Andrés Cisneros de la Cruz

Andrés Cisneros de la Cruz

Andrés Cisneros de la Cruz. Ciudad de México, 1979. Poeta, ensayista y editor. Ha publicado los libros de poesía: Vitrina de últimas cenas (VO/ Andrógino, 2007), No hay letras para escribir tu epitafio (Mezcalero Brothers, 2008), Como la nieve que dejan los muertos (Letras de Pasto Verde, 2009, Poesía sin permiso, 2010), Ópera de la tempestad (Metáfora/VO, 2011), La perra láctea (Inferno Ediciones, 2012), Fue catástrofe (Rojo Siena, 2013), Eufórica [partituras para la guerra] (Sikore, 2015), Tétrada (Taller Nuclear, 2014, Ediciones El Viaje, 2015) El viejo arte de lo nuevo. Manifiestos matéricos (Sikore, 2016), La rosa ebria y treintaitrés anforismos (La cosa escrita, 2016) y Dinamita (Cisnegro, 2016). Realizó selección y curaduría crítica del poeta Josué Mirlo, en Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara. Es segundo lugar en el Certamen Internacional Relámpago de Poesía Bernardo Ruiz, 2008, mención honorífica en el Concurso Nacional de Poesía El Laberinto, 2004, y en el Concurso Nacional de Poesía Jaime Sabines, 1999. Y segundo lugar en Premio Nacional de Poesía Temática Tinta Nueva 2011. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Comunicación Social en la UAM. Ha sido incluido en más de cuarenta antologías, entre ellas, 24 años, 24 poetas (Tianguis del Chopo / Conaculta, 2004), Descifrar el laberinto (El Laberinto, 2005), La Mujer Rota (Literalia, 2008), el Anuario de Poesía 2007 (FCE, 2008, selección de Julián Herbert), Hacedores de Palabras (Cantera Verde, 2009) y La semilla desnuda (Poetas en Construcción / Conaculta, 2010). Es organizador del Debate Abierto de Crítica Poética (en colaboración con Casa del Lago) y creador del Torneo de Poesía (Adversario en el cuadrilátero), los Miércoles Itinerantes de Poesía, el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora y compilador de 40 Barcos de Guerra, y del compendio Torneo de Poesía 2007-2010. Antología de poetas sobre el cuadrilátero (Linaje Editores / Verso Destierro, 2013). Es colaborador del programa Luces de la ciudad (en la Hora Nacional) y Radio Etiopía. Participó en el ciclo de Poesía en Voz Alta organizado por la Casa del Lago, en 2013. Ha impartido talleres de poesía en el IPN y en la Universidad Iberoamericana. Como periodista fue parte de la mesa de redacción de El Universal y El Independiente, y colaborador de la revista Bucareli 8 y Chilango, así como investigador de poesía especializada en ajedrez, para la Gran Fiesta Internacional de la UNAM 2012. Ha sido curador poético de la obra plástica de Orlando Díaz, Kenta Torii y Omar SM. También ha colaborado en suplementos y revistas de México, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Chile y España. Su poesía ha sido traducida al náhuatl y al portugués. Actualmente es editor de la versión en línea de la revista Blanco Móvil, y operador del proyecto múltiple Cisnegro. Lectores de alto riesgo

La aceptación y el rechazo

(el maniqueísmo dominante)

 

 

De igual modo la relación entre generaciones se desarrolla a partir de la noción maestro-alumno, en la mayoría de los casos; y personalmente, la vive como un proceso edípico —o eléktrico— el poeta, que buscará “trascender” a una figura parental intangible para sentir que ha ganado el sitio “del poeta”. Se impone así un proceso emocional-político, antes que un proceso evolutivo-técnico de experiencia vital dentro del mismo desarrollo poético, y se abona el terreno para su relación con el padre-estado, padremecenas o padre-maestro.

El sujeto en cuestión, sin tener un panorama pro-

pio esclarecido, ejerce con descuido esta veta pasional, cayendo inconscientemente, en el círculo vicioso de la enajenación, que da origen al sesgo autoimpuesto que desata el pensamiento nepotista o “corrupto”.

Así es como la reunión de ejecutantes del poema

se da en torno a cierta figura del poder, de generaciones pasadas que tampoco reflexionaron el papel de sus predecesores, y que se erigieron ruptura (siguiendo la tradición/inercia) antes que atreverse a la variable de la experiencia y de la generación del nuevoconocimiento [el giro vectorial de la episteme].

Por eso la figura del viejo sabio en México, es percibida como la de un gurú, antes que la de un interlocutor crítico. Es visto como un tlatoani y no como un tlamatinime. Se busca la dinastía, antes que la sabiduría de vivir y morir. El poeta viejo, para el poeta joven, es un obstáculo, antes que un detonante para el aprendizaje. Obstáculo, que en muchos casos, es conquistado, vía la lisonja. Lo erigen rey, y se vuelven corte para dar soporte a su herencia nobiliaria.

El problema no se queda ahí. Porque las generaciones, una vez cerradas en su halo de ignoranciaconocimiento totalizada, se “creen” su perspectiva y defienden a capa y espada su punto aprendido en la juventud primera. Es esta la lógica, del porqué se encuentran abundantes reuniones de “poesía mexicana”, en los estantes. “La” poesía mexicana se enuncia como totalizada siempre desde un discurso enajenado. ¿Se ven ridículos? Sí. Son reyes desnudos que caminan en la cuerda floja de su creencia. Erigen antologías como pequeños templos con sus propios dioses de paja. Emulación del oro. Y su midas, un gloloso de las monedas de chocolate.

Por eso, una de las tareas urgentes para el poeta, es construir el armatoste de un ojo crítico. Que no es como se piensa y se prejuicia desde el falaz término de “crítico” como un “está mal”; como si criticar fuera buscar empecinadamente con un catalejo las manchas al diamante. El ser crítico es autobersvarse en los demás. No en esa otredad narcisista del “que camina como reflejo de uno en la otra calle”. Sino el demás que no es nosotros, pero que representa una proyección de la cual aprenderemos “cómo vemos el mundo”, y que nos dará la oportunidad de romper la piel que nos divide del verdadero “otro” que camina allá afuera y nos puede enseñar “otra forma del dolor”.

El poeta es un ser que logra desarrollar la capaci-

dad de no dejar de aprender [es decir de asombrarse, apreciar lo terrible]: cambiar el ángulo de aprehensión de la realidad. El diamante de la poesía consiste en pasar por el mismo punto —el poeta— desde diferentes ángulos. [Si el poeta, sólo se confía de la variable que da el ángulo del transcurrir del tiempo, no se volverá más sabio, sino que sólo se volverá más viejo. Atravesará por sí mismo desde el mismo ángulo ratificado. Será constatación de su augurio]. Esa es la diferencia del gurú y el sabio. El gurú se rodea de creyentes. El sabio, de interlocutores.

Sobresalir en el mundo, política y amiguismo

Del contexto brota el poeta. Y el poeta siempre responde a su contexto. Es un interlocutor elemental y “natural” de su historia (no de la Historia), sino de su particular entorno, que contrario a lo que pueda pensarse en la época de la globalización, es cada vez más limitado para los individuos. (Cada vez más homogéneo en lo nuclear, y al mismo tiempo, más aislado). No hay variable en el enfoque, porque todos asumen que el enfoque ajeno es el propio.

Sin embargo lo que pesa es el gurú. El líder, el jefe de grupo. Por eso el fenómeno mayoritario dentro de la juventud (y algunos foreveryoung) es inventar lenguajes “alienados o alienígenas” —así los definen ellos mismos— a partir de un poeta rockstar, paraferneando con un show de performance de fondo conceptual new age que se encumbra desde un sol verde locochón (haciendo de la Spoken Comedy un templete para chamanes pícaros que la hacen de bufón) para sentir que rompen desde su asilamiento el lenguaje; son dadás reload, y con esa promesa de lenguaje nuevo no es sino una sopa de letras de las canciones de moda y la cultura soft pop porn, donde el poeta es un maíz que estalla, que se hace ave blanca, paloma para ser digerida. Linda imagen que simboliza cómo la poesía se vuelve una música de fondo en las mandíbulas de los asistentes a una función de cine, mientras ven la saga apocalíptica del nuevo mundo. 

Entonces, las figuras visibles de la poesía, sin im-

portar su carente propuesta, determinan la episteme de los “nuevos poetas” que andan buscando qué es poesía, y cómo hacerla. Y se juntan con el más sonriente de los maestros. De tal modo, estos bufones poéticos —sin que esto sea necesariamente peyorativo— sirven a poetas sacerdotes que necesitan atraer con supercherías a los niños con talento; de tal modo, al final son dos o tres fuerzas las que terminan por disputarse el “lente mayor” para proyectar la pirámide jerárquica. Y eso nos da un panorama de cómo se define el llamado “canon”, que no es sino una ilusión de hipnosis colectiva, y que hace que en México, después de una guerra de marketing y politiquería, triunfa el que corrompió a más incipientes pupilos, que en su inconsciente colectivo: amalgama de mexicanos (poeta y lectores, académicos y estudiosos) junto a sus instituciones (universitarias y culturales, administrativas y políticas) y los proyectos autónomos (librerías y centros culturales, editoriales, asociaciones civiles y promotores), definirán lo que es poesía. 

El poeta-héroe, tan bien querido por la tradición, es un problema que pudre el corazón de la Historia, y se aferra con todas sus garras contrafacticas a la historicidad, y hace del contexto un documento, que luego será producido como film. Sea thriller o llano melodrama. Una película de espías —donde el protagonista puede matar, y justificar cualquier acción—. Por eso el cine comercial ha abusado tanto de la técnica documental, de la cámara en mano (y que fueron variaciones sustanciales del enfoque, realizado por el cine Dogma 9 o cinema verité, aunque la decadencia, sea la réplica pusilánime; como Beethoven en un comercial de champú), pero que al “poeta” le ayuda para hacer más verosímil su discurso. Igual es con la poesía.

