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Martes, 18 Septiembre 2018 00:25

EL CHISME

 

El chisme

Jean-Claude Goiri

 

 

Sácatelo de los ojos, lo muerto. Porque aquí es vida. Solamente vida. La vida entra por los ojos o las orejas o los dedos. De nada sirve el corazón. Los que no tienen viven como tú. De sobra lo sabes. Aquí no hace daño nada. Pues lo que pasó es que un día me dije que ya bastaba de llorar. Seco como un palillo estaba. Me quebraban al soplarme. En mil palillos me quebraron. Así soy multitud. En cada palabra. Negra como la noche. El fuego en los ojos. Porque el fuego se ve de noche. Solamente de noche. El sol lo esconde todo. Nos deja ciegos. Cuando yo nací, el sol escondía el mundo. Así que no vi nada del mundo. Y mis padres tampoco. Sobre todo mi padre. Ciego como estaba, la única cosa que vio fue mi chisme. Tuvo dos hijas y ya bastaba de hijas. Quería un hijo con un chisme como el suyo. Porque para ser hojalatero hay que tener un chisme de hojalatero y el mío era como Dios manda. Alegría mi padre. No me cogió en sus brazos porque no quería quebrarme porque necesitaba un hojalatero con chisme. Me enseñó a andar. A hablar. A comer como él. Y todo lo hizo con alegría. Alegría tambien cuando me enseñó a pasar el tiempo en la huerta. A desherbar. A binar. A plantar. A quemar las hierbas. A transbordar la tierra en la carretilla. El oficio de hojalatero con chisme me lo enseñó un poco más tarde. Cuando supe matar un pollo. Y verle correr sin cabeza. Justo depués de verle matar a los gatitos. Hay que tener un chisme cojonudo para hacer eso. Y para verlo también.

Entonces, solamente entonces, me enseñó a arreglar el taller. De alegría estaba hecho el hojalatero con chisme. Entré por la primera vez en el taller con el pie izquierdo, mi chisme de hijo de hojalatero y mis mejillas de cinco años. Empezamos a jugar arreglando los tubos y los pernos y martillos y …Y seguimos limpiando y limpiando y … Y todos los días jugábabamos así. Limpiando y organizando. Organizar las cosas hasta que…

Hasta que harto de jugar, salí del taller con el pie izquierdo, mi chisme de poeta y mis brazos de diecinueve años hasta que…

Hasta que tuve mi primera hija. Ella me enseñó lo que es jugar. Y trabajé para jugar lo mejor posible

 

Voz, vos…

Yo soy la que nunca se calla

Porque tambien empalabro tus sueños

La luz no me sirve de nada

Para andar como quiero en ellos.

 

 

Lunes, 10 Septiembre 2018 00:41

En busca del perro negro / Por Mauricio Escuela /

 

En busca del perro negro

Por Mauricio Escuela

 

En la cocina de la casa de mis abuelos solía aparecer un perro negro, de eso hace ya casi cien años, y como nunca he estado en la casa de mis abuelos no sabría decir si allí se siente algo especial, algo que justifique la ocurrencia de eventos paranormales. En la película “La novena puerta” de Roman Polanski, todo gira en torno a eso, lo diabólico, lo místico; un libro con nueve inscripciones en latín y nueve grabados. En realidad hay dos versiones del mismo volumen, una apócrifa y una real, cada una conduce a caminos diferentes, pero la segunda contiene un conjunto de aciertos que llevan a la Novena Puerta, un sitio en medio del campo, en un castillo. El libro original fue escrito por el propio diablo. Uno de esos grabados contiene un perro negro. Pero más allá de reseñar el filme de Polanski, quiero hacer referencia al aire místico que rodea la vida cotidiana de estos tiempos. En un país que durante décadas quiso ser ateo y ahora se declara laico, han persistido miles de supersticiones y creencias. Los campos de Cuba son el santuario de criaturas que sólo Polanski podría llevar al cine. También las ciudades se repletan de conjuros procedentes de las religiones afro y de otras denominaciones que como hongos salen tras la lluvia. El pueblo recurre a todo el arsenal metafísico al alcance, incluso los turistas vienen en busca de esa manía por el más allá. En “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe tenemos un relato narrado por alguien que viene de afuera, historia acerca de los mil miedos que devoran la otrora potentada mansión que ahora pueblan dos hermanos que llevan una relación incestuosa, donde además hay necrofilia (la chica ha muerto). Curiosa metáfora del amor a través de la muerte, donde vencen ambos momentos de la existencia humana, pero a costa del hundimiento del último reducto de la familia Usher. La racionalidad y el dinero sucumben ante la aparición de un mundo otro, proceso que nos narra el protagonista a través de accidentadas escenas. Quizás el turista que visita Cuba esté como quien ve la casa Usher, intenta conocer el amor-muerte que la mueve. No sabría decir, porque como toda verdad a medias, el mito es el balbuceo de la razón. Platón usaba el mito para explicarse y explicar el mundo, en una de sus disertaciones en forma de diálogos socráticos nos arma lo que luego se conocerá como su teoría del conocimiento: la caverna contiene un fuego que es dable sólo a una parte de la Humanidad, ergo la democracia está equivocada y sólo un gobierno de los filósofos podrá regir la ciudad. A ese Platón místico y mítico hay que buscarlo en los misterios pitagóricos y órficos que precedieron al pensador, donde se asumía a la verdad como una revelación, no en balde el sistema platónico será la base de toda una era de religiosidad y predominio teológico. Ergo, Cuba trata de explicarse a la manera de los viejos misterios, mediante fórmulas y hallazgos de puertas, libros arcanos, objetos sin forma colocados en los caminos o a las puertas de cualquier casa. Quien hoy se aventure por la Habana Vieja o Centro Habana verá cosas pintadas con colores religiosos, miles de ofrendas, negocios de cuentapropismo bendecidos por antiguas deidades. La isla que regresa a Platón dejó detrás la visión descarnada de Feuerbach acerca de la religión como una forma de amor social, o la de Marx que la calificó de opio de los pueblos no por enajenante, sino por ser el último reducto de la criatura sufriente. Leer “La caída de la casa Usher” y aplicarlo a la casa de la concepción materialista, tener la osadía de sacarle un cariz crítico al asunto, nos lleva a colegir regresiones en la mente social. Porque la criatura sufriente, que no ha leído nada de platonismo, conoce por tradición que el mito no sólo explica sino que soluciona su condición. Como el ser humano da bandazos en política y en cotidianidad, ahora se desacraliza a los clásicos del materialismo, uno ve en las ferias de los libros de la Habana Vieja a los manuales de Nikitín o Konstantinov, por no hablar de las obras completas de Lenin. Muy al contrario, resulta extremadamente difícil encontrar a Lidia Cabrera, porque el precio de “El monte” y otros volúmenes sobre religión yoruba se enajena de la criatura sufriente. Las iglesias protestantes y católicas están más llenas que nunca, allí el platonismo sí funciona de una forma más profunda, ello lo he visto sobre todo en la región central de la isla. Pero casi nadie encuentra ya en los libros sobre el materialismo histórico y dialéctico una explicación, lo que predomina es el matiz especulativo, lo desconocido, lo cartomántico. No fue en balde que una de las primeras licencias que salieron expedidas para el cuentapropismo legalizó a las tiradoras de cartas. Antes hablé del pitagorismo, la profundidad del pensamiento filosófico (ese que surge como búsqueda) hay que hallarla en el fondo de los misterios. Fue Pitágoras uno de los creyentes en la religión de Orfeo y las verdades que provenían del averno. A pesar de los hallazgos matemáticos, aquellos primeros balbuceos de la razón estaban imbuidos en las puertas de la percepción, en la Novena Puerta, no había en ellos una teoría del conocimiento real, sino la suposición de un misterio revelado. Hasta ese punto hemos ido los cubanos, nos falta la ruptura socrática, la movilidad en torno al ágora. Ya no intentamos conocernos a nosotros mismos, sino que vamos a la cocina de nuestros abuelos y preguntamos dónde está el perro negro. Buscamos la puerta. Lidia Cabrera inició su investigación en torno al africanismo como quien descree, como quien ve en el elemento algo atrasado, supersticioso, pero a medida que su socialización con los sacerdotes y los practicantes crecía, crecía la admiración de ella hacia el mito. Y es que el balbuceo busca en la academia o en la iglesia el asentimiento, la aprobación infantil, la dependencia de lo que no es veraz hacia lo instituido. Incluso en el cubano culto hay un proceso parecido al de Lidia Cabrera, porque la realidad ha refutado toda teoría coherente y sólo hallamos validez en viejas mitologías, en predicciones que habíamos dejado a la vera y que ahora adquirimos a precio de bolsa negra. Cada metáfora no ofrece ya las mil posibilidades, sino las mil imposibilidades y en ese universo a lo Bradbury hemos tejido las mil historias. A propósito de Bradbury, recuerdo en “Crónicas Marcianas” un pasaje donde los terrícolas llegan a un Marte que es la Tierra, o sea entran en un universo que es su propia mente, sus ideas, su eidos platónico. Curioso que todo durara poco, que se fuera descubriendo la falacia de hallar otra vez a los seres queridos que se perdieron. La ciencia ficción, como se ve, no funciona sólo hacia delante sino en todas las direcciones y marca la náutica de nuestra pequeña versión de las cosas. Lo que el hombre desea vivir no sólo es imposible, sino que es donde el hombre vive. Lo externo, la sobrevida, deviene en la mutabilidad que atacó Platón y defendió Heráclito. No obstante, como suceso délfico, la tesis de Bradbury pudiera servir para rehacernos mejor, apelando a ideas perfectas, a tierras irreales. La utopía jamás sucede, pero la deseamos tanto que quizás por un día la hagamos aparecer.

He soñado muchas veces con otra Cuba, sueño fugaz y casi inexistente, donde veo realizados a seres y a sistemas. El despertar incluye una pesadilla intermedia donde estoy solo por las calles desiertas de La Habana. Los perros negros me llaman la atención, debo reconocerlo, igual que los gatos. Los veo siempre solitarios, sin otros perros o gatos o personas. Será que soy supersticioso o que no he buscado la Novena Puerta que otros se afanan. En la casa de mis abuelos persiste aquel tufo oscuro, donde la gente construía sus maneras y cosmovisión en torno a vasos espirituales y ofrendas, cuentos de caminos que clasifican en cualquier antología de algún Stephen King tropical. Cuba no obstante intenta hallarse a través de una Novena Puerta, no hablo de la isla en su totalidad, pero noto que el misterio nos acompaña más que nunca. El pensamiento mágico rige las dinámicas prácticas, y un brujo quizás gane más dinero que un médico. Los perros negros me llaman la atención, pero aún no lo suficiente, el mañana pertenece también a lo incierto

Publicado en ISLA FABULANTE

 

 

 

 

Una hora de eternidad

Matías Mateus

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             “Cuando cortejas a una bella muchacha,

una hora parece un segundo.

Pero si te sientas sobre carbón al rojo vivo,

un segundo parecerá una hora.

Eso es relatividad".

 Albert Einstein

 

 

Minuto 1

 

 

 

—¿Desea algo más, caballero? —repitió el mozo, al igual que en las noches anteriores.

—Así está bien —contesté con austeridad y esperé la cuenta.

Volví a la noche dentro del café, allí, inmerso en esa negrura me sentía cómodo. Seguramente el interior del líquido frío guardaba una estrecha relación con la sustancia cobijada bajo mi espesa calvicie.

Cuántas incógnitas palpitarán en el consciente del mozo, cada vez que me siento delante de él a mirar cómo se enfría el café. Sin dudas, su curiosidad deber tener dimensiones extraordinarias.

Doy fe de que se referirá a mí con un apodo ingenioso y a esta altura tenga un sinfín de conjeturas incapaces de desnudar lo que habita en mi interior, aunque yo tampoco soy idóneo para decodificar con precisión el sentimiento que hace tiempo me embarga.

Lo único inobjetable es la bondadosa propina que siempre le dejo.

 

 

 

 

 

Minuto 2

 

 

 

Pobre tipo, algo jodido debe haberle pasado, pensé. Algún día voy a sentarme a su lado y le preguntaré qué lo trae aquí noche a noche a ver cómo se le enfría el café.

Apagué las luces del boliche, cerré y caminé hasta la parada del ómnibus

—Aunque el local esté desierto, nunca lo cierres antes de la una ¿Me entendiste? —me dijo el dueño cuando me dejó de encargado.

—Usted es el jefe —respondí sin darle mayor importancia.

No tenía necesidad alguna de llegar temprano, pero tampoco me seducía quedarme dentro de esa pocilga. Me reí al recordar a uno de los personajes de Hemingway, cuando le decía a su compañero, si no temía llegar a su casa antes de lo previsto.

Se me ocurrió que luego de la resignación solo queda transcurrir. Se acercó el ómnibus y titubeé en hacerle seña o no. Finalmente me decidí, extendí el brazo y encomendé mi suerte a todos los santos para encontrarla profundamente dormida al llegar.

 

 

 

Minuto 3

 

 

 

Es imposible verse al espejo y encontrar algo limpio cuando la mentira se abre paso a trompadas. Incluso proteger esa pizca de dignidad, que te grita diciendo: Sí, tenés razón. Todo es mentira y nada cambia en lo más mínimo.

Una masa grasosa con olor a cerveza, que mea fuera del wáter; con el grito desaforado de gol los domingos por la tarde como única sensación genuina. Al menos así empecé a verlo poco tiempo después de habernos casado. 

En adelante, preferí abrirme de piernas, para que la sangre de la juventud haga revivir los placenteros años de otrora y experimentar los orgasmos que en veinte años, Cara de morsa, con su pija mal oliente, jamás me hizo sentir. Soporté esa cadena de mentiras para protegerme bajo su techo de la intemperie y de la chusma cuando un pendejo le devuelve la vida a mi desflecada vagina. Es más fácil aferrarse al amoldado prototipo que data de tiempos inmemorables, que comenzar una vida como la gente. 

 

 

 

Minuto 4

 

 

 

No es la primera vez que veo al gordo Cara de morsa a menos de una cuadra de la casa. Cada vez que lo cruzo queda mirándome mal. Estoy seguro de que sospecha lo de su mujer conmigo. Mejor no vuelvo más.

—Andá, Santiago, antes que llegue el gordo —me dio un beso y metió unos billetes en mi bolsillo—. Mañana pasá un ratito antes y convídame con lo que consigas.

—Dale, Beatriz —saludé y me fui. Aunque comprendo que con el gordo está mal, me jode el papel que me hace jugar. Agradezco que dos por tres me mata el hambre y me de algunas monedas para mis cositas, pero creo que no vale la pena arriesgarse tanto.

Entré a casa en silencio, no anda bien mamá y le cuesta descansar. Le dejé plata sobre la mesita de luz, le di un beso en la frente y salí. Hace días no hablamos con la vieja, cuando llega yo estoy durmiendo y viceversa. Para peor papá tuvo que embarcarse nuevamente. Su cabeza debe volar por mi culpa. Como si ya no tuviera suficiente.

 

 

 

Minuto 5

 

 

 

—¡Santi! —grité. El interminable ruido del goteo y los metales chocándose entre sí me aturdían—. Mi amor ¿Estás en casa? —El goteo dentro de mi cabeza se acentuó luego que llamé—. Dónde se habrá metido este chiquilín.

Bajé los pies al piso y vi algunos billetes doblados sobre la mesita. Siempre me deja algo, pero desconozco el origen del dinero.

—Vení acá, hijo de puta —escuché que alguien decía en la calle—. Te voy a matar, la concha de tu madre —corrí un poco la cortina para ver y escuché un balazo a metros de la puerta.

Volví la cortina al lugar y me dejé caer sobre la cama. El sonido en mi cabeza me enloquecía. Las goteras, los metales y ahora el gemido que provenía del otro lado de la pared.

Dejé pasar algunos segundos y volví a asomarme por la ventana.

 

 

 

Minuto 6

 

 

 

¿Dónde metí las llaves? ¿Dónde carajo dejé las llaves? Es demasiado tarde como para volver a la calle a buscarlas.

—Abrime —susurré, tratando de no llamar mucho la atención en el silencio de la madrugada—. Abrí que me mandé flor de cagada —parecía que no había nadie adentro—. Soy yo —insistí más fuerte—. Abrí, dale.

Me asomé hasta la vereda para ver si las encontraba. Era inútil buscarlas en la oscuridad.

Qué pelotudo que fui, con qué necesidad disparé, no hacía falta. Eso me pasa por encajarme de más, quedo a mil y termina jugándome en contra. Le hubiese dado un culatazo o una trompada. Si me agarran, después de esto, seguro no salgo por un buen tiempo. De las anteriores pude zafar, pero de esta difícil.

—Abrí —volví a decir pegado a la puerta cuando llegué—. Abrí que se pudrió todo.

 

 

 

Minuto 7

 

 

 

Estaba decidido. Era inadmisible una vuelta atrás. Pase lo que pase, no puedo retornar a esa casa. Toda la noche esa manga de faloperos golpeando la puerta.

Por culpa del delincuente ese, voy a terminar en cana o bajo tierra.

Si el macho de mi vieja no se empedó esta noche, debe estar dormida. Como para no estar metida en algo así, me crié con un alcohólico golpeador, con esos antecedentes no puedo pretender otro panorama. Me arrepiento no haber aceptado la invitación de mi tía de mudarme con ella y haber estudiado una carrera para ganarme la vida.

—Hola, mami —me gritó un tipo desde un auto—. ¿Estás perdida? Subí que te llevo —caminé sin mirarlo—. No tengas miedo, bebé —volvió a decir.

Tantos años cara a cara con la violencia me prepararon para estos momentos. Apagó el motor y bajó. Metí la mano en el bolsillo y de reojo calculé la distancia. Cuando estiró el brazo para alcanzarme giré el cuerpo con la navaja en el aire.

 

 

 

Minuto 8

 

 

 

La herida pudo ser peor si no levantaba el brazo con rapidez. Sin pensar en el dolor, la hice caer al suelo con la mano herida y le di una patada en sus costillas. La escupí con odio y me fui del lugar.

Los chorros de sangre ensuciaron el interior del auto, me detuve un momento, procurando hacer un torniquete con la remera para evitar una mayor pérdida de sangre.

“Quisieron robarme, estaba parado en un semáforo e intentaron bajarme del auto por la ventanilla”, empecé a delinear en mi cabeza. Busqué con la mano sana debajo del asiento, ahí estaba. Abrí la botella, tomé un largo trago de whisky. Se me nublaba la vista por el punzante dolor y la cantidad de sangre que había perdido.

—Por acá —me atajó una enfermera, cuando me vio cruzar tambaleante por la puerta de la emergencia—. Tranquilo, hombre —dijo la misma voz que me recibió, pero no alcance a entender lo que me preguntaba.

