AGUSTIN MONSREAL

AGUSTIN MONSREAL

Agustín Monsreal es un escritorcuentista y poeta mexicano que nació en MéridaYucatán, el 25 de septiembre de 1941. Además, ha sido cofundador y también codirector junto con Ricardo Díaz Muñoz de las ediciones La vida y La Bolsa, editor de Escénica, miembro del consejo de redacción de El Cuento y coordinador de talleres tanto de cuento como de novela

 

 

CUENTARIO BREVE E INOCENTE

por Agustín Monsreal

 

 

 

 

DESTINOS CELESTES

 

 

Era lo más parecido a Dios que yo había visto. Se parecían tanto. Como una estrella y otra estrella. Como un sol y otro sol. Eran idénticos; si acaso, Dios un poco más alto. Y un poco más serio, quizá. Ellos mismos, cuando estuvieron frente a frente, no sabían si creerlo. Pero sí, era evidente que sí. Hasta los propios ángeles estaban sorprendidos, confusos. De no haber sido por sus ropajes -Dios vestía un traje muy elegante-, la perplejidad hubiese resultado definitiva. Yo, sin embargo, conocía cómo distinguirlos: uno de los dos era infinitamente más viejo; uno de los dos olía a eso: a vejez. De ahí que cuando me preguntaron (nadie sino yo podía aclarar las cosas) quién era el impostor, lo señalé sin la menor duda. Sé que mentí, pero no tengo ningún arrepentimiento. Uno de ellos estaba de más en el mundo.

 

 

VIDA DE FRONTERA

 

 

Un hombre es detenido por la policía acusado de robar un sueño. Lo someten a un juicio que dura varios años. Lo despojan de su familia y de todos sus bienes. Con el tiempo, su esposa deja de lado la tristeza y se vuelve a casar; sus hijos crecen y lo olvidan para siempre. Durante los interrogatorios el hombre, con firmeza invariable, se declara inocente. Posee algunos sueños, en efecto, pero ninguno es mal habido ni puede calificarse de ilegítimo. Aunque nadie ratifica la acusación ni existe evidencia alguna en su contra, el juez lo encuentra culpable y lo condena. El robo de un sueño se castiga con cadena perpetua. Se trata de un delito mayor y, una vez dictada la

sentencia, no existe ninguna posibilidad de perdón. Nadie puede aspirar siquiera a una reducción de la pena.

El hombre todavía vive y a veces, a espaldas de sí mismo, sueña.

 

 

DESTINO QUE NO SE APARTA DE SÍ MISMO

 

 

Según me dijeron se trataba de una chica de alterne. O lo que es lo mismo, una tarifeña. O sea, una puta. A pesar de eso me enamoré de ella. O precisamente por eso. A mi edad un hombre enloquece sin mayores trámites por una mujer. Basta que se desnude un par de ocasiones frente a uno y ya estuvo. Por supuesto, uno es el que embrolla las cosas; ella lo único que hace es cumplir con absoluta lealtad los deberes de su oficio. En esto no había engaño, lo supe desde la primera vez que me ceñí en sus ingles. Yo pagaba un precio por el alquiler de su cuerpo y ella se esforzaba y me ayudaba a desquitar hasta el último centavo. Quizá debido a ese rasgo de entusiasmo me equivoqué, y confundí sentimientos con desempeño profesional. De cualquier manera -no quería apartarla de mi vida-, le pedí que se casara conmigo. Ella aceptó, con la única condición de que la dejara continuar ejerciendo aquella ocupación que era su dignidad y su destino. La dejé, por no llevarle la contra al orden cotidiano del universo. Y hemos sido, hasta hoy, la pareja perfecta, además de que vivimos de lo mejor gracias a los dulces frutos de su trabajo.

