COMO TÚ Y YO

M a r g a r i t a    C a s t r o

 

                              

 

 

 

 

 

 

 

            La casa hablaba de ella, Mónica se podía sentir en la sala,  en la terraza,  en la cocina, para mí solo el espacio del estudio. Pero logré conservar en la pared del hall el cuadro que en mi infancia me regaló el abuelo, era un viejo con un niño en una barca pescando. «Como tú y yo»  dijo la tarde que lo descubrimos en una exposición, más tarde  lo compraría para darme una sorpresa. Así era él: adivinaba lo que yo quería.  Solíamos pescar en un barco con el motor de fuera. La felicidad se traducía en sacarlo del muelle en la madrugada  y tomar velocidad  mar adentro mientras veíamos despuntar el sol.

«Este cuadro no, es hermoso» le dije a Mónica la primera vez que trató de quitarlo, estaba sorprendido, ya  le había contado cómo me reanimaba. Me traía de vuelta la sonrisa del abuelo al tensarse de súbito mi cordel por la picadura de un pez, y a mí tan orgulloso. También los colores cálidos del amanecer  que aparecen en el  horizonte cuando la noche y el día están a punto de separarse.  Y yo adentro del paisaje percibiendo el ritmo de mi respiración.

            Trabajé muchos años para mandar a  construir esta casa −es más grande de lo que un hombre como yo necesita−, la hice levantar en un barrio de mi agrado, en  Palmetos, avenida ancha y poco transitada.   Durante la construcción era costumbre cruzar a la acera de enfrente para imaginármela terminada: veía de antemano las ventanas verticales, el par de balcones a ambos lados de la fachada, la escalinata con balaustradas al frente de la puerta. Pintada de blanco marfil, mi color favorito.  

Mónica llegó justo después que estuvo lista. Recuerdo entusiasmarme con  la sola idea de su compañía. ¡Cómo disfruté  observarla gozar el tamaño de las habitaciones! Le agradaron los techos altos, el fresco que se respiraba. Lo supe desde el momento que echó discretas ojeadas, quizá por el lugar tan apretado en el que dijo haber crecido. Ahora que lo pienso, desde que la conocí tuve impulsos de abrigarla, era una mujer que lograba que uno se sintiera indispensable.    A veces al mirarla, todo lo que encontraba era una desconcertante fragilidad.  El único lujo era su pelo oscuro que caía sobre la  espalda. En cuanto a su conversación y gusto para vestir, tuve que resignarme.

Desde que entró en la casa, el sentimiento de soledad contra el que había luchado  desapareció.  Me entretenían sus ruidos: abriendo y cerrando cajones, repintando paredes o acomodando mi ropa una y otra vez. Ordenaba mis libros según el color o el tamaño.  Ciertas noches eran las pesadillas, se agitaba y sudaba hasta que no me quedaba otro remedio que despertarla.  En mucho tiempo no la  vi hacer  casi nada que yo entendiera.  Pero su determinación por enfrascarse en tareas innecesarias me ayudaba a olvidar las presiones y rutinas del despacho.  Era curioso espiarla y tratar de adivinar cuál era el fin de sus obsesiones.

 

            Fue a mi regreso de un viaje  cuando me dio la primera sorpresa: había cambiado el mobiliario de la sala. No dejó siquiera el tapete de la tribu de los Yürüks, el que tuve a bien cargar desde Turquía.  Tampoco se salvó el cómodo sillón para leer el   periódico. Se excusó diciendo que era necesario un cambio, que  mis cosas estarían bien en la bodega. Como no soportaba verla triste,  terminé por aceptar  sus preferencias. Sin embargo, esa noche, al sentarme a beber una copa de vino tinto, tuve la sensación de estar dentro de  una caja vacía sin circulación de aire. Deseé salir, alejarme de un olor  desagradable,  vinieron a mi mente cucarachas, gusanos, y toda clase de bichos que tanto me fastidian.

            En el tiempo que Mónica repitió la misma historia con el resto de las habitaciones parecía contenta, tarareaba nuevas melodías  mientras vaciaba algunas de mis pertenencias  a cajas,   desplazaba muebles o invadía  mis cajones.  Me acostumbré a verla marcar cada rincón,  después de todo no podía olvidar cuán solo me sentía antes de que llegara.  

            No se daba por satisfecha, cuando la novedad  desaparecía,  se  aislaba en la oscuridad de nuestra recámara. Cerraba las cortinas  y se sumergía bajo el suave espesor de la sobrecama. Entonces yo,  junto a ella, no podía leer,   apagaba la luz para que no le

molestara los ojos y evitaba  hacer cualquier ruido como toser o voltearme bruscamente (cuando la cama era solo mía, leía hasta caer dormido y el libro se desprendía de las manos). Pero una noche tuve unos infinitos deseos de continuar con la lectura en la cama, me acurruqué dándole a Mónica la espalda y encendí una linterna  para iluminar el libro. Procuré pasar con muchísimo cuidado cada  página para no despertarla. Nunca imaginé, antes de encontrarme en esta atmósfera de oscuridad, inmovilidad y silencio, cuánto puede crujir una delgada hoja al voltearse. Continué leyendo aunque la presencia de Mónica me hiciera sentir que estaba cometiendo un acto irreverente. Su voz quejumbrosa salió por debajo de las capas de sábanas y edredones.

―No puedo dormir. 

La odié. La rabia se me subió hasta sentirla en la mandíbula apretada. Cerré de un golpe el libro y salí a respirar el aire fresco de la terraza.   Esa noche soñé que la ahogaba, con mis  brazos como zarpas, la hundía en un estanque de agua verdosa y turbia  en el jardín de la casa.  Sudé frío, desperté gritando. Sintiéndome desdichado y culpable, me trasladé al estudio para olvidar la pesadilla.

 

Dos días después,  Mónica puso su intención otra vez en mi cuadro. Comenzó diciendo algo acerca de lo opaco de los colores, de lo anticuado del marco. Y que la pintura no tenía nada de especial. Luego comentó: «un viejo flaco y un niño con cara de tonto».  Repitió la misma canción una y otra vez hasta que su voz  se metió como gusano a través de  mis oídos y tomo vida propia.  Podía oír sus palabras repitiéndose dentro de mi cabeza.  Me pregunté si ella tendría razón. Sin embargo, no se atrevió a tocar mi pintura, pudo ser, ahora que lo recuerdo, por la manera de amenazarla con los ojos —como puños cerrados— cada vez que se le acercaba.

 

            Sucedió que una noche de mucho calor, desperté con fiebre y fui a la alacena por  unas pastillas. Una fuerte jaqueca  me obligaba a caminar desorientado. En los pasillos  me di cuenta  que ya no quedaba rastro de mí en la casa, la esencia de Mónica,  por todos lados. Por fortuna recordé que todavía estaba mi cuadro, mirarlo calmaría la ansiedad que entrecortaba mi respiración y la opresión que sentía en el pecho. Pero descubrí con horror que tampoco lo reconocía, era como si alguien lo hubiese  alterado. Sólo alcancé ver  un óleo común y descolorido con un  marco reseco en el que navegaban un anciano chupado por los años y un niño de semblante indiferente. El cielo había perdido sus matices, el mar su profundidad, el barco sus olores.  Cambié de posición para observarlo desde diversos ángulos. Inútil, el cuadro  estaba plano, lejano, mudo. Mónica se había metido en mis ojos.  Yo mismo  lo quité con lentitud de la pared. Entonces imaginé que el abuelo y yo nos hundimos en medio del mar en una madrugada cuando el sol estaba a punto de levantarse.

                       

            En la bodega, las cucarachas caminan sobre la caja polvorienta en la que he echado el cuadro. A partir de esa noche, Mónica se mira feliz. Busco recuperar algo que perdí, no sé bien lo que es,  me paso mucho tiempo en el estudio leyendo los mismos libros. Si Mónica pretende tirarlos, no se qué haría. La sigo   por donde va, miro lo que hace, me siento junto a ella. Y espero.  

 

 

 

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Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

 

Renato, triste en su madurez.

Waldo Contreras López

 

 

 

Renato es un hombre triste desde hace mucho tiempo. Un hombre perdido en el alcohol y su madurez solitaria; siempre es alguien triste aunque haga lo posible por ocultarlo. Renato maduro y triste a pesar de la cerveza en la mano y su sonrisa bobalicona; Renato trata de aparentar seguridad en sus modos de andar pero se ve a leguas el peso de su humanidad melancólica; parece a la distancia, con sus pasos arrastrados, estar atravesando un desierto, con su figura borrosa tras la reverberación de la inclemencia ardiente del sol que le acompaña desde hace años deprimiendo sus andares a cada metro que mal avanza, equivocando para siempre su sendero a causa de los miedos ante la vida, su miedo a las mujeres que son la vida misma; esas mujeres y sus abrazos, sus besos y sus piernas, con sus labios sonrientes y el guiño tramposo de sus miradas.

A Renato las mujeres le entristecen; ellas son el sol que lo mata en su desierto que atraviesa para siempre. Lo veo y me viene la idea de que morirá por una mujer, mala o buena.

Y hoy, desde la temprana de alcohol (y drogas duras de mi parte), Renato tiene aspecto de cadáver, aunque trate de disimularlo con una exagerada algarabía, el manoteo maníaco y sus gestos teatrales al charlar; hemos estado bebiendo demasiado pero el parece estar más ebrio que yo, hundido en su silencio que sé que es como un ángel anunciador de un desastre impalpable. Yo estoy muy drogado por cocaína y también acompaño su silencio con mi mandíbula trabada hasta el dolor (a mí la cocaína me templa y me silencia). Yo, callado y excitado de adrenalina, nervioso, como perro que presiente un chubasco. La cocaína es el desierto que me pierde los pasos sin mujeres y sus guiños y sonrisitas tramposas dejando huellas junto a mí (solo compañías efímeras); mi desierto blanco y decadente sin mujeres y sus perfumes de superchería, sus visiones del mundo con nubes algodonosas y montañas de colores y las lunas y no sé qué más, sin toda esa histeria y su genética bipolar. Esas piezas de carne que son como una rica droga natural.

Caminamos juntos y silenciosos esta calle nocturna con su luna de luz blanca y sus lámparas públicas y tristes; la calle húmeda de lluvia y desagües ciudadanos. Y Renato cree tener hambre, quiere comer hot-dogs en la mugrosa carpita improvisada para vender comida bajo la lluvia. Ese mal parapetado cenador que está cerca de nuestras casas.

