qué es lo que pasará en tu novela. Buscarás que todo aquel que lea tu argumento tenga ganas de leer la novela.

3. Ya que tengas el argumento, éste te hará desarrollar los capítulos de tu novela. De esta forma lo que harás será capitular tu novela. Piensa en esto: para que tengas un libro necesitas al menos 60 cuartillas, menos de 60 cuartillas forma un cuadernillo (plaquette). Considerando que necesitas 60 cuartillas, entonces dividirás el argumento que has escrito en 6 capítulos de 10 cuartillas. Necesitas escribir los títulos de cada uno de esos capítulos. Tu plan ahora será escribir 6 capítulos de 10 cuartillas cada uno. Recuerda que para ser breve se necesita un gran esfuerzo, no creas que escribir poco es fácil. Se dice que un padre quiso escribirle una carta a su hijo. Cuando el hijo leyó la carta, esta constaba de 18 páginas. Al final de la misma el padre le decía: Te he contado todo esto porque no he tenido tiempo para sentarme a escribirte a conciencia. Apenas tenga tiempo te escribiré solo una cuartilla.

4. Una vez que tengas el argumento de la novela, y tengas los seis títulos de tus capítulos, entonces harás el argumento de cada uno de esos capítulos. Buscarás responder: ¿qué pasa en cada capítulo? Harás lo mismo que al inicio del ejercicio, harás que el lector tenga ganas de leer ese capítulo. De esta forma tendrás toda tu novela bocetada. Sabrás qué ocurre en cada capítulo, y lo que vaya ocurriendo en cada capítulo será lo que dará luz a la historia de toda tu novela. Recuerda que cada argumento apenas debe estar contado en una sola cuartilla. De esta forma tendrás una cuartilla del argumento general, y tendrás igual 6 cuartillas extras de los argumentos de cada capítulo. Como es muy seguro que desde el primer argumento general hayas soltado el nombre de algunos personajes, la capitulación te podrá hacer contar cada capítulo desde la mirada de un solo personaje, o ser más creativo y contarla desde la mirada de varios personajes. Cada capítulo podrá ser contado por un diferente personaje.

5. Una vez que ya tengas esas 7 cuartillas, ya tendrás el esqueleto completo de tu novela. Puedes con cada idea que tengas armar los proyectos de novela que quieras, y tener esas 7 cuartillas para cada una de tus novelas.

6. Siempre ten cada capítulo de tu novela en un archivo separado. Esto para que te dediques cada que puedas a escribir y mejorar cada uno de tus capítulos. Luego escribirás 10 cuartillas para contarnos lo que dijiste en los argumentos que pasaría en cada capítulo. Cada vez, y para cada capítulo, vos podrás dedicarte a sólo 10 cuartillas (quizá te pases de cuartillas, eso no importa, lo que no debes hacer es escribir menos de 10 cuartillas, a menos que tengas más capítulos).

7. Una vez que tengas esos 6 capítulos, si la historia lo requiere, construye los argumentos para los capítulos extras que necesites y requieras. Primero el argumento, y luego escribir las 10 cuartillas.

8. Una vez que ya tienes toda la historia contada en tus capítulos, entonces quitarás los títulos que creaste para ellos y podrás cambiarles el orden, el capítulo que antes era uno podrá ser el seis, o el diez, dependiendo de cómo quieres que el lector la conozca en su versión final. Y sólo tendrás que escribir los conectores necesarios. Puedes suprimir o dejar los títulos, puedes incluso no tener capítulos. Una vez con todo el esqueleto, la ventaja será que tú tendrás la decisión final.

Te deseo suerte. Ya quiero leer tus argumentos, como también leer tus novelas.

Publicado en La pluma sobre el ojo

 

JUEGO DE SOMBRAS:

LA ABSURDA TRAGEDIA DE NUESTRAS LUCHAS SOCIALES

Por J. M. Lecumberri

 

Si han sentido esa especie de satisfacción, plenitud incluso, al momento te aplastar una cucaracha, araña o mosquito, o de vaciar un litro de insecticida sobre un hacinamiento de hormigas en su casa, imagínese ahora el éxtasis divino ante las aniquilaciones, genocidios y guerras humanas.

Los dioses se alimentan de nuestras emociones.

Nosotros, criaturas vanidosas e insignificantes, nos sentimos ahora más que nunca el centro de la creación, habitantes de una burbuja pletórica de vida en un desierto oscuro y vacío, poblado por los ángeles de la muerte.

Se dice que Calígula se fue a la cama y en sueños le fue revelado que estaba sufriendo una metamorfosis, resultado de la cual había dejado de ser humano para convertirse en un dios.

Este dios emperador, hizo enemistad con nada menos que con el poderoso Neptuno, señor de los océanos. Motivo por el cual envió a legiones enteras de su ejército a pelear contra el mar.

La escena debió de haber sido épica: miles de centurias dando espadazos a olas y espuma, arremetiendo con furia contra la marea y lanzando las aguas. Esto sucedió hasta que los soldados terminaron exhaustos y confundidos, mientras el océano, indiferente continuó siendo lo que es.

Esta lucha no difiere en mucho de las actuales causas de diferentes facciones y credos: de capitalismo, ecologismo, pro-vida, feminismos, fundamentalismos religiosos, cientificismo, derechos humanos, y un largo etcétera de centuriones dando espadazos contra las sombras.

“Nuestras revoluciones son puramente verbales – afirmaba Albert Caraco—cambiamos las palabras, para tener la sensación de haber cambiado las cosas”, ejemplo de esto son el lenguaje incluyente o los himnos fascistas.

Pero ¿quién es realmente el enemigo?, ¿existe, acaso?, ¿es posible confrontarlo, vencerlo?

La lucha verdadera, no es social, ni siquiera es de esta realidad, se trata de una lucha espiritual, sintérgica, para ofender menos y usar este maravilloso concepto de Grinberg.

Efectivamente, desde hace más de sesenta años que hemos estado dando espadazos a las sombras, por no decir al vacío, todas nuestras revoluciones no han

sido más que una maraña de ideales y palabras que endulzan el oído y por las cuales millones de personas han sacrificado sus vidas en todo el mundo.