 

 

 

Minuto 9

 

 

 

Otro borrachín que viene con el cuento del asalto. Después de saturarle la herida al fulano, salí a fumar. A pesar del NN que entró con la mano envuelta en la remera, fue una noche sin mayores sobresaltos. Al menos en lo estrictamente laboral. Tiré un pucho, encendí otro y seguí mirando las estrellas que se debatían con las luces de la ciudad.

Quién me habrá mandado meterme en este rollo. Un trago de camaradería, por qué no. Ese trago se convirtió en otro al día siguiente, que vino acompañado de una línea. Nunca había probado, volví al irremediable “por qué no”. Ya no tenía vuelta atrás y me desperté desnuda en un telo.

El resto, sencillo. La nueva, una atorrantita que entró y ya quiere trepar encamándose con cuanto médico se encuentre en la vuelta, todos los lugares típicos por donde pasa el imaginario colectivo, sin tener la menor idea de nada.

—¿Tomando aire? —me dice empalmándome el culo con la mano.

 

 

 

Minuto 10

 

 

 

Primero se te abre de gambas y luego saca matrícula de princesa. Prendí un pucho y di algunos pasos con dificultad. Que pisotón me encajó la hija de mil puta. Al sacarme el zapato y la media vi que tenía tres uñas quebradas. Eso pasa cuando les viene el ataque de dignidad y justo uno anda en la vuelta. Ya se va a arrepentir la zorra. Salí a la vereda para reacomodar el andar, no podía regresar a la guardia rengueando y darle el gusto de verme disminuido. Cuando le muestre el videíto que grabé con el celular, se va a dar cuenta con quién se metió.

—Buenas noches, doctor —me saludó, Natalie. Otra perra con el complejo de doncella—. Alimentando el vicio —dice.

—Como dice el refrán, en casa de herrero cuchillo de palo —se rio como la primera vez que le hablé con la intención de levantarla—. ¿Y a usted, qué la trae por la acera? —pregunté sintiendo un palpito en el pantalón.

 

 

 

Minuto 11

 

 

 

Qué gil es el pobre. Un poquito de pie y jura que todas las minas están murta por él.

—Por suerte, yéndome a casa —lo saludé con una guiñada y una sonrisa provocadora, dejándolo con una erección a medio camino—. Hasta mañana, doc.

—Imbécil —dije para mí, detrás escuché un balbuceo con tonalidades de invitación. Seguí mi camino desestimándolo. Es extraño el sentimiento que me genera su patética estampa de lover boy, en ocasiones disfruto mofarme de esa actitud, más cuando puedo alimentarla y dejarla por el piso de inmediato; pero es tan grande el asco que me da, porque la insinuación está palmo a palmo con el acoso. Todo el día con los ojos pegados en las tetas como si acabara de salir de la cárcel.

—Buenas noches, señor —le dije al conductor cuando me subí al taxi. Después de decirle la dirección me recosté en el asiento y cerré los ojos masticando la bronca que me genera pensar en esa clase de idiota.

 

 

 

Minuto 12

 

 

 

Dejo a la muchacha y voy a buscar al relevo, pensé. Qué jornada larga, por Dios. El tránsito cada vez está más complicado y la calle más jodida, se hace insoportable la noche.

—Acá está bien —me dijo. Le mostré la tarifa— Quédese con el cambio.

Intercambiamos gracias y buenas noches y se bajó del taxi. La miré mientras recorrió los metros que la separaban de la puerta. Qué hermosa mujer.

Abrió la puerta, miró hacia la calle y saludó con una sonrisa radiante.

Despabílate, Juan, me dije. No está saludándote, es tu imaginación

Por las dudas sonreí y le devolví el saludo animosamente.

—¿Está libre? —me preguntó una parejita que pasó.

—No, muchachos. Estoy esperando a la chica —mentí y los dejé ir.

Volví a mirar hacia la casa y vi cómo se perdió detrás de la puerta. Medité un par de segundos y apagué el motor.

 

 

 

Minuto 13

 

Le devuelvo las manos a los bolsillos y continúo mi marcha mirando al piso. Cuando no está el café frente a uno, se hace difícil buscar un tema de conversación. Las hebras del humo son buenas escuchando, hasta que se cansan y desaparecen, pero durante la danza sobre la taza son fieles aliadas.

Los bolsillos son buenos también, aunque no son muy partidarios de la dialéctica. Ellos básicamente contienen con calidez y entusiasmo. Lo arropan a uno con total desinterés; como todas las cosas, eso tiene su lado negativo. El problema de los bolsillos es que no saben decir que no, solo cuando un agujero se forma en el fondo, ahí sí varía el mapa. Salvando ese peñasco, son muy dóciles y eso se torna peligroso. Porque del mismo modo que calientan las manos y brindan contención, sirven para guardar elementos que un hombre con mis características no debería llevar consigo bajo ningún concepto.

 

Minuto 14

 

Al abrir la puerta me choqué con la foto que me saqué con Beatriz el día de nuestro casamiento y la insulté entre dientes, como quien se hace la cruz cuando pasa frente a una iglesia. Prendí la televisión con toda intención de molestarla y fui al baño a darme una ducha.

Qué ganas de darle una patada en el orto y hacerla desaparecer. Aunque prefiero soportarla en casa antes de comprarme un problema, si inicio el trámite de divorcio va a hacer todo lo posible para sacarme lo poco que tengo, como si alguna vez en su mísera vida hubiese contribuido en algo.

Prendí la luz del dormitorio y observé cómo la muy puta finge estar dormida mientras termino de secarme.

Buenas noches, amor —dije y me fui a buscar una cerveza a la heladera.

Subí el volumen de la televisión asegurándome que perturbara su descanso y me recosté sobre el sofá.

 

 

 

Minuto 15

 

 

Gordo cornudo —dije ahogando las palabras en la almohada—. Siempre hace lo mismo. Entra al cuarto y deja las luces prendidas.

Aproveché para ir a la cocina a tomar un vaso con agua y lo vi con su típica y asquerosa pose sobre el sofá.

¿Cómo te fue? —le pregunté como si me importara y seguí caminando.

Serví en el vaso y escuché un sonido gutural que fui incapaz de discernir si se trataba de un insulto, una respuesta decente o qué.

Me quité la bata para volver al dormitorio y con maliciosa intención pasé delante de él exhibiéndole el culo, que a pesar de los años sigue firme y apetitoso. No creo que se le pueda parar al gordo, pero si llega a lograrlo que se haga una paja.

Me encerré en el cuarto riéndome por la maldad y me tiré en la cama llevándome una mano a la entrepierna que empezó a humedecerse al recordar la visita de Santiago.

 

Minuto 16

 

Si tuviera a Ramiro delante, le daría toda la razón con un abrazo incluido.

Esa vieja te va a traer terrible quilombo, Santi. No seas pelotudo.

Ramiro siempre me cantó la justa, no se guardó nada por más que le haya puesto cara de ojete una que otra vez. Pero siempre fue de frente y jamás con mala leche.

No ves que la vieja te usa para que le hagas el service —me reía del modo en que se expresaba. Esa posesión que lo caracterizaba cuando se ponía a hablar en serio me causaba cierta gracia, le quedaban los ojos desorbitados y la cara como un tomate—. Como el gordo no puede, te usa a vos, pero tené mucho cuidado, es un tipo jodido.

Se terminaba calentando él en el lugar de uno, más cuando te reías de las ocurrencias que le saltaban por los poros durante sus aconsejadores discursos.

Dame bola, pelotudo —terminaba diciéndome y me plantaba un cachetazo en la nuca. Siempre me trató como a un hermano menor y la vieja no dudó nunca en agradecérselo. 

 

 

Minuto 17

 

 

¿Ya son las siete de la mañana?, me dije cuando escuché que vibraba el celular sobre la madera de la mesa de luz.

Arrancarme del inconsciente de forma abrupta me hizo confundir el sonido del despertador con el de llamada.

¿Quién será? Abrí un ojo solo ya que me encandilaba la brillante luz de la pantalla del teléfono

¿Olga? —contesté sobresaltado.

Era difícil que una llamada a esa hora trajera buenas nuevas, mucho menos si provenía de la madre de un amigo. El susurro inaudible que provenía del otro lado me impedía entenderla. Es una mujer muy castigada por los achaques de la edad, las obligadas ausencias del marido recrudecían su estado y los permanentes vaivenes anímicos del hijo no colaboraban en absoluto.  

En diez minutos estoy por ahí —dije aún sin entender qué ocurría.

 

 

Minuto 18

 

 

No alcanzaba a ver nada por la ventana. Solo oía el gemido de dolor al otro lado de la pared y algunas sirenas que se acercaban.

Estas puntadas no me dan tregua —dije susurrando.

Afuera el gemido se había apagado y las sirenas sonaban mucho más cerca. Adentro de mi cabeza parecía que un taladro perforaba mi cerebro.

Algunas luces brillaron en la acera de enfrente y tras ellas varias personas empezaron a asomarse en la vereda. Los rostros de desconcierto que distinguía desde mi ventana provocaron una palpitación más aguda en mis sienes. El sonido a metal golpeó más fuerte y con mayor frecuencia.

Olga, Olga ¿Está ahí? —La puerta empezó a sacudirse con algunos golpes—. Olga —volvieron a llamar con insistencia.

Arrastré los pies hasta la puerta y abrí.

 

 

Minuto 19

 

 

¿Dónde se metió esta mina? —volví a revisar los bolsillos y solo encontré el fierro, que a esa altura me estaba quemando las manos.

Tomé un par de pasos de carrera y le di una patada fuerte al pestillo, apenas se movió, intenté con el hombro y nada. Medité la estúpida idea de romper la cerradura con un disparo y la hice a un lado de inmediato.

Tengo que encanutarme ya —dije con desesperación—. No puedo seguir pelotudeando acá afuera.

Arremetí nuevamente con todas mis fuerzas y la puerta cedió. Caminé tropezando con el desorden que había en el living, encendí la luz del dormitorio y encontré los cajones de la cómoda tirados en el suelo.

¡Qué hija de mil putas! —grité y descargué el puño contra una pared—. Esta zorra se voló y me robó toda la guita.

 

 

Minuto 20

 

Abrí los ojos al escuchar pasos acercándose por el corredor. No era la primera vez que me sobresaltaba con el sordo sonido de los pies. La llave giró y el chirrido de la puerta antecedió la entrada de un haz de luz. El olor era inconfundible, era el mismo que me quitaba el sueño y me erizaba de pies a cabeza.

Cayó sobre el colchón intensificando el asfixiante hedor a alcohol, se giró ruidosamente poniéndome una mano sobre el pecho. Procuré minimizar la contractura que me generó el contacto con su asquerosa mano.

Descendió con brusquedad hasta la entrepierna e intentó con torpeza correrme la ropa interior, ladeé el cuerpo con intención de eludirlo y me clavó las uñas, lastimándome las piernas. Volví a moverme para zafar de su presión, que aumentó al sentir la resistencia, inmovilizándome, con la mano libre cayó sobre mi cuello ejerciendo la misma presión.

El metal produjo un agudo sonido al asomarse bajo la almohada.

 

 

 

Minuto 21

 

 

Escupí al piso y noté que sangraba. Me limpié la boca con la manga de la remera y procuré caminar lo más rápido que el dolor me permitía.

Revisé los bolsillos y noté que aún tenía los paquetitos con la guita que había encontrado. Debe estar como loco, pensé, la paliza que recién me dieron se había esfumado de mi mente con la misma velocidad que la recibí. Mi vida en este momento dependía del humor de otra persona y principalmente del tiempo que demore en encontrarme.

Seguramente ya habrá notado que algo extraño pasó en su casa y sospechará indudablemente que fui la responsable.

Me aterraba caminar los últimos metros que me quedaban, un sentimiento persecutorio se apoderó de mí, haciéndome dudar. Quizás estuviese esperándome en la entrada de la casa de mi madre.

Miré hacia todos lados y me acerqué a la puerta procurando no hacer ruido alguno.

 

 

Minuto 22    

 

 

¡Por qué tengo que estar pasando por esto! —grité con impotencia. Le di una trompada a la puerta del baño y me largué a llorar por la rabia contenida.

Es imposible pensar con lucidez, cuando el agobio es tan grande y las posibilidades de encontrarle una vuelta al problema se tornan esquivas. 

Tampoco podés hacerte cargo de la culpa —me dijo una amiga.

Sí, tenés razón —contesté sin convicción— ¿Pero, de qué modo me deslindo de esto sin perder el trabajo?

Otra sería la historia si se tratara de un enfermito común y corriente, pero al ser el protegido del directorio, con ínfulas de todo poderoso e incapaz de poner a funcionar el raciocinio, todo se torna más duro.

Me enfrenté al espejo y lo golpeé con fuerza. Mi rostro envuelto en lágrimas quedó surcado por las grietas del cristal quebrado.

 

 

 

Minuto 23

 

Desde la enfermería escuché un estruendo e inmediatamente me dirigí hacia el baño.

¿Patri, estás bien? —grité al verla inmóvil frente al espejo roto.

Tenía las manos llenas de sangre apoyadas sobre la mesada, con su mirada perdida en lo que quedaba del espejo.

Patri, mi amor ¿Qué pasó? —volví a preguntar extrañada por lo que estaba viendo.

Con un dejo de temor, apoyé mis manos sobre sus hombros y lentamente la conduje hacia una pileta limpia.

¿Qué pasó? —dijo Silvia al asomar la cabeza por la puerta.

Anda a preparar las cosas para curarla —le ordené sin mirarla.

Patricia permitía conducirse dócilmente, pero estaba completamente extraviada sin emitir ningún sonido. Comprobé que no tuviese rastros de vidrios en las manos, terminé de curarla y le di un beso en su mejilla empapada por las lágrimas.

 

 

Minuto 24

 

¿Y ahora? Ya estás viejo, Juancito. Me dije buscándome en el retrovisor del auto. Mirá esas canas asomando, no sos ni la sombra de lo que eras hace dos años. No es para menos, jamás estamos preparados para una pérdida así y de forma tan repentina. Pero hay vida por delante y lo único que me queda es seguir, seguir lo mejor posible.

Volví la vista hacia la casa. La luz en la ventana me dio la pista que aún seguía por allí, merodeando la puerta.

No es fácil, Juan, claro que no es fácil. Pero qué pensás hacer. ¿Manejar este tacho hasta que te jubiles y dedicarte a escuchar la radio hasta que venga la huesuda a buscarte?

Aunque nos cueste, aunque nos aterre, es necesario patear el tablero de vez en cuando y sacudir el amodorrado transcurrir. Sino, a santo de qué sigo arriba del taxi, para pagar las cuentas, comer algo a la pasada y sestear cuando no levanto pasaje. 

Le di una palmadita al volante como si fuera un talismán y me bajé con decisión.

 

 

 

Minuto 25

 

Por supuesto que uno mantiene intacta la virtud de discernir y operar debidamente, o lo mejor posible, ya que sopesar conceptos abstractos depende de cada ser.

Pero esa virtud se disuelve cuando llegas al punto en que te das cuenta de que ese irrefrenable y supuesto amor que uno posee hacia el prójimo, es mentira. Cuando en la defensa de nuestra grandeza y generosidad, somos incapaces de percibir la devoción con la que engalanamos el egoísmo y la cobardía; nos aterra descubrir que la supuesta grandeza no es más que una simple intensión, como si al despertar luego de una borrachera nos encontráramos con la mujer del mejor amigo. A continuación de esa fotografía, el apetito de desmentir lo manifestado anteriormente se presenta con desesperación. Porque en definitiva, la sustancia que constituye nuestro cuerpo no es más que una masa en detrimento, una vez que las hormonas dinamitan la inocencia. 

Desvelarse en tal sentido es peligroso, más si eres portador de un arma.

 

Minuto 26

 

Tomé un largo trago de cerveza, sin hacer caso al paseo ridículo-seductor del ser al que prometí, frente al cura y a Dios, amar y respetar hasta que la lerda muerte nos separe.

Pobre. Debe jurar que está divina. Si será infeliz que eleva su autoestima pagándole a un pendejo para que le mueva la carrocería. Para peor lo hace con mi plata.

Dejé la botella en el piso y caminé hasta la puerta del dormitorio.

El antojo de ingresar al cuarto y exigir mi porción mensual de sexo golpeó mi cabeza; como en todo buen matrimonio, es necesario ese sublime instante de desagradable liberación.

Abrí la puerta impulsado por el deseo de acostarme junto a ella en lo que se había convertido en el lecho de muerte y saciar mi apetito con su cuerpo, no por satisfacer el deseo sexual en sí, sino por la animosa intención de desagradarla, poseerla y hacerle vivir un momento nauseabundo.

 

Minuto 27

 

—Santi, Santi, mi amor —la temblorosa voz de mamá sonó desde algún lugar.

Me tomó la mano y sentí que apoyaba su cabeza sobre mis piernas.

—Ramiro —empecé a decir y fue imposible continuar.

Quise reírme para no mostrarle a mamá el sufrimiento que estaba terminando de matarme.

Varias luces aparecieron alrededor de la cabeza de mamá que se erguía y volvía a caer sobre mis piernas. Alguien la levantó y la alejó de mí, brotó un llanto desesperado que me sobresaltó generándome un ligero temblor.

Alguien apoyó los dedos sobre mi cuello, el dueño de esos dedos le susurró a otra persona palabras que no logré entender, pero sin dudas no eran buenas noticias.

El grito de mi madre aumentó, yo no podía hacer nada para contenerla. Otra voz pidió permiso y cubrió mi cuerpo con una tela.

 

Minuto 28

 

Solo me quedó la poca plata que tenía encima y el fierro.

—Ya te voy a agarrar, pedazo de una perra —mastiqué con bronca.

Me cambié de ropa y fui con mucho cuidado hasta la calle. Sentía el cuerpo completamente tenso por la paranoia que me había invadido.

—No importa la hora, afuera siempre hay una vieja con el perro —dije con bronca al ver a la vecina.

Me puse la capucha y caminé lo más rápido posible para alejarme de la zona. Me palpitaban las sienes por la excitación. La cola de un gato acarició mis piernas sobresaltándome más de lo que ya estaba.

—No tengo nada que perder —dije pegándole una piña a un contenedor de basura—. Pero esta conchuda se va a arrepentir por lo que hizo.

El ruido de un auto a mi espalda llamó mi atención, caminé sin mirar hacia atrás. Se terminó todo, pensé. Me aferré al gatillo del revólver y me di vuelta dispuesto a todo.

 

 

Minuto 29

 

 

Lo primero que distinguí entre el tumulto que había en la vereda fue a Olga; estaba recostada contra la puerta de su casa, con los ojos perdidos en el piso.