Observo todo el largor de esta calle de mi niñez, esta calle vieja que he andado durante años, esta calle que ahora me ve perdido, perdido con mis pasos y yo no me doy bien a bien cuenta de ello. Yo me siento templado con mis pasos errados pero bajo control en medio de la perdición. Esta calle y sus semáforos con sus luces tricolor que parece dicen al mundo: “paren ya, paren, por favor”. Renato y yo nos sentimos bien a nuestro gusto y nos creemos normales aunque los perros nos ladran con un furor territorial exagerado y los gatos nos huyen raudos tras echarnos una mirada breve y juiciosa; la gente nos saluda con la gana de que no nos detengamos, desean que mejor vayamos a parar en el fin del mundo con nuestra mala facha y pestilencia y nuestra platicadera de borrachos; la gente nos evita su centro de atenciones como las grandes glorietas de los bulevares provocan que los automóviles les den rodeo. Detenemos nuestro peregrinar alcohólico en el mugroso puesto de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero”, nos sentimos de inmediato hundidos en el ambiente cálido de la mirada de esta mujer que siempre está sudando a chorros ante el calor de la plancha olorosa a manteca  y carne frita, tocino, jamón, queso y papa mal cocida; y se puede también percibir el tufo a nido de ratas y cucarachas, todo esto a través del olor penetrante (y con un dejo de no sé qué cosa, pues deja en el alma un raro sentimiento) de la lluvia que cae en algún barrio cercano a acá; llovizna con gotas tenues, apenas un rocío, y los relámpagos alumbran todo el horizonte del sur del mundo.

Hemos pedido dos hamburguesas con doble carne, papas y refresco de cola.

Y recorro el local mugroso con la vista: veo las telarañas llenas de diminutos insectos y polvo en las esquinas del techo, el piso está manchado de manteca ennegrecida por la tierra en los pies de la clientela, hay pegado sobre esta cáscara lustrosa trozos pequeños de lechuga, tomate, cebolla y semillas de chile jalapeño; entonces el suelo parece una gran hamburguesa apestosa. Las patas de las sillas están manchadas hasta la mitad inferior de una mugre mal lavada; igual las patas de las mesas, hechas de perfil tubular y lámina de cartera, están mugrosas y oxidadas por una nata de comida vieja echa de cátsup, mostaza, mayonesa y grasa vegetal, estos trozos de fierro parecen estar vomitados por viejos congestionados de alcohol; la plancha crepita con su superficie oscura y caliente; los focos de colores están algo igual: están llenos de grasa, polvo y telaraña. Y a pesar de todo este aspecto de muladar miserable, el restaurante de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero” hierve de visitantes de la media noche y de toda índole callejera: putas borrachas altaneras con ínfulas de muñequitas de la mafia que piden la comida con su tronar de dedos de piruja mal pagada y su chicle envenenado de alcohol, semen, y rebaje de cocaína: “apúrate, mi amor, quiero bajar el asco y el avión”; vagabundos con la cabeza tronada por el cristal combustible de mala calidad: “regálenme un taco gente, si conocen la calle conocen a Dios y yo soy su hijo, aunque parezca lo contrario”; jóvenes mariguanos con su mirar ingenuo desde su mundo alterado y su risa desternillada y fuera de control, jóvenes mariguanos voraces: “sírveme dos hamburguesas y dos cocas para comer aquí ¡que rico huele todo esto!” hombres mandaderos cocainómanos apanicados por tanto circo incidental: “tra-tra-traigo prisa, Vero ¿me haces el favor?; parejas de enamorados que vienen a quitarse el sabor a besos, el sabor a genitales y a borrar el aroma penetrante y tedioso a sexo de su piel pegajosa del sudor seco de la refriega física con el olor a manteca rancia y el menjurje que ofrece esta mujer. Llegan también jotos esquivos o escandalosos que piden su comida en voz baja o a gritos en sus explosiones de júbilo afeminado: “¡ay!, ¡Verolis! Dos hamverguesas de milarguesa con mucha mucha mayonesa y crema, ¡crema de esa trasparentosa que usas y que parece ya sabes qué!” y también le visitan gente igual a Renato y a mí, personas  que llegan a reposar la tristeza (la penas con pan serán menores siempre) y pide la comida con timidez, con miedo de romper el encanto de este mundejo que gira y nos ignora hundido en su penar multicolor.

Y veo comer a Renato desde la distancia de mi plato. Parece que al fin su mirada le ha puesto atención al mundo, su mirada está fija al fin en algo concreto: su hamburguesa y el vigilar de su lento masticar, el trago sin prisas a su botella de coca-cola; su mirada se ve animada al fin, al fin Renato dirige sus pupilas en las mías y veo en ellas toda la intención de hablar; termina al fin de comer, observo como es que se limpia la boca y la nariz (con maneras de marica) embarrados de mostaza, traga saliva, eructa con un sonido acuoso, me mira unos instantes, tamborilea la mesa y dice: “no puedo vivir sin esa mujer que me ha poblado el mundo y luego me lo ha, de mala manera, dejado bien abandonado”

Renato está enamorado una vez más de otra mujer equivocada en un mundo de imposibles.

Conoció a Marimar en uno de sus viajes al norte del país, en la presentación de un libro de relatos cortos (“buttensmileys”, se llama el libro) escrito por un joven baja californiano. Renato en su madurez, con sus treintaisiete años mal gastados en alcoholemias y putas es malo para el amor. Renato maduro se atolondra ante el amor, se vuelca, se arrebata, se vacía. Por eso pierde siempre. Se enamora sin motivo evidente.

Marimar es una mujer vivida en las lides del amor y desamor; es una muchacha capaz de abrir las piernas para divertirse y aunque su ternura por los hombres es una cualidad que no le permite hacerles daño de forma malintencionada ella es también incapaz de sentirse obligada por compromisos serios hacia alguno de nosotros. Marimar es buena farra, buena copa, querendona, apasionada en la cama pero, como es obvio o evidente, le tiene mucho miedo a su propio corazón; Marimar pues, no es afecta a prolongar más de tres meses una relación de pareja sexual; ella es incasable, es puro cotorreo y entonces Renato es para ella puro cotorreo.

Pero Renato se arrebató desde el día en que ella le saludó con sus ojazos azules pícaros aquella tarde de tertulia literaria en los muelles de Ensenada. Renato se volcó por esos ojos de mar bravo y ella respondió con su ternura, con su vocación para la aventura color rosa mentiroso de cafés en terrazas con vista al mar, en parques cinematográficos de franquicias norteamericanas (películas cursis sobre comedias románticas). Marimar, la “princesa sideral”, rodó su película clase “b” y Renato se creyó el galán. La película no podía tener un gran final y Renato terminó derramando las dolorosas lágrimas de su madurez ingenua para las cosas del amor y sus mujeres y ellas y su entendimiento moderno y “chic” acerca del amor.

Y Renato trae arrastrando ese parque cinematográfico dese el puerto de Ensenada hasta este mugroso puesto de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero”, acá, en Culiacán Sinaloa. Renato llora sus lágrimas de la madurez desesperada para que su triste película color rosa feo jamás termine.

Y aquí estoy frente a él para escuchar otra vez su dolor hecho alcoholemia y vagancia nocturna y triste. Renato hace a un lado su plato, niega con su cabeza pesada de tontera, vapor etílico y tristeza, me mira con sus ojos a punto de derramarse como cascadas de dolor, cascadas con sonidos de historias sobre muelles, cafetines ante amaneceres brumosos, balcones que miran barcos que se despiden de la tierra con sus enormes trompetas que braman como los gigantes mounstros mitológicos de los archipiélagos griegos de Homero. Y Renato me cuenta que le es imposible vivir sin ese mar enorme color azul en este desierto enorme y con ese sol que le quema los años vividos con un ardor que lo conturba. Le replico que comprendo perfectamente, que yo sé lo que es vivir amor y luego perder para siempre; le digo que conozco el vacío pero no caigo en él. Renato me dice que es difícil vivir en una esperanza mal fundada, que es difícil padecer desesperanza, que es imposible animarse a vivir sin esos ojos de mar bravo y esas sonrisas y esas piernas aromadas, esa ternura pura y malentendida; es imposible sin ese portento de mujer sublimada por su necesidad de amor triste y madura. Un príncipe rosa sin princesa. Renato llora en su madurez y le comprendo,  como comprendo mi refugio ante el dolor.

¿Vamos por una puta? Termina preguntándome con su boca torcida y su mirar perdido en el fondo de su miseria estancada. Renato y su madurez.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

UNA HORA DE ETERNIDAD

 

Matías Mateus

2da Parte

 

 

 

 

Minuto 13

 

Le devuelvo las manos a los bolsillos y continúo mi marcha mirando al piso. Cuando no está el café frente a uno, se hace difícil buscar un tema de conversación. Las hebras del humo son buenas escuchando, hasta que se cansan y desaparecen, pero durante la danza sobre la taza son fieles aliadas.

Los bolsillos son buenos también, aunque no son muy partidarios de la dialéctica. Ellos básicamente contienen con calidez y entusiasmo. Lo arropan a uno con total desinterés; como todas las cosas, eso tiene su lado negativo. El problema de los bolsillos es que no saben decir que no, solo cuando un agujero se forma en el fondo, ahí sí varía el mapa. Salvando ese peñasco, son muy dóciles y eso se torna peligroso. Porque del mismo modo que calientan las manos y brindan contención, sirven para guardar elementos que un hombre con mis características no debería llevar consigo bajo ningún concepto.

 

Minuto 14

 

Al abrir la puerta me choqué con la foto que me saqué con Beatriz el día de nuestro casamiento y la insulté entre dientes, como quien se hace la cruz cuando pasa frente a una iglesia. Prendí la televisión con toda intención de molestarla y fui al baño a darme una ducha.

Qué ganas de darle una patada en el orto y hacerla desaparecer. Aunque prefiero soportarla en casa antes de comprarme un problema, si inicio el trámite de divorcio va a hacer todo lo posible para sacarme lo poco que tengo, como si alguna vez en su mísera vida hubiese contribuido en algo.

Prendí la luz del dormitorio y observé cómo la muy puta finge estar dormida mientras termino de secarme.

Buenas noches, amor —dije y me fui a buscar una cerveza a la heladera.

Subí el volumen de la televisión asegurándome que perturbara su descanso y me recosté sobre el sofá.

 

 

 

Minuto 15

 

 

Gordo cornudo —dije ahogando las palabras en la almohada—. Siempre hace lo mismo. Entra al cuarto y deja las luces prendidas.

Aproveché para ir a la cocina a tomar un vaso con agua y lo vi con su típica y asquerosa pose sobre el sofá.

¿Cómo te fue? —le pregunté como si me importara y seguí caminando.

Serví en el vaso y escuché un sonido gutural que fui incapaz de discernir si se trataba de un insulto, una respuesta decente o qué.

Me quité la bata para volver al dormitorio y con maliciosa intención pasé delante de él exhibiéndole el culo, que a pesar de los años sigue firme y apetitoso. No creo que se le pueda parar al gordo, pero si llega a lograrlo que se haga una paja.

Me encerré en el cuarto riéndome por la maldad y me tiré en la cama llevándome una mano a la entrepierna que empezó a humedecerse al recordar la visita de Santiago.

 

Minuto 16

 

Si tuviera a Ramiro delante, le daría toda la razón con un abrazo incluido.

Esa vieja te va a traer terrible quilombo, Santi. No seas pelotudo.

Ramiro siempre me cantó la justa, no se guardó nada por más que le haya puesto cara de ojete una que otra vez. Pero siempre fue de frente y jamás con mala leche.

No ves que la vieja te usa para que le hagas el service —me reía del modo en que se expresaba. Esa posesión que lo caracterizaba cuando se ponía a hablar en serio me causaba cierta gracia, le quedaban los ojos desorbitados y la cara como un tomate—. Como el gordo no puede, te usa a vos, pero tené mucho cuidado, es un tipo jodido.

