LA SOLEDAD DE UNA RATA

                                                                                                                 

                                                                                                                       Ileana Mayanin

 

 

¿Amaneció? Sí ya amaneció, la luz entra por la ventana tan suavemente que recuerdo la playa, ¿recuerdas la playa viejito? ¿Recuerdas como pasábamos tardes enteras en ella? Claro que recuerdas. Te preparare tu café que tanto te gusta, te ayudo a vestirte, anda ya levántate que es un nuevo día y hay que disfrutarlo, tu pantalón ya necesita que le arregle el botón, has subido de peso amor, eres tan guapo…

Amor deberíamos volver a la playa, a comer esos filetes que tanto te gustaban, seguramente los siguen preparando igual de ricos, ¿recuerdas cuando fuimos a Canadá? ¿Qué comparación con el frio no? Aunque como te gustaba, viejito esa camisa a cuadros te sigue quedando muy bien, te ves radiante esta mañana, ven a la mesa está listo tu café, el pan paso más temprano y no lo escuche, pero te preparare algo rico de almorzar, siéntate, anda siéntate, ten cuidado con tu barba que la mojas con el café, te ayudo a limpiarla, tenemos que recortarla un poco, ha crecido, sigues teniendo esos ojos cafés que tanto me gustaron cuando te conocí, aunque tu barba ya sea blanca, ¿recuerdas cuando te conocí? Tenías esa sonrisa pícara que aun conservas, me decías hola a lo lejos, yo leía como siempre, nunca olvide esa imagen de mi mente, la sigo conservando como si fuera ayer, aunque han pasado muchos años. ¿Cuánto amor? ¿Cuantos años, 56? Como nos ha pasado la vida ¿no crees? Ha sido hermoso compartirla contigo, ver crecer a nuestras hijas, ver como se iban, realizar los viajes que tanto trabajo nos costaron, cada momento a tu lado ha valido la pena, ¿sabes? ¡Este café está muy rico, jajajaja amor ensuciaste tu bigote! Te ayudo ven, ya no estés tan serio, yo te arreglare tu pantalón. ¿Qué te parece si vamos al parque a ver las jacarandas?  ¡amo las jacarandas! ¡Llenan de color el parque, si, si! ¡Vamos! Antes te arreglo ese pantalón, no puedes salir así. ¿Te invito unos dulces de esos que tanto te gustaban de tamarindo? ¿Recuerdas cuando me los comprabas y había que esconderlos de las niñas? Jajaja que recuerdos, ¿cómo estarán las chicas? Habría que llamarles esta tarde ¿no crees? Deben estar esperando saber de nosotros, amor tu almuerzo está listo, anda ya comamos que es tarde, dormimos mucho. Me despertó la rata de nuevo, ¡maldita rata! ¡No la soporto! Me da miedo y el gato no ha servido de nada, ya puse veneno dicen que ese polvo blanco es dulce como el azúcar y es letal, con solo lamerlo muere al instante, que bueno porque ha roído los sillones y es intolerable tenerla aquí, ¡es sucia! ¡Pero claro tu duermes como una roca y no te das ni cuenta! ¡Oye recordé cuando en uno de los viajes que hicimos había un restaurante debajo de la habitación y nunca podíamos dormir, pero no nos importaba! Que divertido era desvelarnos toda la noche y despertar tarde, solo para abrir las ventanas y seguir dormidos hasta medio día y solo salir a pasear, ahora ya no podemos viajar tanto, ¿qué te parece si planeamos uno? Podríamos ir a un lugar tranquilo, donde hubiera mar, allá no te dolerían tus rodillas por el frio. ¡Si amor vamos a planearlo! ¡Viejito este problema con la rata tenemos que solucionarlo, la maldita rata ha roto uno de mis vestidos! ¡No la soporto más! Tendré que mandarlo reparar, ¿recuerdas cuando salíamos de compras y las niñas nos acompañaban? ¡Que lío! jajaja siempre era un desorden y nunca lográbamos ponernos de acuerdo, ¿y las navidades? ¿Para seleccionar la cena? Que si pavo, que si lomo, que si ensalada, tenían gustos tan diferentes, al final comprábamos todo y terminábamos comiendo cena de navidad durante días y días, disfrutaba tanto estar solo los cinco, las pláticas interminables con las chicas, como les iba en la escuela y como se nos pasaron los años viéndolas crecer, ¡ay amor que gratos recuerdos! ¿Amor gustas más café? Esta rico ¿no? ¡Mira nada más! Ese gato no deja de dormir, claro como el correteó toda la noche con la rata, maldita rata un día la mataré. Se está haciendo tarde y aun no pasa la señora que vende las tortillas y necesito hacer de comer para irnos a ver las jacarandas, que gente tan impuntual, que te parece que te cocine pollo asado y ensalada, ya sé que no te gusta, pero debemos cuidar la dieta, hemos subido de peso, y si por ti fuera comeríamos comida china todos los días, jajaja ¿recuerdas amor cuando me invitaste a comer esa comida china en ese restaurante donde solo estábamos nosotros y el servicio? Jajaja que cantidad de comida llego a la mesa, creo que cene y comí al otro día lo mismo, ya habían pasado 26 años de conocernos, ya las niñas eran unas adolescentes y nuestro bebe casi entraba a la primaria, no sabes cómo disfrute esa comida, te sentaste a mi lado y me dijiste que nunca te irías, ¿recuerdas? Tomaste mis manos y las besaste y me dijiste no quiero mi vida sin ti, ya había pasado una vida, no sabía todo lo que nos faltaba por vivir, ha sido maravilloso. Pues si… pollo y ensalada.

¿Tocan? si están tocando, quizás sea la señora de las tortillas, espérame viejito ahorita vengo.

No amor, no eran las tortillas, era don Pablo le dije que sin falta le depositamos la renta el lunes, que extraño que no la hayan depositado las chicas, les voy a llamar, no mejor no solo las molestare, bueno, aunque pensándolo bien aprovecharía para saludarlas, espérame y te las comunico para que las saludes.

Bueno parece ser un día que nada esta como debería, el teléfono no da línea, que extraño, cuando vayamos al parque pasemos a la compañía de teléfono a poner una queja por el servicio es pésimo, ¿qué te parece si compramos helado? ¿recuerdas ese helado de durazno que me encantaba cuando siendo una niña me llevabas a comprar? Hace mucho que no comemos, se está haciendo tarde, ya, ya quiero mi café está muy frio y así me gusta, le puse leche y ese nuevo endulzante que compramos hace unos días; está muy rico, también cuando vayamos a la compañía de teléfono pasaremos a comprar más veneno para esa maldita rata, ya se terminó y no logro matarla, no la soporto más, ¿sabes? Está muy rico el café, amor tengo un poco de sueño, es extraño, pero estoy cansada, ¿crees que podamos recostarnos un poquito? ¿Tú también estás cansado?  vamos a amor yo te ayudo. Si amor, abrázame siento un poco de frio, tus manos siguen siendo tan lindas, ¿recuerdas cuando me las regalaste? Nunca olvide tu regalo amor, ¿hace viento verdad? Siento frio, si amor me recuesto junto a ti, amor moje mi cabello en el café, gracias por limpiármelo, gracias viejito, ¿me platicas un cuento? una de tus historias, si amor abrázame me estoy quedando dormida. ¿Viejito y esa luz? ¿Abriste la puerta? Tengo frio. ¿Porque tardas?

La rata sigue viva, por fin me desharé de la maldita y de ese gato inexistente, olvida lo de las niñas y las jacarandas; La soledad suele contarte mentiras al oído.

 ¡amor! ¡Llegaste! Hace una vida te esperaba, mira tú barba negra y esos ojos hermosos, ese traje me encanta, te hace ver tan elegante y guapo, ¿fue con el que te conocí? y sigues teniendo esa misma sonrisa que nunca olvidé. ¿Alguna vez te dije cuanto te amo?  ¿No? Recuerdo que no pude decirlo, ¡pues te amo! Qué bueno que llegaste. Vámonos amor. Salgamos de este lugar...

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Viernes, 16 Junio 2017 07:23

Lluvia de letras / Víctor Arista /

 

 

Lluvia de letras

Víctor Arista

 

Elías era un niño muy curioso. Dicen que se pasaba los días recorriendo su pueblo con un libro abierto entre las manos, sosteniéndolo así hasta que terminaba de leerlo y entonces comenzaba de nuevo con otro. Siempre parecía distraído, inmerso en sus lecturas, y por donde quiera que iba, la gente lo miraba con extrañeza. Sólo volvía a la realidad por unos instantes, cuando por iniciativa propia intentaba contarle algo de lo que había aprendido al primer habitante que aparecía en su camino, era rechazado porque la gente prefería ocupar su tiempo en actividades vanas antes que escuchar a un niño que pecaba de saber más de lo que debía.

Cierto día, cuando ya todos estaban hartos de la pretenciosa actitud de Elías, decidieron ir a su casa y quemar todo aquello que pudiera servirle como objeto de estudio. Nada parecía detenerlos en su empeño. No sirvieron ni los argumentos, ni los conocimientos aprehendidos entre las desgastadas páginas que a diario leía.

-Mi cabeza está llena de ideas; las suyas, vacías – intentó defenderse él, inútilmente.

No había otra solución: Elías escapó por el patio trasero, cargando una pila de libros tan alta, que casi parecía traspasar las nubes. Se fue caminando como siempre, sin rumbo, sin darse cuenta que subía por un peñasco que dominaba el paisaje. Dicen que mientras caía, se desvaneció en el aire y se convirtió en una lluvia de letras que se fundió con sus libros, inundando con ellas los techos de cada casa y las calles de la pequeña población.