¿Esto ha detenido los infames abusos de sacerdotes a niños y niñas?, ¿ha detenido la ingente cantidad de horrendos feminicidios? La respuesta a eso es un rotundo: NO.

Ninguna de nuestras supuestas luchas sociales, revoluciones o motines han logrado una mierda para evitar la matanza, los holocaustos.

Esto responde a una cuestión muy sencilla, que no estamos atacan do al enemigo, es más, ni siquiera vemos al enemigo, no lo conocemos, sólo vemos sombras, cortinas de humo, títeres.

No olvidemos que somos el rebaño del Señor, jajajaja. ¿Quién chingados nos pastorea, entonces? ¿Cristo, Buda, los aliens?

Será posible, entonces, que como lo prefigurara Allen Gisnberg, la gran mayoría de esos niños y jóvenes secuestrados sean utilizados por ritos de una élite ancestral y sin escrúpulos para calmar la ira de los dioses. ¿Será acaso Moloch?

 

…¡Moloch cuya mente es maquinaria pura! ¡Moloch cuya sangre es un torrente de dinero! ¡Moloch cuyos dedos son diez ejércitos! ¡Moloch cuyo pecho es un dínamo caníbal! ¡Moloch cuya oreja es una tumba humeante!

¡Moloch cuyos ojos son mil ventanas ciegas! ¡Moloch cuyos rascacielos se yerguen en las largas calles como inacabables Jehovás! ¡Moloch cuyas fábricas sueñan y croan en la niebla! ¡Moloch cuyas chimeneas y antenas coronan las ciudades!..1

 

Hay quienes afirman que el dinero es el descendiente de Dios judeocristiano. No están del todo equivocados. Sin embargo el dinero es sólo un símbolo que representa el conjunto de avatares que conforman al Dios judeocristiano en nuestra era. La tecnología es otro de esos símbolos o ídolos, si se prefiere. Igualmente, tenemos la “libertad sexual”, esa suerte de sexualidad en apariencia desmoralizada, manumisora, tántrica, espiritual, pero que oculta un trasfondo obsesivo-compulsivo. Todos estos ídolos están entrelazados por una misma obsesión: la Individualidad. Santo de todas nuestras devociones, ilusión de todas nuestras realidades, potencia sin poder, causa sin fundamento alguno, más que, quizás la de un egocentrismo sin parangón.

Nos damos baños de pureza, compartiendo imágenes en redes sociales, sobre las matanzas en Siria o en cualquier lado de áfrica, ponemos banderas a nuestras fotos


1 Ginsberg, Allen. Aullido. Traducción inédita de Rodrigo Olavarría.

https://web.uchile.cl/vignette/cyberhumanitatis/CDA/creacion_simple2/0,1241,SCID%253D14605%2526ISID%253D287,00.html

 

de perfil, somos la viva imagen de la sororidad y nos descosemos en discursos para sacar a relucir nuestro dramático humanismo prefabricado.

Pero hay una fuerza invisible en las sombras, hay algoritmos, bots y hay inteligencias artificiales que levantan inventario de nuestras emociones, palabras y preferencias. Detrás de ellos hay maquinarias estadísticas, fábricas de deseos, san nicolases, monstruos y toda suerte de fantasías infantiles, de historias hollywoodenses, de estereotipos y maquetas de ciudades utópicas, para alimentar nuestra sed de progreso, trabajo y lucha.

Desde las sombras nos guían hacia el abismo.

Y todo esto es parte de un complejísimo armado teatral, para darnos la idea de control sobre nuestros cuerpos y nuestras mentes. ¿Quién demonios controla mi cuerpo? Digo ser yo, y ese yo quién es. La conciencia, la mente, la expresión individual de la lattice que se manifiesta físicamente en un organismo, en un cerebro humano dotado de razón, emoción y sensibilidad.

Todas estas palabras siguen siendo algoritmos, juicios perfectamente diseñados para que no pueda escapar de la “prisión sin paredes”. Además, se trata de una serie de controladores cínicos y viles que nos muestran lo suficiente para darnos cuenta que nos están controlando y de qué manera lo hacen, porque saben que no podremos nunca descifrar sus códigos, acceder a sus flujos de deseo, de creación y destrucción.

Somos computadoras que están siendo controladas vía remota, que llevan inserta una serie de virus que les impide operar por sí mismas. La libertad es un juego de la estadística, una treta esclavizante.

¿Qué sentido tiene, entonces, oponer resistencia? Pues aun la resistencia es parte del sistema que sustenta todos los sistemas que corren por nuestras conciencias, eso que Jung llamó el inconsciente colectivo. No sólo existe un destino, sino una programación para nuestras rutas de acceso y salida de cada sistema por el que transitamos.

De eso se han tratado las vías esotéricas durante miles de años, se han consagrado a descifrar los incontables laberintos de la Nada, los demonios que habitan cada plano astral, sus poderes, sus debilidades, sus utilidades.

Hay maestros que han dominado el arte de seducir a los demonios, de hacer comercio con ellos, de ofrecerles carne a cambio de favores y de cierto poder.

Claro, no tengo pruebas, todo esto son divagaciones. Mientras, podemos seguir regodeándonos en la vanidad de nuestras compasiones, en nuestro éxito personal y baladí.

Publicado en ZONA DE DESASTRE

 

H A Y  Q U E  M E J O R A R  L A  R A Z A

Francisco Manuel Rodríguez Vargas.

 

México es racista, es solo una parte oscura de su atropellada historia. México ha ejercido a los suyos las mismas vejaciones que otros truhanes le ocasionaron con una desfachatez rampante. México es una colonia que aún tiene dueños de los cuales reniega, pero cuya mano no sabe cómo soltar. México es ciego, lo evidente se le escapa a los ojos al no aceptarse como una nación de castas y al rezongar sobre su simbiosis perpetua entre súbditos y reyes. México es un país de necios, pobres y burgueses, en donde gracias a la verticalidad heredada y al beneficio que se obtiene en un espacio de privilegio inventado, muchos sustentan su sentido de vida y otros sufren en ella.