Se terminaba calentando él en el lugar de uno, más cuando te reías de las ocurrencias que le saltaban por los poros durante sus aconsejadores discursos.

Dame bola, pelotudo —terminaba diciéndome y me plantaba un cachetazo en la nuca. Siempre me trató como a un hermano menor y la vieja no dudó nunca en agradecérselo. 

 

 

Minuto 17

 

 

¿Ya son las siete de la mañana?, me dije cuando escuché que vibraba el celular sobre la madera de la mesa de luz.

Arrancarme del inconsciente de forma abrupta me hizo confundir el sonido del despertador con el de llamada.

¿Quién será? Abrí un ojo solo ya que me encandilaba la brillante luz de la pantalla del teléfono

¿Olga? —contesté sobresaltado.

Era difícil que una llamada a esa hora trajera buenas nuevas, mucho menos si provenía de la madre de un amigo. El susurro inaudible que provenía del otro lado me impedía entenderla. Es una mujer muy castigada por los achaques de la edad, las obligadas ausencias del marido recrudecían su estado y los permanentes vaivenes anímicos del hijo no colaboraban en absoluto.  

En diez minutos estoy por ahí —dije aún sin entender qué ocurría.

 

 

Minuto 18

 

 

No alcanzaba a ver nada por la ventana. Solo oía el gemido de dolor al otro lado de la pared y algunas sirenas que se acercaban.

Estas puntadas no me dan tregua —dije susurrando.

Afuera el gemido se había apagado y las sirenas sonaban mucho más cerca. Adentro de mi cabeza parecía que un taladro perforaba mi cerebro.

Algunas luces brillaron en la acera de enfrente y tras ellas varias personas empezaron a asomarse en la vereda. Los rostros de desconcierto que distinguía desde mi ventana provocaron una palpitación más aguda en mis sienes. El sonido a metal golpeó más fuerte y con mayor frecuencia.

Olga, Olga ¿Está ahí? —La puerta empezó a sacudirse con algunos golpes—. Olga —volvieron a llamar con insistencia.

Arrastré los pies hasta la puerta y abrí.

 

 

Minuto 19

 

 

¿Dónde se metió esta mina? —volví a revisar los bolsillos y solo encontré el fierro, que a esa altura me estaba quemando las manos.

Tomé un par de pasos de carrera y le di una patada fuerte al pestillo, apenas se movió, intenté con el hombro y nada. Medité la estúpida idea de romper la cerradura con un disparo y la hice a un lado de inmediato.

Tengo que encanutarme ya —dije con desesperación—. No puedo seguir pelotudeando acá afuera.

Arremetí nuevamente con todas mis fuerzas y la puerta cedió. Caminé tropezando con el desorden que había en el living, encendí la luz del dormitorio y encontré los cajones de la cómoda tirados en el suelo.

¡Qué hija de mil putas! —grité y descargué el puño contra una pared—. Esta zorra se voló y me robó toda la guita.

 

 

Minuto 20

 

Abrí los ojos al escuchar pasos acercándose por el corredor. No era la primera vez que me sobresaltaba con el sordo sonido de los pies. La llave giró y el chirrido de la puerta antecedió la entrada de un haz de luz. El olor era inconfundible, era el mismo que me quitaba el sueño y me erizaba de pies a cabeza.

Cayó sobre el colchón intensificando el asfixiante hedor a alcohol, se giró ruidosamente poniéndome una mano sobre el pecho. Procuré minimizar la contractura que me generó el contacto con su asquerosa mano.

Descendió con brusquedad hasta la entrepierna e intentó con torpeza correrme la ropa interior, ladeé el cuerpo con intención de eludirlo y me clavó las uñas, lastimándome las piernas. Volví a moverme para zafar de su presión, que aumentó al sentir la resistencia, inmovilizándome, con la mano libre cayó sobre mi cuello ejerciendo la misma presión.

El metal produjo un agudo sonido al asomarse bajo la almohada.

 

 

 

Minuto 21

 

 

Escupí al piso y noté que sangraba. Me limpié la boca con la manga de la remera y procuré caminar lo más rápido que el dolor me permitía.

Revisé los bolsillos y noté que aún tenía los paquetitos con la guita que había encontrado. Debe estar como loco, pensé, la paliza que recién me dieron se había esfumado de mi mente con la misma velocidad que la recibí. Mi vida en este momento dependía del humor de otra persona y principalmente del tiempo que demore en encontrarme.

Seguramente ya habrá notado que algo extraño pasó en su casa y sospechará indudablemente que fui la responsable.

Me aterraba caminar los últimos metros que me quedaban, un sentimiento persecutorio se apoderó de mí, haciéndome dudar. Quizás estuviese esperándome en la entrada de la casa de mi madre.

Miré hacia todos lados y me acerqué a la puerta procurando no hacer ruido alguno.

 

 

Minuto 22    

 

 

¡Por qué tengo que estar pasando por esto! —grité con impotencia. Le di una trompada a la puerta del baño y me largué a llorar por la rabia contenida.

Es imposible pensar con lucidez, cuando el agobio es tan grande y las posibilidades de encontrarle una vuelta al problema se tornan esquivas.

Tampoco podés hacerte cargo de la culpa —me dijo una amiga.

Sí, tenés razón —contesté sin convicción— ¿Pero, de qué modo me deslindo de esto sin perder el trabajo?

Otra sería la historia si se tratara de un enfermito común y corriente, pero al ser el protegido del directorio, con ínfulas de todo poderoso e incapaz de poner a funcionar el raciocinio, todo se torna más duro.

Me enfrenté al espejo y lo golpeé con fuerza. Mi rostro envuelto en lágrimas quedó surcado por las grietas del cristal quebrado.

 

 

 

Minuto 23

 

Desde la enfermería escuché un estruendo e inmediatamente me dirigí hacia el baño.

¿Patri, estás bien? —grité al verla inmóvil frente al espejo roto.

Tenía las manos llenas de sangre apoyadas sobre la mesada, con su mirada perdida en lo que quedaba del espejo.

Patri, mi amor ¿Qué pasó? —volví a preguntar extrañada por lo que estaba viendo.

Con un dejo de temor, apoyé mis manos sobre sus hombros y lentamente la conduje hacia una pileta limpia.

¿Qué pasó? —dijo Silvia al asomar la cabeza por la puerta.

Anda a preparar las cosas para curarla —le ordené sin mirarla.

Patricia permitía conducirse dócilmente, pero estaba completamente extraviada sin emitir ningún sonido. Comprobé que no tuviese rastros de vidrios en las manos, terminé de curarla y le di un beso en su mejilla empapada por las lágrimas.

 

 

Minuto 24

 

¿Y ahora? Ya estás viejo, Juancito. Me dije buscándome en el retrovisor del auto. Mirá esas canas asomando, no sos ni la sombra de lo que eras hace dos años. No es para menos, jamás estamos preparados para una pérdida así y de forma tan repentina. Pero hay vida por delante y lo único que me queda es seguir, seguir lo mejor posible.

Volví la vista hacia la casa. La luz en la ventana me dio la pista que aún seguía por allí, merodeando la puerta.

No es fácil, Juan, claro que no es fácil. Pero qué pensás hacer. ¿Manejar este tacho hasta que te jubiles y dedicarte a escuchar la radio hasta que venga la huesuda a buscarte?

Aunque nos cueste, aunque nos aterre, es necesario patear el tablero de vez en cuando y sacudir el amodorrado transcurrir. Sino, a santo de qué sigo arriba del taxi, para pagar las cuentas, comer algo a la pasada y sestear cuando no levanto pasaje. 

Le di una palmadita al volante como si fuera un talismán y me bajé con decisión.

 

 

Publicado en Novelas por entrega

 

 

EL CORREDOR DE LAS NINFAS / novela, tercer entrega /

Adán Echeverría

 

 

 

5.

 

 

"¿Quién?", preguntó Enrique poniéndose detrás de la puerta de su departamento, y cogiendo la pistola como un acto reflejo.

-- Rilma. Vengo por ti para ir a la estación.

-- ¿Qué haces acá tan temprano?,-- preguntó Enrique quitando los cerrojos y abriendo la puerta.

-- El sospechoso ha despertado y tenemos que hablar con él, ya son más de las 10 de la mañana. --Enrique cubría la puerta con su cuerpo. Rilma estaba de pie mirando el hermoso cuerpo de su compañero enfundado únicamente en una toalla blanca. --Estás herido--, miraba cada una de las quemaduras sobre el cuerpo de su compañero.

-- Entra no te quedes en la puerta. Voy a vestirme.

-- ¿Quieres que te lleve al hospital antes?, --pero Enrique ya se estaba exprimiendo un tubo de pasta dental en las quemaduras de los brazos, el rostro, el muslo, y le acercó el tubo a Rilma para que le pusiera la pasta en las quemaduras de la espalda.

-- No tienes que fingir que no te duele.-- Enrique la miró sin ánimo.

-- Gracias. No tienes idea de cómo me ayuda la pasta en este momento.

-- Es un tipo extraño, el sospechoso; --comentó Rilma mientras manejaba.-- Cuando lo encontramos en la camioneta pensamos que estaba muerto, no se movía. Los paramédicos nos dijeron que seguía vivo pero inconsciente. La camioneta esta limpia, no encontraron mas huellas que las suyas.

--¿Ya supieron cuántos muertos hay?

-- Más de 40. Casi todos son jovencitos. El expediente nos espera en la estación.

Enrique nunca volvió a la Ciudad de México. Un amigo se quedó con el departamento que acababa de conseguir y le mandó sus cosas por paquetería. Decidió ingresar al sistema judicial de inmediato. Su físico, tanto como su intelecto y su dedicación le hicieron lograrlo en menos de dos años. Quería estar cerca de la investigación sobre el asesinato de Elena, pero estaba entrampado; el o los asesinos se habían borrado del mapa. El capitán Lorenzo Segura lo recibió al instante en su departamento, los casos rebosaban los archiveros, se dedicaría a "todos los casos relacionados con violencia contra la mujer, violaciones, asesinatos, robos, discusiones domésticas"; fue cuando comenzó a trabajar con Rilma sobre los abusos sexuales que ocurrieran en la ciudad y en el estado. Con dos meses apenas en el departamento, se metieron en la denuncia que hicieron de un profesor al que acusaban de abusar sexualmente de dos preparatorianas, y que inundó la prensa, gracias a una mamá que acudió al periódico en busca de la ayuda que según creía, ni el Instituto ni la policía le estaban brindando.

Fue un caso poco complicado. El profesor no negó ni aceptó los cargos. Sólo una muchacha acudió a las pesquisas; los familiares de la segunda no quisieron seguir con la denuncia, no se presentaron, y no quisieron hablar con la prensa ni con la policía. En cambio, la otra, Patricia Cáceres, si habló con la policía y dijo que estaba enamorada del profesor y que por supuesto que lo visitaba en su casa porque ahí tomaba asesorías para sus materias de la preparatoria. Dijo que él jamás se había propasado con ella, pero que ella insistentemente le mandaba cartas y notitas para meterlo en problemas con su esposa, la directora del plantel, para que su esposa lo dejara.