Algunas viejas la rodeaban y parecía que le estaban dando muestras de apoyo o vaya a saber qué es lo que le dan a una persona cuando está sufriendo sobremanera, luego de dedicar las tardes a sacarle el cuero.

No tuve necesidad de mirar hacia el cuerpo tapado para saber lo que había ocurrido.

—Olga —dije casi en un susurro. Tuve que reprimir la necesidad de llorar al saber a mi amigo muerto.

La rodeé con mis brazos y se dejó caer sobre mí.

—¿Sabés algo, Ramiro? —me preguntó—. ¿En qué andaba mi hijo?

No pude soportarlo y empecé a llorar junto a ella. Olga merecía tener algunas pistas respecto a los ambientes que frecuentaba Santiago, pero debía ser prudente al develarlo.

 

 

Minuto 30

 

 

—Mamá, mamá —llamé con la boca pegada a la puerta—. Mamá, soy yo, Rocío.

Pegué el oído a la puerta, adentro parecía que no había nadie.

Me resultaba extraño que hayan salido, pero era posible. Golpeé la puerta con los nudillos procurando no alterar el silencio que predominaba en el pasillo y no llamar la atención a los vecinos.

Al golpearla, la puerta hizo un chirrido y se apartó del marco. La empujé y me encontré con una habitación vacía y a oscuras.

—Mamá. ¿Estás en casa, Mamá? —volví a llamar con un poco más de volumen, después de cerrar la puerta.

Encendí la luz del comedor. Lo único que oía era el sonido de la madera bajo mis pies, caminé hacia el dormitorio, con la esperanza de encontrarlos durmiendo.

—Mamá —susurré, antes de cruzar la puerta.

 

 

Minuto 31

 

 

Era insostenible la situación, hacía meses que llegaba borracho y venía derecho a cogerme, como si yo fuera una puta, al principio no me resistí, pero se puso cada vez peor, más violento y agresivo de lo que ya era. Las veces que me negaba terminaba insultándome y reventándome a trompadas. Se iba amenazándome de muerte, que iba a volver y a volarme la cabeza de un balazo. Aparecía a los pocos días, siempre en el mismo estado y todo volvía a empezar.

Por eso decidí esconder la cuchilla bajo la almohada, para evitar que siguiera repitiéndose esta situación. Te juro que la intención era asustarlo, porque yo sabía que me quería. Pero cuando vio la cuchilla en lugar de retroceder se puso furioso, me agarró de la muñeca y me dio un cachetazo con la otra mano. Con la poca fuerza que me quedaba estiré las piernas y lo empujé. Perdió el equilibro por la borrachera que tenía encima y cayó de lado. Hizo un ruido seco cuando golpeó la cabeza contra la mesa de luz.

 

 

Minuto 32

 

 

Ofrecerle disculpas no estaba en mis planes, por el contrario, volví a la enfermería con la decidida intención de humillarla frente a todos, demostrarle fehacientemente que ya había dejado de ser dueña de sí. Yo expropié su cuerpo, su mente y su alma, ahora me pertenecía. 

No será un trabajo difícil, ya que su reputación dentro del hospital jamás tuvo mucha consideración, más cuando se corrió el rumor de su amorío conmigo.

—¿Qué pasó? —le pregunté al guardia de seguridad, al ver el alboroto en la enfermería.

—Parece que la nueva tuvo una crisis en el baño y rompió todo. 

Ahora un par de turritas le brindaban contención, si serán hipócritas, critican hasta el esmalte de uñas que lleva puesto, y ahora se desviven por atenderla.

—Tengo un videíto que te va a encantar —le dije al guardia—. Es de la minita que le gusta romper cosas —los granitos de sus mejillas brillaron por la excitación—. Puedo darte una rica propina si lo haces circular por las redes sociales.

 

 

Minuto 33

 

 

—Me encantaría denunciarlo —dije luego de permanecer callada un buen rato. Mis compañeras prestaron atención a mis palabras—. Pero ¿cómo lo hago? — me largué a llorar con desconsuelo, Rita volvió a abrazarme como si se tratara de su hija e intentó calmarme.

No era la primera mujer que pasaba por este calvario dentro de la institución. Me había llegado el rumor de que varias chicas sufrieron la misma situación que yo, y decidieron renunciar porque no pudieron soportarlo.

Su sola mención llenaba a las dos compañeras que me rodeaban de asco y rechazo, eran totalmente conscientes de su influencia y la situación les generaba tanta impotencia como a mí.

Lo vi pasar frente a la puerta de la enfermería y me levanté. Rita y Silvia se quedaron boquiabiertas cuando fui tras sus pasos.

 

 

Minuto 34

 

 

Una muchacha en ese estado era capaz de hacer cosas con un grado de imprevisibilidad de la que puede arrepentirse toda su vida. Fui tras ella luego de un segundo en que quedé pasmada, razonando lo que estaba ocurriendo.

Por un momento deseé con el alma que lo alcanzara y le hiciera pasar el peor momento de su vida. Por qué tendremos esa necesidad de reprimir el verdadero sentimiento que nos embarga, pensé durante el tiempo que duró ese deseo; seremos tan cobardes que somos capaces de soportar el constante hostigamiento con tal de cuidar la chacrita. Porque el poder que cree poseer no es más el que nosotras mismas le facilitamos.

Sus ínfulas no se conforman con la obediencia, es necesario que la humillación y el dolor brote por los poros de la otra persona, pulverizándole mente y alma.

La tenía a dos pasos de distancia, él seguía caminando sin percatarse de que lo perseguían, estiré el brazo para detenerla, lo medité un segundo y volví a bajarlo.

 

 

Minuto 35

 

 

Las piernas me temblaban durante los pasos que di desde al auto hasta la puerta.

Nunca en mi vida tuve la osadía de realizar semejante acto, descender del taxi para alcanzar a una mujer sin la menor idea de qué decirle cuando quede cara a cara con ella.

Descubrirlo me hizo dudar, evalué la posibilidad de dejar esta locura de lado y volverme al auto. Qué pensará la muchacha cuando vea a este dinosaurio, a esta especie en extinción cuando abra la puerta. Llama a la policía o se tira al piso a reírse. Prefería bancarme la denuncia que la cachetada a la autoestima.

Respiré hondo, miré hacia el cielo deseando que los astros que pululaban por la vasta extensión del universo estuviesen alineados a mi favor.

Llamé a la puerta con dos golpes cortitos. Pasaron algunos segundos y no se oía nada, como si la casa estuviese desierta. La eternidad transcurrida en esos los segundos me hizo desistir de la idea y me volví con la intención de no volver a pasar por esa cuadra.

 

 

Minuto 36

 

 

—Qué rostro este veterano —dije un tanto avergonzada—. Qué valor para bajarse y llamar a la puerta. —La actitud me generó un calor que hacía tiempo no sentía.

Era extraña la sensación, el dejo tenebroso que podía suponer la visita de un extraño a esa hora de la madrugada, se confundía con la excitación de una persona que me inspiraba confianza.

Lo contemplé por el espejo del taxi durante el recorrido, esos ojos sombríos, con muestras de cansancio y dolor, me llenaron de ternura y compasión. Incluso me hizo olvidar al imbécil que había dejado caliente en la puerta de la emergencia.

Esperé un momentito para observar la reacción. Lo vi girar y volver al auto, me apresuré en caminar hasta la puerta y abrirla.

Ya estaba subiéndose.

—Qué hago —me pregunté en voz alta. Volvió la cabeza y me vio parada en la puerta.

 

 

Minuto 37

 

El arma puede convertirse en la llave que termine de cerrar las heridas que provocan el movimiento del velo.

Se torna la opción más digna al corroborar en el repaso de los esfuerzos realizados, que dentro del amor expresado lo único genuino que contenía era el deseo de ser celebrado y aceptado por los demás. Una vez que consentimos el fracaso de dicha empresa, el orgullo se fisura, redundando en una constante negativa que cimenta la idealización de una perpetua contradicción en la que termina depositándote tu vida. 

La sangre gotea minuto a minuto, y es allí donde el arma toma un rol preponderante, para ponerle fin a la hemorragia.

Un revólver calibre treinta y ocho, con una sola bala en su tambor, requiere tres elementos. Determinación al momento del disparo, precisión en la ejecución. Y fundamentalmente, ser efectuado a tiempo. Cuando llegue la hora exacta.

 

Minuto 38

 

No sé dónde ni en qué lugar escondía esta veta sádica, pensé mientras volvía a meterme en la ducha. Hacía años no experimentaba una excitación tan grande al poseerla sobre mis dominios.

Qué complejas y laxas son las decisiones que adoptan la consciencia humana, reflexioné, cómo la cólera puede transformarse en placer y retomar las sendas del odio nuevamente, sin mayores sobresaltos, sin culpa. 

—Ya no te contiene lo suficiente, el nene que mantenés —le dije cuando bajé de la cama y di los primeros pasos rumbo al baño.

Refunfuñó entre dientes causándome una sonora carcajada.

Volví al living luego de agarrar otra cerveza. Me vestí mientras bebía, sin ocultar la satisfacción. Terminé de aprontarme y salí a la calle.

La noche seguía allí, con la escenografía dispuesta y esperando. 

 

Minuto 39

 

Dejé pasar un tiempo prudente antes de salir del dormitorio. Para mi suerte ya se había ido, deseé con el alma que esa fuera la última vez que volviera a pisar la casa. No quería volver a ver esa inmunda cara de morsa.

El asco que me produjo ese momento, me dejó llena de náuseas. Entré al baño y no me reconocí cuando me miré en el espejo. Las lágrimas desfiguraban mi rostro, me sentí una basura, la peor mujer del mundo.

Había sido vejada, humillada completamente por la persona que en algún momento amé y no fui capaz de ofrecer ningún tipo de resistencia.

Quise gritar para liberarme del sentimiento que oprimía mi pecho, pero ni siquiera ese desahogo era posible.

Volví al dormitorio con la firme idea de llamar a Santiago e irme de esta casa.

 

Minuto 40

 

Y ahora qué tendré que hacer, me pregunté. Del otro lado todo seguía igual.

Ya no sentía dolor, solo una pequeña picazón que me dejaba algo confundido. Había pasado realmente, sí. Estaba muerto. Estaba tirado en la vereda, luego de que una bala me entrara por la espalda.

Esto es la muerte, me dije. No podía ver nada, solo oía las voces que hablaban cerca de mi cuerpo. Mamá había estado llorando con desconsuelo, los milicos daban vueltas, iban y venían haciendo mil conjeturas del posible autor del disparo. Me había parecido escuchar a Ramiro cuando llegó, él es el que sabe todo, a él deben preguntarle. Pero claro, yo estaba bajo esa tela, sin posibilidades de declarar.

Qué sería de mí, una vez que me enterraran, una vez que los gusanos se apoderaran de mi carne. Quise gritar, sacudirme, golpear las manos, pero nada de eso fue útil, ya era demasiado tarde. En este mundo no había más tiempo para mí. Se me terminó la hora.

 

Minuto 41

 

Olga había recogido del suelo el teléfono celular de Santiago luego que su hijo dejara de respirar. El sonido del mismo al recibir una llamada hizo que los policías pusieran atención en las manos de la mujer.

De inmediato me lo tendió y quedé con el aparato sonando en mis manos.

—¿Quién es? —me preguntó—. ¿Quién está llamando? —descompensada completamente volvió a romper en llanto—. ¿Por qué tengo que estar pasando por esto, por Dios? ¿Por qué debo sufrir tanto?

Los gritos desesperados de la mujer llamaron la atención de todos, quienes con cierto grado de impavidez no supieron cómo reaccionar. La rodeé con mis brazos y procuré brindarle la mayor contención que pude, una señora llegó con una silla, la conduje con precaución para que pudiera sentarse y estabilizar su respiración.

El teléfono volvió a sonar. Luego de ver quién llamaba atendí.

 

Minuto 42

 

La ambulancia se llevó el saco de alcohol que había quedado desmayado al borde de la cama. Mi vieja sentía algo de alivio, pero esta vez tuvo suerte, porque en el momento que se lo quitó de arriba, pudo perder más que la suerte que la acompañó. Me quedé a esperarla hasta que llegara la policía. No existía otra opción que denunciarlo y evitar por todos los medios que volviera a acercarse.

—Mamá —dije abrazándola—. Estuve guardando un poco de plata.

Ella seguía mirando el charco de sangre que había quedado en el piso. Ya no temblaba, pero se le notaba el miedo que sentía, porque sabía que en algún momento, cuando tuviese la primera oportunidad iría por la revancha.

—Por qué no agarrás algunas de tus cosas y nos vamos de acá —la propuesta pareció no interesarle hasta que volví a hablar—. A mí también me están persiguiendo.

 

Minuto 43

 

—Arriba las manos —me gritó el cana—. Mantené las manos en alto.

Eran cuatro policías apuntándome con sus revólveres, mis posibilidades de sobrevivir eran nulas si disparaba contra alguno de ellos. Sin dejar de apuntarme, se acercaron y no demoraron en desarmarme y esposarme.

Ninguno habló, ninguno me puteó, como ya lo habían hecho en otras veladas, como solían hacerlo en las diferentes citas que tuve con los miembros de este honorable cuerpo.

—Fui un idiota en aceptar tan poca guita por este laburo —murmuré dentro del patrullero. Sabía que no era un apriete común, este gil tenía gente pesada atrás, y los milicos me daban la razón al tratarme como un reo VIP.

—Todo mal —me mandaron callar cuando grité y me di la cabeza contra la mampara. Qué gil soy, hago todo mal cuando me paso de merca, sino me hubiese mandado la cagada de disparar estaría gozando de buena salud.

 

Minuto 44

 

El escupitajo que le dio Patricia en la cara fue como pretender apagar un incendio con un bidón de nafta. Sosegar a un neurótico con una cachetada al orgullo era una estrategia poco inteligente. Llegué a interponerme entre los dos antes de que el escupitajo se convirtiera en una escena lamentable.

—Dejala en paz —le grité descargando mis depósitos de adrenalina. Se quedó serio mirándome con su típica cara petulante.

—Ya se va a arrepentir —se limpió la cara con la manga de la túnica y desapareció.

Respiré hondo durante unos segundos, Patricia también se había esfumado. Llegué a la enfermería exhausta y con nerviosismo. Ella estaba sentada con los codos sobre la mesa y las manos en la cabeza, mirando fijamente el teléfono celular. Sonó el mío y también el de los que estaban allí. Casi al unísono llevamos la atención al aparato, antes de volver la vista hacia ella, que comenzaba otro capítulo de su pesadilla.

 

Minuto 45

 

No resistí ver el vídeo hasta el final.

Dejé de sentir las piernas, las manos y me desvanecí sobre el escritorio. De forma cándida traté de encontrar un motivo razonable que justifique el accionar despiadado que ejerce un individuo sobre otro.

—Mi amor, Patri —escuché, la voz de alguien que intentaba devolverme del desmayo. Pero me negaba a responder, no sentía necesidad alguna de permanecer en el mundo de los conscientes. Por el contrario, en el único lugar donde podía sentirme a gusto en este momento era bajo tierra.

Cuántas personas en este mismo momento estarán regocijándose con este vídeo, pensé, con cuántos comentarios descalificadores me estarán apuntalando y dejando como una atorranta. Mi futuro en ese momento pendía de un hilo, la sola idea del vídeo inundando las redes sociales me dejó knock out.

 

Minuto 46

 

—Bien hecho, pibe —le dije al pendejo de la empresa de seguridad—. Soy un hombre de palabra —tomó el billete, agradeció y quedó mirándoselo como si le hubiese ofrecido una criatura fantástica.

El vídeo no demoró más de dos días en tomar dominio público, festejé mi victoria con un saque cuando me subí al auto. Luego de esto, no se olvidará jamás de que las mujeres son propiedad de sus hombres y están al servicio de quienes las poseen.

Paré el auto frente al club y bajé con la intención de saciar el hambre de una jugosa concha. Un flaco de canguro me chistó desde atrás de un árbol, interceptándome antes de que pudiera cruzar la calle.

—A dónde vas —me dijo poniéndome una mano en el pecho—. Señor machito, vas a tener que retractarte. —Le mostré todos los dientes de forma irónica, desestimando su pedido antes de sentir el frío caño del revólver en el abdomen.

 

Minuto 47

 

En mis cuarenta años de vida nunca había experimentado algo similar, jamás imaginé protagonizar una situación donde entregaba mi cuerpo completamente, despojada de cualquier tipo de prejuicios con un desconocido y vivir un instante sublime.

Lo contemplé durante unos segundos mientras observaba el techo del dormitorio con cierta incredulidad.

Me llenaba de satisfacción descubrir que detrás de esa mirada que se extraviaba en el espacio, existía un hombre sensible, amable y dulce.

Cuando regresó del taxi hasta la puerta, me sentí inmovilizada por el pánico, pero de inmediato su talante me dio motivos para confiar y recibir el amanecer de un modo inefable.

Tomamos algunos tragos, mientras desmenuzábamos nuestras vidas con total despojo, antes de coronar la velada entre las sábanas. 

 

Minuto 48

 

Elegí al azar uno de los bancos de la plaza para sentarme. Miré el reloj por primera vez a las tres de la mañana, aún no había recibido ningún mensaje. Masajeé el caño del treinta y ocho, mostrando señales de nerviosismo. Ya tendría que haber recibido las primeras novedades y aún nada.  Mi actitud pasmada y cavilosa había desaparecido.

Las dudas empezaron a adueñarse de mí, procuré alejarlas tan rápido como llegaban, con conjeturas tan disparatadas como las propias dudas. 

Una silueta cruzó el perímetro de la plaza y se dirigió hacia el lugar donde permanecía sentado. Mantuve mi actitud lo más relajada posible, hasta que logré identificar al hombre que se acercaba a mi posición.

Mi suerte quiso que fuera el mozo del bar al que acudía todas las noches.

—Maestro —lo saludé—. Qué anda haciendo por acá.

Era la primera vez que le decía otra cosa que no fuera “café” y “la cuenta”.

 

 

 

 

Minuto 49

 

Me senté junto al pelado, sin responderle su tentativa de saludo. Permanecí allí unos segundos, imitando la postura que adoptaba en el bar.

—Usted debe saber que me tortura verlo noche a noche en el bar —comencé diciéndole—. Supongo que apreciará mi confiabilidad para conocer su secreto —largué todo el rollo sin escatimar en sutilezas. Estaba viviendo un momento en que la resignación había dado paso a algo peor: el desprecio por todo y no era momento de fijarse en las formalidades.

Fijó su vista en un punto de la noche como si allí adelante estuviera su taza diaria de café e ignoró mi pregunta.