 

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NO SOMOS MÁS QUE NOSOTROS

Octavio Ollin



                                                                                                                                                                                  A  JUAN RULFO


 

Ya era tarde. Doña Consuelo dejó las flores en el respectivo lugar.

— ¡Comadre! —era Susana la que llamaba.
— ¿Cómo está usté? —preguntó apenas volteó a verla.

Y es que ya hacía frío. Un frío abrumador que conquistó la carne de sus habitantes en el pueblo de Tlacotepec. Los niños solían llamarle ‘’pueblo taco’’ para reírse cada que podían, y no sentirse solos, en los eternos momentos que no eran vistos.

—Ay, Conchita. Los tiempos corren como un perro a prisas.
—Figúrese usté, que tiene mucha razón.
—Ay, y los jijos que dejamos allá. ¿Qué será de ellos? —comentó preocupada la parlanchina de Susana, mientras cubría su boca con el rebozo.

 

Afligida, doña Consuelo, respondió:
—Nosotros siempre dejamos a los nuestros como Dios manda.
Pero ya verá, Susanita, llegarán pronto. Nosotras a lo nuestro.

Esponjosa, brillante, la flor  en los maceteros o cubetas arrinconadas sobre las personas que dormitaban en el eterno silencio. En este inmenso silencio que habita en el pueblo.

 —Ya llegué mamá.

Ignacio, se encontraba en casa. El ambiente era triste cuando Consuelo, su madre, entró. Era silencioso; vacío de vida.

— ¿Qué tienes?
—Nada. Deja que me quedé con mis dolencias, míjo.

La madre se tapó con el rebozo desgastado y sucio y  fue a encender una vela, para alumbrar la casa.

— ¿Pusistes el cocol y el agua?
—Sí, mamá. Aunque me siento extraño. Siento…
— ¿A qué te rejieres? —indagó Consuelo, mirando la vela.
—Hoy no desperté a tiempo.
—Ay, míjito. Aquí estarás mejor—dijo—. Parece que uno es eterno, pero después…
Después ya no sabes si estás dormido o de plano…
 
Ignacio, crédulo, frunció su ceño.
—Tienes razón. No hay qué temer.
—La preocupación eras tú, míjo. Tu salud, tan débil. Por eso tanto he rezado para que Dios te socorra.  Eran tristezas, preocupaciones.

Consuelo, miró a su hijo. Tomó su mano. La apretó duro para saber que estaba con ella, para saber que no era un sueño.

—Las nubes se ocultaron.
—Sí, las veo míjo.
—Tus ojos, mamá. No llores—susurró Ignacio.
—Deja mis ojos. Es tu primer día aquí, alégrate tú.

El perro acompañó a Ignacio durante todo su recorrido por el pueblo, en busca de su madre. Ladrándole de un lado al otro. Contento, feliz, el cachorro de seguir a su dueño; en guiar al hombre a ver a su madre. 

La noche brillaba al tono de las veladoras, del papel  picado: rojo, blanco, purpura. Todo era alegre, para los habitantes en esa noche.

Doña Susana, entre la multitud que se congregaba en el camino, fue a ver a su comadre y decirle que ya estaba aquí su hijo, Ildefonso.  

— ¡Pudo llegar! ¡Llegó comadre!
— ¡Mi Ignacio, igual! —afirmó—. Le dije, le dije que los veríamos. Ya están con nosotras, comadre.
— ¿Nosotras? —cuestionó Susana.
—Es igual. Vives tanto que ya no sabes…
—No es nosotras. Es nosotros. No somos más que nosotros, Conchita—sonrió Susanita, tapándose con su rebozo, cuando caminaba detrás de su hijo.


 

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Jueves, 15 Junio 2017 08:02

MI PSIQUIATRA RUBIA. / EL SEIS /

 

 

 

 

MI PSIQUIATRA RUBIA.

EL SEIS

 

María me dijo con voz grave: ¡Mátame! Mientras pronunciaba semejante palabra, yo el demente, del manicomio privado: El Paraíso Artificial, me le quedé mirando absorto. Mientras la observaba y escuchaba a plenitud, mi corazón latía más fuerte, y mi respiración aumentaba. Estaba a punto de lanzarme sobre su cuerpo y "comérmelo" todo.

Ella, era mi psiquiatra, a la cual, le había comentado mis problemas mentales. Todo empezó con una pregunta de ella: ¡Cuéntame tus obsesiones! Le dije que me gustaría hacer el amor con ella, y que siempre por las noches la soñaba desnuda, con una flor marchita en su cabello rubio. Añadí (sin ningún miedo) que le levantaba el vestido, y le hacía a un lado la bombacha, y la penetraba por ambos huecos calentitos. Pensé, con esta confesión quizá me hará beber algunos nuevos psicotrópicos, o me aplicará una sesión de electrochoques, pero mi amor sexual por ella bien valía la pena... Me quedé callado, en espera de que sus labios pronunciaran algunas frases, y las letras (de su boca) se fueran volando, y gritando de pasión...

Se acomodó como es menester, para esas lides sexuales, y lo hizo precisamente como a mí me fascina, y había soñado. Me acerqué suavemente, me saqué el falo (en llamas) de mi bata blanca (de enfermo), lo apunté al umbral de su vagina, presioné con tal maestría y perfección, que gritó: ¡Mi Dios! Iba a decirle que Dios no existía, pero no era el momento preciso, por lo cual me dediqué a hacerla mía. Gritaba, gemía, aullaba, lloraba, y decía palabras "nada" propias para tal efecto: Más y más, fuerte papi, con todo, muévete, ritmo, fuerza, velocidad, rapidez, amor de mi vida...

Volvió a gritar ¡mátame!, y estuve a punto de hacerlo, saqué una cuerda delgada, con la cual pensaba ahorcarla. La médica con calma, me explicó: No, así no. Mátame de placer, mi amor. ¡Oh!, comprendí perfectamente, mientras nos movíamos como si fuese una cabalgata perfecta.

Ya no recordaba cuanto tiempo tenía de no hacer el coito. Yo pensé que ese era mi mejor tratamiento, eso lo medité después, cuando estábamos desnudos, mirándonos, y fumándonos un cigarrillo. Luego lanzó el humo y me dijo: todas las trabajadoras de la medicina de este lugar somos tus amantes, tus mujeres, tus "esposas"...

Espero que nunca se te quite esa "enfermedad" del ensueño, y menos la capacidad que tienes del convencimiento. Eres como un Sultán y nosotras somos tu harem. Sólo pide algo y de inmediato serás complacido. Se escuchaba como un eco interminable (no sé si todos lo escuchaban). "Eres como un Sultán..."

Después se volvió a ponerse cómoda para volver a copular, y con esa sonrisa encantadora, y su voz especial exclamó: Te falta el otro hueco, mi amor...

Mientras me movía (entraba y salía) en su cuerpo dichoso, ella la bella, volvía a decirme Dios. Así me sentía como un Dios: Todopoderoso.

“Un Ángel lujurioso y beodo  

Vuela con alas metálicas

Sobre el cielo encapotado

En busca perpetua

De la luna desnuda

Plateada…”

Gritaba encantado: Escucho voces maravillosas, acompañadas con laúdes lejanos, y un coro de Arcángeles, mientras copulo.

Ella “cantaba” de una manera incoherente, mezclada con respiraciones, gemidos, gritos, y algunas palabras entendibles: ¡concéntrate en tu hembra y no dejes de moverte! 

     

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Morir para vivir

Oscar Ángeles Reyes

 

¿Cuánto hay que morir para vivir? Es una pregunta constante durante lectura de En el camino (On the road, Jack Kerouac). Y ¿por qué habría de sufrir para entender, por qué habría de tocar fondo, de medio agonizar de hambre, de reconocer la miseria? ¿Se trata de una expiación, de una purga existencial?

Debo reconocer, la novela es arrebatadora, las historias instantáneas son fuertes, como licuadoras de ideas; la relaciones entre las personas son entrañables, eternas.

Pero, ¿qué sucede en nosotros cuando sufrimos?, ¿la respuesta es por que “sentimos”? ¿Los sentimientos tienen diferente peso, pesa más sufrir que ser feliz? ¿O es la razón del sufrimiento y la felicidad la que nos da la diferencia? Es decir: ¿es lo mismo sufrir de amor que sufrir de hambre?, ¿causa el mismo efecto? Más aún: ¿hay un sufrimiento intelectual?, ¿somos tan presuntuosos?

Yo mismo, después de la lectura, parecí entender de otra manera mi vida. Esa hambre de vivencias, de correrías, esa ¿afición por el dolor? me pareció familiar. La incomodidad como un sillón para mirar los muertos pasar. Entonces, ¿la desdicha es el caldo de cultivo más sabroso para los escritores? Probablemente un escritor “feliz” escribiría de cómo lograr esa paz espiritual, pero, Kerouac nos deja un vacío demoledor, al mismo tiempo que una estampa perdurable de la decencia y la indecencia humana, y, que huevos, no deja de haber belleza en su texto.