La madre de Patricia encontró las cartas sexualmente explícitas. Y la joven dijo haber escrito todas las cartas sólo como una fantasía, para que la esposa las encontrara, lo metería en problemas y terminaría por dejarlo. Pero que nada de lo que las cartas decían era cierto. Los estudios físicos en la joven, realizados a petición de la madre, mostraron que no era virgen; pero Audomaro, un muchacho –compañero de la misma preparatoria- que dijo ser su novio confirmó la versión de Patricia, de llevar meses teniendo sexo con la joven. Los padres de ambos se pusieron de acuerdo y reprimieron a los jovencitos, pidiéndoles que llevaran un noviazgo en forma. Pero los chicos ya se habían distanciado, y al no haber indicios de embarazo ni de aborto, los cargos en contra del profesor se desestimaron. Aún así la directora, y esposa del profesor, le pidió la renuncia y el divorcio, y éste accedió sin problema. Llegaron a un acuerdo, se retiró la denuncia, y el profesor y la directora se divorciaron.

--¿Sabes cómo se llama el sospechoso?

--Dime.

--Óscar Garfias.

--¿No es el profesor que habíamos investigado antes, por la denuncia de aquella mujer? ¿Al que luego protegiera la alumna? ¿Se desestimó el caso, verdad?

--Es el mismo. Lo entrevistamos porque la madre dijo a la prensa que había violado a su hija pero no pudimos probarlo porque la chica lo defendió. Sólo le pidieron su renuncia en el Instituto. Pero no sólo eso. Las víctimas, quizá la mayoría, son estudiantes de la misma escuela donde estudiaba aquella chiquilla de secundaria, ¿cómo se llamaba?, Mariana Bojórquez, que entrevistamos cuando desaparecieron tres jovencitos de una banda de delincuentes del sur.

-- O sea que este es el tercer caso en el que se involucran alumnos de ese Instituto.

-- Parece que todas las víctimas del incendio son alumnos de ese lugar.

-- Pero el profesor qué hacía ahí, ¿no que le habían pedido su renuncia?

-- Exacto. Parece que a esta excursión igual venía esa misma chica que conocía a los niños desaparecidos, a los chicos banda. Pero no me creas, hay que cotejar bien todos los datos que tenemos hasta ahora. Y no sólo eso, la excursión en la Hacienda Tabi, era organizada por el mismo plantel. Y eso no es todo, no aparecen ni la directora, ni cuatro chicas que eran estudiantes y…

-- No me digas… Una de las chicas es la misma Patricia Cáceres. ¿Acaso esta Patricia es la misma Jill Inked?

-- ¿Jill Inked?

-- La que mencionaran tanto Patricia Cáceres. ¿Recuerdas que había otra chica involucrada? Al menos que fuera solo una. Que siempre se haya tratado de solo una. Jill Inked puede ser cualquiera.

-- Cierto, eran dos las chicas que supuestamente habían sido abusadas por el profesor.

-- Pues la Mariana Bojórquez había mencionado también a Jill Inked. Hay que revisar su declaración. Pidió que se le llamara. Y vino una chica, en uniforme escolar, y con lentes de sol –jamás la voy a olvidar- acompañada de una mujer adulta que pagó la fianza de la chamaca. Ya que sólo se le había detenido porque se le vio brincar hacia dentro de una propiedad, justo cerca de la casa de uno de los chicos que habían desaparecido. Pero no teníamos de qué más acusarla. ¿Entonces la tal Mariana Bojórquez, se cuenta entre las víctimas del incendio?

-- No lo sé. Hay que identificar a esa Jill Inked y ver por dónde nos lleva. Pero espérate. Ahora mismo están entrevistando a los padres de todos los estudiantes. En total hay 45 cadáveres entre 13 y 17 años. 35 niñas y 10 muchachos. Más los cinco desaparecidos. En la camioneta del sospechoso se encontraron palas y picos, y él tenía la ropa y las uñas llenas de tierra. Pero no había más huellas. Se encontró igual el cadáver de una mujer adulta. Quizá sea la esposa del profesor, la ex esposa, la que era directora.

-- Pensaba enterrarlas. Pero a ver, dime, un día se le antojó matar a 50 personas todas juntas ¿y nadie se iba a dar cuenta? Entonces por qué enterrar a cinco. ¿Por qué desaparecer el cadáver de tan solo cinco personas?

-- No lo sé. Él no presentó quemaduras de ningún tipo. La camioneta está a su nombre. La compró con el dinero que le dieron al liquidarlo del Instituto.

--A ver, a ver, Rilma, no saquemos conclusiones apresuradas. No sabemos qué es lo que está pasando. Necesitamos citar a los padres, a los maestros, a los vecinos. Por lo pronto tenemos que volver a hablar con él. Esto es lo que creo, y si tú tienes otra idea dímela, para continuar armando la investigación. Al tipo lo deja la esposa, que es al mismo tiempo la directora del plantel, de donde lo corren. Lo dejan como hombre, lo arruinan como profesor. Porque la prensa lo había acusado de "violador de sus alumnas".

-- Al menos de acosador. Pero la prensa igual dijo que se desestimaron las pruebas.

-- Pero la duda ya está sembrada. El tipo no puede conseguir trabajo, y su vida se ha arruinado. Ahí tienes el móvil. Se entera del campamento y va a matar a su ex esposa, prende fuego –por eso no tiene quemaduras- pero se le sale de control porque estamos en secas, y todo coge fuego demasiado rápido, por lo que termina matándolos a todos.

-- Es muy probable. Te ves terrible, ¿en verdad que no quieres ir al doctor?

-- Bueno ya veré a la doctora de la estación. No es nada grave, son quemaduras leves.

-- Pues se ven terribles... ¿Pero, qué tiene que ver entonces la chica aquella… Jill Inked?

-- Aún no lo sabemos. Solo su nombre ha salido en dos casos distintos. Por ahora tenemos a un profesor, al que investigamos por segunda vez. Tenemos igual cuatro nombres, bueno tres nombres y un alias: Patricia Cáceres, Mariana Bojórquez –que sabemos que estudian en ese colegio-, tenemos a la directora ¿cuál es su nombre..?

-- Me parece que se llamaba Luisa… Luisa Sebastián, o algo por el estilo.

-- Y a este profesor que atrapamos huyendo de la escena del crimen. Creo que tenemos suficiente material para que cualquier juez nos de "bateo libre" para interrogar a todos los personajes… Ah… y el alias… la tal Jill Inked.

Antes de entrar a hablar con el sospechoso, Enrique se asomó al cuarto del video, y se percató de que dos cámaras se encontraban filmando la sala del interrogatorio, y miró al profesor Óscar Garfias, sentado, erguido, la espalda derecha, y mirando fijo hacia la puerta. Desde que lo metieron ahí se había portado por demás silencioso. Le estaban sirviendo un café y cigarrillos. Llevaba tres horas aislado en aquella habitación. Enrique y Rilma repasaron la evidencia que les habían entregado. El informe del departamento de bomberos. Al parecer el incendio se desató a las 4.45 de la mañana.

Había dos fogatas en la parte exterior del complejo de las cabañas. La hacienda de Tabi se había vuelto un parador turístico, y así como se había remodelado el casco de la hacienda para servir de hotel, de la misma forma se habían construido un pequeño complejo de cabañas. Cada cabaña podía albergar hasta 10 personas. Se contaba con tres literas y cuatro hamacas por cabaña. Las cuatro cabañas tenían un pequeño recibidor y formaban un pequeño cuadrado con un patio interior, donde se había dejado espacio para una plaza de desafíos, que había sido habilitado para levantar una tercera fogata, la mayor de las tres. La que les sirviera para el entretenimiento y no para cocinar.

Las personas se fueron a dormir, y el viento que sopló en la madrugada parece haber levantado pequeñas brasas hacia la paja de las cabañas. Eso aunado a la yesca que había en la plaza de desafíos, tanto como las hojas secas del suelo y la vegetación que había alrededor, hicieron prender las cabañas de manera inmediata. Las cabañas poseen dos puertas, una hacia el exterior y otra hacia el patio interior. Pero por meter más personas a cada cabaña, habían tapado las puertas exteriores de las cabañas acostándose en el suelo, o pegando las literas a las puertas o atravesando las hamacas, por lo que las puertas exteriores estaban todas cerradas, bloqueando las salidas.

Sólo dos adultos se encontraron muertos. Uno era una mujer joven, y el otro era un hombre que al parecer cuidaba la hacienda. Hasta acá todo parece indicar que se trató de un fatal accidente, sin embargo, en todas las cabañas los cadáveres se encontraron desnudos. En lo que se pudo rescatar de algunos cadáveres que no se carbonizaron, se pudo notar rastros vaginas, rectos y el interior de bocas, resequedades de semen. El fuego destruyó la mayor parte de la evidencia, pero esas pequeñas pistas encontradas en jóvenes de distintas cabañas y en distintos sexos, hace tomar las precauciones de los accidentes. Eran jóvenes relacionados a actos sexuales, eran jóvenes menores de edad, más de cuarenta, y sólo dos adultos, que terminaron muertos.

El profesor Óscar Garfias fue encontrado cerca de la escena del crimen, en una camioneta. El detective Enrique García dio aviso de una posible fuga al escuchar el ruido del motor que intentaba escapar, y luego se le encontró desmayado en una camioneta que chocó contra un árbol. Sin embargo existen indicios que permiten creer que el hombre se encontraba inconsciente mucho antes de que el incendio sucediera.

-- No comprendo. Qué quiere decir esto de que llevaba más tiempo desmayado.

-- Lo es. El incendio ocurrió a las 4 de la mañana, y según los rastros encontrados en la camioneta el choque pudo ocurrir desde las ocho de la noche. Hay hojas, insectos, picaduras en el cuerpo del sospechoso que parece indicar que llevaba horas desmayado.

-- Eso es imposible, Rilma, yo escuché la camioneta salir huyendo. La vi incluso y quise correr tras ella. ¿Crees que no sé lo que vi?

-- Te estoy leyendo lo que dicen los reportes y la evidencia. El sospecho demostró en su análisis de sangre y orina, todo un coctel de químicos que parece un milagro que esté vivo. Despertó hace unas horas, muy confundido y silencioso. No ha hablado con nadie.

-- Eso tiraría por la borda la teoría de que el incendió las cabañas.

-- Eso parece.


 

 

 

6.

 

 

-- Claro que no, jamás... No estoy en busca de nuevas relaciones, sino de nuevas emociones... ¡entiéndase!-- Les gritó Jill, mientras caminaba en la plaza de desafíos, dejando que toda su belleza irradiara ese mágico brillo de placer sobre el rostro de los jovencitos. La noche no quería terminar, y el aroma que manaba de las plantas de alrededor del casco de la hacienda cubría los cuerpos, aún, llenos de besos, llenos de sangre, llenos de fluidos. Las Dead Planters corrieron tras ellas, dejando que sus tetitas rebotaran en su cuerpo con la pequeña carrera que hicieron. La orgía había entrado en un receso. La juventud y la inexperiencia hacía presa de los pequeños y delgados cuerpos que rodaban por el pasto. Jill se paró justo antes de entrar a su cabaña. Gogo Flux le puso la capa roja de nuevo sobre la espalda, mientras que Irly Salpe se ponía en cuatro patas, para que Violeta Sookie se subiera en su espalda y coronara de nuevo a Jill, ante la risa y el grito de todos los presentes. Gogo se paró delante de todos.

