CECILIA JÚAREZ

CECILIA JÚAREZ

CECILIA JÚAREZ

MÉXICO, 1980

 

Estudió literatura en la U.A.E.M.y comenzó a publicar en revistas y fanzines underground desde 1996. En el año 2004,  participó en la coescritura y publicación del “Catálogo de perversiones medievales”, libro escrito a ocho manos, editado por el grupo literario Mirabilis. En 2006 publicó “Muerte para el coño dorado de Lavernia”, ediciones Mirabilis. Ha sido antologada en “Gambusinos”, “Poetas en el andén”, “Cantar bajo la nieve”, y “’’Últimos coros para la tierra prometida” . En 2013 publicó con Editorial Diablura “No te desanimes, mátate”. Su libro más reciente es “Bar Karaoke” (2014), de editorial Mirabilis. Es locutora, guionista y productora de radio.

Martes, 18 Junio 2019 05:52

Virginia / Cecilia Juárez /

 

 

 

 

Virginia

Cecilia Juárez

 

 

Nada hubo antes de ti:

sólo una madre que usaba pantalones antes de 1920

un pueblo que aparecía en el lugar erróneo de los mapas

y las estrellas aburridas en su cielo donde nada pasaba

no sabías

que tu dios sólo existía entre las nubes de tu patio

que lo creaste y lo creciste como un pájaro agradecido

en una jaula

le cantabas todos los días y él respondía

como en un romance del siglo XIX

o un musical de Broadway.

Si hubieses sido un cerro serías uno con brazos y

los pueblitos más lejanos te dedicarían el pan de sus ferias.

Pero

fuiste lo que fuiste

otro pájaro en la jaula de mi abuelo:

cantabas tu dolor a todos los vientos

cantabas que tu dios era grande

cantabas su tragedia que terminaba en gloria

y extendías esa gloria hasta ti

hasta tus hijos

hasta los hijos de tus hijos

y veías en el horizonte las manos cercanas del mal

y abrías tu enagua para proteger el mundo de tu vientre

y eras siempre la misma leche de flores

y la misma roca

y tus templos vertían musculosos sus perfumes

sobre la capital del pecado

y nos dormías

entre tus brazos

como si pendiéramos de una isla mullida.

 

Viniste aquí  a esta tierra a darlo todo

a regalarte.

 

Un día sólo quedaba de ti una partícula

una partícula que detenía una jaula con un pájaro

esa partícula era el universo

tu muerte fue nuestro big bang

y nos extinguimos

yo me bebí esa noche un litro de bourbon

mientras escuchaba cómo la fe abandonaba mi edificio.

Mi abuelo quedó hecho un pequeño tiranosaurio 

incapaz de levantar el desorden sólo se arrugaba como una pasa innoble

y tus hijas se volvieron mariposas torpes y nocturnas

lloronas abisales, tigresas de rabia y espíritu contenido

aquejadas en las orillas de los muros esperando la tiniebla

y tus hijos se tiraron –adultos infantiles– en pozos de vinos infinitos

incapaces de resolver sin ti sus propios acertijos

y los hijos de tus hijas quisieron repoblar el mundo

salieron salvajes a preñar, preñar, golpear, preñar

y las hijas de tus hijos se arrancaron los úteros

se negaron a parir la descendencia de pájaros ardientes

y aquí nació una tribu de jaulas

y niños muy pequeños

que van a ciegas sobre el pasto helado

con su inocencia dolorosa y el karma de su sangre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El único deseo de Anna Varney-Cantodea

CECILIA JÚAREZ

 

 

Anna quiere ser una barra de jabón

Deshacerse al contacto con el agua de la regadera

llegar fragante y entera en un empaque

irse disolviendo lento

sobre tu cuerpo

dejarse

materia rosa

sobre la superficie infinita de la piel humana

entre las manos de pulgares oponibles

Anna quiere ser un jaboncito

disolverse 

como el humo 

de manera imperceptible

en un sacrificio

que hará que huelas siempre a Anna

quien te conoció

cuando te huela

no sabrá que es Anna ahora

a quien aspira

trémula

en el aire

como una flama que tiembla.

 

 

 

 

 

Jara

¿A quién defiendes?

¿A quién sostienen tus manos apretadas, los dientes en vilo?

¿Acabas de creer, de olvidar, de dejar a la deriva?

¿Es este el mismo dolor de otros años, 

de otras pequeñas muertes?

 

 

 

 

Una camioneta

 

Sólo quería 29 minutos de música

el mar lentísimo arrugándose en las fotos familiares del veraneo

una casa para habitar

 un perro llamado Toby o Marte o Funkee

una tetera roja que silbara canciones viejas y dulces

una tarde para ver papalotes

zumbando silenciosos sobre la tapa de los sesos del mundo

sólo quería un baño blanquísimo con un botiquín para guardar pastillas

un jardín para decirle yard

 una piscina poco profunda

un desayunador a tono con el mármol de la entrada

que nunca sería golpeado en diversas ocasiones

y jamás  guardaría un rastro único de muestras periciales

sólo quería un cuento blanco blancoblanco

como los ojos blancos de la multitud que se arremolina sobre los aparadores

como la espesa soldadura de las puertas clausuradas en su cabeza   

blanco como la leche que mamaba de niña cuando su madre

recordaba y no quería saltar ante los trenes que dejaban la estela de su silbido sobre la estancada mugre del camper

sólo quería un hombre con nombre distinto a lo que hubiese oído nunca

un gato choncho choncho

una planta de adormidera que hiciera flores repentinamente

tapiz de osos para el cuarto del bebé

una multitud de ollas como espejos donde cocinar

animales perfectos cuando vivos

perfectos cuando muertos

un televisor del tamaño del refrigerador donde mirar

las caras sonrientes que le decían amor lindura hola preciosa

sólo quería que la mimamaran y la mantuvieran y un poco de pastillas

y un hombre con nombre nuevo que la llamara cariño

y pusiera el apellido en la casa y las herencias y ganara millones

sin perder la cordura el anillo la sonrisa de apostador los dientes blancos

solo quería lo que le prometieron el paraíso vacío del mundo de estos días

con su línea blanca y sus telas de caída maravillosa

 y el rojo color de los Ferraris y el barniz que cubre las urnas de la realeza

y una dos tres cuatro tarjetas de crédito

y una escuela linda para los chicos

 y navidad –la navidad era importante-

y una boca sin arrugas

y un verano en las playas de otro país para ver el mar

bien lento arrugándose como una oruga

 y tener fotografías sobre una mesa con cristal caro

para romper cuando el percocet la hubiese torcido

pero en definitiva no quería todos esos pesos sobre su cuerpo

ni las sílabas sucias ni el jabón cuyo aroma odia

ni el rayo del dolor en definitiva

no quería este jadeo caliente en sus oídos

ella sólo quería un marido dos hijos una camioneta unmaridodoshijosunacamioneta

 unmaridodoshijosunacamioneta

mientras mira al techo con los ojos borrosos

dosmaridosdoshijos cuando el dolor del golpe y la navaja

cuatro camionetas diez maridos cien hijos una camioneta

para irse lejos cuando el dolor la ha tomado.