 

 

ENTRE CUERVOS TE VEAS

 

Rafael Sotero Rafael fue, a lo largo de su breve existencia, un autodidacta de la desdicha. Engendrado sin amor, aunque con un soberbio deseo, recibió cordiales reconvenciones por parte de sus padres para no nacer; él, sin embargo, persistió en su intención de venir al mundo y, en castigo, su madre no se resolvió a darlo a luz sino hasta el sexto mes de embarazo. No obstante su terquedad, y pese a su fealdad de mendrugo, sus progenitores le profesaron desde el primer momento un rencor espontáneo, inobjetable, definitivo. Sentimiento que él aprovechó para, precozmente, exiliarse en una incubadora. Cuando por fin lo reintegraron al seno familiar, evidenció una extraña tendencia hacia la crueldad: ineludiblemente, acompañaba los cantos y arrullos que le propinaba la autora de sus días, con una indecorosa música de labios traseros; asimismo, inventaba cólicos, infecciones, fiebres, vómitos, estreñimientos; una tarde, llegó al extremo de reventarse un oído para manchar de pus un ropón viejo que le había regalado una vecina. Así, hasta que cierto inopinado amanecer, llevado por su afán perverso y explotando a su favor un feliz descuido de sus padres, se plantó bocabajo en la cuna sin el menor remordimiento y se sacó de encima la vida por asfixia.

 

 

DIBUJOS A TINTA DEL CORAZÓN

 

 

No es cierto que todo sería igual. Si en este momento tuviese la oportunidad de volver el tiempo atrás, todo sería diferente. Si ahora, de pronto, en vez de tener 62 años tuviese sólo 20, mi vida y la manera de vivirla sería algo seguramente muy distinto de lo que es. Tendría otros intereses, otra visión de las cosas, otros motivos para permanecer de pie en el mundo, ya que la época -cualquier época- no es la misma para un hombre que principia que para un hombre que declina. Ningún hombre volvería a ser idéntico a lo que ha sido; nadie se repetiría a sí mismo

sencillamente porque las circunstancias a su alrededor tampoco serían las mismas. Y la gente, toda esa gente con la que crecí, con la que fui envejeciendo, con la que hice lo más entrañable de mi existencia, estaría de golpe tan distante de mí, que sería yo un extranjero total para ellos, no tendríamos ya un solo sentimiento en común. Imagínate qué desamparo, qué desolación, qué soledad sin límites esa soledad. ¿Y mi dotación de experiencias, mis alegrías, mis amores, mis sufrimientos? ¿Todo a la basura? ¿Todo a cambio de volver a empezar? No, gracias. El sueño de volver el tiempo atrás está bien como eso, como un sueño, pero nada más. Aunque, la verdad, nunca se sueña nomás así porque sí.

 

 

 

DEL CUADERNO DE PEPETINO

 

 

¿Cómo se las arregla Dios sin mujer? ¿Cómo le hace para andar sin nadie, sin hablar, sin unas manos donde calentar los huesos? ¿Quién le ayuda si se le mete una basurita en el ojo? ¿Quién lo cura con saliva si se raspa una rodilla? ¿Quién le unta besos en la frente cuando tiene fiebre? ¿A quién le echa la culpa de todo lo que le pasa? ¿Se enoja mucho si el domingo no lo dejan levantarse tarde? ¿Cuándo cumple años? ¿Piensa alguna vez que si se porta mal se puede ir al infierno? ¿En qué espejo observa su cara? ¿Se pone de genio cuando tiene hambre y sed, o es de los que se aguantan? ¿Qué opina de los alquimistas? ¿Tiene a María Callas para cantarle a El solito? ¿Dónde pasa las vacaciones de Semana Santa? ¿A quién quiere Dios, a quién necesita? ¿Hay alguien que realmente le haga falta? ¿Mantuvo los pies en la tierra después de que se hizo famoso? ¿No se aburre de su vida de nunca acabar? ¿Cuántas de azúcar le pone a su café? ¿Qué miedos se le ocurren cuando se va la luz? ¿Se

acuerda de todas las novias que tuvo? ¿Le ha pasado por la cabeza escribir sus memorias? ¿Qué va a decir en su favor el Día del Juicio Final? ¿Como qué cosas imagina cuando se queda en la luna? ¿Dios, que lo sabe todo, sabe todo lo que decimos de El? Y si nos está oyendo, ¿crees que me quiera contestar?