-- ¡¡Viva nuestra reina!! Viva nuestra querida Jill. Diosa del sexo, del amor, de la rebeldía. Es Jill la que nos ha regalado esta noche. Esta noche toda carne. Esta noche toda fiesta. Una noche lejos de los padres. Una noche lejos de todo aquello que nos ha causado represión. ¡¡¡Viva Jill!!

Y la multitud clamaba enardecida: Salve Valve Vulva Inculda. Salve Valve Vulva Iculda. Salve Valve Vulva Aguida. Y Jill se paraba encima de la espalda de Irly Salpe, y elevaba al cielo El Cetro del Amor que se había construido, y que representaba –como bien lo había dejado claro en el cuerpo de aquel pobre velador- representaba la Furia de la Juventud que sabía castigar la opresión.

Dentro de la cabaña, Luisa escuchaba los gritos, mientras dejaba que dos jovencitas de catorce años siguieran lamiéndole la vulva. Ella sabía que la soledad es el espejo en el que nadie quiere mirarse. Y detenida dentro del sexo, sabía muy bien que su destino se había esclarecido desde que sintió los labios de aquella pequeña desgarbada Victoria Lamas, antes de que se convirtiera en la reina Jill Inked, antes de que asumiera su destino.

Porque el destino de cada quien es único pero se deja influenciar e influencía el destino de los que te rodean. Ese donde uno se mira y puede buscar en cada gesto, en cada arruga, los retazos de recuerdos que le irán armando la experiencia. Luego del divorcio, Óscar Garfias se mudó y se llevó con ello su soledad y la esperanza de poder olvidarse un poco de lo que había vivido los últimos cinco meses. Desde que la hermosa Jill Inked había ingresado al Instituto el huracán de su presencia se había desatado. ¿Dónde aquellas palabras de amor entre Luisa y él? La tienen hipnotizada. La mantienen drogada. Ni siquiera quiso mirarme de frente cuando me hizo firmar la renuncia, y tampoco quiso verme cuando comenzamos las pesquisas del divorcio. Ellas siempre están con ella. Van en su carro las cuatro, con mi Luisa. Necesito hablar con ella, ponerme de acuerdo. La soledad es un ave extraña, come de a poco, y nunca se sacia.

-- Estoy calmado, capitán.

-- Bien, porque te necesito en este caso hasta el final. Tienes que ser inteligente para que podamos obtener lo que necesitamos.

-- Se muy bien quienes son las chicas que no aparecen.

-- Entonces usted acepta que ellas estuvieron también en la hacienda.

-- Se lo estoy diciendo detective, se que ellas estuvieron allá, se de lo que son capaces y sé muy bien dónde pueden estar ahora.

-- ¿Dónde? Díganos, sus padres están esperando noticias de sus hijos, quieren saber qué ocurrió. Nuestros forenses tienen un maldito rompecabezas que armar con tantos fragmentos de cuerpos.

-- Son tres niñas de preparatoria y una chica de la secundaria. Dos tienen 16 años, una de 15 y la otra de 13 años. Jill Inked, Gogo Flux, Irly Salpe y Violeta Sookie.

-- A ellas se refiere. ¿Así las nombra?

-- Ese es su nombre de batalla. Tiene que creerme. Darse cuenta de lo que está ocurriendo. Se tratan de Irma Suelí, Irlanda Escobedo, Mariana Bojórquez, y Victoria Lamas. Mire bien: Irma es Gogo Flux, la encargada de contactar a los clientes. Irlanda es Irly una de las guarda espaldas, es muy violenta. La más fogosa es Gogo Flux la de 15 años; Mariana Bojórquez es la chica de 13 años, hace todo lo que Jill le dice, jamás desobedece, es Violeta Sookie, y Jill, oh dios, Jill, ella es un íncubo, se llama Victoria Lamas, es una pequeña rubia bipolar diagnosticada, de dieciséis años, que ha dejado atrás todo respeto por las autoridades. Tiene tatuadas en el bajo vientre dos libélulas en pleno vuelo, y en la espina dorsal se ha tatuado una espada Excalibur, como señal de su unión, son un solo ente con cuatro cabezas. Jill es una muchacha traicionera, calculadora. No puedo negar que a mi mismo me aterra. Debí advertir a Luisa cuando Jill comenzó a actuar por su cuenta. Debimos haber desbaratado el club, pero maldita sea, se que no soy un santo, por eso aceptaré toda la culpa que quieran imponerme. Ellas tienen a mi esposa.

-- Tu esposa está acá, con nosotros, en la morgue; te hemos mostrado la foto de su cadáver.

- No es ella. ¡Lléveme a verla! Revisen la escuela, los archivos, revisen mi casa, la casa de mi ex esposa, busquen detalles, o simple, déjenme identificarla. Jill no pudo haberla matado.

-- De qué hablas, profesor. Es a ti a quien estamos por acusar del asesinato de tu esposa, y de cuatro decenas de estudiantes.

-- Ustedes no entienden. Yo fui a la Hacienda Tabi a rescatar a mi esposa. Si soy culpable de algo es de intentar matar a cuatro jóvenes menores de edad. Eso era lo que intentaba. Me descubrieron. Intenté huir y choqué. Ustedes me tienen desde que desperté.

Apenas a los dos meses de conocernos. Nos casamos. No invitamos a nadie, le pedimos a cuatro desconocidos que firmaran como nuestros testigos y nos casamos al salir del turno de la mañana. Cogimos como locos, siempre cogíamos con tal desenfreno, y luego del delicioso bañó abrazaditos, nos regresamos a la preparatoria a cubrir el turno de la tarde.

-- Pero de quiénes habla profesor, quienes son los que siguen huyendo. Hay muchas cosas que aún no entiendo. Tabi es una reserva, cómo llegaron a ella.

-- Pero detective, ¿quiénes cree que son aquellos clientes a los que servíamos en el club?

-- Capitán, esto no tiene pies ni cabeza.

-- Pues tiene que hallarlos detective, hay 45 menores de edad muertos y calcinados, y tengo que entregar a un asesino. ¿Él sospechoso ha dejado entrever que gente pegada al gobierno ha sido partícipe y quizá comience a decirnos nombres que ensucien a muchas personas del gobierno? A dios gracias, detective, es una mujer la gobernadora, quien me ha llamado personalmente para que sea ella a la única a la que se le informe de los pormenores del caso. Así que sólo usted Rilma, Enrique y yo tenemos acceso al sospechoso. Si alguien tiene que caer, pues que caiga, la gobernadora no arruinará su nombre y el del partido por proteger a unos pederastas imbéciles que salgan salpicados por lo que acá ha ocurrido.

-- No tiene tintes políticos, capitán. Eso créame que pude descartarlos.

-- Ya le estás creyendo, Enrique.

-- No se trata de creerle o no. Necesitamos que los forenses cotejen listados, con padres, con fragmentos de ropas, con…

-- Acá tengo otra pista más. Viene de los forenses… Mira… si había otro grupo de huellas de neumáticos.

-- Era una reserva que funcionaba como hotel, en el campo; claro que habrá mayor número de huellas de llantas.

-- Pero si tomas en cuenta lo que dijo el sospechoso, y lo que concluye el peritaje; parece que era otra la camioneta que escuchaste escapar, y no la camioneta que encontramos. Mandaré personal a entrevistar personas de la región, veremos si en el horario que atrapamos al sospechoso, alguien vio salir otra camioneta por las carreteras aledañas. El juego de llantas, va del casco de la hacienda, hacia entroncar con la carretera a Ticul.

-- ¿Y qué me puedes contar de Patricia Cáceres?

Qué tan mal están los pensamientos dentro de uno, que al despertar continúa furioso... Nadie debe despertar enojado. Lo importante en la vida es darse cuenta que al despertar se tiene una nueva oportunidad de mirar la vida, uno despierta y esa primera bocanada de aire debe decirte: carajo sigo vivo... qué suerte, y esa es la felicidad, saberse vivo... uno debe transcurrir el día para que esa felicidad dure hasta que llegue la hora de volver a dormirse en la noche, entonces sabrá que ha vivido bien... despertar enojado es no darse cuenta que se está vivo. Despertarse enojado es pensarse muerto. Pero no había otra forma de ver las cosas. Los intentos por recuperar a Luisa, después del divorcio habían sido en vano. Las cartas de Patricia habían sido una broma. Las cosas se salieron del control, Y Luis enloqueció cuando el buen nombre del colegio apareció dentro de un escándalo en la prensa.

-- ¿Cómo puede ser mi culpa? Yo siempre he hecho lo que tú me pides que haga. Pero desde que empezaste por hacerle más caso a Victoria que a mí las cosas no tienen llenadera. Lo sabes bien, ella controla ya todo. Las cosas se han salido de control Luisa, pero yo te sigo queriendo.

-- Esa es la diferencia, querido; Jill y yo nos amamos.

-- Victoria, dile Victoria; deja eso de Jill para las chamacas como ella. Tienes 38 años, no puedes estar jugando a las locuras de estas chamacas. Jamás serás parte de esa locura en la que andan.

-- La locura ha sido de los tres, pendejo, no te salgas más de cuentos. Si no hubiéramos hablado con el Audomaro para que dijera lo de ser amante de la Patricia, hoy estarías en la cárcel, por violador de menores.

-- ¿De qué me acusas? Los dos estamos en esto. He hecho muchas cosas para darte gusto.

Rilma miraba al profesor Oscar Garfias respirar profundo mientras iba desperdigando las palabras de la historia sobre la grabadora portátil, mientras era filmado por las cámaras de video.

-- Lo supe al mirarla de frente. Al tenerla cerca de mi, sin la continua presencia de Jill Inked. Luisa me quiere, está protegiéndome, está con ellas porque las quiere como hijas y no quiere que les pase nada. La avalancha ya no puede detenerse, Luisa tiene que entenderlo. Yo fui a buscarla justo para eso. Cuando llegué escondí la camioneta cerca de donde me encontraron. Era una fiesta sexual, pero no involucraba adultos. Era como una ordenación. Las Dead Planters empezaron a endiosar al íncubo de Jill Inked,. Victoria Lamas.

Victoria llegó al colegio a medio curso, para enero. Venía expulsada de un colegio de mucho dinero.


 

Publicado en Novelas por entrega

 

 

 

 

Comentarios del Escritor Alberto Calderón Pérez sobre la novela

“Miedo azul sobre un aletear en llamas” de Roberto Rosales

 

Miedo azul sobre un aletear en llamas

 

“Con una reflexión sobre el desprendimiento que necesita el protagonista para no parecer a su progenitor con quien lo comparan continuamente, mostrando las grandes diferencias, esto dicho con una prosa poética cuando menciona la libreta de apuntes de su padre en la cual muestra su elocuente y original sabiduría que atrapa “como pedir deseos a una estrella pálida o como iluminar una casa sin sonreír”, desde la primera frase salta a la vista un envolvente torbellino de acontecimientos que  inician con un incendio silencioso que todo consume incluidos los viejos recuerdos.

