Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

Ramiro Padilla Atondo

escritor

 

 

 

La alegoría de The Truman Show

RAMIRO PADILLA ATONDO

 

 

 

A Gabriela Torres Cuerva, detonante de este escrito

 

 

Al escribir un ensayo, se invocan mecanismos más allá de la lectura y el análisis de lo leído. Hay de cierto, asuntos como la observación aguda, que, acompañada por las lecturas, permite prefigurar un panorama más amplio. En este caso, puede ser la continuidad de otra idea, o una simple deducción que detona la escritura.

He escrito de manera extensiva acerca de los mecanismos de toma de decisiones. Estos están circunscritos a ciertos factores, que tienen que ver con la cultura del individuo. De manera general en cuanto al sistema político en el que vive y de manera particular con la educación recibida en casa.

Es en extremo inocente pensar que no hay fuerzas determinantes en el desarrollo de esta toma de decisiones. The Truman show es una alegoría de este control total de la vida humana. Truman Burbank es un hombre que ha nacido para ser estrella de un reality show del cual no sabe que es parte. La película de 1998 prefigura la era del control total de los humanos.

En la película flotan los espíritus de George Orwell con su gran hermano y Aldous Houxley y su sociedad perfecta. Por supuesto que el leivmotiv es el monitoreo de un ser humano que por pequeños accidentes va notando la falsedad en la que vive. Igual en las sociedades contemporáneas, el tema del control ha venido convirtiéndose en un tópico importante. La información es una mercancía cuyo valor depende de su capacidad de influencia.

La realidad se distorsiona a medida con la finalidad de establecer ciertos parámetros de conducta considerados aceptables. Se necesita superficialidad para aceptar la sociedad cínica y enferma tal como es. En el caso de la película el telón de fondo es la sociedad conservadora que espera que cada instante de su vida sea previsible. Se acepta ser parte de un engranaje. No hay mucho espacio para alterar el curso pues millones de personas sintonizan día a día la vida de un hombre que no sabe que es famoso. Al igual que los whistleblowers contemporáneos, una mujer corre con Truman a la playa para decirle que todo lo que ha vivido no es más que un montaje, para luego ser arrojada del set por un actor que finge ser su padre alegando demencia.

En las sociedades modernas, aquellos que hablan de las sicopatías asociadas a las sociedades industriales son acusados de locos. El candidato demócrata a la presidencia basó su plataforma en varias medidas basadas en el sentido común. Pero fue insuficiente ante la maquinaria desplegada para elegir a una candidata cuyos discursos pagados por los bancos valen la friolera de doscientos mil dólares y cuyo contenido no ha sido publicado.

La cada vez más pasmosa insanidad de nuestras sociedades tiene que ver de manera precisa con el discurso sociópata (aquel discurso que promete de siempre cosas que no está dispuesto a cumplir)  y la normalización de la violencia. Y aquellos que viven una situación parecida a la de Truman Burbank solo imaginan que viven una vida normal, cuando la realidad es que los controles gubernamentales de manera lenta pero sostenida avanzan para definir  los comportamientos de la sociedad.

El candidato demócrata Bernie Sanders sostuvo que la dictadura de los bancos había destruido el sistema republicano de los Estados Unidos. Una mayoría idiotizada por los medios de comunicación lo acusó de lunático. Primero se le ignoró, luego se le ridiculizó, para terminar siendo arrollado por el status quo. Algo parecido sucede en México. Agustín Basave diagnosticaría al mexicano como un ser esquizofrénico o bifronte, Mexijano por su alusión a Jano, la diosa de dos cabezas.

En las sociedades desarrolladas el discurso tiende a ser de hipocresía limitada. En México se premia la mentira cada elección. Desilusionado de la política el mexicano tiende a comportarse con pesimismo festivo. Como el personaje de la película no ha entendido que tiene la capacidad para escapar de la gigantesca puesta en escena que significa el negocio del gobierno. Contempla la cámara que lo manipula a él con parsimonia y pocas ganas. Porque al final de cuentas le han vendido la idea desde la sociedad paternalista que aquellos que se roban su dinero saben lo que están haciendo.

The Truman Show predijo un futuro en el cual todos podríamos ser vigilados. Lo curioso de todo es que la aceptación de esta vigilancia ha pasado por nuestro tácito consentimiento.  Un teléfono inteligente es la manera más fácil de controlar los movimientos de una persona. Hay una huella electrónica sin necesidad de montar un costoso estudio que vigile nuestros movimientos. Giovani Sartori también lo dijo en su libro Homo videns. Del homo sapiens al homo videns hemos evolucionado sin darnos cuenta. Y es ahora que el homo videns parece mutar en el homo millenial, aquel sujeto totalmente dependiente de los artefactos tecnológicos.