Apoyé mi espalda en el respaldo del banco, tiré la cabeza hacia atrás y contemple el cielo. El hombre seguía allí, impertérrito, vaya uno a saber en qué trance. Encendí un cigarro, le extendí la caja ofreciéndole un tubo de cáncer que aceptó sin agradecer.

—¿Alguna vez le concedió la muerte a otro individuo? —me preguntó.

 

Minuto 50

 

Corté la comunicación con Ramiro y quedé sentada en el sofá. No lloré, no grité, no hice nada.

—Lo siento —dije y perdí toda función motora. El celular se resbaló de mis manos y cayó, desperdigando sus partes por el piso del living.

Santiago muerto, era inconcebible, cómo una personita que aún no había empezado a vivir estaba muerta. Pero era así, nadie sería tan imbécil de jugar con la vida de otro y menos Ramiro, que era su hermano de la vida.

Algunas lágrimas descendieron por mis mejillas, como si pretendieran homenajearlo con su lento desfile.

Me levanté con toda intención de ir a verlo, me resistía a creer lo que había ocurrido, debía comprobarlo con mis propios ojos. Abrí la puerta y la mano gorda de Cara de morsa me frenó devolviéndome a la casa. 

 

Minuto 51

 

No tuve más remedio que confesarle todo a Olga, sabía en qué pasos andaba su hijo, que lugares frecuentaba, que sustancias consumía, de dónde conseguía el dinero que le traía y la gente que lo rodeaba.

La alejé del grupo de curiosos que seguía en el lugar, y de las orejas policiales. Correspondía que ella supiera la verdad, al menos mi porción de la verdad, antes que otros la supieran. Entramos a la casa, la senté sobre la cama y le preparé un té.

—Yo sabía que en algo raro andaba —dijo ella. El hilito de voz se le extinguía luego de pronunciar algunas palabras—. Siempre me dejaba plata en la mesa de luz. Y alguna notita diciendo que estaba bien. Pero nunca dejé de sospechar.

La mirada de Olga reflejaba el desconsuelo de una mujer derrotada.

—Cuándo se entere el padre —mencionó a su marido y no pudo volver a hablar.

No supe precisar si era el momento adecuado o no, pero cuando quedó el silencio de por medio, empecé a desmenuzar todo lo que sabía.

 

Minuto 52 

 

Volvimos de la comisaría luego de hacer la denuncia y metimos todo lo que pudimos dentro de dos bolsos y una mochila de campamento.

—De nada sirve que nos quedemos acá —le volví a insistir cuando la vi dudar—. Acaso querés que vuelva con todo su resentimiento y te mate.

Dejó los bolsos sobre la cama y se sentó a llorar. No entendía como la mujer que me parió estaba dispuesta a arriesgar su vida por dos míseras piezas llenas de humedad.

—Sé muy bien que hace años no te hablás con ella —la intimé—. Pero nos va a recibir a las dos, y aunque no sea por vos, lo hará por mí —saqué uno de los rollos de billetes que tenía guardado y se lo mostré—. ¿Ves? Es suficiente para los pasajes y para colaborar hasta que encontremos trabajo.

Agarramos los bolsos, le pusimos candado a la puerta y salimos a la calle.

—Al puerto —le dije al taxista cuando subimos.

 

Minuto 53

 

Rita venía a verme y controlar que todo estuviese bien varias veces durante su turno. Me hablaba, me acariciaba la frente y alentaba.

—Al parecer anoche le dieron un balazo en el abdomen y está delicado. —Mis párpados se movieron al escuchar la noticia—. Tranquila mi cielo, vos descansá que es lo único que necesitas.

No tenía la menor idea del día en que vivía, la hora, ni el motivo que me tenía postrada en una cama desde hacía tiempo. Solo reconocía la voz de Rita cuando venía a cambiarme el suero y a bañarme.

—Estas hermosa como siempre —Rita nunca escatimó en halagos. Jamás dudé de su sinceridad. Creo que fue la única compañera que tuve realmente durante mi estadía en el hospital, como enfermera, claro está. Y como paciente también. Al menos era a la única que oía y el interminable pitido de la máquina que me mantenía en el mundo de los vivos. Quizás lo mejor fuera que el sonido intermitente tomara una forma constante.

 

Minuto 54

 

—Te podrían haber metido plomo en la cabeza, así desaparecías de una buena vez, hijo de puta —luego de visitar la sala de Patricia, fui a la del imbécil—. Te volvería a abrir la herida para que te desangraras, poco hombre. Bien dicen, yerba mala nunca muere.

Antes de cambiarle el suero, jugué con la vía para que tenga un motivo más para quejarse cuando se despertara. Volví a insultarlo y salí de la sala.

Por suerte estaba terminando mi turno, me cambié y taché otro día en el almanaque que tengo en el vestuario. Cada vez me queda menos para la jubilación, pensé con alegría.

Caminé hacia la parada del ómnibus meditando sobre mi actitud, nunca había sentido tanto repudio por un ser humano, siempre me consideré una mujer generosa y de buenos sentimientos, pero este individuo era capaz de hacerme aflorar lo peor.

Tuvo mucha suerte, no sé si tuvo algo que ver con el asunto del vídeo, pero espero que le hayan bajado los humos al mal parido. Pagué el boleto y me recosté en el asiento.

 

Minuto 55

 

Podía ganar tiempo culpando a la zorra que me robó, era una idea que solo serviría para ganar minutos, antes de recibir otra paliza monumental.

—Le disparaste al hijo del zar de la salud, idiota —el milico se llenó la mano con mi mentón, dejándome estampado contra la pared. El trato preferencial se diluyó una vez que pisé jefatura.

Improvisé que fue un encargo, que debía apretarlo para que dejara de lado ciertos asuntos. Dos piñas más por no mencionar con claridad “ciertos asuntos” y otra por las dudas.

—No sé quién es —dije sin mentir—. Se me acercó un día, me dio un fajo de billetes para que mandara silenciar al médico —otra tanda de trompadas.  

 —No mientas, pichi —dos piñas más en las orejas.

—Al parecer le hizo algo a la hija, pero no me dio muchos detalles —me agarró de los pelos y me escupió en la cara. Aflojó con los golpes cuando mencioné su aspecto físico y el lugar en donde me citó para darme detalles del encargo.

 

Minuto 56

 

—En mi bolsillo tengo un revólver con una sola bala —le dije luego de oír durante algunos minutos su asombrosa confesión. Estuve yendo semanas al bar, y si bien no reparé con muchos detalles en su actitud, jamás imaginé que escondería las agallas necesarias para quitarle la vida a otro ser humano y deshacerse del arma con tanta facilidad.

—Aún tengo las manos sucias con sangre, caballero —apuntaló de forma intimidatoria.

Por primera vez nos miramos a los ojos y comprendí que era capaz de todo, de desarmarme y matarme ahí, en medio de la plaza.

—No me mal interprete —aclaré—. Solo quiero desnudar mi verdadero sentir, el que tanto me costó gestar en la mesa de su bar y dar a luz a metros de la puerta.

La calma parecía haber retornado, aunque el mozo continuaba con la guardia en alto, sin quitarme los ojos de las manos y fingiendo comodidad.

 

Minuto 57

 

—Cometí el gravísimo error de actuar bajo los efectos de la desesperación y confiar en un narcotraficante de poca monta para vengar la integridad de mi hija —dijo el pelado—. A esta hora debería tener novedades, pero aún nada —agregó.

Relató los sucesos que padeció su hija en su lugar de trabajo, dejándome absorto por lo despiadado de las acciones, a pesar que yo no era una persona moralmente adecuada para realizar algún juicio de valor. Algo en el pelado no andaba bien, pero en mis horas de especulación jamás imaginé algo similar.

—Cuánto puede demorar un energúmeno de estos antes de abrir la boca —dijo rendido—. Por eso tengo conmigo este revólver con una sola bala.

Indicó el lugar donde ingresaría cuando llegara la hora. Negué con la cabeza y con un rápido movimiento le quité el arma de su mano.

—Usted tiene motivos para luchar —le dije—. Yo ya estoy perdido.

 

Minuto  58

 

—Seguramente ignoras por completo lo hermosa que sos —le dije con mi voz de viejo cursi. Ella sonrió y me abrazó con ternura.

No debía ser cierto que un veterano de mi calaña, cascoteado por los años y la vida, esté acostado en la cama de una mujer casi quince años menor que yo.

Evité la idiotez de preguntarle qué hacía una mujer como ella con un pedazo de cuero desvencijado, pero pareció adivinar lo que pensaba.

—Sucede que estoy cansada de los forros que pululan por la ciudad —me dijo al oído—. Vos sos un hombre de verdad, sensible y tierno.

 Me besó con la misma intensidad que lo hizo minutos atrás y nos refujiamos bajo las sábanas. No sabía que podría pasar de aquí en más, no quería pensar en ello, tampoco me importaba mucho, solo pude recordar una exquisita pronunciación en latín de los versos finales de la oda número XI de Horacio.  

 

Minuto 59

 

—Usted tiene una hija que proteger y cuidar —me desarmó de inmediato y apuntó directo a mi frente —. Mi vida acaba de terminar. Esto no le será de utilidad alguna en su poder, sin embargo a mi puede liberarme del exceso de equipaje —estrechamos nuestras manos y sin decir palabra desandamos los pasos que nos encontraron en la plaza.

Me senté al lado de Patricia, tomé su mano y le susurré al oído, le hablé como lo hacía cuando no podía conciliar el sueño durante su niñez y sentí con alegría la presión de sus dedos—. Todo estará bien, mi amor —la besé en la frente—. Papi está contigo.

Afuera un barullo rompió el silencio reinante, algo me dijo que debía abandonar el lugar momentáneamente. Tres policías se aproximaban, era obvio que venían por mí, eludí su búsqueda escondiéndome en la habitación contigua a la de Patri, miré al huésped con discreción procurando no incomodarlo y me llevé una gratísima sorpresa.

 

Minuto 60

 

—Fuiste vos, hijo de mil puta —le grité, descargué mis puños sobre su pecho, lloré con rabia y lo único que tuve a modo de respuesta fue su cara de morsa, repugnante y nauseabunda que no expresaba nada—. No era necesario que llegaras a tanto, no tenías por qué terminar con su vida.

Continuó sereno, sin quitarme los ojos de encima y en silencio. No era posible prever los movimientos que realizaría, ya que su cara de morsa no transmitía absolutamente nada. Solo me producía más asco.

—No puedo creer que me haya casado contigo —le grité—. Fui tan estúpida.

Se sentó en el sofá y escuchó sin decir palabra, nunca llegué a conocerlo a pesar de los años de convivencia, pero ahora me resultaba un completo extraño.

—Llegó la hora —pronunció con los ojos llenos de lágrimas —. A todos nos llega.

La totalidad de su cuerpo comenzó a temblar cuando se aferró al gatillo. 

 

 

Publicado en Novelas por entrega

 

 

 

 

 

LEGENDE INCONSISTANTE

Par Agustín Monsreal

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

Un garçon de 16 ans. Il se rend dans un bordel pour la première fois. La prostituée s'en occupe à merveille. Il croit en être amoureux et, à chaque fois que son argent le lui permet, il va mettre entre les jambes de la femme son romantisme sexuel. Plusieurs mois passent. Le garçon s'acharne à croire que l'amour, c'est cela. Elle s'en moque, mais elle le répète dans son corps de plus en plus longtemps et elle expérimente à nouveau, non sans nostalgie, non sans une faible crainte, que sa chair est utile. Graduellement elle oublie son attitude de suffisance professionnelle et elle adopte pour sa nudité une fierté nouvelle. Ils échangent le lit du bordel contre le lit de son appartement à elle. Ils apprennent à dormir ensemble. Ils mangent. Ils jouent. Ils se battent. Ils se baignent. Ils sont heureux, entre le plaisir et le sommeil. Quand ils se retrouvent virtuellement apaisés et que les secrets de la passion commencent à se répéter, ils décident de sortir promener leur bonheur dans les rues, de le confronter avec eux-mêmes et avec le monde. Les gens le regardent, ils commentent à voix basse, ils les pointent du doigt. Le garçon remarque comment l'âge de la femme lui retombe dessus. Il a honte d'elle, de l'entrain présomptueux de ses hanches, de son visage tuméfié de fard, de la vulgarité de son rire et de ses gestes de tendresse, de sa stupidité. Son amour se transforme en effroi, en pitié. Jamais auparavant il ne s'était senti ridicule ni sans défense. Misérable non plus. Ils viennent de dîner et elle fume, elle semble joindre, vérifier sa portion de bonheur, sans anxiété, en paix avec la vie. Après avoir attendu plus d'une heure qu'il revienne des toilettes, la femme comprend. Une douleur humble dans ses yeux contraste avec l'arrogance de ses faux cils. La jeunesse est égoïste, elle est lâche : elle fuit en traître. Elle l'avait oublié. Elle se lève. Elle paye l'addition. Elle sort dans l'air de la nuit et fait marcher son corps dans les rues nerveuses, elle le traîne comme un cadavre embaumé, elle le manœuvre entre la convoitise toujours frauduleuse des hommes

 

 

 

 

 

 

LEYENDA INSUSTANCIAL

Agustín Monsreal

 

 

 

 

Un muchacho de 16 años. Acude por primera vez a un burdel. La prostituta lo trata de lo mejor. Él se cree enamorado de ella y, cada que el dinero se lo permite, va a meter entre las piernas de la mujer su romanticismo sexual. Pasan varios meses. El muchacho insiste en creer que eso es el amor. Ella se burla, pero lo repite en su cuerpo un rato cada vez más largo y vuelve a experimentar, no sin nostalgia, no sin un débil temor, que su carne es útil. Gradualmente deja atrás su actitud de suficiencia profesional y adopta para su desnudez un orgullo nuevo. Cambian la cama del burdel por la cama del departamento de ella. Aprenden a dormir juntos. Comen. Juegan. Pelean. Se bañan. Son felices, entre el placer y el sueño. Cuando se hallan virtualmente apaciguados y los secretos de la pasión comienzan a repetirse, deciden salir a caminar su dicha por las calles, a confrontarla consigo mismos y con el mundo. La gente los mira, comenta por lo bajo, señala. El muchacho advierte cómo la edad de la mujer se le viene encima. Se avergüenza de ella, del ímpetu jactancioso de sus caderas, de su cara tumefacta de pin-turas, de la vulgaridad de su risa y sus ademanes de ternura, de su estupidez. Su amor se convierte en espanto, en lástima. Nunca antes se había sentido ridículo ni indefenso. Tampoco miserable. Acaban de cenar y ella fuma, parece juntar, verificar su porción de felicidad, sin ansiedades, en paz con la vida. Después de esperarlo más de una hora a que regrese del baño, la mujer comprende. Un dolor humilde en sus ojos contrasta con la altivez de sus pestañas falsas. La juventud es egoísta, es cobarde; huye a traición. Lo había olvidado. Se levanta. Paga la cuenta. Sale al aire de la noche y echa a andar su cuerpo por las calles nerviosas, lo acarrea como a un cadáver embalsamado, lo ma-niobra entre la codicia siempre fraudulenta de los hombres.

 

 

UNA HORA DE ETERNIDAD

 Matías Mateus 4ta Parte

 

 

 

Minuto 37

 

El arma puede convertirse en la llave que termine de cerrar las heridas que provocan el movimiento del velo.

Se torna la opción más digna al corroborar en el repaso de los esfuerzos realizados, que dentro del amor expresado lo único genuino que contenía era el deseo de ser celebrado y aceptado por los demás. Una vez que consentimos el fracaso de dicha empresa, el orgullo se fisura, redundando en una constante negativa que cimenta la idealización de una perpetua contradicción en la que termina depositándote tu vida. 

La sangre gotea minuto a minuto, y es allí donde el arma toma un rol preponderante, para ponerle fin a la hemorragia.

Un revólver calibre treinta y ocho, con una sola bala en su tambor, requiere tres elementos. Determinación al momento del disparo, precisión en la ejecución. Y fundamentalmente, ser efectuado a tiempo. Cuando llegue la hora exacta.

 

Minuto 38

 

No sé dónde ni en qué lugar escondía esta veta sádica, pensé mientras volvía a meterme en la ducha. Hacía años no experimentaba una excitación tan grande al poseerla sobre mis dominios.

Qué complejas y laxas son las decisiones que adoptan la consciencia humana, reflexioné, cómo la cólera puede transformarse en placer y retomar las sendas del odio nuevamente, sin mayores sobresaltos, sin culpa. 

—Ya no te contiene lo suficiente, el nene que mantenés —le dije cuando bajé de la cama y di los primeros pasos rumbo al baño.

Refunfuñó entre dientes causándome una sonora carcajada.

Volví al living luego de agarrar otra cerveza. Me vestí mientras bebía, sin ocultar la satisfacción. Terminé de aprontarme y salí a la calle.

La noche seguía allí, con la escenografía dispuesta y esperando. 

 

Minuto 39

 

Dejé pasar un tiempo prudente antes de salir del dormitorio. Para mi suerte ya se había ido, deseé con el alma que esa fuera la última vez que volviera a pisar la casa. No quería volver a ver esa inmunda cara de morsa.

El asco que me produjo ese momento, me dejó llena de náuseas. Entré al baño y no me reconocí cuando me miré en el espejo. Las lágrimas desfiguraban mi rostro, me sentí una basura, la peor mujer del mundo.

Había sido vejada, humillada completamente por la persona que en algún momento amé y no fui capaz de ofrecer ningún tipo de resistencia.

Quise gritar para liberarme del sentimiento que oprimía mi pecho, pero ni siquiera ese desahogo era posible.

Volví al dormitorio con la firme idea de llamar a Santiago e irme de esta casa.

 

Minuto 40

 

Y ahora qué tendré que hacer, me pregunté. Del otro lado todo seguía igual.

Ya no sentía dolor, solo una pequeña picazón que me dejaba algo confundido. Había pasado realmente, sí. Estaba muerto. Estaba tirado en la vereda, luego de que una bala me entrara por la espalda.

Esto es la muerte, me dije. No podía ver nada, solo oía las voces que hablaban cerca de mi cuerpo. Mamá había estado llorando con desconsuelo, los milicos daban vueltas, iban y venían haciendo mil conjeturas del posible autor del disparo. Me había parecido escuchar a Ramiro cuando llegó, él es el que sabe todo, a él deben preguntarle. Pero claro, yo estaba bajo esa tela, sin posibilidades de declarar.

Qué sería de mí, una vez que me enterraran, una vez que los gusanos se apoderaran de mi carne. Quise gritar, sacudirme, golpear las manos, pero nada de eso fue útil, ya era demasiado tarde. En este mundo no había más tiempo para mí. Se me terminó la hora.

 

Minuto 41

 

Olga había recogido del suelo el teléfono celular de Santiago luego que su hijo dejara de respirar. El sonido del mismo al recibir una llamada hizo que los policías pusieran atención en las manos de la mujer.