México ha cambiado, sí, pero se ha mantenido estoico en otras prácticas que ponen a uno a pensar en qué fango está parado realmente el país. Las estadísticas abofetean con datos brutales a esta neo colonia llamada República Mexicana. Un estudio presentado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) revela a México como un país en el que el 55% de la población acepta insultar a otro por su tono de piel. Según la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) uno de cuatro mexicanos dijo sentirse discriminado por su apariencia física y un 5.5% consideró negativo que la sociedad esté formada por gente de fenotipos diferentes. Vaya carga paradójica para un país conquistado y ensoñadoramente independiente que insiste en ponerse cloro en la piel y en su pasado. Así, México mide y desprecia de abajo hacia arriba, pues desde la cima donde se le imputaron todas sus penas. Hoy, el artículo cuarto de la Constitución Política Mexicana es relleno y verborrea.

El racismo se impone con ideas erróneas diciendo que algunos grupos sociales son superiores a otros y que esa superioridad es “natural”, porque se expresa en el color de la piel, los rasgos de la cara, el tipo de pelo y “bla, bla, bla, bla, bla”. Ese racismo se asoma en chistes, comentarios, frases que ridiculizan, minusvaloran y desprecian a las personas por su tono de piel, historia, cultura, tradiciones o su condición social. Un ejemplo muy claro es decir que “Hay que mejorar la raza”, pero ¿Qué raza, la humana? Existe en efecto la emergencia de mejorar algo y de rediseñarnos. Urge mejorar esta masa gris que somos como sociedad y cambiar cuanta retórica de cavernas hemos adoptado para lograr transformarnos en algo realmente superior, pero para eso, habrá que pensar de dónde viene la altivez de unos sobre otros.

El racismo es una consecuencia de la aborrecible idea de poder que ejerce una persona sobre otra al asumir una superioridad inventada. Esta idea es inyectada y recibida mansamente por las mentes menos acaudaladas, sensibles o desprotegidas. El concepto de superioridad se apropia en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier edad y en toda circunstancia inimaginable. El racismo es consecuencia de una lenta y distorsionada percepción del mundo y no tiene razón de ser. Su motivo es odiar porque sí, no es decantarse por el ejercicio de la curiosidad y el estudio sobre lo que no se  conoce. No significa esto que las personas deban saber sobre algo o alguien forzosamente, pero la idea de odiar algo o persona alguna sin un escrutinio personal profundo, es por demás absurda. El racismo se extiende cual plaga y aleja el entendimiento del yo verdadero.

Aunadas a las consignas racistas existentes en el mundo y en México, existen otras que pareciera buscan lo contrario, pero que giran sobre el mismo lado de la moneda. Dichas consignas son las que pregonan insistentemente que todos los seres humanos somos iguales; nada más grave que insistir con eso. No, no somos iguales, en este planeta nadie es igual a nadie, nada se bifurca con tantos contrastes como la identidad humana. De los billones que somos actualmente no hay persona que pueda compartir igualdad absoluta con otra. Todos somos iguales es otra débil consigna que se exige tomar mansamente y que convierte a las personas en seres que buscan afectos y validaciones sin antes haberse constituido como individuos con facultades y necesidades inherentes a su ser, distintos de todos los demás. Se nos dice desde pequeños “todos somos iguales” pero no se nos incita a conocernos primero y a indagar en el otro al mismo tiempo. Se mata la curiosidad y se implanta la idea mal sana de que somos iguales cuando las diferencias saltan a la luz tan solo con mirarnos. Es precisamente de esta necedad por tener un ilógico tabulador plano de igualdad, que saltan las incomodidades y las inquietudes por sobre cómo se percibe el individuo a sí mismo, por cómo me perciben los otros a mí y por cómo percibo yo a los demás. La igualdad referida y señalada en nuestros tiempos redunda en derechos y obligaciones, en condiciones provechosas para alcanzar una vida plena solo por el hecho de existir; “vivo aquí y tengo derecho a ser feliz”. Sin embargo, no existe el hábito de ver al otro en silencio y sin influencia alguna, de saber del otro personalmente, quién es el que tengo enfrente, de dónde viene y cómo concibe la vida y mucho menos de conocernos a nosotros mismos. Nos olvidamos de que el otro habita el mundo conmigo y de que no es nada parecido a mí, en ningún aspecto.

Todo va demasiado rápido para que podamos tener intimidad como sociedad, creemos que sabemos quiénes somos, pero como país, es evidente que no lo hacemos. Todo va muy de prisa y solo sabemos que algo está mal, sin tener la certeza de qué es. Juzgamos las diferencias de la superficie, suponemos qué es tal cosa o quién es qué. Escuchamos indio, naco, gato y ya, esa es nuestra realidad porque el cerco de la velocidad a la que se mueve el mundo se yergue alto para poder vernos a los ojos en paz y en silencio. Odiamos por correr, corremos al odiar, nos enojamos por correr; el estrés es veloz, todo es veloz porque tiempo es dinero y dinero es poder, con el poder veo por arriba del hombro, soy mejor porque como He - Man “Yo tengo el poder”.

Vivimos en un país que se devora de los pies a la cabeza porque no quiere intimidad consigo mismo, el sincretismo lo confunde y lo obliga a respirar del orgullo ajeno. Sus problemas le dan jaqueca, es demasiado pasado, son demasiados siglos, demasiados virreyes, muchos nombres y barquitos, guerras, pasteles, hartísimas castas. Hay muchos Santa Annas, santa Juanas, Juanas con arcos, niños héroes, santo esto, santo aquello, San Santo, el Santo ¡Santa mierda! El mexicano no quiere saber y no quiere escuchar, solo quiere sobrevivir y sobrevivir significa ir rápido. El mexicano no quiere ni puede detenerse porque las lombrices en el estómago hacen ruido. Todos los hijos de México tienen hambre, muchos añoran una pizca de poder, muchos lo niegan, muchos lo ejercen, muchos lo ignoran, pero todos van de prisa porque correr es herencia de siglos. Hoy convivimos con prisa sin importar colores, credos y creencias; todos corren. Todos tienen hambre. La percepción del país para consigo se ha vuelto una masa gris, por ello le cuesta salirse de la cuenca del odio hacia el otro, porque sigue siendo colonia pero no se asume como tal, ya sea por vergüenza, porque lo ignora o porque lo ve todo perdido. Al blanco mexicano le duele no ser blanco peninsular, al criollo le duele no ser blanco, el indígena se pregunta por qué está debajo de la pirámide mientras que el negro se pregunta lo que se pregunta el indígena pero desde muchos siglos atrás. Nunca hubo independencia, no hay revolución; llegaron otros de arriba, de abajo, llegaron con corbatas en lugar de corona y México sigue sin aceptar que es “soberana colonia republicana extractivista libre con grilletes discretos”.