Vivimos en sociedades cuyo sentido común comienza a parecer un asunto extravagante, perdidos en la cultura del consumo, que crea modelos aspiracionales y una distorsión de los comportamientos éticos, donde el mayor cínico es el rey. Al igual que otro filme, Wag The Dog, el mundo evoluciona hacia una gigantesca puesta en escena donde la realidad ya no es real, sino un constructo que necesariamente pasa por el tamiz del dinero. Por eso The Truman Show es una película de espantosa realidad.

 

The Truman Show Paramount pictures

Mexicanidad y esquizofrenia Agustín Basave

Homo Videns Giovani Sartori

Wag the dog New Line cinema

Un mundo feliz Aldous Houxley

1984 George Orwell

 

 

 

 

 

Meursault o la balada por un sicario

Ramiro Padilla Atondo


Meursault es el personaje central de Albert Camus en El Extranjero, una novela corta que termina justo en 1940 cuando el mundo se sumerge en una conflagración mundial.  Y este mundo refleja de manera concisa esa pérdida de valores, cuya espantosa actualidad retrata a un protagonista como un individuo incapaz de sentir emociones.

Meursault se convierte en nuestro sicario, se multiplica por miles, esa es la lección para nuestro país. Mata a un árabe con indiferencia. La vida de la víctima no es ni más ni menos importante.

Hay un paralelismo entre los jóvenes de la posguerra y los mexicanos que deciden incorporarse a las filas del crimen organizado. Este hilo conductivo es la frustración y desesperanza de un sistema alienatorio; el de la falta de oportunidades.

Otro elemento es el hartazgo. Argel puede ser  un pueblo perdido en la sierra de Sinaloa, donde no pasa mucho. Y lo poco que pasa se toma con indiferencia. Al protagonista del extranjero le da igual que lo manden a París por cuestiones de trabajo. Al sicario también. Puede ir a matar con toda la frialdad del mundo al otro extremo del país. Aunque ambos sin caer en simplificaciones son productos de las sociedades industriales, el mayor problema de nuestro tiempo. El sujeto que a fuerza de alienarse se convierte en hombre-máquina.

Al igual que el protagonista de la novela, los sicarios son parientes próximos de los personajes kafkianos, que viven en un mundo sin razón en el que solo existen en función de la explosión de violencia a la que han sido arrojados. Aunque el mismo Camus diera una contra lectura al decir que el personaje del extranjero se condena por no jugar el juego, por su incapacidad de mentir.Los efectos del personaje en la novela y el personaje real que mata por encargo son al final los mismos. La sociedad los rechaza al sentirse amenazada. No existe lo que se llamaría “normalidad social”.

Robert Champigny en el libro dedicado al extranjero Sur un héros paien (París Gallimard 1959) describe a la sociedad que juzga a Meursault como; « una sociedad teatral, es decir, no la sociedad en tanto que se halla compuesta de seres naturales sino en cuanto ella es hipocresía consagrada»  y de esta misma hipocresía nos alimentamos. Las sociedades abominan este tipo de personajes pero no dejan de producirlos. En el extranjero el personaje principal es la excepción. En México parece que se ha convertido en la regla.

¿Qué hemos hecho mal para que un personaje incapaz de sentir empatía se multiplique a una velocidad endemoniada? Esa es una de las grandes preguntas de la literatura. Camus lo predijo de manera certera y lo plasmó en pocas palabras. A Meursault se le condena no tanto por su crimen, sino por su actitud frente a la sociedad.

Si bien es cierto que las novelas al igual que los seres vivos, nacen envejecen y mueren, hay otras que tienen una larga vida pues su base se mantiene intacta. La novela fue escrita, en el marco de una sociedad europea en plena convulsión, tal como la padecemos hoy en México. Las sociedades pueden transformarse y muchas veces puede ser de la manera equivocada. No se equivoca Albert Camus al profetizar el tipo de hombre en el que nos hemos convertido en las sociedades modernas. El asesino que mata con indiferencia pues lo considera parte de su trabajo no es diferente de su personaje principal. No es un reduccionismo verlo a la luz de los acontecimientos actuales. Más bien es un llamado a la reflexión acerca de estas estructuras sociales que permiten la proliferación de tipos anti-empáticos. Por eso se debe de releer el extranjero para entender el contexto y entendernos.