Los acontecimientos suceden más allá del bien y el mal, brotan en los momentos inesperados cargados de reflexiones filosóficas con tintes poéticos, a medida que introduce nuevos elementos la historia se torna enigmática” (Alberto Calderón Pérez)

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Miedo azul sobre un aletear en llamas está escrita de una forma “minimalista”, se eliminó toda la parte descriptiva para hacerle al lector una autopista de letras y abandona la pretensión de ser una lectura de entretenimiento para poner a prueba al lector sobre su habilidad de leer entre líneas como lo propone Daniel Cassany en su Análisis del discurso.

 

“Los acontecimientos suceden más allá del bien y el mal, brotan en los momentos inesperados cargados de reflexiones filosóficas con tintes poéticos, a medida que introduce nuevos elementos la historia se torna enigmática, el detective que busca una solución a un caso extraño, a su realidad, a la existencia misma que percibe. Muestra los efectos de una vida cotidiana con personajes que sorpresivamente aparecen y se desvanecen”. (Alberto Calderón Pérez)

 

En la novela he mezclado el género negro, poemas y surrealismo, la formación de un híbrido es arriesgado, pero le da al novel lector la oportunidad de encontrar en una novela el género al que deberá seguir.

“ En la intriga policiaca vemos al solitario detective que tiene presente el recuerdo de la separación de su esposa y por otro lado surge el personaje de la chica que desde pequeña quiso volar y que ahora siendo una joven posee un don lleno de magia en un entorno paralelo en donde finalmente estos dos personajes se cruzan mostrándonos el mundo con otra mirada, rompiendo la realidad aparente con un toque de encanto proporcionado por las aves, destacando el manejo del humor fino, a veces imperceptible, el autor juega con el lector haciendo por momentos una triangulación entre una prosa poética, ficción policiaca y fantasía, todo ello en un ambiente urbano, perturbando su tranquilidad como resultado de la aparición de los cuerpos de grandes figuras del rock en los más inesperados lugares como si fuese el producto de una confusa violencia enrareciendo el ambiente. El mundo concreto aparente es afectado por un caso absurdo pero exquisito a la vez, que plantea una solución a las apariciones de los cuerpos con la frase con la que precede a todos ellos “es mejor la muerte”, que sale de la racionalidad, en una conexión entre dos o más existencias misteriosas, mostrándonos lo real y lo que no lo es, lo auténtico y lo aparente, quiénes somos en verdad, esos otros mundos que influyen al grado de afectar nuestras vidas al punto de ponerlas en riesgo. La aparición de simbolismos que se hacen presentes en su tatuaje, en la frase con la que aparecen los cuerpos, en el alacrán, en la poesía; todos ellos son recursos de la técnica literaria que maneja el autor para proponer otras variantes a la historia. El perfil del detective se presenta cargado de desidia y desánimo aparente sin embargo va tomando en cuenta los acertijos que emergen y que en algunos casos quedan sin respuesta, la historia flota en una realidad con momentos de fantasía, buscando respuestas a su vida y a la problemática de su investigación”. (Alberto Calderón Pérez)

 

Miedo azul sobre un aletear en llamas es mi primer novela y he tratado de cuidar lo verdadero en el texto aunque no se amolde a las formas clásicas de la novela, en el proceso de creación hay una búsqueda interior, una auto-indagación en todo lo que necesita ser palabra escrita, sonido y sentido.


 

El autor va más allá del realismo mágico para incrustarse en la corriente de la literatura japonesa actual al hacer un manejo destacado hacia el interior del personaje principal y a la vez exponiendo su existencia hacia fuera cuando actúa en su entorno, como lo vemos en la narración. La obra hace la propuesta al lector para que observe la vida actual como una rutina monótona convertida en todo lo que tenemos para ofrecer a los demás como consecuencia de un mundo industrializado e insensible cargando cada uno sus problemas emocionales sin poderlos liberar completamente, como decía Cortázar “el hombre se ve sumido en una rutina sin fin” llegando muchas veces a desenlaces inesperados. 

(Alberto Calderón Pérez)

 

 

 

 

 

 

 

Testimonio

El ojo que todo lo ve

Sergio palma

                       Desde el triángulo de las Bermudas                       

  Año: 2003

 

 

 

Testimonio del Ojo que todo lo ve

 

Cursaba la Preparatoria allá por el año 2003. Cierto. Hace un buen  tiempo donde aún existía el audiocassette. En  esa época  tenía un programa radiofónico llamado Spanglish que se transmitía puntualmente los martes y jueves a las cinco de la tarde en XHNAL, Digital 89 que actualmente es concesión radiofónica del Gobierno del Estado de Chiapas. En cada transmisión compartía micrófono con Melvin y Yareth. Realmente éramos jóvenes inquietos que charlábamos sobre temas juveniles novedosos e interesantes; además, lanzábamos los demos musicales que estaban en estreno de cualquier grupo de pop emergentes y bandas de rock alternativo.

       Pero un día llegamos a la estación y no teníamos tema para abordar en el programa; nada para charlar. De inmediato se nos ocurrió hablar sobre el Ántrax que era un tema de moda en diversos medios de comunicación: tanto televisiva como vía  internet (en ese entonces me acuerdo que estaba el buscador Altavista). Y bueno, nosotros inexpertos nos guiábamos por lo que escuchábamos.  Sobre el Ántrax se rumoraba una cosa; otra cosa y raudo la histeria colectiva no se hizo expresar. Decían que mandaban por aviones paquetes y sobres con polvos letales que contenían agentes patógenos propios de una guerra química y biológica. El terrorismo a la alza, vaya. Por cierto recién había sucedido lo del 11 de septiembre, pues estaba “fresquecito” el asunto. Aún recuerdo que el gerente de la estación —que era un comunicólogo cuarentón tan inquieto con alma de joven; pero eso sí, con  un ojo crítico muy agudo y hostil—  respiró profundamente y quedó meditabundo por un par de minutos mientras en su oficina se imprimían los contenidos de  la  información en  hojas de fax.

        A las cinco abrimos cortinilla, y entramos al aire como de costumbre. Me acuerdo que abrimos con la rola  “The zhephyr song” de los Red Hot Chilli Peaper. Animosos y aireados con un poco de fama  nos presentamos; enviamos saludos y atendíamos las peticiones musicales como de costumbre.  A las cinco con quince nos destapamos como acá dicen en la costa; pues empezamos a comentar y a definir qué era el Ántrax a nuestra manera y según las fuentes consultadas. De pronto —ring, ring, rig —escucho el teléfono. De inmediato me tocó recibir la llamada puesto que me situaba al lado de aquel teléfono negro ya desgastado por el uso. ¡Para mi sorpresa! Una voz masculina media “agringada” me empezó a cuestionar que de dónde habíamos sacados la información sobre el Ántrax. El sujeto robotizado y de temple frio afirmó comunicarse desde el Triángulo de las Bermudas e insistía que dejáramos de estar de hablando sobre las guerras biológicas y químicas porque eran asuntos delicados y nos estaban monitoreando vía satélite (ahora entiendo “google maps”, pues ellos tenían una tecnología más sofisticada —me imagino—).


 

       Mis compañeros notaron en mí una palidez y un desbordante nerviosismo que de inmediato mandaron a corte musical. Pero ahí no termina todo, pues les cuento el misterio.

       Durante mi comunicación con aquella voz anónima les confieso que el sujeto tras la bocina empezó a describirnos desde los rasgos físicos hasta las prendas de vestir que llevábamos puesta. Me acuerdo que me dijeron: —A tu lado está un joven moreno con camisa de cuadros color roja; también una joven de orejas amplias; tú que portas una camisa azul y el operador que tiene audífonos puestos y se sitúa  a ustedes— recuerdo que no pude más y le colgué con cierto miedo. De inmediato les comenté a mis compañeros y de manera ingenua miraban hacia el techo y a la alfombra de la cabina en búsqueda de alguna cámara. Pero… ¿cuál cámara? sino había, solamente unos cuantos huecos de los clavos de concreto que se habían retirado.

     Al culminar el programa nadie quería salir de la estación; nadie, ni un pie fuera de las instalaciones que se ubicaba en el edificio Pineda: calle Francisco I. Madero y Avenida Juárez. Y bueno. No tardamos de comentarle al jefe y luego, luego nos exhortó a ser cuidadosos con la información y contenidos que manejábamos. Recuerdo que nos subió a su coche —un Jetta color verde— y nos fue a dejar a cada uno a nuestra casa.

   Desde ese momento entendí que el Imperio nos tienen vigilados a cada segundo, a cada minuto; el ojo luciferino y la era luciferina  va tras el control, manipulación y poder.

 

Quiebracanta

 

Sobre los matorrales dormidos

ha florecido la  quiebracanta

que en su corola blanda

guarda el rocío de la mañana

Porqué siendo tan bella

nace entre escobilla y cizaña;

entre dientes de león, pápalo y verdolaga

¡Oh Quiebracanta!

Quiebra que cantas

campana abierta del alba

que a cualquier mirada encantas:

Azul místico que callas.

Las flores de los pobres

con manos honestas son cortadas

y entre todas las que crecen en el monte

eres la más agraciada

Le pido a Dios que cuando me llame a cuentas

sea en octubre cuando tus botones estallan;

que en vez de carolinas y trinitarias

sean tus campanas que cubran mi lustrosa caja.





Santos óleos

 

 

Estoy tan enfermo que apenas despido el aliento

Mi Alma agoniza a ritmo lento

como agoniza el final de este verso

‹‹¡Ay de mí Astros longevos,

qué estaré pagando!››

―me pregunto en mis adentros―

Cuanto añoro marcharme al Valle de los Huesos

donde florece el lirio negro.

En mis ayeres creyéndome Dios

hice de mi soberbia coraza y yelmo

y de mi lengua una lanza afilada

que apuntaba a los Cielos.

Y es que el cartílago traicionero

en sapiensa de incauto

sala el Alma para años postreros.

Al fin. No tiene hueso y serpentea ofendiendo.

    En verdad cuanto me arrepiento.

¿Qué será de mí ahora que tengo

el embalse hasta el cuello y la muerte

lapida mi agonía por oscuros senderos?

Dios socórreme en esta travesía

que me estoy hundiendo

en un lago de fuego.

 

Arrepentimiento

 

 

Tanto que quise ser

Tanto que ambicioné

Tanto que desprecié

En fin…

Puedo decir tanto y tanto

de lo que me envenenó mi pasado

y seguir conjugando verbos dolorosos

que definieron mis motivos y actos

cuando jugaba a ser dios

y me proclama un divino santo.

¡Qué osadía la mía!

De pensar que nada somos en la Vida.

Nos inflamamos tanto de soberbia

que al caer derrotados en nuestro nicho de dolencias

nos tornamos más noble que una corola tierna

—¡Qué tarde lo entendí!—

Saeta clavada en mi alma gris

Ahora que no puedo probar bocado

que mi verbo se ha secado

y mis riquezas están en el bazar de la miseria

deseo un bálsamo sagrado que venga

de lo Alto o de un Monte Santo.