Han pasado los siglos, muerto los reyes e impuestos los presidentes y hoy, la corporatocracia se corona como la reina suprema de todas las castas. Es la corporatocracia el pináculo de la segregación racial y la que tiene secuestrada la poca identidad comunal del país. Las grandes corporaciones no tienen que esforzarse mucho por mantener a la mayoría de los mexicanos en el redil de su conveniencia, el país lo hace solo y lo seguirá haciendo porque no es que el mexicano huya de su pasado nada más, también huye de la condición de prisionero de su presente. México es prisionero de sus ilusiones de soberanía, huye de la unidad como pueblo y de la compasión frente al otro, no puede dejar de aterrorizarse frente a la diferenciación entre las personas que conforman la sociedad mexicana porque las ignora, no quiere saber de ellas, porque como colonia, la aspiración burguesa del yo primero es el paradigma que impera. Si el mexicano no trabaja, se muere de hambre, así que mejor se apresura y se exprime para poder dar a los suyos algo de libertad, para poder alejar a los suyos de la exclusión de privilegios, tiene que darse prisa.

La Corporatocracia rebasó lo inimaginable y evolucionó como le dio la gana. Ahora ya no importa la raza, importan los réditos. No importan las togas y los sahumerios, importan las torres altas de trescientos pisos que especulan en Wallstreet. No importa si eres mujer u hombre, importas en porcentaje y en estadística de producto, importan los “likes” porque son datos, importan los datos porque son sujetos de análisis para hacer más análisis de consumo y de mercado.

La raza importa solo porque es un “target”, ahí sí que importa, las diferencias importan a las corporaciones solo como segmentos. El concepto de inclusión y de igualdad importa a la corporación porque vende. La falsa retórica sexista vende, vende titulares y noticias morbosas en los que la gente hace juez y parte dentro del anonimato de las redes; eso vende, y mucho. Pasamos entonces de valer más o menos por el color de la piel a valer 4 más o menos como datos en la nube que arrojan hábitos de consumo. Si las corporaciones dan valor a las personas por su productividad y su cartera y si la cartera está ligada a las oportunidades que da el privilegio de cada casta, al final el corporativismo es un ente racista disfrazado de meritócrata. Cada tono de piel aspira a inflar hasta cierto punto su cuenta en el banco, el color de las tarjetas crediticias habla del mismo modo que las aspiraciones raciales.

Hay algo aún más grave y es que el racista se desentiende de la verdadera valía que implica vivir en sociedad, ignora que todos somos parte de un solo organismo vivo, ignora que todos impactamos en el otro. Todos, absolutamente todos tenemos nuestro tiempo contado, esa es la única certeza que existe, todos moriremos. Entonces las razones de nuestra prisa deberían venir desde otro lugar, tal vez deberíamos de pensar seriamente en ir más lento, caminar en lugar de correr, contemplarnos desde el interior y dejarnos maravillar por todo lo nuevo que tenga el mundo que ofrecer, quizá deberíamos pensar seriamente en que, en efecto, hay que mejorar la raza.

 

Francisco Manuel Rodríguez Vargas.

 

 

La prodigiosa memoria de

Juan José Arreola, gala de la lengua

Julio César Aguilar

 

 

 

“Gracias a la memoria se da en los hombres lo que se llama experiencia.”

Aristóteles

“La memoria es un presente que nunca acaba de pasar.”

Octavio Paz

[D]e lo que abunda en el corazón habla la lengua.”

Lucas 6:45

 

Las letras mexicanas están de fiesta. Zapotlán se enorgullece de su hijo ilustre y lo honra con un digno homenaje, aunque cabe destacar, como sabido es, que no hay mayor homenaje para un escritor que el que se efectúa desde la lectura y relectura de su obra. En este año 2018 la literatura nacional celebra el centenario del nacimiento de Juan José Arreola (1918-2001), uno de los escritores más polifacéticos y completos del siglo XX. Es decir que, además de ser ampliamente reconocido como un narrador de primer orden, Arreola cultivó asimismo con cierto éxito los demás géneros literarios y también fue un destacado promotor cultural de México al participar activamente en la creación de talleres literarios y en el quehacer editorial, así como en sus apreciables intervenciones en los programas televisivos que dieron cuenta de su talento histriónico y de su deslumbrante pasión por el ejercicio de la palabra.

Entre otras tareas, Arreola también incursionó en la actuación de la mano de Louis Jouvet, quien lo invitó a Francia a estudiar teatro y en donde radicó entre 1945 y 1946, aunque ya antes había ingresado a la Escuela de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes, bajo la dirección de Fernando Wagner, y posteriormente trabajó en la compañía de Rodolfo Usigli, Teatro de Medianoche. Por otro lado, el artífice de la palabra que era Arreola, se aplicó también a la traducción literaria, específicamente de lengua francesa, vertiendo la obra con pulcritud al español. Como editor, dirigió las revistas literarias Eos, en 1943, y Pan, en 1945; años después editó las colecciones de libros Los Presentes, Cuadernos del Unicornio y Mester, en los que tuvieron la oportunidad de publicar varios de los escritores hoy reconocidos, como Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Augusto Monterroso, Carlos Pellicer, entre muchos otros.