De inmediato me lo tendió y quedé con el aparato sonando en mis manos.

—¿Quién es? —me preguntó—. ¿Quién está llamando? —descompensada completamente volvió a romper en llanto—. ¿Por qué tengo que estar pasando por esto, por Dios? ¿Por qué debo sufrir tanto?

Los gritos desesperados de la mujer llamaron la atención de todos, quienes con cierto grado de impavidez no supieron cómo reaccionar. La rodeé con mis brazos y procuré brindarle la mayor contención que pude, una señora llegó con una silla, la conduje con precaución para que pudiera sentarse y estabilizar su respiración.

El teléfono volvió a sonar. Luego de ver quién llamaba atendí.

 

Minuto 42

 

La ambulancia se llevó el saco de alcohol que había quedado desmayado al borde de la cama. Mi vieja sentía algo de alivio, pero esta vez tuvo suerte, porque en el momento que se lo quitó de arriba, pudo perder más que la suerte que la acompañó. Me quedé a esperarla hasta que llegara la policía. No existía otra opción que denunciarlo y evitar por todos los medios que volviera a acercarse.

—Mamá —dije abrazándola—. Estuve guardando un poco de plata.

Ella seguía mirando el charco de sangre que había quedado en el piso. Ya no temblaba, pero se le notaba el miedo que sentía, porque sabía que en algún momento, cuando tuviese la primera oportunidad iría por la revancha.

—Por qué no agarrás algunas de tus cosas y nos vamos de acá —la propuesta pareció no interesarle hasta que volví a hablar—. A mí también me están persiguiendo.

 

Minuto 43

 

—Arriba las manos —me gritó el cana—. Mantené las manos en alto.

Eran cuatro policías apuntándome con sus revólveres, mis posibilidades de sobrevivir eran nulas si disparaba contra alguno de ellos. Sin dejar de apuntarme, se acercaron y no demoraron en desarmarme y esposarme.

Ninguno habló, ninguno me puteó, como ya lo habían hecho en otras veladas, como solían hacerlo en las diferentes citas que tuve con los miembros de este honorable cuerpo.

—Fui un idiota en aceptar tan poca guita por este laburo —murmuré dentro del patrullero. Sabía que no era un apriete común, este gil tenía gente pesada atrás, y los milicos me daban la razón al tratarme como un reo VIP.

—Todo mal —me mandaron callar cuando grité y me di la cabeza contra la mampara. Qué gil soy, hago todo mal cuando me paso de merca, sino me hubiese mandado la cagada de disparar estaría gozando de buena salud.

 

Minuto 44

 

El escupitajo que le dio Patricia en la cara fue como pretender apagar un incendio con un bidón de nafta. Sosegar a un neurótico con una cachetada al orgullo era una estrategia poco inteligente. Llegué a interponerme entre los dos antes de que el escupitajo se convirtiera en una escena lamentable.

—Dejala en paz —le grité descargando mis depósitos de adrenalina. Se quedó serio mirándome con su típica cara petulante.

—Ya se va a arrepentir —se limpió la cara con la manga de la túnica y desapareció.

Respiré hondo durante unos segundos, Patricia también se había esfumado. Llegué a la enfermería exhausta y con nerviosismo. Ella estaba sentada con los codos sobre la mesa y las manos en la cabeza, mirando fijamente el teléfono celular. Sonó el mío y también el de los que estaban allí. Casi al unísono llevamos la atención al aparato, antes de volver la vista hacia ella, que comenzaba otro capítulo de su pesadilla.

 

Minuto 45

 

No resistí ver el vídeo hasta el final.

Dejé de sentir las piernas, las manos y me desvanecí sobre el escritorio. De forma cándida traté de encontrar un motivo razonable que justifique el accionar despiadado que ejerce un individuo sobre otro.

—Mi amor, Patri —escuché, la voz de alguien que intentaba devolverme del desmayo. Pero me negaba a responder, no sentía necesidad alguna de permanecer en el mundo de los conscientes. Por el contrario, en el único lugar donde podía sentirme a gusto en este momento era bajo tierra.

Cuántas personas en este mismo momento estarán regocijándose con este vídeo, pensé, con cuántos comentarios descalificadores me estarán apuntalando y dejando como una atorranta. Mi futuro en ese momento pendía de un hilo, la sola idea del vídeo inundando las redes sociales me dejó knock out.

 

Minuto 46

 

—Bien hecho, pibe —le dije al pendejo de la empresa de seguridad—. Soy un hombre de palabra —tomó el billete, agradeció y quedó mirándoselo como si le hubiese ofrecido una criatura fantástica.

El vídeo no demoró más de dos días en tomar dominio público, festejé mi victoria con un saque cuando me subí al auto. Luego de esto, no se olvidará jamás de que las mujeres son propiedad de sus hombres y están al servicio de quienes las poseen.

Paré el auto frente al club y bajé con la intención de saciar el hambre de una jugosa concha. Un flaco de canguro me chistó desde atrás de un árbol, interceptándome antes de que pudiera cruzar la calle.

—A dónde vas —me dijo poniéndome una mano en el pecho—. Señor machito, vas a tener que retractarte. —Le mostré todos los dientes de forma irónica, desestimando su pedido antes de sentir el frío caño del revólver en el abdomen.

 

Minuto 47

 

En mis cuarenta años de vida nunca había experimentado algo similar, jamás imaginé protagonizar una situación donde entregaba mi cuerpo completamente, despojada de cualquier tipo de prejuicios con un desconocido y vivir un instante sublime.

Lo contemplé durante unos segundos mientras observaba el techo del dormitorio con cierta incredulidad.

Me llenaba de satisfacción descubrir que detrás de esa mirada que se extraviaba en el espacio, existía un hombre sensible, amable y dulce.

Cuando regresó del taxi hasta la puerta, me sentí inmovilizada por el pánico, pero de inmediato su talante me dio motivos para confiar y recibir el amanecer de un modo inefable.

Tomamos algunos tragos, mientras desmenuzábamos nuestras vidas con total despojo, antes de coronar la velada entre las sábanas. 

 

Minuto 48

 

Elegí al azar uno de los bancos de la plaza para sentarme. Miré el reloj por primera vez a las tres de la mañana, aún no había recibido ningún mensaje. Masajeé el caño del treinta y ocho, mostrando señales de nerviosismo. Ya tendría que haber recibido las primeras novedades y aún nada.  Mi actitud pasmada y cavilosa había desaparecido.

Las dudas empezaron a adueñarse de mí, procuré alejarlas tan rápido como llegaban, con conjeturas tan disparatadas como las propias dudas. 

Una silueta cruzó el perímetro de la plaza y se dirigió hacia el lugar donde permanecía sentado. Mantuve mi actitud lo más relajada posible, hasta que logré identificar al hombre que se acercaba a mi posición.

Mi suerte quiso que fuera el mozo del bar al que acudía todas las noches.

—Maestro —lo saludé—. Qué anda haciendo por acá.

Era la primera vez que le decía otra cosa que no fuera “café” y “la cuenta”.

 

Publicado en Novelas por entrega

 

 

 

 "BARCOS"

Ramiro Padilla Atondo

Reflexiones sobre un cuento de Gabriela Torres Cuerva

 

 

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

 
 
 
 Hay descubrimientos fantásticos, descubrimientos que por su propia naturaleza quedan atados a la psique de manera irremediable. Eso pasa cuando se lee algún cuento memorable. Me ha pasado en algunas ocasiones, y lo ejemplifico por orden de aparición; En este pueblo no hay ladrones de García Márquez, La señorita Cora de Cortázar, Tlön Uqbar Orbis Terius de Borges y así muchos más. Es claro también que los gustos son particulares, lo que a mí me puede parecer maravilloso a otros no tanto. He leído a cuentistas que tienen cuentos sin publicar como Juan José Luna y su cuento Bicentenario, una verdadera obra maestra en hoja y media, o un cuento largo que parece novela como Predrag de Daniel Salinas Basave. El cuento al que me referiré en esta ocasión aparece en el volumen de Cuentos Hombres maltratados (Lectorum) de Gabriela Torres Cuerva. Sin tener elementos fantásticos, la personaje, que ve películas de arte, decide ir al cine sin ir preparada para los cambios climáticos. Pero la personaje, va cediendo protagonismo no solo a los elementos naturales sino a los contertulios, los trabajadores del cine, los espectadores que no terminan de ver la película porque una tormenta de a poco empieza a inundar la sala, y sobre todo por la tensión que de a poco aflora entre una pareja de ancianos. Sirve el cuento como una parábola de cierto tipo de convencionalismos, de que hay situaciones que se tienen que aceptar y están fuera de nuestro control, las relaciones de pareja que se viven aunque sea un infierno porque no cabe el divorcio y más a una edad tan avanzada, y la lluvia, personaje a su vez principal que permite que aflore la rebelión en el anciano, controlado en todo momento por su esposa. Se dice que un cuento vale más por lo que deja de decir que por lo que dice. Hay elementos curiosos que apelan a otro tipo de conciencia, cuando uno va al cine, da por descontado que hay cierto tipo de acústica que permite un mayor disfrute. En plena función se va la electricidad y en la oscuridad reinante, el golpeteo incesante de la lluvia es el único sonido, mientras los empleados luchan por contener la inundación hasta que se dan por vencidos. Don Joaquín, el anciano, necesita auxiliares auditivos y de su pecho cuelga un gafete para identificarlo en todo momento. La mujer controla sus movimientos de manera obsesiva y cuando la sala comienza a inundarse lo aísla. Pero el aislamiento dura poco, hay una fuerza que atrae a Don Joaquín hacia la lluvia por lo que las súplicas de la mujer valen poco. Toma un rollo de programas del cine y empieza a fabricar barquitos con ellos. Los barquitos se convierten en el elemento liberador, no solo para Don Joaquín sino para los demás asistentes que participan emocionados. Barcos es un cuento que vale leer la pena varias veces.

 

 

Barcos

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

Ir todos los domingos al cine ya es para mí una costumbre. Lo hago por las tardes, depreferencia, aunque las funciones de mediodía ofrecen la misma cartelera y el beneficio adicional de estar bastante despejadas. Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre siempre elegía el horario matutino y casi siempre nos quedábamos el doble de tiempo, pues había permanencia voluntaria. Jugábamos, ya en esa segunda vuelta, a anticipar las escenas que seguían, los diálogos e incluso a adivinar cómo irían vestidos los actores. Después,cuando mis hermanos ya no fueron, el juego se terminó, y mamá siguió con lo mismo deaprovechar la película doble; entonces me aburría mortalmente. Ella lo sabía, pero algo que nunca entendí la hacía aprovechar la posibilidad al máximo, incapaz de hacer caso omiso del derecho de permanencia. Alguien me dijo después que se podía pasar a otra sala y ver otra película o que en la misma sala pasaban filmes distintos; en mi caso nunca fue así. Tal vez por eso, por una asociación infantil, es que rara vez me inclino por el turno matutino, como ocurrió esa mañana de junio. Desperté sin intenciones de enfrentar mis labores domésticas pendientes. Trabajo toda la semana, de nueve de la mañana a siete de la tarde, y últimamente tengo la impresión de que los sábados y domingos tienen menos horas que los otros días: no alcanzan para nada.Me desperté, desayuné un par de huevos estrellados con algo de salsa de tomate de un día anterior, jugo de naranja y dos cafés muy cargados. Limpié la cocina y me acosté de nuevo. El día anterior, sábado, había tomado la precaución de hacer las compras de la semana. Así que bien podía haberme quedado allí toda la mañana. Me puse a leer el periódico y me adormilé de nuevo.Un mundo de agua, como el de la casa inundada de Felisberto Hernández, cubrió mi duermevela. Agua por todos lados: de las ranuras en la madera de las puertas, por las goteras del techo y algo tan extraño como que las paredes eran enormes pieles humanas de cuyos poros brotaban gotas y gotas y gotas. Desperté con una sensación incómoda, cubierta de sudor, intranquila. Pensé en cosas catastróficas, como si algo muy malo fuera a pasar ese día.Necesitaba salir de la casa, así que decidí darme una ducha con agua fría para despertar del todo, me pinté los labios, y me fui al cine sin siquiera ver la cartelera. Cuando iba llegando, las nubes estaban ligeramente ensombrecidas. Por si las dudas,me estacioné lo más cerca que pude, a unos metros del lugar y sin la necesidad de poner monedas al parquímetro por ser día de asueto. No me di cuenta entonces de lo inadecuado de mis huaraches para un temporal como ese; las tiras de cuero generalmente se arruinan con el agua. Había una fila de unas quince personas en la entrada. Cuando ocupé el último lugar, yaserían como veinte. Empezaron a caer algunas gotas, después una leve llovizna, fina pero consistente. Algunos sacaron sus paraguas. Yo me recriminé la falta de previsión. Un hombre muy corpulento subió el cuello de su chaqueta y se ajustó el sombrero. Hubo quienes vieron el reloj, para revisar tal vez por cuántos minutos tendrían que esperar a la intemperie o si su pronóstico del tiempo coincidía con la lluvia.El cine México es un lugar socorrido por un público perseverante. Las películas que se exhiben se inclinan más al arte que a lo comercial. Me gusta eso. Mientras los cines de las plazas comerciales están repletos todo el tiempo, el viejo cine acoge en cada función un máximo de treinta o cuarenta personas. Por extraño que parezca, no hay quien pierda la oportunidad de ocupar una butaca, como si todo estuviera perfectamente planeado y se hubiesen cotejado con anterioridad el cupo y los espectadores. Esa tarde el panorama se veía menos concurrido, pero para mí estaba bien. Aunque los que acudimos al cine siempre somos los mismos, no nos conocemos entre sí. Nadie tiene la intención de intimar. Eso también está bien para mí. Por otro lado, el público se compone de gente grande; proliferan bastones, andaderas, donas para sentarse, casi todos portan lentes bifocales, aparatos para escucha o ambos. Estaba segura de haber visto antes a la pareja formada delante de mí: la señora traía lentes y un collar del que pendía un pastillero de colores parecido a un caramelo. Don Joaquín portaba un gafete en su camisa, sujetado con un seguro metálico de los que se usaban para ajustar los pañales de tela de los niños; en él se podían ver escritos otros datos además de su nombre, así como una fotografía suya, visiblemente más joven. Traía al cuello unos lentes oscuros y enormes en un cordel delgado. Era notoria la presencia de auxiliares auditivos, pues batallaba con un control en la bolsa de su camisa para mediar el volumen.Era lo único que sabía de ellos: cosas así pueden observarse mientras una hace fila,sobre todo si el avance es lento, como sucede en el cine México. En cuanto el tomador de boletos tomó su sitio en la puerta principal, la señora apremió a don Joaquín con un empujón en la cadera para que avanzara. El boletero, sentado en un banco alto, recogió los cartones amarillos, los revisó como si alguien fuera a atreverse a falsificarlos, los regresó después de partirlos en dos con un movimiento frenético.Al igual que los espectadores hemos generado ya una tradición, los trabajadores del cine tienen muchos años trabajando allí. La taquillera es una mujer malhumorada que lleva cada domingo el mismo vestido color paja. Al ingresar a la antesala, seguimos en la fila: es cuando el boletero administra el fluir de todos hacia la sala, en perfecto orden.Me gusta mirar los carteles de las películas exhibidas recientemente, para ver cuál se me ha escapado. Esto, sin saber la razón, me hace sentir un poco de culpa, como si yo estuviera comprometida a verlas todas, sin faltar una. Me complació saber que la película de ese domingo fuera portuguesa, un filme basado en la novela de Camilo Castelo Branco,Misterios en Lisboa. Podría compararla con la novela; aunque no estaba tan segura de recordar el contenido al pie de la letra, siempre he tenido la idea de que el filme activa sensores de la memoria si ya se ha pasado por la historia en papel. El cartel anticipaba una buena fotografía y ciento noventa minutos de intrigas, identidades falsas, romance y violencia.Me salí de la fila y pedí a la señora el favor de guardar mi lugar. Asintió mientras miraba hacia la puerta de la sala, todavía cerrada. Interpreté su gesto y me apresuré a comprar unos chocolates y un refresco de manzana. Después de tantos años de hacer exactamente lo mismo, la dependienta había desarrollado una técnica eficiente para cortar la fruta, colocarla en vasos de plástico transparentes y agregarles una bolsita con chile y una rodaja de limón.Un método sistemático que conseguía porciones idénticas. Cuando terminó de llenar un vaso de tajadas de mango, me dio la mercancía, tomó las monedas y siguió con su tarea.Alcancé mi lugar en la fila justo a tiempo. Don Joaquín renegó cuando su bastón se atoró en la alfombra; la señora le ayudó a desatascarlo y comentó algo de la decrepitud del cine, de lo viejo que estaba todo, de que era el colmo que ya nada servía. Espoleó de nuevo a don Joaquín para que no perdiera el paso. Ya en la sala, los perdí de vista. En el intermedio, la sonoridad de la lluvia era evidente. Ignoro qué habrán pensado los demás, pero yo lamenté no traer zapatos adecuados y otra vez me reproché el no cargar con paraguas por si acaso. La gente se inquietó. Miraban hacia el techo como si con eso pudieran medir la densidad de la tormenta. Vi las mismas cabezas de siempre, sin identificar una sola. Algunos se tapaban los oídos; el hombre junto a mí se metió la cara entre las piernas hasta que recomenzó la transmisión del filme. El estruendo se estaba poniendo insoportable.El resto de la película pasó de un modo muy accidentado. Poco antes de que se revelara la identidad del personaje protagonista, se fue la electricidad y todo se quedó en la más profunda oscuridad. El ruido de la lluvia lo invadió todo, tanto, que hizo callar las quejas,los enojos, los gritos de frustración. El silencio absoluto en la sala contrastaba con la alharaca rabiosa del agua allá afuera. Por un momento pensé que al salir nos encontraríamos con un territorio desolado, como si la ciudad hubiese sido arrasada por una guerra o un terremoto.De súbito, entraron la dependienta y el boletero con trapeadores y cubetas. El agua había comenzado a filtrarse en la sala. Todos se pusieron de pie y en movimiento. Fue cuando vi a la señora y a don Joaquín. En una réplica de lo que había observado en la fila, ella lo urgía a salir, muy junto a él, cuerpo a cuerpo. El rictus de don Joaquín podía ser a causa del aparato de audición que sacaba, veía y guardaba de nuevo, por el acarreo del que era objeto o porque el final de la película había quedado inconcluso. Las alfombras estaban completamente mojadas. El salón de proyección se vació en pocos minutos.Había dejado de llover. Seguramente con la finalidad de impedir que el agua entrara a todos los rincones del cine, la puerta de cristal se había cerrado casi en su totalidad, lo que no consiguió detener el embate del agua. Era difícil medir la magnitud de la inundación en la calle: probablemente alcanzaba metro y medio de altura. Como antes en la pantalla, los ojos de todos estaban pegados a lo que ocurría afuera: ese imposible universo, inalcanzable.El boletero y la dependienta corrían de la sala al área donde nos encontrábamos todos,llenando y vaciando cubetas, dando explicaciones imposibles. El hecho es que nada podíamos hacer. Don Joaquín y la señora se ubicaron a una distancia prudente de todos, como si estuvieran a punto de levantar la voz y dar un discurso comunitario. Dado que todos iban en pares, me limité a descifrar las conversaciones. Se hicieron alusiones al clima fuera de control en los últimos tiempos, a que en la ciudad pocas veces se había visto un fenómeno así, al espectáculo que estaríamos dando tras un cristal y arremolinados, con caras de ser víctimas de un secuestro. A decir verdad, nadie podía vernos. La calle estaba desierta y el agua cubría todo el paisaje.Don Joaquín, que solo miraba con cierta pena lo que estaba sucediendo, se inquietó de pronto. Se recargó en la pared, levantó una pierna, se quitó un zapato; estaba por hacer lo mismo con la otra, cuando lo reprendió la señora:

 

-Qué haces, por el amor de Dios. Te vas a enfermar si se te mojan los calcetines.

