El Mundo es Una Fuente*

Oscar Escoffié Padilla

 

Mi vida, charquito de agua sucia…

(Manu Chao)

 

¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre? Pero el líquido vital invariablemente conoce su destino, sabe con certeza a dónde debe ir, y va. Los hombres no.

            Aunque podía dar un uso casi normal a mi pie izquierdo, nunca me había abandonado completamente cierta molestia que se agudizaba durante incrementos de actividad en que lo incluyera. Precisamente como durante aquel anochecer en que caminar y caminar era seña del sinrumbo existencial que, a pesar de las certezas rutinarias que muestran una agenda, un currículum vitae, un álbum fotográfico o alguna charla, interpretándose comúnmente como direccionales, por lo menos en algún grado conscientes, calculadas, pertenecen más bien a las insondables entrañas de lo inconscientes en el Yo, a los accidentes del azar y, sí, también, a un desdeñado, o casi siempre mal concebido mundo espiritual.

            Entonces, ante el dolor incrementado en el pie, opté por detenerme a descansar en la orilla de una jardinera pública que pronto me hizo reflexionar en la contradictoria naturaleza de lo que en ella convivía: la piedra y el agua. Era una fuente.

            Que el agua nunca cesa de andar: sube, cae, se hace olitas. Jamás descansa. Ni siquiera cuando aparenta una superficie tan plana que se antoja pisable, andable; en el cielo, al condensarse, debajo de la tierra, dentro de nosotros…

            Y promulgaba sonoramente su condición infinita la fuentecilla aquella, ante las otras movilidades menos perennes en su andar también predicado esa noche: un carro camotero sintiéndose locomotora en el vaporoso grito, automóviles, voces y demás citadineces, pero sobre todo pasos.

            ¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre? Veía, atenuándose mi dolor en el pie, desfilar en múltiples sentidos a la gente. Ni uno sólo parecía darse cuenta de que ignoraba a dónde iba. Pero tal como en mi caso, aunque esta veracidad se apoderara de ellos, eso no les sería de gran utilidad; pese a mis reflexiones tampoco yo sabía a dónde había marchado mi vida entera, ni lo que vendría después, ni el origen ni el fin último de mi meditación. Se cree ir al trabajo, de compras, se alucina dirigirse al hogar, a la cita, al concierto… Pero supongo que la vida es bastante más que eso que se llama encuentro o geografía.

            ―Con su permiso joven.

            El viejo se acomodó a un metro de donde yo estaba, soltando simultáneamente, justo en el instante del asiento, una exhalación de descanso y una humareda que le había aspirado al sinfiltro entre el par de tallos secos: índice y anular.

            Cuando se acercó traía consigo una mueca que sin mucha dificultad se podía interpretar de gran tristeza, y que forzó en un bosquejo de sonrisa cortés. Pero como yo no expresé ni similar cordialidad patética, ni respondí a su “con permiso, joven” cuando se sentó, en los minutos posteriores lo noté simplemente serio, aunque no enfadado; y mirando de reojo me pregunté si acaso no sentiría la quema del carboncillo entre sus flacos dedos ya casi consumido el cigarro.

            La piedra y el agua seguían su debate. Yo las miraba y oía embotado cuando a pesar del ruido ambiental se escuchó el expiro serpentino del cigarro aventado hacia ellas. Furia última de un condenado a muerte que maldice a su verdugo, un ojo vivo que de un knockout es apagado. Me volvía al viejo, y encontré que me miraba al tiempo que dirigía hacia mí la oferta de la caja de pitillos.

―No, gracias.

Él encendió uno nuevo, dejó pasar varios segundos, y cuando yo volvía al hipnotismo de la fuente, soltó:

―Está bien que no fume. Luego uno se arrepiente del vicio… Yo le decía a mis chamacos, ahora ya están grandes todos, pero cuando estaban chiquillos les decía que si los cachaba con el cigarro me las iban a pagar; porque ya sabe que no falta quién en la escuela o de los amigos los anda sonsacando. Y mire una vez…

Regresé la vista a la fuente con gesto apático dándole a entender que no me interesaban sus historias. Y si no lo interpretó así, o si no le importó no lo sé, pero tuve que batallar durante los tres cigarrillos que consecutivamente encendió, con sus palabras que fluían sobre mi dureza. Tres veces también el ojo fue apagado.

―¿O usted qué opina?

La pregunta me sorprendió cuando notaba yo que el sonido de los pasos en la ciudad disminuía porque la noche adelantaba.

―No pues está bien… -contesté maquinalmente y un tanto avergonzado de mi ignorancia sobre el motivo de su pregunta. Realmente no lo había estado escuchando. Pero para mi sorpresa el anciano sacó bríos y respondió:

―¿¡Verdad que sí!? ¡Es exactamente lo que yo les digo!...

Y siguió entusiasmado con una historia que me parece hablaba de suegras, hermanos, y vecinos. Alguien había querido asesinar con brujería a otro, pero alguien más lo había descubierto por culpa de un canario, o un ave de ésas, y al final el héroe era quien me lo contaba, aunque no recuerdo bien qué tenía que ver un licorero mencionado con énfasis en algún momento de la plática. Sólo recuerdo con claridad que pensé aquél dicho de física elemental y avanzada sociología: “El agua siempre busca su nivel”.

En la fuente, aquélla era negra y luchaba contra golpes de luz. Su sonido lo conoces: de cristales hirviendo, de música fresca, de risa vital, de una rotunda certeza en el rumbo… Las nalgas me dolían a causa del duro asiento. El pie estaba de nuevo como si nada y le ensayé algunos movimientos levantándolo ligeramente, cuando de pronto otra agua estalló: el viejo lloraba. Me gire hacia él y siguió con lo que yo desconocía:

―¿O no haría usted lo mismo? Digo, con todo respeto joven: ¿o estoy yo mal?... Usted que se ve que es buena gente… digo, discúlpeme joven –secaba sus lágrimas con el dorso de la mano- a lo mejor hasta le estoy quitando el tiempo y usted tiene que ir a algún lado… (¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre?) Discúlpeme -añadió ya más tranquilo- pero ellos dicen que no.

“¿Ellos?” No tenía la menor idea de a quiénes se refería ni en relación con qué. Pero esos ojos acuáticos sobre bolsas que parecían dátiles del desierto me miraban, sentí me rogaban una señal. Así que de nuevo irreflexivamente expresé:

―Está usted bien.

Y en un remate de absurdo añadí:

―Usted nada más no les haga caso.

Una iluminación, que me hizo pensar en la blanca que batallaba sobre el agua oscura en la fuente, bañó el rostro de los dátiles. E irracionalmente, como si tuviera yo algún mérito, me sentí orgulloso al ver su reacción.

―Bueno, discúlpeme joven, ya le quité mucho tiempo, y ya es noche. Discúlpeme… Que pase buenas noches.

Y el sonido de sus tacones marcó el rumbo, como el mío mis pasos. Y en tanto comprobaba que mi pie se había repuesto, de pronto lo comprendí: No, el hombre no es agua, el hombre es piedra.