Entonces aparece la gente. En el camino, Tim (alter ego de Kerouac), y el mismo Dean (su amigo inseparable, ángel y demonio), se entienden con la gente sencilla como si se tratara de la revelación de la vida. Los incontrolables, los que se perdieron en el camino, los descarriados tienen más que ofrecer, pues en ellos está la pasión. La pasión en contra de la inmovilidad, el ardor en contra de la muerte en vida, la exaltación como ambiente ideal, que es al mismo tiempo un camino a la posible muerte. Pero, ¿no nos vamos a morir todos?, es decir, parece que la propuesta es: hay formas decentes y formas indecentes de morir (¿cómo prefieres tú?).

Estilos de vida, pero para entender más, para observar con profundidad, para abarcar más realidad, ¿no es necesario tener un punto de vista diferente, menos transitado? ¿La miseria es la orilla opuesta, tan detestada, temida o evitada? Ahí se establece Kerouac, en ese punto opuesto de la gracia: la penuria, la marginación, porque ahí entonces está la novedad, la contracorriente, la abundancia en términos humanos.

¿La pobreza vende, o vende el abordaje de la realidad desde la pobreza? Nadie quiere ser pobre En el camino, pero el dinero se gasta en esos arrabales, y si se tiene que precisar, en esos caminos. El movimiento es otro motor, y es la dinámica de la existencia lo que nos da otra sensación, el vértigo y las multitudes que ancladas en un lugar son la comidilla de los ojos, de las almas y los apasionamientos del que pasa y se va para no regresar.

En el camino no es una novela de viajes, no al menos a la manera de Chatwin o Cees Nooteboom, pues se centra en las propias entrañas, se establece como un viaje a través de la gente y de la desesperanza; es más bien lo contrario a lo que diría Pamuk en Me llamo Rojo: él sugirió que habría que caminar 150 años para que el diablo no nos alcanzara… Aquí hablamos de caminar justamente con el mismo diablo, del que somos en grandes tramos su medio de transporte.

 

 

Sobre la historia (sin pies) del presentador (trágico)

Sofía Garduño 

 

―Las enanas desaparecieron hace tres días y comienzo a preocuparme por su integridad física, ¿será acaso que me dejaron por otro las muy ingratas? No supieron agradecer que las quisiera tanto.

―No, pero es que no entiendes, no estoy loco, solo les doy de comer y unos cuantos abrazos.

―Está bien, tú ganas, también les he dado besos en la frente pero eso solo ha sido una  vez.

―No, no se dan cuenta porque ya están dormidas. Veo sus cuerpecitos tímidos y me pregunto si ellas ven gigantes, funámbulos o malabares.

―Tú bien sabes que son inofensivas, que duermen la mayor parte del tiempo entre magnolias y azafrán.

―No sé qué haría si me las quitaras. Me rendiría al duelo y a la quiebra. Y es que sin ellas no soy nada. Y es que sin ellas no sabría que ver hacia el suelo donde están mis pies.

― ¿No los has visto?

― ¿Cómo que qué? ¡Mis pies! Son insoportables, les crecen raíces en lugar de dedos y a cada zancada hiero la tierra de muerte.

― El día que se fueron no las quise tanto como debí haberlo hecho, no sabía… No me las quites, te lo suplico. No te las lleves. Si las encuentras, regrésamelas porque no sabría que hacer sin ellas, o lo que es peor, no sabría que hacer conmigo.

 

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Miércoles, 14 Junio 2017 08:11

Sombras y máscaras Víctor Manuel Pazarín

 

 

Sombras y máscaras

Víctor Manuel Pazarín

 

 

(Story-board)

 

Dirección, guión y diálogos

René Durante

Cámara

Bruno Rosales

Realizador

Eduardo Colina

Producción

Los Coyotes

Personajes

Batman

El Guasón

El Pingüino

Se escucha un vuelo de palomas con estruendo sonoro; luego se abre fija la imagen en una gárgola del Templo Expiatorio [todo el cortometraje es en blanco y negro, excepto algunas tomas esporádicas] y se describe la ficha técnico-artística para dar inicio al filme: durante ese espacio de tiempo (unos momentos) hay un haz de luz luminoso y, en seguida, se oscurece la pantalla y rigen los créditos; se escucha —fuerte— una canción de Tom Waits [tomada del disco Mule —quizás “The Black Rider” o “Innocent When You Dream”], que baja hasta quedar en un total silencio que permanece por algunos segundos.

De nuevo el vuelo de palomas en silueta, abiertas a la acción como un resultado tardío del relámpago (a), pero en silencio.

Después unas gotas de lluvia caen sobre la gárgola (b), que la cámara toma en contrapicada, para seguir un gran plano (c) de la silueta del Templo Expiatorio.

La lluvia cae, y la cámara la sigue hasta encontrarla en el piso, se mirarán las gotas repetirse (d) por algunos segundos en los charcos iluminados repentinamente por las luces de los relámpagos y sus sonidos. El agua de la lluvia se tiñe de rojo (color).

Se escucha el sonar del reloj dar la hora. Y en cierto momento la risa del Pingüino, que lastima los oídos; su mano contrahecha se abre al primer plano: entre sus dedos está una braza de cigarrillo en Close up (e), que se ilumina en un rojo encendido (color).

Interior de una taberna (en un segundo piso)

Primer plano, al principio ligeramente borrosa, la boca del Guasón (color) en una sonrisa cáustica. Permanece hasta que termina el primer parlamento de Batman.

Batman (voz en off): Hay frío en mi alma, abierta al recuerdo. La muerte de mis padres..., lo sabes bien, es un dolor que proviene de lejos. Llovía como ahora llueve en la ciudad. Me recuerdo saliendo del teatro, a toda prisa. Los pasos de mis padres como un lejano eco; se aviva en mis oídos.

Cruzamos el vestíbulo hasta salir por la puerta trasera. Estaba el callejón y la lluvia, que comenzaba a ser fuerte...

Exterior. Un callejón de Ciudad Perdida

En contrapicada los pasos de B-niño y los de sus padres, humedeciéndose con las primeras gotas de lluvia, pero luego totalmente mojados hasta las rodillas. Iluminados, dramáticamente, por las luces mortecinas de los arbotantes.

Batman (sigue voz en off): En mi corazón estaba el miedo y en mi mente un presentimiento: en la carrera por el salón del teatro pude imaginar lo que sucedería.

De hecho tuve un mal pensamiento, porque deseé que así ocurriera; estaba muy enojado con mi padre: me obligaba siempre a tener una vida que yo no deseaba. Luego me arrepentí: cuando vi tu rostro en la oscuridad del callejón; nunca creí que todo se volvería una realidad, quizás lo anhelé con gran fuerza, por eso sucedió...

Interior de la taberna

Guasón: ¿Y eso te duele, verdad? (La boca del Guasón en Close up, sigue sonriendo.) ¿Te duele aquí? (Lleva su mano hasta el corazón abierto de Batman; hunde su dedo índice hasta desaparecerlo.)

Pingüino (risa en off): Ji-ji-jí...

Batman (voz dolorida): Duele... (Se abre su capa y cubre toda la pantalla como si se tratara de la noche —Color). Duele, no puedes imaginar cuánto...

Guasón: Me gusta que te duela, lo disfruto. Podría verte sufrir por una eternidad. Pero mi placer, por el momento, ya dura demasiado... (Saca el dedo sangrante —color.)

Primer plano de la mano del Pingüino; se estremece momentáneamente y se derrama en la mesa la braza del cigarrillo (Close up). Por un instante sigue encendida en la mesa; luego se transforma en el corazón sangrante de Batman, que late pausadamente.

Escena inmediata:

Exterior. Callejón

Primer plano: el revólver disparado por el Guasón (se describe la mano enguantada), y, acto seguido, el cuerpo tirado del padre de Batman entre la basura; luego el grito en off de la madre. La lluvia cae fuerte. Primer plano del corazón sangrante. La sangre se derrama en la lluvia; se describe su trayectoria por unos segundos.

El llanto de Batman en off, durante todas la secuencias.

Interior de la taberna

Batman (sigue llorando): ¿Por qué mataste a mis padres? Él te dio su cartera, cuando se la pediste. (Imagen de la cartera y el dinero volando.) ¿Por qué? (Se miran en Close up las lágrimas correr por la máscara de Batman —color. Batman cambiando de actitud.): Yo fui un niño solitario que buscaba la felicidad, hasta esa noche. Luego el dolor. Siempre el dolor.

La risa del Pingüino en off.

Exterior. Una feria

Un gran plano de una feria llena de gente.

Guasón (burlón): Yo soy tu espejo. Quiero decir: soy tu dolor sonriente. Quiero decir: mi risa perenne te la debo a ti. (Cambiando de actitud: triste —fingidamente— un instante.) Una vez te vi en la feria: ibas de la mano de tus padres. Sentí, de pronto, la tristeza de mi infancia. La recordé sin querer. Quiero decir: soy tu espejo. El lado opuesto de tu propia existencia. Tú tuviste lo que yo no tuve. Lo supe cuando te vi de la mano de tus padres. Desde entonces fui feliz, ¡mira mi risa! (Close up de la risa del Guasón.)

La primera vez que los encontré, yo era todavía un hombre triste. Entonces los seguí por varias semanas, hasta que los encontré bajo la lluvia del callejón... Luego, ya sabes, creciste y me buscaste; al tú encontrarme me encontré. Desde entonces tu venganza fue mi venganza, porque mi vida cambió: encontré, gracias a ti, esta sonrisa que ahora ves en mi rostro. (Primer plano de la mano enguantada de Batman —color—, llena de ira.) Y soy feliz al estar frente a ti, porque seremos amigos ahora, ¿no? (Close up de la risa del Guasón.)