 

Él no mostró reacción alguna a sus palabras. Ya sin zapatos, se agachó con parsimonia con la aparente intención de doblarse el pantalón para evitar que el agua lo alcanzara. Visto a distancia era una acción prudente y responsable, sin embargo, sus intenciones no eran tan claras. La señora lo reconvino otra vez:

 

-No, no, no. Deja eso, por favor, ¿qué haces? Ni se te ocurra. No, no vas a quedarte así. Ponte los zapatos. Basta, basta, Joaquín, entiende.

 

Don Joaquín se le quedó viendo unos segundos con una mirada suplicante. Parecía un niño pidiendo permiso, esperando aprobación para remangarse el pantalón. Un niño con unas ganas tremendas de meter los pies en el agua. Ella le dio unas palmadas en los muslos e intentó obligarlo a levantar el pie para ponerle un zapato, mientras le decía:

 

-Ya te mojaste. Se te mojaron los calcetines, Joaquín. ¿Y ahora qué vamos a hacer?

 

Te vas a enfermar, te vas a enfermar. Te dije, pero nunca entiendes. Me canso de decirte las cosas y tú nunca entiendes.La dependienta y el boletero habían abierto un poco la puerta de cristal; inútilmente,

barrían con escobas el agua hacia afuera, después trapeaban y apenas terminando comenzaban de nuevo. El agua en la calle era tanta que se metía por el espacio libre entre el suelo y el filo de las puertas. Por fin desistieron de tan vana tarea y se instalaron detrás del mostrador de la cafetería, como dos soldados. Muy poca mercancía quedaba a la vista: un paquete de chocolates, algunos tubos de pastillas de menta y dos o tres vasos de fruta. El pequeño refrigerador estaba desconectado, supongo que para evitar cortes eléctricos cuando volviera la luz. Don Joaquín, visiblemente afectado, muy nervioso, con los zapatos en la mano, se dirigió con pasos torpes hacia la silla alta del boletero, tomó un rollo de programas y se quedó allí, mirando a la calle, extasiado. La señora, jalándole el suéter, no dejaba de insistir en lo terrible de que anduviera sin zapatos por ahí, como si nada:

 

-Si tuvieras un poco de conciencia no harías esto. ¿Quién crees que te va a cuidar cuando te agarre la tos y la fiebre? A ver qué haces cuando no aguantes las piernas. Estás loco, Joaquín, de remate.

 

La señora, mientras caminaba junto a don Joaquín, atisbaba entre las cabezas, como si buscara alguna aprobación hacia sus actos. Puedo asegurar que todos estábamos concentrados en él, más que en lo que ella intentaba hacer para detenerlo. Él se dirigió al mostrador de la cafetería, donde el boletero y la dependienta observaban la quietud del agua en la calle, cuyo nivel no disminuía ni un milímetro. Por primera vez abrió la boca y dijo,con una voz cascada, aunque audible:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

La señora lo tironeó del suéter con desesperación y le dijo:

 

-Estoy enojada, Joaquín. ¿Qué no ves el ridículo que estás haciendo? ¿Las vergüenzas que me haces pasar?

Don Joaquín puso los programas en el cristal del mostrador; ante la mirada indiferente del boletero y la dependienta, repuso:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

No volvió a decir nada más. Se limitó a extender con las manos uno de los folletos sobre el cristal, a doblarlo en dos partes, después en cuatro, a plegar las esquinas hasta que,muy orgulloso, consiguió un barco de papel perfecto que puso a consideración de todos,levantándolo en alto para que pudiéramos verlo. Algunas exclamaciones surgieron de la pequeña pero consistente multitud. Yo estaba muy cerca, así que pude verlo con precisión: realmente era muy hermoso. Daban ganas de tocarlo, de pasar los dedos por su vela, de hacerlo que don Joaquín hizo después. Miró hacia abajo, tal vez a revisar qué tanto había logrado enrollar los pantalones aun con la insistencia de la señora. Tomó con delicadeza el barquito,caminó hacia las puertas de la calle, abiertas dos palmos apenas. Se acuclilló como si tuviera doce años y depositó el barco en las aguas mansas e imperturbables de la calle. Enderezó su cuerpo con lentitud y se quedó con la vista fija por unos segundos, y cuando estuvo seguro de que la embarcación era lo suficientemente fuerte para soportar la fuerza del agua, se puso de pie. Los aplausos brotaron de aquí y de allá, vivas y bravos surgieron de la masa comprimida en el salón. La señora se replegó en una esquina y no volvió a pronunciar palabra. Don Joaquín regresó al mostrador, repitió la operación y fabricó otro barco, y otro.Todos queríamos uno. Llegó un momento en que varios de ellos flotaban en el mar, muy erguidos, como si fueran de madera o de metal. Fascinados, los observamos tras el cristal,ondear en las aguas dóciles, hasta verlos desaparecer para siempre.

 

 

Publicado en NORTEC

 

UNA HORA DE ETERNIDAD

 

Matías Mateus

2da Parte

 

 

 

 

Minuto 13

 

Le devuelvo las manos a los bolsillos y continúo mi marcha mirando al piso. Cuando no está el café frente a uno, se hace difícil buscar un tema de conversación. Las hebras del humo son buenas escuchando, hasta que se cansan y desaparecen, pero durante la danza sobre la taza son fieles aliadas.

Los bolsillos son buenos también, aunque no son muy partidarios de la dialéctica. Ellos básicamente contienen con calidez y entusiasmo. Lo arropan a uno con total desinterés; como todas las cosas, eso tiene su lado negativo. El problema de los bolsillos es que no saben decir que no, solo cuando un agujero se forma en el fondo, ahí sí varía el mapa. Salvando ese peñasco, son muy dóciles y eso se torna peligroso. Porque del mismo modo que calientan las manos y brindan contención, sirven para guardar elementos que un hombre con mis características no debería llevar consigo bajo ningún concepto.

 

Minuto 14

 

Al abrir la puerta me choqué con la foto que me saqué con Beatriz el día de nuestro casamiento y la insulté entre dientes, como quien se hace la cruz cuando pasa frente a una iglesia. Prendí la televisión con toda intención de molestarla y fui al baño a darme una ducha.

Qué ganas de darle una patada en el orto y hacerla desaparecer. Aunque prefiero soportarla en casa antes de comprarme un problema, si inicio el trámite de divorcio va a hacer todo lo posible para sacarme lo poco que tengo, como si alguna vez en su mísera vida hubiese contribuido en algo.

Prendí la luz del dormitorio y observé cómo la muy puta finge estar dormida mientras termino de secarme.

Buenas noches, amor —dije y me fui a buscar una cerveza a la heladera.

Subí el volumen de la televisión asegurándome que perturbara su descanso y me recosté sobre el sofá.

 

 

 

Minuto 15

 

 

Gordo cornudo —dije ahogando las palabras en la almohada—. Siempre hace lo mismo. Entra al cuarto y deja las luces prendidas.

Aproveché para ir a la cocina a tomar un vaso con agua y lo vi con su típica y asquerosa pose sobre el sofá.

¿Cómo te fue? —le pregunté como si me importara y seguí caminando.

Serví en el vaso y escuché un sonido gutural que fui incapaz de discernir si se trataba de un insulto, una respuesta decente o qué.

Me quité la bata para volver al dormitorio y con maliciosa intención pasé delante de él exhibiéndole el culo, que a pesar de los años sigue firme y apetitoso. No creo que se le pueda parar al gordo, pero si llega a lograrlo que se haga una paja.

Me encerré en el cuarto riéndome por la maldad y me tiré en la cama llevándome una mano a la entrepierna que empezó a humedecerse al recordar la visita de Santiago.

 

Minuto 16

 

Si tuviera a Ramiro delante, le daría toda la razón con un abrazo incluido.

Esa vieja te va a traer terrible quilombo, Santi. No seas pelotudo.

Ramiro siempre me cantó la justa, no se guardó nada por más que le haya puesto cara de ojete una que otra vez. Pero siempre fue de frente y jamás con mala leche.

No ves que la vieja te usa para que le hagas el service —me reía del modo en que se expresaba. Esa posesión que lo caracterizaba cuando se ponía a hablar en serio me causaba cierta gracia, le quedaban los ojos desorbitados y la cara como un tomate—. Como el gordo no puede, te usa a vos, pero tené mucho cuidado, es un tipo jodido.

Se terminaba calentando él en el lugar de uno, más cuando te reías de las ocurrencias que le saltaban por los poros durante sus aconsejadores discursos.

Dame bola, pelotudo —terminaba diciéndome y me plantaba un cachetazo en la nuca. Siempre me trató como a un hermano menor y la vieja no dudó nunca en agradecérselo. 

 

 

Minuto 17

 

 

¿Ya son las siete de la mañana?, me dije cuando escuché que vibraba el celular sobre la madera de la mesa de luz.

Arrancarme del inconsciente de forma abrupta me hizo confundir el sonido del despertador con el de llamada.

¿Quién será? Abrí un ojo solo ya que me encandilaba la brillante luz de la pantalla del teléfono

¿Olga? —contesté sobresaltado.

Era difícil que una llamada a esa hora trajera buenas nuevas, mucho menos si provenía de la madre de un amigo. El susurro inaudible que provenía del otro lado me impedía entenderla. Es una mujer muy castigada por los achaques de la edad, las obligadas ausencias del marido recrudecían su estado y los permanentes vaivenes anímicos del hijo no colaboraban en absoluto.  

En diez minutos estoy por ahí —dije aún sin entender qué ocurría.

 

 

Minuto 18

 

 

No alcanzaba a ver nada por la ventana. Solo oía el gemido de dolor al otro lado de la pared y algunas sirenas que se acercaban.

Estas puntadas no me dan tregua —dije susurrando.

Afuera el gemido se había apagado y las sirenas sonaban mucho más cerca. Adentro de mi cabeza parecía que un taladro perforaba mi cerebro.

Algunas luces brillaron en la acera de enfrente y tras ellas varias personas empezaron a asomarse en la vereda. Los rostros de desconcierto que distinguía desde mi ventana provocaron una palpitación más aguda en mis sienes. El sonido a metal golpeó más fuerte y con mayor frecuencia.

Olga, Olga ¿Está ahí? —La puerta empezó a sacudirse con algunos golpes—. Olga —volvieron a llamar con insistencia.

Arrastré los pies hasta la puerta y abrí.

 

 

Minuto 19

 

 

¿Dónde se metió esta mina? —volví a revisar los bolsillos y solo encontré el fierro, que a esa altura me estaba quemando las manos.

Tomé un par de pasos de carrera y le di una patada fuerte al pestillo, apenas se movió, intenté con el hombro y nada. Medité la estúpida idea de romper la cerradura con un disparo y la hice a un lado de inmediato.

Tengo que encanutarme ya —dije con desesperación—. No puedo seguir pelotudeando acá afuera.

Arremetí nuevamente con todas mis fuerzas y la puerta cedió. Caminé tropezando con el desorden que había en el living, encendí la luz del dormitorio y encontré los cajones de la cómoda tirados en el suelo.

¡Qué hija de mil putas! —grité y descargué el puño contra una pared—. Esta zorra se voló y me robó toda la guita.

 

 

Minuto 20

 

Abrí los ojos al escuchar pasos acercándose por el corredor. No era la primera vez que me sobresaltaba con el sordo sonido de los pies. La llave giró y el chirrido de la puerta antecedió la entrada de un haz de luz. El olor era inconfundible, era el mismo que me quitaba el sueño y me erizaba de pies a cabeza.

Cayó sobre el colchón intensificando el asfixiante hedor a alcohol, se giró ruidosamente poniéndome una mano sobre el pecho. Procuré minimizar la contractura que me generó el contacto con su asquerosa mano.

Descendió con brusquedad hasta la entrepierna e intentó con torpeza correrme la ropa interior, ladeé el cuerpo con intención de eludirlo y me clavó las uñas, lastimándome las piernas. Volví a moverme para zafar de su presión, que aumentó al sentir la resistencia, inmovilizándome, con la mano libre cayó sobre mi cuello ejerciendo la misma presión.

El metal produjo un agudo sonido al asomarse bajo la almohada.

 

 

 

Minuto 21

 

 

Escupí al piso y noté que sangraba. Me limpié la boca con la manga de la remera y procuré caminar lo más rápido que el dolor me permitía.

Revisé los bolsillos y noté que aún tenía los paquetitos con la guita que había encontrado. Debe estar como loco, pensé, la paliza que recién me dieron se había esfumado de mi mente con la misma velocidad que la recibí. Mi vida en este momento dependía del humor de otra persona y principalmente del tiempo que demore en encontrarme.

Seguramente ya habrá notado que algo extraño pasó en su casa y sospechará indudablemente que fui la responsable.

Me aterraba caminar los últimos metros que me quedaban, un sentimiento persecutorio se apoderó de mí, haciéndome dudar. Quizás estuviese esperándome en la entrada de la casa de mi madre.

Miré hacia todos lados y me acerqué a la puerta procurando no hacer ruido alguno.

 

 

Minuto 22    

 

 

¡Por qué tengo que estar pasando por esto! —grité con impotencia. Le di una trompada a la puerta del baño y me largué a llorar por la rabia contenida.

Es imposible pensar con lucidez, cuando el agobio es tan grande y las posibilidades de encontrarle una vuelta al problema se tornan esquivas.

Tampoco podés hacerte cargo de la culpa —me dijo una amiga.

Sí, tenés razón —contesté sin convicción— ¿Pero, de qué modo me deslindo de esto sin perder el trabajo?

Otra sería la historia si se tratara de un enfermito común y corriente, pero al ser el protegido del directorio, con ínfulas de todo poderoso e incapaz de poner a funcionar el raciocinio, todo se torna más duro.

Me enfrenté al espejo y lo golpeé con fuerza. Mi rostro envuelto en lágrimas quedó surcado por las grietas del cristal quebrado.

 

 

 

Minuto 23

 

Desde la enfermería escuché un estruendo e inmediatamente me dirigí hacia el baño.

¿Patri, estás bien? —grité al verla inmóvil frente al espejo roto.

Tenía las manos llenas de sangre apoyadas sobre la mesada, con su mirada perdida en lo que quedaba del espejo.

Patri, mi amor ¿Qué pasó? —volví a preguntar extrañada por lo que estaba viendo.

Con un dejo de temor, apoyé mis manos sobre sus hombros y lentamente la conduje hacia una pileta limpia.

¿Qué pasó? —dijo Silvia al asomar la cabeza por la puerta.

Anda a preparar las cosas para curarla —le ordené sin mirarla.

Patricia permitía conducirse dócilmente, pero estaba completamente extraviada sin emitir ningún sonido. Comprobé que no tuviese rastros de vidrios en las manos, terminé de curarla y le di un beso en su mejilla empapada por las lágrimas.

 

 

Minuto 24

 

¿Y ahora? Ya estás viejo, Juancito. Me dije buscándome en el retrovisor del auto. Mirá esas canas asomando, no sos ni la sombra de lo que eras hace dos años. No es para menos, jamás estamos preparados para una pérdida así y de forma tan repentina. Pero hay vida por delante y lo único que me queda es seguir, seguir lo mejor posible.

Volví la vista hacia la casa. La luz en la ventana me dio la pista que aún seguía por allí, merodeando la puerta.

No es fácil, Juan, claro que no es fácil. Pero qué pensás hacer. ¿Manejar este tacho hasta que te jubiles y dedicarte a escuchar la radio hasta que venga la huesuda a buscarte?

Aunque nos cueste, aunque nos aterre, es necesario patear el tablero de vez en cuando y sacudir el amodorrado transcurrir. Sino, a santo de qué sigo arriba del taxi, para pagar las cuentas, comer algo a la pasada y sestear cuando no levanto pasaje. 

Le di una palmadita al volante como si fuera un talismán y me bajé con decisión.

 

 

Publicado en Novelas por entrega

 

 

EL CORREDOR DE LAS NINFAS / novela, tercer entrega /

Adán Echeverría

 

 

 

5.

 

 

"¿Quién?", preguntó Enrique poniéndose detrás de la puerta de su departamento, y cogiendo la pistola como un acto reflejo.

-- Rilma. Vengo por ti para ir a la estación.

-- ¿Qué haces acá tan temprano?,-- preguntó Enrique quitando los cerrojos y abriendo la puerta.

-- El sospechoso ha despertado y tenemos que hablar con él, ya son más de las 10 de la mañana. --Enrique cubría la puerta con su cuerpo. Rilma estaba de pie mirando el hermoso cuerpo de su compañero enfundado únicamente en una toalla blanca. --Estás herido--, miraba cada una de las quemaduras sobre el cuerpo de su compañero.

-- Entra no te quedes en la puerta. Voy a vestirme.

-- ¿Quieres que te lleve al hospital antes?, --pero Enrique ya se estaba exprimiendo un tubo de pasta dental en las quemaduras de los brazos, el rostro, el muslo, y le acercó el tubo a Rilma para que le pusiera la pasta en las quemaduras de la espalda.

-- No tienes que fingir que no te duele.-- Enrique la miró sin ánimo.

-- Gracias. No tienes idea de cómo me ayuda la pasta en este momento.

-- Es un tipo extraño, el sospechoso; --comentó Rilma mientras manejaba.-- Cuando lo encontramos en la camioneta pensamos que estaba muerto, no se movía. Los paramédicos nos dijeron que seguía vivo pero inconsciente. La camioneta esta limpia, no encontraron mas huellas que las suyas.