                                              

 

*Tomado de “La Basca de Oro”, Instituto Mexiquense de Cultura, Colección Piedra de Fundación. 2004.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Flor del Campo


Iván S. Hernández Vega

 

El día que murió Flor del Campo era soleado. Por la mañana, como de costumbre, ella se levantó temprano a regar las vastas flores que había en su jardín. Tenía de todo: buganvilias, teresitas,  belenes, una nochebuena que no se resignaba a desaparecer pese a la presencia de todas las estaciones del año, alcatraces y un rosal amarillo, tan amarillo que llamaba la atención de quien lo viera. Ese rosal amarillo fue el último que regó la mujercita, antes de sentarse en una silla mecedora para no volver a abrir los ojos nunca más.

Como aquella amante de los perfumes y colores florales nunca se había casado, vivía con ella su sobrina Inés, una joven a quien nadie simpatizaba por sus amplios estudios en música y latín, y a quien sólo ella comprendía. Todos los vecinos creían que Inés era pedante y eso la hacía insoportable. Ambas habitaban la casa que don Francisco del Campo, padre de Flor, le heredó al morir.

El funeral de Flor del Campo fue sencillo. Dentro del ataúd estaba un cuerpecito que parecía solamente dormir con una tranquilidad envidiable, y que tenía entre sus manos un par de rosas amarillas, aquellas rosas que ella quiso tanto en vida y que cuidaba con gran esmero. El modesto sepelio se efectuó en el cementerio municipal con pocos presentes: sólo tres primas de la difunta, Inés y cuatro sepultureros. No pasaron muchos días para que aquella que se fuera de manera inesperada quedara en el olvido de casi todos, menos de su sobrina.

Inés entraba a la primavera de su juventud llena de inocencia, adentrada en la lectura, sin que aun recibiera caricias en su tersa piel ni besos que tocaran sus labios. Ahora ella era la única heredera de un fideicomiso que su abuelo recibía por sus parcelas, lo que le permitía seguir manteniendo la casa y a aquellas flores que tanto cuidaba su tía. Lo hacía tan bien como si pareciera que la propia Flor viniera del más allá a regarlas con un rocío celestial para que perduraran aromáticas al amanecer y radiantes al esconderse el sol. “Está así porque las riegas con amor”, decía una vecina anciana a Inés cuando la veía en el jardín.

En un aniversario luctuoso de Flor, Inés fue a dejarle un ramo de alcatraces. Llamó su atención el nacimiento de rosas amarillas sobre la tumba de su tía. “Alguien se acordó de ella y debió sembrarlas”, dijo Inés, asombrada. De pronto una fuerte lluvia la sorprendió en el cementerio que la obligó a buscar atajo bajo un árbol, pero ésta era tan fuerte que se conjugaron sus lágrimas saladas del llanto derramado con el agua-dulce del cielo.

A la mañana siguiente aquella muchachita de cabellos ríspidos amaneció con resfriado. No pasaron ni tres días en que el médico fuera a visitarla al pie de su cama. Y así pasó otro mes  y al igual que a la que tanto quería, la sobrina murió, inesperadamente. Las pompas fúnebres estuvieron a cargo de aquellas tres primas. A pesar de que ellas vivían a media legua de distancia, encargaron al sepulturero excavar la misma tumba donde descansaba Flor, para que ahí mismo quedará, eternamente, la bella Inés. El sepulturero rascó la tierra y notó que aquel rosal amarillo que estaba sembrado en la tumba tenía un tallo muy profundo, tan profundo y fuerte porque rascaba y rascaba y ahí seguía aquél enigmático palo con espinas. La sorpresa del sepulturero fue mayúscula al descubrir que aquel rosal amarillo no había sido sembrado por nadie: brotaba de las manos de Flor del Campo.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Jueves, 08 Marzo 2018 06:12

EL REGRESO / Jesús Fuentes y Bazán /

 

 

EL REGRESO

Jesús Fuentes y Bazán

 

 

Hojeando una revista de modas, sólo por distracción, espero la salida del autobús a Ensenada en la terminal de la línea, en Tijuana. Ir de compras al gabacho, la verdad, me enfada: Desde comprar dólares, levantarse ese día casi de madrugada, sufrir una larga fila y avanzar con lentitud para cruzar, ver la cara agría del gringo, burlona -imagino-. De plano, ¡no!

“Tengo el once, este es mi asiento,” dice un joven como de treinta y tantos años, alto, moreno, bien parecido, de nariz aguileña. El pelo largo escapa de su tejana negra y cae sobre el cuello de su camisa azul a cuadros de diferentes tonos. Pantalón vaquero de mezclilla.

Sin decir más, se sienta junto a mí, al lado del pasillo. Se sumerge en el asiento con desparpajo, con placidez. Levanta su pierna derecha y, con un poco de dificultad por la estrechez del espacio entre los asientos, la pone en escuadra sobre la pierna izquierda. Su bota café, de pico, lustrosa. El autobús avanza, serpentea en la autopista.

“Vengo del otro lado. Estuve en la cárcel.”

Siento su mirada en mis piernas.

Mirándolo a la cara, le cuestiono por qué me dice eso; cierro la revista.

Sonriendo, responde: “Me inspira confianza.”

“¡Confianza!”

“Tiene cara de buena gente; además es usted bonita. Sí, de bonita y buena,” remarca. Prosigue sereno diciendo que pasaba droga. Era burrero, pero que alguien le puso dedo y lo detuvieron los güeros.

Sus ojos oliva, expresivos, encuentran los míos. Nerviosa, desvío la mirada hacia la ventana; observo el amplio tapete azul del océano y los amarillo, naranja y rojos del atardecer. Hermosa postal desde la Escénica.

Aún no entiendo su plática. ¿Qué ganaba con contarlo? Quizá sintió ansiedad, deseo de comunión. ¡No sé! Sentía su mirada clavada en mí.

“Al llegar al puerto, unos compas del jale, que no conozco, me esperan en una pick up guinda,” comenta con entusiasmo. “Pero, la neta, yo quiero dejar eso; es bien pinche estar encerrado,” susurra.

En la central camionera de Ensenada, el autobús se detiene. Con un adiós efusivo, se despide, sonríe. Baja con paso firme, se encamina hacia la salida.

Respiro tranquila.

En el andén espero que el maletero me entregue las bolsas de mis compras que vienen en la cajuela, junto a los equipajes de otros viajeros que, al igual que yo, aguardan su entrega. El ruido de los motores diésel de los autobuses que llegan o salen va en aumento.

Se escuchan gritos. Veo gente correr dentro de la terminal. Confusión y miedo en sus rostros.

Alcanzo la calle apurada.

El auricular del teléfono público cuelga, se mece cómo péndulo de reloj. Debajo de él, tirado en la banqueta, está el cuerpo sangrante de un hombre largo, frágil, muerto; como títere al que le han cortado los hilos. A mitad de la calle, los vientos de Santana en esta tarde-noche revolotean, juegan con la tejana.

Imagino un niño que corre tras un aro.

“Le dispararon desde una Cheyenne guinda”.

Pienso en mi compañero de viaje…

Intranquila, pegada a la pared, camino a la esquina del Oxxo para esperar a Rosa que viene por mí.