Dolor ya no te aguanto

Día a día estoy menguando y

mis ojos son dos cántaros llenos

que rebasan día y noche

en mi lecho almidonado

Oh mi Dios, ¿Hasta cuándo será levantado mi calvario?

 

 

 

Bendita miseria

 

 

¿Qué tengo?...

―Nada―

Ni la Vida comprada.

Como me ven me tratan:

perro callejero de las avenidas empolvadas.

Así me definen las almas pútridas de vanidad

que deambulan por los senderos de la Vida Sagrada.

Jamás expreso escozor. No es lo mío.

A menudo pudientes, opulentos  

y sarnosos de la burocracia

me humillan y escupen en mi cara

alegrándose de mí desgracia

Pero el Tiempo es buen amigo

y a la vuelta del destino

me encuentro a muchos de ellos lamiendo el piso

o durmiendo sobre bancos carcomidos.

En fin.

Así  son los giros inesperados de un andar calcinado.

En ocasiones me acerco a enseñarles

las tácticas de todo pordiosero

Desde buscar los desperdicios

en las ramplas de los basureros

hasta hacer un camastro modesto

con cartones a ras de suelo.

Y es que en los andenes de la miseria

he aprendido a ser noble porque se vive

de cualquier caridad.

Deambulando por  senderos grises

le he puesto color a lo poco que tengo

y que por permisión Divina me queda: Vida

Es un martirio vivir y morir al mismo tiempo

mientras el Mundo  se devana en alegría.

   

 

Náufrago

 

I

 

He aquí a la deriva

en este mar de aguas cristalinas

moribundo y con alucinaciones extintas

Olas de sueños me llevan al sol durmiente

donde no hay albatros o gaviotas que en cielo vuelen,

ni peces que a mis pies de muerte se acerquen

Ya van cinco soles y cuatro lunas menguando

más sigo envuelto en este telar argento

—¿Qué queda en mí?—

Un espíritu quebrantado

clamando socorro a llanto amargo

para que se abra la bóveda celeste

y devenga un milagro  

 

II

 

¿Alucinación o milagro?

Diviso a ras de agua

el venir de un Hombre

con rostro de relámpago

que en sus manos trae

constelaciones y astros

—¿Quién puede ser?—

No lo sé…

Solo me dijo:

«Tal como Yo puedes andar sobre el agua

A diferencia que mientras vos des un paso

Yo puedo saltar a otro océano. ¡Levantaos!

Cree y se salvó; salta al arrecife más cercano».

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Jueves, 27 Julio 2017 04:58

El casino Servando Clemens

 

 

 

El casino

Servando Clemens

Augusto revisó su cartera y maldijo al no encontrar dinero. Deambuló entre las maquinas tragamonedas en busca de algún conocido y se topó con Federico, otro vicioso.

—Necesito un préstamo —dijo Augusto—, me robaron la billetera, hermano.

—¿Otro préstamo?

—Por favor —suplicó Augusto—, siento que hoy puedo ganar.

—Todavía no me pagas lo de la vez pasada… no tienes vergüenza.

Augusto le entregó su argolla de matrimonio a Federico.

—Suerte —dijo Federico y le dio un billete que no representaba ni la mitad del valor del anillo.

Después de una hora, Augusto perdió el dinero que le restaba en el blackjack y tuvo que salirse del casino con los ánimos por los suelos. Recargado en un poste y fumando un cigarro recordó que gente de la mafia había prometido quebrarle las piernas si no pagaba sus deudas de juego la semana entrante. Pensaba en suicidarse cuando sonó su celular. Era su esposa.

—Amor —contestó Augusto.

—¿Dónde estas?

—Ya voy a casa, no te preocupes.

—Sólo te quiero pedir algo —dijo la esposa—, si no traes dinero ya ni vengas.

—Ten paciencia, estoy a punto de cerrar un negocio.

—¿Paciencia?, ni siquiera hay comida en casa —dijo la esposa y colgó.

Augusto se metió a su automóvil y al encenderlo se percató de que el tanque de gasolina no le alcanzaría para llegar a su casa. Apagó el coche y enseguida hizo una llamada.

—¿Quién habla? —preguntó una señora.

—Soy Augusto… lo voy a hacer.

—¿Seguro?

—Sí.

—Mañana nos vemos.

Augusto salió del vehiculo y se fue caminando a su casa. Durante el trayecto pensó que si la venta de su riñón salía bien podría pagar sus deudas y tal vez su suerte cambiaría en el casino.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

Sin ventaja alguna

Adán Echeverría

 

 

YA SONABA LA MÚSICA que lo introducía a la Arena. Brincaba en puntas de pie y lanzaba los puños, hacia adelante, derecha, izquierda, gancho, upper, recto, derecha, izquierda. Seguía con los ejercicios de la mandíbula, abrir al máximo, cerrar, mascar al aire, porque era necesario no descuidar la concentración, una quijada fuerte para sostener el protector bucal. Para esta ocasión era él quien subiría primero al cuadrilátero. Todo era distinto. Su nombre ocupó el segundo lugar en las marquesinas, y la bolsa de los premios, ganara o perdiera igual era dos tercios menor. Ellos piensan que no se dio cuenta que las letras de su nombre eran hasta un punto más pequeño en toda la publicidad que había circulado, y cómo no. La oportunidad de pelear con Money había llegado quizá demasiado pronto. Era cierto que él también se mantenía invicto, y que no se jugaba nada en esta ocasión, porque Money no había querido arriesgar la corona con él. ¡Vaya! no se trataba de arriesgar nada más que su propia integridad. ¿Callarás voces? Si ganas tus críticos ya nada tendrán que objetar, le decían todos, desde su agente, hasta aquellos periodistas de la televisora que llevaba varios años haciéndose cargo de impulsar su carrera. No podía saber si la Arena estaba llena para verlo ganar de nuevo, o para alegrarse si caía derrotado. La gente gritaba, pero no como otras veces. Todo era diferente. El alarido de aquel México, México, se escuchaba pero… como si los miles de asistentes se hubieran puesto de acuerdo, nadie gritaba su apodo como en otras ocasiones. Voy a morirme en el cuadrilátero, había dicho una y otra vez durante los meses de preparación, en cada entrevista. Me he matado entrenando. Estoy concentrado. Hemos planeado una verdadera estrategia para ganar. Pero ellos quieren que pierda. Todos quieren que pierda, pero sé que algunos aún tienen esa ligera esperanza de que yo salga adelante en esta pelea. Era esta la pelea que estaba esperando. Seguía brincando en puntas y comenzaron a caminar hacia el cuadrilátero, puso sus manos en el hombro de uno de sus asistentes que caminaba delante de él. La gente brincó de sus asientos. El público era un alarido continuo, y como era su costumbre había podido aislar los sonidos y concentrarse solo en su respiración, con la vista hacia el frente, y la cara levantada; pudo cerrar los oídos para escuchar apenas un monótono beeeeeeeeep que se alargaba cuan largo era el camino a recorrer hacia el cuadrilátero. A su paso las personas lo iban tocando, como si intentaran tocar al Cristo que atravesaba muchedumbres, pero mientras aquel dejaba en cada roce a su piel, un poco de su paz y milagrería, él en cambio lograba que en cada toque el miedo fuera desapareciendo de su cuerpo. Cada contacto de aquellas manos que se alargaban para tocarlo e intentaban saludarlo, lo iban deteniendo, y él dejaba que todos los temores y los nervios fueran cayendo con cada roce, para que al subir al cuadrilátero, y pasar entre la primera y la segunda cuerda, se hallase vacío de cualquier debilidad. Su concentración era plena. Siguió dando brinquitos sobre el entarimado, abría y cerraba la mandíbula, movía cintura y cuello. Todo se hizo una oscuridad azul, los flashes saltaban por todos lados. Mantuvo la vista en un punto fijo, para evitar ver a su contrincante caminar hacia el cuadrilátero. No sería él quien validara cada uno de sus pasos. Nadie cree en mí. Todos esperan que caiga ante el campeón invicto. Esperan mi derrota. El silencio entró hacia sus oídos, se había cerrado por completo, y ya lo tenía de frente. Money estaba parado junto a él, como una estatua de ébano, tantas veces repetida en las leyendas, como un oscuro dios de la guerra, respirándole en la cara. Esta era su oportunidad, y no pensaba dejarla pasar. El réferi daba las instrucciones de siempre, levantó los puños hacia adelante, Money los golpeó hacia abajo con sus propios puños, y se dio la espalda para ir hacia su esquina dando más brinquitos como bailarín de tap. Miró una vez más la multitud. Ellos lo odiaban, y podía sentir su odio mascándole la piel; endureció los músculos. Escuchó algunas palabras de su entrenador que abandonaba el cuadrilátero. Lanzó una última mirada hacia la oscuridad de su memoria; sonó la campana, y miró a Money venir hacia él, con el brazo izquierdo doblado y pegado a su torso, como un guerrero que carga un escudo, y lo supo… esta sería su primera derrota y solo deseaba no terminar noqueado.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 19 Julio 2017 05:33

Vivir entre sueños / Carlos Ernesto Millán /

 

 

Vivir entre sueños

Carlos Ernesto Millán

 

 

 

Mi esposa y yo vivimos entre sueños. Por el día casi no hablamos. Ella solamente me dirige la palabra en caso de que sea muy necesario. O para quejarse de alguno de mis defectos, ordenarme sacar la basura o arreglar un desperfecto del hogar. Siempre con una mueca que no distingo si es de indiferencia, asco o enojo. Yo en cambio, trato de no hacer cosas que le molesten. Trato de cumplir con mis deberes en el hogar. Lavo mi plato después de usar. Trato de mantener en orden mis cosas, lavo mi ropa, lo que ensucio lo limpio. Además de que evito por el día el contacto con ella. No le envío mensajes. No la llamo. Trato de no interrumpirla en sus actividades. Es por eso que todos los días vuelvo a casa después de las nueve de la noche. Espero que se ponga la pijama, se meta a la cama y justo un minuto después de que apaga la televisión es mi momento para entrar a la habitación.

Cuando se encuentra en estado de somnolencia, ella me reconoce. Me abraza, me besa y me dice que me quiere. Me pregunta por qué tardé tanto para ir a la cama. Que me extrañaba mucho. Después de unos minutos ella se duerme. Yo me quedo despierto, sintiendo su cuerpo entre mis brazos. Le cuento alguna de mis historias, le digo lo mucho que la quiero. Me paso largas horas platicando con ella, imaginando que mis palabras se escurren entre sus sueños. Que las vive dentro de su mente.

Por las mañanas es ella la que me despierta con un beso. Siempre de buen humor. Comienza a contarme a detalle los sueños que tuvo.

Soñé que el fin de semana íbamos a un lugar perdido entre las montañas. La pasamos bien. Yo me divertí mucho. Tuvimos una cena muy romántica bajo las estrellas. Estábamos en un lugar hermoso. Hacíamos el amor en una cabaña. Corrimos por un campo verde lleno de árboles con la lluvia mojándonos. Pero no hacía frío. Era cálido y agradable. Éramos como niños, nos divertíamos como niños. También soñé que me dejabas. Ese no me gustó. Fue una pesadilla. Que ya no me querías. Que te ibas con otra. Discutimos, nos reconciliamos, todo fue tan real. Qué bueno que todo fue solo un sueño.