Miércoles, 08 Febrero 2017 22:38

ESCRITORES QUE NO LEEN / Ramiro Padilla Atondo /

 

 

 

ESCRITORES QUE NO LEEN

Ramiro Padilla Atondo
 
 
 
Hay quienes sienten el deseo

de escribir de súbito, como si el acto de la escritura fuera automático. No se puede descartar al genio que sin leer libros pueda construir una obra, pero esto más bien sería algo absolutamente fuera de lo común, algo así como uno en un millón. Por lo regular cuando alguien que no me conoce se entera de que soy escritor me asalta de inmediato con dos afirmaciones. 
La primera, que yo debería de escribir un libro acerca de su vida, como si esa vida en particular estuviese tan llena de matices como para que valiera la pena una biografía novelada al estilo de André Malraux, y esperan que de inmediato me enganche preguntando acerca de los detalles de tan peculiar existencia.
La segunda afirmación es que ellos (una mayoría) también tienen planeado escribir un libro, por lo que de inmediato se imaginan que me convertiré en su asesor de manera inmediata. Para este tipo de afirmaciones tengo siempre una pregunta. ¿Qué estás leyendo en este momento? Este es el primer filtro para saber si alguien está tomando con seriedad el asunto que me acaba de plantear. La mayoría de las veces me dicen que no leen lo que los descalifica de manera automática. Aunque también hay aquellos que sí leen pero no leen nada de lo necesario para convertirse en escritor.
Y aquí la pregunta sería ¿Qué se necesita leer para ser escritor? No hay una fórmula mágica para decidir exactamente que contenidos alguien debería de leer para convertirse de manera exitosa en escritor, porque hay muchísimos factores a considerar. Por lo regular los que se me acercan intentan escribir libros de aforismos o autobiografías con una fuerte carga de superación personal. Mario Vargas Llosa hablaría de eso en cartas a un joven novelista diciendo que la fama es tan veleidosa que muchos escritores de probada calidad literaria viven olvidados mientras que otros que son una
verdadera pesadilla para el oficio obtienen jugosos contratos, llegando al grado de descalificar al Ulysses de Joyce desde una posición mercadológica como la de Coehlo.
Lo que realmente determina una verdadera vocación literaria puede ser ese deseo incontinente de recrear otros mundos después de haber leído bastantes libros. La analogía en este caso podría ser aquel tipo común que sin haber jugado beisbol ha decidido convertirse en pitcher. Cree que tiene un gran brazo pero nunca lo ha utilizado. Un jugador de beisbol hará de la práctica diaria su mejor arma para competir y la repetición de ciertos patrones de entrenamiento lo hará mejorar. Quizá no llegue a las grandes ligas pero al menos se convertirá en un jugador decente.
Igual le pasa a un escritor. Pensar que sin leer puede llegar  a ser un escritor decente no deja de ser una estupidez. No hay atajos para el oficio de la escritura. A escribir se aprende escribiendo y leyendo. Se leen los libros como se lee un manual de ficciones. Se aprende a de-construir un libro para entender sus elementos. Hay escritores que solo utilizan un mismo tipo de narrador y esta limitación en su técnica se ve aún antes de abrir el libro. Gabriel Zaid reflexionó acerca de esto al escribir Los Demasiados Libros. Hay un mercado grandísimo de personas que quieren publicar, pero este mercado es inversamente proporcional al de los lectores. Aquí habríamos de preguntarnos si la profecía escrita por Ray Bradbury en su Farenheit 451 puede llegar a ser cierta. Que los demasiados libros con contenidos malísimos nos obliguen a quemarlos por ley. Creo que sería sano. Aunque en la realidad haya una selección natural atroz. Si la obra de un escritor tiene calidad literaria o calidad comercial tarde o temprano conseguirá una editorial que le publique, aunque este camino sea largo y sinuoso.
Claro está que los escritores que no leen tienen menos posibilidades que los demás. Muchísimas menos. Si por alguna fortuita razón, un escritor de los clásicos de principios del siglo XX
se topara con un neo-escritor que no lee, entendería que la muerte de la literatura está cerca. Lo miraría como un bicho rarísimo de una historia de ciencia ficción.   Y se preguntaría que está pasando en el mundo que las cosas están al revés, cuando la escritura es el paso lógico desde la lectura. En tiempos pasados, más que la calidad literaria la publicación era el premio lógico a la terquedad. A trabajar publicando aquí y allá hasta lograr hacerse de un nombre y a la depuración estilística proveniente de las infinitas horas de lectura y escritura. Quizá sea demasiado pesimista. El problema es casi todas las semanas me topo con un escritor que no lee. Por eso escribí esta reflexión.

 

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