Unos golpes suaves tras el amplio cristal de la tienda…

¡Ahí está! ¡Es él! Alegre, da un sorbo a su café y, con un ademán de mano, me dice adiós.

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Jusnai y el navegante.

Rocío Prieto Valdivia.

 

 

Al sur del municipio de Ensenada, en esa lengüeta arenosa, aún se pueden escuchar sus cantos. Se cuenta que una joven paipai se enamoró de un navegante español, cuando desde los acantilados lo observó descender del barco, con esa confianza en la que asentaba cada uno de sus pasos, en esta tierra que por primera vez pisaba.

Jusnai corrió hacia el embarcadero para ver a los extranjeros llegar. En cuanto su mirada coincidió con los ojos de aquel marino, sintió de inmediato el flechazo que nunca antes había atravesado su corazón.

Por todos los lugares de esta bendita tierra hay parajes que cuentan de su inmenso amor. Aquella pasión tuvo su mayor auge en San Antonio de las Minas, donde los amantes se encontraban cada luna para inundarse de las risas que brotaban de ella, tan mágicas al grado de hacer florecer las huertas. Algunos cuentan que Jusnai era tan dulce como el almíbar de las naranjas. Con su figura delgadita, los cabellos azabaches, ojos verdes como los sarmientos creciendo en los viñedos. Esa mágica sonrisa cautivó a Sebastián desde que la vio aparecer en el embarcadero.

Pero el padre de Jusnai, cuando descubrió sus amoríos con aquel mozuelo, lo mandó matar. Mientras Sebastián trabajaba en el viñedo una lanza atravesó su corazón. Los ríos de sangre cubrieron los surcos labrados por sus manos, impregnando de borgoña las vides.

Cuando Jusnai se enteró se quiso volver loca; montó su caballo que corrió desbocado rumbo al mar. Al llegar a esa lengüeta arenosa, donde por vez primera se vieron, decidió lanzarse a las agua del océano, que apagaron sus risas en borbotones de sal sobre las rocas.

Conmovido, el dios Neptuno, por verla tan desdichada, decidió convertirla en sirena, y hacerla parte de su corte, como guardia de esta escarpada costa, para que ningún otro navegante pudiera enamorar a las mujeres de esta región.

En las noches de tormenta, cuentan los lugareños, aún se le escucha cantar, arremolinando las aguas contra las paredes rocosas. Sus lamentos son tan fuertes y sus lágrimas saltan mojando a todo barco o persona que pasa en sus cercanías.

 

* Ojos bonitos, en la lengua originaria paipái.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

 "BARCOS"

Ramiro Padilla Atondo

Reflexiones sobre un cuento de Gabriela Torres Cuerva

 

 

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

 
 
 
 Hay descubrimientos fantásticos, descubrimientos que por su propia naturaleza quedan atados a la psique de manera irremediable. Eso pasa cuando se lee algún cuento memorable. Me ha pasado en algunas ocasiones, y lo ejemplifico por orden de aparición; En este pueblo no hay ladrones de García Márquez, La señorita Cora de Cortázar, Tlön Uqbar Orbis Terius de Borges y así muchos más. Es claro también que los gustos son particulares, lo que a mí me puede parecer maravilloso a otros no tanto. He leído a cuentistas que tienen cuentos sin publicar como Juan José Luna y su cuento Bicentenario, una verdadera obra maestra en hoja y media, o un cuento largo que parece novela como Predrag de Daniel Salinas Basave. El cuento al que me referiré en esta ocasión aparece en el volumen de Cuentos Hombres maltratados (Lectorum) de Gabriela Torres Cuerva. Sin tener elementos fantásticos, la personaje, que ve películas de arte, decide ir al cine sin ir preparada para los cambios climáticos. Pero la personaje, va cediendo protagonismo no solo a los elementos naturales sino a los contertulios, los trabajadores del cine, los espectadores que no terminan de ver la película porque una tormenta de a poco empieza a inundar la sala, y sobre todo por la tensión que de a poco aflora entre una pareja de ancianos. Sirve el cuento como una parábola de cierto tipo de convencionalismos, de que hay situaciones que se tienen que aceptar y están fuera de nuestro control, las relaciones de pareja que se viven aunque sea un infierno porque no cabe el divorcio y más a una edad tan avanzada, y la lluvia, personaje a su vez principal que permite que aflore la rebelión en el anciano, controlado en todo momento por su esposa. Se dice que un cuento vale más por lo que deja de decir que por lo que dice. Hay elementos curiosos que apelan a otro tipo de conciencia, cuando uno va al cine, da por descontado que hay cierto tipo de acústica que permite un mayor disfrute. En plena función se va la electricidad y en la oscuridad reinante, el golpeteo incesante de la lluvia es el único sonido, mientras los empleados luchan por contener la inundación hasta que se dan por vencidos. Don Joaquín, el anciano, necesita auxiliares auditivos y de su pecho cuelga un gafete para identificarlo en todo momento. La mujer controla sus movimientos de manera obsesiva y cuando la sala comienza a inundarse lo aísla. Pero el aislamiento dura poco, hay una fuerza que atrae a Don Joaquín hacia la lluvia por lo que las súplicas de la mujer valen poco. Toma un rollo de programas del cine y empieza a fabricar barquitos con ellos. Los barquitos se convierten en el elemento liberador, no solo para Don Joaquín sino para los demás asistentes que participan emocionados. Barcos es un cuento que vale leer la pena varias veces.

 

 