Uno de los mayores atributos de Arreola a lo largo de su vida, sin duda alguna fue su gran capacidad de retener en la memoria una vasta cantidad de información. Poemas enteros salían de su boca con la naturalidad del que habla su propia lengua. Pasajes memorables del Quijote, por ejemplo, eran dichos como si los estuviera leyendo. Arreola era capaz de mencionar, durante sus presentaciones públicas o en meras conversaciones, datos específicos de cualquier índole, tales como nombres de autores poco conocidos y de citar títulos de obras literarias con una asombrosa fluidez. Su cerebro de hombre y temple de estirpe renacentista era una computadora que registraba hasta los más mínimos detalles. Pocos hombres y escritores he conocido que sean portadores de ese don de gozar de una portentosa memoria como la de Arreola. 

Sin siquiera haber terminado incluso sus estudios primarios debido a que durante la guerra cristera se cerraron los planteles educativos, Arreola era poseedor de un acervo cultural respetable y envidiable aun por los letrados, por aquellos académicos y estudiosos con títulos universitarios cuyos méritos literarios no rebasan a los del autor hoy homenajeado. Siendo un niño de todavía pocos años, aprendió a leer por cuenta propia mucho antes de ir a las aulas, y pronto comenzó a memorizar poemas, como “El Cristo de Temaca” de Alfredo R. Placencia o “Farewell” de Pablo Neruda, que luego recitaba en veladas literarias de Zapotlán. Juanito el Recitador, encontró puntualmente en el verbo su propio destino de escritor. El mismo Arreola cuenta en Memoria y olvido, libro en el que relata su vida a Fernando del Paso, que a los tres años de edad ya sabía leer.

No obstante su obra escrita sea reducida, pues no cuenta con una gran cantidad de títulos, su prosa oral tal vez la supere en profusión, ya que Arreola era un charlista nato, y podían transcurrir horas con monólogos y discursos improvisados suyos de extraordinaria factura. En muchas ocasiones tuve la dicha de ser testigo de ese espléndido caudal del verbo en la voz de Arreola, como por ejemplo en las aulas de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara, cuando era yo alumno de esa carrera, la cual no concluí para continuar con mi último año de Medicina y poder graduarme; en el Ex Convento del Carmen, también en Guadalajara, pude escuchar repetidas veces la magia oral del último juglar. De igual forma, en el auditorio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la vez que obtuvo el Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo, en 1992, Arreola deslumbró con su discurso a los oyentes; en el Instituto Cultural Cabañas, en la Casa de la Cultura de Zapotlán y en conversaciones privadas, Arreola seducía siempre al público y al interlocutor con sus destrezas discursivas de todos conocidas, pero de las cuales doy mi testimonio ya que pude gozarlas en todos esos sitios.

Habiendo tenido la fortuna de haberlo conocido y tratado personalmente en Zapotlán cuando era yo niño, fueron por lo tanto sus dotes de gran conversador, su talante artístico y su excepcional retentiva las cualidades primeras que en mayor grado me impresionaron del autor de La feria. En todas las ocasiones en las que pude visitarlo en su cabaña de Zapotlán y en su departamento de Guadalajara, o cuando coincidíamos en algún evento literario, me sorprendía siempre con el formidable despliegue de su memoria. La primera vez que hablé con él, en su estudio de Loma de Barro, supe que conocía a la perfección los nombres de sus parientes y sus lazos familiares, pues cuando le mencioné que era nieto de su prima Soledad Zúñiga, él reconoció de inmediato el parentesco y nombró a su vez a los hermanos de mi abuela. De mi relación con Arreola, ya había escrito con anterioridad el siguiente texto titulado “Evocaciones a partir de una dedicatoria de Neruda a Arreola”, el cual comienza con un proverbio chino como epígrafe: “Cuando bebas agua, recuerda la fuente”:

Hace un par de días Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar me informó desde Zapotlán que, por fin, los restos mortales de Juan José Arreola serían trasladados en fechas muy próximas a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. Héctor Alfonso sabe, sin duda alguna, que todos los zapotlenses que alguna vez aspiramos ingresar a los recintos de la literatura, somos deudores de una manera u otra de la vocación artística de Arreola, cuyo espíritu resurge en cada una de sus memorables páginas y que desde el 21 de septiembre de 2015 habitará en los espacios reservados a los grandes hombres que han contribuido a perfilar nuestro presente.

 

Y ese día es hoy: acontecimiento histórico no sólo para las letras de Jalisco sino nacionales, ya que el último juglar es uno de los primerísimos narradores de estirpe universal que cinceló su obra con la delicadeza de un entusiasta orfebre de la palabra, pasión por la misma que fue incuestionable en múltiples ocasiones en los ámbitos también de la oralidad. Este suceso, por lo tanto, debe interpretarse más como una ceremonia de justicia literaria a uno de los más sobresalientes orgullos de Zapotlán —esa novia a la que tanto quiso y que le fue la más difícil de olvidar, según él mismo lo expresara— que, sin dejar de serlo, como un acto político o con tintes partidistas. Con esta alta distinción con la que se honra hoy la memoria del autor de Confabulario, una de sus mejores obras, se justifican con todo su peso y luminosas resplandecen ya las sencillas palabras que Neruda escribe en una dedicatoria a Arreola.

 

Fue precisamente en Zapotlán donde coinciden ambos protagonistas de la literatura hispanoamericana. Neruda, quien ya llevaba casi dos años radicando en México como cónsul general de Chile, llega a Zapotlán el 16 de junio de 1942 por la invitación del diputado César Martino para que escuchara recitar a Arreola. A Martino, por cierto, Neruda le dedica un soneto que ese mismo día escribe, impulsado por la amistad e inspirado por el ponche de granada y el cielo de Zapotlán rebosante de estrellas. Esa noche, el joven Arreola recita de memoria los poemas “Farewell” y el “Poema XX”, del chileno también universal, tras ofrecerle un discurso de bienvenida al poeta. Durante la velada literaria, Arreola le pide a Neruda que le dedique su libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada, poemario en su quinta edición de 1938. El poeta escribe entonces: “A Juan José Arreola con fe en su destino”. El ahora benemérito jalisciense

tenía veintitrés años de edad, pero ya era un gran artista en ciernes que vislumbraba su sino. Y Neruda no se equivocó: esa fe que tuvo en la suerte de Arreola, este día se ve coronada con el esplendor de la gloria literaria (perdón por mi entusiasmo y la retórica).