[Diapositiva I: Juan Rulfo y la Cia]

A Juan Rulfo la CIA le compró una casa. Pero no lo compró a él ni a su obra. Esa es la premisa de Patrick Iber, y su argumento es: “No quiero negar que el imperialismo cultural sea un asunto serio e importante, pero en este caso me impresiona más la idea de que muchas joyas de la literatura mexicana del siglo xx fueron producidas con apoyo de dinero extranjero (y muchas veces comprometido), sin producir fricciones significativas”.

Pueden leer la entrevista Cómo la CIA compró para Juan Rulfo un terreno en el campo para hallar el argumento de que esta inversión “imperialista” de fines “frustrados” no alteró un ápice la obra escrita por gente de izquierda como Carlos Fuentes, Poniatowska o Carlos Monsiváis.

Aunque el historiador Patrick Iber documenta “el financiamiento recibido por el Centro Mexicano de Escritores (cme) de parte de Farfield Foundation y el Congress for Cultural Freedom (Congreso por la Libertad de la Cultura, clc); instituciones que servían de pantalla a la cia, la agencia central de inteligencia del gobierno de Estado Unidos, en sus esfuerzos por influir a nivel cultural en América Latina”. Entre otros asuntos, Iber informa que el sueldo de Juan Rulfo como profesor del cme fue pagado durante dos años por el clc, y que la Farfield Foundation le ayudó a comprar un terreno en el campo; apunta “que habría existido la expectativa de que la figura del autor de Pedro Páramo rivalizara con la de famosos escritores comunistas como Pablo Neruda”. Aclara que, sin embargo, el cme en su funcionamiento no imprimió ningún sesgo ideológico, pues dio becas a autores comprometidos con la izquierda. Iber concluye: “La manipulación de la cia se vio enteramente malograda: es muy difícil hallar una relación clara entre las políticas de los fundadores del Centro y sus resultados literarios”.

En conclusión: a pesar del financiamiento recibido durante los cincuenta y sesenta, “el cme fue un notable fracaso como instrumento de diplomacia cultural, pero se convirtió en uno de los centros de apoyo a la escritura más importantes y exitosos durante sus mejores años”. Lo curioso de esta afirmación somera es que asume Iber el cme de la cia como un fracaso, porque pese a su ejercicio, no influyó ideológicamente en grandes obras. Sin embargo no habla (no puede hablar: porque no las tiene dentro de su visor) de las obras que “no se hicieron”, o que simplemente quedaron “relegadas” del foco narrativo de la escritura mexicana. Esas obras que se volvieron invisibles gracias a la creación de un núcleo fuerte de capital para escritores, con el soporte de un mecanismo de difusión bastante sólido, suficiente como para desaparecer los esfuerzos de todos los escritores mexicanos exteriores a este círculo de autores perfectamente entrenados en el arte literario.

Que México sea un campo de batalla de peleas

políticas de otros países no es nuevo. Que el poeta —de primera generación— adquiera consciencia profunda de su entorno, para decidir (si es que decide decidir) su orientación, sería la novedad. Y así romper con la inercia, que se ha querido asumir como una tradición edípica de la ruptura.

De esta tradición, no sólo salen los “talleres”, como afirma Iber. Sino también el Fonca o la f,l,m, cada una con su particular estructura de formación y pago del autor. Con el mismo argumento de “no hay ideologización”. Sin embargo sí hay un “criterio” de selección. Que tiene sus puntos claros, más allá de los elementales requisitos que debe cumplir un aspirante. En este nivel la corrupción toma la forma del “amiguismo”, bajo el consabido lema de “antes somos amigos que poetas”, y bajo esa afirmación las decisiones personales o laborales quedarán supeditadas a una supuesta no competencia, sea por subestimación o sobreestimación. Así, es un modo de cerrar filas, a través de estos organismos, donde “los que son, son los que están”.

El maniqueísmo ejercido por los buenos, es decir, los que tienen el “recurso” de su lado, deja una visión en blanco y negro del gremio. Los que están y los que no están. Donde los que no están (que serán los malos; es decir, los perdedores, los que no saben o “no tiene autoridad para decir”, para pensar o escribir, y que hacen una poética del “resentimiento” por no “estar en”) serán los mismos aspirantes rechazados que garantizan una gremio que por “lógica” permanece en suspenso en la órbita periférica del núcleo artificial de ese poder que se sustente en el capital (otorgado por Azcárraga, Slim, el mismo Estado, o sea, los ciudadanos sin ser consultados, y otros).

Evidentemente la malicia no está en los jóvenes

que reciben estos estímulos, puesto que todo mexicano (sobreviviente por antonomasia) necesita algo de qué comer, con qué vivir, y siguiendo la lectura del bien, tampoco es necesario que un poeta-escritor tenga que vivir “mal”. Los apoyos tampoco son grandiosos, pero son suficiente para un veinteañero y complejamente suficiente para un treintañero. Sin embargo, esa es la entrada sólo al escalafón de puestos burocráticos. De algo tienen que vivir los poetas. Y esa lógica le ha funcionado bien a los “empleadores” que buscan mano de obra intelectual calificada y barata.

Los jóvenes quieren vivir, y al final encontrarán las opciones que estén a su alcance. Casi siempre, sucede que todas las opciones estaban delante de sus ojos, pero no las alcanzaron a ver, porque no tenían puestas las gafas de la experiencia. Por lo tanto es crucial que los aspirantes a ser poeta, tengan presente esto cuando den un primer paso. Caminar el camino de otros garantiza un destino ajeno. Aprender, significa, en dado caso, ver en los demás el potencial de un propio camino, y el reconocimiento del ajeno, para distinguir lo propio. “Tener” no es cargar, sino saber dónde poner el pie. Ninguna poesía vale menos que otra. Pero cada poesía está determinada por su contexto y su clase de cuna. Pero lo que queda en manos del poeta, es decidir si será un camino propio, o la inercia de su destino.

 [Diapositiva II. Las becas del Estado; la monarquía de la supervivencia]

Cual anuncio light de una crema para blanquear la piel, o las ventajas de usar tal papel de baño porque huele a almendra, así también son los publirreportajes que realizan en ciertas revistas de Estado. Se formulan, inventan (acto de crear lo que a nadie le hace falta, pero qué bueno que lo hicieron, y ahora todos lo necesitan) argumentos para decir por qué, al igual que en Estados Unidos —gran ejemplo de realización— los estímulos son el mayor insumo para que exista la “nueva literatura”. De otro modo todo “habría caído en un inevitable abandono y se hubiera impuesto una visión retrógrada de la nación”. Gracias a la maestría que desarrollaron muchos autores en aprender las teorías vanguardistas de EU o España. ¿Suena a exageración? Lo curioso es que en donde más se burlan y lanzan patadas a los estímulos es en Letras Libres y Tierra dentro, donde tanto los que colaboran como los que editan son los que siempre tienen estos estímulos, siguiendo esa premisa que buena o mala, la publicidad es publicidad, aunque sea autopublicidad. Este fragmento de Antonio Ortuño (finalista del premio Herralde de Novela México, Anagrama 2013) es revelador: “En la otra esquina están quienes sostienen que el Fonca ha permitido la formación y difusión del trabajo de varias de las principales figuras intelectuales y creativas del país y con ello justifican su existencia. El Fondo, opina el crítico Christopher Domínguez, ‘no es una graciosa concesión del Estado, sino el resultado de una vieja demanda de la comunidad intelectual del país [...]. Para hablar solo de literatura [...] la inmensa mayoría de los escritores mexicanos de valor (desde los más jóvenes hasta los eméritos) hemos recibido, al menos en una ocasión, los apoyos’. Sin el Fondo y sus convocatorias, opina la escritora Carmen Leñero, “la pobreza espiritual del país sería evidente”. No falta, incluso, quien lo repute como un mecanismo que ofrece un refugio a los creadores frente la tiranía de los mercados del arte y los vaivenes del interés del público, como el ensayista y narrador Gabriel Wolfson: ‘Ser un creador del Fonca me permite escribir sin pensar en agradar a ningún editor ni agente. [Los estímulos] abren un pequeño espacio de investigación mayor para la escritura en un momento de autoridad mayúscula y sexy del mercado editorial.’ No obstante, Wolfson matiza: ‘Las becas del Fonca, o el Fonca mismo, son problemáticos, sin duda, y hay que discutirlos.’ El poeta Óscar de Pablo va más allá y en una columna para la revista Vice asienta: ‘Sin apoyo público al sustento de los creadores, el arte sería (aún más) monopolio de la clase ociosa. Las becas y premios a la creación artística son como los aumentos salariales y las prestaciones laborales: pueden ‘cooptar’ a algunos, pero sin ellos no sobreviviría ninguno.’

No es exagerado decir que detrás de todo gran poeta —promovido a nivel internacional—hay un movimiento político que lo impulsa, sistema nervioso de relaciones, al interior de la infraestructura que da soporte a su desplazamiento y difusión pertinentes para que se vuelva una figura referencial. De igual modo este templete incluye la edición constante de revisiones de su obra [sean efímeros comentarios en red o revistas soft, o si es un autor encumbrado, en libros de ensayo entorno a su figura y su quehacer], así como de toda su escritura, tanto teórica, literaria o poética. Es decir, detrás de la promoción de un poeta para que se perciba “grande”, hay la inversión de un capital. Incluso si éste ya ha muerto.

Los institutos, fundaciones, o los sistemas de becas, son la inversión elemental para tener una reserva para la banca, y también un público consumidor, que asumirá también el papel de mentor de generaciones enteras que asumirán sus referencias como verdades. Sin embargo, los escritores que ocuparán los escaparates, y serán las grandes “luminarias”, son miembros de familias ya instaladas en los medios culturales, políticos y aristocráticos; se educan bajo una especial supervisión: vienen de abolengo, de una tradición asumida. Son niños que fueron educados desde pequeños para ser líderes dentro su campo. En este caso, la literatura y la poesía.