Se escucha la risa en off del Pingüino.

Secuencia rápida de los pasos del B-niño corriendo por el salón del teatro. En contrapicada las figuras de los padres saliendo por la portezuela trasera del teatro, encuentran la lluvia del callejón. La mano del Guasón empuñando el revólver. Se ilumina la pantalla con el disparo. El cuerpo derrumbado del padre de B-niño. El corazón latiendo hasta detenerse. La sangre se derrama hasta confundirse con el agua de la lluvia. Se escuchan los pasos del Guasón correr hacia la profunda oscuridad del callejón. La secuencia se interrumpe con un grito: el de la madre de B-niño. Se funde un primer plano de la mano del bebé Pingüino (Gran plano.): navega un moisés por el canal de aguas negras...

Interior de la taberna

La silueta del Pingüino. Se levanta de su silla y va hacia la ventana de la taberna. Se miran, a través de los cristales, las luces de Ciudad Perdida. Los relámpagos lanzan sus luces. La imagen de la mano ofrece un cigarrillo recién encendido en las contrahecha mano. La lucecita roja. El humo. La ciudad inundándose de lluvia.

Pingüino (voz en off): Una vez escuché una cita del Libro de Job, decía: “Tras las tinieblas espero la luz”, la guardé por años, quizás por siglos. Esperé, la luz nunca llegó: las tinieblas me han cubierto desde que fui abandonado en el canal de aguas negras. Hoy la recuerdo mirando caer la lluvia sobre Ciudad Perdida. Cae la maldad, cae el pecado y la abate. Deseo ver el definitivo derrumbe de la ciudad. Aguardo, su lento caer me pertenece. Y alguna vez las tinieblas la cubrirán para siempre y yo gobernaré. Soy el ser que surgió de la podredumbre y se levanta como nunca lo ha hecho. Ya nadie me detendrá, como nadie ha detenido el dolor en mí. Porque el dolor me desmorona.

Pero yo haré caer a todos los habitantes de Ciudad Perdida y sabrán de mi venganza...

Durante el monólogo del Pingüino las imágenes de Ciudad Perdida, sus bajos fondos se describirán puntuales: hombres que súbitos aparecen de las cloacas; mujeres desnudas y harapientas se masturban en las calles; asesinatos; autos que chocan; decrepitud total...

Batman (voz en off): Te busqué porque deseaba salvar a Ciudad Perdida de tu violencia, de tu horror, de la muerte que provocas...

Las siluetas de Batman y el Guasón en una calle oscura. Pelean.

Guasón (voz en off): ¡Lotería: me encontraste! Mal momento para los dos. Aquella noche no supe que eras tú. Pero el odio en tus ojos, oculto tras la máscara, reveló mi idéntico odio.

En dado momento nos miramos: los ojos en los ojos. Supe entonces que eras tú. Fue como verme al espejo.

Pingüino (su risa estridente lastima): Ji-ji-jí...

Batman (llora): Aquella noche salvé de la muerte a una mujer. Me recordó a mi madre. Yo amé a mí madre. La amé como si fuera la mujer de mi vida, pero tú me la quistaste. (Pausa. Transición en la voz.) Una vez la vi bañarse desnuda. Estaba en la bañera y entré para desearle buenas noches. La busqué en su cama, pero no estaba. Escuché el sonar del agua. Caminé sin hacer ruido y la vi salir de la tina y secar su hermoso cuerpo. La contemplé por largo tiempo. Luego salí corriendo. Volví. La besé con pasión, fingí tener miedo.

Pero en realidad tenía miedo de todo y de mí...

Pingüino (sigue apostado cerca de la ventana; la lucecita del cigarrillo permanece): El miedo nos mata. Sentí miedo desde siempre: desde que vi alejarse de mi cuerpo las manos de mi madre que me abandonaron en las aguas negras.

Recuerdo la oscuridad y el ladrar de los perros. El moisés navegó hasta adentrarse en una cloaca. Grande y profunda. Una fuerte corriente me arrastró hasta quedar al centro de un espacio cerrado. Silencio. Enorme. Luego los perros nadando hacia el centro, hacia donde yo estaba. Me arrastraron con su hocicos, me llevaron a su territorio, en tierra firme. Hundieron sus dientes en mis tiernas carnes. Mordieron mis manos. Mis piernas. Mi sangre se derramó en el fango: corrió hacia el centro de las aguas. Allí se concentró hasta conformarse en repetidas ondas profundas...

Luego unas manos me rescataron. Me llevaron a los subterráneos de una caverna. Lavaron mi cuerpo, la sangre se confundió con las aguas.

Yo creí ver las manos de mi madre, pero no eran...

Durante esta parte del monólogo del Pingüino una secuencia de imágenes corre: siguen fiel las formas que describen sus palabras.

Guasón (irónico): ¿Y te gustó más ver a tu madre desnuda, o derrumbada en el callejón, al lado de tu padre? (Pausa. Se escucha en off el llanto de Batman.) Perdón... ¡ah, no creí que eso te lastimara! Pero ya veo que te lastima. Me temo que lo disfruto enormemente.

¿Dijiste que es aquí donde te duele? (Hunde su dedo otra vez en el corazón de Batman.)

Batman (grita de dolor): ¡Agh!

Pingüino (grita al quemarse sus contrahechos dedos con la braza del cigarrillo): ¡Ay! ¡Maldita sea! ¡Maldita la gente de esta ciudad! (Se va a sentar de nuevo a seguir escuchado la conversación de Batman y el Guasón.)

Batman (firme en la voz): Sé cómo acabar contigo. (Close up de su mano empuñada.) Si somos reflejos de un solo espejo, entonces me dejaré morir; me lanzaré por la ventana hasta caer sobre el pavimento y mi muerte será la tuya. No tendrás ya a quien martirizar con tu injusta violencia. Tu risa se acabará cuando yo caiga... Porque de nada ha servido que todas las noches me disfrace y salga a las calles a la hora de la señal. Con nuestra muerte ya no será necesaria ninguna luz. Nada. Mi muerte será tu muerte. La vida continuará en Ciudad Perdida y se multiplicará. (Pausa. Imagen de las calles sin lluvia, pero mojadas aún.)

Una vez mi madre me leyó una frase de la Biblia: “Tras las tinieblas espero la luz”...

Ahora sé el significado, porque: Yo soy las tinieblas.

Pingüino (abre los ojos y la boca desmesuradamente): ¡Ah!

Guasón (burlón): ¡Linda frase, en verdad!

Has lo que quieras, yo terminaré mi copa y  saldré a las calles. Ya va siendo la hora...

Pingüino (voz en off): ¿Entonces eso significa la frase?.. (Close up de sus contrahechos dedos. Sostienen una braza de cigarrillo —color.)

Guasón (fingidamente triste, deja de sonreír): Se acaba el tiempo de la tregua. El tiempo se cumple, invariablemente. Si dices que con tu muerte se acabará la maldad en Ciudad Perdida, adelante. El vacío te espera.

Quiero verte caer: aún me quedan dos sorbos en mi copa. Adelante, adiós, déjame el mundo libre.

—Ja-ja-ja.

Pingüino (asombrado todavía del desciframiento de la frase): ¿Eso significa la frase?..

Batman (lleno de rabia): Ni la muerte te conmueve. Te llevaré al vacío conmigo, lo juro...

Toma Batman al Guasón del cuello y comienza la lucha. Los parroquianos se sorprenden. Se levantan de sus mesas y se repliegan en las paredes...Luchan encarnizadamente. Vuelan por los aires mesas y sillas...

Pingüino (excitado): “Yo soy las tinieblas”. ¿La maldad en Ciudad Perdida se acabará entonces con la muerte del murciélago? No. No lo permitiré, porque Yo soy las tinieblas que buscan la luz.

Siempre busqué la luz, siempre deseé la muerte, propia y ajena. Mi venganza será que siga la oscuridad, la maldad y el pecado...

Nadie se salvará, porque el mundo seguirá igual...

El Pingüino se levanta de su silla, de donde no se ha movido, y se lanza por la ventana. El estrépito de los cristales se confunde con el nuevo trueno en los cielo (y con el ruido de la pelea), porque la lluvia ha vuelto y comienza a caer desmesuradamente.

Imagen exterior. Las calles de Ciudad Perdida

El cuerpo del Pingüino derramado en el piso.

Pingüino (mueve los labios moribundos, sin que se entiendan sus palabras. Aparece en la pantalla la frase.): “Soy las tinieblas...”

Escena inmediata:

En lo alto del cielo se mira la señal de luz.

Batman la observa angustiado, en un descanso en la pelea.

Batman (turbado dice al Guasón): ¡Maldición: debo atender la señal! ¡Te encontraré después!..

Abre Batman su capa y cubre toda la pantalla que se queda en azul. Se escucha la canción “Shit City” [de La Revolución de Emiliano Zapata], que dura hasta el final.

Fin

[Créditos finales.]

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 14 Junio 2017 06:41

LOS INSTANTES / Marcos Reyes /

 

 

LOS INSTANTES

 Marcos Reyes

 

 

A veces las personas toman ciertos escapes del lugar en el que habitan. Salen a explorar un cráter, dan paseos solitarios en la playa, se enclavan en retiros espirituales dentro de algún pedazo de selva virgen, o ejecutan rituales de apareamiento bajo la luna. En fin, cualquier método es útil sí es capaz de producir la sensación de auto exilio.