--¿Ya supieron cuántos muertos hay?

-- Más de 40. Casi todos son jovencitos. El expediente nos espera en la estación.

Enrique nunca volvió a la Ciudad de México. Un amigo se quedó con el departamento que acababa de conseguir y le mandó sus cosas por paquetería. Decidió ingresar al sistema judicial de inmediato. Su físico, tanto como su intelecto y su dedicación le hicieron lograrlo en menos de dos años. Quería estar cerca de la investigación sobre el asesinato de Elena, pero estaba entrampado; el o los asesinos se habían borrado del mapa. El capitán Lorenzo Segura lo recibió al instante en su departamento, los casos rebosaban los archiveros, se dedicaría a "todos los casos relacionados con violencia contra la mujer, violaciones, asesinatos, robos, discusiones domésticas"; fue cuando comenzó a trabajar con Rilma sobre los abusos sexuales que ocurrieran en la ciudad y en el estado. Con dos meses apenas en el departamento, se metieron en la denuncia que hicieron de un profesor al que acusaban de abusar sexualmente de dos preparatorianas, y que inundó la prensa, gracias a una mamá que acudió al periódico en busca de la ayuda que según creía, ni el Instituto ni la policía le estaban brindando.

Fue un caso poco complicado. El profesor no negó ni aceptó los cargos. Sólo una muchacha acudió a las pesquisas; los familiares de la segunda no quisieron seguir con la denuncia, no se presentaron, y no quisieron hablar con la prensa ni con la policía. En cambio, la otra, Patricia Cáceres, si habló con la policía y dijo que estaba enamorada del profesor y que por supuesto que lo visitaba en su casa porque ahí tomaba asesorías para sus materias de la preparatoria. Dijo que él jamás se había propasado con ella, pero que ella insistentemente le mandaba cartas y notitas para meterlo en problemas con su esposa, la directora del plantel, para que su esposa lo dejara.

La madre de Patricia encontró las cartas sexualmente explícitas. Y la joven dijo haber escrito todas las cartas sólo como una fantasía, para que la esposa las encontrara, lo metería en problemas y terminaría por dejarlo. Pero que nada de lo que las cartas decían era cierto. Los estudios físicos en la joven, realizados a petición de la madre, mostraron que no era virgen; pero Audomaro, un muchacho –compañero de la misma preparatoria- que dijo ser su novio confirmó la versión de Patricia, de llevar meses teniendo sexo con la joven. Los padres de ambos se pusieron de acuerdo y reprimieron a los jovencitos, pidiéndoles que llevaran un noviazgo en forma. Pero los chicos ya se habían distanciado, y al no haber indicios de embarazo ni de aborto, los cargos en contra del profesor se desestimaron. Aún así la directora, y esposa del profesor, le pidió la renuncia y el divorcio, y éste accedió sin problema. Llegaron a un acuerdo, se retiró la denuncia, y el profesor y la directora se divorciaron.

--¿Sabes cómo se llama el sospechoso?

--Dime.

--Óscar Garfias.

--¿No es el profesor que habíamos investigado antes, por la denuncia de aquella mujer? ¿Al que luego protegiera la alumna? ¿Se desestimó el caso, verdad?

--Es el mismo. Lo entrevistamos porque la madre dijo a la prensa que había violado a su hija pero no pudimos probarlo porque la chica lo defendió. Sólo le pidieron su renuncia en el Instituto. Pero no sólo eso. Las víctimas, quizá la mayoría, son estudiantes de la misma escuela donde estudiaba aquella chiquilla de secundaria, ¿cómo se llamaba?, Mariana Bojórquez, que entrevistamos cuando desaparecieron tres jovencitos de una banda de delincuentes del sur.

-- O sea que este es el tercer caso en el que se involucran alumnos de ese Instituto.

-- Parece que todas las víctimas del incendio son alumnos de ese lugar.

-- Pero el profesor qué hacía ahí, ¿no que le habían pedido su renuncia?

-- Exacto. Parece que a esta excursión igual venía esa misma chica que conocía a los niños desaparecidos, a los chicos banda. Pero no me creas, hay que cotejar bien todos los datos que tenemos hasta ahora. Y no sólo eso, la excursión en la Hacienda Tabi, era organizada por el mismo plantel. Y eso no es todo, no aparecen ni la directora, ni cuatro chicas que eran estudiantes y…

-- No me digas… Una de las chicas es la misma Patricia Cáceres. ¿Acaso esta Patricia es la misma Jill Inked?

-- ¿Jill Inked?

-- La que mencionaran tanto Patricia Cáceres. ¿Recuerdas que había otra chica involucrada? Al menos que fuera solo una. Que siempre se haya tratado de solo una. Jill Inked puede ser cualquiera.

-- Cierto, eran dos las chicas que supuestamente habían sido abusadas por el profesor.

-- Pues la Mariana Bojórquez había mencionado también a Jill Inked. Hay que revisar su declaración. Pidió que se le llamara. Y vino una chica, en uniforme escolar, y con lentes de sol –jamás la voy a olvidar- acompañada de una mujer adulta que pagó la fianza de la chamaca. Ya que sólo se le había detenido porque se le vio brincar hacia dentro de una propiedad, justo cerca de la casa de uno de los chicos que habían desaparecido. Pero no teníamos de qué más acusarla. ¿Entonces la tal Mariana Bojórquez, se cuenta entre las víctimas del incendio?

-- No lo sé. Hay que identificar a esa Jill Inked y ver por dónde nos lleva. Pero espérate. Ahora mismo están entrevistando a los padres de todos los estudiantes. En total hay 45 cadáveres entre 13 y 17 años. 35 niñas y 10 muchachos. Más los cinco desaparecidos. En la camioneta del sospechoso se encontraron palas y picos, y él tenía la ropa y las uñas llenas de tierra. Pero no había más huellas. Se encontró igual el cadáver de una mujer adulta. Quizá sea la esposa del profesor, la ex esposa, la que era directora.

-- Pensaba enterrarlas. Pero a ver, dime, un día se le antojó matar a 50 personas todas juntas ¿y nadie se iba a dar cuenta? Entonces por qué enterrar a cinco. ¿Por qué desaparecer el cadáver de tan solo cinco personas?

-- No lo sé. Él no presentó quemaduras de ningún tipo. La camioneta está a su nombre. La compró con el dinero que le dieron al liquidarlo del Instituto.

--A ver, a ver, Rilma, no saquemos conclusiones apresuradas. No sabemos qué es lo que está pasando. Necesitamos citar a los padres, a los maestros, a los vecinos. Por lo pronto tenemos que volver a hablar con él. Esto es lo que creo, y si tú tienes otra idea dímela, para continuar armando la investigación. Al tipo lo deja la esposa, que es al mismo tiempo la directora del plantel, de donde lo corren. Lo dejan como hombre, lo arruinan como profesor. Porque la prensa lo había acusado de "violador de sus alumnas".

-- Al menos de acosador. Pero la prensa igual dijo que se desestimaron las pruebas.

-- Pero la duda ya está sembrada. El tipo no puede conseguir trabajo, y su vida se ha arruinado. Ahí tienes el móvil. Se entera del campamento y va a matar a su ex esposa, prende fuego –por eso no tiene quemaduras- pero se le sale de control porque estamos en secas, y todo coge fuego demasiado rápido, por lo que termina matándolos a todos.

-- Es muy probable. Te ves terrible, ¿en verdad que no quieres ir al doctor?

-- Bueno ya veré a la doctora de la estación. No es nada grave, son quemaduras leves.

-- Pues se ven terribles... ¿Pero, qué tiene que ver entonces la chica aquella… Jill Inked?

-- Aún no lo sabemos. Solo su nombre ha salido en dos casos distintos. Por ahora tenemos a un profesor, al que investigamos por segunda vez. Tenemos igual cuatro nombres, bueno tres nombres y un alias: Patricia Cáceres, Mariana Bojórquez –que sabemos que estudian en ese colegio-, tenemos a la directora ¿cuál es su nombre..?

-- Me parece que se llamaba Luisa… Luisa Sebastián, o algo por el estilo.

-- Y a este profesor que atrapamos huyendo de la escena del crimen. Creo que tenemos suficiente material para que cualquier juez nos de "bateo libre" para interrogar a todos los personajes… Ah… y el alias… la tal Jill Inked.

Antes de entrar a hablar con el sospechoso, Enrique se asomó al cuarto del video, y se percató de que dos cámaras se encontraban filmando la sala del interrogatorio, y miró al profesor Óscar Garfias, sentado, erguido, la espalda derecha, y mirando fijo hacia la puerta. Desde que lo metieron ahí se había portado por demás silencioso. Le estaban sirviendo un café y cigarrillos. Llevaba tres horas aislado en aquella habitación. Enrique y Rilma repasaron la evidencia que les habían entregado. El informe del departamento de bomberos. Al parecer el incendio se desató a las 4.45 de la mañana.

Había dos fogatas en la parte exterior del complejo de las cabañas. La hacienda de Tabi se había vuelto un parador turístico, y así como se había remodelado el casco de la hacienda para servir de hotel, de la misma forma se habían construido un pequeño complejo de cabañas. Cada cabaña podía albergar hasta 10 personas. Se contaba con tres literas y cuatro hamacas por cabaña. Las cuatro cabañas tenían un pequeño recibidor y formaban un pequeño cuadrado con un patio interior, donde se había dejado espacio para una plaza de desafíos, que había sido habilitado para levantar una tercera fogata, la mayor de las tres. La que les sirviera para el entretenimiento y no para cocinar.

Las personas se fueron a dormir, y el viento que sopló en la madrugada parece haber levantado pequeñas brasas hacia la paja de las cabañas. Eso aunado a la yesca que había en la plaza de desafíos, tanto como las hojas secas del suelo y la vegetación que había alrededor, hicieron prender las cabañas de manera inmediata. Las cabañas poseen dos puertas, una hacia el exterior y otra hacia el patio interior. Pero por meter más personas a cada cabaña, habían tapado las puertas exteriores de las cabañas acostándose en el suelo, o pegando las literas a las puertas o atravesando las hamacas, por lo que las puertas exteriores estaban todas cerradas, bloqueando las salidas.

Sólo dos adultos se encontraron muertos. Uno era una mujer joven, y el otro era un hombre que al parecer cuidaba la hacienda. Hasta acá todo parece indicar que se trató de un fatal accidente, sin embargo, en todas las cabañas los cadáveres se encontraron desnudos. En lo que se pudo rescatar de algunos cadáveres que no se carbonizaron, se pudo notar rastros vaginas, rectos y el interior de bocas, resequedades de semen. El fuego destruyó la mayor parte de la evidencia, pero esas pequeñas pistas encontradas en jóvenes de distintas cabañas y en distintos sexos, hace tomar las precauciones de los accidentes. Eran jóvenes relacionados a actos sexuales, eran jóvenes menores de edad, más de cuarenta, y sólo dos adultos, que terminaron muertos.

El profesor Óscar Garfias fue encontrado cerca de la escena del crimen, en una camioneta. El detective Enrique García dio aviso de una posible fuga al escuchar el ruido del motor que intentaba escapar, y luego se le encontró desmayado en una camioneta que chocó contra un árbol. Sin embargo existen indicios que permiten creer que el hombre se encontraba inconsciente mucho antes de que el incendio sucediera.

-- No comprendo. Qué quiere decir esto de que llevaba más tiempo desmayado.

-- Lo es. El incendio ocurrió a las 4 de la mañana, y según los rastros encontrados en la camioneta el choque pudo ocurrir desde las ocho de la noche. Hay hojas, insectos, picaduras en el cuerpo del sospechoso que parece indicar que llevaba horas desmayado.

-- Eso es imposible, Rilma, yo escuché la camioneta salir huyendo. La vi incluso y quise correr tras ella. ¿Crees que no sé lo que vi?

-- Te estoy leyendo lo que dicen los reportes y la evidencia. El sospecho demostró en su análisis de sangre y orina, todo un coctel de químicos que parece un milagro que esté vivo. Despertó hace unas horas, muy confundido y silencioso. No ha hablado con nadie.

-- Eso tiraría por la borda la teoría de que el incendió las cabañas.

-- Eso parece.


 

 

 

6.

 

 

-- Claro que no, jamás... No estoy en busca de nuevas relaciones, sino de nuevas emociones... ¡entiéndase!-- Les gritó Jill, mientras caminaba en la plaza de desafíos, dejando que toda su belleza irradiara ese mágico brillo de placer sobre el rostro de los jovencitos. La noche no quería terminar, y el aroma que manaba de las plantas de alrededor del casco de la hacienda cubría los cuerpos, aún, llenos de besos, llenos de sangre, llenos de fluidos. Las Dead Planters corrieron tras ellas, dejando que sus tetitas rebotaran en su cuerpo con la pequeña carrera que hicieron. La orgía había entrado en un receso. La juventud y la inexperiencia hacía presa de los pequeños y delgados cuerpos que rodaban por el pasto. Jill se paró justo antes de entrar a su cabaña. Gogo Flux le puso la capa roja de nuevo sobre la espalda, mientras que Irly Salpe se ponía en cuatro patas, para que Violeta Sookie se subiera en su espalda y coronara de nuevo a Jill, ante la risa y el grito de todos los presentes. Gogo se paró delante de todos.

-- ¡¡Viva nuestra reina!! Viva nuestra querida Jill. Diosa del sexo, del amor, de la rebeldía. Es Jill la que nos ha regalado esta noche. Esta noche toda carne. Esta noche toda fiesta. Una noche lejos de los padres. Una noche lejos de todo aquello que nos ha causado represión. ¡¡¡Viva Jill!!

Y la multitud clamaba enardecida: Salve Valve Vulva Inculda. Salve Valve Vulva Iculda. Salve Valve Vulva Aguida. Y Jill se paraba encima de la espalda de Irly Salpe, y elevaba al cielo El Cetro del Amor que se había construido, y que representaba –como bien lo había dejado claro en el cuerpo de aquel pobre velador- representaba la Furia de la Juventud que sabía castigar la opresión.

Dentro de la cabaña, Luisa escuchaba los gritos, mientras dejaba que dos jovencitas de catorce años siguieran lamiéndole la vulva. Ella sabía que la soledad es el espejo en el que nadie quiere mirarse. Y detenida dentro del sexo, sabía muy bien que su destino se había esclarecido desde que sintió los labios de aquella pequeña desgarbada Victoria Lamas, antes de que se convirtiera en la reina Jill Inked, antes de que asumiera su destino.

Porque el destino de cada quien es único pero se deja influenciar e influencía el destino de los que te rodean. Ese donde uno se mira y puede buscar en cada gesto, en cada arruga, los retazos de recuerdos que le irán armando la experiencia. Luego del divorcio, Óscar Garfias se mudó y se llevó con ello su soledad y la esperanza de poder olvidarse un poco de lo que había vivido los últimos cinco meses. Desde que la hermosa Jill Inked había ingresado al Instituto el huracán de su presencia se había desatado. ¿Dónde aquellas palabras de amor entre Luisa y él? La tienen hipnotizada. La mantienen drogada. Ni siquiera quiso mirarme de frente cuando me hizo firmar la renuncia, y tampoco quiso verme cuando comenzamos las pesquisas del divorcio. Ellas siempre están con ella. Van en su carro las cuatro, con mi Luisa. Necesito hablar con ella, ponerme de acuerdo. La soledad es un ave extraña, come de a poco, y nunca se sacia.

-- Estoy calmado, capitán.

-- Bien, porque te necesito en este caso hasta el final. Tienes que ser inteligente para que podamos obtener lo que necesitamos.

-- Se muy bien quienes son las chicas que no aparecen.

-- Entonces usted acepta que ellas estuvieron también en la hacienda.

-- Se lo estoy diciendo detective, se que ellas estuvieron allá, se de lo que son capaces y sé muy bien dónde pueden estar ahora.

-- ¿Dónde? Díganos, sus padres están esperando noticias de sus hijos, quieren saber qué ocurrió. Nuestros forenses tienen un maldito rompecabezas que armar con tantos fragmentos de cuerpos.

-- Son tres niñas de preparatoria y una chica de la secundaria. Dos tienen 16 años, una de 15 y la otra de 13 años. Jill Inked, Gogo Flux, Irly Salpe y Violeta Sookie.

-- A ellas se refiere. ¿Así las nombra?

-- Ese es su nombre de batalla. Tiene que creerme. Darse cuenta de lo que está ocurriendo. Se tratan de Irma Suelí, Irlanda Escobedo, Mariana Bojórquez, y Victoria Lamas. Mire bien: Irma es Gogo Flux, la encargada de contactar a los clientes. Irlanda es Irly una de las guarda espaldas, es muy violenta. La más fogosa es Gogo Flux la de 15 años; Mariana Bojórquez es la chica de 13 años, hace todo lo que Jill le dice, jamás desobedece, es Violeta Sookie, y Jill, oh dios, Jill, ella es un íncubo, se llama Victoria Lamas, es una pequeña rubia bipolar diagnosticada, de dieciséis años, que ha dejado atrás todo respeto por las autoridades. Tiene tatuadas en el bajo vientre dos libélulas en pleno vuelo, y en la espina dorsal se ha tatuado una espada Excalibur, como señal de su unión, son un solo ente con cuatro cabezas. Jill es una muchacha traicionera, calculadora. No puedo negar que a mi mismo me aterra. Debí advertir a Luisa cuando Jill comenzó a actuar por su cuenta. Debimos haber desbaratado el club, pero maldita sea, se que no soy un santo, por eso aceptaré toda la culpa que quieran imponerme. Ellas tienen a mi esposa.

-- Tu esposa está acá, con nosotros, en la morgue; te hemos mostrado la foto de su cadáver.

- No es ella. ¡Lléveme a verla! Revisen la escuela, los archivos, revisen mi casa, la casa de mi ex esposa, busquen detalles, o simple, déjenme identificarla. Jill no pudo haberla matado.

-- De qué hablas, profesor. Es a ti a quien estamos por acusar del asesinato de tu esposa, y de cuatro decenas de estudiantes.

-- Ustedes no entienden. Yo fui a la Hacienda Tabi a rescatar a mi esposa. Si soy culpable de algo es de intentar matar a cuatro jóvenes menores de edad. Eso era lo que intentaba. Me descubrieron. Intenté huir y choqué. Ustedes me tienen desde que desperté.

Apenas a los dos meses de conocernos. Nos casamos. No invitamos a nadie, le pedimos a cuatro desconocidos que firmaran como nuestros testigos y nos casamos al salir del turno de la mañana. Cogimos como locos, siempre cogíamos con tal desenfreno, y luego del delicioso bañó abrazaditos, nos regresamos a la preparatoria a cubrir el turno de la tarde.