De tal modo tenemos que la clase que rige el mundo es la clase intelectual, pues posee los recursos de conocimiento para doblegar la realidad a “su imagen y semejanza”. Hay dentro de esta clase intelectual contrarios a la naturaleza del poder que les fue heredada, y por otra parte, un ápice de astilla de la clase baja que se desplaza a la clase intelectual, pero que representa con dificultad 1%, por mucho. De este mismo modo, el ejercicio del poeta es, por principio el de un intelectual que siente, vive, se arriesga desde su propio círculo existencial. Pero la variable de este 1% regularmente es útil, más para el 99% de la clase intelectual acomodada que representa 8% de toda la humanidad, que para el resto de mortales. La percepción de la vida, como de la literatura misma es maleable, y puede ajustarse de acuerdo a quién tenga más recursos de producción mediática.

Siguiendo esta lógica, y el análisis de Iber, no sería extraño pensar que el boom de la narrativa latinoamericana haya sido un ardid para contrarrestar el peso inminente que había adquirido la poesía en América. El realismo mágico era el punto exacto entre lo narrativo y lo poético. Entre lo surrealista y lo folclórico. Un terreno perfecto para cimentar un “nuevo mensaje”, una “tradición renovada” de los deberes teológicos. Para Latinoamérica el surrealismo le era externo, tanto que su realidad inherente es de una plasticidad onírica, porque son materia pura de los sueños, lo que vieron los europeos (colonos) como un problema, pero también como un nexo con su tradición anquilosada, la cual era conveniente retomar para colocar herraduras al trote de la idea poética política de América, que se estaba vinculando con mayor naturalidad a un realismo militante, o de carácter comprometido con las diversas causas emancipatorias. Pero al final el monarquismo vitalista Bolivariano, como una extraña gramática de lo puro, al estilo de Andrés Bello, se terminó imponiendo como una monarquía promisoria de “un mundo mejor”: América, pero que no daba más que para sobrevivir en la natural disolución de las jerarquías, donde los gobernantes bien intencionados, absortos e ignorantes de su propia ignorancia, condujeron al pique su propio ideario. De tal modo, obedeciendo a este análisis, las becas son una especie de populismo literario, que compara fácil (8 mil al mes) a los futuros y presentes lectores de los clásicos mundiales, sean mexicanos o extranjeros. Y algunos buenos prestadores de servicios que llegarán a poder decir que son poeta con todas las de la ley, incluyendo los títulos nobilarios.

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orque la gente busca mitos. Y por muy cruen-

ta que sea la realidad, siempre se sujetará del ideal mortífero que representa la promesa del porvenir, sean en esta vida, o en el “más allá”. Los poetas, son divididos, por los mismos espectadores-poetas en los nobles, o Nobeles, que ganan el peso de la corona de los reyes Suecos. Y por otra parte, los que caen, pierden, son borrados; se suicidan, o como mártires con su aureola, saben soportar su corona de espinas, y se vuelven ellos mismos, cual cínicos griegos, reyes de sí mismos. Y esta percepción se da, porque los que aspiran a ser poetas, aspiran primero a ser figuras públicas; ídolos de masas, y proyectan su deseo sobre las figuras dramáticamente radicales (en caso de los poetas aislados) porque su deseo es producto de una fantasía neurótica. Así es como brillan nuestros mártires: Lorca, Maiakovski. Miguel Hernández. Cesar Vallejo. Víctor Jara. Gabriel Celaya. Roque Dalton.

Pero tampoco es llevar las cosas al extremo y decir que el poeta becario está “maldito” o “bendito” por tener el estímulo. Sería ejecutar la misma perspectiva maniquea del marco político de la poesía. A veces, como sucede en esta sociedad, el estímulo monetario, sobre-exalta, y al modo del cocainómano que abre más los ojos cuando habla y desarrolla una aparente alta estima, el becario tiende a desconectarse momentáneamente del mundo.

El reto es ser congruente sin caer en la desespera-

ción. La prepotencia del empoderado, sea del recurso como estímulo, o el salario en un puesto influyente [departamento de edición, administración de recurso], tiende a darle cierta seguridad para que ejerza abiertamente el discurso de su “economía” sin tapujos ni prejuicios. Al final, ser legión del Estado o de un grupo que gobierna desde el Estado, sin representar a la población (que por naturaleza debería ser un administrador equitativo) también es una forma de vivir. Y es tan válida como la del narcomenudista que logra pagar casa, auto y otras exigencias (o necesidades) del habitante contemporáneo de la urbe.

Este ejemplo nos deja claro que no se puede pen-

sar en una sola economía. O dicho de otro modo, en una sola ley que rija todas las casas. Lo que resulta en que cada micro economía deriva de sus contexto y que la poesía puede ser potenciador de su desarrollo. Visto así, son muchas las economías, que derivan en N cantidad de poéticas y que por lógica, vuelve inoperante la idea de una sola ley, es decir, de un solo canon. Porque sólo si se logra imponer un icono central que unifique la visión de todas estas economías, se consolida el centralismo. Pero pensar en una sola economía, planteada desde este punto de vista, es pensar también en una economía que responde a una visión enajenada y corrupta. Por eso la poesía, al igual que todas las otras partes sociales, está gangrenada.

La economía es la forma del hogar, “la forma en que individuos y colectividades sobreviven, prosperan y funcionan”. Y de ese modelo de vida, se desprende todo lo demás, todo el domo de lo que concebimos como real. La economía que nos mantiene vivos es la que determina si lograremos ser congruentes, o contrario a ello, en un acto desesperado, nos hará asumir lo que tuvimos que hacer con fin de sobrevivir y al mismo tiempo falsear lo que somos como acto de existencia.

Esa es la magnitud de la paradoja a la que se en-

frenta el poeta contemporáneo.

 

 

fotograma

Ingrid Méndez Loría

La aceptación y el rechazo (el maniqueísmo dominante)

 

De igual modo la relación entre generaciones se desarrolla a partir de la noción maestro-alumno, en la mayoría de los casos; y personalmente, la vive como un proceso edípico —o eléktrico— el poeta, que buscará “trascender” a una figura parental intangible para sentir que ha ganado el sitio “del poeta”. Se impone así un proceso emocional-político, antes que un proceso evolutivo-técnico de experiencia vital dentro del mismo desarrollo poético, y se abona el terreno para su relación con el padre-estado, padre-mecenas o padre-maestro.

El sujeto en cuestión, sin tener un panorama propio esclarecido, ejerce con descuido esta veta pasional, cayendo inconscientemente, en el círculo vicioso de la enajenación, que da origen al sesgo autoimpuesto que desata el pensamiento nepotista o “corrupto”.

Así es como la reunión de ejecutantes del poema se da en torno a cierta figura del poder, de generaciones pasadas que tampoco reflexionaron el papel de sus predecesores, y que se erigieron ruptura (siguiendo la tradición/inercia) antes que atreverse a la variable de la experiencia y de la generación del nuevo-conocimiento [el giro vectorial de la episteme].

Por eso la figura del viejo sabio en México, es percibida como la de un gurú, antes que la de un interlocutor crítico. Es visto como un tlatoani y no como un tlamatinime. Se busca la dinastía, antes que la sabiduría de vivir y morir. El poeta viejo, para el poeta joven, es un obstáculo, antes que un detonante para el aprendizaje. Obstáculo, que en muchos casos, es conquistado por la vía de la lisonja. Lo erigen rey, y se vuelven corte para dar soporte a su herencia nobiliaria.

El problema no se queda ahí. Porque las generaciones, una vez cerradas en su halo de ignorancia-conocimiento totalizada, se “creen” su perspectiva y defienden a capa y espada su punto aprendido en la juventud primera. Es esta la lógica, del porqué se encuentran abundantes reuniones de “poesía mexicana”, en los estantes. “La” poesía mexicana se enuncia como totalizada siempre desde un discurso enajenado. ¿Se ven ridículos? Sí. Son reyes desnudos que caminan en la cuerda floja de su creencia. Erigen antologías como pequeños templos con sus propios dioses de paja. Emulación del oro. Y su midas, un gloso de las monedas de chocolate.

Por eso, una de las tareas urgentes para el poeta, es construir un ojo crítico. Que no es como se piensa y se prejuicia el término “crítico”, como un “está mal”; como si criticar fuera buscar empecinadamente con un catalejo las manchas al diamante. El ser crítico es autobersvarse en los demás. No en esa otredad narcisista del “que camina como reflejo de uno en la otra calle”. Sino el demás que no es nosotros, pero que representa una proyección de la cual aprenderemos “cómo vemos el mundo”, y que nos dará la oportunidad de romper la piel que nos divide del verdadero “otro” que camina allá afuera y nos puede enseñar “otra forma del dolor”.

                El poeta es un ser que logra desarrollar la capacidad de no dejar de aprender [es decir de asombrarse, Tal, o ver apreciar lo terrible, Rilke, si hacemos la acotación pertinente]. Es decir, de cambiar el ángulo de su aprehensión de la realidad. El diamante de la poesía consiste en pasar por el mismo punto —el poeta— desde diferentes ángulos. [Si el poeta, sólo se confía de la variable que da el ángulo del transcurrir del tiempo, no se volverá más sabio, sino que sólo se volverá más viejo. Atravesará por sí mismo desde el mismo ángulo ratificado. Será constatación de su augurio]. Esa es la diferencia del gurú y el sabio. El gurú se rodea de creyentes. El sabio, de interlocutores.

Sobresalir en el mundo, política y amiguismo

Del contexto brota el poeta. Y el poeta siempre responde a su contexto. Es un interlocutor elemental y “natural” de su historia (no de la Historia), sino de su particular entorno, que contrario a lo que pueda pensarse en la época de la globalización, es cada vez más limitado para los individuos. (Cada vez más homogéneo en lo nuclear, y al mismo tiempo, más aislado). No hay variable en el enfoque, porque todos asumen que el enfoque ajeno es el propio. [Buscar referencia].