Se levanta, me besa y se mete a la ducha. Pero cuando regresa, ya no es la misma, el cariño y buen humor han desaparecido. El agua le ha devuelto a la realidad. Ya ha salido de ese estado de ensoñación. Lo que pasa después ya no me importa. Sirvo el café y lo bebemos en silencio. Cada quien toma el camino a sus destinos. Nos despedimos sin besos, sin decirnos nada. Sin un abrazo. En cuando llego al trabajo, saco el diario donde anoto todos sus sueños. Pongo la fecha y escribo los de la mañana. Cuando me pongo melancólico o me siento aburrido abro el diario y leo alguno de ellos. Lo memorizo, los imagino, los hago parte de mí.

- ¿Qué tal tu fin de semana? - me pregunta compañero del trabajo.

- ¡De maravilla! Salí con mi esposa a dar un paseo por las montañas...

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

El asesinato del conspirador

José Manuel Vacah 

 

Cuando revises tu Whats-App y escuches esta grabación, tal vez mi cuerpo ya estará en la morgue. Este es el último día. Debo dejar un registro de cómo inició todo —antes de que vengan a matarme.

Discúlpame por elegirte a ti, pero no sé a quién más podría dejar este mensaje. Hice todo lo posible para evitar el crimen, nada ni nadie podrá salvarme. Nomás me queda esperar.

La oficina luce como un cementerio, todos han salido a comer. Oigo a los cuervos graznar del otro lado de la fotocopiadora. No es mi imaginación, es la muerte acechándome.

El principio del fin comenzó con el peor augurio de todos: una llamada telefónica. “Doña Fonseca se ha colgado en el cuarto de intendencia. ¡La conspiración ha sido descubierta!”, la voz de Armando era un chillido que me erizó hasta los pelos del pubis. Tal vez a esta hora, en que recuerdo todo, Armando ya fue asesinado.

Armando es… debo decir era… mi mero bro-dínez y mi huevo izquierdo —como me gusta decir— porque aquí en la oficina todos somos los testículos de otros, siempre trabajando pegados, aunque nos divida una pared, como un tejido delgado y blando.

Por ejemplo, yo soy el huevo izquierdo de Bernardo y él es para mí mi huevo derecho. Así está la cosa en esto de las caballerizas, estos pinches cubos donde uno se pasa lamiendo los memorándums del jefe, aguantando órdenes, tundiendo teclas, archivando los sueños propios en gavetas llenas de mierda, aplastando el culo aunque duelan las almorranas, día tras día.

Resistir a todo, en fin, perseguir la maldita chuleta, o, para decirlo con una expresión más cabrona: cambiar la vida por lana.

Pero mi vida no valía la cantidad que recibía en la quincena. Valía más, mucho más que ese miserable salario, por eso decidí aceptar cuando me propusieron entrar a la conspiración contra la empresa. Todo hubiera salido bien, salvo por un detalle insignificante: alguien nos había delatado.

A doña Fonseca me la tiré en el cuarto de intendencia, el único lugar donde no había cámaras. Sino imagínate. ¡Uf, pinche cogidota que nos aventamos!, capaz que si la veían los de seguridad la suben a Youporn, y hasta me hago estrella porno. Lástima, no a todos se nos hace.

Bien cogelona la ruca, según ella porque su marido no tenía potencia viril, pero puro choro. Era una ninfómana insaciable.

Nunca supe cuántos años tenía, calculo que andaba por los cincuenta, pero se conservaba entera. Dicen que a esa edad el orgasmo en una mujer es más difícil de conseguir, que se necesita más estimulación, más punch, mucho más, más, más y más, pero yo la hice vibrar, entre gemido y gemido descifré el enigma de toda hembra.

¡Qué nalgas!, aguantaban un piano, como que la vieja se daba sus sentones bien seguido, por eso mantenía firmes sus carnes… Todavía recuerdo el golpe de aquellas chuletas sobre mi pelvis. Mientras te platico todo esto, he tenido una erección. ¿Sabías que antes de morir, en el último suspiro, el cerebro lanza estímulos al pito, como si se tratara de un orgasmo?

La doña ya se la sabía, seguramente se habrá cogido a todo el personal. Aquella tarde me dijo, con una voz que parecía el maullido de una gata en celo: Oiga joven, ¿me ayuda a retrancar un mueble? Ese día fui el único en quedarme a comer en la oficina porque llevé mi tóper.

No hay que negarle el favor a nadie.

Ahí fui de ofrecido. Dentro del cuarto, que se me empina, y pus órale, no me lo esperaba. Se la metí sin pensarlo; claro, es mi instinto de macho alfa. Y mientras le empujaba el mueble que me dice, méteme el dedo en el culo, méteme el dedo, papacito, me pedía a gritos —por un momento fantaseé con la idea de que toda la oficina nos estaba escuchando, y no sólo la oficina: el mundo entero.

Terminé metiéndole una botella de vidrio de Coca cola, a petición suya, era verdaderamente insaciable. No mames, al final tuve que romper el envase porque se le había quedado atorado. No sabía qué hacer, pero ella sí, como que ya tenía bastante experiencia, pinche ruca, y todavía quería más.

Ahora sé, después de reflexionar con demasiada profundidad, que aquel acto sexual fue una especie de iniciación, una forma perversa de sellar un pacto, porque el sexo y la muerte son el mismo chorro de semen negro, lo comprendo en este momento, a escasas horas de mi muerte.

A partir de aquella súper cogida —te digo, todavía se me pone tiesa, nomás de recordarlo— en el cuarto de intendencia sellé mi destino, ya era un conspirador.

Todos los miembros de la conspiración habían pasado por las nalgas de doña Fonseca.

La llamada de Armando me provocó unos retortijones espantosos. Corrí a los baños y desalojé el vientre. Hice una caca muy pequeña, en contraste con el pinche dolor que me trenzaba las tripas. En esa minúscula porción saqué todo el miedo que me devoraba por dentro. Mientras me limpiaba alguien me tiró un papel.

Salí rápido del excusado, con los pantalones en los tobillos, pero apenas vi una sombra correr por la puerta.

En el papel estaba escrita mi sentencia, la hora precisa en que vendrán a matarme. Le tomé foto al mensaje, como prueba. Te enviaré la imagen, aunque ya nada importa, salvo dejar un registro de todo. Es la hora de la comida, soy el único ser en la oficina, y falta un par de horas para que me maten. Hasta los policías que están investigando el deceso de doña Fonseca salieron a comer.

Ahora estoy tranquilo, espero, resignado, qué más puedo hacer, la muerte es el precio que paga uno por conspirar contra el amo, es el costo de morder la mano que te da de tragar. La consigna era clara, una vez adentro del sistema había que estallar. Los planes se trazaron en una serie de procesos en clave, nadie los conocía todos. Cada miembro de la conspiración era la pieza de un engranaje fantasma. Pero no quiero morir como una rata atrapada en la maquinaria.

Si tan sólo supiera quién es el delator, lo mataría con mis propias manos, lo estrangularía, le clavaría un cuchillo en las entrañas, y empalaría su cadáver, lo juro…

Pero te sigo contando, después de echar el miedo en el excremento me sentí muy mal, empecé a marearme bien cabrón, y me desmayé. Tuve una alucinación terrible.

Katy Perry se aparecía en mi cuarto. Pero estaba en la oficina, algo muy raro, como que sabía que era la oficina pero era también mi cuarto. Estaba vestida con un camisón de dormir que le transparenta todo: la aureola de sus pezones rosas y la mancha oscura de su sexo, del que emana un olor a cereza que aroma toda la habitación.

Entonces Katy, con el cabello teñido de azul eléctrico, se acercó hasta la cama, donde yo estaba acostado. Se quitó el camisón, la blancura de su piel hacía que sus chichotas se vieran más tiernas, más dulces, más necesitadas de mis labios. Mi pene se elevó tanto que tuve miedo de que ella se asustara de su inmensidad, pero se recostó a mi lado, sin darle importancia a la estatura —que le rozaba la espalda— y me pidió que chupara uno de sus pezones.

Dijo: elije uno, cada uno te mostrará una visión diferente. Pero sólo podrás elegir uno, me advirtió.

Así que escogí el izquierdo, fiel a mi posición política. Además, fue el que me gustó más, no sé, tenía algo, una belleza insoportable.

Acaricié su piel cálida, el contacto elevó aún más la altura de mi verga—que ahora le rozaba la nuca. Toqué su pezón, quería sentirlo antes de probarlo. Lo apreté entre mis dedos, era infinitamente suave como la seda, más delicado que un pétalo. Acerqué mis labios y lo chupé, instantáneamente tuve un orgasmo.

Me había venido justo en el instante de tocar el borde de su botón con mi lengua. Mi semen le mojó el pelo, y en ese momento, sucedieron una serie de acontecimientos que jamás olvidaré.

Katy se cubrió la cara con las manos y comenzó a estremecerse, pensé que la había lastimado con mi potente eyaculación. Le pedí perdón. Traté de abrazarla pero me rechazó violentamente. Al empujarme dejó al descubierto su rostro: era doña Fonseca, ¡Nos han descubierto!, chilló.

Al desmayarme me partí la frente y comenzó a salirme un chorro de sangre. Salí alarmado del baño en busca de ayuda, me había caído por correr con los pantalones en los tobillos. Temblaba, sin poderme controlar. Me quité los pantalones y corrí a la oficina del jefe, abrí la puerta, y cuando entré vi a un inmenso perro Rottweiler montado sobre una mujer.

Gemía como si le dolieran los embates de la bestia, me quedé pasmado.

La mujer se dio cuenta de que alguien había entrado, empujó al perro con las nalgas, y me miró. Era mi madre.

—¡Mamá qué chingados estás haciendo con ese perro!

—Ay, hijo, ya nada importa, descubrieron la conspiración, te van a chingar. ¿Ya ves, por qué eres tan pendejo?

—Mami, pero si yo no tuve la culpa.

—Sí hijo, tú tuviste la culpa. Los conspiradores y los asesinos siempre se delatan. La cagaste. ¡Échatelo!

El Rotwailler se lanzó sobre mí, intentó morderme los huevos pero lo esquivé. Volvió a lanzarse con más furia. Luché por mantener sus fauces lejos, pero era más fuerte y más feroz. Rodamos por el suelo trenzados en la última pelea de nuestras vidas.

A pesar de que estaba usando toda mi fuerza, sus terribles colmillos comenzaban a desgarrar mi carne. La sangre me cayó en los ojos.

Al abrirlos, la inmensa jeta del jefe me escupía. Me miraba con sus ojos de bestia iracunda, ¡malditos ojos de perro! Y me daba órdenes, ¡maldito! ¡imbécil! ¡Todavía peleando contra él me daba órdenes! “¡Godínass, tranquilícese!”, ordenaba con su aliento pútrido, y en mi cabeza las órdenes se repetían como un despreciable chirrido. Hundí el cuchillo hasta el fondo de su cuerpo, y la sangre le brotó estupendamente.

Alguien detrás gritaba “¡PUTA MADRE, PUTA MADRE!"

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
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