-- Pero de quiénes habla profesor, quienes son los que siguen huyendo. Hay muchas cosas que aún no entiendo. Tabi es una reserva, cómo llegaron a ella.

-- Pero detective, ¿quiénes cree que son aquellos clientes a los que servíamos en el club?

-- Capitán, esto no tiene pies ni cabeza.

-- Pues tiene que hallarlos detective, hay 45 menores de edad muertos y calcinados, y tengo que entregar a un asesino. ¿Él sospechoso ha dejado entrever que gente pegada al gobierno ha sido partícipe y quizá comience a decirnos nombres que ensucien a muchas personas del gobierno? A dios gracias, detective, es una mujer la gobernadora, quien me ha llamado personalmente para que sea ella a la única a la que se le informe de los pormenores del caso. Así que sólo usted Rilma, Enrique y yo tenemos acceso al sospechoso. Si alguien tiene que caer, pues que caiga, la gobernadora no arruinará su nombre y el del partido por proteger a unos pederastas imbéciles que salgan salpicados por lo que acá ha ocurrido.

-- No tiene tintes políticos, capitán. Eso créame que pude descartarlos.

-- Ya le estás creyendo, Enrique.

-- No se trata de creerle o no. Necesitamos que los forenses cotejen listados, con padres, con fragmentos de ropas, con…

-- Acá tengo otra pista más. Viene de los forenses… Mira… si había otro grupo de huellas de neumáticos.

-- Era una reserva que funcionaba como hotel, en el campo; claro que habrá mayor número de huellas de llantas.

-- Pero si tomas en cuenta lo que dijo el sospechoso, y lo que concluye el peritaje; parece que era otra la camioneta que escuchaste escapar, y no la camioneta que encontramos. Mandaré personal a entrevistar personas de la región, veremos si en el horario que atrapamos al sospechoso, alguien vio salir otra camioneta por las carreteras aledañas. El juego de llantas, va del casco de la hacienda, hacia entroncar con la carretera a Ticul.

-- ¿Y qué me puedes contar de Patricia Cáceres?

Qué tan mal están los pensamientos dentro de uno, que al despertar continúa furioso... Nadie debe despertar enojado. Lo importante en la vida es darse cuenta que al despertar se tiene una nueva oportunidad de mirar la vida, uno despierta y esa primera bocanada de aire debe decirte: carajo sigo vivo... qué suerte, y esa es la felicidad, saberse vivo... uno debe transcurrir el día para que esa felicidad dure hasta que llegue la hora de volver a dormirse en la noche, entonces sabrá que ha vivido bien... despertar enojado es no darse cuenta que se está vivo. Despertarse enojado es pensarse muerto. Pero no había otra forma de ver las cosas. Los intentos por recuperar a Luisa, después del divorcio habían sido en vano. Las cartas de Patricia habían sido una broma. Las cosas se salieron del control, Y Luis enloqueció cuando el buen nombre del colegio apareció dentro de un escándalo en la prensa.

-- ¿Cómo puede ser mi culpa? Yo siempre he hecho lo que tú me pides que haga. Pero desde que empezaste por hacerle más caso a Victoria que a mí las cosas no tienen llenadera. Lo sabes bien, ella controla ya todo. Las cosas se han salido de control Luisa, pero yo te sigo queriendo.

-- Esa es la diferencia, querido; Jill y yo nos amamos.

-- Victoria, dile Victoria; deja eso de Jill para las chamacas como ella. Tienes 38 años, no puedes estar jugando a las locuras de estas chamacas. Jamás serás parte de esa locura en la que andan.

-- La locura ha sido de los tres, pendejo, no te salgas más de cuentos. Si no hubiéramos hablado con el Audomaro para que dijera lo de ser amante de la Patricia, hoy estarías en la cárcel, por violador de menores.

-- ¿De qué me acusas? Los dos estamos en esto. He hecho muchas cosas para darte gusto.

Rilma miraba al profesor Oscar Garfias respirar profundo mientras iba desperdigando las palabras de la historia sobre la grabadora portátil, mientras era filmado por las cámaras de video.

-- Lo supe al mirarla de frente. Al tenerla cerca de mi, sin la continua presencia de Jill Inked. Luisa me quiere, está protegiéndome, está con ellas porque las quiere como hijas y no quiere que les pase nada. La avalancha ya no puede detenerse, Luisa tiene que entenderlo. Yo fui a buscarla justo para eso. Cuando llegué escondí la camioneta cerca de donde me encontraron. Era una fiesta sexual, pero no involucraba adultos. Era como una ordenación. Las Dead Planters empezaron a endiosar al íncubo de Jill Inked,. Victoria Lamas.

Victoria llegó al colegio a medio curso, para enero. Venía expulsada de un colegio de mucho dinero.


 

Publicado en Novelas por entrega

 

 

 

 

Comentarios del Escritor Alberto Calderón Pérez sobre la novela

“Miedo azul sobre un aletear en llamas” de Roberto Rosales

 

Miedo azul sobre un aletear en llamas

 

“Con una reflexión sobre el desprendimiento que necesita el protagonista para no parecer a su progenitor con quien lo comparan continuamente, mostrando las grandes diferencias, esto dicho con una prosa poética cuando menciona la libreta de apuntes de su padre en la cual muestra su elocuente y original sabiduría que atrapa “como pedir deseos a una estrella pálida o como iluminar una casa sin sonreír”, desde la primera frase salta a la vista un envolvente torbellino de acontecimientos que  inician con un incendio silencioso que todo consume incluidos los viejos recuerdos.

Los acontecimientos suceden más allá del bien y el mal, brotan en los momentos inesperados cargados de reflexiones filosóficas con tintes poéticos, a medida que introduce nuevos elementos la historia se torna enigmática” (Alberto Calderón Pérez)

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Miedo azul sobre un aletear en llamas está escrita de una forma “minimalista”, se eliminó toda la parte descriptiva para hacerle al lector una autopista de letras y abandona la pretensión de ser una lectura de entretenimiento para poner a prueba al lector sobre su habilidad de leer entre líneas como lo propone Daniel Cassany en su Análisis del discurso.

 

“Los acontecimientos suceden más allá del bien y el mal, brotan en los momentos inesperados cargados de reflexiones filosóficas con tintes poéticos, a medida que introduce nuevos elementos la historia se torna enigmática, el detective que busca una solución a un caso extraño, a su realidad, a la existencia misma que percibe. Muestra los efectos de una vida cotidiana con personajes que sorpresivamente aparecen y se desvanecen”. (Alberto Calderón Pérez)

 

En la novela he mezclado el género negro, poemas y surrealismo, la formación de un híbrido es arriesgado, pero le da al novel lector la oportunidad de encontrar en una novela el género al que deberá seguir.

“ En la intriga policiaca vemos al solitario detective que tiene presente el recuerdo de la separación de su esposa y por otro lado surge el personaje de la chica que desde pequeña quiso volar y que ahora siendo una joven posee un don lleno de magia en un entorno paralelo en donde finalmente estos dos personajes se cruzan mostrándonos el mundo con otra mirada, rompiendo la realidad aparente con un toque de encanto proporcionado por las aves, destacando el manejo del humor fino, a veces imperceptible, el autor juega con el lector haciendo por momentos una triangulación entre una prosa poética, ficción policiaca y fantasía, todo ello en un ambiente urbano, perturbando su tranquilidad como resultado de la aparición de los cuerpos de grandes figuras del rock en los más inesperados lugares como si fuese el producto de una confusa violencia enrareciendo el ambiente. El mundo concreto aparente es afectado por un caso absurdo pero exquisito a la vez, que plantea una solución a las apariciones de los cuerpos con la frase con la que precede a todos ellos “es mejor la muerte”, que sale de la racionalidad, en una conexión entre dos o más existencias misteriosas, mostrándonos lo real y lo que no lo es, lo auténtico y lo aparente, quiénes somos en verdad, esos otros mundos que influyen al grado de afectar nuestras vidas al punto de ponerlas en riesgo. La aparición de simbolismos que se hacen presentes en su tatuaje, en la frase con la que aparecen los cuerpos, en el alacrán, en la poesía; todos ellos son recursos de la técnica literaria que maneja el autor para proponer otras variantes a la historia. El perfil del detective se presenta cargado de desidia y desánimo aparente sin embargo va tomando en cuenta los acertijos que emergen y que en algunos casos quedan sin respuesta, la historia flota en una realidad con momentos de fantasía, buscando respuestas a su vida y a la problemática de su investigación”. (Alberto Calderón Pérez)

 

Miedo azul sobre un aletear en llamas es mi primer novela y he tratado de cuidar lo verdadero en el texto aunque no se amolde a las formas clásicas de la novela, en el proceso de creación hay una búsqueda interior, una auto-indagación en todo lo que necesita ser palabra escrita, sonido y sentido.


 

El autor va más allá del realismo mágico para incrustarse en la corriente de la literatura japonesa actual al hacer un manejo destacado hacia el interior del personaje principal y a la vez exponiendo su existencia hacia fuera cuando actúa en su entorno, como lo vemos en la narración. La obra hace la propuesta al lector para que observe la vida actual como una rutina monótona convertida en todo lo que tenemos para ofrecer a los demás como consecuencia de un mundo industrializado e insensible cargando cada uno sus problemas emocionales sin poderlos liberar completamente, como decía Cortázar “el hombre se ve sumido en una rutina sin fin” llegando muchas veces a desenlaces inesperados. 

(Alberto Calderón Pérez)

 

 

 

 

 

 

 

Testimonio

El ojo que todo lo ve

Sergio palma

                       Desde el triángulo de las Bermudas                       

  Año: 2003

 

 

 

Testimonio del Ojo que todo lo ve

 

Cursaba la Preparatoria allá por el año 2003. Cierto. Hace un buen  tiempo donde aún existía el audiocassette. En  esa época  tenía un programa radiofónico llamado Spanglish que se transmitía puntualmente los martes y jueves a las cinco de la tarde en XHNAL, Digital 89 que actualmente es concesión radiofónica del Gobierno del Estado de Chiapas. En cada transmisión compartía micrófono con Melvin y Yareth. Realmente éramos jóvenes inquietos que charlábamos sobre temas juveniles novedosos e interesantes; además, lanzábamos los demos musicales que estaban en estreno de cualquier grupo de pop emergentes y bandas de rock alternativo.

       Pero un día llegamos a la estación y no teníamos tema para abordar en el programa; nada para charlar. De inmediato se nos ocurrió hablar sobre el Ántrax que era un tema de moda en diversos medios de comunicación: tanto televisiva como vía  internet (en ese entonces me acuerdo que estaba el buscador Altavista). Y bueno, nosotros inexpertos nos guiábamos por lo que escuchábamos.  Sobre el Ántrax se rumoraba una cosa; otra cosa y raudo la histeria colectiva no se hizo expresar. Decían que mandaban por aviones paquetes y sobres con polvos letales que contenían agentes patógenos propios de una guerra química y biológica. El terrorismo a la alza, vaya. Por cierto recién había sucedido lo del 11 de septiembre, pues estaba “fresquecito” el asunto. Aún recuerdo que el gerente de la estación —que era un comunicólogo cuarentón tan inquieto con alma de joven; pero eso sí, con  un ojo crítico muy agudo y hostil—  respiró profundamente y quedó meditabundo por un par de minutos mientras en su oficina se imprimían los contenidos de  la  información en  hojas de fax.

        A las cinco abrimos cortinilla, y entramos al aire como de costumbre. Me acuerdo que abrimos con la rola  “The zhephyr song” de los Red Hot Chilli Peaper. Animosos y aireados con un poco de fama  nos presentamos; enviamos saludos y atendíamos las peticiones musicales como de costumbre.  A las cinco con quince nos destapamos como acá dicen en la costa; pues empezamos a comentar y a definir qué era el Ántrax a nuestra manera y según las fuentes consultadas. De pronto —ring, ring, rig —escucho el teléfono. De inmediato me tocó recibir la llamada puesto que me situaba al lado de aquel teléfono negro ya desgastado por el uso. ¡Para mi sorpresa! Una voz masculina media “agringada” me empezó a cuestionar que de dónde habíamos sacados la información sobre el Ántrax. El sujeto robotizado y de temple frio afirmó comunicarse desde el Triángulo de las Bermudas e insistía que dejáramos de estar de hablando sobre las guerras biológicas y químicas porque eran asuntos delicados y nos estaban monitoreando vía satélite (ahora entiendo “google maps”, pues ellos tenían una tecnología más sofisticada —me imagino—).


 

       Mis compañeros notaron en mí una palidez y un desbordante nerviosismo que de inmediato mandaron a corte musical. Pero ahí no termina todo, pues les cuento el misterio.

       Durante mi comunicación con aquella voz anónima les confieso que el sujeto tras la bocina empezó a describirnos desde los rasgos físicos hasta las prendas de vestir que llevábamos puesta. Me acuerdo que me dijeron: —A tu lado está un joven moreno con camisa de cuadros color roja; también una joven de orejas amplias; tú que portas una camisa azul y el operador que tiene audífonos puestos y se sitúa  a ustedes— recuerdo que no pude más y le colgué con cierto miedo. De inmediato les comenté a mis compañeros y de manera ingenua miraban hacia el techo y a la alfombra de la cabina en búsqueda de alguna cámara. Pero… ¿cuál cámara? sino había, solamente unos cuantos huecos de los clavos de concreto que se habían retirado.

     Al culminar el programa nadie quería salir de la estación; nadie, ni un pie fuera de las instalaciones que se ubicaba en el edificio Pineda: calle Francisco I. Madero y Avenida Juárez. Y bueno. No tardamos de comentarle al jefe y luego, luego nos exhortó a ser cuidadosos con la información y contenidos que manejábamos. Recuerdo que nos subió a su coche —un Jetta color verde— y nos fue a dejar a cada uno a nuestra casa.

   Desde ese momento entendí que el Imperio nos tienen vigilados a cada segundo, a cada minuto; el ojo luciferino y la era luciferina  va tras el control, manipulación y poder.

 

Quiebracanta

 

Sobre los matorrales dormidos

ha florecido la  quiebracanta

que en su corola blanda

guarda el rocío de la mañana

Porqué siendo tan bella

nace entre escobilla y cizaña;

entre dientes de león, pápalo y verdolaga

¡Oh Quiebracanta!

Quiebra que cantas

campana abierta del alba

que a cualquier mirada encantas:

Azul místico que callas.

Las flores de los pobres

con manos honestas son cortadas

y entre todas las que crecen en el monte

eres la más agraciada

Le pido a Dios que cuando me llame a cuentas

sea en octubre cuando tus botones estallan;

que en vez de carolinas y trinitarias

sean tus campanas que cubran mi lustrosa caja.





Santos óleos

 

 

Estoy tan enfermo que apenas despido el aliento

Mi Alma agoniza a ritmo lento

como agoniza el final de este verso

‹‹¡Ay de mí Astros longevos,

qué estaré pagando!››

―me pregunto en mis adentros―

Cuanto añoro marcharme al Valle de los Huesos

donde florece el lirio negro.

En mis ayeres creyéndome Dios

hice de mi soberbia coraza y yelmo

y de mi lengua una lanza afilada

que apuntaba a los Cielos.

Y es que el cartílago traicionero

en sapiensa de incauto

sala el Alma para años postreros.

Al fin. No tiene hueso y serpentea ofendiendo.

    En verdad cuanto me arrepiento.

¿Qué será de mí ahora que tengo

el embalse hasta el cuello y la muerte

lapida mi agonía por oscuros senderos?

Dios socórreme en esta travesía

que me estoy hundiendo

en un lago de fuego.

 

Arrepentimiento

 

 

Tanto que quise ser

Tanto que ambicioné

Tanto que desprecié

En fin…

Puedo decir tanto y tanto

de lo que me envenenó mi pasado

y seguir conjugando verbos dolorosos

que definieron mis motivos y actos

cuando jugaba a ser dios

y me proclama un divino santo.

¡Qué osadía la mía!

De pensar que nada somos en la Vida.

Nos inflamamos tanto de soberbia

que al caer derrotados en nuestro nicho de dolencias

nos tornamos más noble que una corola tierna

—¡Qué tarde lo entendí!—

Saeta clavada en mi alma gris

Ahora que no puedo probar bocado

que mi verbo se ha secado

y mis riquezas están en el bazar de la miseria

deseo un bálsamo sagrado que venga

de lo Alto o de un Monte Santo.

Dolor ya no te aguanto

Día a día estoy menguando y

mis ojos son dos cántaros llenos

que rebasan día y noche

en mi lecho almidonado

Oh mi Dios, ¿Hasta cuándo será levantado mi calvario?

 

 

 

Bendita miseria

 

 

¿Qué tengo?...

―Nada―

Ni la Vida comprada.

Como me ven me tratan:

perro callejero de las avenidas empolvadas.

Así me definen las almas pútridas de vanidad

que deambulan por los senderos de la Vida Sagrada.

Jamás expreso escozor. No es lo mío.

A menudo pudientes, opulentos  

y sarnosos de la burocracia

me humillan y escupen en mi cara

alegrándose de mí desgracia

Pero el Tiempo es buen amigo

y a la vuelta del destino

me encuentro a muchos de ellos lamiendo el piso

o durmiendo sobre bancos carcomidos.

En fin.

Así  son los giros inesperados de un andar calcinado.

En ocasiones me acerco a enseñarles

las tácticas de todo pordiosero

Desde buscar los desperdicios

en las ramplas de los basureros

hasta hacer un camastro modesto

con cartones a ras de suelo.

Y es que en los andenes de la miseria

he aprendido a ser noble porque se vive

de cualquier caridad.

Deambulando por  senderos grises

le he puesto color a lo poco que tengo

y que por permisión Divina me queda: Vida

Es un martirio vivir y morir al mismo tiempo

mientras el Mundo  se devana en alegría.

   

 

Náufrago

 

I

 

He aquí a la deriva

en este mar de aguas cristalinas

moribundo y con alucinaciones extintas

Olas de sueños me llevan al sol durmiente

donde no hay albatros o gaviotas que en cielo vuelen,

ni peces que a mis pies de muerte se acerquen

Ya van cinco soles y cuatro lunas menguando

más sigo envuelto en este telar argento

—¿Qué queda en mí?—

Un espíritu quebrantado

clamando socorro a llanto amargo

para que se abra la bóveda celeste

y devenga un milagro  

 

II

 

¿Alucinación o milagro?

Diviso a ras de agua

el venir de un Hombre

con rostro de relámpago

que en sus manos trae

constelaciones y astros

—¿Quién puede ser?—

No lo sé…

Solo me dijo:

«Tal como Yo puedes andar sobre el agua

A diferencia que mientras vos des un paso

Yo puedo saltar a otro océano. ¡Levantaos!

Cree y se salvó; salta al arrecife más cercano».

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
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