[Nota satírica] Sin embargo lo que pesa es el gurú. El líder, el jefe de grupo. Por eso el fenómeno mayoritario dentro de la juventud (y algunos foreveryoung) es inventar lenguajes “alienados o alienígenas” —así los definen ellos mismos— a partir de un poeta rockstar, paraferneando con un show de performance de fondo conceptual new age que se encumbra desde un sol verde locochón (haciendo de la Spoken Comedy un templete para chamanes pícaros que la hacen de bufón) para sentir que rompen desde su asilamiento el lenguaje; son dadás reload, y con esa promesa de lenguaje nuevo no es sino una sopa de letras de las canciones de moda y la cultura soft pop porn (referencia libro Marcos Daniel), donde el poeta es un maíz que estalla, que se hace ave blanca, paloma para ser digerida. Linda imagen que simboliza cómo la poesía se vuelve una música de fondo en las mandíbulas de los asistentes a una función de cine, mientras ven la saga apocalíptica del nuevo mundo. 

Entonces, las figuras visibles de la poesía, sin importar su carente propuesta, determinan la episteme de los “nuevos poeta” que andan buscando qué es poesía, y cómo hacerla. Y se juntan con el más sonriente de los maestros. De tal modo, estos bufones poéticos —sin que esto sea necesariamente peyorativo— sirven a poetas sacerdotes que necesitan atraer con supercherías a los niños con talento; de tal modo, al final son dos o tres fuerzas la que terminan por disputarse el “lente mayor” para proyectar la pirámide jerárquica. Y eso nos da un panorama de cómo se define el llamado “canon”, que no es sino una ilusión de hipnosis colectiva, y que hace que en México, después de una guerra de marketing y politiquería, triunfa el que corrompió a más incipientes pupilos, que en su inconsciente colectivo: amalgama de mexicanos (poeta y lectores, académicos y estudiosos) junto a sus instituciones (universitarias y culturales, administrativas y políticas) y los proyectos autónomos (librerías y centros culturales, editoriales, asociaciones civiles y promotores), definirán lo que es poesía. 

El poeta-héroe, tal bien querido por la tradición, es un problema que pudre el corazón de la Historia, y se aferra con todas sus garras contrafacticas5 a la historicidad, y hace del contexto un documento, que luego será producido como film. Sea thriller o llano melodrama. Una película de espías —donde el protagonista puede matar, y justificar cualquier acción—. Por eso el cine comercial ha abusado tanto de la técnica documental, de la cámara en mano (y que fueron variaciones sustanciales del enfoque, realizado por el cine Dogma 9 o cinema verité, aunque la decadencia, sea la réplica pusilánime; como Beethoven en un comercial de champú), pero que al “poeta” le ayuda hacer más verosímil su discurso. Igual es en la poesía.

 

[DIAPOSITIVA I: JUAN RULFO Y LA CIA]

A Juan Rulfo la CIA le compró una casa. Pero no lo compró a él ni a su obra. Esa es la premisa de Patrick Iber, y su argumento es: “No quiero negar que el imperialismo cultural sea un asunto serio e importante, pero en este caso me impresiona más la idea de que muchas joyas de la literatura mexicana del siglo XX fueron producidas con apoyo de dinero extranjero (y muchas veces comprometido), sin producir fricciones significativas”.

Pueden leer la entrevista Cómo la CIA compró para Juan Rulfo un terreno en el campo2 para hallar el argumento de que esta inversión “imperialista” de fines “frustrados” no alteró un ápice la obra escrita por gente de izquierda como Carlos Fuentes, Poniatowska o Monsiváis.

Aunque el historiador Patrick Iber documenta “el financiamiento recibido por el Centro Mexicano de Escritores (CME) de parte de Farfield Foundation y el Congress for Cultural Freedom (Congreso por la Libertad de la Cultura, CLC); instituciones que servían de pantalla a la CIA, la agencia central de inteligencia del gobierno de Estado Unidos, en sus esfuerzos por influir a nivel cultural en América Latina”. Entre otros asuntos, Iber informa que el sueldo de Juan Rulfo como profesor del CME fue pagado durante dos años por el CLC, y que la Farfield Foundation le ayudó a comprar un terreno en el campo; apunta “que habría existido la expectativa de que la figura del autor de Pedro Páramo rivalizara con la de famosos escritores comunistas como Pablo Neruda”. Aclara que, sin embargo, el CME en su funcionamiento no imprimió ningún sesgo ideológico, pues dio becas a autores comprometidos con la izquierda, como Carlos Fuentes, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. Iber concluye: “La manipulación de la CIA se vio enteramente malograda: es muy difícil hallar una relación clara entre las políticas de los fundadores del Centro y sus resultados literarios”.

En conclusión: a pesar del financiamiento recibido durante los cincuenta y sesenta, “el CME fue un notable fracaso como instrumento de diplomacia cultural, pero se convirtió en uno de los centros de apoyo a la escritura más importantes y exitosos durante sus mejores años”. Lo curioso de esta afirmación somera es que asume Iber el CME de la CIA como un fracaso, porque pese a su ejercicio, no influyó ideológicamente en grandes obras. Sin embargo no habla (no puede hablar: porque no las tiene dentro de su visor) de las obras que “no se hicieron”, o que simplemente quedaron “relegadas” del foco narrativo de la escritura mexicana. Esas obras que se volvieron invisibles gracias a la creación de un núcleo fuerte de capital para escritores, con el soporte de un mecanismo de difusión bastante sólido, suficiente como para desaparecer los esfuerzos de todos los escritores mexicanos exteriores a este círculo de autores perfectamente entrenados en el arte literario.

               

Que México sea un campo de batalla de peleas políticas de otros países no es nuevo. Que el poeta —de primera generación— adquiera consciencia profunda de su entorno, para decidir (si es que decide decidir) su orientación, sería la novedad. Y así romper con la inercia, que se ha querido asumir como una tradición edípica de la ruptura.

De esta tradición, no sólo salen los “talleres”, como afirma Iber. Sino también el Fonca o la FLM, cada una con su particular estructura de formación y pago del autor. Con el mismo argumento de “no hay ideologización”. Sin embargo sí hay un “criterio” de selección. Que tiene sus puntos claros, más allá de los elementales requisitos que debe cumplir un aspirante. En este nivel la corrupción toma la forma del “amiguismo”, bajo el consabido lema de “antes somos amigos que poetas”, y bajo esa afirmación las decisiones personales o laborales quedarán supeditadas a una supuesta no competencia, sea por subestimación o sobreestimación. Así, es un modo de cerrar filas, a través de estos organismos, donde “los que son, son los que están”.

                El maniqueísmo ejercido por los buenos, es decir, los que tienen el “recurso” de su lado, deja una visión en blanco y negro del gremio. Los que están y los que no están. Donde los que no están (que serán los malos; es decir, los perdedores, los que no saben o “no tiene autoridad para decir”, para pensar o escribir, y que hacen una poética del “resentimiento” por no “estar en”) serán los mismos aspirantes rechazados que garantizan una gremio que por “lógica” permanece en suspenso en la órbita periférica del núcleo artificial de ese poder que se sustente en el capital (otorgado por Azcárraga, Slim, el mismo Estado, o sea los ciudadanos sin ser consultados, y otros).

                Evidentemente la malicia no está en los jóvenes que reciben estos estímulos, puesto que todo mexicano (sobreviviente por antonomasia) necesita algo de qué comer, con qué vivir, y siguiendo la lectura del bien, tampoco es necesario que un poeta-escritor tenga que vivir “mal”. Los apoyos tampoco son grandiosos, pero son suficiente para un veinteañero y complejamente suficiente para un treintañero. Sin embargo, esa es la entrada sólo al escalafón de puestos burocráticos.

                De algo tienen que vivir los poetas. Y esa lógica le ha funcionado bien a los “empleadores” que buscan mano de obra intelectual calificada y barata.

                Los jóvenes quieren vivir, y al final encontrarán las opciones que estén a su alcance. Casi siempre, sucede que todas las opciones estaban delante de sus ojos, pero no las alcanzaron a ver, porque no tenían puestas las gafas de la experiencia. Por lo tanto es crucial que los aspirantes a ser poeta, tengan presente esto cuando den un primer paso. Caminar el camino de otros garantiza un destino ajeno. Aprender, significa, en dado caso, ver en los demás el potencial de un propio camino, y el reconocimiento del ajeno, para distinguir lo propio. “Tener” no es cargar, sino saber dónde poner el pie. Ninguna poesía vale menos que otra. Pero cada poesía está determinada por su contexto y su clase de cuna. Pero lo que queda en manos del poeta, es decidir si será un camino propio, o la inercia de su destino.

 [DIAPOSITIVA. LAS BECAS DEL ESTADO, LA MONARQUÍA DE LA SUPERVIVENCIA]

Cual anuncio light de una crema para blanquear la piel, o las ventajas de usar tal papel de baño porque huele a almendra, así también son los publirreportajes que realizan en ciertas revistas de Estado. Se formulan, inventan (acto de crear lo que a nadie le hace falta, pero que bueno que lo hicieron, y ahora todos lo necesitan) argumentos para decir por qué, al igual que en Estados Unidos, o gran ejemplo de realización, los estímulos son el mayor insumo para que exista la “nueva literatura” en México. De otro modo todo habría caído en un inevitable abandono y se hubiera impuesto una visión retrógrada de la nación. Gracias a la maestría que desarrollaron muchos autores en aprender las teorías vanguardistas de EU o España. ¿Suena a exageración? Lo curioso es que en donde más se burlan y lanzan patadas a los estímulos es en Letras Libres y Tierra dentro, donde tanto los que colaboran como los que editan son los que siempre tienen estos estímulos, siguiendo esa premisa que buena o mala, la publicidad es publicidad, aunque sea auto-publicidad. Este fragmento de Antonio Ortuño (finalista del premio Herralde de Novela México, Anagrama 2013) es revelador:

En la otra esquina están quienes sostienen que el Fonca ha permitido la formación y difusión del trabajo de varias de las principales figuras intelectuales y creativas del país y con ello justifican su existencia. El Fondo, opina el crítico Christopher Domínguez, “no es una graciosa concesión del Estado, sino el resultado de una vieja demanda de la comunidad intelectual del país [...]. Para hablar solo de literatura [...] la inmensa mayoría de los escritores mexicanos de valor (desde los más jóvenes hasta los eméritos) hemos recibido, al menos en una ocasión, los apoyos”.4 Sin el Fondo y sus convocatorias, opina la escritora Carmen Leñero, “la pobreza espiritual del país sería evidente”.5 No falta, incluso, quien lo repute como un mecanismo que ofrece un refugio a los creadores frente la tiranía de los mercados del arte y los vaivenes del interés del público, como el ensayista y narrador Gabriel Wolfson: “Ser un creador del Fonca me permite escribir sin pensar en agradar a ningún editor ni agente. [Los estímulos] abren un pequeño espacio de investigación mayor para la escritura en un momento de autoridad mayúscula y sexy del mercado editorial.”6 No obstante, Wolfson matiza: “Las becas del Fonca, o el Fonca mismo, son problemáticos, sin duda, y hay que discutirlos.” El poeta Óscar de Pablo va más allá y en una columna para la revista Vice asienta: “Sin apoyo público al sustento de los creadores, el arte sería (aún más) monopolio de la clase ociosa. Las becas y premios a la creación artística son como los aumentos salariales y las prestaciones laborales: pueden ‘cooptar’ a algunos, pero sin ellos no sobreviviría ninguno.”7

 

                No es exagerado decir que detrás de todo gran poeta —promovido a nivel internacional—hay un movimiento político que lo impulsa, sistema nervioso de relaciones, al interior de la infraestructura que da soporte a su desplazamiento y difusión pertinentes para que se vuelva una figura referencial. De igual modo este templete incluye la edición constante de revisiones de su obra [sean efímeros comentarios en red o revistas soft, o si es un autor encumbrado, en libros de ensayo entorno a su figura y su quehacer], así como de toda su escritura, tanto teórica, literaria o poética. Es decir, detrás de la promoción de un poeta para que se perciba “grande”, hay la inversión de un capital. Incluso si ésta ya ha muerto.

                Los institutos, fundaciones, o los sistemas de becas, son la inversión elemental para tener una reserva para la banca, y también un público consumidor, que asumirá también el papel de mentor de generaciones enteras que asumirán sus referencias como verdades. Sin embargo, los escritores que ocuparán los escaparates, y serán las grandes “luminarias”, son miembros de familias ya instaladas en los medios culturales, políticos y aristocráticos; se educan bajo una especial supervisión: vienen de abolengo, de una tradición asumida. Son niños que fueron educados desde pequeños para ser líderes dentro su campo. En este caso, la literatura y la poesía.

                De tal modo tenemos que la clase que rige el mundo es la clase intelectual, pues posee los recursos de conocimiento para doblegar la realidad a “su imagen y semejanza”. Hay dentro de esta clase intelectual contrarios a la naturaleza del poder que les fue heredada, y por otra parte, un ápice de astilla de la clase baja que se desplaza a la clase intelectual, pero que representa con dificultad un 1%, por mucho. De este mismo modo, el ejercicio del poeta es, por principio el de un intelectual que siente, vive, se arriesga desde su propio círculo existencial. Pero la variable de este 1% regularmente es útil más para el 99% de la clase intelectual acomodada que representa 8% de toda la humanidad, que para el 90% del resto de mortales. La percepción de la vida, como de la literatura misma es maleable, y puede ajustarse de acuerdo a quién tenga más recursos de producción mediática.

                Siguiendo esta lógica, y el análisis de Iber, no sería extraño pensar que el boom de la narrativa latinoamericana haya sido un ardid para contrarrestar el peso inminente que había adquirido la poesía en América. El realismo mágico era el punto exacto entre lo narrativo y lo poético. Entre lo surrealista y lo folclórico. Un terreno perfecto para cimentar un “nuevo mensaje”, una “tradición renovada” de los deberes teológicos. Para Latinoamérica el surrealismo le era externo, tanto que su realidad inherente es de una plasticidad onírica, porque son materia pura de los sueños, lo que vieron los europeos (colonos) como un problema, pero también como un nexo con su tradición decimonónica, la cual era conveniente retomar para colocar herraduras al trote de la idea poética política natural de América, que se estaba vinculando más naturalmente a un realismo militante, o de carácter comprometido con las diversas causas emancipatorias. Pero al final el monarquismo vitalista Bolivariano, como una extraña gramática de lo puro, al estilo de Andrés Bello, se terminó imponiendo como una monarquía promisoria de “un mundo mejor”: América, pero que no daba más que para sobrevivir en la natural disolución de las jerarquías, donde los gobernantes bien intencionados, absortos e ignorantes de su propia ignorancia, condujeron al pique su propio ideario. De tal modo, obedeciendo a este análisis, las becas son una especie de populismo literario, que compara fácil (8 mil al mes) a los futuros y presentes lectores de los clásicos mundiales, sean mexicanos o extranjeros. Y algunos buenos prestadores de servicios que llegarán a poder decir que son poeta con todas las de la ley, incluyendo los títulos nobilarios.

                 [DIAPOSITIVA. LOS NOBEL Y EN CONTRAPARTE LOS POETAS DEL PUEBLO]

Porque la gente busca mitos. Y por muy cruenta que sea la realidad, siempre se sujetará del ideal mortífero que representa la promesa del porvenir, sean en esta vida, o en el “más allá”. Los poetas, son divididos, por los mismos espectadores-poetas en los nobles, o Nobeles, que ganan el peso de la corona de los reyes Suecos. Y por otra parte, los que caen, pierden, son borrados; se suicidan, o como mártires con su aureola, saben soportar su corona de espinas, y se vuelven ellos mismos, cual cínicos griegos, reyes de sí mismos. Y esta percepción se da, porque los que aspira a ser poetas, aspiran primero a ser figuras públicas; ídolos de masas, y proyectan su deseo sobre las figuras dramáticamente radicales la una de la otra, porque son productos de una fantasía neurótica. Lorca, Maiakovski. Miguel Hernández. Cesar Vallejo. Víctor Jara. Gabriel Celaya. Roque Dalton.

Pero tampoco es llevar las cosas al extremo y decir que el poeta becario está “maldito” o “bendito” por tener el estímulo. Sería ejecutar la misma perspectiva maniquea del marco político de la poesía. A veces, como sucede en esta sociedad, el estímulo monetario, sobre-exalta, y al modo del cocainómano que abre más los ojos cuando habla y desarrolla una aparente alta estima, el becario tiende a desconectarse momentáneamente del mundo.

El reto es ser congruente sin caer en la desesperación. La prepotencia del empoderado, sea del recurso como estímulo, o el salario en un puesto influyente [departamento de edición, administración de recurso], tiende a darle cierta seguridad para que ejerza abiertamente el discurso de su “economía” sin tapujos ni prejuicios. Al final, ser legión del Estado o de un grupo que gobierna desde el Estado, sin representar al mismo (que por naturaleza debería ser un administrador equitativo) también es una forma de vivir. Y es tan válida como la del narcomenudista que logra pagar casa, auto y otras exigencias (o necesidades) del habitante contemporáneo de la urbe.

                Este ejemplo nos deja claro que no se puede pensar en una sola economía. O dicho de otro modo, en una sola ley que rija todas las casas. Lo que resulta en que cada micro economía deriva de sus contexto y que la poesía puede ser potenciador de su desarrollo. Visto así, son muchas las economías, que derivan en N cantidad de poéticas y que por lógica, vuelve inoperante la idea de una sola ley, es decir, de un solo canon. Porque sólo si se logra imponer un ícono central que unifique la visión de todas estas economías, se consolida el centralismo. Pero pensar en una sola economía, planteada desde este punto de vista, es pensar también en una economía que responde a una visión enajenada y corrupta. Por eso la poesía, al igual que todas las otras partes sociales, está gangrenada.

La economía es la forma del hogar, “la forma en que individuos y colectividades sobreviven, prosperan y funcionan”. Y de ese modelo de vida, se desprende todo lo demás, todo el domo de lo que concebimos como real. La economía que nos mantiene vivos es la que determina si lograremos ser congruentes, o contrario a ello, en un acto desesperado, nos hará asumir lo que tuvimos que hacer con fin de sobrevivir y al mismo tiempo falsear lo que somos como acto de existencia.

Esa es la magnitud de la paradoja a la que se enfrenta el poeta contemporáneo.

 

Martes, 20 Diciembre 2016 22:10

Las revoluciones invisibles

 

] el acto de matar o de seguro si no lo nombro, no existe [

Por Andrés Cisneros de la Cruz

 

III

 

Pero en México ni los poetas conocidos son conocidos. Ni abundan los poetas como los poetas dicen. Ni asumiendo que en México existieran diez mil poetas llegaríamos a la cantidad suficiente para considerarse una minoría. Estamos hablando de una proporción asumida de mil poetas, por Juan Domingo Argüelles, que estima el censo de su arca desde el visor que le otorga el hombre más o menos más rico del mundo, además de contar con el reconocimiento de ser una autoridad actual en el tema de la poesía. Pero fuera de ese censor estadístico mediático, podríamos al menos pensar en el doble de poetas. O sumándole cuatro veces más, tendríamos, cuatro mil poetas que no están incluidos dentro de los aparadores de “visibilidad”.

Aún existieran cien mil bardos en México, no podríamos hablar de una sobrepoblación de poetas. El problema al que se enfrentan los poetas y los habitantes del mundo de la poesía, es otro. La problemática radica, en que todos estos “poetas” alcanzan a ver sólo una pirámide, y buscan sólo una escalera, y desean todos (por no decir la mayoría) aparecer dentro de ese triángulo en el que se hacen llamar “los mejores”. Por eso cuando miran alrededor, miran una cola enorme en la misma entrada, y asumen hay una sobrepoblación, cuando en otras entradas, en otros lugares hay espacios libres para la creación de nuevos mundos (eso presupone la poiesis) y empresas poéticas que enfoquen su fuerza en distintas geografías (conceptuales si se quiere).

Así, esos mil poetas visibles para los expertos, se pelearán, mayoritariamente, las becas, los insumos, los premios. Las migajas también. ¿Y todos los demás? La mayoría se borrará entre los papeles viejos que alguna familia dejará podrir, o lanzará al cesto de basura. Otros tantos, intentarán proponer sus obras, ilusamente, a los núcleos letrados, y por obvia falta de calidad serán selectivamente enviados al triturador o bandeja de garbage.