 

 

 

EDÉN OLVIDADO 

 

Escuché la voz de la mujer como desde otro tiempo:

"En ese hombre dejé la vida. A su lado me acabé todas mis ilusiones. Y él conmigo se enseñó a ser lo que fue. Sólo que un día hizo aquello que hizo y ya nunca volvimos a ser iguales. Ahora cada quien anda arrastrando su corazón por su lado. La sombra que le queda de corazón. Porque nos dimos completos y nos gastamos enteros uno al otro. Así era nuestro sino. Río que llega al mar ya no tiene regreso. Ahora cada quien rebota su tristeza por su rumbo. Y sus recuerdos. Porque ya no somos más que puros recuerdos. O acaso menos que eso. Vaya usted a saber."

Buscó refugio en un pedazo de silencio. Ya no podía ni con el lastre de sus piernas; ya no podía con su alma que le dolía tanto; ya no podía con esa historia de sí misma que se le iba haciendo cada vez más chiquita, como ave fugándose en la distancia. Luego agregó:

"Jamás he vuelto a verlo. Y ni para qué. Bastante tengo con mi memoria, que por una razón o por otra y sobre todo cuando estoy descuidada, me empuja a acordarme de él. A mirarlo como era antes de repartirnos la tarea inútil del olvido. Hace muchos años de aquello. Tantos como toda una vida..."

Entonces, un momento, cerró los ojos; pero yo tuve la impresión de que los cerraba para siempre.

 

 

CONFESIONARIO BREVE

 

Es muy raro que yo conteste el teléfono. Por lo general contesta mi mujer; o contesta mi hija. Aunque sea yo quien está más cerca; aunque sea yo quien lo tenga a la mano, ellas tienen que pegar la carrera para contestar. Y cuando estoy solo, y suena, detengo lo que esté haciendo, me pongo en estado de alerta, me le quedo mirando al aparato; pero no contesto. Me desespero, me angustio, me lleno de miedo; pero no contesto. Me siento el ser más desamparado del mundo. Cuento los timbrazos. A veces uno, dos, tres, y se acaba. A veces el sufrimiento se prolonga casi infinitamente. Me pregunto quién será quien llama, ¿por qué?, ¿para qué? ¿Será para mí la llamada? ¿Será algo importante, algo urgente? ¿Y si es una buena noticia? ¿Y si llaman de la escuela de la niña, por cualquier cosa? ¿Y si nada más se trata de una equivocación al marcar? ¿Y qué tal si le sucedió algo a alguien de la familia, una enfermedad, un accidente? Por el número de timbrazos trato de adivinar quién es, qué quiere. Trato de sentir si son timbrazos tristes, o ansiosos, o suplicantes, o tiernos, o desvalidos. A veces el aparato deja de sonar, y vuelve a sonar casi de inmediato, como si pidiese auxilio, como si estuviese jugándose la vida. No contesto, sin embargo. Y lo peor es que luego me quedo sin poder hacer nada largo rato. La culpa me atormenta, me acosa el arrepentimiento. Debí contestar. Pienso en algunos parientes y amigos que pudieron haber estado del otro lado de la línea. Apunto cuatro o cinco nombres y les escribo sentidas cartas ofreciéndoles disculpas por no haber podido responder a su llamada. Después de un

rato, siento que aquello es completamente ridículo y las rompo. Mas el malestar no cede. Y entonces cojo el teléfono y me pongo a hablarle a toda la gente que conozco. En ocasiones logro descubrir quién llamó, pero la mayoría de las veces me quedo con la duda y el remordimiento para siempre.

 

 

 

 

 