Barcos

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

Ir todos los domingos al cine ya es para mí una costumbre. Lo hago por las tardes, depreferencia, aunque las funciones de mediodía ofrecen la misma cartelera y el beneficio adicional de estar bastante despejadas. Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre siempre elegía el horario matutino y casi siempre nos quedábamos el doble de tiempo, pues había permanencia voluntaria. Jugábamos, ya en esa segunda vuelta, a anticipar las escenas que seguían, los diálogos e incluso a adivinar cómo irían vestidos los actores. Después,cuando mis hermanos ya no fueron, el juego se terminó, y mamá siguió con lo mismo deaprovechar la película doble; entonces me aburría mortalmente. Ella lo sabía, pero algo que nunca entendí la hacía aprovechar la posibilidad al máximo, incapaz de hacer caso omiso del derecho de permanencia. Alguien me dijo después que se podía pasar a otra sala y ver otra película o que en la misma sala pasaban filmes distintos; en mi caso nunca fue así. Tal vez por eso, por una asociación infantil, es que rara vez me inclino por el turno matutino, como ocurrió esa mañana de junio. Desperté sin intenciones de enfrentar mis labores domésticas pendientes. Trabajo toda la semana, de nueve de la mañana a siete de la tarde, y últimamente tengo la impresión de que los sábados y domingos tienen menos horas que los otros días: no alcanzan para nada.Me desperté, desayuné un par de huevos estrellados con algo de salsa de tomate de un día anterior, jugo de naranja y dos cafés muy cargados. Limpié la cocina y me acosté de nuevo. El día anterior, sábado, había tomado la precaución de hacer las compras de la semana. Así que bien podía haberme quedado allí toda la mañana. Me puse a leer el periódico y me adormilé de nuevo.Un mundo de agua, como el de la casa inundada de Felisberto Hernández, cubrió mi duermevela. Agua por todos lados: de las ranuras en la madera de las puertas, por las goteras del techo y algo tan extraño como que las paredes eran enormes pieles humanas de cuyos poros brotaban gotas y gotas y gotas. Desperté con una sensación incómoda, cubierta de sudor, intranquila. Pensé en cosas catastróficas, como si algo muy malo fuera a pasar ese día.Necesitaba salir de la casa, así que decidí darme una ducha con agua fría para despertar del todo, me pinté los labios, y me fui al cine sin siquiera ver la cartelera. Cuando iba llegando, las nubes estaban ligeramente ensombrecidas. Por si las dudas,me estacioné lo más cerca que pude, a unos metros del lugar y sin la necesidad de poner monedas al parquímetro por ser día de asueto. No me di cuenta entonces de lo inadecuado de mis huaraches para un temporal como ese; las tiras de cuero generalmente se arruinan con el agua. Había una fila de unas quince personas en la entrada. Cuando ocupé el último lugar, yaserían como veinte. Empezaron a caer algunas gotas, después una leve llovizna, fina pero consistente. Algunos sacaron sus paraguas. Yo me recriminé la falta de previsión. Un hombre muy corpulento subió el cuello de su chaqueta y se ajustó el sombrero. Hubo quienes vieron el reloj, para revisar tal vez por cuántos minutos tendrían que esperar a la intemperie o si su pronóstico del tiempo coincidía con la lluvia.El cine México es un lugar socorrido por un público perseverante. Las películas que se exhiben se inclinan más al arte que a lo comercial. Me gusta eso. Mientras los cines de las plazas comerciales están repletos todo el tiempo, el viejo cine acoge en cada función un máximo de treinta o cuarenta personas. Por extraño que parezca, no hay quien pierda la oportunidad de ocupar una butaca, como si todo estuviera perfectamente planeado y se hubiesen cotejado con anterioridad el cupo y los espectadores. Esa tarde el panorama se veía menos concurrido, pero para mí estaba bien. Aunque los que acudimos al cine siempre somos los mismos, no nos conocemos entre sí. Nadie tiene la intención de intimar. Eso también está bien para mí. Por otro lado, el público se compone de gente grande; proliferan bastones, andaderas, donas para sentarse, casi todos portan lentes bifocales, aparatos para escucha o ambos. Estaba segura de haber visto antes a la pareja formada delante de mí: la señora traía lentes y un collar del que pendía un pastillero de colores parecido a un caramelo. Don Joaquín portaba un gafete en su camisa, sujetado con un seguro metálico de los que se usaban para ajustar los pañales de tela de los niños; en él se podían ver escritos otros datos además de su nombre, así como una fotografía suya, visiblemente más joven. Traía al cuello unos lentes oscuros y enormes en un cordel delgado. Era notoria la presencia de auxiliares auditivos, pues batallaba con un control en la bolsa de su camisa para mediar el volumen.Era lo único que sabía de ellos: cosas así pueden observarse mientras una hace fila,sobre todo si el avance es lento, como sucede en el cine México. En cuanto el tomador de boletos tomó su sitio en la puerta principal, la señora apremió a don Joaquín con un empujón en la cadera para que avanzara. El boletero, sentado en un banco alto, recogió los cartones amarillos, los revisó como si alguien fuera a atreverse a falsificarlos, los regresó después de partirlos en dos con un movimiento frenético.Al igual que los espectadores hemos generado ya una tradición, los trabajadores del cine tienen muchos años trabajando allí. La taquillera es una mujer malhumorada que lleva cada domingo el mismo vestido color paja. Al ingresar a la antesala, seguimos en la fila: es cuando el boletero administra el fluir de todos hacia la sala, en perfecto orden.Me gusta mirar los carteles de las películas exhibidas recientemente, para ver cuál se me ha escapado. Esto, sin saber la razón, me hace sentir un poco de culpa, como si yo estuviera comprometida a verlas todas, sin faltar una. Me complació saber que la película de ese domingo fuera portuguesa, un filme basado en la novela de Camilo Castelo Branco,Misterios en Lisboa. Podría compararla con la novela; aunque no estaba tan segura de recordar el contenido al pie de la letra, siempre he tenido la idea de que el filme activa sensores de la memoria si ya se ha pasado por la historia en papel. El cartel anticipaba una buena fotografía y ciento noventa minutos de intrigas, identidades falsas, romance y violencia.Me salí de la fila y pedí a la señora el favor de guardar mi lugar. Asintió mientras miraba hacia la puerta de la sala, todavía cerrada. Interpreté su gesto y me apresuré a comprar unos chocolates y un refresco de manzana. Después de tantos años de hacer exactamente lo mismo, la dependienta había desarrollado una técnica eficiente para cortar la fruta, colocarla en vasos de plástico transparentes y agregarles una bolsita con chile y una rodaja de limón.Un método sistemático que conseguía porciones idénticas. Cuando terminó de llenar un vaso de tajadas de mango, me dio la mercancía, tomó las monedas y siguió con su tarea.Alcancé mi lugar en la fila justo a tiempo. Don Joaquín renegó cuando su bastón se atoró en la alfombra; la señora le ayudó a desatascarlo y comentó algo de la decrepitud del cine, de lo viejo que estaba todo, de que era el colmo que ya nada servía. Espoleó de nuevo a don Joaquín para que no perdiera el paso. Ya en la sala, los perdí de vista. En el intermedio, la sonoridad de la lluvia era evidente. Ignoro qué habrán pensado los demás, pero yo lamenté no traer zapatos adecuados y otra vez me reproché el no cargar con paraguas por si acaso. La gente se inquietó. Miraban hacia el techo como si con eso pudieran medir la densidad de la tormenta. Vi las mismas cabezas de siempre, sin identificar una sola. Algunos se tapaban los oídos; el hombre junto a mí se metió la cara entre las piernas hasta que recomenzó la transmisión del filme. El estruendo se estaba poniendo insoportable.El resto de la película pasó de un modo muy accidentado. Poco antes de que se revelara la identidad del personaje protagonista, se fue la electricidad y todo se quedó en la más profunda oscuridad. El ruido de la lluvia lo invadió todo, tanto, que hizo callar las quejas,los enojos, los gritos de frustración. El silencio absoluto en la sala contrastaba con la alharaca rabiosa del agua allá afuera. Por un momento pensé que al salir nos encontraríamos con un territorio desolado, como si la ciudad hubiese sido arrasada por una guerra o un terremoto.De súbito, entraron la dependienta y el boletero con trapeadores y cubetas. El agua había comenzado a filtrarse en la sala. Todos se pusieron de pie y en movimiento. Fue cuando vi a la señora y a don Joaquín. En una réplica de lo que había observado en la fila, ella lo urgía a salir, muy junto a él, cuerpo a cuerpo. El rictus de don Joaquín podía ser a causa del aparato de audición que sacaba, veía y guardaba de nuevo, por el acarreo del que era objeto o porque el final de la película había quedado inconcluso. Las alfombras estaban completamente mojadas. El salón de proyección se vació en pocos minutos.Había dejado de llover. Seguramente con la finalidad de impedir que el agua entrara a todos los rincones del cine, la puerta de cristal se había cerrado casi en su totalidad, lo que no consiguió detener el embate del agua. Era difícil medir la magnitud de la inundación en la calle: probablemente alcanzaba metro y medio de altura. Como antes en la pantalla, los ojos de todos estaban pegados a lo que ocurría afuera: ese imposible universo, inalcanzable.El boletero y la dependienta corrían de la sala al área donde nos encontrábamos todos,llenando y vaciando cubetas, dando explicaciones imposibles. El hecho es que nada podíamos hacer. Don Joaquín y la señora se ubicaron a una distancia prudente de todos, como si estuvieran a punto de levantar la voz y dar un discurso comunitario. Dado que todos iban en pares, me limité a descifrar las conversaciones. Se hicieron alusiones al clima fuera de control en los últimos tiempos, a que en la ciudad pocas veces se había visto un fenómeno así, al espectáculo que estaríamos dando tras un cristal y arremolinados, con caras de ser víctimas de un secuestro. A decir verdad, nadie podía vernos. La calle estaba desierta y el agua cubría todo el paisaje.Don Joaquín, que solo miraba con cierta pena lo que estaba sucediendo, se inquietó de pronto. Se recargó en la pared, levantó una pierna, se quitó un zapato; estaba por hacer lo mismo con la otra, cuando lo reprendió la señora:

 

-Qué haces, por el amor de Dios. Te vas a enfermar si se te mojan los calcetines.

 

Él no mostró reacción alguna a sus palabras. Ya sin zapatos, se agachó con parsimonia con la aparente intención de doblarse el pantalón para evitar que el agua lo alcanzara. Visto a distancia era una acción prudente y responsable, sin embargo, sus intenciones no eran tan claras. La señora lo reconvino otra vez:

 

-No, no, no. Deja eso, por favor, ¿qué haces? Ni se te ocurra. No, no vas a quedarte así. Ponte los zapatos. Basta, basta, Joaquín, entiende.

 

Don Joaquín se le quedó viendo unos segundos con una mirada suplicante. Parecía un niño pidiendo permiso, esperando aprobación para remangarse el pantalón. Un niño con unas ganas tremendas de meter los pies en el agua. Ella le dio unas palmadas en los muslos e intentó obligarlo a levantar el pie para ponerle un zapato, mientras le decía:

 

-Ya te mojaste. Se te mojaron los calcetines, Joaquín. ¿Y ahora qué vamos a hacer?

 

Te vas a enfermar, te vas a enfermar. Te dije, pero nunca entiendes. Me canso de decirte las cosas y tú nunca entiendes.La dependienta y el boletero habían abierto un poco la puerta de cristal; inútilmente,

barrían con escobas el agua hacia afuera, después trapeaban y apenas terminando comenzaban de nuevo. El agua en la calle era tanta que se metía por el espacio libre entre el suelo y el filo de las puertas. Por fin desistieron de tan vana tarea y se instalaron detrás del mostrador de la cafetería, como dos soldados. Muy poca mercancía quedaba a la vista: un paquete de chocolates, algunos tubos de pastillas de menta y dos o tres vasos de fruta. El pequeño refrigerador estaba desconectado, supongo que para evitar cortes eléctricos cuando volviera la luz. Don Joaquín, visiblemente afectado, muy nervioso, con los zapatos en la mano, se dirigió con pasos torpes hacia la silla alta del boletero, tomó un rollo de programas y se quedó allí, mirando a la calle, extasiado. La señora, jalándole el suéter, no dejaba de insistir en lo terrible de que anduviera sin zapatos por ahí, como si nada:

 

-Si tuvieras un poco de conciencia no harías esto. ¿Quién crees que te va a cuidar cuando te agarre la tos y la fiebre? A ver qué haces cuando no aguantes las piernas. Estás loco, Joaquín, de remate.

 

La señora, mientras caminaba junto a don Joaquín, atisbaba entre las cabezas, como si buscara alguna aprobación hacia sus actos. Puedo asegurar que todos estábamos concentrados en él, más que en lo que ella intentaba hacer para detenerlo. Él se dirigió al mostrador de la cafetería, donde el boletero y la dependienta observaban la quietud del agua en la calle, cuyo nivel no disminuía ni un milímetro. Por primera vez abrió la boca y dijo,con una voz cascada, aunque audible:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

La señora lo tironeó del suéter con desesperación y le dijo:

 

-Estoy enojada, Joaquín. ¿Qué no ves el ridículo que estás haciendo? ¿Las vergüenzas que me haces pasar?

Don Joaquín puso los programas en el cristal del mostrador; ante la mirada indiferente del boletero y la dependienta, repuso:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

No volvió a decir nada más. Se limitó a extender con las manos uno de los folletos sobre el cristal, a doblarlo en dos partes, después en cuatro, a plegar las esquinas hasta que,muy orgulloso, consiguió un barco de papel perfecto que puso a consideración de todos,levantándolo en alto para que pudiéramos verlo. Algunas exclamaciones surgieron de la pequeña pero consistente multitud. Yo estaba muy cerca, así que pude verlo con precisión: realmente era muy hermoso. Daban ganas de tocarlo, de pasar los dedos por su vela, de hacerlo que don Joaquín hizo después. Miró hacia abajo, tal vez a revisar qué tanto había logrado enrollar los pantalones aun con la insistencia de la señora. Tomó con delicadeza el barquito,caminó hacia las puertas de la calle, abiertas dos palmos apenas. Se acuclilló como si tuviera doce años y depositó el barco en las aguas mansas e imperturbables de la calle. Enderezó su cuerpo con lentitud y se quedó con la vista fija por unos segundos, y cuando estuvo seguro de que la embarcación era lo suficientemente fuerte para soportar la fuerza del agua, se puso de pie. Los aplausos brotaron de aquí y de allá, vivas y bravos surgieron de la masa comprimida en el salón. La señora se replegó en una esquina y no volvió a pronunciar palabra. Don Joaquín regresó al mostrador, repitió la operación y fabricó otro barco, y otro.Todos queríamos uno. Llegó un momento en que varios de ellos flotaban en el mar, muy erguidos, como si fueran de madera o de metal. Fascinados, los observamos tras el cristal,ondear en las aguas dóciles, hasta verlos desaparecer para siempre.

 

 

Publicado en NORTEC
Jueves, 25 Enero 2018 03:44

Inquietud (Oscar Angeles Reyes)

 

 

 

Inquietud

(Oscar Angeles Reyes)

 

 

Dámaso Pérez Prado nació el 11 de diciembre de 1917, en Matanzas (Cuba), en la Ciudad de las casa de paredes color helado, que entonces serían blancas y refulgentes.

 Yo pienso en mi vecina, con su piel tan morena, casi como si fuera mulata. No es que sea algo importante, pero su presencia distante me inquieta. Ayer la miré en la mañana y me pareció que el interés es mutuo. ¿Qué significa eso? He entrado en serios conflictos morales, en una franca discusión personal que me lleva a pensar que estoy enamorado de ella, y que estoy mandando al traste mi joven matrimonio.