Gabriel Zaid atina en varios puntos de la problemática nacional, en Leer poesía (Océano, 1999), al afirmar que la población de autores ha crecido de una manera poco calculable —como la ciudad misma en los años setenta y ochenta—; pero se equivoca, cuando se espanta de esta explosión demográfica y ve que el problema ha rebasado al análisis mínimo de lo que representa la poesía a futuro. Se equivoca porque no repara en que lo plural, no se mide desde un mismo punto (un mismo punto, ojo: desde un mismo lector), y que asumir un crecimiento de la ciudad es transcender el concepto de “lo urbano” y sustituirlo con lo “conurbado”, que por ende se distancia del centro fundacional de la ciudad: pequeño y cuantificable; la comunidad también se diversifica en comunidades, y lo plural al volverse un hecho se bifurca y trasmuta del singular al plural, dando por resultado las pluralidades, de tal modo que la figura del poeta para una comunidad-emergente, es una; y en la medida que crecen las perspectivas de las comunidades, también crecen las perspectivas de los tipos de poetas que en cada una de estas sociedades derivadas se necesitarán. Es decir, la cantidad de poetas crece, pero también el tipo de sociedades que los requieren. De ese modo hay una proliferación de potenciales nodos, subsistemas, o divergencias de descentralización natural.

Por supuesto que lo “conurbado” responde naturalmente a un subsistema, hasta donde lo tenemos entendido. Sin embargo hay también una tendencia latente (en México como en América Latina, léase a Enrique Dussel, dentro del grupo latinoamericano de la “modernidad/colonialidad”) a descolonizar desde la filosofía, lo político, lo epistemológico, etc., y en sincronía a esta perspectiva, concuerda también la lógica generada por González Rojo en su Manifiesto autogestionario, que concibe las Cesinpas (Células Sin Partido) para la gestación de otro tipo de organizaciones inaugurales cuya función es conformar comunidades, y que no obedece al desbordamiento industrial de la economía global, y que por ende genera otro tipo todavía más complejo de necesidades culturales, a las cuales deberán responder, específicamente, un nuevo tipo de poetas que imaginarán lenguajes para resolverlas.

La necesidad es el motor que empuja a cualquier voluntad a crear métodos para producir alimento o bienes para la supervivencia y la delimitación de identidad. La poesía es el alimento fundamental para que todas estas necesidades tengan un sentido, en la medida que son manifestadas como necesidades (emocionales, sexuales, alimenticias) que serán filtradas por una axiología que empatizará y dará unidad a una sociedad mínima. Por supuesto esta idea del poeta es potencial, dentro del ámbito conurbado, puesto que no ha sido visualizada o concientizada por los mismos poetas de las colonias, barrios o pueblos que tienden a dejarse atraer por el imán de constructo citadino.

A principio del siglo XX, a la par del surgimiento de una “poesía mexicana”, la figura del poeta, era de carácter imperial —o dictatorial, como el propio desfasado sistema político que gobierna—, porque respondía a la necesidad identitaria de los diferentes colonos de la urbe. Y la comunidad gobernante, era también la población fundadora. Aleatoriamente se fue gestando el de la urbanidad, como un poeta del segundo círculo expansivo, y el poeta popular, como un artista (artesano) alienado en las filas olvidadas de la Revolución.

       En esa distopía del mexicanismo histórico, los poetas fundadores de nuestras instituciones, los poetas que ahora son el nombre de una calle, biblioteca, plaza, etc., escribieron una poesía que concibieron mexicana a partir de un episteme teórico, donde se fundía el análisis de la conquista y el desarrollo de los gobiernos de emancipación hasta la conformación de una supuesta identidad nacional, base para construir los cimientos de lo que sería la estructura para que los mexicanos pudieran conformarse. La mexicanidad, es decir, era un piloto de identidad, antes que una identidad conformada. Así es como la poesía “mexicana”, en la segunda mitad del siglo XX, se alejó con un “purismo teórico” (un  debería, súper yo social) de la identidad tangible —que se fue desarrollando en la práctica—, y por ende, negada (el ello). ¿El resultado? Una neurosis colectiva del yo de los poetas, ansiosos por ser el estereotipo medular, afianzándose así del arquetipo, y dejando de lado el desarrollo de una personalidad. Neurosis heredada generación tras generación. Neurosis que sesga los poetas entre sí, y los empuja a desconocerse (y auto desconocerse) hasta la muerte.

De ahí que sea la pulsión de sobresalir (acumular) la que empuje regularmente al poeta, en vez de la de hacer (“tener” camino). El poeta joven —menor de veintiún años—, quiere antes de haber publicado un libro, tener ya los reflectores sobre el escenario que pisa. El poeta en formación —poetas entre veintidós y treintaicinco— en cambio, se asumen iniciados, y reproducen gestos de prepotencia para “sentir” han cruzado con éxito el umbral del poeta joven, y buscan afianzarse en un círculo que les de la seguridad de la aceptación. [La diferencia que se conforma para satisfacer la pulsión apropiativa, derivada del vínculo/desvínculo de la materia primigenia, es por la parte neurótica, el tener acumulativo: acumular. Y por la parte liberada, el hacer camino: experimentar].

Por eso el asunto de los cánones en formación en México, responde primero a una cuestión sociológica, y de ahí se deriva el problema específico del estudio estético; lo sociolingüístico, y todos los planteamientos poéticos de cada ángulo que ha derivado en un potencial canon. Y en muchos casos, en un imaginario tangible del mismo.

Por eso el fenómeno común que realizan los grupos de empoderamiento central, es buscar un modo de legitimación que emule las figuras vectoriales de poder ejercidas por los múltiples grupos del siglo XX. Tienden a alienarse de la realidad, y dentro de un cuadro sinóptico de los deberías, es decir, desde un enfoque teórico, ejecutan prácticas que aparecen en desuso, y que tienden a denotarse como emulaciones, o injertos en genealogías de poder (antes que de poesía, como se ha visto), con lo cual pierden también la objetividad del quehacer poético.

Aquí cabe la comparación del contexto con el film El acto de matar, dirigido por Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y Anonymous, donde a modo de documental, se evidencia la frialdad de hombres que se dedicaron a torturar y asesinar en masa —durante las redadas del 68 en todo el mundo— a los jóvenes “rebeldes” en Indonesia. Estos hombres también eran parte de una idea de familia y forma de vida que se quería mantener sobre los posibles modelos que derivarían de la fusión de pensamientos dados a partir de las revoluciones ideológicas de la época. Es decir, el tema, hasta cierto punto es similar, y nos pone de nueva cuenta ante la corrupción que se ejerce desde lo íntimo: donde lo familiar se ejerce desde lo institucional. Y viceversa.

Lo común es que la violencia pasiva (o activa) se apodere del grupo familiar y lo someta al yugo de un poder de facto, en el cual sin querer de pronto todos los integrantes se encuentran enjaulados. Y esa jaula de oro —síndrome de Estocolmo [o el Síndrome de Stendhal, si seguimos El arte de matar, de Darío Argento]—, suena extraño decirlo, es a lo que suelen llamar canon, y se determina por chantajes, favoritismos; corrupción en su más pura veta. El canon antes que una figura de reproducción reflexiva es una cadena de d-efectos dominó, asumidos como realidad.

Lo anterior expone la desinformación que existe en México, la ignorancia que golpea al gremio poético. Porque cuando el mexicano piensa en “la ignorancia”, es un defecto que nota en el otro, y no en sí mismo. Si se piensa en lo malo; se piensa en el otro. Se fetichiza el mal para apartarlo —ilusoriamente— del propio organismo.

Con una apreciación estadística se puede explicar con más claridad este aspecto.   Gran parte de los miembros de este halo intangible e indefinido de “poetas mexicanos”, son jóvenes entre los 18 y 30 años, que entenderán por poesía lo que esté a su alcance; si son universitarios (de letras), lo que aprendan con las lecturas de la biblioteca central (fotocopiadas a prisa), complementada con los libros que puedan adquirir —si son pudientes— en Gandhi, FCE, Educal, El Sótano y Porrúa. Si son de provincia y no son universitarios, se reduce a la librería de “su preferencia” en la localidad, o si es en una localidad más aislada, lo que pueda leer en la biblioteca o libroclub (si los hay; asumiendo también, que gran parte de las bibliotecas o salas de lectura son surtidas con el mismo material, reducido a 80%, de lo que hallarían en alguna librería. Peor que saldo). Y si tienen acceso a internet, podrán también leer lo que hacen sus compañeros de generación. Es decir, de acuerdo a su círculo de internet, lo que leerán será lo que escriben o referencian sus mismos compañeros (sean de clase, scout, grupo étnico, universitario o allegados de religión o afición).

       Para cada uno de ellos “la poesía mexicana” (la generalización es parte de la enfermedad) se reduce a lo que alcanzan a ver e investigar. La “ignorancia” es un bien forzado que empuja a “aprehender” [enfoque epistemológico del conocimiento], si se entiende ésta como principio de búsqueda. Sin embargo, la “ignorancia” para la sociedad mexicana no es un bien por superar, sino un mal que todos buscan esconder. Por lo mismo es común que abunden las reafirmaciones opulentas cargadas de sobrestima —evidencia de una baja autoestima— que aseguran la poesía mexicana está sobre los hombros de cinco jóvenes y sus compañeros de escuela son sus Bautistas.

       En Tabasco, en Monterrey, Guadalajara, en Ciudad Universitaria, etc., la “poesía mexicana” es un sin fin de generalizaciones, que se fundamenta en la aprensión de ser “ignorantes”, antes que en el deseo natural por buscar más y más poesía. Los poetas están más preocupados por cerrar el círculo total de los poetas existentes en México, que por mantener siempre el ánimo de encontrar “nuevos estilos” bajo las piedras. Esto puede ser percibido como una aprensión competitiva, antes que un deseo de saber si existen otros allá afuera. Otros que si conocieran, quizá tampoco entenderían. Pero que en el llano deseo de conocerlos, habría en vez de una “anulación” —la ignorancia como un asesinato conceptual—, una puerta abierta a los poetas que quedaron atrapados entre los escombros del derrumbe de todos los tiempos que se colapsan a través de un solo reloj de arena.