Desde hace algunos años, Darío había escuchado de aquél sitio al cual ahora se dirigía. Varias amistades y materiales fotosensibles se lo habían descrito como un pequeño lugar; parcialmente desolado según la temporada, de acceso intrincado y donde algunos raspones resultantes, tras uno que otro tambaleo, eran necesarios para llegar al riachuelo. Finalmente sus ojos podían presenciarlo, pero ¿qué lo había llevado esta vez a realizar dicho acto?

“El tiempo es un elemento necesario en nuestras vidas, indispensable más bien” – pensó.  Había malgastado acorde a sus creencias más de veinte vueltas al sol y aun llevaba un reloj de bolsillo deslucido a todas partes. Sentía una desesperada actitud hacia el dominio de ciertos instantes; en ocasiones quería que el acontecimiento se prolongará indefinidamente, pero en otras quería que sus desgracias fueran ínfimas, desapariciones inmediatas.

Este viaje era una respuesta a sus ansiedades, o al menos eso creía. Se había marchado de casa con apenas un ridículo aviso: “¡Nos vemos!”- informó de una manera nada extraña a sus compañeros de morada, a quienes obviamente no pareció importarles en lo absoluto ese anuncio desganado, cotidiano y casi exclusivamente un producto de algunos buenos modales aprendidos en épocas tempranas, los cuales únicamente reproducía por buena praxis.   

Aquél reloj había pertenecido a su abuelo, quien lo había recibido a manera de pago tras unos trabajos realizados en una importante fábrica de su ciudad; la historia que le contaron no era tan complicada: los dueños no querían pagarle y dicho objeto fue lo mejor que pudo negociar. Luego lo obtuvo su padre, quien lo portaba como un símbolo preciado de aquellos años de una próspera producción industrial, eventualmente llegó su turno de recibirlo. Para Darío, el significado del objeto había cambiado también;  por una parte no le parecía reducto de la precariedad y el abuso laboral del que fue perpetrado ese hombre que poco conoció, ni tampoco sentía el orgullo ni la añoranza que su viejo transmitía por el humo y las máquinas, es más ni siquiera creía que los ladrillos de barro y grandes canteras le hubieran proveído alguna imagen digna de recordar.

Por el contrario, se sentía atado por dichas manecillas y la cobertura metálica, que se rehusaba a perder del todo su brillo original. Había crecido con una rigurosidad cuasi militar en casa de sus padres con la cual nunca estuvo cómodo, pero tampoco refutó. Unos años después se marcharía. Darío  empezó a creer en el tiempo y su desgaste de manera sutil inicialmente, viendo su reloj cada cierto tiempo, unas pocas veces al día hasta desarrollar una fe ciega en aquel objeto que le ordenaba a donde trasladar sus pasos. Sus consultas fueron aumentando gradualmente hasta haber desarrollado una meticulosa obsesión con los cálculos exactos entre la cantidad de pasos y minutos que destinaba a cada traslado o actividad, en los días en que se sentía como un campeón retador, también contaba los segundos.

Ahora se encontraba rodeado de vegetación abundante, un verde intenso rodeaba su mirada y escuchaba el sonido del agua al deslizarse por encima de las piedras creando un concierto en su andar poco caudaloso. Él contemplaba, se ponía un poco inquieto, se había prometido a sí mismo olvidar la existencia del reloj en aquella expedición y esa decisión le causaba estragos en sus principios de ansiedad. Sin embargo, estaba decidido a pasar algunos días en ese lugar, no quería volver, tampoco le sobraban motivos para hacerlo. Los últimos meses le habían resultado complicados, la relación con su padre no era la mejor y lo cierto es que aquellos chicos con los que habitaba tampoco eran completamente de su agrado, los toleraba pero aprovechaba cualquier excusa para permanecer encerrado en su cuarto, salir a hurtadillas por comida y evitar conversaciones que sobrepasaran los tres minutos, en ello era sumamente estricto.

Había sacado sus cálculos, doscientoscuarenta segundos le parecían suficientes para decir lo que se tuviera que decir, y aun así tener un margen para silencios incómodos, resultantes de una charla en la que ninguna de las dos partes quiere en realidad estar involucrado. De esta manera daba tiempo para esos lugares comunes: ¿Cómo has estado?, ¿Cómo te fue en el trabajo?, ¿Qué tal se encuentran tus padres?, ¿Has visto a –ingrese nombre del amigo que poco se ve pero que alguna vez juntos conocieron-?, ¿Viste que calor está haciendo? Y obtener sus justas respuestas y proseguir.

La situación del río le daba margen a no tener que participar de ello, no había visto rastros de otras personas a la redonda y pensaba que podría permitirse más de tres minutos consigo mismo, incluso estaba logrando olvidar que las manecillas aún se movían dentro de su mochila. No obstante, seguía siendo presa del desencanto: “otro chico sin dirección alguna, desperdiciando verdaderas oportunidades” habrían pensado una buena cantidad de personas que lo conocían. 

Se sentía aburrido, fatigado, desilusionado, incluso el mecer despacio de las aguas le provocaba frustración, había ido ahí para hallar la calma, pero “la calma no es quietud” –pensó. Ni tampoco podía hallarse contenida en el engranaje de alta precisión que daba vida a sus tic-tocs. Sacó el reloj de su mochila y en acto ritual lo cogió fuerte para hundirlo en el agua. Primero suave y despacio sintiendo como el líquido cristalino empezaba a fusionarse en la imagen de sus números y distorsionarla, hasta que en un episodio lleno de extraña fuerza comenzaba a adentrarse cada vez más, sentía como la leve corriente iba inundando el corazón del objeto, deteniéndolo de a poco. El puntual mecanismo se resistía a dejar de lado su misión dictatorial, hasta que en un último arrebato Darío lo sumergió en frenéticas y repetidas ocasiones. Se detuvo cuando sintió que él también se había detenido. Pensó en lanzarlo lo más lejos posible, emulando escenas vistas en películas donde los protagonistas arrojan piedras contendiendo, luego pensó en lo ridículo de la idea. Simplemente lo dejo caer de su mano. Tampoco quería competencias.  Tenía que matarlo todo.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 14 Junio 2017 06:10

Los barrios  / Waldo Contreras López /

 

Los barrios 

Waldo Contreras López

 

barrio#1.

 

Si hay algo que se resiste a cambiar aun con el largo paso de los años es el aspecto de las cosas; lo mismo sucede a las personas, el aspecto jamás les cambia.

Hay una lejanía temporal entre aquellos días de mi juventud precoz y mi edad adulta madura, una distancia hecha de veinte años. He caminado toda mi vida por estos andurriales y aun con sus cicatrices marcadas estos barrios me siguen pareciendo igual a aquellos de mis entonces dieciocho años de edad. Y no es que el color de sus casas jamás haya sido repintado o no le hayan re pavimentado sus calles ni replantado sus jardines públicos, a estos parques de los atardeceres, por ejemplo, si le han cambiado sus columpios, resbaladillas y suben-bajan; a estas calles si les han modernizado sus farolas del alumbrado público y el empedrado que existía en los años ochenta fue arrancado para embellecer la colonia con pavimento hidráulico de interés social a guevos.

Pero estas calles tienen una personalidad propia que les hace reconocerlas como algo vivo y festivo, todo esto no puede ser posible sin la personalidad de la gente que las camina. Así, la panadería tiene el mismo aspecto cálido y sonriente de las madres en la cocina de sus casas; el expendio de cerveza de la calle principal evoca la misma amenaza que produce el aspecto de un sicario borracho, drogado y encabronado; la humilde carpa con su carreta de hamburguesas y perros calientes de “la Vero” provoca el mismo rechazo y náusea que portan los vagabundos tronados de la cabeza por el abuso de la metanfetamina, esos enfermos que portan en sus ropas el infierno, el asco, la grasa con pelos y su pellejo hediondo a carne echada a perder, igualito que las viandas de esa mujer  que suda y suda ante la plancha llena de manteca y polvo. Los gimnasios varoniles exhalan un tufo a testosterona joteril, anabólicos, albúmina de huevo, proteínas sintéticas y atún, siempre el atún; los clubes de zumba y bicicleta estacionaria provocan desaliento al pasar por sus aceras, el mismo desaliento que producen las mujeres después de su inmisericorde actividad física vigorosa sobre las camas de cuartos de renta o casas matrimoniales, esas mujeres sudorosas y agitadas con su mirar bravo y sonrisa satisfecha.

Se ve lo alegre en los mercados municipales, lo trágico en las decadentes carpas teatro de las colonias pobres, la derrota del alma en sus cantinas, lupanares y llongos; la ternura femenina en los jardines hogareños, la indomable presencia masculina en los cofres abiertos de los carros y debajo estos. Entonces, obviamente, las personas por acá son variopintas, seres únicos, universos que conviven, comparten un espacio y se toleran. Repito, todos tienen un aspecto variado y colorido, una variedad rica: prietos feos, güeros quesones, flacos u obesas, lampiños y greñudos, rapados y barbones, nalgonas sin chichis o chichonas sin nalgas, putonas o decentes, a pata o en camioneta, amantes o granujas, adictos o abstemios, ojetes o filántropos. Todos diferentes, todos de mirar de frente, eso sí, sus miradas brillan sobre la tuya aunque estén tristes o alegres. La comunidad heterogénea de los barrios pobres de la ciudad; esta ciudad aparte, apestosa y polvorienta y su gente que evidencian diferencias con el resto que es un grupo reducido; ese resto que no conoce la quemadura del sol o el sudor comezonoso en las verijas y sobacos, el hambre por las noches y el desvelo en las mañanas; esos pocos que tienen todos el mismo aspecto ingenuo: el cutis arrebolado en sus mejillas, cuero fino lustrado de buenas comidas y buen beber, mirada certezica y voz imperativa pero ánimo culón; muchas mujeres poco amor, mucho hombre, mucho dinero, poco amor; la ecuación perfecta para el crecimiento, mantenimiento y sanidad en las cuentas guardadas de los bancos.