LEGENDE INCONSISTANTE

Par Agustín Monsreal

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

Un garçon de 16 ans. Il se rend dans un bordel pour la première fois. La prostituée s'en occupe à merveille. Il croit en être amoureux et, à chaque fois que son argent le lui permet, il va mettre entre les jambes de la femme son romantisme sexuel. Plusieurs mois passent. Le garçon s'acharne à croire que l'amour, c'est cela. Elle s'en moque, mais elle le répète dans son corps de plus en plus longtemps et elle expérimente à nouveau, non sans nostalgie, non sans une faible crainte, que sa chair est utile. Graduellement elle oublie son attitude de suffisance professionnelle et elle adopte pour sa nudité une fierté nouvelle. Ils échangent le lit du bordel contre le lit de son appartement à elle. Ils apprennent à dormir ensemble. Ils mangent. Ils jouent. Ils se battent. Ils se baignent. Ils sont heureux, entre le plaisir et le sommeil. Quand ils se retrouvent virtuellement apaisés et que les secrets de la passion commencent à se répéter, ils décident de sortir promener leur bonheur dans les rues, de le confronter avec eux-mêmes et avec le monde. Les gens le regardent, ils commentent à voix basse, ils les pointent du doigt. Le garçon remarque comment l'âge de la femme lui retombe dessus. Il a honte d'elle, de l'entrain présomptueux de ses hanches, de son visage tuméfié de fard, de la vulgarité de son rire et de ses gestes de tendresse, de sa stupidité. Son amour se transforme en effroi, en pitié. Jamais auparavant il ne s'était senti ridicule ni sans défense. Misérable non plus. Ils viennent de dîner et elle fume, elle semble joindre, vérifier sa portion de bonheur, sans anxiété, en paix avec la vie. Après avoir attendu plus d'une heure qu'il revienne des toilettes, la femme comprend. Une douleur humble dans ses yeux contraste avec l'arrogance de ses faux cils. La jeunesse est égoïste, elle est lâche : elle fuit en traître. Elle l'avait oublié. Elle se lève. Elle paye l'addition. Elle sort dans l'air de la nuit et fait marcher son corps dans les rues nerveuses, elle le traîne comme un cadavre embaumé, elle le manœuvre entre la convoitise toujours frauduleuse des hommes

 

 

 

 

 

 

LEYENDA INSUSTANCIAL

Agustín Monsreal

 

 

 

 

Un muchacho de 16 años. Acude por primera vez a un burdel. La prostituta lo trata de lo mejor. Él se cree enamorado de ella y, cada que el dinero se lo permite, va a meter entre las piernas de la mujer su romanticismo sexual. Pasan varios meses. El muchacho insiste en creer que eso es el amor. Ella se burla, pero lo repite en su cuerpo un rato cada vez más largo y vuelve a experimentar, no sin nostalgia, no sin un débil temor, que su carne es útil. Gradualmente deja atrás su actitud de suficiencia profesional y adopta para su desnudez un orgullo nuevo. Cambian la cama del burdel por la cama del departamento de ella. Aprenden a dormir juntos. Comen. Juegan. Pelean. Se bañan. Son felices, entre el placer y el sueño. Cuando se hallan virtualmente apaciguados y los secretos de la pasión comienzan a repetirse, deciden salir a caminar su dicha por las calles, a confrontarla consigo mismos y con el mundo. La gente los mira, comenta por lo bajo, señala. El muchacho advierte cómo la edad de la mujer se le viene encima. Se avergüenza de ella, del ímpetu jactancioso de sus caderas, de su cara tumefacta de pin-turas, de la vulgaridad de su risa y sus ademanes de ternura, de su estupidez. Su amor se convierte en espanto, en lástima. Nunca antes se había sentido ridículo ni indefenso. Tampoco miserable. Acaban de cenar y ella fuma, parece juntar, verificar su porción de felicidad, sin ansiedades, en paz con la vida. Después de esperarlo más de una hora a que regrese del baño, la mujer comprende. Un dolor humilde en sus ojos contrasta con la altivez de sus pestañas falsas. La juventud es egoísta, es cobarde; huye a traición. Lo había olvidado. Se levanta. Paga la cuenta. Sale al aire de la noche y echa a andar su cuerpo por las calles nerviosas, lo acarrea como a un cadáver embalsamado, lo ma-niobra entre la codicia siempre fraudulenta de los hombres.