 

Uno de los mayores privilegios que he tenido a lo largo de mis incursiones en la literatura —y puedo asegurar que de mi vida, sin ninguna pretensión de exagerar—, fue el haber conocido a Arreola y conversado con él cuando yo era aún niño. El impacto que produjeron en mí esos encuentros —valga puntualizarlo— ha sido determinante en mi carrera. Recuerdo que mi madre solía decirnos, cuando lo veíamos en su programa televisivo, Vida y voz, durante su participación en el canal 13, que ese señor era pariente de la familia, por parte de los Zúñigas. El padre de mi abuela materna, Daniel Zúñiga Chávez, era tío de Juan José Arreola; por lo tanto, mi abuela Soledad Zúñiga Álzaga y él, eran primos hermanos. Motivado por mi incipiente interés en la poesía y con el pretexto de esa lejana relación de parentesco, en mi caso, un día le llamé por teléfono y le expuse que era nieto de Soledad, su prima, y que deseaba mostrarle lo que yo escribía, con el fin de recibir algún comentario sobre los textos y recomendaciones en cuanto a lecturas debía realizar.

 

Sin embargo, ya antes de escuchar a mi madre referirse al parentesco con Arreola, yo tenía conocimiento del escritor a través de los libros de texto de primaria; hecho que despertó mucho más mi interés por conocerlo. Inolvidables son las dos prosas “El sapo” y “El elefante” que en nuestra infancia pudimos disfrutar en el libro de lecturas de sexto grado, las cuales forman parte de su Bestiario, así como sobre todo la impecable prosa poética que alude a la tierra natal y que todavía pervive en mi memoria palabra por palabra: “Si camino paso a paso hasta el recuerdo más hondo, caigo en la húmeda barranca de Toistona, bordeada de helechos y de musgo entrañable. Allí hay una flor blanca. La perfumada estrellita de San Juan que prendió con su alfiler de aroma el primer recuerdo de mi vida terrestre: una tarde de infancia en que salí por vez primera a conocer el campo. Campo de Zapotlán…”. De igual modo, de esos libros de texto destaca otra prosa contenida en La feria, y que alude precisamente a las festividades religiosas que cada octubre se conmemoran en Zapotlán. Por otra parte, mi hermano mayor Engelberto tenía en casa —y aún lo tiene— el libro de Lectura en voz alta, compilación de prosas seleccionadas por Arreola y publicado en la Editorial Porrúa. Mi hermana Lola —ahora mismo también me acuerdo—, quien por esos años estudiaba teatro en la Casa de la Cultura, una noche me llevó a uno de los salones en donde Arreola impartía una charla. Yo era el único niño que asistió esa vez entre adultos a escuchar, admirado, la expresión decantada de su discurso.

 

Decía entonces que desde la primera vez que me comuniqué con Arreola, ya tenía yo cierto conocimiento de quién era y había leído por lo menos los textos mencionados arriba. Siempre que hablaba por teléfono, me contestaba regularmente Claudia, su hija mayor, ya que era ella quien vivía con él por ese tiempo en la casa de Loma de Barro, la que es ahora Casa Taller Literario Juan José Arreola. A esa casa llegué un día, transportado en el vehículo de Lourdes, mi hermana mayor, con la timidez del niño que reconoce la superioridad del otro. Avergonzado, como si hubiera cometido yo un delito, le extendí a Arreola las páginas mecanografiadas de los textos que llamé canciones. Después de leerlos, benévola fue su respuesta: “para la edad que tienes, esto tiene sentido”, dijo, recomendándome después la lectura de poetas principalmente del modernismo, como Rubén Darío, Ramón López Velarde, entre varios otros. Ese primer día que lo conocí en persona, una tarde de enero de 1983, antes de despedirme de él, fue

Al estante donde tenía sus libros y me regaló uno suyo. Era el de Lectura en voz alta, que todavía conservo. En la dedicatoria escribió: “A Julio César, ese regalo de año nuevo. De su tío abuelo Juan José Arreola”.

 

Poco tiempo después volví a verlo, cuando era director de la Casa de la Cultura de Zapotlán. Ese mismo día tuvo la visita del poeta Germán List Arzubide, a quien tuve la oportunidad de conocerlo en esa ocasión. De la conversación que ese mediodía sostuvieron ambos, escuché que hablaban de Juana de Ibarbourou y de Alfonso Reyes, entre otros asuntos. Yo llevaba conmigo el Confabulario personal en la edición de Bruguera y de Joaquín Mortiz Varia invención. En este último, dedicándomelo, Arreola anotó: “A Julio César, para que prosiga en su afán de formarse y escribir. Juan José Arreola, primo hermano de Soledad Zúñiga Álzaga”. En la dedicatoria del Confabulario simplemente expresó: “A Julio César Aguilar con fe en su destino”, y al final de la página una nota en la que se lee: “Estas palabras me las puso en una dedicatoria Pablo Neruda cuando estuvo en Zapotlán, hoy la he copiado para ti, jueves 21 de agosto de 1986”. Y este 21 de septiembre de 2015, yo celebro desde College Station, Texas, el talento y la grandeza de Juan José Arreola, y envío el más cálido abrazo a Claudia, Orso y Fuensanta, testigos de lo que oyó su padre, aunque fuera un solo instante, “a través de la zarza ardiente”.

 

La memoria de Arreola no conocía límites. Después de varios años de no haber conversado con

él, una tarde lo visité en su departamento de Guadalajara. Por esa época era yo estudiante de la carrera de Medicina, en la Universidad de Guadalajara, y él residía en la colonia Providencia. Cuando me abrió la puerta, dijo: “Tú eres Julio César Aguilar Zepeda”, y me sorprendió que aún recordara mi nombre completo. Acababa yo de publicar Rescoldos, poemario que en esa ocasión le regalé. Ya dentro de su departamento, sentados a la mesa, se refirió al hermano de mi abuela, Agustín Zúñiga, quien por ese entonces se encontraba enfermo y en reposo en su casa de Zapotlán. Ese mismo día me dijo que mi rostro le recordaba al de Marcel Proust, ya que según él me parecía mucho al autor de En busca del tiempo perdido; enseguida de eso fue a su recámara y trajo una reproducción de una imagen de Proust para mostrármela.