 Pérez Prado llegó a México en 1948, y comenzó a aparecer en películas con actrices como Lilia Prado o Ninón Sevilla; creo que él siempre se presentaba dirigiendo a su orquesta. Era bajo de estatura, pero no pasaba desapercibido; se movía mucho, demasiado para mi gusto, mas era de esperarse de un mambero.

 No sé el nombre de mi vecina, y probablemente no conozca el Mambo N. 5, ni la deliciosa versión del Manicero del matancero, pero su rostro, dejando atrás su equilibrio y su posible belleza, es sumamente atractivo: hay rasgos indígenas debajo de su sofisticación. Es pequeña, quizá del tamaño de Pérez Prado, y debajo de sus ropa de colores siempre oscuros se dibuja un cuerpo bien cuidado. ¿40 años?, probablemente. La única vez que estuve cerca de ella sostenidamente, entendí un cuidado excesivo de su piel, una manía insistente por la humectación, por la extracción de vellos incorrectos y por su dentadura impecable. Nadie es delincuente por pensar, por desear, pero, ¿qué pensaría mi esposa? Llevamos dos años juntos, y toda esa gracia, la distinción de la pureza, se desmorona al cruzar la calle y encontrarme de frente con una mujer que sólo me ha sonreído. Chingado, yo le besaría las tetas.

 Y, ella, ¿cómo se llama? Ojalá no sea la Patricia del cubano nacionalizado mexicano, melodía más bien boba, fuera del contexto de locura de su repertorio más movido.

 Pérez Prado, Cara de foca (dicen que le dijo por primera vez Beni Moré, El bárbaro del ritmo), murió en la Ciudad de México en 1989; sé que vivió un tiempo en la calle Luis Moya, pero desconozco su último domicilio. Toda una generación de exóticas, de músicos, actrices y actores, de personajes de la cultura nacional, se involucraron con él, pero hizo bailar a muchos más.

 Lo del cara de foca es claramente una distracción, lo cierto es que estoy tratando de aliviar mi alma, la puta inquietud que despierta esa mujercita (sin afán de ser despectivo) en mi, que me deja al borde del adulterio, de un Yo que creía superado, de lo más carnavalesco de mi ser. La infidelidad comienza así, perdiéndole el miedo a los perros, vistiendo de luces a la soledad; quizá con los ojos bien abiertos de Resortes, bailando el Que rico el mambo, mientras Joan Page, de pechos generosos, se mueve a su alrededor.

 

En fin, si algo va a ocurrir, que la vida se destruya como Dios manda, y que la miseria se nos eche encima, como debe de ser; y que Pérez Prado descanse en paz.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 24 Enero 2018 21:55

El vestido de novia / Felipe Díaz /

 

 

 

 

El vestido de novia

 Felipe Díaz

 

Eleazar moldeaba cuidadosamente su copete frente al espejo. La viscosa vaselina entre sus dedos limpiaba los residuos de la espesa sangre de Isabel y los enviaba al caño. Sus manos aromatizadas, ahora estaban irreprochables. La mirada de Isabel era apenas una ranura que se lanzaba por la ventana, y la esperanza corría tras ella, impulsada por un vigoroso cansancio que la urgía a escapar. En cuanto la estilizada zancada del impecable garañón cruzó el marco de la puerta, Isabel obligó a sus moreteadas piernas a olvidarse del tormento y huir. 

 Los días, la quietud y el árnica, ayudaron a que Isabel ahora dictara su biografía con palabras más amorosas. Volvió al departamento a recoger sus pocos muebles sobrevivientes. Las pisadas de los muchachos de la mudanza fracturaban sonoramente los pedazos de vajilla que se mantenían en cuadro plástico, interpretando aún su papel en la pelea. 

La joven pensaba que sólo quedaban cicatrices, pero la presencia de su exsuegra, con su arrebatada mirada, le mancilló las llagas y los ojos. El miedo, el rencor y la impotencia remolinaron nuevamente en el estómago de la muchacha. “Isabel, vengo a que me devuelvas el vestido de novia que te compró Eleazar. Él tiene derecho a rehacer su vida y se va a casar con una buena mujer. Además, dudo que tú lo vayas a necesitar algún día”.

Pensó en decenas de ofensas que vomitarle en la cara, pero se detuvo cuando vio la insulsa figura de Eleazar recargada en el poste de la esquina, con su estúpido humo de cigarro, su estúpida actitud, reflejo de sus estúpidos pensamientos. Regresó a la casa, sacó el vestido guardado con el forro hacia fuera, para que se conservara, y descubrió unas adaptaciones y composturas de las cuales no se había percatado. De sus ojos manaron algunas lágrimas que depositaron su salada frustración en los remiendos de la prenda.

Una flamante y emocionada novia se probaba el vestido. Cuando la seda se deslizaba en su delgado cuerpo, una mancha roja que vio en el forro, la hizo detenerse. Retiró el vestido y lo volteó para revisarlo. Escrito con labial, sobre el liso, un vistoso letrero escarlata le advertía:

 

¡No te cases, Eleazar es un golpeador!

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 24 Enero 2018 21:24

Equidistante olvido / Adán Echeverría /

 

 

 

 

 

Equidistante olvido

Adán Echeverría

 

Ruegas que la muerte clave sus uñas en los talones y te retuerces por el calor de las fotos grises que se consumen. Los papeles quemados se enredan como serpientes apareándose en orgías. Vas atrapando arcos de luz y miras en las polaroids, esa mueca persistente del enojo que siempre tuvo. Ella continúa mostrando el ácido de la conciencia.

Entre la multitud de rostros que son el mismo, lleno de imperfecciones, y esas cejas anchas que la acompañan, se anega el piso de la habitación con la ceniza y el humo sabor plástico. Así es como pasas revista a sus cronológicos estados de ánimo, mientras las imágenes se distorsionan y se funden agitando el insomnio.

Intentas calmar la ansiedad que escala pantorrillas y se atora en la amplitud de vellos ásperos del pecho. La lengua de sus miradas te circunda, infectando la memoria. Ella en la luz, ella y la oscuridad de labios; la succión, la carne, nido de dientes como astillas, son el golpe a los pulmones. Toses. Ella sigue sosteniendo el cigarro en el amarillo de la boca. Tú perdido entre la luz azul-roja de las flamas que filtra en las pupilas y el latir del corazón aminora su ritmo, convulsiona, se apaga, se esconde al fondo del tórax.

Se arrastra lenta y constante, la música que mana del estéreo que dejaste funcionando. Te resistes a recordarla feliz, y sólo ansías verla, estos últimos instantes, llena de dolor, de odio, agria, palpitando, dentro de esta música que alarga sus compases y que convertida en brisa llega a ti, ingresando a los oídos, para contrarrestar el incendio de la habitación que intenta derretir tus células. Todas las cosas de ella rodeándote, y el fuego en que se consumen, camina sobre tu piel.