Domingo, 16 Abril 2017 06:58

ESTAFADOR / AGUSTIN MONSREAL /

 

 

ESTAFADOR

AGUSTIN MONSREAL

 

Infeliz Ulises, lo esperé más de veinte años de noches en doliente duermevela, de mañanas desiertas, sin oasis, de crepúsculos de retraída fidelidad. Por eso, en cuanto supe que regresaba, pensé dejar de lado la modestia conyugal y entregarme sin freno a las opulencias amatorias: imaginé un encuentro frenético, insensato, tempestuoso. Así que cuando llegó me puse ante sus ojos: resplandeciente, combativa, enardecida, incapaz de disimular mi júbilo: mírame, soy tuya. Pero no lo conmovió la audacia de mi vestido, la delicadeza de mi perfume, el resplandor de mis adornos y joyas. Me arrojé en sus brazos y lo besé toda yo transformada en una cuenca ansiosa de vaciarse. Respondió con titubeos, con evasivas, con secas sonrisas forzadas. Falto de disposición, de energía, desalentadoramente fatigado y precario, prefirió las palabras a las caricias: qué guapa estás, y qué bien que te conservas, tan lozana, tan bella. Me he conservado para ti, le expresé. Él sonrió penosamente y me esquivó preguntando cómo está todo, la casa, los muchachos, musitando vengo rendido, muy cansado, tantas fatigas en el mar, tantas batallas. Reprimí una imprevista necesidad de llorar y, en vez de sentirme humillada, me llené de ternura y compasión por él. Pasaron los días y yo ofreciéndole la fiebre de mi desnudez, y él rehusaba, repetía qué guapa, qué lozana, qué bella, pero no respondía a mis insinuaciones ni a mis acometidas francas. Mi obstinación resultaba contraproducente: lo fastidiaba y lo ponía de mal humor: en su mirada hacia mí había despecho, hurañez, hostilidad: parecía como si el corazón se le hubiese endurecido y trajera en su interior una epidemia de tristeza, de soledad. Un impedimento absoluto que no lo dejaba reconocer en mis brazos su refugio, el consuelo para sus agobios. Me sentí responsable de su desesperación y redoblé los esfuerzos, los mimos, los cuidados. Mi sola presencia, sin embargo, le provocaba un suplicio que desalentaba cada vez más mi entusiasmo, reducía mis ensueños, defraudaba mis esperanzas. Y yo, herida, atormentándome en silencio con oscuras sospechas, examinaba los contornos de mi cuerpo frente al espejo buscando los motivos del rechazo, de la decepción. Y, aunque su desagrado me ofendía, opté por hacerme la desentendida, dándole oportunidad de recuperarse y recuperarme. Él se pasaba las tardes enteras dirigiendo sus pupilas al cielo con nostalgia, con honda melancolía. Inexperta en el rechazo, me volví más humilde, más sumisa, más alerta a las señales para conocer cómo derribar las murallas entre su piel y mi piel, cómo terminar con las horas de oprobio que desquiciaban mi orgullo, y lo herrumbraban. Acabé experimentando una sincera lástima por él, tan destemplado, tan abatido, tan sombrío. Un día, no sé si con rabia o con resignación, fingí dignidad y le dije que lo dejaba en paz. Él, entonces, me confesó: fueron muchos años de vivir entre varones, la soledad en los barcos, las noches de frío en las playas, los terrores antes de cada combate, y yo sin poderlo creer, mi Ulises, mi hombre, ahora me salía con que ya no lo era, que su timón había virado de rumbo, que sí me amaba aunque su apetencia estaba en otra parte, y mencionó un nombre, y acabó yéndose otra vez, con él, le puso un terrible punto final a mis ilusiones, me soltó de sus manos y me quedé sola de nuevo, hundida en la vergüenza, humillada, expuesta a las murmuraciones, a la maledicencia, y lo peor: culpándome, martirizándome en el infierno de mi propio resentimiento, en la duda inagotable, en la incertidumbre perpetua: ah, en qué fallé, Dios mío, en qué fallé.

 

 

DE LAS BUENAS COSTUMBRES

 

 

I

 