Recuerdo ahora que después de haber visto un día la participación de Arreola en el programa de televisión de Ricardo Rocha, Para gente grande, en los años ochenta y siendo yo adolescente, le escribí y mandé al escritor una carta a su domicilio en ese entonces de la Ciudad de México. Era por Río Guadalquivir, muy bien me acuerdo. Lo que no recuerdo con exactitud es qué era lo que le decía en esa carta; tal vez le expresaba, seguramente, mi sincera admiración al haberlo visto en el programa de Rocha, el cual estaba dedicado por entero a su persona. Pasados los años, en julio de 1998, en el número 7 de la revista Orfeo, misma que yo dirigía, publiqué la siguiente “Carta abierta a Juan José Arreola”:

Sobre mi mesa de trabajo tengo los libros de tu autoría, maestro. Abro al azar el rojo ejemplar de La feria y me sorprende el hallazgo feliz de tu prosa que siendo niño memoricé: Si camino paso a paso hasta el recuerdo más hondo, me veo subiendo a tu cabaña en busca de la lección. Una tarde de infancia fui testigo de tu arrebato por la palabra, de tu boca escuché los primeros comentarios a mis antiguas primicias y supe del valor que para mí tendría la literatura. En tu biblioteca conocí los grandes tomos en lengua francesa y las miniaturas de metal quizás herencia de tu tío Daniel Zúñiga colocadas exactamente en su sitio. En esa primera ocasión que fui recibido en tu casa, me regalaste el libro de Lectura en voz alta para que aprendiera a descifrar, al ritmo de mis deseos, el lenguaje de la literatura en su idioma universal; me hablaste, con tu conocida pasión, de los poetas que habría de leer: Bécquer, Darío, Mistral, López Velarde… Me enseñaste a saborear la poesía igual que como se nutre el hombre con el pan dispensable. Allí, desde Loma de Barro, tu laguna soñada se prendió a mi recuerdo como un alfiler de esperanza y alegría. El campo de Zapotlán y el Nevado de Jalisco aparecen y se pierden para volver a mi memoria en este día.

Regreso la mirada a tus libros y el entusiasmo se acrecienta al releer (no sé por cuántas ocasiones) la dedicatoria ya aprendida que me obsequiaste en Varia invención: “A Julio César, éste que un día fue mi primer libro, para que prosiga en su afán de formarse y escribir”, y estas palabras escritas para mi adolescencia, maestro, han guiado y fortalecido, ciertamente, mi interés por el universo literario.

Maestro Juan José, tú, el más fino de los artesanos del lenguaje, el artista más apasionado, el célebre memorista, el editor impecable, el improvisador de la palabra exacta, escucha en estas líneas mi agradecimiento en donde nuevamente te saludo como en la vez primera dando testimonio de mi admiración hacia tu obra que es tu vida.

En este momento recuerdo las palabras que Pablo Neruda te puso en una dedicatoria cuando estuvo en Zapotlán, porque esas simples pero alentadoras palabras, “Con fe en su destino”, tú las copiaste para mí en tu Confabulario personal, en 1986. Pero, por qué te platico todas estas cosas, si de seguro tú las recuerdas, pues prodigiosa es la memoria que te habita; acaso es a mí mismo a quien deseo recordárselas removiendo el agua del olvido para no traicionar mi gratitud. Trato, en fin, de arar la tierra que es tu tierra, porque yo, señor, también soy un hombre de Zapotlán.

 

Escuchar a Juan José Arreola hablar, era en verdad asistir a una fiesta del lenguaje. Puedo afirmar categóricamente que mi amor a la literatura nació tras conocer a Arreola, más que todo al oírlo disertar sobre temas artísticos, literarios, poéticos, en sus largos monólogos en los que se manifestaban su devoción por el idioma y sus hondas aspiraciones de poeta, encendiendo con su verbo enfebrecido la poesía, como una noble actitud para así reivindicarla y seguir él mismo amándola. En el texto “De memoria y olvido”, que bien funciona como prólogo de Confabulario, Arreola aclara: “No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka”. Ese amor suyo a la literatura es de sobra evidente. Muchas fueron las ocasiones, como ya lo expresé anteriormente, en las que presencié su fascinación por la palabra bien dicha, por el discurso reflexivo en el que la magia verbal emergía de su voz con espontaneidad en sus intervenciones tanto públicas en instituciones culturales o en televisión así como en conversaciones privadas.

Haber conocido a Arreola y tenerlo como el primer maestro que me acercó a la literatura en la infancia, tras haber leído mis primeros textos, ha sido un gran acontecimiento en mi vida. El más importante, sin duda, en el ámbito de mi carrera literaria. Arreola, primo de mi abuela, Soledad Zúñiga a quien tanto quise y aún recuerdo con ese amor de niño, y sobrino de mi bisabuelo, Daniel Zúñiga, está siendo celebrado ahora, hoy, por sus lectores, por los estudiosos de su obra, por sus amigos y familiares, por sus discípulos, por su pueblo, Zapotlán, que lo vio nacer un 18 de septiembre de 1918. Todos lo recordamos ahora, y nuestra memoria se vuelca a su memoria. Celebramos por eso, felices, la vida y obra de nuestro Juan José Arreola, un hombre que hizo gala de la lengua española a través de su palabra que emanaba siempre, prístina, desde el prodigioso raudal de su memoria.

Publicado en Estancia del escriba

 

 

Mátenlas a todas. No dejen ni una viva.

Adán Echeverría.