A tus espaldas, astilladas voces gritan tu nombre. No quieres oír. ¿Es ella? ¿Ha regresado bajo la lluvia de esta ciudad enajenada? ¿Ella que intenta permanecer en las paredes, debajo de la pintura? ¿Ella que surge de las cenizas como un ave mitológica?

La música empuja el cuerpo hacia delante y atrás. El péndulo no claudica. El humo se violenta en la retina, enrojece la tarde y la voz. La voz de su recuerdo que no termina de arrastrarse hacia la nada: escala, se arrima, te persigue.

No tienes fuerza para darte vuelta y mirar alrededor. Todo arde en el cuarto en el que te has encerrado a quemar sus fotos, y alejar para siempre su recuerdo; ha sido tan devastadora esta lucha por el dominio de las voluntades, ha sido tan cansada, tan violenta, que sólo quieres alcanzarla en el sueño, donde se ha refugiado.

De nuevo el sonido que te nombra. Buscas de donde proviene el eco. Se escucha en el interior de la cabeza. Cierras los ojos y miras hacia dentro del cráneo. La sangre circula en los capilares de los párpados, acentúa el rojo de la oscuridad. Muy dentro, a lo lejos, vislumbras luz escapar dibujando límites de algo parecido a una puerta. Caminas a tientas por las paredes de los nervios. Se agita el cerebro y el temblor alcanza tus pies. Conforme avanzas se hace necesario inclinar el cuerpo para no rasparte con la parte superior del cráneo. Cada vez te inclinas más, hasta acabar de rodillas. Escuchas con atención el aliento de la sangre recorriendo círculos concéntricos. El abrir y cerrar de las válvulas del corazón hacen retumbar el suelo como si caminaras sobre una balsa que flota en la marejada. Acaricias la textura del cerebro mientras te arrastras hacia la luz que filtra el quicio de la puerta.

Una vez recostado junto ella, escuchas las mismas voces surgir del otro lado. Intentas abrirla. No lo logras. Bloqueada por dentro, no te deja atravesar. Golpeas con los nudillos, nadie responde. Tratas de asomarte y la luz ardiendo en las pupilas. Las voces callan. Aferras la mano al frío del material que la conforma, la palpas. Golpeas con furia, gritas, empujas, arañas. Nadie responde.

Vuelves la vista hacia el camino que has avanzado en vano. Sientes que la oscuridad acecha, te va absorbiendo, se agarra a los talones y te jala a su interior. De nuevo golpeas la puerta, se aceleran los latidos y los golpes. El piso en el que estás recostado tiembla. Las voces del otro lado crecen un murmullo persistente.... Detienes los puños, acercas la oreja al metal. Silencio. Todo se mancha de silencio. Claudicas.

Cansado, te recuestas. Jadeas para recuperar el aliento y piensas en los pulmones, en el dolor de humo, en la rasposa nicotina. Te ahogas y toses. El humo te cierra la garganta, agita los párpados. Manoteas para abrir paso en la humareda. La puerta estática. Los murmullos incomprensibles. Pateas la puerta. Piensas desistir y regresar a la oscuridad. De nuevo hacia los ojos y su rojiza sensación, hacia la neurosis que ella dejó con su partida. Ya regresará, ya regresará, pero no sientes más el deseo de esperarla. ¿Quizá el sueño en que se encuentra pueda oscilar los mundos para encontrar otra salida de esa dimensión que la consume? Su silencio estático te golpea, y la puerta no cede, tal vez ella esté del otro lado. Tendría que estar. Debería. Ojalá estuviera.

El silencio mancha la piel, su masa se pega a los dedos, a los codos. Crecen sus pólipos oscuros sobre tu cuerpo. Rodean la cadera, el cuello. Retrocedes arañando el rostro. Arrancando la costra que te inunda. Los latidos ceden, el piso se detiene. Nuevamente los murmullos del otro lado...

—Alguien quiere entrar— logras entender al fin... y regresa el silencio a empaparte la garganta.

Enojado, tratas de tirar la puerta a golpes. El silencio se te mete a la boca. Los nudillos sangran. Detrás de ti, miras circular la sangre en los capilares de los párpados. Brilla el malva de la realidad que te sacude.

Agotado, abandonas la idea y retrocedes sobre el rastro que formaste sobre esta masa pegajosa. Mientras escapas, el espacio crece hasta permitirte quedar de pie, giras para quedar frente a los párpados. Caminas a través de las órbitas de tus ojos: azul, amarillo, rojo. Vuelves la mirada hacia la puerta y el resquicio de luz que escapa. Estas listo para poner un pie fuera, en el exterior, sobre la ceniza de las fotos, y escuchas con claridad muy dentro del cráneo:

— Parece que se ha ido— te detienes un instante, pero no regresas.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Leer con lentes oscuros.

Rocío Prieto Valdivia.

 

 

Esa tarde mientras la multitud hacia sus compras, el reloj giraba y giraba. Ahí al lado en el café internet donde pasó los medio días escribiendo para no aburrirme mientras espero la salida del colegio, volví a verlo. Ahí estaba él. Le rocé la pierna con la mano, volteó y pícaro esbozó una sonrisa que me enterneció. Él leía algún fragmento de una novela en la computadora, por un momento atisbé un par de páginas, y él intentaba no distraer su mirada de la pantalla. Se miraba extasiado, y sentí como me desvestía; una a una caían mis prendas, yo había puesto esa canción para recordarle que lo amaba, y le alargué un auricular para que escuchara. Tarareé algunas notas, y me despedí con un Te quiero, y ese beso en la mejilla.

Recordé aquellos tiempos cuándo nos mirábamos, y de pronto las sábanas eran nubes de colores, los días de fuego volvieron a mí en plena calle Miramar. Hasta releí nuestros mensajes siempre a un metro de distancia; pero todo se acabó por culpa mía. Llegó el verano de pasiones insanas, y esa chica de lentes oscuros que lo hiciera ganarse el infierno en unos tragos de tequila; descender lento, mientras crecían mis ganas de arrebatar al tiempo aquel primer beso que nos llevó al mismo instante dónde en sus brazos le escuché cantar mientras los perros dejaban de ladrar y las sirenas de la ciudad que anunciaban muerte se silenciaron.

Me tenia que marchar y lo besé en la frente. Le dije Te quiero libre, soñador, triunfante. Sin decir palabras se levantó para abrazarme y hacerme sentir que aún me amaba, que las llamas no se habían extinguido, que seguía usando aquel reloj que le había regalado un año atrás. Lo amé porque se me dió la gana, el reloj era el objeto adecuado para que cada minuto pensará en mí.

Pero ahí estaba ella diciendo: Siempre serás la sombra que me acecha, la pasión que lo consume, la mujer que más admira y su mejor canción. Yo la miré sin reservas, le dije sin dudarlo: Tú serás sólo un capítulo en esta historia. La mujer prohibida, las mordidas al alma. Ella se agarró de su cinturón diciendo: Es mío, lo tengo, y le acarició los cabellos, le quitó los lentes oscuros, intentó besar sus labios pero él la apartó de su lado y centro su mirada en mí.