El sol apenas tibiecito asoma su curiosidad por la ventana. Tu cara sonríe por toda tu cara. El aroma del café me llama. En un descuido, mientras preparas el desayuno, te dejo caer la humedumbre párvula de unos besos en los hombros, en el cuello, en los labios. Conforme corre el día, siento un barullo en tu sangre y en mi sangre. Y como quien se aventura por las puertas de un milagro, te espío por encima de la blusa, por debajo de la falda. Tu mirada recoge y guarda las intenciones de mi mirada. El juego se repite y mis labios se recuestan ora en las descuidadas palmas de las manos, ora en los brazos que se erizan y tu voz amorosa murmura mira cómo me pusiste chinita chinita. Y otra vez mis labios saborean la pulpa de tus labios, sazonan lo que habrá de frutecer dentro de unas horas. Salimos a comer. Caminamos un rato, platicamos, disimulamos lo que nuestros cuerpos traman. Regresamos. Cada quien se dedica a lo suyo, leemos, trabajamos, hablamos por teléfono. El cielo del atardecer adormece los párpados, y entonces una sonrisa desde el sillón de enfrente los pone en alerta y ahí están los muy adolescentes yéndose junto con mis dedos a recorrer la geografía de tu cintura, a deslizarse traviesos por uno de tus empeines, demorándose en tus rodillas, enracimándose sobre tus muslos que se inocencian igual que si asomaran al misterio por primera vez. Así se prolonga la jubilosa espera, aunque los corazones ya están locos de alegría, ya hierven de amor. Con el vino nocturno, tus labios ceden a la voluntad del beso y a partir de él inicio el adulcedumbrado recorrido de caricias al entusiasmo de tus pechos, la disposición de tus caderas, el fervor de tu santuario; las pulsaciones de mi ave hinchándome, encumbrándome en ráfagas de locura, hasta que nuestros cuerpos se encuentran por fin con el alma desnuda y estallamos de luz y de alegría y celebramos la mayoría de edad de la alta noche.

II

Despierto y veo a mi mujer salir de la cama, ponerse la bata, las zapatillas; veo sus piernas desnudas, macizas, hermosas; experimento una leve irradiación de deseo; a lo largo de la mañana, mientras estoy en la sala, leyendo, observando de cuando en cuando los acontecimientos del jardín -el follaje de los árboles mecido por el viento, los pájaros revoloteando entre las ramas y las flores, picoteando el pasto, las ardillas y las lagartijas corretear y saltar a sus anchas-, mi mujer pasa varias veces delante de mí limpiando, acomodando objetos: la contemplo, ora franca, ora disimuladamente: ha embarnecido, ahora es una mujer regordeta, un tanto espesa, pero no cabe duda: todavía atractiva, apetecible; el empuje del deseo vuelve a punzarme, acompañado de una especie de ternura; en varias ocasiones me levanto, con cualquier pretexto (o sin él), detengo su trajinar y la beso, morosamente, en los labios, en las orejas, en la nuca, en los hombros; ella, resplandeciente de cariño, responde a mi enjundia con una leve sonrisa complacida que intensifica mi vehemencia; después de la comida, mientras lava los trastes, le junto mi cuerpo a su espalda, siento cómo se estremece, palpo sus pechos, su vientre, aprieto su cintura, recorro su cuello con mi boca, lo humedezco; ella entrecierra los ojos y sonríe, sencilla, mesurada; por la tarde nos sentamos en la sala, tomamos café, vemos el jardín, platicamos; como al descuido, alguna de mis manos frota sus muslos sobre la falda; en cualquier momento, nos abrazamos y nos besamos profundamente; hundo la cara, y oprimo el tibio encanto de sus senos; volvemos a besarnos, luego se levanta y se mete al baño; yo, en tanto, camino de un lado al otro, enamorado e impaciente; cuando sale, apacible y fresca, trae puesto un camisón ligero, un olor a vainilla, los cabellos aún húmedos; mi tacto comprueba la ausencia de ropa interior; percibo cómo los vellitos de su piel se engríen con el roce de mis dedos, con la apetencia de mi carne que procura su carne; de pie nos besamos ávidamente y nos demoramos en un abrazo cadencioso que nos va empujando a la recámara; el deseo, el aroma a vainilla, la desnudez minuciosa, el amor que ya no puede más, y luego los cuerpos fatigados, suspirantes, complacidos; nos volvemos a vestir, cenamos viendo una película en televisión, nos preparamos para dormir, nos acostamos; nuestras caras se ponen frente a frente, sus ojos en mis ojos, mi sonrisa en su sonrisa, te quiero, yo también te quiero mucho, hasta mañana, que descanses, que tengas lindos sueños, apago la luz y sintiendo su cuerpo pegadito a mi cuerpo, me duermo.