 

Miércoles, 23 Noviembre 2016 08:39

Las revoluciones invisibles

Las revoluciones invisibles

] axiología de la corrupción en la poesía mexicana [

 

Una vez determinado este cielo imaginario y su respectivo infierno, podemos saber todo lo que tiene que hacer un recién ingresado para llegar a la presidencia de la poesía. Donde la figura del poeta porro, el grillero, el capataz, el supervisor, el policía (o granadero), el subdirector o secretario, y cualquier otra figura dentro de la escala de valores políticos de México, no queda exenta como una plaza, que continuamente quedará vacante; apetitosa para los mejores prospectos que sabrán atender las necesidades de los mandatarios (y sus patrocinadores). Y dentro de esa lógica la poesía se dividirá en empleados, subempleados, desempleados y auto-empleados, todos bajo la misma regla operativa de la pirámide vectorial que da peso al imaginario colectivo de la poesía y sus ciudadanos en regla, según los requerimientos para estar en el padrón.

            ¿En qué consiste esta serie de valores, mismos que promueven los paradigmas pragmáticos de la operatividad de las instituciones (incluyendo la familia) y sus fluctuaciones estadísticas? Son valores que determinan qué tan eficaz es el individuo (ciudadano económicamente activo) a partir de dos directrices: a) los intereses de altos funcionarios, b) los intereses de sus propios compañeros de grupo (sean personales o sectarios). Por supuesto en muchos casos pueden coincidir ambos.

            La lógica de una estructura de este tipo, dentro del gremio de la cultura, per se el de la poesía, obedece principalmente a valores, extraliterarios; extra-poéticos, como bien lo apunta Samuel Gordon en su Breve atisbo metodológico a la poesía mexicana de los años setenta y ochenta (página 23); pero no sólo eso, sino que esta lógica responde a valores de cúpulas privadas, antes que a valores de carácter político social como presupone una institución pública, situación que deriva en que el capital —en sus diversas facetas— se invierta en intereses particulares y manipule los visores mediáticos para sumar y mantener el poder con el partido que administra, así como sus respectivas asociaciones empresariales, que le empoderan.

            Los valores de la corrupción son “adecuaciones” de los presuntos estatutos planteados para mantener una igualdad social, y que se han creado desde las propias instituciones, problema que desarrolla de manera clara Ikram Antaki, en El manual del ciudadano contemporáneo, donde plantea esa problemática de “la irresolución” de conflictos sociales, desde el núcleo de una cultura mexicana que se pasa las leyes por el “arco del triunfo”, sea desde el rol de autoridad o desde el rol de ciudadano, y donde desarrolla también el tema del monopolio de la violencia (o de la Estética, en este caso), que presupone la idea de Estado. No está de más, recordar a Mario Vargas Llosa, con su reflexión a partir de T.S Eliot sobre la educación fincada desde la familia (que argumenta “estamos en un mundo donde le primer lugar de la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento , y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal, donde la cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura”); también es valioso el análisis de la descolonialización de lo familiar de Ramón Grosfoguel (que analiza el génesis de la opresión a partir del “patriarcado europeo cristiano; por tanto monogámico. Entonces el patriarcado europeo se organiza alrededor del concepto de familia monárquica), para entender que la familia es el primer lugar en donde se aprende a vivir, y es ahí donde se enseña la pirámide del “desclase” social: axiología de la corrupción. 

            Por eso nadie puede imaginar a un grupo de eruditos de la poética, discutiendo honestamente sobre un canon de la poesía mexicana; ¿por qué?, porque esos eruditos se ven desde el filtro del propio valor de exclusión, y competencia desleal (bajo el agua), y que en una política social se pensarían como herramientas de sabiduría, antes que de imposición del interés de un solo sector. Es decir, un funcionario intelectual, tendría por deber político, estructurar medios para el reconocimiento de todas las diferentes culturas y manifestaciones poéticas que se dan en el territorio mexicano (independientemente de su calidad, porque son manifestaciones de cultura), antes que establecer un filtro para detentar una idea cerrada de lo nacionalmente aceptable, dejando fuera del visor una mayoría abrumadora.

Lo que nos coloca antes una hipótesis: la política de Estado se ejerce desde la individualidad abstracta del interés. Y aunque en el caso de una masacre (ejemplo macro) es más visible, por ejemplo, la lógica de la omisión en lo privado (ejemplo micro), no es diferente al caso mayúsculo. E incluso es similar en la censura personal (ejemplo nano). ¿Por qué no podemos pensar en los sabios hablando de un canon para nuestro país? Porque en México no hay un solo canon, y porque hablar de un solo canon es equivalente a de-significar lo otro, en favor de lo único. Apoyar la monarquía poética, y por ende la erección del monarca.

El ejemplo evidente de nuestro tiempo es que en México no se discute, se asesina (sea física, o simbólicamente). Y no sólo en la escena de la política nacional, sino en los distintos gremios culturales. Si no estás, no existes. Si no existes, no estás. Desaparecer o estar muerto es sinónimo en esta nación, y el asesinato simbólico se vive en la praxis cotidiana dentro de las propias familias (bajo el visor de una economía falogocéntrica, como apunta Judith Butler en Prohibición, psicoanálisis y la producción, y que si traspolamos la estructura, puede leerse desde cualquier ejercicio de dominio en el halo de la ley de la casa, plano primero para la iniciación de cierto sector de poetas varones, y desde otro ángulo, para ciertas mujeres poetas de carácter religioso: la casa como la morada); fuera de los núcleos iniciados, difícilmente encontraremos un núcleo emocional donde la gente logre organizarse para convivir y desarrollar un proceso de evolución, sin terminar peleándose, y por ende, anulándose entre sí. Por eso el idealismo mágico se inyecta en altas dosis a la población en general, para alimentar la neurosis y el alcoholismo como principales fuentes de sentido en la identificación grupal. Además de generar un mecanismo de consumo para la constante renovación de los mismos patrones, que garantizan un estancamiento, sujeto a los parámetros de realidad circundante. Es decir, no sólo los refrigeradores y los autores son desechables en esta segunda década del siglo XXI. También las relaciones personales se han vuelto desechables, y la pertenencia de grupo se da en consecuencia directa a satisfacer una necesidad específica (sintetizada en un rol). Este pragmatismo lleva a una alienación donde cada individuo busca la forma de satisfacer lo mínimo de su entorno para sobrevivir, sin percatarse que sus gustos, trabajo, etc., los determina una economía global, y no la serie de decisiones que asume tomó por sí mismo cuando navegaba en red.

El paradigma de lo posmoderno —o en busca de dar continuidad al programa de lo Contemporáneo, llamado Postemporáneo— es cabal. En las familias no existe una ley hecha a la medida de su hogar, porque los hogares responden a una ideología única —fincada desde los medios visibles (televisión, radio, internet, etc.)— y responden a una economía impuesta que no necesariamente entienden y que es dictada por diversos ejecutores (políticos y empresariales) que defienden los intereses “ganados” a lo largo de generaciones, de gente invisible que se desarrolla en “otro nivel de vida” (universidades internacionales, sectas globales) y una educación que proyecta una “nueva raza” (especulativamente intergaláctica).

Por eso el salario mínimo no se incrementa proporcionalmente a la inflación; por supuesto, el poeta mexicano no ilustrado, parte de esta misma problemática, no tiene modos de vida dignos que le den la libertad de trabajar para su propia lengua en conflicto, que sea congruente con su propia comunidad, o dé posibilidades de desarrollo e identidad a la misma [Yolanda Lastra, apunta datos cruciales sobre este tema, y detalla Joel Sherzer, en Lengua y cultura enfocadas en el discurso]5, y por el contrario, en el mejor de los casos, si el poeta, en modalidad de académico, cuando logra acceder al núcleo ilustrado, a través de la universidad, sea pública o privada, consagrará su tiempo a la investigación de los Siglos de Oro, López Velarde y su patria chica, o a las vanguardias de principios del siglo XX. Y en sus tiempos libres escribirá poemas —pero una vez ahí, no hay tiempos libres— y entre la docencia, la burocracia y la investigación, su poemario será apéndice de la misma especialización a la que dedica su tiempo entero.

Esta problemática la tienen presente muchos de los poetas que viven de lleno en esta estructura, y de la cual tampoco hay tantos medios para librarse. Su conciencia genera poéticas de resistencia desde la ironía, y en la mayoría de la veces, desde un cinismo posmoderno, muy de la mano de las clasificaciones de Peter Sloterdijck, donde el ensimismamiento arguye su propia cápsula de existencia, y desde la figura de un “Sócrates reintegrado”, que posee una “falsa conciencia ilustrada”, y de tal modo, desde esa inserción, el poeta, tendrá que ejercer jornadas triples de investigación extra oficial, para consolidar el acercamiento crítico a las realidades circundantes de la poesía. (Véase el caso del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea y su revista online de crítica Ancila, que ha trabajado con la editorial Malpaís o con Verso Destierro).

Pocas veces desde el saber (o como diría Enrique González Rojo Arthur, desde la clase intelectual) se concibe una resistencia que no termine por enajenarse en su propia ideología, y que ejerce de modo inherente el consabido saber es poder, apoyándose en la consabida frase que arguye las leyes generales sólo existen para los tontos.

Es este apretado esquema el que orilla a los poetas (y mexicanos en general) a ajustarse al modus operandi de la supervivencia, donde la pirámide axiológica de la corrupción se impone sobre cualquier política social, y desvanece la idea de ley en común, dividiendo la ley de la casa en un sistema culposo que incrimina a la cabeza de cada hogar, y que mantiene así el ejercicio de la competencia sucia —siempre bajo el agua— y el cambalache de favores. Y se vuelve a imponer el imperativo único, de los más fuertes desde el pódium de lo mediático, para mantener la idea de que existen vencedores (los visibles —incluyendo a supuestos representantes del interés popular, cual diputados—) que lograron apoderarse de los medios y estructuras de difusión, promoción, publicación, etc. (perteneciendo a los grupos que poseen dichos medios), y los vencidos (los invisibles), que son amenazas latentes, que quedaron fuera de la nómina y que no representan sino la carne de cañón que llenará el espacio de los gobernados.