 

 

El tiempo de la sangre ha llegado. El tiempo de acabar con todo. Armagedón es el nombre de cada una de nosotras, hartas ya de vivir bajo el puño de la violencia. La puta de Babilonia guarda silencio, espantada, vilipendiada, macerada en su espíritu aterrado. Lilith vuela de nuevo, tiene sed de venganza, sus gritos son la tocata en fuga que nos levanta del camastro, rompe nuestras cadenas, nos abre la celda, nos quita el grillete, nos arranca las costras del dolor y el miedo. Cada escoba es el arma, el símbolo que como insulto nos han lanzado, ahora será herramienta para defendernos. Cada tacón puntiagudo será afilado para usarse en la cacería, en la persecución. Cada brassier será mordaza, de cuerda para maniatar, de horca para la justicia. Las mujeres sabemos usarlo todo. Nos hemos preparado. Por más cinco siglos hemos sabido parir en silencio, y prepararnos en la sangre y el fluido, tuvimos que aprender a llorar en silencio, a educarnos a escondidas, a morir en silencio y ahora tuvimos que aprender a encendernos. Estamos Hartas. Esto es el Hartazgo. Hemos sabido lamernos las heridas, y las heridas de los nuestros, de todo a nuestro alrededor, de todo aquello que alguna vez quisimos y de lo que todavía queremos.

Nos violan en la infancia, en la primera infancia, en el vientre. ¿Qué de erótico tenemos cuando somos bebas y olemos a caca, mocos y leche materna? ¿Qué de erótico tiene nuestro cuerpo, la cortada, la enorme raja que les alienta a penetrarnos así, cuando somos indefensa? Podemos crecer indefensas, pretenden que crezcamos indefensas, nos obligan a crecer indefensas, quieren que crezcamos domesticadas, inofensivas. Nuestra raja primero, nuestra sangre luego, nuestro ano, nuestra boca. Acaso nuestros huecos no sirven más que para ser hurgados noche y día, vida y muerte, dolor y quemadura. Acaso no existe la piedad para nosotras. Los huecos que tenemos, lo huecos que parecemos. ¿Somos hueco sin memoria?

Hemos aprendido a amarnos entre nosotras, a querernos sucias, a querernos agresivas, a querernos musculosas, a reconstruir nuestro cuerpo, grasa músculo, grasa músculo, nada débil, ni nuestra risa, ni nuestra voz, nada que les haga creer que somos la debilidad encarnada, nada que les haga creer que no regresaremos el golpe, aprendimos a armarnos entre nosotras. Juntas somos un arma de destrucción, si es necesario.

Queremos que los huecos de ellos también se llenaran de dedos, que escurrieran sangre, se llenaran de vergas, de palos y bates, de todo lo que sea posible introducir en ellos. ¿Acaso piensan en lo que siente una niña de 0 años, una niña de 1, 2, 3, 4... 14 años cuando meten sus dedos, meten sus manos, meten palos, botellas, cuando muerden su nuca, cuando azotan su puño contra los pequeños huesos que aún no terminan de desarrollarse?

¿Y quién nos cuida? No lo hacen los adultos de la casa, no lo hacen los adultos de la escuela, no lo hace los adultos de la fiscalía, menos los perros policías, los lobos policías, los monstros policías, los sarna-policía, porque nos violan en la calle, en el carro patrulla, nos secuestran, nos entregan a los secuestradores, nos dejan tiradas en los moteles, nos regentean, sabedores de la impunidad nos lanzan al desagüe, nos lanzan a la basura, en la brecha, en el monte, para que nuestros cadáveres sean descarnados por las bestias y las aves de rapiña.

Los recuerdos de la mujer que ha sido violada permanecerán toda la vida en su memoria, en el olor de su cuerpo, al cerrar los ojos, presas siempre del insomnio y del terror, siempre perseguidas por el cuerpo de los violadores, mientras que a estos malditos apenas 15 años como máximo para que sean sustraídos de la sociedad. Los liberan y vuelven por nosotras, al tomar el autobús, al ir a la escuela, al bajar del metro, al caminar por las calles iluminadas, al andar en grupos Los violadores, los depredadores sexuales presumiendo que se cogieron a cuánta niña pudieron; ahí, usando el músculo para doblegar maricas, sacándose la reata para hacer que otro hombre de barba crecida y rasposa se la meta en la boca, y les haga terminar.

El tema para los hombres tiene que ser siempre llenarlo todo de semen, en el semen se les escapa la vida, como sus máximas victorias, en la expulsión del semen se basa toda su creatividad, en ello se basa todo deseo de permanencia, toda su maldad apenas alcanza para lastimar mujeres y niñas y ancianas. Creen que el semen que lanzan sobre la mujer, sobre la anciana, sobre la esposa, la novia, la amante, la hija, la ahijada, la prima, o cualquier maricón sobre el que quieran correrse, es la marca de su hombría: Me he cogido a tantas, ¿y tú?

Basta; devolveremos el golpe, devolveremos la punzada, devolveremos las penetraciones, los empalaremos si es necesario, por las calles, para que todos los vean, en tu casa, en tu familia, mataremos, arrancaremos penes, morderemos brazos, lanzaremos granadas sobre todos aquellos que intenten violar a una mujer,

apretaremos cuellos, los envenenaremos por abusar de un niño o niña, lastimar a una anciana, robar, secuestrar a una jovencita.

Este es el reto y el punto final, la línea que nos debes cruzar, esta es la claridad del pensamiento. No habrá camino de regreso, no importa la cárcel, nada importa ya, quemaremos edificios públicos; estamos hartas y quemaremos las oficinas que guardan violadores, iglesias que someten pensamientos, diputaciones que se asocian con los pornógrafos y los giros negros; es la hora de la sangre, se acabó el lagrimar en silencio aguantando el dolor.

Tengan miedo, cuiden a sus hijos varones, cuidan cada cosa que digan, cada cosa que escriban, somos marabunta, somos jauría, somos cardumen, piara, manada, somos la muerte que se cierne sobre las ciudades en busca de los penes colgantes. Claro que buscamos venganza, claro que ya no queremos el diálogo, ¡estamos hartas, no lo entienden! Claro que todo ha terminado ya, se acabaron las reuniones, la niña de Azcapotzalco fue la última mujer violada sin una respuesta violenta, por cada mujer habrá hombres muertos; empecemos por los propios, los cercanos.

Aléjense, reconstrúyanse o aténganse a las consecuencias de sus propios actos, de sus decisiones. No hay hombres inocentes, no hay penes inocentes, no hay miradas de varones que sean inocentes. Muerte al varón, seremos íncubo, seremos bruja, seremos hoguera que lo incendie todo.

Publicado en La pluma sobre el ojo
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