Rodrigo nos dijo: De las dos la prefiero a ella, señalándome como la sonrisa en mi memoria, el sabor de antaño. Besó mi frente, hurgó en sus bolsillos, y sacó un dije que representaba el infinito. Lo puso en mi cuello con tal delicadeza, besó mi mano diciéndome: Eres más que todo lo anterior, eres este infinito amor colgando sobre tus pechos, en los cuáles fui tan feliz, ahí al terminar tu ombligo quise dibujar el amor.

Norma hizo muecas de disgusto, tan horribles que su cara se tornó mortecina. Apretó los puños he intento golpear la cara de Rodrigo. Él tranquilo le detuvo la mano, se la besó igual con cariño y se volvió a poner los lentes oscuros, ambos salieron caminando mientras a mí en casa me esperaba Rodriguito ansioso por ese regalo sorpresa.

Rodrigo había sembrado ese infinito amor en mi vientre, un mes antes de que empezara el verano; no quise ser yo quién le destruyera sus planes de ser cantante. Con el tiempo supe que él había escrito una gran novela. Mi infinito había mudado su mundo a los brazos de otra mujer.

Yo, a pesar de todo era feliz, sonreía porque mi hijo me besaba la frente, me cantaba al oído, como lo hizo aquella vez su padre; y fue creciendo hasta encontrar a su propia mujer, y sin embargo, toda historia de repite. Mi hijo Rodrigo, también nos amaba a ambas, a su esposa y a mí, sólo que esta nueva mujer no me miraba con ninguna máscara, ni con odio. En su vientre, mi hijo Rodrigo había configurado de nuevo aquel infinito amor; yo me sentía la mamá más orgullosa del mundo, quería tener a mi nieto entre mis brazos y en su lugar llegó la pequeña Génesis que tenia los ojos de Rodrigo, su sonrisa, y el don de cantar de mi hijo y su abuelo.

Años más tardé Rodrigo, ya anciano, se enteró de que Génesis era su vivo retrato, mientras la escuchaba cantar buscó entre sus recuerdos la ultima vez que habíamos hecho del invierno esa gran hoguera, y un par de lágrimas le brotaron. El mar inmenso se hacía huracán dentro de su pecho. Me buscó pero yo me había mudado muchas veces de ciudad, tal vez evitando encontrármelo, y abrirme nuevas heridas. Fue por eso, que intuyo, construyó aquellos dos fragmentos que tuve la oportunidad de leer sobre su hombro esta tarde en el café internet, mientras espero que mi nieta salga del colegio. En su historia, Génesis lo toma del brazo diciéndole: Abuelo, cuéntame de nuevo la historia de amor, tuya y de mi mamá Rebeca. Rodrigo le besa la frente, hurga en el bolsillo izquierdo de su pantalón, y saca un anillo en forma de corazón, con un granate. Se lo cuelga al pecho a nuestra nieta, diciendo: Lo compré para tu abuela pero ella se fue de mi vida cuando mayo agonizaba.

Mi hijo Rodrigo y Génesis me esperan en el coche. Me he dado cuenta que este Rodrigo, anciano y solitario, ni siquiera logró reconocerme. Tal vez sólo he sido ahora, una cálida anciana que le roza la pierna con algún afán coqueto. No le dije nada, y salí del café internet mirando con atención los lentos pasos del reloj. Los lentes oscuros cubren el rostro de mi hijo, que sosteniendo el dije de infinito que me diera su padre acaricia la cabeza de mi nieta. El solitario anciano se ha quedado atrás, mirando en la pantalla de su computadora. En ese instante había terminado de escribir el último capítulo de la mejor historia de amor.

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Miércoles, 24 Enero 2018 20:04

LA MESA ESTÁ SERVIDA / MARINA CULTELLI /

 

LA  MESA ESTÁ SERVIDA

MARINA CULTELLI

 

Señoras y señores les rogamos diez minutos de su amable atención. Después de terminada la cena queda abierto el debate sobre el postre. Los manjares corresponden a un testimonio encontrado adentro de una computadora militar estratégica.

 

             Arriba está el que monopolizó las riquezas producidas por la ubre de las hembras. Está sentado en su trono como si fuera un rey y sus secuaces.

 

            Ella está desnuda. La desnudaron. Le sacaron todo lo que pudieron.  Su energía sigue, su cuerpo, su luz. Todavía no se inventaron las armas que se apoderen de la iluminación de las mujeres.

 

            Ellos creen que se comen las ideas. Pero los pensamientos resbalan vigilados por sus gatos. Saben escabullirse y hacerles creer que pueden ser saboreados. Moraleja, si quieres que te diga la verdad no preguntes a tu esclava lo que piensa.

 

             Aunque nadie lo sepa, el futuro  vendrá de la trampa con que se engullen, se atragantan y se ahogan en  el banquete robado. Una verdadera esclava sabe muy bien como envenenar a sus amos.

 

 

 

ELLA SALTA POR LA VENTANA. HUYE DEL FUEGO ABRASADOR.

 

 

               La tarde no tuvo siesta. Es buscada por la policía una muchacha incendiada. Esperaba en el Argentino Hotel mirando mientras saboreaba un café.  La oyeron decir no tengo cédula de identidad. Saltó al vacío. Una patrulla franquea la carretera.

Ella salta por la ventana. Atrás quedó el incendio. Huye del fuego abrasador.

 

               Los senos engloban las manchas que dejan sus pensamientos. ¿A quién le importa lo que hay debajo de su pollera? El sombrero de copa la delata. No puedo esconder su problema. Yo no tengo nada que ver. Es una muchacha que no entiende las cosas. ¿Y qué son las cosas? Cosas. Te a-coso, te coso. Te cosifico. Nadie es Cristo en la cruz pero por lo menos es algo.

 

              Soy tan pequeña frente a él. Mis pelos son largos. Lo envuelvo y si quiero lo estrangulo.

 

               No puedo escapar de sus brazos. Es encantador. Su abrazo me abrasa. Salto por la ventana. Huyo del fuego abrazador.

              Ella salta por la ventana. Atrás quedó el incendio. Huye del fuego abrasador.

 

 

 

  ESCRIBO UNA  CARTA  SIN  DESTINO

 

 

Versos me desvirgaron y a su dulzura fui sometida. La muerte de este exilio no está escrita en los discursos. No fue creíble ni en el teatro cuando actuaba de Julieta y tú venías a buscarme a los ensayos. La calle de los almendros no era esquizofrénica. Tampoco nuestra pérdida uno en el otro. Ni siquiera el corazón adentro mi sutién. Como todo ángel voló dando un salto de balcón con plantas de verdes olores y azoteas de sábanas blancas. Quedó estampado en la vía pública y en el cemento dibujó su sangre.

Su poesía girando mundo y sus traumas al lado oscuro del corazón. Palpita y carcome ese olor a mar del malecón y la rambla. Cómo se parece esto al malecón marina. Recosté mi cabeza en tus piernas. Ya estamos viejos dijiste. Siempre estábamos viejos pasados los treinta y yo como si tal cosa. Nunca hice lo que quería. Te busco entre los humanos y ya no estás

 

 

 

 

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