Ambas sociedades armantes de esta locura urbana, la heterogénea y la homogénea se toleran pero no conviven; uno odia la mugre y el sobaco comezonado de sudor y el otro detesta la limpieza jabonosa y aromática de cosméticos caros europeos del pellejo lustroso y bien comido-bebido del ricacho sin amor: “somos puro amor, los pocos son mucha plata, plata fría. Yo duermo de  calor, chiquitita” leí en la barda ruinosa de un panteón montado en el plan de un cerro, un panteón de cruces de palo y flores de papel.

Sí, en los barrios bajos se lee el amor en todos lados; en las paredes de los bodegones de la central de abastos: “tu silencio me apuñala, Elena”; en los baños públicos de los supermercados: “busco pene con amor, llámame aquí 66726961305416”,”el agente de seguridad de la bodega de recibo hace el amor con la cajera de perfumería en la bodega refrigerada de frutas y verduras”.

 En estos barrios se ve el amor mal correspondido de las mujeres que trabajan bajo el sol inclemente de la media mañana; hembras morenas: frente y nariz, hombros y brazos quemados de días y días de rezolanas de primavera-verano, otoño-invierno; esas mal señoras mal amadas que se quejan de la ingratitud del borracho golpeador: “yo lo quiero tanto, a pesar de todo”. Se ve también en los campos de batalla machista el amor incomprendido de los hombres; esos hombres con pañuelo en cuello, gorra mugrosa, hombro y mano callosa, pies cuarteados por la salitre y los días de mal clima, dientes quebrados por las peleas al calor de la fogata y el fuego del alcohol y la alegata de mostrar quien es más cabrón; labios partidos por puño ajeno y resacas malcuradas; voz rasposa y estentórea que dice: “me parto la madre y a mi mujer no le importa, y aun así la quiero y mucho” en estos barrios con esas mujeres dueñas de esos hombres se puede ver el amor a los hijos malcomidos cargados en hombros, el amor en sus ropas de segunda, en sus cabellos cenizo desnutrido, en sus rodillas chorreadas y el moco burbujeante en la nariz; sus boquitas y ojotes que sonríen al ver llegar a la madre o al padre muertos de cansancio y desencanto que se encantan cuando están los tres cenándose los tamales con leche o en días buenos: café y coca-colas.

 

 

Los barrios #2.  

 

 

Para la ciudad el día comenzó con una lluvia de estropicio. Fuertes vientos y enormes masas de agua azotando los techos del barrio me arrancaron de mis sueños (como una mujer mojada a despertarme)

En mi patio trasero hay inundación, hay ramas rotas y hojas reverdecientes caídas de mis árboles gigantescos; mis plantas de ornato y florales se ven con sus hojas gachas, deprimidas, abrumadas por el pesado golpear de miles y miles de gotas heladas; mi cuarto socavado en sus cimientos está siendo invadido por cucarachas y grillos que salen de entre las grietas del piso buscando las partes más altas de las paredes, huyendo en su temor insecto a la inmersión y la muerte en medio de la oscuridad.

Son las once de la mañana y no he podido salir a las calles las cuales, con estas aguas del cielo, están convertidas en patios de perros. Me conformo.

Me conformo con una taza de café desabrido de la pobreza en mi alacena. Tengo un lujo, tengo un estéreo el cual aun toca aquellos discos compactos color cromo, esos fetiches de la ya muerta era digital de los años noventa; y las bocinas aun suenan bien. Suenan un larga duración que contiene a las grandes bandas de Jazz americano, el bello swing de las orquestas de la marina; esas orquestas norteamericanas fueron armadas para tocar alegría en los enormes, silenciosos y fantasmales buques de guerra de la pelea imperialista siempre-eterna; estás orquestas tocan las fibras de la alegría, el glamour y la luminosidad de lentejuela y oropel, fueran hechas para el baile. Mi estéreo suena: suena a “in mood”, “american patrol”, “chatanooga choo choo” “moonlight serenade” y “tuxedo junction”¡ y etcétera y etcétera! ¡Todos esos grandes temas del “american song book!”

Recupero ánimos y me asomo a la calle a buscar una esperanza: nada; la cortina opaca y sonora de la lluvia triste y helada me dice: “hoy no” ¿por qué?

No hay aves en el cielo; veo gente caminar apresurada-apesumbrada, mujeres corriendo a la velocidad de sus tribulaciones recónditas; estas mujeres corren estúpidas, desgreñadas y descalzas, como si con ello impermeabilizaran sus cuerpos que se ven graciosos al sacudirse debido al peso de sus nalgas y sus senos espléndidos; veo señores arrastrando sus ojos junto con sus pies, sus zapatos mojados, el aire taciturno, tristes de lluvia en su mollera. Y, ¡qué curioso! No veo algún perro divirtiéndose bajo esta inclemencia de los tiempos; no hay ninguno en estos patios suburbanos y los perros siempre se divierten a pesar de los relámpagos y truenos.

Yo estoy algo triste. Yo solo necesito que dejen de caer mil millones de billones de gotas de lluvia por un buen espacio de tiempo, unos quince minutos que me permitan salir de esta casa y caminar sin amarguras y charcas de agua hasta algún lugar en donde haya gente que quiera hablarme de su mundo; una cantina, por ejemplo; un lupanar (mucho mejor) o un mercado en donde haya mujeres y hombres soportando el rigor de su pobreza ante un mal día.

Dios santo, qué fea está mi casa hoy ¡encerrado por el clima riguroso! Pero no debo lamentar tanto, ni tengo grandes planes desde hace meses, no tengo grandes planes desde que me quedé sin compañía femenina; la compañía femenina es por sí misma una ilusión para hacer planes y acomodar los días para cortos y largos plazos. No hay, por ejemplo, en mis futuras intenciones, al menos una muchacha frívola por ahí, esperándome en alguna esquina o llongo para darnos diversión sin compromiso que dure más de cinco horas; debo agregar además que las muchachas frívolas no comen, beben o fuman sexo; ellas hacen todo esto con dinero o por dinero y yo ando muy miserable de bolsillo en estos días. Cielo de mi vida, deja de caer de esta forma ¡por favor!

Y ahora estoy convaleciendo de encerrona en mi cama. Ha llegado mi vieja gata para darme un poco de su silenciosa compañía, se hecha a mis pies con aires de esfinge egipcia, con ese aire serio y su semi-sonrisa en su hocico, con ese mirar atónito característico de todos los felinos.

A mi gata le importa un carajo la lluvia, ella no es una vaga porque es una hembra operada de sus trompas de Falopio gatunas; mi vieja gata no siente la urgencia de salir a buscar sexo o amor así que, me acompaña porque me quiere de gata a humano, con esa dependencia de sus tripas ansiosas de comer ese horrible alimento de harina prensada y dura como las piedras. Ella ignora que yo daría lo que fuera por no estar viéndola en esta cama y en este momento; mi gata ignora, por supuesto, que yo no estoy capado y necesito salir a la calle para quemar un poco de energía libidinal de cualquier forma posible.

Mi pobre gata, pobre de mí; me maúlla la infortunada, me maúlla a mí, un desventurado resguardándose de la crueldad del cielo.

Y mi estéreo sigue sonando, suena ahora a las maneras de Duke Ellington y su gran orquesta negra de música poderosa; este negro inenarrable de las teclas de marfil (el piano es ahora un gran hombre “de color” (o de todos los colores que puedan sacársele a los pianos) sonriendo con sus enormes dientes musicales en blanco y negro) me ha animado a salir y enfrentar estas calles vaporosas y resbaladizas. Ahora sigo sin planes pero me animo a vagar, solo comeré un poco de carne frita que me regaló mi vecino, beberé una gran taza de café soluble y saltaré a bordo de este mundo tan bello que resplandece bajo el cielo gris y lloriqueante: papapapapári-ri-ri-rí fu fufufuáfaaaaaaa-a-a-a-ah! Suena una trompeta que parece hablar y decir con su voz chillona: “anda por ello” y el tambor de músculo africano me arenga como a un guerrero con su tamtamtam pum pumtata taz! Tacatatacatá tacatá-ta-tam!. Llenare mi panza de carne y café e iré a la calle a buscar sonidos de voces no tan pretensiosas y sin el encanto improvisado del gran jazz americano, voces llenas de alma que claman oídos para una gran historia bajo las lluvias.

Pues bien, aquí estoy rodando sobre la rueda elíptica de las calles (te acercas y te alejas del centro de los sucesos mientras giras y giras alrededor de estos) y me he ganado una buena historia (las historias que uno escucha no son tan interesantes si uno no conoce muy bien a los protagonistas): El cuida carros de un bar en el cual trabajaba se llama Jorge (Jorge “milpa” apodado (mil-panochas), es que siempre, entre los incidentes cantineros salidos de su boca, agrega sin venir al caso: “hoy agarraré una buena panochita para coger”) me cuenta un incidente breve pero lleno de energía narrativa. El relato de su jefe, un hombre cincuentón y amargado por cargar con una amantucha veintisiete años menor que él; Rigoberto, un hombre obeso y piel blanca (la piel blanca le hace mal a los obesos, según mis gustos refinados), un hombre malhumorado quien a todo lo que vea con un cacho de humanidad lo epiteta con el nombre de “mierda”:

-mi hija de quince años ya anda en malos pasos –comentó una joven cantinera adicta al alcohol y a las metanfetaminas.