 

Martes, 22 Noviembre 2016 19:36

Éxodo del hambre

 

***Arte gráfico Jordi Alós

 

"Éxodo del hambre"

 

tierra y libertad para quién

¿para quien trabaja la tierra?

¿para quien trabaja la libertad?

¿libertad y tierra son pertenencia?

¿si la libertad pertenece es libertad?

¿si la tierra pertenece ] su fruto

su sombra [ puede ser de nadie?

¿la luna es de quien la pisó primero?

¿la idea es de quien la pensó primero?

que los manden a chingar a su madre

dice el taxista sobre eje central

secundado el chiste del payaso en el radio

el taxista dice enardecido

pinches haitianos

nueve mil

nueve y tres ceros

que no vengan a robar

nuestro trabajo

nuestra tierra

nuestro patrimonio

que no vengan dice el señor al volante

en tijuana en tjtitlán

casa de puentes

umbra de umbrales

nueve y tres ceros

de haitianos

deambulan

buscando qué

qué tierra qué sueño

no aquí, aquí es su más cërca

y los unaited su "ya no fue"

caminan hacia la tierra de quién

no a los muros

quiten los muros

que derrumben los muros

cantan miles de miles en el zócalo

¿usted está en favor de los muros?

¿le parece apropiado un muro

para dividir norte de sur?

abajo el muro dice usted

pero no abre ] tumba borra [

los muros de su casa

su tierra su libertad

arriba el muro dice usted

esta es mi casa mi tierra mi libertad

con qué palabra abrirá usted

su jaula para guardar tres pájaros más

con qué grito volverá usted

su jaula en alas para planear

junto a nueve aves y tres ceros

pero teme al hambre

¿quién le dará de comer ahora

si sale de su cuarto dos por dos?

¿quién le pondrá la comida

masticada en su plato?

¿es usted humano o naturaleza?

¿son los humanos la carne negra

entre las costillas de natura?

¿o tal vez su cara blanca?

¿un yinyang de tierra y luz?

¿no siente culpa porque nunca

ha sido capaz de arrancarle

la vida con sus propias manos

al ser que ahora yace en el plato;

pero ir a trabajar representa

el hecho de asesinar su comida

triturada y condimentada

por el invisible señor para el

que usted trabaja?

¿no es el cazador intelectual

quien retribuye a natura la muerte

que ocasiona, con más muerte?

¿quién muere por usted todos los días?

ahí entre sus muros

con su plato lleno de comida

que sepa de qué campo

de concentración ha venido

usted se ha resignado a sobrevivir

y cierra los muros para que nadie

toque su ración de comida

el casero humano como yo

hermano sangre de mi sangre

cerrará su muro a mis pasos

me pedirá amablemente

salga de su tierra

pues mi trabajo

no suma

no alimenta su casa

hermanos haitianos no se vayan

hermanos haitianos mejor ya vámonos

hermanos haitianos canto su éxodo

ahora que caminan sin jaula

sin tierra sin libertad

con nada

ahí

donde nada es de nadie

donde no hay muros

de casas fortificadas

ahí donde no hay caminos

ahí, hermanos haitianos

cada quien en la distancia

caminamos juntos

 

Video "Éxodo del hambre"

Voz y musicalización:

Ivan Alvarez

 

Cantante y bohemio; Nacido en la ciudad de México el 2 de Agosto de 1973. Con mas de 20 años de trayectoria musical participando en diferentes proyectos musicales y en diferentes generos; siendo su predilección el blues, el jazz y la trova. Actualmente ubicado en la ciudad de Querétaro participa activamente cantando en los lugares mas conocidos y frecuentados de Querétaro. Siempre influenciado por las voces poetas, queda atrapado con el proyecto de "LA PIRAÑA" y nos comparte su narrativa y música para disfrutar de mejor manera las letras y pensamientos de grandes artistas.

 

Arte gráfico

Jordi Alós

 

23 años, soy mexicano, autodidacta. Estudie diseño publicitario, pero el arte siempre me atrapo desde que tengo memoria.
Mi trabajo plástico, gráfico y pictórico es un conjunto de experiencias, momentos, instantes  y personajes. Interesándome  en plasmar, sea con el material que sea, y que este al alcance en ese momento, emociones y sensaciones. Realmente, mi trabajo es una fusión, un rompimiento de elementos gráficos, experimentales y contemporáneos . No tengo ningún estilo en particular , un día me gusta algo muy clásico, otros más abstractos y surrealista , el arte es jugar. Con la práctica y con los años vas descubriendo quien eres realmente.

Lunes, 31 Octubre 2016 20:26

Las revoluciones invisibles

Las revoluciones invisibles

] Uno [

 

La poesía está afectada por la misma peste que asola todos los sectores de México. Y aunque es verdad que la poesía, como obra final, es independiente —hasta cierto punto— de los cables que la condicionan, también es cierto que responde directamente a las circunstancias en que el poeta la gesta y pare. Por lo anterior dicho, no será sorpresa entonces pensar que la poesía está afectada por la misma escala de valores que rige la vida en el país, y que ésta puede entenderse sólo si nos abocamos a construir una axiología de la corrupción.  

Suena escandaloso, pero no es descabellado afirmar que (al menos en el panorama de lo mediático) la corrupción es la que define qué es un poema en México, y que incluso el canon derivado del Ateneo de la Juventud, los Contemporáneos, Taller o cualquier otro grupo fundacional, ahora sólo es base para la demagogia de los políticos de la poesía, que al igual que cualquier otro candidato a un puesto popular, se rigen por el valor pragmático de la “gobernabilidad”, y de tener la visión-cúspide de lo que puede entrar dentro de una jerarquía —monoaxial— de la poesía nacional. Por supuesto, la pirámide que sostiene este ojo estético, está determinada por la corrupción y no por la revisión histórica de la crítica ejercida hasta la actualidad.

Pareciera que en el México de los diccionarios y de los documentales, lo que define eso que  llaman canon, es una respuesta, antes que una pregunta, y ésta se salta algunos pasos, y conjetura quiénes componen el “espectro” de la poesía mexicana, antes que pensar cuáles son las características que pueden delimitar “la poesía mexicana”, dentro de la gran magnitud de la gama de estilos. Pero, ¿podemos hablar de poesía mexicana? ¿Poesía mexicana se refiere a la poesía escrita en Mérida, Chiapas, Chihuahua, Baja California, Guadalajara, Nuevo León, Guerrero, Distrito Federal, Tamaulipas, y cada uno de los estados del país, que incluye a sus pueblos, sus sierras, selvas, comunidades, y cada una de las sesenta y ocho lenguas vivas (y sus trecientos sesenta y cuatro dialectos), así como la poesía escrita por mexicanos que radican en Estados Unidos, por ejemplo, por no hablar de otros exilios geográficos o conceptuales?

¿O estamos hablando de que la poesía mexicana se refiere únicamente a la poesía escrita por académicos, funcionarios y poetas que lograron tener una plaza, puesto gubernamental o estímulo, otorgado por alguna institución universitaria o cultural, en alguna de sus sucursales estatales?

La pregunta —por absurda que parezca— expone la ironía de la realidad. “El padrón” de poetas que define lo que se “asume” como poesía mexicana y que determina también las preceptivas “críticas” para pensar en ese canon abierto2, se construye, efectivamente, por académicos, funcionarios y becarios. Así mismo, los poetas que integran ese padrón son los mismos poetas que se desenvuelven dentro de ese hábitat. Todo lo demás que no está dentro de este espectro, llanamente no existe, o dejará de existir en la medida de que no quede registro alguno de su ejercicio.

Por su puesto, este problema no es responsabilidad o culpa de los mismos poetas que se ven limitados por esta realidad, sino que existe un círculo vicioso en donde la necesidad académica de marcos referenciables (es decir, que consten de bibliografía), sujeta —sea por tiempo, o imposibilidad para la investigación de campo— a los miembros de este sistema de legitimación, a reproducir la forma de constituir sus marcos referenciales. Y en muchos casos, los programas institucionales que se crear para fomentar la expansión del canon-abierto, se vuelven llano templete para los autores que sumarán a su campo de investigación una conquista más, asunto, en el cual es importante hacer hincapié, tampoco podrán hacer nada para dar un empuje a las poéticas o poetas, que son parte del hallazgo de su avanzada.

Sin embargo, esta complicada situación, no es una situación que alcancen a percibir, o imaginar siquiera, los poetas nóveles (jóvenes menores a dieciocho años), los poetas amateurs (que no se dedican profesionalmente a publicar) o los lectores en general. Por el contrario, este sector fácilmente se deja llevar por las opiniones vertidas en la franja mediática que mueve las estadísticas en favor de los políticos, más que de las instituciones, incluso. Y de ese modo, es común que tiendan a opinar que la poesía se define de modo espontáneo, y que todos saben —naturalmente— qué es poesía. O en otros grupos más maleados, se asume que lo que es poesía se define de una manera democrática (con robo de urnas y toda la cosa) y de ahí se define quiénes son los poetas trascendentales  para los intereses del país.

Esta situación podemos saber que es real, si atendemos a las charlas que se dan en los pasillos de las escuelas, cafeterías, o en las fiestas; donde se afirma y hasta se discute acaloradamente, con argumentos que sostienen la Historia será una especie de heroína que salvará a “la verdadera poesía”, o que digan lo que digan, sólo existe “buena” y “mala” poesía, y la buena es la que puede conmover a cualquiera. Y así es como el imaginario colectivo cree que la historia realizará una selección pura del dream team que representará a México en las olimpiadas poéticas de la eternidad, con pura buena poesía. Y los malos, por supuesto, ni en la foto, ni en la cancha. Para ellos está el infierno del resentimiento y la podredumbre de la envidia. Para ellos está el olvido.

 

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