-siembra mierda y obtendrás mierda siempre –responde Rigoberto con un dejo de burla en su acento.

Y hay un pleito entre la desgraciada “malilla foquemona mierda (epiteta Rigoberto)” y el “histérico, panzón rabo verde (epiteta Susana, la cantinera)”.

Y ese hombre tan triste y payasesco, con sus gafas de fondo de botella se rinde ante su apocado carácter y murmura entre dientes después de darle un largo trago a su cerveza Bud Light: “un día, todos ustedes, saltarán contra mí como alacranes. No puedo echarlos a la calle pues les haría un mal; tengo que aguantarlos con sus pinches vicios y encima me gritan, se levantan para darme la contra …eso me pasa por haber sido buena gente desde el principio, ya no hay marcha atrás, no hay lucha contra ustedes. Me dan lástima a pesar de todo, bola de culeros”

Termina su discurso de jefe atormentado y da un manotazo a la barra de su cantina, coge unas monedas de la caja registradora y pone a sonar música en la sinfonola, Vicente Fernández canta: “por tu maldito amor”. Vicente Fernández, el charro de Huentitán le viene bien y se tranquiliza. Y este buen hombre, dueño de un buen bar de mala muerte, que dispone de dinero y mujeres, un hijo de papi que todo lo tiene y lo que no tiene lo alcanza ¿qué va a saber de la lluvia, del mal taco y de las calles? Este buen hombre no conoce, por supuesto, las verdaderas disputas que suceden sobre el pavimento duro y ardiente de los barrios, los barrios brutos como la realidad cotidiana. Ignora que hay peleas más interesantes que las originadas por su histeria cincuentona de hijo de papi sin amor. Por ejemplo, este perro bajo la lluvia cree que yo quiero arrebatarle la cena, su banquete de tortillas remojadas, acedas y cagadas por las moscas de la miseria; me ladra fúrico como le ladraría a su peor enemigo-macho alfa perruno.

Ya cayó la noche. Hay luces, hay brumas.

Bueno, estas imágenes de la noche con sus luces y sus coches fantasmales no tienen algo especial nomás al verlos en esta instantánea fotográfica que describe apenas un momento, que intenta contener y eternizar un suceso visual que ya ha muerto tras el fluir de la vida. Pero para mí ese es el meollo del asunto, el nudo que si lo tocas se desata; tienes que estar ahí para sentir de verdad y más allá de tus ventanas sensibles foto-visuales, eso es lo que me interesa que sepas, porque en estas imágenes fotográficas tú no puedes oír la voz que cuenta una historia… solo tienes que estar ahí porque:

Los coches:

Yo soy la voz de la fotografía, la memoria fotográfica que habla para ser oída: atención, escucha, escucha; hay historias dentro de los coches bajo la lluvia; brevedades intensas y llenas de energía.

Regreso a casa después de nueve horas de vagar bajo la tormenta parida por las crueles “cabañuelas” que azotan el mundo cada tantos años. Los pies me arden de cansancio y humedad; siento en mi garganta el preámbulo de un feroz resfriado, mis pantalones están mojados hasta las rodilleras, mis zapatos de bota borboritan agua lodosa y hacen un sonido de conflagración sexual pene-vagina; y mi pecho, mi alma comienza a helarse sin la visión y el sonar de las voces cálidas dirigidas a mí. Me detengo sobre una acera solitaria y oscura, bajo mi paraguas que casi se colapsa por el peso de tanta agua; miro el veloz arroyo en lo que está transformada la avenida que atraviesa estos barrios suburbanos, miro como esa larga culebra de agua se ilumina y alborota por las luces y las ruedas de los automóviles que aun circulan a pesar del mal clima que azota desde el amanecer (buenos reductos estos carros, reductos motorizados y cálidos, tan cómodos e íntimos con sus asientos reclinables y el sonido romántico de sus programas radiales transmitiendo a través del equipo estereofónico de alta fidelidad y sonido surround; y uno de estos vehículos se detiene frente a la luz rojiza del semáforo; puedo sentir la calidez que emana de este, el calor emitido de su cofre que arroja al aire un vapor crepitante y blanquisco, escucho la voz cronista de un locutor de la radio universitaria: conozco al locutor, habla del gran jazz y del mal clima neoyorkino, de la eterna humedad de la calle cincuenta y dos. Me encanta la voz reposada y de aire antiguo del buen “Concho” Beltrán, me gusta su programa “la marcha de los reyes negros”, lo escucho apenas difuso a través de la tonada, el ritmo y el canto de la lluvia, la música retumbante y luminosa de las nubes. El coche zumba su motor, escucho el sonido monótono de los limpia parabrisas eléctricos que avienta el agua del vidrio a sus costados; y entonces veo que una mano pálida se recarga contra el vidrio de la ventana del copiloto y limpia vapor condensado contra este; una mano pequeña y hermosa, de formas finas y largas uñas; y de entre la oscuridad brumosa e íntima veo como aparece el bello rostro de una mujer, feliz y seguro, con unos ojos ajenos a la heladez de la intemperie que me azota. Esos ojos me miran, recorren mi figura con brillo sorprendido como si mi ser fuera la aparición de un fantasma citadino que le observa con sus ojos vacíos y desde la nostalgia impalpable, helada e irreal de la muerte hasta la pesada y caliente realidad de los vivos.

Y nuestras miradas se han encontrado durante cinco segundos robados a los veinticinco contenidos dentro de la caja de control de tráfico del semáforo; y la teoría de la relatividad del tiempo se manifiesta en todo su poderío ante mis ojos y el mundo desaparece con sus nubes, sus lluvias y sus luces; solo el carro, la chica y yo dentro de los cinco segundos más largos del día. Y aparece un universo nuevecito y rutilante, lleno de preguntas, de dudas, certezas y miedos.

¿Qué por qué estoy afuera bajo esta lluvia, muchacha sin nombre?:

Yo soy pobre y no tengo un buen amor que me acalide el ánimo, no tengo a alguien que me abrace, me diga: “mi amor, mi vida” y todas esas palabras tibias, no tengo a alguien de esa forma a mi lado como lo tienes tú. Vago en las calles buscando al menos el calor en mis piernas, buscando el calor de una presencia, una voz, algo humano que pueble mis noches insomnes; imágenes y sonidos, y sonidos de voces que me ayuden a construir ciudades y personas bellas e inmortales. Busco un motivo para calentar mis manos como lo hacen los vagos de los basurales ante la luz de una fogata. Voces, imágenes e historias para llevar al callejón enorme sin salida que es mi alcoba, mi orbe miserable; mi urbe ficticia, solitaria; mi reducto helado, el faro de mi vida naufragada; mi vida sin caricias ni presencias palpables y hablantes; un país fantaseado a la orilla del mundo en donde solo hay mares con sus olas oscuras.

¿Qué por qué estoy tan solo, muchacha anónima de manos bellas?:

Yo no tengo un buen falo automotriz, ni un gran falo bancario y ningún gran falo de cemento, ladrillo y yeso fincado sobre patios de barrios ricachones; yo solo tengo mis manos, muchacha, mi mente solitaria y mis miradas en el vacío que son mis ilusiones ¿ves?, no tengo algo de lo que te puedas agarrar con placer y gana psíquica; ni siquiera tengo amigos para presentarte (todos se han retirado a sus vidas de cabeza sentada, me rechazan por ser tan inestable). Muchacha, yo solo tengo una casa fea, una gata vieja y malhumorada, un perro muerto de hambre y un jardín con flores salvajes que nadie compra, vende o quiere.

Estoy aquí como fantasma de las calles soportando los rigores infames del cielo porque mi casa es solitaria y me duele, esa vieja casa me hace dolor y me saca a patadas de sus cuartos.

…y el tiempo y su relatividad vuelve a ser el mismo de cinco segundos, de seis segundos antes y la luz del semáforo y el ahora rostro verdoso de la mujer través del vidrio me deja varado en algún lugar de mi soledad. La muchacha través del vidrio. El vidrio del coche es una pantalla incidental y vivida a través de la cual una mujer y alguien más están viendo un programa televisivo que quizás no sea su favorito pero al menos les resulta gratificante y entretenido; se me figura que ella está frente un televisor viendo una escena acerca de las calles, la lluvia y los fantasmas vagabundos, me está viendo en un programa televisivo y hasta me puedo imaginar la sinopsis kitsch de algún editor joven y hipster: “un ángel fugado mediante la piedad de las nubes, un ángel vagabundo de las calles bajado por la escalera luminosa de un relámpago, el espíritu de un vago de los cielos y los universos, un ángel sin alas en busca del amor”. Por momentos me siento ridículo y protagonista de una serie cursi universitaria que les dice que hay personas que viven momentos siempre peores que cualquiera de los que ellos mismos son capaces de soportar.

Yo no estoy tan mal bajo esta lluvia; estoy ante una pantalla panorámica que me enseña miles de historias, mejores historias que cualquiera de las que grafican las series televisivas de cualquiera de los cien canales de la televisión de paga. La mujer deja de mirarme. Pude ver que una mano también blanca, regordeta y peluda se plantó sobre su hombro desnudo, pálido y terso; vislumbré un rostro masculino: cara cuadrada, con barba cerrada semi crecida, vi una boca sensual que le decía algo a la mujer, ella sonríe y hace un gesto afirmativo para luego regalarle un beso. El automóvil arranca y me abandona…y yo, yo me quedo varado en algún lugar de mi soledad… en algún lugar de mi soledad.

 Otro automóvil pasa veloz y me salpica de agua, un auto compacto de narco junior con música a todo ruido que suena un narco corrido.

Solo camino un par de calles más y estoy a las puertas de mi casa; siempre mi casa; siempre me espera en la noche con los ojos oscuros de sus ventanas abiertos, sus cortinas polvorientas, su piso de cemento pulido, sus paredes que hieden a moho y desprenden cáscaras de pintura; mi casa con su olor a abandono, a ropa sucia, a nidos de cucaracha y perro remojado; mi vieja casa con su techo que filtra agua a goterones y chorros, goterones y chorros ,mientras no pare de llover; este refugio con su piso hundido, con sus lagartijas y sus grillos que gritan en las madrugadas metidos entre los cimientos socavados por las hormigas. Mi casa sin mujer cálida y perfume, sin amantes, abandonada a las sabandijas, mi casa llena de fantasmas del pasado y el presente que es en sí un regalo bueno o malo ¡qué terrible está mi casa esta noche! ¡por favor, que alguien venga a visitarme!

Mi alcoba es un patético refugio hecho para evadirme del tedio del silencio: tengo las paredes rayoneadas con citas de poetas, frases de libros y dibujos. Hablo con Jack Kerouac, con Carlos Prospero, Aureliano Buendía, Melquíades, Gunter Grass, Gabo, Cortázar, Quiroga; con mis sobrinas que dejan sus deseos de amor tintos con crayola de cebo, con mis vecinos que intentan que la soledad sea menos, hablo también conmigo mismo en estas paredes; mi cuarto parece el pabellón de un manicomio: una cama destendida, mugrosa y apestosa a sudores añejos, un escritorio miserable adornado con fotos, lapiceros primorosos, libros despastados, taza de café y pastillas para el dolor de cabeza, una silla estilo colonial, un sofá cama ocupado por bultos de ropa sucia, un abanico, un sombrero colgado de un clavo, una manita de madera para rascarse la espalda, dibujos de mi pequeña niña que me visita cada vez menos frecuente, zapatos y calcetines regados por el piso, discos compactos de música rock y jazz …y una ventana que da al traspatio lleno de sombras y miedo por las noches y sus sombras proyectadas por la luna, este patio que en el día se ve tan vivo con sus árboles enormes, sus flores y pájaros que le cantan a la vida que es tan dura; y yo en medio de todo esto luchando por darle sentido práctico a tanta cosa con su peso abrumador de tanta existencia.

…como me haces falta prieta, mi amor, mi vida.

Lo peor de esta casa es que no estás hoy, ni estuviste nunca ni estarás jamás. Mi prieta linda, mi amor ¿a dónde te has ido llevándote el pedazo de mundo que me pertenecía?

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Lunes, 12 Junio 2017 03:43

¡Sólo mátalo! / SERVANDO CLEMENS /

 

 

¡Sólo mátalo!

 

SERVANDO CLEMENS

 Antes de que saliera el sol Jonás estaba llegando al palacio presidencial, donde lo esperaba su compañero Jeff. Los dos portaban su traje correspondiente a la guardia presidencial.

—El gran día llegó —dijo Jonás—. ¿listo?

—Listo —contestó Jeff—. Por la patria.

—Por la patria —repitió Jonás.

     Ese día se anunciaría el reforzamiento de la seguridad del palacio y del incremento de escoltas que resguardarían al mandatario. Asimismo, se entregarían los automóviles blindados y las nuevas armas procedentes de Estados Unidos (para seguridad del pueblo, decía el gobierno).

—¡Señores! —ordenó el jefe del cuerpo de seguridad—, tomen sus lugares, quiero a todos atentos. Sin sorpresas.

—¿Pasa algo extraño, señor? —preguntó Jonás.

—En absoluto —dijo el jefe—. Pero hay que estar atentos. Usted sabe lo del domingo pasado con los manifestantes del zócalo.

     Durante los últimos tres sexenios de mandato del presidente, había desaparecido miles de personas. Nunca se esclarecieron los hechos.

—¿Escondiste el arma? —dijo Jonás.

—Si —respondió Jeff—, relájate, no te preocupes.

    Jonás y Jeff habían planeado el atentado durante dos años. Antes de eso, estuvieron entrenando seis meses en el extranjero. Pretendía que la república fuera libre y soberana. Querían sembrar la semilla de la libertad y heredar un mejor mundo para sus hijos. El país estaba sumido en la pobreza extrema. Los medios de comunicación eran manipulados por el mismo gobierno. Había rezago educativo y además era el país más corrupto de Latinoamérica. Primer lugar en algo a final de cuentas.

—¿A las siete sonará la alarma? —preguntó Jeff—, ¿seguro están sincronizadas?

—Por supuesto —aseguró Jonás—. A esa hora habrá fuegos artificiales.

     El país era rico en recursos naturales. No obstante, el 80% de la población estaba hundida en la pobreza, el 20% restante vivía con lujos. Había pocos ricos y muchos pobres.

—¡EHH! —gritó el jefe—, dejen de estar secreteando par de maricones de mierda. El señor presidente está a punto de llegar.

      También era la nación con mayor índice de discriminación.

—Quince minutos —Alertó un anciano de la limpieza. También estaba infiltrado.

—Llegó el señor presidente —dijo el jefe—. Vigilen las ventanas.

    El presidente arribó en su lujoso automóvil blindado. Iba escoltados por diez gorilas entrenados en Irak.

     Por nuestros padres pensó Jonás. Los papás del joven habían sido raptados de su casa. Sufrieron torturas y vejaciones. Al final fueron ejecutados con un tiro de gracia. Ellos eran representantes del partido político contrario. Estaban haciendo mucho ruido en los medios de comunicación. Salían en noticieros internacionales informando la situación del país. El asesinato de los padres de Jonás fue adjudicado al narcotráfico, un ajuste de cuentas. Se dijo que eran parte del cártel del norte, el más temible de la república Revolucionaria.

     La república Revolucionaria tenía diez millones de habitantes. Pero la guerra por el poder, aunada a la guerra contra el narcotráfico, había dejado un millón de muertos. Era como una malaria que estaba acabando con la gente, con la gente más pobre principalmente.

Sonó la alarma justo a las siete.

—Se llegó la hora —dijo el anciano que trapeaba los pasillos. El viejo sacó de un escondite un rifle automático y acabó con una ráfaga con siete guardias de seguridad. El jefe de seguridad mató al anciano de un tiro en la cabeza. Se detonaron las bombas y el caos se hizo presente. Afuera se escuchaban detonaciones y lanzaban gases lacrimógenos contra los manifestantes.

    Jeff, debajo del marco de una puerta disparaba y acababa con los distraídos escoltas que se quitaban los escombros de encima.

—¡Cuidado! —gritó Jonás.

    El jefe disparó su arma contra Jeff, pero el joven alcanzó a tirarse al piso. Jonás acribilló al jefe a una distancia de seis metros pintando las paredes de sangre.

     Jonás y Jeff avanzaban hombro con hombro acabando con todo lo que se les pusiera enfrente. Nada importaba. Debían acabar con el dictador.

    Estaban a punto de tumbar la puerta de la oficina presidencial, pero Jonás recibió un tiro por la espalda cayendo de rodillas. Jeff contratacó abatiendo al agresor.

—¡No… amigo! —dijo Jeff sollozando.

    De las comisuras de los labios de Jonás escurría abundante sangre. Al final lanzó un escupitajo de sangre y gritó:

—¡VENGANZA!

—¡Justicia! —replicó Jeff.

—¡Sólo mátalo! —fue lo último que alcanzo a decir Jonás y se derrumbó de cara al piso encima de un charco de sangre.

    Jeff pateó la manija de la puerta y logró abrirla. Dentro de la oficina había nubes de polvo y escombros. A su lado derecho el último escolta yacía bajo una viga. De un rincón el presidente se levantaba con una herida en la frente y un brazo fracturado. Jeff apuntó hacia el presidente.

—¡Muchacho! —Dijo el mandatario—. ¿Acabaste con todos los terroristas?

—¿Terroristas? —preguntó Jeff.

—¡Felicidades! Fue un gran trabajo. Acaba de salvarme la vida, muchacho.

—Emmm —dudaba Jeff con el arma en la mano.

—Por sus actos heroicos lo nombró nuevo jefe del cuerpo de seguridad nacional, es un honor, comandante —hizo un saludo militar.

—Señor…

—Vienen grandes oportunidades —aseguró el presidente—. Me cercioraré de que tu familia tenga lo mejor.

Jeff bajó su arma.

—Además, mandaré a tus hijos a estudiar al extranjero.

—Gracias señor presidente. será un verdadero honor.

    Jeff y el presidente se saludaron y se dieron un abrazo fraternal.

 

     Un día después de los atentados, Jeff fue arrestado por alta traición a la patria. Era un traidor imperialista según el presidente. Su familia tuvo que huir a la frontera sur. Se llevó un juicio y fue sentenciado a la horca. El cuerpo de Jeff duró dos días colgado en el zócalo de la capital. Los cuervos se posaron sobre los hombros de Jeff y se le sacaron los ojos.

 

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